La educación de nuestros hijos en tiempos de
lamentos
Una rápida lectura del diario nos
pone al día con las razones objetivas del desánimo
cotidiano: los precios suben, la producción no se reactiva, no
llegan los salvatajes de turno, hay guerras en el mundo,
etcétera etcétera. Sin embargo hoy también vamos
a tener que darles a nuestros hijos razones para que crezcan
bien, para que aprendan a ser buenas personas, para que tengan ganas
de mejorar en algo este mundo.
Ser padre y madre nos
exige siempre un gran realismo, porque no se educa lejos de la
realidad, al contrario: el orden de las cosas -y su frecuente
desorden - son el material con el que se trabaja en nuestra
‘profesión’. La atención lúcida
al modo de ser de cada persona es el único camino apto para
ayudar a hacer florecer las capacidades propias de cada temperamento
y atenuar sus debilidades; cuando decimos que educamos a todos los
hijos por igual no entendemos decir que aplicamos la misma estrategia
con todos ellos, sino que nos inspiramos en los mismos valores
fundamentales: el respeto, la sinceridad, la justicia, el amor a
Dios. La experiencia concreta del día a día de la
educación nos enseña claramente que cada chico, cada
chica, cada persona necesita ser abordada de una manera específica:
no es lo mismo comunicarnos con un ‘charleta’ que con un
‘callado’, no es lo mismo poner límites a una
personalidad reflexiva que a una impetuosa. Pero, de todos modos, hay
que hacerlo y se puede hacer, siempre que aprendamos a desarrollar en
nosotros una gran capacidad de observación atenta al
otro y a las circunstancias. En una palabra, se puede hacer con una
gran dosis de realismo, por la cual reconoceremos los rasgos propios
de cada personalidad y los momentos oportunos para cada intervención.
Dicho así suena algo aparatoso, sin embargo el sentido
de la realidad es una característica propia de la prudencia ,
y esta virtud es de algún modo obligatoria para adultos
educadores. La ventaja de esto es que el efecto de la virtud es hacer
natural y espontánea la acción ordenada al bien, por lo
cual el reconocimiento del modo de ser de cada uno y de la
estrategia adecuada de acercamiento eficaz será para nosotros
casi un instinto.
Esta capacidad
prudente de ver la realidad, para actuar de la manera que produzca
las mejores consecuencias, también en el mediano y largo
plazo, esta lungimiranza, es el exacto contrario de la impaciencia de
niños y adolescentes, que se dejan arrastrar por lo que atrae
inmediatamente sin pensar en las consecuencias; por eso ser prudentes
es un rasgo de adultos, aunque no un rasgo que surge automáticamente.
Una prueba de su no automaticidad la tenemos frente a nosotros: la
situación actual de la Argentina ha sido producida –
además de otros factores- por un cúmulo de
imprudencias, algunas gravemente culpables, como lo son la
imprudencia de los gobernantes, administradores, funcionarios,
etc. Pero sería incrementar la dosis de
imprudencia si no fuéramos capaces de ver más allá
del momento difícil, descubriendo las razones de la
esperanza en nuestra realidad. No se puede educar sin creer que la
vida es posible: amar a nuestros hijos significa hacerles descubrir
lo que siempre vale la pena aún entre medio de objetivas
dificultades. Ese esfuerzo por reconocer lo bueno será para
nosotros también un excelente aprendizaje para no
desanimarnos en el medio de la tormenta.
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