Pacientes y valientes
La paciencia y la fortaleza aseguran la vida de nuestros
hijos mucho más que el exceso de cuidados. Lo que uno aprende
a hacer, aún a costa de esfuerzo o quizás por el mismo
esfuerzo, representa una victoria cuyo efecto permanece.
Veíamos la vez última que la virtud que más
fácilmente aprenden nuestros hijos alrededor de su primer
septenio de vida es la justicia, con sus virtudes anejas: la
sinceridad, la obediencia y el orden.
Nos acercamos ahora al segundo septenio, es decir, la edad
comprendida entre los 7 y los 14 años, dispuestos a
reflexionar sobre cuál virtud es más adecuada para esta
etapa de crecimiento. Queda claro que esta
esquematización es solo una aproximación, porque
los niños maduran sin tener en cuenta nuestros esquemas...,
pero se trata de una aproximación con fundamentos empíricos.
En este período vemos cómo los niños van
empezando a dominar su propio cuerpo, aprendiendo destrezas (patines,
bicicleta, etc.), deportes, instrumentos musicales, y toda una
serie de habilidades que implican esfuerzo y dedicación. Se
trata evidentemente de un período en el cual queda claro que
estos aprendizajes cuestan esfuerzo, pero que el resultado, aunque
sea parcial, es siempre altamente satisfactorio; se entiende muy bien
el valor del entrenamiento y de ciertas ‘renuncias’
hechas en pos de un bien mayor. Es claramente un período
propicio para la virtud de la fortaleza.
Es muy probable que esto signifique más de una vez actuar a
contrapelo de lo que es una tendencia cultural actual muy propensa a
la comodidad y a la blandura, pero lo que nos anima a proceder así
es la constatación de que la vida misma exige esta virtud que
nos hace capaces de mantenernos firmes en las dificultades y fuertes
frente a los obstáculos que debemos superar. Nadie crece si no
se le exige de acuerdo a sus posibilidades; nadie tampoco confía
en sus capacidades si sus educadores no confían, y
no confiamos en la capacidad de nuestro hijo si no le permitimos
enfrentar las dificultades –y las incomodidades- que la vida le
va presentando. Probablemente esta última recomendación
está dirigida más a madres que a padres, porque es
frecuente en las madres el deseo de apartar de sus hijos toda forma
de incomodidad, y eso es frecuentemente molesto para
ellos, además de no permitirles medir sus fuerzas frente a la
realidad. En efecto, esa confrontación con lo que es difícil
no solo permite el crecimiento acorde con las capacidades, sino que
también es fuente de gran alegría: pensemos en la
satisfacción que resulta de la práctica de deportes o
del aprendizaje de instrumentos musicales. Lo que uno aprende a
hacer, aún a costa de esfuerzo o quizás por el mismo
esfuerzo, representa una victoria cuyo efecto permanece; es éste
el sentido de ‘bien arduo’, que se caracteriza por ser
permanente y de difícil adquisición. Junto con la
fortaleza van a crecer otras dos virtudes que de ella dependen: la
paciencia y el coraje, ambas virtudes propias de quien
desarrolló su fuerza y por eso no retrocede frente al mal,
sino que se mantiene firme, sabiendo cómo actuar para
vencer dificultades o soportar lo negativo que no puede ser
modificado. Seguramente estos hábitos aseguran la vida de
nuestros hijos mucho más que el exceso de cuidados, y
ciertamente también nuestra sociedad nos agradecerá
haber tenido la firmeza necesaria para permitir el crecimiento en
estas virtudes tan necesarias en tiempos difíciles.
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