Una familia de mártires
Francois Xavier Nguyen Van Thuan nació el 17 de abril de 1928, en Hué, una pequeña
ciudad en la región central de Vietnam. Provenía de una familia de mártires:
en 1885 todos los habitantes de la aldea de su madre habían sido quemados vivos
en la parroquia y sus antepasados paternos sufrieron numerosas persecuciones
entre 1698 y 188
Los Van Thuan vivían en un ambiente de fe inconmovible. Su abuela, por ejemplo,
todas las noches, después de las oraciones de la familia, decía un Rosario por
los sacerdotes. Su madre, Elizabeth, lo había educado cristianamente desde que
tiene memoria. Cada noche le narraba las historias de la Biblia y el testimonio
de los mártires. El día que su hijo fue arrestado siguió rezando para que permaneciera
fiel a la Iglesia, perdonando a los verdugos.
Van Thuan fue ordenado sacerdote el 11 de junio de 1953. Luego de finalizar
los estudios en Roma volvió a Vietnam como profesor del seminario. Más tarde
se desempeñó como rector del mismo, vicario general y, finalmente, desde el
3 de abril de 1967, como obispo de Nha Trang.
Desde su cargo de Obispo se dedicó con todas sus fuerzas a reforzar la presencia
de los laicos y los jóvenes en la Iglesia. El centro de su prédica fue el Concilio
Vaticano II, tanto que eligió como lema episcopal “Gaudium et spes”. Muy activo,
fue también muy amado: en apenas ocho años los seminaristas mayores pasaron
de 42 a 147, y los menores de 200 a 500.
El 24 de abril de 1975, pocos días antes de que el régimen comunista se hiciera
del poder, Pablo VI lo nombró arzobispo coadjutor de Saigón (Hochiminh Ville).
El complot
Aenas el régimen comunista llegó a Saigón se lo acusó de que su nombramiento formaba
parte de un “complot entre el Vaticano y los imperialistas”. Después de tres meses
de escaramuzas y tensiones fue convocado al palacio presidencial, de donde salió
con las manos esposadas. Eran las dos de la tarde del 15 de agosto de 1975: vestía
la sotana y tenía un rosario en el bolsillo.
A pesar de la situación de extrema precariedad en que se encontró, no se dejó
vencer por la resignación ni el desaliento. Es más, trató de vivir la prisión
“colmándola de amor” como contaría más tarde. Fue así como, en octubre de 1975
y gracias a un niño de 7 años, comenzó a redactar una serie de mensajes para la
comunidad cristiana. Quang, le llevaba a escondidas recortes de papel que el Obispo
le devolvía con escritos y en casa los hermanos y hermanas se encargaban de copiar
y distribuir. De estos breves mensajes nació un libro, “El camino de la esperanza”.
Durante su cautiverio, que duró trece años, nueve de los cuales los pasó incomunicado,
escribió dos libros más: “La esperanza no defrauda” y “Los peregrinos del camino
de la esperanza”.
Durante esos años, juntando
cualquier trozo de papel que llegara a sus manos, se creó una minúscula Biblia
personal, en la que transcribió más de 300 frases del Evangelio que recordaba
de memoria. Fue su tesoro más preciado. Pero el momento central de su jornada
era la celebración de la eucaristía:
Cuando me encarcelaron
en 1975 —recordaba el prelado vietnamita—, me vino una pregunta angustiosa:
«¿Podré celebrar la Eucaristía?». Explicó que, dado que al ser detenido no le
permitieron llevarse ninguno de sus objetos personales, al día siguiente le
permitieron escribir a su familia para pedir bienes de primera necesidad: ropa,
pasta dental, etc. El escribió: «Por favor, enviadme algo de vino, como medicina
para el dolor de estómago». Los fieles entendieron muy bien lo que quería y
le mandaron una botella pequeña de vino con una etiqueta en la que decía: «Medicina
para el dolor de estómago». Entre la ropa escondieron también algunas hostias.
Cuando llegó el pedido, la policía le preguntó: «¿Le duele el estómago?». «Sí»,
respondió monseñor Van Thuân,.«Aquí tiene su medicina».
«No podré expresar nunca mi
alegría: celebré cada día la Misa con tres gotas de vino y una de agua en la
palma de la mano. Cada día pude arrodillarme ante la Cruz con Jesús, beber con
él su cáliz más amargo. Cada día, al recitar la consagración, confirmé con todo
mi corazón y con toda mi alma un nuevo pacto, un pacto eterno entre Jesús y
yo, a través de su sangre mezclada con la mía. Fueron las Misas más bellas de
mi vida».
