¿Qué tipo de amor supone el matrimonio?
(Continuación)
A) EL AMOR DEL MATRIMONIO TIENE QUE TENDER A SER UN AMOR DE BENEVOLENCIA
Dado que una persona humana nunca puede ser «usada», es lógico que el amor más completo entre dos personas tenga que ser coronado por la benevolencia, es decir, el amor a la persona por sí misma y no por interés propio. No es suficiente desear a la persona como un bien para mí; es necesario además, y sobre todo, querer su bien. Y, aunque el amor del hombre y de la mujer no pueda dejar de ser un amor de concupiscencia (es decir, interesado en su propio placer), ha de tender continuamente y en todas las manifestaciones de la vida común a convertirse en una profunda benevolencia. Si en el origen de la relación no hay más que placer o provecho, dicha relación solo durará mientras cada uno vea en el otro un objeto de placer y provecho propio. Apenas dejen de serlo, la razón de su «amor» desaparecerá. No puede durar si no es más que la combinación de dos egoísmos.
B) NO BASTA EL AMOR DE LA SIMPATÍA AFECTIVA, EL AMOR "ROMÁNTICO".
No basta la simpatía afectiva (es decir, los sentimientos) para fundar el matrimonio. A pesar de lo hermoso que resulta este sentimiento y lo que aporta de calor a la relación, debemos decir que no es suficiente, porque el acento sigue cayendo sobre el propio estado subjetivo: «me siento bien en presencia de esa persona». Hace falta el compromiso de la voluntad y de la libertad por las cuales se decide querer el bien para la persona amada. La debilidad de la simpatía afectiva proviene de esta falta de objetividad. El amor total no se limita a la simpatía así como la vida interior de la persona no se reduce a la emoción ni al sentimiento.
La simpatía afectiva puede parecerse mucho al amor de benevolencia, pero esconde una buena dosis de ilusión porque se funda, todavía, sobre la emoción. Esto se ve muchas veces en las tergiversaciones de las que es capaz, siempre en beneficio de sí misma. Por causa de esta semejanza con el amor, se cometen muchos errores entre los cuales está fundar en la simpatía una relación como es el matrimonio. Otro error es el de creer que desde el momento en que termina la simpatía el amor también se acaba. Esta opinión, bastante dañosa para el amor humano, denota una laguna en la educación del amor, pues el amor no es solamente algo que «se da espontáneamente», que «nace», sino que también necesita de una continua construcción e integración de todas las fuerzas que lo componen. Para entender estas ideas basta observar la relación de ciertas personas que se "enamoran" incluso cuando tales enamoramientos son ilícitos o inconvenientes.
¿Por qué hablar tanto del amor de la voluntad? No es para despreciar el aspecto afectuoso y sensible del amor, sino para señalar la verdadera plenitud a la que está llamado. (Se trata de amar más y mejor! Veamos en qué sentido. Pido un poco de concentración pues son conceptos un poco abstractos, pero con una enorme importancia concreta.)
La voluntad es la facultad con la que buscamos lo que es bueno. Es capaz de querer cosas buenas para sí misma y para otros. Pero, también, es capaz de querer el Bien Total e Infinito porque se da cuenta de que las cosas particulares no agotan toda la bondad. Esta percepción del Bien Infinito, esta capacidad para querer el Bien Infinito para sí y para otros constituye la máxima grandeza del amor humano. Este es el amor que funda el matrimonio. Queremos totalmente a una persona cuando buscamos para ella no solamente los bienes particulares sino el Bien Infinito y la Felicidad Absoluta que logramos vislumbrar gracias a nuestro espíritu. Esto es el amor en su máxima expresión. El Papa nos lo dice de la siguiente manera:
La tendencia quiere sobre todo tomar, servirse de la otra persona, el amor, por el contrario, quiere dar, crear el bien, hacer felices. Bien se ve de nuevo cuán penetrado ha de estar el amor matrimonial de todo aquello que constituye la esencia de la amistad. En el deseo del bien infinito para el otro "yo", está el germen de todo el ímpetu creador del verdadero amor, ímpetu hacia el don del bien a las personas amadas para hacerlas felices.
Este es el rasgo divino del amor. En efecto, cuando un hombre quiere para otro el Bien Infinito, quiere a Dios para ese hombre, porque sólo Dios es la plenitud objetiva del bien y sólo Dios puede colmar de bien al hombre. Por su relación con la felicidad de algún modo está rozándose con Dios. Es verdad que «plenitud de bien» y «felicidad» no suelen entenderse explícitamente así. «Quiero tu felicidad» significa: «Quiero lo que te hará feliz, pero de momento no me preocupa qué es la felicidad». Sólo la gente profundamente creyente dice expresamente: «Es Dios». Los otros no terminan su pensamiento, como si dejasen en esto la elección a la persona amada: «Lo que te hará feliz, es lo que tú mismo deseas, eso en lo que tú ves la plenitud de tu bien». Toda la energía del amor se concentra al exclamar: «Soy yo el que lo quiere para ti».
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