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ENTREVISTA A RANIERO CANTALAMESSA

SALESIANOS PAMPLONA 28-9-2008

Txemari Zuza- Alberto López

1. ¿Cómo es un día en su vida?

Cuando estoy de predicación mi vida está a disposición de los otros, que deciden para mí cuándo hablar, cuándo decir la misa y mi jornada ordinaria. En Roma, en la Curia General, nos levantamos a la mañana bastante temprano. A las 6:30 tenemos la oración común y luego la meditación, la misa y luego hay un largo tiempo de trabajo. Para mí la Curia es una bendición porque no hay trabajo social o pastoral y entonces me permite estudiar, orar, prepararme un poco, porque mi vida es toda empleada en el anuncio de la Palabra de Dios.
Cuando estoy de viaje, a veces en una jornada me ponen cinco, seis, siete charlas, pero yo no lo siento. Me gusta porque cuando estoy predicando estoy anunciando al Señor.

2. ¿Cuál ha sido su camino hasta llegar a ser predicador Apostólico?


Es una tradición de la Iglesia Católica que un franciscano Capuchino sea el predicador del Papa como un dominico sea el teólogo del Papa. Antes, en los siglos XVI y XVII, religiosos de diferentes órdenes religiosas se alternaban en este ministerio. Un Papa lo otorgó a los Capuchinos y entonces, el General de los Capuchinos presenta tres nombres al Papa y elige uno, pero nunca hubo un predicador que duró tanto tiempo en este oficio. Soy predicador desde 1980. Son ya veintiocho años, lo que dice de la paciencia heroica de los últimos Papas en escuchar a un predicador durante veintiocho años.

3. ¿Cómo ve a los jóvenes respecto con la Iglesia?


Ustedes conocen a los jóvenes mejor que yo – lo dice por los salesianos- porque viven todo el tiempo junto a los jóvenes. Yo encuentro a los jóvenes en mi ministerio pastoral, y para mí son los destinatarios privilegiados del anuncio del Evangelio, especialmente del Evangelio como la buena noticia, la noticia que lleva alegría, gozo, piedad, sentido de la vida. Ciertamente hoy, los jóvenes son unos destinatarios muy delicados y muy problemáticos de la Iglesia, porque se sabe que nuestra pastoral no está tan preparada, tan lista para transmitírsela a ellos. Yo le digo a veces al clero que nosotros estamos mejor para ser pastores que para ser pescadores de hombres, es decir, acudimos a los que vienen a la Iglesia, les damos los sacramentos, los pastoreamos, pero no vamos mar adentro para encontrar los que están lejos, en las discotecas, todo lo que constituye hoy la vida de los jóvenes; y es difícil, necesitamos de movimientos nuevos, de formas de pastoral nuevas; necesitamos sobre todo de jóvenes que evangelicen a los jóvenes, porque es difícil para mí, por ejemplo, ir a los jóvenes. Se necesitan jóvenes que vienen de aquel medio y que pueden evangelizar. Yo no se si en vuestra formación de los jóvenes, en vuestros colegios, escuelas, les preparáis también para ser evangelizadores, pero ésto sería algo muy importante al lado de la profesión, la técnica que tienen que dar, los medios para actuar en su contexto y en su profesión, ser también testigos y evangelizadores, sin miedo del Evangelio. Sería muy bueno, muy necesario dar a los jóvenes el gusto de ser evangelizadores; no siempre tener el deber porque los jóvenes reaccionan mal al deber, sino hacer entender el privilegio de ser testigos de Jesús.

4. ¿Cree usted que la Iglesia debería hacer algún cambio para acercarse a los jóvenes?


Sí, el primer cambio sería que haya más jóvenes en la dirección de la Iglesia, porque la dirección de la Iglesia es una gerontocracia, un gobierno de los ancianos en el vértice de la Iglesia. Siempre se dice que se necesitaría la presencia de los jóvenes en algunos lugares donde se toman las decisiones, pero eso también tiene unos peligros, porque a veces no están tan maduros para su empeño. Hemos tenido también decepciones con los jóvenes, entonces, se necesita también la prudencia. Ciertamente es en nuestra liturgia cuando la mayoría de la gente tiene contacto con la Iglesia; es la liturgia en diferentes formas, no solamente la misa. Y hoy, no es una ocasión tan buena para motivar a los jóvenes, los jóvenes no van a la misa porque dicen que es aburrida, no solamente porque se repiten siempre las mismas palabras sino que la homilía, que tendría que dar novedad y excitación a la liturgia, muchas veces es la parte más aburrida de toda la liturgia. La gente, en las encuestas, siempre se queja de la homilía, y tendría que ser un medio para que la palabra se haga vida y que la gente vea cómo su vida está reflejada en la Palabra. En cambio, muy a menudo, la homilía es algo aprendido por los libros, entonces, tendremos que intentar formas de contacto fuera de la misa, que está tan despersonalizada, tan codificada. Por ejemplo, hay momentos litúrgicos, liturgia de la palabra, liturgia penitencial, que si son hechas de manera viva, nueva, pueden atraer. Es increíble cómo los jóvenes acuden a las vigilias de oración; se les tendría que dar una ocasión de participar activamente en esta iniciativa.

5. ¿Nos podría decir dos virtudes que caractericen a Juan Pablo II, siendo uno de los Pontífices que usted ha conocido bien?


