HOME
Directorio
Artículos
Oraciones
Biblia
Magisterio
Catecismo
Liturgia de las Horas
Red Oración
Consultas
Al Sacerdote
Colaborar
Contacto
Curso de Teología
Curso de Catequesis

Amar con locura



La devoción al Sagrado Corazón


La devoción al Sagrado Corazón invita a reflexionar acerca del amor. Esta palabra ha sido tan utilizada, que, en muchas oportunidades, ha perdido su valor y, al pronunciarla, no somos conscientes de lo que implica realmente amar con el corazón de Jesús.

En un programa de televisión (Culpables, año 2001), una de las protagonistas dijo una frase que me llamó la atención: «Amar es una locura, a no ser que se ame con locura».

No creo que el significado que le dio a la frase sea el mismo que yo le doy, porque, al escucharla, inmediatamente, pensé en el amor de los cristianos, en el amor que nos propone el evangelio.

A menudo, en los encuentros de catequesis, los chicos me plantearon que es prácticamente imposible amar como amó Jesús, ya que, en el mundo actual, no se puede vivir así. Si perdonamos siempre, o si no devolvemos el mal que nos hacen, parecemos tontos. No triunfa el que está dispuesto a servir, sino el que no tiene en cuenta a los demás.

El camino de amor, que nos propone Jesús, es un camino que necesita que nos arriesguemos, que no proporciona seguridad económica, que no nos libera de los problemas ni de los inconvenientes y que no ofrece una vida sin sufrimientos.

Sin embargo, tenemos una muy buena garantía, que es la promesa de Dios: él será nuestro Dios para siempre. Él nos sostiene en la palma de su mano.

Puede ocurrir que una acción carezca de sentido para la cultura del «tener», o que lleve a la fama o al éxito, entendido éste último como algo puramente económico o de prestigio, no obstante, si esa acción es orientada hacia el amor de Dios, nos conducirá, sin duda, hacia la felicidad.

Al profundizar en la vida de los santos, nos damos cuenta que muchos de ellos fueron tomados por “locos”, porque fueron capaces de amar con locura, al no aceptar las pautas establecidas de su época y porque creían que en el amor no se debe medir lo que se da. Amar de verdad es amar sin esperar nada a cambio. Algunos, incluso, llegaron a dar su vida por amor a Jesús y a los demás. A San Francisco no lo comprendieron. ¿Por qué dejaba las comodidades para vivir en la máxima pobreza? ¿Por qué la madre Teresa se dedicó a servir a los moribundos, a los más pobres entre los pobres? La única respuesta es que sabían amar. Amar hasta hacer cosas que los demás no podían entender. Amaban con locura. Las religiosas de la congregación del Sagrado Corazón fundada por Santa Magdalena Sofía Barat, después del Concilio Vaticano II, dejaron gran parte de sus colegios en las ciudades importantes para ir a aquellos lugares en donde se necesitaba su presencia. Recuerdo que los padres de mis compañeras decían que habían enloquecido y yo, alumna de uno de esos institutos, me sentí abandonada. Sin embargo, después de años, descubrí que ellas habían sido fieles al amor de Jesús, y, aunque no fueron comprendidas, se jugaron por lo que creían, a pesar de las dificultades y oposiciones. La sociedad ha llamado loco a todo aquél que no se adapta a sus reglas y a sus costumbres.

Desde este punto de vista, todos los que queremos seguir a Jesús, estamos llamados a ser un poco locos. Nuestra forma de amar debería ser muy distinta de la que proponen las publicidades o programas de televisión. Amar sin esperar nada a cambio, ¿no es acaso un signo de amar con locura en un mundo que se caracteriza por el intercambio comercial? Amar hasta dar la vida, dejando de lado los proyectos personales para ponernos al servicio de los que nos rodean, ¿no será un signo de amar con locura para una sociedad egoísta? Ahora, si pensamos que la locura es estar fuera de la realidad, de ninguna manera, podemos decir que este tipo de locura es la del amor de Jesús. El que ama de verdad tiene los pies en la tierra. Es capaz de salir de sí mismo, sin quedarse encerrado en sus problemas, preocupaciones y sufrimientos.

Descubre todos los dones que Dios le dio para ponerlos al servicio del Reino de Dios. El que ama de verdad “ve” lo que pasa a su alrededor, las necesidades de los otros. Por lo general, ayudamos a los demás haciendo lo que a nosotros nos gusta en lugar de ver lo que ellos necesitan. El que ama de verdad, no sólo se conmueve frente al sufrimiento existente en el mundo, sino que, más bien, se compromete con su transformación.

Cuando era pequeña, me enseñaron que, en el Sagrado Corazón, podía encontrar siempre consuelo y que, si cumplía ciertos ritos, por ejemplo, recibir sin interrupción la comunión durante nueve viernes consecutivos, encontraría refugio en Jesús a la hora de mi muerte. Esto, en lugar de producirme tranquilidad, me preocupó, porque los viernes nos reuníamos en la casa de una amiga a jugar, y con seis años, fue lógica la elección que realicé. Un tiempo después, en el silencio de la capilla de mi escuela, contemplando la imagen del Sagrado Corazón colocada en el altar, comprendí que no se ejecutan transacciones interesadas con Jesús, que recibirlo en la eucaristía nos ayuda a configurar nuestro corazón a su imagen, pero no existen rituales mágicos que nos aseguren la vida eterna.

Como Dios es amor, para reconocerlo, debemos educarnos y crecer en este mismo sentido. El que no entiende nada de vinos y no tiene el paladar preparado, no podrá diferenciar uno bueno de uno malo y, si le dan un vaso de buen vino, no lo advertirá.

La vida eterna no es otra cosa que contemplar a Dios, pero ¿cómo reconocerlo, si no hemos preparado nuestro corazón para reconocer el Amor? La devoción al Sagrado Corazón que nos compromete íntegramente nos permite transitar el camino a la casa del Padre y disfrutar de su compañía para siempre.

 

María Inés Casalá
www.iglesia.org

Copyright © 1996-2007 Iglesia.org Todos los derechos reservados
www.iglesia.org



Programación:
Diseño Gráfico:Gonzalo Quesada