; por lo tanto ser fecundos es llevar a la práctica el amor. Por eso, vamos a analizar este llamado de Dios a ser fecundos desde un plano amplio, que incluye diversos estados de vida y no sólo el ser padres, biológicamente hablando.
"Los que permanecen en mí y yo en ellos, dan fruto en abundancia" (Jn 15,5).
Así nos habla Jesús de la fecundidad, como algo que se logra si estamos unidos a ÉL, como las ramas se unen al tronco del árbol...
Puede ir aclarándose qué quiere decir tener una vida fecunda, si con esta imagen del árbol que utiliza Jesús, pensamos que lo contrario a la fecundidad es la esterilidad. Es estéril por decisión aquél que se cierra en sí mismo, porque sólo quien está unido a otros puede dar frutos... es estéril aquel que está manejado por el miedo al punto tal, que se autoprotege de los demás y de la vida, cerrándose al cambio y al crecimiento. Se puede ser estéril aún teniendo hijos, trabajo, dinero, éxito... En este mundo desarrollado, con su capacidad tecnológica y su compleja burocracia, en este mundo de desigualdades profundas y de una brecha entre ricos y pobres cada vez mayor, un gran numero de hombres y mujeres viven como aislados, interesados sólo en su entorno. Agobiados por el entorno social, se cierran a una realidad más amplia. Como engranajes de una máquina compleja, realizan su función sin interesarse por los resultados, sin mirar más allá.
Juan: (45 años) "El mundo no está a mi cargo. Son otros los que toman las grandes decisiones. ¿Qué podría hacer? Nada, todo lo que pido es que me dejen tranquilo. Mientras cada uno atienda sus propios intereses... Se que hay gente que sufre, pero yo no puedo hacer nada por evitarlo."
Marisa: (30 años)"¿Para qué traer hijos a este mundo de locos, para no poder ocuparse de ellos como corresponde? Yo no puedo dejar mi trabajo, si a esta altura perdés el tren..."
Jorge (25 años) "Ya no hay salida, cada uno debe hacer lo que pueda para zafar... Y si no "perdido por perdido", intentar pasarla bien como se pueda".
Liliana (17 años) "Yo quiero trabajar para tener algo de plata y pagarme las salidas. Para qué voy a estudiar, si igual voy a terminar como cajera de un supermercado, si no hay laburo para nadie."
El miedo paraliza, no nos permite soñar y tampoco nos deja jugarnos por el futuro. Nos amparamos diciendo que somos "realistas", cuando en realidad no podemos confiar en el mañana ni asumir nuestras capacidades y límites para luchar. El ser fecundos no es ser exitosos, sino que es dar todo de uno mismo, hacer crecer los talentos que Dios nos regaló. Esto nos hace sentirnos plenos, aún en la adversidad.
Ana (32 años) "Cuando veo a mis hijos jugando, cuando me traen los regalitos que hicieron con la maestra en el jardín, todo el cansancio de trabajar tantas horas, y hasta algunas broncas que tengo en el corazón, se transforman. Sigo cansada pero descubro que estoy haciendo lo correcto, y que vale la pena".
Marcos (24 años) "Yo trabajo y estudio, y además voy a la parroquia a dar apoyo escolar... Hay veces que siento que estoy tan cansado... que capaz si dejara de hacer algo sería mejor. Pero cuando a la noche me pongo a "hablar con Jesús" y pongo en sus manos el estudio, los líos del trabajo, la vida de los chicos del apoyo, me siento tan contento: es bárbaro terminar el día y descubrir que uno tiene las manos y el corazón lleno".
Ricardo (55 años) "Yo trabajé toda mi vida en el campo, acá me casé, tuve mis hijos, construí mi casa... ¡Vi crecer tantas cosas a mi alrededor! Pasé por épocas de sequías, inundaciones... uno cuando trabaja en el campo mira todo el tiempo al cielo, descubre que "de allí" viene la vida. Creo que por eso es que aprendí a confiar... a poner todo de mi mismo y trabajar lo mejor posible, pero también esperar, saber que toda época mala pasa y que hay que disfrutar del tiempo bueno."
