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El celibato sacerdotal como forma concreta de amor humano


I. El tema


El celibato sacerdotal es uno de esos temas que resulta casi incomprensible para la mayor parte de las personas. A muchos les parece incompatible con la normalidad psicológica y por lo tanto una exigencia para los sacerdotes de la Iglesia católica de rito latino absolutamente fuera de tiempo y que debería ser modificada cuanto antes. Esta sensación general se ha visto agravada por casos de algunos sacerdotes que han caído en comportamientos sexuales desviados y escandalosos. Otros argumentan que, más allá de lo señalado anteriormente, el número de ellos es insuficiente para atender las necesidades de los fieles, por lo que una mayor elasticidad en la disciplina del celibato podría solucionar en parte el problema práctico, como sucede en otras confesiones. Las personas que se resisten a aceptar las razones que llevan a la Iglesia a sostener la disciplina del celibato sacerdotal se oponen también, quizás aún con más fuerza, a otras formas celibatarias como son las monjas y los frailes, los laicos y laicas consagradas, u otras posibles1.

Creo que la argumentación del porqué de este modo de vida dentro de la Iglesia no puede limitarse a los estudios históricos destinados a mostrar la antigüedad de la norma en la legislación eclesiástica, que se remota al siglo IV y V. Hoy en día conocemos textos de esos siglos en los que la exigencia del celibato y la prohibición de hacer uso del matrimonio para los ministros ya casados son claros y evidentes. Hay muchos estudios serios sobre la cuestión por lo que no me parece necesario insistir en el tema2. En mi opinión tampoco parece tener demasiado peso la idea de que el celibato es necesario por motivos prácticos y organizativos. Según este modo de ver las cosas el celibato se justificaría principalmente por ser un modo de tener “más tiempo” para dedicarlo a la institución eclesiástica.

Lo que interesa en estos párrafos no es el aspecto jurídico, organizativo o disciplinar de la cuestión, sino profundizar en la realidad existencial y psicológica de la persona que toma la decisión de vivir célibe, pensando que esa es la voluntad de Dios. El problema, en esta reflexión, está directamente asociado al gran tema humano del amor y del narcisismo.


II. El amor humano y el narcisismo


El hombre tiene una sola oportunidad de vivir la vida, por lo que es imprescindible que busque y encuentre una solución madura al problema de su existencia. El problema de la propia existencia encuentra respuesta en lo íntimo de cada uno, y no es posible que algún otro lo resuelva desde fuera.

El amor es posible y real cuando se experimenta desde el centro de la propia existencia. No se puede imponer por la fuerza ni conseguir con la repetición mecánica y exterior de algunos actos y de normas comportamentales, aunque el vivir un determinado estilo de vida puede ser la forma concreta de manifestarlo. Los estados de armonía y de conflicto, de alegría y de tristeza, que se repiten cíclicamente en la vida de las personas, son secundarios respecto al hecho fundamental de saberse enamorado y tener un horizonte claro en la vida.

La persona tiene necesidad de vivir en comunión con otras personas, a las cuales darse y de las cuales recibir humanidad. La propia identidad se forma no sólo en el monólogo, sino en la relación. Las manifestaciones únicamente egocéntricas, narcisistas, resultan parciales e inadecuadas. En sentido estricto, toda persona quiere estar enamorada de alguien. Si esto no sucede aparecen las carencias psicológicas y afectivas. Para decirlo con el lenguaje de la psicología, las fuerzas de la psique humana se descargan necesariamente en tres direcciones posibles: o en el propio yo (dando lugar a los distintos tipos de narcisismos o egotismos), en otro yo (como es el caso del enamoramiento de pareja), o en la sublimación (que puede referirse tanto a un proyecto humano como a un proyecto espiritual).

Hay quienes sostienen que el amor es una fatalidad, algo que se padece en el sentido de que no es posible preveerlo o crearlo: se siente, se percibe, produce un cambio, aparece, y como tal puede morir y desaparecer después de un tiempo. En el extremo opuesto están aquellos que sostienen que el amor es una conquista de la voluntad, tal como era considerado por ejemplo en el pasado, cuando los matrimonios se acordaban más allá de la voluntad de los cónyuges y cuando se esperaba que el amor fuera naciendo con la costumbre que da el paso del tiempo. Entre estos dos extremos caben todo tipo de posiciones intermedias, y posiblemente quepa lo que el amor sea en realidad.

