Nueve meses en una celda de un metro por tres
«A mayor rechazo, mayor angustia».
La mañana del 29 de agosto de 1990, Bosco Gutiérrez besó a su mujer y a sus siete hijos. Minutos después fue secuestrado. Vivió nueve meses en un zulo de un metro por tres, desnudo la mitad del tiempo. « Yo entiendo mi secuestro como si Dios me hubiera dicho: no te puedo volver a meter en el vientre de tu madre, pero te voy a meter nueve meses en un cuartito para que con tu inteligencia y tu memoria decidas cómo vas a vivir tu segunda oportunidad. Entendí con todo mi ser que mi tesoro es mi gente y no mi trabajo o mi cuenta bancaria. En el zulo lo hubiera dado todo por abrazar un minuto a uno de mis hijos. Desde entonces valoro a la gente por sus cosas positivas y no por sus errores».
A los secuestradores no los cogieron, pero Bosco no ha tenido pesadillas. «Aprendí, fue muy positivo, no lo rechazo ». «Tengo 48 años. Nací y vivo en México DF. Estoy casado, tengo nueve hijos y vengo de una familia de 14 hermanos. Estoy licenciado en Arquitectura. Mi postura filosófica y política se basa en lo que yo hago: una arquitectura en función del ser humano. Soy católico. He dado una conferencia en la UIC sobre la historia de mi secuestro».
- ¿Cómo se sentía?
- Me tuvieron desnudo cuatro meses. Los secuestradores iban con capucha y jamás oí sus voces, se comunicaban por escrito. Después de tenerme tres días a oscuras me pasaron un interrogatorio: «Hasta que conteste no comenzarán las negociaciones ».
- Contestó, claro ...
- Les conté detalles de la vida cotidiana de mi familia y me sentí un traidor, me abandoné y me dejé morir. Trece días tirado en el suelo, haciéndome las necesidades encima.
- ¿Salió de ese estado?
- Uno de los guardianes me mostró un papel: «Viva México! (era el día de la independencia), puede tomar lo que quiera ».
- ¿Qué pidió?
- Un gran vaso de Chivas. Me lo trajo, yo me arrastré para cogerlo porque estaba totalmente entumecido y me fui al rincón como un animal con su presa. «Esto sí lo voy a gozar », me dije. Entonces, el otro Bosco que hay dentro de mí comenzó a hablarme: «¡A ver si eres tan hombrecito, ofrece el whisky!».
- ¿Y?
- «Yo ofrezco estar secuestrado», dije. «Eso no depende de ti », contestó mi voz interior, y tiré el whisky por el váter. Me quedé pensando que había hecho una estupidez y me dormí. Cuando desperté, cogí el papel sobrante del interrogatorio y escribí: «Hoy gané mi primera batalla, no todo lo deciden ellos ». Así empecé a recuperar la autoestima.
- ¿Cómo consiguió que creciera?
- Pensé que no sería muy diferente lo que yo le diría a uno de mis hermanos si estuviera en mi lugar y decidí escribir una carta como si el secuestrado fuera otro. Me puse en pie por primera vez en 19 días y recé.
- ¿Olvidó la carta?
- Sí, pero cuando acabé el rosario la vi dobladita junto a la puerta y me puse a llorar como un idiota:
« ¡Recibí una carta de mis hermanos, qué maravilla!» grité. El Bosco realista me decía: «Ya te volviste loco ».
- ¿Qué ponía en la carta?
- «Éste no es un problema personal, es un problema familiar, y lo vamos a resolver en equipo, pero tú eres el que tiene el trabajo más importante: cuidar de ti mismo».
- ¿Abandonó el papel de víctima?
- Sí, entendí que mi trabajo era entregar mi cuerpecito perfecto al equipo. Así estructuré mi vida, que dividí en tres columnas: salud mental, salud física y aprovecha el tiempo incluso en esas circunstancias.
- ¿Cómo aprovechar el tiempo en un zulo?
- Lo primero era no volverme loco. Entendí que cuanto mayor fuera el rechazo más crecería la angustia, y decidí aceptar mi circunstancia, limpiar mi cuartito y controlar la imaginación. El tiempo lo medía a través de una cinta de música que ellos ponían para que no los oyera, todo el rato la misma.
- Eso es muy mortificador ...
- Yo lo convertí en un instrumento. Vivía días de 32 casetes y acabé ajustando la fecha, esas conquistas mejoran tu autoestima. También pedí una dieta muy sencilla que le recomiendo.
- ¿. ..?
- Fruta tres veces al día, cereales por la mañana, proteína al mediodía y yogur por la noche. Corría una hora y media al día (tres casetes) y hacía un casete de abdominales. Pero estoy convencido de que el músculo más importante es la voluntad.
- ¿En qué pensaba?
- En mi madre, que había muerto tres años antes. Recuperé un recuerdo de niño, un sueño. Estaba en el infierno, y un tipo me gritaba: «Estas aquí por no haber ayudado a nadie, fuiste egoísta, y yo estoy aquí porque nadie me echó una mano. Si me hubieras ayudado, los dos estaríamos en el cielo ». Mi madre, que era muy inteligente, me dijo: «Te acabas de dar cuenta de tu responsabilidad como cristiano, hay que ayudar a los demás ».
- ¿Temía encontrar en el infierno a uno de los secuestradores?
- Pues sí, y que me dijera: «Te pudres en tu perfección, porque nunca pensaste que nosotros somos tan dignos y valiosos para Dios como cualquiera ».
- ¿Y empezó a hacer apostolado?
- Recé por ellos y cuando llegó Navidad les pasé un papelito: «Señores guardianes, hoy es Navidad y no hay ni secuestradores ni secuestrado, todos somos hijos de Dios y a las ocho de la noche vamos a rezar». A esa hora abrieron la ventanuca de la puerta y vi a cinco encapuchados blancos en un fondo negro.
- ¿Qué les dijo?
- Les hablé de la humildad y les leí el evangelio. Al terminar, uno por uno me dieron la mano y experimenté la felicidad más grande. Salir de mí mismo y pensar en los otros hizo que me sintiera valiente y útil. « Arquitecto Bosco - me escribió uno de los secuestradores-, díganos de dónde saca usted la fuerza ».
- ¿De dónde?
- Había perdido el miedo, sabía que mi vida no estaba en sus manos, sino en las de Dios. Los cinco meses restantes fueron de gran profundidad espiritual.
- ¿Tiene nostalgia de esos nueve meses?
- En cierto modo. La sociedad nos mueve a interiorizar poco, vivimos muy en la superficie, no tenemos espacio para reflexionar y por tanto poco crecimiento personal, de manera que tus relaciones con los demás son atropelladas, y tus actitudes, no ponderadas.
- ¿Cómo salió de allí?
- Temía que me abandonaran dejándome morir. Durante meses estuve fabricando una ganzúa con un muelle del catre. La idea era usarla si me abandonaban, pero quise probarla, abrí y no pude volver a cerrar. Me veía muerto. Avancé, pasé junto a un guardián que dormía y salté por una ventana.