El Don de la Fe
No sé si recordáis cómo es el escudo de los religiosos Marianistas. Voy a intentar explicárosolo brevemente.
Campea en el centro la imagen de la Virgen del Pilar. En la parte inferior, en el ángulo, está el anagrama del Ave María. Como fondo y sostén del mismo escudo se halla la Cruz. En la parte superior está el emblema en latín «Fortis in fide» («Fuertes en la fe»). Y por debajo del escudo, el segundo lema marianista, también en latín, «Per Matrem ad Filium» («Por la Madre al Hijo»).
«FORTIS IN FIDE»
No es un eslogan o frase publicitaria más, ni tiene pretensiones propagandísticas. Es sencillamente una de nuestras más queridas consignas. Es un lema que recoge y expresa una idea-fuerza, que hunde sus raíces en la tradición marianista.
Nuestra vida cristiana y religiosa encuentra su último sentido en una Fe profunda y cordial (del corazón), y que tiene sus raíces en el Bautismo. Una Fe exigente y que pretende invadir hasta los últimos rincones de nuestra conciencia y hasta las motivaciones profundas de nuestra actividad.
Una Fe que cada día es, al mismo tiempo, estímulo y premio, desafío y descanso, interrogante y respuesta. Una fe que nos hace fuertes a pesar de nuestra debilidad. Una fe que vivimos como Don de Dios y como exigencia, al servicio de los hombres.
Estas líneas os las ofrezco a vuestra consideración, con la esperanza de que os ayuden y me ayuden también a mí, a vivir nuestra vida cristiana marianista con mayor fervor y entusiasmo, si es posible.
Buscamos la Fe. Esa búsqueda es profunda; en ocasiones, debate doloroso.
El célebre sabio francés Blaise Pascal decía: «No buscamos a Dios por puro gusto: todas las fibras de nuestro ser están empeñadas en ello».
Lo que se juega, lo que nos jugamos, es el sentido mismo de la vida. ¿Tiene sentido nuestra vida o es un simple absurdo? ¿Para qué vivimos? ¿Para qué estamos aquí?…
Para muchos hombres y mujeres de hoy, la vida consiste en nacer, crecer, comer, dormir, trabajar, tener algún hijo, morir… y «FIN». No hay más problema. Es muy simple.
Pero para ti y para mi, precisamente ahí está el problema. En esas tres letras de la palabra «FIN». ¿No habrá detrás, escondido, un algo más, un «infinito»? ¿Un infinito que precedería, seguiría y acompañaría, y, quizá, incluso guiaría tu vida y mi vida?
Y si existe ese «infinito», ¿va a preocuparse de este hormiguero agitado que representa la humanidad? A ciertas horas y en ciertos momentos, nacen dudas dentro de nuestra credulidad, como otros tantos resplandores.
«Si fuera cierto y Dios fuese bondad sin límites ¿por qué no se interesaría en ti, en mi, en nosotros?» .
No me resisto a transcribir la cita de un comentarista que dice a este propósito:
«Hermano, cuando el que ha recibido quemaduras sufre, cuando una mujer gime en los dolores del parto, las razones que podemos dar son inútiles y las palabras huecas. Sólo queda la presencia: »
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