Otros sostienen que el amor se apoya en la voluntad. E. Fromm escribe que «el amor no es esencialmente una relación con una persona específica; es una actitud, una orientación del carácter que determina el tipo de relación de una persona con el mundo como totalidad (…). Si una persona ama sólo a otra persona y es indiferente al resto de sus semejantes, su amor no es amor, sino una relación simbiótica, o un egotismo ampliado. Sin embargo la mayoría de la gente supone que el amor está constituído por el objeto (que se ama), no por la facultad (de amar)»3. Aunque la opinión de Fromm puede parecer parcial, ayuda a comprender que amar es un modo de enfrentar la vida que se refiere no sólo a cosas o personas aisladas, sino a una actitud de fondo del alma humana también relacionada con la voluntad.

Al amor se opone el crudo narcisismo. En la orientación narcisista se experimenta como real sólo lo que existe en el propio interior, donde cada sujeto es omnisciente y omnipotente en sí mismo; el narcisista lo sabe y lo puede todo. Los propios criterios, las propias ideas, reinan incontestadas. El amor exagerado a la propia persona o a las propias ideas termina permeando todas las relaciones humanas con la arrogancia y el egotismo. Vivimos en un mundo en el que las personas tienen el derecho de elegir por sí mismas su propia regla de vida, a decidir en conciencia qué convicciones desean adoptar, a ser auténticas. Esto está protegido además por nuestros sistemas jurídicos. Pero en general la sociedad ha perdido el horizonte de lo que supera lo individual; no tiene un proyecto que incluya lo que va mas allá de los propios intereses. La libertad individualista actual teme por experiencia a los moralismos opresores, pero está desamparada frente a todo lo que supera el yo. Es una sociedad que empuja al individualismo y al egoísmo.

El polo opuesto al narcisismo es la actitud que rompe con el reinado absoluto de las propias ideas para colocar la vida en el campo de la objetividad. Esto es, en el campo del realismo, del saber considerar las cosas tal cual son. En su vertiente religiosa la superación del narcisismo se llama «humildad», que según Santa Teresa de Jesús «es el andar en verdad». Lejos de ser una actitud huidiza y apocada, la humildad es la actitud de vivir en la verdad. Tomada en este sentido la virtud humana de la humildad —el emerger de los propios sueños de omniciencia y omnipotencia— es la facultad humana de pensar objetivamente las cosas con el auxilio de la razón.

S. Freud decía que «el enamorado es humilde … pierde, si se puede hablar así, parte de su narcisismo»4. Centenares de ensayos tratan de demostrar la imposibilidad de conseguir una vida humana lograda si se opta por permanecer en el narcisismo. Por lo tanto, todo amor humano verdadero se desarrolla en la donación a otra persona o en la sublimación del amor. E. Fromm afirma también que amar significa comprometerse sin garantías, entregarse totalmente con la esperanza de producir amor en la persona amada: el amor es un acto de fe en el sentido amplio de la palabra; una apuesta a la posibilidad de que el otro y lo otro me hagan pleno y me realicen como persona.

En este contexto debe ser colocado el celibato como forma particular del amor humano, a la luz de la donación a los demás y al mismo Dios y con la decisión continua de no dejarse caer en el narcisismo autoreferencial.


III. Celibato y amor


La pregunta de fondo de esta reflexión es en qué consiste la esencia del celibato. ¿Se trata sólo de una táctica para organizar la Iglesia, o es en cambio una sublimación del amor? ¿Cómo explicar humanamente que un ser humano pueda encontrar la plenitud del amor en una relación puramente espiritual, que deja de lado los aspectos sexuales y afectivos que despierta la presencia física y concreta del amado?

El punto central de todo el discurso es que el celibato en la Iglesia es visto como un don de Dios que se orienta a la donación total de la criatura al Creador, en una relación que aspira a ser «exclusiva» desde el punto de vista afectivo. El primer elemento a considerar es entonces que se trata de un don dado por Dios a personas concretas para que pueden recorrer la vida de una forma específica. La finalidad de ese don es que la persona pueda aspirar a vivir una relación con Dios «exclusiva» desde el punto de vista afectivo. ¿Es posible? Evidentemente, la vida del célibe en la Iglesia se derrumba si desaparece el horizonte de la posibilidad de estar vitalmente enamorado de Dios. Pero, ¿es posible realmente enamorarse de un modo «exclusivo» de Dios? ¿Hasta qué punto el conocimiento de Dios puede equipararse al posible entre dos personas humanas, y despertar un amor verdadero y pleno hacia Dios?

