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Reflexiones sobre la muerte (II)

¿Por quién doblan las campanas?


Son versos de un poema de un escritor inglés del siglo XVI llamado John Dunne. El texto completo dice así:

«Ningún hombre es una isla, completa en sí misma; cada hombre es un trozo del continente; si un terrón fuese arrastrado por el mar (y Europa es el más pequeño), sería lo mismo que si fuese un promontorio, que si fuese una finca de tus amigos o tuya propia; la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque yo estoy involucrado en la humanidad; y, en consecuencia, no envíes nunca a preguntar por quién doblan las campanas; doblan por ti. Ni podemos tampoco llamar a esto un pedido de miseria o un préstamo de miseria, como si no fuéramos lo bastante miserables en nosotros mismos, sino que debiéramos ir a buscar más a la casa de al lado, haciéndonos cargo de la miseria de nuestros vecinos.»

La muerte del otro me destruye y afecta en lo más profundo a mi existencia. Cada vez que muere alguien muero yo también. Pero la muerte del otro no sólo me destruye, también me construye o me re-construye, me humaniza y me capacita y posibilita para amar. Me explico: hay un texto impresionante de Miguel de Unamuno en Del sentimiento trágico de la vida, con trasfondo autobiográfico. En 1896 nace Raimundo Jenaro, hijo de Miguel de Unamuno y Concha, que fue víctima de meningitis y tras siete años de penosa vida, murió a causa de su hidrocefalia. Unamuno, que vivía el problema de su angustia metafísica y veía reflejada en la cabeza gruesa del niño enfermo el símbolo de su propia crisis intelectual, había escrito estos versos: «oigo en su silencio aquel silencio/ con que Dios responde a nuestra encuesta». Sobre dicho telón de fondo, cala hondo el siguiente texto:

«Los amantes no llegan a amarse con dejación de sí mismo, con verdadera fusión de sus almas, y no ya de sus cuerpos, sino luego que el mazo poderoso del dolor ha triturado sus corazones remejiéndolos en un mismo almirez de pena. El amor sensual confundía sus cuerpos, pero separaba sus almas; mantenía extraña una a otra; mas de ese amor tuvieron un fruto de carne, un hijo. Y ese hijo engendrado en muerte, enfermó acaso y murió. Y sucedió que sobre el fruto de su fusión carnal y separación o mutuo extrañamiento espiritual, separados y fríos de dolor sus cuerpos, pero confundidas de dolor sus almas, se dieron los amantes, los padres, un abrazo de desesperación y nació entonces, de la muerte del hijo de la carne, el verdadero amor espiritual... Porque los hombres sólo se aman con amor espiritual cuando han sufrido juntos un mismo dolor, cuando araron durante algún tiempo la tierra pedregosa uncidos al mismo yugo de un dolor común...»

En la obra de Unamuno —como refleja este texto— aparece siempre unido de manera íntima el amor y la muerte. Eros y Thanatos aparecen unidos de una manera casi obsesiva. Para Unamuno existe un tipo de amor que brota del dolor y la muerte que es capaz de dar un sentido profundo a ambas realidades. Así se constituye el amor como dador de sentido, clave de comprensión del enigma de la muerte. El sentido de la muerte —la propia y la del prójimo— viene dado y va íntimamente unido al sentido de la propia vida y a la esperanza en la vida. La lógica del amor y de la vida es la única que puede dar razón del origen de la vida, esperanza en la hora de la muerte y sentido a la propia muerte y a la del otro.

(Publicado el 25.02.2010)

 

Gentileza del Blog saber esperar
www.iglesia.org

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