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Capítulo I

Meditando el Evangelio

Página de información sobre los Evangelios


Un milagro en apariencia modesto

La curación de la suegra de Pedro es un milagro relatado por los tres Sinópticos (cf Mc 1, 29-31; Mt 8, 14-15; Lc 4, 38-39). El hecho parece poco interesante. Los evangelistas no refieren ninguna invitación a la fe. Aunque Lc destaca que tenía una “gran fiebre”, tampoco parece que se tratara de una enfermedad importante. El relato acaba siendo breve y lacónico. ¿Qué quisieron decir los evangelistas?, ¿qué se puede sacar de este episodio que no se esté ya en otros?

Una primera indicación está en que este milagro tuvo lugar a continuación de otro, verdaderamente espectacular, como fue el exorcismo realizado por la mañana en la reunión sabatina de la sinagoga de Cafarnaún; un milagro que le ganó al Señor una inmediata y gran celebridad (cf Mc 1, 21-28; Lc 4, 31-37). Con esta curación de la suegra de Pedro –un hecho sencillo, realizado en la intimidad del hogar– Jesús nos da a entender que está dispuesto a ejercer su poder salvífico allá donde sea realmente necesario, sean graves o no las circunstancias que lo requieran. Jesús no actuó nunca llevado del interés por la fama personal que un hecho prodigioso le pudiese reportar.

También es significativo que en seguida después de curada, la suegra de Pedro se puso a servirles. Esto quiere decir que la salud –la vida– que el Señor nos da es para servir a los demás, para serles de utilidad. No hay inconveniente en pedir a Cristo hechos prodigiosos en beneficio propio. Pero debemos prestar atención a que lo pedido desemboque en el servicio de los demás, del mismo Señor en definitiva (cf Mt 25, 40).


Las llamadas a Pedro y Andrés, Santiago y Juan

Los evangelistas registran diversas llamadas a estos cuatro discípulos.

La primera cronológicamente es relatada en el IV Evangelio (cf Jn 1, 35-42). Tuvo lugar a orillas del Jordán. Se trató en este caso de la llamada al discipulado, pero temporario; en el sentido que los discípulos alternaban períodos de trabajo habitual con períodos de seguimiento del Señor. Fue al principio la modalidad vivida por la mayoría de los discípulos.

La segunda llamada se verificó a orillas del Mar de Galilea (cf Mc 1, 16-20; Mt 4, 18-22). Se trató de la vocación al discipulado permanente; es decir, los llamados debían dejar todas sus trabajos, para seguir al Señor a todas partes.

La tercera llamada se realizó con el episodio de la pesca milagrosa (cf Lc 5, 1-11). Es un llamamiento distinto del anterior, tanto por las circunstancias como por los hechos acontecidos. Y también es posterior. No es que los cuatro discípulos no lo hubieran dejado todo anteriormente. Su dificultad estribaba –todo parece indicarlo, sobre todo para Pedro– en que no veían cómo podrían llevar a cabo esa misión sin medios materiales. No habían vuelto a la pesca de manera total, sino como una forma de hacer reservas económicas. Con este milagro el Señor quiso manifestarles por qué Él mismo no tenía ninguna preocupación de tipo material, y por qué no debían tenerla tampoco sus discípulos.

La cuarta llamada tuvo lugar más adelante; pero fue bien distinta de las anteriores, ya que tuvo por finalidad la institución del grupo de los Doce (cf Mc 3, 13-19; Lc 6, 12-16).

 

 


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