Las condiciones que delimitan la posibilidad de recibir y vivir el don del amor celibatario se pueden esquematizar en tres afirmaciones. La primera condición es que esa persona posea un conocimiento personal de Dios, ya que nadie puede amar lo que no conoce. El conocimiento posible en este caso es parcial, pues las posibilidades humanas de conocer lo infinito son limitadas. El catolicismo sostiene que uno de los motivos por los que Dios se manifiesta en la Biblia es permitir que el hombre lo conozca y lo ame. El hecho de que el conocimiento de Dios por parte de la creatura sea parcial, no quiere decir que sea insuficiente, pues todo amor humano se basa sobre aproximaciones parciales a la otra persona.

El celibato exige como segunda condición una relación con Dios que sea similar a las relaciones de amor humano; una experiencia afectiva, libre, y de comunión con Él. No caben aquí las teorías o los dogmas, las tradiciones o las espiritualidades, los consejos o las experiencias ajenas; es necesaria la experiencia personal del amor de Dios. Sin esa experiencia personal, las instituciones de la Iglesia por más refinadas que puedan parecer terminan siendo insuficientes para sostener una vida de celibato.

La tercera condición del amor en el celibato es la disponibilidad de la persona a hacer propios los pensamientos evangélicos y aceptar sin reservas sus exigencias radicales. La tibieza o la mediocridad resultan incompatibles con el proyecto del celibato. Cuando no existe la pasión (que no hay que confundir con un estado de ánimo o un sentimiento) existe el riesgo de querer sustituir el amado por otras cosas: la propia imagen, el egoísmo de una vida lograda, o peor aún, el dinero, el sexo, la carrera eclesiástica, etc.

El que considere que estas condiciones resultan inalcanzables para el ser humano, entonces necesariamente pensará que la vida del célibe es inconsistente e incongruente con la realidad humana del amor. Y creerá que los modos como se organiza la Iglesia son sólo una técnica de supervivencia y conservación.

IV. Dos imágenes bíblicas sobre el amor celibatario


Para dar un paso más es útil colocar la cuestión del celibato en su contexto bíblico. Para ello sirven dos pasajes del Nuevo Testamento, a modo de ejemplo. El primero se encuentra en el Evangelio de san Mateo, en el pasaje donde Jesús enseña la doctrina sobre la indisolubilidad del matrimonio: «el hombre dejará padre y madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne (…) así que no son ya más dos, sino una sola carne; por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre» (Mt 19, 5-6). Esta enseñanza se oponía a la ley mosaica del divorcio que preveía los casos en los que era posible dar a la mujer un libelo de repudio. Los oyentes de Jesús manifestaron inmediatamente su sorpresa. El Señor les explica que la ley de Moisés contenía esa posibilidad sólo por la dureza de corazón de la gente de la época, pero que al principio no era así, y que de ahora en adelante «cualquiera que repudia a su mujer, salvo por causa de fornicación, y se casa con otra, adultera; y el que se casa con la repudiada, adultera». Ante la exigencia de las palabras del Maestro, los discípulos comentaron que entonces era «mejor no casarse». El pasaje concluye con unas palabras del Maestro, que se pueden imaginar pronunciadas con un tono romántico y misterioso, con una mirada de picardía: «pero no todos son capaces de entender esto, sino aquellos a quienes es dado» (Mt 19,11). Tal vez también en el caso del celibato es imposible pretender que todos entiendan las razones que ofrece la Iglesia para sostener una vida de amor de este tipo.