El miedo puede llevar no sólo a la esterilidad, sino también a la productividad desenfrenada. Porque hay que distinguir entre frutos y productos. Un producto es algo que hacemos, repitiendo acciones similares, obtenemos productos parecidos. El fruto es otra cosa, nace de uno mismo, pasando por diversas etapas de crecimiento que implican entregas, cuidados, aprendizajes... En nuestro mundo todo puede convertirse en un producto, no sólo la casa, el televisor, el auto, los objetos de "confort", sino incluso los amigos, los compañeros de trabajo...
Muchos parecen estar convencidos de que "son lo que hacen", y en sus actividades fundamentan su valor como personas. La productividad nos aleja del miedo a ser inútiles. Es así que el éxito se convierte en la mejor forma de superar nuestras dudas internas sobre si valemos, si merecemos ser amados. Ponemos la esperanza sólo en nosotros mismos, en nuestra voluntad... y al depender de nuestras fuerzas es válido que para mejorar y producir
pasemos por encima de otros, olvidemos a los débiles que no nos ayudan en nuestra carrera, dejemos de lado lo que no es "productivo".
Fundamentar nuestro valor en el ser exitosos es una trampa; por un lado nos convertimos en seres incapaces de acompañar la debilidad de otro...; personas que en su carrera hacia el éxito dejan de lado a muchos, rechazándolos por no ser capaces... y al no poder perdonar y afrontar los límites de los demás, tampoco pueden asumir las propias debilidades. Así es que el "duro y rígido hombre exitoso" en realidad se convierte en un ser vulnerable ante el rechazo de quienes lo rodean. Centrados en "no perder", las críticas y, por supuesto, el fracaso se hacen irresistibles. Si sólo merecemos afecto y reconocimiento por nuestras actividades, el enfrentarnos a una debilidad o a un límite nos destruye. Vivimos a la espera del reconocimiento que los demás pueden hacer sobre nosotros.
Esterilidad: miedo a la entrega, aislamiento, despreocupación...
Productividad: miedo al rechazo, egoísmo y dependencia, apropiación.
La fecundidad está mas allá de estos dos actitudes, puesto que pertenece al orden del amor y no del miedo. Por eso lo primero necesario para una vida fecunda es vivir con confianza. Porque quien confía se hace cargo de su debilidad, descubre sus dones y los agradece, se arriesga y los hace crecer.
Solamente cuando nos atrevemos a "bajar la guardia" y enfrentarnos a la vida con una actitud receptiva, sólo cuando entregamos lo que somos y nos esforzamos, podemos sentirnos plenos. El camino que Dios eligió para entregarle al hombre los frutos de la verdad y la eternidad fue el camino de la entrega. Y para poder entregarse Dios mismo, el todopoderoso, se hizo débil y pequeño.
Si miramos la vida como un don, si descubrimos todo lo que somos como un regalo amoroso de Dios, se nos va todo el temor, y estamos seguros de nuestro valor como personas. No debemos probarle nada a nadie, no podemos sentirnos no amados o poco valiosos. Nuestra vida es una acción de gracias. Y quien se siente agradecido es capaz de entregarse, siente la necesidad de asumir riesgos y hacer crecer los dones que Dios le regaló. Estas actitudes pueden vivirse en todos los estados de vida, el matrimonio, la vida
consagrada, el sacerdocio... desde cualquier oficio, trabajo o rol, siempre y cuando el criterio para elegir, para actuar, para vivir, sea el ser fecundo. Así hay que preguntarse: ¿Desde qué lugar siento que puedo asumir mejor mis límites, agradecer los dones que Dios me regaló y llevarlos a la práctica? ¿En qué ámbitos me siento más pleno, entregado? ¿De qué manera creo que puedo ser más fecundo?
Porque ésta es entonces la verdadera VOCACIÓN del hombre, el llamado que Dios le hace desde un principio: asumir, agradecer, entregar: SER FECUNDOS.
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