Características de los cuatro evangelios

Valora este artículo
(85 votos)

A continuación, les ofrecemos algunas pistas para acercarse a los Evangelios escritos por Mateo, Marcos, Lucas y Juan.

MATEO

Compuesto hacia el año 80, está dirigido a los cristianos venidos del Judaísmo. Quiere demostrar por medio de las antiguas Escrituras que Jesús es el Mesías esperado por Israel. Este evangelista reúne su material en siete libros: un prólogo con los relatos de la infancia del Señor (caps. 1-2), un epílogo con los acontecimientos pascuales (caps. 26-28) y cinco secciones intermedias. En estas últimas se agrupan otros tantos discursos del Señor, donde Él aparece como el nuevo Moisés que lleva a su plenitud la Ley de la Antigua Alianza. El tema central de estos discursos, precedidos cada uno de una parte narrativa, es el Reino de Dios, al que Mateo llama ordinariamente Reino «de los Cielos».

 

 MARCOS

Compuesto entre los años 65 y 70 y, el más breve, fue escrito para los cristianos venidos del paganismo. Tras los pasos de Jesús, quiere llevarnos a descubrir gradualmente que Él es el Mesías y el hijo de Dios. La primera parte (caps. 1-8) nos lleva a interrogarnos sobre la identidad de Jesús a través de sus milagros y enseñanzas. Así podemos proclamar con Pedro al final de esta parte: «Tú eres el Mesías» (8. 29). En la segunda parte (caps. 9-16) nos encaminamos con Él hacia la Pasión, comprendiendo que seguir a Cristo significa hacerlo por el camino de la Cruz. A diferencia de Mateo, Marcos se interesa más por las acciones que por las palabras del Señor y, pone especialmente de relieve su humanidad.

 

LUCAS

Compuesto también hacia el año 80, es el Evangelio de la misión a los paganos, a la vez que el de la misericordia y el perdón. Todos sin distinción son invitados a participar del Reino anunciado e iniciado por Jesús. Esta Salvación universal crea un clima de alabanza y alegría y, en ella el Espíritu Santo ocupa un lugar fundamental. Además, Jerusalén aparece como el lugar en el que se realiza la Salvación. Todo comienza y termina en el Templo, y más de la mitad del Evangelio -desde el capitulo 9.51 hasta el final- es un largo viaje hacia la Ciudad santa donde el Señor culmina su obra salvadora. También el libro de los Hechos de los Apóstoles, que es la continuación de este Evangelio, sitúa en Jerusalén la venida del Espíritu y el punto de partida de la acción evangelizadora.

 

JUAN

Compuesto hacia el año 95, no sigue el mismo esquema que los tres Evangelios anteriores y supone una reflexión mucho más desarrollada sobre el misterio de la persona y la misión de Jesucristo. Este Evangelio comienza remontándose al origen divino del Señor, a quien presenta como la Palabra de Dios que existía eternamente y «se hizo carne » en el tiempo. La primera parte (caps. 1-12) gira alrededor de «siete» signos -los milagros- que dejan traslucir aquel misterio, a través de los discursos explicativos que los acompañan. La segunda parte (caps. 13-21) nos pone ante la «hora» de Jesús, a la que Él mismo hizo varias veces referencia a lo largo de su actividad pública, la «hora» en que debía manifestarse su «gloria» por medio de la muerte.



MANANTIAL INAGOTABLE

«Señor, ¿quién es capaz de comprender toda la riqueza de una sola de tus palabras? Es más lo que dejamos que lo que captamos, como los sedientos que beben de un manantial. Las perspectivas de la Palabra de Dios son numerosas, según las posibilidades de los que la estudian. El Señor ha pintado su Palabra con diferentes colores, para que cada discípulo pueda contemplar lo que le agrada. Encerró en su Palabra muchos tesoros, para que cada uno de nosotros al meditarla, encuentre una riqueza.

El que alcanza una parte del tesoro no crea que esa Palabra contiene sólo lo que él encontró, sino piense que él únicamente encontró una parte de lo mucho que ella encierra. Enriquecido por la Palabra, no crea que esta se ha empobrecido, sino que viendo, que no a podido captar todo, dé gracias a causa de su gran riqueza. Alégrate de haber sido vencido, y no te entristezcas de que te haya superado. El sediento se alegra cuando bebe, y no se entristece porque no puede agotar el manantial, porque si tu sed se sacia antes de que se agote el manantial, cuando vuelvas a tener sed podrás beber nuevamente de él; si, por el contrario una vez saciada tu sed, el manantial se secara, tu victoria se convertiría en un mal para ti.

Da gracias por lo que recibiste, y no te pongas triste por lo que queda y sobreabunda. Lo que recibiste, lo que a ti te tocó, es tu parte; pero lo que queda es tu herencia. Lo que a causa de tu debilidad no puedes recibir ahora, lo podrás recibir, si perseveras, en otros momentos. No intentes beber avaramente de una sola vez lo que no se puede beber de una sola vez, ni renuncies por negligencia a lo que podrás beber poco a poco» (San Efrén, s. IV, Diácono y Doctor. de la Iglesia).

Reproducido con permiso de Apologetica.org
www.iglesia.org
Visto 35551 veces

1 comentario

Deja un comentario

Asegúrate de llenar la información requerida marcada con (*). No está permitido el Código HTML. Tu dirección de correo NO será publicada.