La fiesta del Corpus Christi
La fiesta del Corpus Christi (Cuerpo de Cristo, en latín)
conmemora la institución de la Santa Eucaristía. Este día
la Santa Iglesia nos invita a meditar sobre el misterio de la presencia del
Señor, en ese pan consagrado que guardamos en todas las comunidades cristianas
La Eucaristía sigue siendo la opción fundamental de
nuestra fe. Ante el misterio del pan de vida el sacerdote tiene que renovar
su adoración, el cristiano confesar que es un misterio que trasciende
su inteligencia.
La Eucaristía nos pone de rodillas, confunde nuestro orgullo
y nos abre a la humildad y al gozo de la fe en la palabra y en el poder de Cristo.
Solo así se convierte para nosotros en misterio de luz y de vida. La
Eucaristía es, como recuerda el Concilio Vaticano II, el bien supremo
de la Iglesia, Cristo Pan verdadero que con su carne vivificada y vivificante,
por medio del Espíritu Santo, da la vida a los hombres.
Comulgar no es un mero recibir al Señor,
hacer una comunión, es elegir una vez más a Cristo, es aceptar
lo que fue su vida, su obra, su entregarse. No debemos acostumbrarnos a la Eucaristía,
porque el que se acostumbra la destruye. La Eucaristía es una realidad
continuamente nueva, es la realidad de Dios.
Historia de la Fiesta
A fines del siglo XIII surgió en Lieja, Bélgica, un
Movimiento Eucarístico cuyo centro fue la Abadía de Cornillón
fundada en 1124 por el Obispo Albero de Lieja. Este movimiento dio origen a
varias costumbres eucarísticas, como por ejemplo la Exposición
y Bendición con el Santísimo Sacramento, el uso de las campanillas
durante la elevación en la Misa y la fiesta del Corpus Christi.
Santa Juliana de Mont Cornillón, por aquellos años
priora de la Abadía, fue la enviada de Dios para propiciar esta Fiesta.
Desde joven, tuvo una gran veneración al Santísimo Sacramento.
Y siempre añoraba que se tuviera una fiesta especial en su honor. Este
deseo se dice haber intensificado por una visión que tuvo de la Iglesia
bajo la apariencia de luna llena con una mancha negra, que significaba la ausencia
de esta solemnidad.
Juliana comunicó estas apariciones a Roberto de Thorete,
el entonces obispo de Lieja, también al docto Dominico Hugh, más
tarde cardenal legado de los Países Bajos y a Jacques Pantaleón,
en ese tiempo archidiácono de Lieja, más tarde Papa Urbano IV.
El obispo Roberto se impresionó favorablemente y, como en
ese tiempo los obispos tenían el derecho de ordenar fiestas para sus
diócesis, invocó un sínodo en 1246 y ordenó que
la celebración se tuviera el año entrante. El obispo Roberto no
vivió para ver la realización de su orden, ya que murió
el 16 de octubre de 1246, pero la fiesta se celebró por primera vez al
año siguiente el jueves posterior a la fiesta de la Santísima
Trinidad. Más tarde un obispo alemán conoció la costumbre
y la extendió por toda la actual Alemania.
El Santo Padre Urbano IV, por aquél entonces, tenía
la corte en Orvieto, un poco al norte de Roma. Muy cerca de esta localidad se
encuentra Bolsena, donde en 1263 o 1264 se produjo el Milagro de Bolsena: un
sacerdote que celebraba la Santa Misa tuvo dudas de que la Consagración
fuera algo real. Al momento de partir la Sagrada Forma, vio salir de ella sangre
de la que se fue empapando en seguida el corporal. La venerada reliquia fue
llevada en procesión a Orvieto el 19 junio de 1264. Hoy se conservan
los corporales –donde se apoya el cáliz y la patena durante la
Misa- en Orvieto, y también se puede ver la piedra del altar en Bolsena,
manchada de sangre.
El Papa movido por el prodigio, y a petición de varios obispos,
hace que se extienda la fiesta del Corpus Christi a toda la Iglesia por medio
de la bula Transiturus del 8 septiembre del mismo año, fijándola
para el jueves después de la octava de Pentecostés y otorgando
muchas indulgencias a todos los fieles que asistieran a la Santa Misa y al oficio.
Algunos biógrafos de Urbano IV dicen que éste encargó
un oficio –la liturgia de las horas- a San Buenaventura y a Santo Tomás
de Aquino. Cuando el Papa comenzó a leer en voz alta el de Santo Tomás,
San Buenaventura fue rompiendo el suyo en pedazos.
La muerte del Papa Urbano IV (el 2 de octubre de 1264), un poco
después de la publicación del decreto, obstaculizó que
se difundiera la fiesta. Pero el Papa Clemente V tomó el asunto en sus
manos y, en el concilio general de Viena (1311), ordenó una vez más
la adopción de esta fiesta. En 1317 se promulga una recopilación
de leyes –por Juan XXII- y así se extiende la fiesta a toda la
Iglesia.
Ninguno de los decretos habla de la procesión con el Santísimo
como un aspecto de la celebración. Sin embargo estas procesiones fueron
dotadas de indulgencias por los Papas Martín V y Eugenio IV y se hicieron
bastante comunes a partir del siglo XIV.
El Concilio de Trento declara que muy piadosa y
religiosamente fue introducida en la Iglesia de Dios la costumbre, que todos
los años, determinado día festivo, se celebre este excelso y venerable
sacramento con singular veneración y solemnidad; y reverente y honoríficamente
sea llevado en procesión por las calles y lugares públicos. En
esto los cristianos atestiguan su gratitud y recuerdo por tan inefable y verdaderamente
divino beneficio, por el que se hace nuevamente presente la victoria y triunfo
de la muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.
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