Brillante sencillez
Hace años conocí una persona a la que le gustaba repetir: «¡Hay que hacer las cosas fáciles, porque las cosas fáciles son las que nos salen bien!».
El verano pasado en un campamento, mientras oía a los niños cantar en la eucaristía, pensé que tenía razón: los cantos de los niños parecen simples, de poca profundidad. ¡Pero nada más lejos de la realidad! Tratan con simpleza brillante la realidad de la fe. Y lo mejor de todo: su sencillez los convierte en una buena manera de permitir a Cristo poner luz sobre nuestra vida.
De hecho, todo lo que ahora te cuento lo hago por un canto que dice: «Si al caminar ves a un hermano que en tinieblas va, tiende tu mano, vive junto a él y cántale después: Y es que hay mil millones de estrellas en esta noche que ahora negra ves. En el desierto un oasis te espera aunque sólo arena veas a tus pies».
¿Lo recuerdas? Seguro que sí. No sé quién eres, ni cuál es tu realidad; pero quizá estés en esa situación de ver el cielo negro en lugar de estrellado.
Otro canto, sobre Abrahám, decía:
Sal de tu tierra, dijo el Señor a Abraham,
deja a tu familia, tu casa y tu hogar.
Sal de tu tierra te dice ahora a ti,
aunque te sea difícil vas a ser más feliz.
(…)
Sal de tu tierra, tienes algo que hacer,
mucha gente te espera y debes responder.
Sal de tu tierra, Cristo confía en ti,
sé tú el Abraham que ahora responde pronto.
No sé qué es eso que Dios te llama a hacer, tampoco sé cuál es para ti la Tierra Prometida. Por supuesto, no tengo ni idea de cuál es el Egipto al que se refiere el demonio cuando te tienta de esa manera que ya conoces: «Peregrino, que a veces vas sin un rumbo en tu caminar. Peregrino que estás cansado de tanto andar. Buscas fuentes para tu sed y un rincón para descansar. Vuelve amigo, que aquí en Egipto lo encontrarás». Pero sé que la mejor respuesta es cantar:
«Sólo Él mi Dios, que me dio la libertad. Sólo Él mi Dios, me guiará».
Y no temas, porque «mientras recorres la vida, nunca solo estás. Contigo por el camino Santa María va», Dios «no dejará que resbales ni caigas, ni que se duerma el guarda que vigila tus sueños». Y cuando despiertes, date cuenta de que «es alegre la mañana que nos habla de Dios. Alegre la mañana».
Recuerda además la parábola de los talentos y sé responsable; no pases ni un sólo día sin invertirlos bien porque estarás perdiendo rentabilidad. Y ya sabes lo que le dijo aquél niño pobre a San José de Calasanz al llegar este al cielo: «contigo descubrí la amargura de sentir que mi flor se quedaba marchita».
No queremos que eso ocurra.
(publicado el 18.01.2010)