HOME
Quiénes somos
Directorio
Artículos
Reflexiones
Oraciones
Sacramentos
Biblia
Evangelios leídos
Magisterio
Catecismo
Código Derecho Canónico
Doctrina Social de la Iglesia
Liturgia de las Horas
Red Oración
Consultas
Al Sacerdote
Colaborar
Contacto
Curso de Teología
Curso de Catequesis

La actitud del cristiano prudente: Querer el bien y perseguirlo con fuerza


A menudo, nos sentimos incómodos cuando debemos tomar una decisión. Si he sido ofendido, si he sufrido una injusticia, si quiero ayudar a una persona con problemas, ¿qué hacer? Puedo tomar una decisión, pero ¿será la correcta? ¿No corro el peligro de que perdonando esté favoreciendo la arrogancia de los prepotentes? Siempre se corre el riesgo de tomar la decisión equivocada, aun con las mejores intenciones.

Algunos superan esta indecisión siguiendo el consejo de personas sabias, equilibradas, de mucha experiencia. También, en el Evangelio, encontramos a hombres y mujeres que, después de escuchar la palabra de Juan el Bautista, le preguntan qué tienen que hacer. La misma actitud la hallamos en el joven rico que quiere alcanzar la vida eterna y se dirige a Jesús preguntándole qué debe hacer. Pero el mismo Jesús nos exhorta a aprender a discernir, para no vivir como los niños, incapaces de decidir: "¿Por qué no juzgan ustedes mismos lo que es justo?" (Lc 12, 57). Dios nos ha creado responsables de nuestra vida y tenemos que aprender a conducirnos en las dificultades de la existencia. ¿Cómo? Cultivando en nosotros la prudencia, que es la primera de las virtudes cardinales.

La prudencia conlleva el conocimiento y la voluntad: investiga el bien concreto (momento cognoscitivo), y, luego, mueve a la persona a realizar lo que ha elegido como un bien (momento volitivo). Sin embargo, no es fácil llegar a esto. Si padezco una injusticia, me pregunto cómo tengo que reaccionar. Lo primero que hay que examinar, en este caso, es la voluntad. ¿Qué quiero? ¿Vengarme o comportarme como cristiano; es decir, ser como el Padre Dios "que hace llover sobre los buenos y sobre los malos"?

De la respuesta dependen los pasos siguientes. Si decido reaccionar de manera constructiva, entonces pongo en funcionamiento la razón para buscar, entre las muchas decisiones posibles, aquella que, concretamente, realiza no sólo mi bien personal, sino también el de la persona que me ha ofendido, y de la comunidad.

En esta búsqueda, la razón es ayudada por tres factores:
- el análisis del caso: quién ha cometido la injusticia, qué ha hecho, por qué, con qué finalidad, etcétera;
- la comparación con situaciones parecidas guardadas en la memoria y en la experiencia propia y ajena: cómo han sido solucionados casos parecidos, qué resultados se han obtenido, etc...
- la previsión de los efectos que la decisión producirá en las personas y en la comunidad: qué consecuencias se derivarán de la decisión tomada… ¿Servirá para restablecer la justicia o generará otros males?

Aquí, también entran en juego algunas actitudes interiores. Por una parte, la docilidad que lleva a pedir consejo a quien posee más sabiduría y experiencia; por otra, el análisis de mi razón para constatar si funciona bien y si está libre de los prejuicios que condicionan, en gran medida, la búsqueda de la verdad; y, más todavía, un examen de mis tendencias, para ver si, en ellas, se anidan fuerzas que pueden arrastrar la voluntad hacia el mal.

Por ejemplo: es perfectamente inútil que un juez sea preparado y quiera administrar genéricamente la justicia, si, a pesar de eso, se halla condicionado por prejuicios sobre la persona a la que debe juzgar, o si no posee la virtud de la fortaleza que le permita resistir a presiones externas, o bien, si no goza de la virtud de la templanza-clemencia que lo faculta para proporcionar la pena al castigo, y, al mismo tiempo, tenga presente la recuperación del culpable, o si no ejerce la justicia que le impida dejarse llevar por eventuales intereses personales y emita un juicio ventajoso para sí mismo.

Una continua evaluación

Este somero análisis ayuda a entender cómo un acto de verdadera prudencia exige una continua evaluación y revisión de las fuerzas intelectuales y morales. Basta tan sólo la presencia de un prejuicio o una fuerte inclinación viciosa para comprometer seriamente toda la actividad de búsqueda y elección de la verdad. Para elegir cristianamente, es necesaria, también, la presencia del Espíritu con los dones de la sabiduría, del intelecto y del consejo. Con la prudencia, sustentada por esos dones del Espíritu, el ser humano se capacita para moverse debidamente en la difícil tarea de desarrollarse como hombre y como cristiano.

 

Giordano Muraro
(En revista Famiglia Cristiana, Milán (Italia), n. 49, diciembre 2004; traducción de Jesús Álvarez, ssp y Benito D. Spoletini, ssp).
www.iglesia.org

Artículos relacionados:

Las cuatro virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza
Educar a ser justos
Fortaleza, resistir ante las dificultades
Domina tu ira: una sed abrasadora
Las virtudes humanas en el Catecismo de la Iglesia Católica


Mantén Iglesia.org, dona hoy haciendo click aquí



Copyright © 1996-2007 Iglesia.org Todos los derechos reservados
www.iglesia.org



Programación:
Diseño Gráfico:Gonzalo Quesada