El otro pasaje de la Escritura se encuentra al final del Evangelio de san Juan, pocos momentos antes de finalizar el relato del libro. El contexto en el que se desarrolla el diálogo entre Jesús y Pedro es el de la triple negación de Pedro en la madrugada del viernes en que Jesucristo fue crucificado. Después de haber negado tres veces al Maestro, Pedro lloró amargamente su traición. Pero Jesús, después de haber resucitado y antes de ascender a los cielos quiso darle la oportunidad de recuperar la confianza en sí mismo. Por eso le pregunta tres veces seguidas, «Pedro, me amas más que estos?» (Jn 21,15), a lo que Pedro responde: «tu lo sabes todo, tu sabes que te amo». Existe un amor especial entre el Maestro y quien será la roca sobre la que se fundará la Iglesia: «Pedro, me amas más que estos?»

Las personas llamadas a vivir el celibato pueden considerar estos dos textos alusivos a su situación particular: están llamados a vivir un amor en parte distinto al de los demás, sabiendo que no todos entenderán su elección; y están llamados a amar a Dios más —o de un modo distinto, posible gracias a un don particular— que los demás. Colocar el celibato apostólico fuera de la argumentación bíblica y fundarlo sólo en análisis sociológicos o psicológicos es un sinsentido.

V. Las fuentes del amor en el celibato


Nuevamente, ¿es todo esto posible; y con qué instrumentos o medios? Para un hombre llamado a expresar su capacidad de dar y recibir amor en la forma del celibato la unión afectiva exclusiva con Cristo es condición sine qua non para justificar, sostener y profundizar su decisión. Para que esto sea posible, la Iglesia sostiene que el celibato es un don de Dios, más que una decisión personal del interesado. En el rito latino, ese don está asociado a la ordenación sacerdotal.

Recuerda el Concilio Vaticano II (año 1965) que «los presbíteros, por la virginidad o celibato conservado por el reino de los cielos, se consagran a Cristo de una forma nueva y exquisita, (y) se unen a Él más fácilmente con un corazón indiviso»5. Confiando en que el Espíritu otorga «el don del celibato, tan conveniente al sacerdocio del Nuevo Testamento, con tal que lo pidan con humildad y constancia los que por el Sacramento del Orden participan del sacerdocio de Cristo», aconseja a los sacerdotes que «reconozcan el don excelso que el Padre les ha dado y que tan claramente ensalza el Señor». Como se puede apreciar, la lógica del Concilio no es justificar el celibato desde la eficiencia en la administración de la Iglesia, sino presentar su riqueza humana y sobrenatural. El amor humano del sacerdote puede encontrar también su plenitud (amor nuevo, exquisito, excelso, hemos apreciado que lo llama el Concilio) en la forma de la consagración celibataria.

Ese don se alimenta principalmente de la vida sacramental, especialmente de la Eucaristía y la Penitencia. Sin sacramentos es imposible la vida cristiana plena, y por supuesto, la respuesta al don del celibato. Se apoya en la convicción psicológica de que con la ayuda de Dios ese género de vida es posible y que puede ser un camino de plenitud de amor humano. Y se plasma en la dimensión práctica con la que la persona manifiesta su adhesión al don (desprendimiento de los bienes terrenos, dedicación a la tarea pastoral, una conducta digna, unidad y acuerdo con los superiores, etc.).

Aducir que el celibato sacerdotal debe ser eliminado de la Iglesia porque hay sacerdotes que encuentran graves dificultades para vivirlo, o porque las cifras de los que han dejado el sacerdocio son preocupantes, o porque faltan operarios en la mies del Señor, o porque algunos han tenido comportamientos deplorables, o porque el celibato sería teóricamente un modo sub-humano de vivir la afectividad que no llevaría a la felicidad (aunque la psicología y la medicina demuestren lo contrario), es alejarse del verdadero motivo por el que la Iglesia ha reafirmado que seguirá protegiendo ese tesoro para sus ministros y todos sus fieles.

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Notas



1 Para un análisis de la posición de la Iglesia católica se puede acceder con facilidad al estudio del cardenal C. Hume, «La importancia del celibato sacerdotal», del 17-02-2007, disponible en www.zenit.org.
2 Se puede consultar la colección de estudios: «Solo per amore. Riflessioni sul celibato sacerdotale», Paoline, Roma 1993.
3 E. Fromm, «El arte de amar», capítulo II, n. 3. Las palabras entre comillas han sido agregadas por nosotros para favorecer la comprensión del texto.
4 S. Freud, «Introducción al narcisismo».
5 Concilio Vaticano II, Presbiterorum ordinis, n. 16.

Pbro. Dr.Hernán Fitte
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