3. Encontrarse con Jesús

Los Evangelios de la infancia nos narran el nacimiento de Jesús. Los ángeles, los pastores, los magos. fueron testigos de este hecho inaudito: Dios se hace hombre y nace en Belén. Los prodigios de la noche de Navidad, sin embargo, se sumergieron en la normalidad de la vida cotidiana de la familia de Nazaret. Y lo hicieron durante treinta años. El Evangelio nos dice simplemente que Jesús, tras el episodio del encuentro con los doctores en el templo a la edad de doce años, «bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón. Y Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres» (Lc 2, 51-52).
Creciendo Jesús se dio a conocer. Dios hecho hombre salió al encuentro de los hombres: concretamente, en la historia de los hombres, en medio de sus faenas cotidianas.
El camino que Dios ha elegido para comunicarse a los hombres - hacerse uno de ellos, hacerse hombre - adquiere toda su densidad a través del método normal y cotidiano con el que se conocen los hombres entre sí: el método del encuentro.
Los Evangelios nos narran los encuentros de Jesús con los hombres y mujeres de su tiempo. Encuentros que acontecen en las circunstancias normales de la vida, las circunstancias que todos vivimos: la boda de unos amigos (cfr. Jn 2, 1-10), la muerte de un hijo (cfr. Lc 7, 11-17), la enfermedad (cfr. Mt 8, 1-17), un paseo con los amigos (cfr. Mc 2, 23-28).
Como nos enseña el Catecismo de la Iglesia Católica «los Evangelios fueron escritos por hombres que pertenecieron al grupo de los primeros que tuvieron fe (cf. Mc 1, 1; Jn 21, 24) y quisieron compartirla con otros. Habiendo conocido por la fe quién es Jesús, pudieron ver y hacer ver los rasgos de su Misterio durante toda su vida terrena.
Desde los pañales de su natividad (Lc 2, 7) hasta el vinagre de su Pasión (cf. Mt 27, 48) y el sudario de su resurrección (cf. Jn 20, 7), todo en la vida de Jesús es signo de su Misterio. A través de sus gestos, sus milagros y sus palabras, se ha revelado que "en él reside toda la plenitud de la Divinidad corporalmente" (Col 2, 9). Su humanidad aparece así como el "sacramento", es decir, el signo y el instrumento de su divinidad y de la salvación que trae consigo: lo que había de visible en su vida terrena conduce al misterio invisible de su filiación divina y de su misión redentora» (n. 515).
De todos los encuentros de Jesús leamos el episodio de Zaqueo. En esta página evangélica podemos percibir algunos rasgos fundamentales de lo que significa encontrarse con Jesús:
«Habiendo entrado en Jericó atravesaba la ciudad. Había un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de publicanos, y rico. Trataba de ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la gente, porque era de pequeña estatura. Se adelantó corriendo y se subió a un sicómoro para verle, pues iba a pasar por allí. Y cuando Jesús llegó a aquel sitio, alzando la vista, le dijo: "Zaqueo, baja pronto; porque conviene que hoy me quede yo en tu casa". Se apresuró a bajar y le recibió con alegría. Al verlo, muchos murmuraban, diciendo: "Ha ido a hospedarse a casa de un hombre pecador". Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: "Daré, Señor, la mitad de mis bienes a los pobres; y si en algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo". Jesús le dijo: "Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también este es hijo de Abraham, pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido"» (Lc 19, 1-10).
Jesús sale a nuestro encuentro sin que nosotros lo merezcamos, sin que tengamos ningún título que nos haga dignos de encontrarle. Más aún: la razón por la que sale a nuestro encuentro es que necesitamos ser salvados. Jesús sale a nuestro encuentro porque viene a buscarnos, a nosotros que estábamos perdidos. Viene a buscarnos y se dirige a nosotros pronunciando nuestro nombre. La conmoción del corazón de Zaqueo al oír su nombre, es la misma que la de san Pablo cuando dice: Cristo «me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gal 2, 20). El encuentro gratuito con Jesús llena el corazón de Zaqueo de alegría: es el signo de la presencia de Dios en la vida. Esa alegría que nace de la conciencia de ser amado, y amado
hasta el punto de que nuestro pecado es redimido y abrazado, sumergido en un océano de misericordia. Y a tanto amor el hombre quiere corresponder: es el deseo de cambiar, de seguir a Jesús. El encuentro con Jesús, que es un encuentro de salvación, pone siempre al hombre ante la decisión de seguirle, de cambiar, de convertirse. De nuevo nuestra libertad vuelve a ser protagonista, de nuevo el amor llama a la libertad del hombre a colaborar con él.
En todos los encuentros de Jesús que nos narran los Evangelios podemos descubrir estos rasgos: la vida cotidiana de los hombres muestra su necesidad, Jesús se apiada de ella y sale a su encuentro, la salva y colma el corazón de alegría, de paz, y entonces el hombre desea seguirle, cambiar.
Pero el encuentro con Jesús es el inicio de un camino. Miles de personas le encontraron. Algunos empezaron a seguirle. A unos pocos les invitó a convivir con Él más estrechamente. En el camino de seguimiento de Jesús la libertad de los discípulos - ¡y hoy la nuestra! - se ponía en juego día a día. Conviviendo con Él aprendieron a conocerle, le escuchaban, le veían tratar a la gente, conmoverse por su necesidad, reprocharles su obcecación o su hipocresía. Fue un camino en el que compartieron la humanidad de Dios. Y en ese camino, poco a poco, creció el conocimiento y el amor por Jesús.
Una tarde, viendo que muchos le habían abandonado, «Jesús dijo entonces a los Doce: "¿También vosotros queréis marcharos?". Le respondió Simón Pedro: "Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios» (Jn 6, 67-69). Dios se ha hecho hombre y nos ha salido al encuentro para que cada uno de nosotros, un día, podamos hacer nuestras las palabras de Pedro.
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Gentileza del Sitio Oficial de la
Jornada Mundial de la Juventud – Madrid 2011
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