La buena noticia

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¿Qué eficacia tiene, en nuestros días, la energía escondida de la Buena Nueva? 

¿Una noticia capaz de sacudir profundamente la conciencia del hombre? ¿Hasta dónde y cómo esta fuerza evangélica puede transformar verdaderamente al hombre de hoy?


Desde que leí por primera vez la incomparable exhortación apostólica de Pablo VI, «Evangelii Nuntiandi», me llamó la atención que un Papa de esa talla, planteara un interrogante que mucho se parecía al de cualquier catequista de base, un tanto perplejo.

Dice el Papa: ¿Qué eficacia tiene, en nuestros días, la energía escondida de la Buena Nueva, capaz de sacudir profundamente la conciencia del hombre?

¿Hasta dónde y cómo esta fuerza evangélica puede transformar verdaderamente al hombre de hoy? 

¿Con qué métodos hay que proclamar el Evangelio para que su poder sea eficaz?

La Iglesia, ¿es más o menos apta para anunciar el Evangelio y para inspirarlo en el corazón del hombre, con convicción, libertad de espíritu y eficacia?

Confieso que en tiempos de perplejidad o duda, me ha hecho mucho bien releer estos cuestionamientos.

Entonces uno vuelve a zambullirse en la Palabra para percibir de un modo nuevo la fuerza del diálogo de Dios con el hombre. 

Y buscamos una pedagogía, un método...Pero el mensaje de Jesús nos llega a través de los testigos y de la tradición de la Iglesia apostólica. No tienen la exactitud de un reportaje, pero vivimos la experiencia de la fe creyente que testifica. 

La Revelación se nos presenta esencialmente como una pedagogía que progresivamente revela el misterio de Dios en la historia del hombre y hace comulgar al hombre, con la vida de Dios. 

Como catequistas, sabemos que la Gran Buena Noticia es precisamente ésta: Dios que viene a nosotros, interviene en el mundo, en cada una de nuestras vidas, viene en Jesús, hoy, acontece…!

Este es el núcleo (…). A quien lo ignora todo de Dios, tal vez no le diga mucho. Para los que hemos entrado de niños en este universo de la fe, tal vez no nos resulte tampoco del todo atrayente por su falta de "novedad".

No podemos hablar de esto como si comentáramos por enésima vez, un texto leído hace años...

El Espíritu deberá hacernos redescubrir el carácter inconcebible de esta Buena Noticia. Porque es la noticia, la única, capaz de transformar la vida del hombre, de darle su auténtica dimensión, de plenificarla en el gozo más auténtico: Dios se acordó de nosotros, tanto que se hizo uno de nosotros, y nos amó hasta el fin…!

Pero esto no es historia, es acontecimiento. Dios es. No un acontecimiento abstracto, una noción cómoda para el espíritu, un tanquilizante, una manera (entre tantas) de explicar las cosas...

Dios irrumpe en la historia y nos muestra quién es.

Situarnos en este clima de revelación permanente, es ir entendiendo que su intervención nos llama de continuo para un encuentro con El.

(…) Es el tiempo propicio para redescubrir la Buena Noticia. Para madurarla en nuestra corazón.

Por Hna. Beatriz Casiello - Gentileza de Buenasnuevas.com
www.iglesia.org
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