Es difícil, porque Juan Pablo II impresionaba por su paz y por intervenir en muchos ámbitos de la vida: en el mundo político, en el mundo religioso, espiritual, incluso místico, económico, pero estando cerca de él tanto tiempo lo que impresionaba mucho era su capacidad de recogimiento, incluso cuando estaba bajo todas las cámaras del mundo. En algunos momentos litúrgicos en la plaza de San Pedro nunca parecía perder su sobriedad, su diálogo, su recogimiento. Era un hombre de los medios, pero no era un actor, era un creyente. Y me admiraba también mucho su paciencia; parecía no tener nunca prisa. Una vez fui tomado en el tráfico de Roma, llegué un cuarto de hora más tarde. Los cardenales estaban un poco nerviosos, pero él estaba ahí, esperando al predicador con mucha calma. Y voy a decirles una anécdota: la primera vez que di mi meditación en San Pedro (porque una vez por año la predicación se tiene en la Basílica de San Pedro, el viernes santo el Papa preside pero no habla, el predicador tiene que dar la charla). La primera vez subí al altar del Papa, me parecía el monte Everest, pero me di cuenta que tenía que hablar muy despacio porque había una resonancia en la iglesia. Hablando despacio duré diez minutos más de lo que estaba previsto y el prefecto de la casa pontificia, que era un obispo francés, estaba un poco preocupado porque el Papa tenía después que presidir el Vía Crucis y muy a menudo miraba su reloj. Yo no lo veía porque estaba debajo de mí, y al día siguiente este obispo contó a algunas hermanas lo que pasó. Después de la liturgia, el Papa Juan Pablo II lo llamó y sonriendo le dijo «cuando un hombre de Dios nos habla no tendríamos que mirar nuestro reloj».

6. ¿Qué conoce usted de los salesianos y de la Familia Salesiana?


Sé lo que en Italia se sabe, porque incluso han dado en la televisión Italiana una película sobre la vida de Don Bosco que ha tenido bastante éxito; y hemos leído una vez en nuestro colegio a la mesa (teníamos esta costumbre de leer a la mesa), la vida de San Juan Bosco. Yo he tenido a dos discípulos cuando enseñaba en la universidad católica de Milán, tenía dos queridos discípulos salesianos. Sé cual es su carisma, que el Papa lo recuerda cada ocasión: formar a los jóvenes, sobre todo los menos afortunados en la vida. He conocido algunos colegios en Bangkok, por ejemplo, grandiosos. También en América latina tenéis instituciones magníficas. En la Iglesia tenéis un papel muy grande, porque después del Papa es un salesiano el más importante en la Iglesia –el cardenal Tarsicio Bertone-

7 ¿Cómo valora la renovación de la Vida Religiosa? ¿Por dónde cree que tendría que
ir?


Es una pregunta muy delicada y muy seria, porque yo estoy convencido de que la vida religiosa tradicional está en crisis, una crisis espiritual -no institucional- en el sentido de que muchas órdenes religiosas si siguen haciendo lo que hacen, es verdad que algunas tienen una crisis también de cantidad, no sólo de calidad. Pero no es la dificultad más grande a los ojos del Señor. A mi parecer es la falta de la vida espiritual, de la oración, del amor de Jesús. Estos valores más espirituales y que están en el mundo de hoy, en esta cultura secularizada, tienen dificultad de mantenerse en la vida religiosa. Todo conjura a dejarnos ir a la eficiencia, a hacer las cosas, entonces yo creo que una reforma de la vida religiosa empieza allí, en poner más en relieve en el fin, porque somos religiosos. Hace una semana fui invitado a dar una meditación a todos los abades benedictinos del mundo. Habían trescientos abades, estaban reunidos en Roma para elegir el abad primado e insistí mucho sobre esto tomando una frase de la regla de San Benito: «nada anteponer al amor de Cristo». Pienso que esta frase de la Regla de San Benito tendría que ser también nuestra regla, porque yo lo veo no solamente en nosotros, lo veo en mí mismo cuando es fácil que muchas cosas sean antepuestas a esto que es el sentido.

8 ¿Sigue siendo necesaria la vida religiosa en la Europa actual?


Siempre ha sido necesaria. Pienso que sería incomprensible la Europa cristiana sin el aporte de las órdenes religiosas. Los Benedictinos, los Franciscanos, los Dominicos han plasmado incluso la geografía de Europa, no solamente la historia, nuestras ciudades se han desarrollado alrededor de las grandes instituciones religiosas que una vez tenían escuelas, y después del sigo XIX las órdenes de educación católica que han dado un aporte tremendo a la vida de Europa. Ahora el contexto histórico ha cambiado. Muchas cosas estaban hechas por las órdenes religiosas, ahora es el Estado quien lo hace. No es tan necesario suplir al Estado sino dar lo que el Estado no es capaz de dar: la calidad espiritual de la vida, porque los valores espirituales son descuidados completamente en esta cultura. Ahora, ciertamente un papel de las órdenes religiosas sería trabajar por la paz para el espíritu. Lo primero, dar a esta sociedad secularizada y sin alma, un alma. Esto está percibido por la gente, incluso los ateos perciben que este mundo está vacío, sin un sentido fuerte. A veces rechazan el sentido que nosotros los cristianos damos, el Evangelio, pero se necesita esperanza, se necesita un sentido y nosotros podemos dar esto, porque nosotros tenemos a Cristo que es la esperanza del mundo. Esta definición es de Tertuliano: «Cristo esperanza del mundo». Tendríamos que mostrar en nuestra vida que Cristo es todavía la esperanza de Europa.

 




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