El aborto: personalidad del embrión
y nuevas formas de aborto
PARTE I
[Uno de los temas más importantes del Magisterio de Juan Pablo II ha sido, sin duda, el de la vida humana: desde el momento de la concepción, hasta el final. Ha librado, en concreto, una lucha incansable en favor de los más indefensos de la sociedad humana, que son los no nacidos para los cuales sus madres piden o consienten la muerte.
El aborto era descalificado socialmente en el mundo occidental hace todavía pocas décadas. Se toleraba por algunos el llamado «aborto terapéutico», pero parecía monstruosa una posible legislación que tolerase el aborto arbitrario con los más variados pretextos. Luego, a partir de una progresiva devaluación del embrión humano y de una distorsión de los «derechos de la mujer sobre su propio cuerpo» —como si el embrión no fuese «otro»—, se llegó a una vertiginosa proliferación de legislaciones abortistas. Se llega a considerar que la ayuda médica al aborto es una obligación profesional. Los cambios en la legislación son seguidos lógicamente por cambios en la valoración sociológica de ese acto de muerte: si la ley reconoce al aborto como legítimo, y lo ampara de diversas maneras, es inevitable que el público llegue a ver el aborto como un derecho, y a pensar que quien se opone a esa legislación está denegando un derecho.
Como ya se ha recordado en varias ocasiones, el camino es siempre parecido: se admite un acto cuestionable, se introduce en la legislación y en el discurso ético, y al final arraiga en la cultura social. Los delitos se transforman en derechos. En medio de tantos signos positivos de progreso no sólo material, se extienden estas formas de «eclipse del valor de la vida».
En el artículo que ahora publicamos, los autores recuerdan algunas ideas madres en relación con el aborto como destrucción de una vida humana inocente. Entresacamos algunas ideas:
* el aborto se propone cada vez bajo formas más asequibles, más silenciosas, pues se busca eliminar el embrión en los primeros días de su desarrollo, de forma que su eliminación pase prácticamente inadvertida para la mujer e interpele menos su conciencia moral, al difuminar la relación entre causa (tomar una pastilla, colocarse un aparato o un parche) y efecto (la eliminación deliberada del hijo en gestación).
* En la búsqueda de las raíces más profundas de la lucha entre la «cultura de la vida» y la «cultura de la muerte» (…) es necesario llegar al centro del drama vivido por el hombre contemporáneo: el eclipse del sentido de Dios y del hombre, característico del contexto social y cultural dominado por el secularismo. Quien se deja contagiar por esta atmósfera, entra fácilmente en el torbellino de un terrible círculo vicioso: perdiendo el sentido de Dios, se tiende a perder también el sentido del hombre, de su dignidad y de su vida.
* Una ley que permite el aborto es intrínsecamente inmoral; por lo tanto un cristiano no puede obedecerla nunca; no puede ni siquiera participar en una campaña de opinión a favor de esa ley, sostenerla con su voto o colaborar en su aplicación. En tales casos, ha de presentar la llamada objeción de conciencia. Es más, esa resistencia constituye un deber y un derecho fundamental, que ha de ser reconocido a los agentes sanitarios y a los responsables de las instituciones hospitalarias, de tal manera que «quien recurre a la objeción de conciencia debe estar a salvo no sólo de sanciones penales, sino también de cualquier daño en el plano legal, disciplinar, económico y profesional»l (Evangelium Vitae, n. 74). Los Códigos deontológicos de las profesiones sanitarias contemplan la objeción de conciencia como un deber y un derecho.]
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La encíclica Evangelium vitae, define el aborto como la «eliminación deliberada y directa, como quiera que se realice, de un ser humano en la fase inicial de su existencia, que va de la concepción al nacimiento» (n. 58).
El aborto –por ser la destrucción de una vida humana inocente- constituye un gravísimo desorden moral. Son conocidas las duras palabras del Papa Juan Pablo II en la Encíclica Evangelium vitae. «Con la autoridad que Cristo ha conferido a Pedro y a sus Sucesores, en comunión con todos los Obispos –que en reiteradas ocasiones han condenado el aborto (...)- declaro que el aborto directo, es decir, querido como fin o como medio, es siempre un desorden moral grave, en cuanto eliminación deliberada de un ser humano inocente. Esta doctrina se fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita; es trasmitida por la Tradición de la Iglesia y es enseñada por el magisterio ordinario y universal» (n. 62).
Su fundamento en la ley natural se pone de manifiesto en que el derecho a la vida es uno de los derechos más universalmente reconocidos en todas las legislaciones y declaraciones de derechos humanos, independientemente del credo religioso.
