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ÁNGELES

Capítulo II
Existencia y naturaleza de los ángeles


Lo que nos enseña la revelación


(Juan Pablo II, Audiencia General del 9 de Julio de 1986)

Hemos visto cómo la Iglesia, iluminada por la sagrada Escritura, ha profesado a lo largo de los siglos la verdad sobre la existencia de los ángeles como seres puramente espirituales, creados por Dios. La Iglesia ha creído esto desde el principio. Lo ha expresado en el Concilio de Nicea-Constantinopla, y lo confirmó en el Concilio de Letrán IV (1215). Su formulación fue retomada por el Concilio Vaticano I en el contexto de la doctrina sobre la creación: Dios « creó conjuntamente de la nada, desde el origen de los tiempos, una y otra creatura, la espiritual y la corporal, es decir, la angélica y la terrestre, por consecuencia, creo la naturaleza humana como común a una y a otra, estando constituida de espíritu y de cuerpo». Es decir, que Dios creó en realidad ambas desde el origen: la espiritual y la corporal, el mundo terrestre y el mundo angélico. Todo eso lo creó, al mismo tiempo, en relación al hombre, constituido de espíritu y materia y colocado, según el relato bíblico, en el marco de un mundo ya establecido según las leyes y medido por el tiempo.

A la vez que reconoce su existencia, la fe de la Iglesia reconoce ciertos rasgos distintivos de la naturaleza de los ángeles. Su ser puramente espiritual implica, primeramente, su inmaterialidad y su inmortalidad. Los ángeles no tienen « cuerpo» (aun si en circunstancias determinadas se manifiestan bajo forma visible en razón de su misión a favor de los hombres), no están sometidos a la ley de la corrupción común al mundo material entero. Jesús mismo, refiriéndose a la condición angélica, dirá que en la vida futura los resucitados « no pueden volver a morir, porque son semejantes a los ángeles».

Seres personales y agrupados en coros


En tanto que creaturas de naturaleza espiritual, los ángeles están dotados de inteligencia y de voluntad libre, como el hombre, pero en un grado superior al suyo, aun cuando siempre están marcados por el límite inherente a todas las creaturas. Los ángeles son, pues, creaturas personales y como tales, igualmente, «a imagen y semejanza» de Dios. La sagrada Escritura se refiere a los ángeles dándoles incluso nombres no sólo personales sino (tales los nombres propios de Rafael, Gabriel, Miguel) «colectivos» (tales los calificativos de: serafines, querubines tronos, potencias, dominaciones, principados), de la misma manera que aplica una distinción entre ángeles y arcángeles. A la vez que tiene presente el lenguaje analógico y representativo del texto sagrado, podemos deducir que esos seres-personas, cuasi reagrupados en sociedad, se subdividen en órdenes y grados, que responden a la medida de su perfección y a los cargos que les son confiados. Los autores antiguos y la liturgia misma hablan, también, de los coros angélicos (nueve según Dionisio el Areopagita).

Libres e inteligentes


En la perfección de su naturaleza espiritual, los ángeles están llamados, desde el principio, en virtud de su inteligencia, a conocer la verdad y a amar el bien que conocen en la verdad, de una manera más total y perfecta que para el hombre. Este amor es el acto de una voluntad libre, pues para los ángeles también, la libertad significa la posibilidad de hacer una elección en favor o contra el Bien que conocen, es decir Dios mismo. Es necesario volver a decir, lo que ya hemos recordado en tiempo oportuno, respecto del hombre: al crear los seres libres, Dios quiso que se realzara en el mundo este amor verdadero que no es posible sino sobre la base de la libertad.

Su elección decisiva e irrevocable


En efecto, como lo dice claramente la Revelación, el mundo de los espíritus puros se muestra divido en buenos y malos. Aunque esta división no fue creada por Dios, sobre la base de la libertad propia de la naturaleza espiritual de cada uno de ellos, se operó a través de la elección que para los seres puramente espirituales posee un carácter incomparablemente más radical que la del hombre y que es irreversible, visto el grado intuitivo y de penetración del bien del que está dotada su inteligencia. A este respecto, hay que decir, igualmente, que los espíritus puros fueron sometidos a una prueba de carácter moral

Los buenos y los malos ángeles


La elección decidida sobre la base de la verdad sobre Dios, como bajo una forma superior en razón de la penetración de su inteligencia, incluso dividió el mundo de los espíritus puros en buenos y malos. Los buenos eligieron a Dios como Bien supremo y definitivo, conocido a la luz de la inteligencia iluminada por la Revelación. Haber elegido a Dios quiere decir que se dirigieron hacia él con toda la fuerza interior de su libertad, fuerza interior que es amor. Dios se convirtió en el objetivo total y definitivo de su existencia espiritual. Los otros, por el contrario, volvieron la espalda a Dios contra la veras que indicaba en Él el bien total y definitivo. Eligieron contra la revelación del misterio del Dios, contra su gracia que los hacía participantes de la Trinidad y de la eterna amistad con Dios en su comunión con Él por el Amor. Sobre la base de su libertad creada operaron una elección radical e irreversible, a la manera de los buenos ángeles, pero diametralmente opuesta: en lugar de una acogida de Dios, llena de amor, le opusieron un rechazo inspirado por un falso sentimiento de autosuficiencia, de aversión e incluso de odio que se convirtió en rebelión.

Cómo comprender tal oposición y revuelta contra Dios en los seres dotados de una inteligencia tan viva, y enriquecidos por tantas luces? ¿Cuál puede ser el motivo de una elección contra Dios tan radical e irreversible? ¿De un odio tan profundo al punto de parecer únicamente fruto de locura? Los Padres de la Iglesia y los teólogos no dudan en hablar de un « enceguecimiento» producido por la sobreestimación de la perfección del ser propio, llevada al punto de velar la supremacía de Dios, que, por el contrario, exigía un acto de dócil y obediente sumisión. Todo esto parece contenido de una manera concisa en la expresión «¡No serviré! », que manifiesta el rechazo radical e irreversible a participar en la construcción del Reino de Dios en el mundo creado. « Satán», espíritu rebelde, quiere que su propio reino, no el de Dios, y se erige como el primer «adversario» del Creador, opositor de la Providencia, antagonista de la sabiduría amante de Dios. De la rebelión y del pecado de Satán, como también del hombre, debemos concluir, aceptando la sabia experiencia de la escritura que afirma: « el orgullo es una causa de ruina». Es el orgullo que los ha perdido. Que aquello nos sirva de lección, queridos hermanos y hermanas: recordemos que el orgullo trae consigo la ruina, y que nuestra vocación es amar a Dios y servirlo con todo el amor del que seamos capaces.





INTRODUCCIÓN
Capítulo I: La fe de la Iglesia
Capítulo III: Rol y Misión de los Ángeles


Traducidos del francés por José Gálvez Krüger para ACI Prensa
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