Introducción a la lectura de la Biblia
Un documento introductorio a la lectura de la Biblia de gran valor para quienes buscan una guía, breve pero completa, sobre el origen de las Escrituras, el contexto histórico, contenido, posible orden de lectura, claves de interpretación.
DEL ANTIGUO AL NUEVO TESTAMENTO
Con mucha frecuencia, se oye aplicar la palabra Biblia nada más que a los escritos del Antiguo Testamento. Desde luego eso es perfectamente correcto para los creyentes del Pueblo de la primera Alianza pero no para los que pertenecemos al Pueblo de la Nueva Alianza. También los escritos nacidos en el seno del Cristianismo forman parte de la Biblia. Hacemos «nuestro» el Antiguo Testamento pero a la vez lo completamos con el Nuevo.
Por supuesto los primeros creyentes no tenían otra Biblia que los Libros Sagrados del Judaísmo leídos e interpretados a la luz de la fe en Jesucristo resucitado. Esa fe no se basaba en testimonios escritos sino en la predicación apostólica cuyo núcleo central era el Misterio Pascual del Señor. Con todo la transmisión oral del mensaje cristiano pronto resultó insuficiente para satisfacer las necesidades de una Iglesia en rápida expansión.
De hecho el Apóstol Pablo tuvo que redactar varias Cartas para mantenerse en contacto con las Comunidades fundadas por él. Y a medida que iban muriendo los que habían conocido al Señor se hizo más urgente recoger por escrito su mensaje. Es así como fueron apareciendo los primeros textos que con el tiempo serían oficialmente reconocidos como inspirados por Dios lo mismo que los textos del Antiguo Testamento.
CUATRO EVANGELIOS Y UN SOLO EVANGELIO
Entre los escritos cristianos de la Biblia sobresalen los llamados Evangelios. Como es sabido Jesús no dejó ningún escrito personal. En cambio el recuerdo de su palabra y de sus obras permaneció vivo en la memoria de los que lo habían visto y oído. Y ese recuerdo difundido de boca en boca fue tomando forma progresivamente dentro de las primeras comunidades sobre todo con ocasión de las celebraciones cultuales y de la catequesis a los recién bautizados.
Fueron cuatro los discípulos que recopilaron los dichos y hechos del Señor y en base de ellos redactaron sus respectivos Evangelios. Los tres primeros -el del Apóstol Mateo el de Marcos intérprete de san Pedro y el de Lucas, compañero de viaje de san Pablo- siguen un esquema más o menos semejante y tienen muchas coincidencias entre sí. El cuarto en cambio -atribuido al Apóstol Juan- difiere considerablemente de los otros tanto por su forma cuanto por su contenido.
Sin embargo los «cuatro» Evangelios no son en el fondo más que «un» solo Evangelio. Es decir una sola Buena Noticia -este es el significado de la palabra «Evangelio»- la más «buena» y la más «noticia». La Buena Noticia de Jesús, expresada «según» cada uno de los que la escribieron. Reducir los Evangelios a simples «vidas» de Jesús, o a un conjunto de relatos más o menos interesantes, es empobrecerlos y perder de vista su contenido más profundo.
LA BUENA NOTICIA ANTICIPADA Y CUMPLIDA
Y si bien a partir del siglo II, el nombre de Evangelio se reservó a estos cuatro escritos, todo el resto del Nuevo Testamento merece este mismo título. También los Hechos, las Cartas apostólicas y el Apocalipsis son verdadero «Evangelio». También ellos contienen la «Buena Noticia» «en la que hemos creído y por la que somos salvados», según la expresión de san Pablo. ¿Y por qué no dar igualmente este nombre a los Libros del Antiguo Testamento? ¿Acaso todos ellos no anticipan el Evangelio cristiano?
Al incluir entre los Libros Sagrados sus propios escritos que ahora constituyen el Libro de la Nueva Alianza o Nuevo Testamento la Iglesia no pretendió sustituir un Testamento por otro. Entre ambos no hay «ruptura», sino «continuidad». Para expresarla, el arte cristiano representó alguna vez a los cuatro grandes «profetas» del Antiguo Testamento llevando sobre sus espaldas a los cuatro evangelistas. A veces, lo «nuevo» desplaza lo «antiguo»: en la Biblia, lo asume.
«Dios inspirador y autor de ambos Testamentos, dispuso las cosas tan sabiamente que el Nuevo está latente en el Antiguo y el Antiguo está patente en el Nuevo». (Constitución sobre la Revelación divina, 16)
Para leer y comentar
Heb. 1. 1-2 Lc. 1.1-4
Hech. 10. 36-43 1 Ped. 1. 10-12
Para orar
«¡Qué dulce es tu Palabra para mi boca, es más dulce que la miel!» Sal. 119. 103.