Un afán de libertad que lleva a ser esclavos
Son muchos los que renuncian a plantearse personalmente cuál es la verdad de su vida, el criterio que debe orientar la realización, basándose en decisiones libres, de su historia personal, y se conforman con adecuarse al instante presente. Se contentan con vivir conforme al estándar social establecido, sin esforzarse por descubrir su propia originalidad irrepetible y siempre con el temor de escoger algo que les sitúe fuera de la pauta de conducta usual en su ambiente.
Pero la ideología imperante es la del éxito a corto plazo y a cualquier precio. Parece que se idolatran el progreso material, la fama, el triunfo, el poder y la riqueza por encima de cualquier otro valor de tipo moral o espiritual. Todo parece valer con tal de instalarse en la onda del dinero y del prestigio. La competitividad, la falta de compasión, el desamor, provocan la imperiosa necesidad de parecer más, más de lo que realmente se es y se puede llegar a ser, y un terrible miedo a perder (una sociedad llena de seguros de todo tipo).
La presión social plantea unas exigencias tan desproporcionadas y arbitrarias que terminan por abrir en muchos una profunda brecha en los cimientos de la autoestima, provocando un sentimiento de inutilidad que, a su vez, desencadena la búsqueda ansiosa del aplauso y el reconocimiento de los demás. La propia estima es tan frágil que depende en todo de la valoración de los demás, de su admiración o rechazo. En algunos está tan arraigada esa esclavitud que el anhelo de aprobación y de seguridad les lleva a sacrificar su propia historia, su propia biografía, su propia vocación. Así, personas que podrían ser felicísimas y hacer mucho bien, dejando en el mundo con su vida un surco profundo, eterno y divino, se quedan alicortadas, empequeñecidas por unos planteamientos que en realidad terminan dando como resultado un ser humano gris.
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