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Dime a qué Dios adoras



Por Carlos G. Vallés

Mi conducta queda determinada por mis creencias, y mis creencias están regidas por la suma creencia, que es la fe en Dios. El concepto que tengo de Dios es lo que en definitiva preside mi vida y marca mis convicciones. No hay más que ver a los dioses homéricos para entender el carácter griego en tiempos de Homero, y hay que estudiar la mitología de la selva africana si uno quiere explicarse la conducta de sus tribus.

Dime a qué Dios adoras, y te diré quién eres. Y eso no sólo de religión a religión, sino dentro de un mismo credo y un mismo bautismo. Dime cómo concibes a Dios, cómo lo llamas, cómo le rezas, cómo te lo imaginas cuando le hablas, cómo interpretas sus mandamientos y reaccionas cuando los quebrantas; dime qué esperas de él en esta vida y en la otra, qué sabes de él y has leído de él y crees de él…, dime todo eso y me habrás contado la biografía de tu alma. La idea que una persona tiene de Dios es el compendio de su propia vida.

Y esa idea, en mí, hubiera sido mucho más limitada y descolorida si no hubiera venido a la India. Aquí es donde mi teología personal cambió a ritmo de trópico, mi concepto de Dios se abrió a nuevos rasgos y nuevas teofanías, y con él se abrió mi vida, se ensancharon los horizontes de mi pensamiento y el ámbito de mi conducta. La India es subcontinente ecuménico a fuerza de historia y geografía. No solo coexisten en ella formas tan distintas de entender a Dios como el monismo de Vedanta y el animismo de los millones de aborígenes; no sólo se aceptan y se practican en su suelo casi todas las religiones mayoritarias del mundo, sino que topa uno con ellas, cara a cara y corazón a corazón, en personas de trato diario, en la conversación y en la amistad. No es ecumenismo de biblioteca ni de revista interconfesional o conferencia anual, sino de encuentro vivo y constante y personal. Aquí las ideas tienen rostro, y las diversas religiones tienen nombres de amigos y conocidos. Esa es la bendición larga y profunda de este país sagrado, donde el calor de los monzones (...) acaricia el pensamiento religioso como cosecha favorita de sus campos eternamente abiertos.

 

Extraído de «Dejar a Dios ser Dios – Imágenes de la Divinidad»
www.iglesia.org


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