El amor:
un camino seguro para crecer en mi oración

«Te ruego, Señor, que te conozca y te ame para que encuentre en ti mi alegría. Y si en esta vida no puedo alcanzar la plenitud, que al menos crezca de día en día hasta que llegue a aquella plenitud. Que en esta vida se haga más profundo mi conocimiento de ti, para que allí sea completo; que tu amor crezca en mí para que allí sea perfecto, y que mi alegría, grande en esperanza, sea completa en posesión» (San Anselmo, del Proslogion).
Uno de los anhelos más profundos del ser humano es amar y sentirse correspondido. El amor es el motor de cualquier vida y es capaz de empujar nuestro corazón incluso en los momentos más difíciles. Y es que cuando alguien quiere a una persona con toda el alma no escatima ningún sacrificio con tal de hacerla feliz: todo le parece pequeño. Pero sin el amor, sin su fuerza, todo se derrumba; incluso aquello que se creía más firme. La vida parece carecer de sentido.
Esta ley también se aplica a la vida de oración. Si acudo a orar sólo por necesidad en los momentos difíciles, para pedir lo que más quiero… tarde o temprano la oración se vuelve monótona o triste. Y así, cuando Dios nos responda con un no a nuestras peticiones -por nuestro propio bien- en vez de aceptarlo, le recriminaremos que no nos escucha y los porqués se repetirán continuamente como una reprimenda.
Pero, ¿no debería ser al revés? ¿No deberíamos darnos cuenta que acudimos a Dios no sólo para pedirle cosas, sino también para simplemente pasar un rato con quien sabemos nos ama profundamente? Sintetizando más claramente la pregunta: ¿quién es Dios para mí?