Dios es incondicional
1. Releyendo a Víctor Hugo
Jean Valjean, el ex-presidiario de "Los Miserables", queda sobrecogido ante el gesto gratuito del Obispo, a quien había desvalijado. El Obispo, ante la policía deseosa de llevarse al reincidente ladrón, finge reconocer como si fuera un viejo amigo al sorprendido ladrón, evitándole así el castigo de la prisión. Luego, le regala dos candelabros de plata para que pueda rehacer su vida. En esta experiencia que permite el cambio de vida de Jean Valjean en Monsieur Madeleine. La persecución que habrá de sufrir de manos del Jefe de la Policía - Javert- lo pondrá en mil situaciones complicadas en las que el buen Jean Valjean estará apoyando a unos, soportando a otros, escondiéndose de terceros. Al final, el Capitán Javert, queda desconcertado ante el hecho de que "Jean Valjean", sí es un hombre bueno. Que la prisión no lo embruteció ni lo hizo mezquino ni egoísta. Su tesis del hombre incapaz de regeneración - de redención- caía por los suelos. Su muerte por propia mano sellará la coherencia de su incredulidad. Jean Valjean también morirá, pero rodeado del afecto de los que ha querido y por quienes aceptó sufrimientos y escarnios.
El gesto del Obispo ante el hombre desesperado salido de la prisión sin amigos y sin esperanzas había generado una cantera de esperanza en el corazón del otrora presidiario. Esta trama de Los Miserables, es un elogio a la eficacia humilde y tenaz del perdón entregado gratuitamente. Sólo el perdón libera a quien se halla esclavo de alguna pasión u opresión. Jean Valjean, será misericordioso porque recibió misericordia. Javert, incrédulo ante toda posible redención, la rechazará inclusive para sí mismo. El orgullo y el desamor no logran ver más allá del límite que ellos mismos crean. Al final, se enloquece y se desprecia la vida.
2. Un Domingo redentor
No es novedad que cada DOMINGO celebremos nuestra redención. ¡Dies Domini est! Lo que es singular es el fuerte énfasis que las lecturas aplican a la actitud misericordiosa de Dios. Dios en su perdón, siempre es excelente y nunca es humillante. La parábola del padre misericordioso
es ejemplar. La actitud del hijo menor es de total ausencia de responsabilidad. Se vuelve responsable cuando recapacita ante su necedad y retorna al padre que lo generó a la vida. Se humilla porque vuelve no como hijo sino como un despilfarrador "ya no merezco llamarme hijo tuyo... trátame como a uno de tus obreros", llegará a decir. El despilfarro de los bienes del padre lo inhabilita para ejercer su propia dignidad.
Así pasa con nuestras vidas. Ellas son don de Dios en todos sus aspectos. No pocas veces las empleamos con tal presunción de absoluta autonomía que no excedemos y obramos desacertadamente. De modo egoísta, banal y estrechamente sensual. En esas circunstancias, "despilfarramos la riqueza recibida en la vida recibida gratis".
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