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Educar a ser justos

La importancia de cultivar en nuestros hijos la virtud de la justicia, fomentando la obediencia y la veracidad, para sembrar en ellos una sincera confianza hacia nosotros como administradores justos de los bienes de la vida.

Es bueno de vez en cuando – entre tantas marchas y contramarchas en campo educativo - rescatar del olvido ciertos enfoques clásicos sobre la enseñanza de las virtudes a los hijos, que nos ofrecen nociones simples pero orientadoras. Entre ellas se encuentra la costumbre de dividir el crecimiento de los hijos en septenios, costumbre que todavía hoy se manifiesta cuando nos referimos a “la edad de la razón”, ni bien nuestros hijos cumplen los siete años, o también aparece cuando denominamos las últimas muelas “muelas del juicio”, dado que irrumpen alrededor de los 21 años de edad. De este modo los niños y jóvenes se encuentran en condiciones óptimas para ejercitar las cuatro virtudes cardinales a lo largo de los primeros 21 años de su vida, según un orden que refleja el crecimiento de determinadas capacidades; así la justicia pertenece al primer período, la fortaleza al segundo, la templanza al tercero y la prudencia, madre de las virtudes y virtud completa, solo aparece en la madurez del juicio, cosa que los antiguos – dichosos de ellos- situaban alrededor de los 21 años. Más allá de preguntarnos sobre la cientificidad de tales periodizaciones del crecimiento humano, vamos a centrarnos en el análisis de las virtudes que, de acuerdo con esta visión, será más oportuno ejercitar durante cada septenio.

Probablemente se trate solo de un conocimiento fruto de la observación de capacidades y conductas frecuentes en cada etapa, pero no hay que desdeñar la observación cuando se trata de educar, pues la educación es eficaz cuando se tiene en cuenta la realidad, y saber qué puede hacer un niño o un adolescente de acuerdo a cada porción de tiempo de su crecimiento, ayuda ese necesario realismo. Además, si bien las esquematizaciones adolecen de cierta rigidez, cuando son tomadas solo como pautas orientadoras y no como receta infalible, resultan muy prácticas para la aplicación del día a día.

Pues bien, si damos por buena –por lo menos en una primera aproximación – la distinción en septenios de crecimiento, nos encontramos que en el primer septenio del niño será fácil desarrollar en él la virtud de la justicia, junto con otras virtudes que de ella dependen, como la obediencia y la veracidad. En efecto, en la etapa temprana de autoconocimiento y de inserción en el mundo, el niño aprende con facilidad el concepto de que algo le es debido a cada cual: la idea de la distribución de bienes materiales o afectivos le resulta accesible y le produce una adhesión interior, porque la entiende como justa. Es la etapa en la cual se aprende a respetar lo que es de otro y se aprende a usar lo que es común según turnos; también se recibe ayuda según la necesidad y premio según algún tipo de mérito, entendiendo además que hay diferentes exigencias familiares según la edad, es decir la creciente capacidad “Tú eres mayor , puedes hacerlo; ahora le toca a él, porque ya lo tuviste antes, ahora puedes esperar, puedes compartir, etc.” Es tan fuerte la necesidad de justicia en los niños que a menudo nos encontramos con que ellos mismos nos proponen formas extremadamente rígidas de exigencia de justicia, que tienen a veces más que ver con la matemática que con el dar a cada cual lo suyo. De la misma manera que los vemos sufrir cuando creen asistir a algo injusto como el reparto desigual de bienes o beneficios, sin reparar en las condiciones concretas de tal reparto. Por eso, además de ser cuidadosos, los educadores deben presentar siempre los matices de las diferentes situaciones, ejemplificando también esas lógicas diferencias a través de hechos fáciles de aceptar en la vida diaria, como los diferentes números de zapato, que no sería oportuno igualar; o las vacunaciones que se les aplican a quienes les necesiten y no a los otros (me parece muy improbable el reclamo del excluido en este caso concreto...) y los remedios que es justo que tome el que está enfermo pero no el que no lo está. Suelen ser eficaces muestras de una justicia que no significa uniformidad, y al mismo tiempo son la demostración de la confiabilidad de los padres como administradores justos de los bienes de la vida. Esa confiabilidad es un bien invalorable, que hay que capitalizar para cuando vengan tiempos duros, como la época de los cuestionamientos.

La virtud de la justicia, además, tiene otras virtudes que de ella se derivan, como son la obediencia y la veracidad: es justo obedecer a aquel que nos cuida con amor y dedica su vida a hacer posible la nuestra; es justo y oportuno que uno confíe en quien conoce más al mundo, prevé las dificultades y nos exige determinadas conductas. Por otra parte, también se es justo con las palabras: dar a cada cual lo suyo significa decir las cosas como son: la veracidad, el decir la verdad, significa ser justo con nuestras expresiones y con los demás. De una manera más amplia, se puede decir también que la virtud de la justicia aparece en otras habilidades, que sin ser virtudes en sí mismas, son el reflejo del aprendizaje de la virtud. Estas habilidades son “la justicia con el uso de las cosas” es decir el orden y la prolijidad, así como la “justicia con el cuidado del propio cuerpo”, al que se le da un justo trato cuando se aprenden y se aplican las normas de la higiene.

Que la virtud de la justicia es la adecuada para ejercitarla tempranamente se observa por lo relativamente fácil que resulta obtener conductas justas en chicos de alrededor de siete años: se puede decir que simplemente se abre el cauce a su necesidad de reconocer los rasgos estables de la realidad, y están dispuestos a acatar las reglas que les marcamos con coherencia, porque las viven como una conquista de su propio mundo.

Claro, sin olvidar que el crecimiento en las virtudes nunca es algo automático, y que las virtudes se fijan en la lenta repetición diaria, bajo una mirada serena de quien confía en el bien.

Dra. Paola Delbosco
www.iglesia.org

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