El
ayuno y la abstinencia
Como cristianos sabemos bien que la llamada del Señor Jesús
a la conversión y a la penitencia no mira, en primer lugar, a
las obras exteriores, «el saco y la ceniza», sino a la
conversión del corazón, la penitencia interior. Sin
ella, las obras de penitencia permanecen estériles y
engañosas. Sin embargo debemos ser conscientes también
que la conversión interior impulsa a la expresión de
esta actitud por medio de signos visibles, gestos y obras de
penitencia. Entre estos signos externos o visibles contamos con el
ayuno y la abstinencia propios de los días y tiempos
penitenciales.
Con el ayuno y la abstinencia no sólo se fortalece nuestro
corazón, sino que de alguna manera damos un poco de lo mucho
que Dios nos da a nosotros.
¿Qué se entiende por ayuno y abstinencia?
Por ayuno se entiende el hecho de consumir sólo una comida
al día, aunque sin que quede prohibido el tomar algún
alimento en la mañana y por la noche. Por abstinencia se
entiende el hecho de privarse de comer carne. Esto también
supone que la comida deba ser austera, es decir, no buscar la
exquisitez de la calidad o de la cantidad.
¿Quiénes están llamados al ayuno y a la
abstinencia?
Teniendo en cuenta las circunstancias concretas de cada persona,
ya sean de salud, de maduración en su vida de fe y la piedad,
de posibilidades reales; la iglesia, buscando el mayor
aprovechamiento de sus hijos, pide que el ayuno rija para aquellos
que hayan cumplido la mayoría de edad y hasta los 59 años.
La abstinencia de carne es para los que tienen 14 años en
adelante.
La voz del Santo Padre
Es necesario dar una respuesta profunda a esta pregunta, para que
quede clara la relación entre el ayuno y la conversión,
esto es, la transformación espiritual que acerca al hombre a
Dios.
El abstenerse de la comida y la bebida tiene como fin introducir
en la existencia del hombre no sólo el equilibrio necesario,
sino también el desprendimiento de lo que se podría
definir como «actitud consumística». Tal actitud
ha venido a ser en nuestro tiempo una de las características
de la civilización occidental. ¡La actitud consumística!
El hombre orientado hacia los bienes materiales, muy frecuentemente
abusa de ellos. La civilización se mide entonces según
la cantidad y la calidad de las cosas que están en condición
de proveer al hombre y no se mide con el metro adecuado al hombre.
Esta civilización de consumo suministra los bienes
materiales no sólo para que sirvan al hombre en orden a
desarrollar las actividades creativas y útiles, sino cada vez
más para satisfacer los sentidos, la exitación que se
deriva de ellos, el placer momentáneo, una multiplicación
de sensaciones cada vez mayor.
El hombre de hoy debe ayunar, es decir, abstenerse de muchos
medios de consumo, de estímulos, de satisfacción de los
sentidos: ayunar significa abstenerse de algo. El hombre es él
mismo sólo cuando logra decirse a sí mismo: NO. No es
la renuncia por la renuncia: sino para el mejor y más
equilibrado desarrollo de sí mismo, para vivir mejor los
valores superiores, para el dominio de sí mismo.