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Si no me confieso antes de morir, ¿me iré de cabeza al infierno?

Sabemos que el requisito fundamental para salvarse, cuando uno es adulto y pecador como la mayoría de nosotros, es morir en la gracia de Dios, que otorga la Reconciliación o Confesión. Sin embargo, existe una excepción, y es el caso en que la persona que está en pecado y, próxima a morir, no puede ser acudida por un sacerdote. Imaginemos por ejemplo un hecho tan luctuoso como terrible y reciente: el atentado en las Torres Gemelas de Nueva York. Allí, varios centenares de católicos murieron sin poder ser asistidos por un sacerdote. ¿Podría el Señor condenarlos por haber muerto sin confesarse? Ciertamente que no, como sucede con las personas que fallecen en un repentino y trágico accidente.

En tales circunstancias, la Iglesia promete que la Misericordia del Señor será infinita, para con las personas que con su último aliento clamen a Dios por el perdón de sus pecados. Si el individuo tiene un instante de lucidez antes de la muerte, y en ese instante se arrepiente de todo corazón por todos los pecados que ha cometido, y le pide a Dios el perdón, también se salvará.

No obstante, seguimos sin tener la seguridad de que antes de morir contaremos con esos segundos de lucidez y paz suficientes como para hacer un buen análisis de conciencia y el respectivo acto de contrición o arrepentimiento.

Una vez más, entonces, volvemos a la necesidad de vivir siempre en gracia de Dios, de recurrir a la confesión cuantas veces caigamos en pecado, y cumpliendo a cabalidad con todos los requisitos para que sea una confesión bien hecha.

Los méritos necesarios para ingresar directamente al Reino de los Cielos son muchos, debemos recordar lo que dijo Jesús: “muchos son los llamados pero pocos los escogidos” (Mt 22,14). Por lo tanto, deberemos esforzarnos por obtener un lugar allí, y abandonarnos humildemente en la gracia y misericordia de Dios.   

 

Graciela Fernández Criado
Revista Jesucristo-Vivo
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