Dios es el Dios de la paz
Por San Francisco de Sales (de la Carta a la Abadesa de Puy d`Orbe)
Puesto que el amor habita sólo en la paz, sean siempre cuidadosos por conservar la santa tranquilidad de corazón que tan a menudo les recomiendo.
Todo pensamiento que les provoque inquietud y agitación espiritual no es de Dios, que es el Príncipe de la Paz. Estas son tentaciones del enemigo y deben ser rechazadas desde el principio y no ser tenidas en cuenta.
Debemos ante todo y en todo vivir en paz. Si nos llega un dolor, interior o exterior, debemos recibirlo apaciblemente. Si nos llega la alegría, debemos recibirla apaciblemente, sin sobresaltarnos por ello. ¿Debemos escapar del mal? Es necesario que lo hagamos en paz, sin inquietarnos, porque de otra forma, al escapar, podríamos caer y dar tiempo al enemigo para matarnos. Si debemos hacer el bien, hagámoslo apaciblemente; de otra manera cometeremos muchos errores al apresurarnos. Aún la penitencia, debemos hacerla apaciblemente.
Cómo obtener la paz
Hagamos tres cosas, mi muy querida hija, y tendremos la paz: tengamos una muy pura intención de querer en todas las cosas el honor de Dios y su gloria, hagamos lo poco que podemos hacer tendiente a ese fin, según el consejo de nuestro padre espiritual, y dejemos a Dios el cuidado del resto. Quien tiene a Dios por objeto de sus intenciones y hace lo que puede, ¿por qué se preocupa?, ¿qué debe temer? No, no, Dios no es tan terrible con aquellos que ama; se contenta con poco, porque sabe que no tenemos mucho. Y sabe, querida hija, que Nuestro Señor es llamado Príncipe de la Paz en las Escrituras y que por lo tanto, en todas partes es el Maestro absoluto y mantiene todo en paz. Es verdad sin embargo que antes de poner la paz en algún lugar, hace en él la guerra, separando el alma y el corazón de sus afectos mas queridos, familiares y comunes, es decir, el amor desmesurado a sí mismo, la confianza en sí mismo, la complacencia en sí mismo y otros afectos semejantes.
Paz y humildad
La paz nace de la humildad.
Nada nos inquieta más que el amor propio y la estima que tenemos de nosotros mismos. ¿Qué significa el que, cuando tenemos alguna imperfección o pecado, nos sintamos asombrados, turbados e impacientes? Sin duda alguna es porque pensamos que somos buenos, resueltos y sólidos, y, por lo tanto, cuando vemos que no es así y que nos hemos ido de narices al suelo, sentimos que nos hemos equivocado y estamos, por consiguiente, preocupados, ofendidos e inquietos. Porque si supiéramos bien lo que somos, en lugar de estar sorprendidos por vernos en el suelo, deberíamos asombrarnos por poder vernos de pie.