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EL PRIMER AMOR



«Te vi sonreír al sagrario en la capilla» me dijo un compañero de devoción en días jóvenes. Yo me sonrojé. Era verdad que lo había hecho, y el verme descubierto hizo subir el rubor a mis mejillas. No es que me diera vergüenza; al contrario, me alegraba en el fondo de que mi intimidad con Jesús tuviera un testigo amigo; pero la misma intensidad del afecto me calentaba el rostro al oírse expresada en palabras de quién entendía el fervor porque participaba en la aventura. Sí, yo había ido a la capilla, había «hablado» con Jesús, había disfrutado con su compañía, tanto que el gozo interno del encuentro se me había asomado al exterior, y la alegría del corazón se me hizo sonrisa en los labios. Y alguien lo vio y me lo dijo. Bendita sencillez del primer amor.

El descubrimiento de la persona de Jesús en mi adolescencia, el calor de su amistad, la realidad de su presencia, la majestad de su divinidad y la simpatía humana de su trato formaron una realidad enorme en mi vida sobre la que ha venido todo lo que había de venir después. Sería una actitud todo lo antropomórfica que se quiera, inocente, acrítica, elemental; pero la fuerza y el calor que el sentimiento de amistad personal con Jesús trajo a mis años jóvenes es una experiencia tan intensa y real que sin ella no podría entender mi vida -por muchos que sean los avatares por los que luego ha pasado. De hecho (y con ello apunto ya a futuros conflictos), aquella relación era tan intensamente gozosa que me costará trajo desprenderme de ella, como Magdalena de los pies de Jesús la mañana de Pascua, para trascender gozos transitorios y buscar presencias resucitadas. (…)

«Quem vidi, quem amavi; in quem credidi, quem dilexi». «Lo vi, lo amé; me entregué a él, me enamoré de él». Esa es la experiencia básica del encuentro con Dios, tanto más auténtica cuanto menos palabras emplea. La brevedad de la expresión encierra todo lo que ha de seguir después en pensamiento, teología, reflexión, desarrollo, dudas, crisis, síntesis y silencio. Todo vendrá y será bienvenido y llenará libros y hará una vida. Pero todo estaba ya contenido en la experiencia inicial del amor de juventud con el amigo que era Dios. La sonrisa inocente ante el sagrario amado.



 

Por Carlos G. Vallés, S.J.
Extraído de “Dejar a Dios ser Dios - Imágenes de la Divinidad”
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