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Introducción a la lectura de la Biblia


Un documento introductorio a la lectura de la Biblia de gran valor para quienes buscan una guía, breve pero completa, sobre el origen de las Escrituras, el contexto histórico, contenido, posible orden de lectura, claves de interpretación.

SAGRADA ESCRITURA E IGLESIA


No pocas veces se intenta oponer la Biblia a la Iglesia. Esto es un contrasentido, desde el momento que la Iglesia «nace» de la Biblia y, a su vez, la Biblia «nace» de la Iglesia. Ninguna de las dos podría existir ni entenderse sin la otra. Ambas se reclaman y se necesitan. Es algo parecido a lo que sucede con la Eucaristía: la Iglesia «hace» la Eucaristía, pero también la Eucaristía «hace» la Iglesia.

Por un lado, es en la Biblia donde la Iglesia encuentra su fundamento y su razón de ser. A través de sus páginas, descubrimos ese largo itinerario, que se inicia con la caravana de Abraham y sólo culminará en la Jerusalén celestial. De la Sinagoga, la Asamblea de la Antigua Alianza, se pasa a la Iglesia, la Asamblea de la Nueva Alianza. La Palabra profética y la Palabra apostólica es la que convoca constantemente a esa Iglesia.

Pero es igualmente innegable que los Libros donde está escrita la Palabra surgieron en el seno de la Iglesia, prefigurada en el Antiguo Testamento y revelada en el Nuevo. Antes de ser «escritura» aquellos Libros fueron acción y palabra oral dentro de ambas Comunidades. La «inspiración» divina llegó a sus autores no sólo como individuos aislados sino como integrantes del Pueblo. De ahí que la Biblia sea el Libro tanto «del Dios del Pueblo» cuanto «del Pueblo de Dios».


No hay Biblia sin Iglesia

¿Y quién, sino la Iglesia, fue la que con el correr del tiempo y después de largas reflexiones, sólo reconoció oficialmente a «tales» o «cuales» Libros como «inspirados»? ¿Quién sino la Iglesia decidió incluir estos Libros y no otros en la Biblia? Así como la Biblia tuvo su origen en la experiencia humana y espiritual del Pueblo de Dios, también es ese Pueblo el que le da su aval. «Yo no creería en el Evangelio, decía san Agustín, si no me moviera a hacerlo la autoridad de la Iglesia Católica».

Sin duda, la Iglesia está al servicio de la Palabra de Dios, y esta es la norma última de su fe y su disciplina. Sin embargo, la Palabra ha sido confiada a la Iglesia, para que ella la custodie y la interprete debidamente y, a la vez, la difunda universalmente. Podemos decir que, además de la inspiración «bíblica», hay una inspiración «eclesial», que también procede del Espíritu y acompaña al Pueblo de Dios bajo la guía de sus pastores.

La Biblia es Palabra de Dios puesta por escrito, pero esa Palabra fue y sigue siendo transmitida a través de lo que se llama la «Tradición». Ambas cosas -Escritura y Tradición- surgen de la misma fuente, que es la Palabra de Dios, e interpretadas por el magisterio de la Iglesia, han gozado siempre del mismo respeto y estima por parte de ella. «Las dos están íntimamente unidas y compenetradas entre sí», afirma el Concilio Vaticano II.

Hay que leer la Biblia «en la Iglesia»

De todo lo dicho se deduce que la Sagrada Escritura debe leerse en la Iglesia, es decir, dentro de la comunidad visible de los creyentes en Jesucristo, fundada sobre la predicación apostólica y congregada por la acción del Espíritu que la anima. Y por supuesto, la Biblia no puede separarse de la Tradición viviente u oponerse a ella. Esa Tradición es el medio vital en el que se fueron gestando y deben ser leídos los escritos, lo mismo del Antiguo que del Nuevo Testamento.

En realidad, la destinataria de la Biblia es la Iglesia, y cada uno de nosotros lo somos en la medida que formamos parte de ella y estamos animados por el sentido «eclesial». Apartarse de ese sentido acarrea siempre grandes riesgos. «Tengan presente, ante todo -nos advierte san Pedro en una de sus Cartas- que nadie puede interpretar por cuenta propia una profecía de la Escritura». No basta «llenarse la boca» con citas de la Biblia: hay que entenderlas correctamente.

Por eso, la Iglesia recomienda que los textos bíblicos estén acompañados de notas aclaratorias que faciliten su lectura y salgan al encuentro de las dudas más comunes que suelen existir. Asimismo, son muy útiles las introducciones generales a los diferentes Libros Sagrados y las que se intercalan dentro del mismo texto. En la traducción argentina se ha dado especial importancia a estas introducciones, como un medio de aprovechar mejor toda la riqueza contenida en la Palabra «viva y eterna».

«La Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura de ambos Testamentos son como un espejo en el que la Iglesia que peregrina en la tierra contempla a Dios, de quien todo lo recibe, hasta ser llevada a su presencia para verlo cara a cara». (Constitución sobre la Revelación divina, 7)

Para leer y comentar

Mt. 28. 16-20 1 Cor. 15. 1-11

2 Tim. 4. 1-5 Apoc. 1.1-8; 22. 16-19

Para orar

«Tu Palabra está bien acrisolada y por eso la amo» Sal. 119. 140.

(Reproducido con permiso de Apologetica.org)
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