ALGUNAS CIFRAS
Las Administraciones públicas no ejercen un control muy minucioso sobre las clínicas privadas (las más utilizadas para realizar abortos) así que es difícil disponer de datos exactos sobre el número de abortos que se realizan. Los datos que se manejan a escala mundial sitúan en unos 50 millones los abortos que se realizan cada año. Con razón se ha dicho que, después del holocausto judío, estamos sin duda ante la mayor tragedia de la humanidad en el siglo XX. «En nuestros tiempos -ha escrito el Papa Juan Pablo II en su reciente libro Memoria e Identidad-, el mal ha crecido desmesuradamente, sirviéndose de sistemas perversos que han practicado a gran escala la violencia y la prepotencia. No me refiero ahora al mal cometido individualmente por los hombres movidos por objetivos o motivos personales. El del siglo XX no fue un mal en edición reducida, «artesanal», por llamarlo así. Fue el mal en proporciones gigantescas, un mal que ha usado las estructuras estatales mismas para llevar a cabo su funesto cometido. Un mal erigido en sistema.»
En España, según datos del Ministerio de Sanidad, se ha pasado de 467 abortos en el año 1986 a 80.000 en el año 2003.
Las cifras hablan por sí solas. Además, la mayor parte de las mujeres que deciden abortar acuden a clínicas privadas (68.379 de los 77.125 del año 2002). A pesar de estos números, son pocos los médicos dispuestos a practicar el aborto, en España. Los médicos siguen teniendo claro que trabajan para salvar vidas, no para matarlas.
NUEVOS MÉTODOS ABORTIVOS
En la actualidad, el aborto se propone cada vez bajo formas más asequibles (por ejemplo, tomar una pastilla, como es el caso de la PDD), más silenciosas, pues se busca eliminar el embrión en los primeros días de su desarrollo, de forma que su eliminación pase prácticamente inadvertida para la mujer (y así actúan el DIU o la misma PDD) e interpelen menos la conciencia moral de la mujer, al difuminar la relación entre causa (tomar una pastilla, colocarse un aparato o un parche) y efecto (la eliminación deliberada del hijo en gestación. Vamos a exponer brevemente a continuación estos nuevos métodos.
Píldora del día siguiente. La píldora del día siguiente es un preparado a base de hormonas que, tomada dentro de y no rebasando las 72 horas después de una relación sexual presumiblemente fecundante, activa un mecanismo de tipo antinidatorio, es decir, impide que el eventual óvulo fecundado (que es un embrión humano), ya llegado en su desarrollo al estadio de blastocisto (5º-6º día después de la fecundación), se implante en la pared uterina, mediante un mecanismo que altera la pared del útero. El resultado final será, por tanto, la expulsión y pérdida de este embrión.
*Sólo en el caso de que se tomara la píldora algún tiempo antes de la ovulación, podría a veces actuar como un mecanismo de bloqueo de la ovulación, y en este caso se trataría de una acción típicamente anticonceptiva. Sin embargo, la mujer que recurre a este tipo de píldora lo hace por miedo a estar en el periodo fecundo y, por lo tanto, con la intención de provocar la expulsión del eventual concebido. Por tanto, desde un punto de vista ético, la misma ilicitud absoluta de proceder a prácticas abortivas subsiste también para la difusión, la prescripción y la toma de la píldora del día siguiente.
Dispositivos intrauterinos (DIU). El DIU o «espiral »es un pequeño objeto de plástico flexible, en forma de T, que coloca el ginecólogo en el útero de la mujer a través de la vagina. Suele llevar un hilo de cobre enrollado en espiral, y a veces también alguna sustancia hormonal. Su actividad dura una media de 2-3 años. El DIU es eficaz para impedir un embarazo incluso colocado días después de una relación sexual. Su mecanismo de acción es variado, pero ejerce el efecto principal sobre el endometrio, como se denomina a la superficie interna del útero, provocando una reacción inflamatoria similar a la que produce un cuerpo extraño, caracterizada por la presencia abundante de glóbulos blancos. Estas células dificultan el paso de los espermatozoides y crean un ambiente completamente hostil a la implantación del embrión. La presencia añadida de los iones de cobre es nociva tanto para los espermatozoides como para el embrión. Da una idea de la letalidad del microambiente uterino que causa el DIU, el hecho de que cuando este método falla, los embriones anidan en cualquier otro sitio cercano distinto al útero (abdomen, trompa de Falopio). Este hecho se denomina embarazo ectópico y es una situación grave para la madre.
RU-486. La píldora RU-486 es un preparado a base de una potente hormona llamada mifepristona. Actúa bloqueando los receptores biológicos de la hormona progesterona, que es la hormona que se encarga de crear el ambiente necesario para que se desarrolle una gestación. El órgano diana en el que ejerce su efecto es el endometrio, donde elimina todos los factores biológicos y bioquímicos esenciales para el mantenimiento de la implantación del embrión. Así pues la píldora RU causa el desprendimiento del embrión y su posterior eliminación. Se suele utilizar para provocar el aborto durante el primer trimestre de gestación. El empleo de la RU-486 requiere por lo menos tres visitas a un consultorio médico. En España, se aprobó en 1998 su uso solo en medios hospitalarios, debido a sus efectos secundarios (hemorragias, infecciones, etc.).
Por Miguel Ángel Monge y Juan Carlos García de Vicente
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