El abismo de la soledad

«El matrimonio tenía dos hijos: dos muchachos despiertos, inteligentes y resabiados que conocían al dedillo la forma de tratar a sus padres para conseguir lo que se proponían.
«A menudo recurrían a buscar complicidades unilaterales cuando los padres estaban en desacuerdo, y era tal el acierto con que utilizaban sus trucos que siempre salían victoriosos: «Pero no se lo digas a tu padre», o bien: «Sobre todo, que no se entere tu madre». Era una forma cómoda de quitarse los problemas de encima y de aceptar sin aceptar. O de asentir traicionando. Pero ni el marido ni la mujer se daban cuenta de que aquel sistema no sólo malcriaba a los hijos, sino que los iba separando poco a poco de ellos. Estaban demasiado ocupados en organizar su vida con agendas apretadas: reuniones, viajes, estrenos, conferencias o invitaciones de alta sociedad, como para divagar sobre las consecuencias de las minucias de sus hijos.
«Más que comprenderse, se ponían de acuerdo. Y más que intercambiar opiniones, intercambiaban un poco de tiempo. Así fueron distanciándose el uno del otro. Poco a poco fueron entrando en los destructivos arcanos de la rutina. Ese tipo de rutinas que jamás deja paso a la sorpresa y a las suposiciones adversas.
«También los hijos se desligaban de ellos. No es que mediaran animadversiones destructivas: sencillamente se habían acostumbrado a la desunión de los que se consideran unidos por el simple hecho de vivir juntos en la misma casa o por llevar el mismo apellido.
«De pronto, ella empezó a sufrir arrebatos de tristezas sin sentido. Eran decaimientos flácidos impregnados de desaliento y como sumergidos en aguas heladas. En realidad, ella no sabía con exactitud por qué se notaba tan desalentada, no llegaba a comprender la causa. Tampoco echaba de menos que su marido, siempre tan ocupado, se quedara impávido y no tratara de averiguar qué le ocurría para poder ayudarla. Ella llevaba demasiado tiempo aceptando que su marido jamás se inmiscuyera en sus dominios privados, y él consideraba que lo esencial era actuar como siempre había actuado: con la naturalidad propia que requerían las personas a las que nunca les ocurría nada verdaderamente distinto y agobiante.
«En ocasiones pasaban horas sentados el uno frente al otro en la misma habitación sin dirigirse la palabra. Metidos en sus cosas. O tal vez ideando como zafarse del otro para que el silencio que los estaba atenazando no fuera un silencio compartido, sino algo eventual. Así comenzó aquel matrimonio a rozar el terreno de las infidelidades. Fue una transición lenta. Como el hecho de crecer. Nadie se encuentra alto de la noche a la mañana.»
Así describe Mercedes Salisachs en una de sus novelas la vida de un «matrimonio respetable», que al principio fue feliz pero que fue abandonándose poco a poco. Una vida matrimonial que se había convertido en una yuxtaposición de egoísmos y de soledades autofabricadas.
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