Más tarde, cuando le internaron
en un campo de reeducación, al arzobispo le metieron en un grupo de cincuenta
detenidos. Dormían en una cama común. Cada uno tenía derecho a cincuenta centímetros.
«Nos las arreglamos para que a mi lado estuvieran cinco católicos —contaba.
A las 21,30 se apagaban las luces y todos tenían que dormir. En la cama, yo
celebraba la Misa de memoria y distribuía la comunión pasando la mano por debajo
del mosquitero. Hacíamos sobres con papel de cigarro para conservar el santísimo
Sacramento. Llevaba siempre a Cristo Eucaristía en el bolso de la camisa».
Dado que todas las semanas
tenía lugar una sesión de adoctrinamiento en la que participaban todos los grupos
de cincuenta personas que componían el campo de reeducación, el arzobispo aprovechaba
los momentos de pausa para pasar, con la ayuda de sus compañeros católicos,
la Eucaristía a los otros cuatro grupos de prisioneros.
”Todos sabían que Jesús estaba entre ellos, y él cura todos los sufrimientos
físicos y mentales —recordaba.”
“De noche, los prisioneros se turnaban en momentos
de adoración; Jesús Eucaristía ayuda de manera inimaginable con su presencia
silenciosa: muchos cristianos volvieron a creer con entusiasmo; su testimonio
de servicio y de amor tuvo un impacto cada vez mayor en los demás prisioneros;
incluso algunos budistas y no cristianos abrazaron la fe. La fuerza de Jesús
es irresistible. La obscuridad de la cárcel se convirtió en luz pascual”.
Sus guardias y la cruz
Su insólita actitud de respeto y atención ante los guardias encargados
de controlarlo creó con ellos una relación tal que llegaron a pedirle lecciones
de idiomas extranjeros. Cuando más tarde, en la cárcel de Vinh Quang, quiso
recortar una madera en forma de Cruz, el guardia asumió el grave riesgo de concedérselo.
En otra cárcel, siempre por su actitud de amor, obtuvo que le permitieran hacerse
una cadena para el crucifijo con trozos de cable, y ponérsela al cuello bajo
la ropa.
La libertad llegó de improviso. Cuando el ministro del Interior le preguntó
si quería expresar algún deseo, contestó: “Ya he estado preso el tiempo suficiente,
bajo tres pontífices, Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II, y bajo cuatro
secretarios generales del partido comunista soviético, Breznev, Andropov, Chernenko
y Gorbachov. Déjenme libre ya mismo”.
La libertad
Llegaron entonces los años de libertad, exiliado de su país, Juan Pablo II
lo acogió en Roma. En el Vaticano se advirtió enseguida su presencia, tan discreta
como evidente. En 1992 fue nombrado miembro de la Comisión católica Internacional
para las Migraciones. Durante es mismo año se lo designaba vicepresidente del
Consejo Pontificio de Justicia y Paz, del que fue presidente a partir de 1998.
Recibió el velo Cardenalicio el 21 de febrero de 2001
En el 2000 fue llamado a predicar los ejercicios espirituales de cuaresma a Juan
Pablo II y a la curia romana. En estos ejercicios se destacó con fuerza su visión
eclesial, fuertemente vinculada a la idea de iglesia-comunión. “Lamentablemente
no pocas veces falta la plena comunión en la iglesia –decía–. Esto es, en cierto
sentido, peor que la persecución nazi o comunista, ya que se trata de un ataque
a la iglesia que no viene de afuera, sino de adentro. Cuando falta la comunión
en el seno de la Iglesia se difunden células cancerosas”.
Al concluir los ejercicios espirituales el Santo Padre comentó: “El mismo ha sido
testigo de la cruz en los largos años de cárcel en Vietnam, nos ha contado frecuentemente
hechos y episodios de su sufrido encarcelamiento. Nos ha confirmado en la certeza
de que, cuando todo se derrumba a nuestro alrededor, y quizás también dentro de
nosotros, Cristo sigue siendo indefectiblemente nuestro sostén”.
El Cardenal Van Thuan murió el 16 de septiembre de 2002. En sus exequias el Papa
expresó «Puso toda su vida bajo el signo de la esperanza. Fiel hasta la muerte
conservó la serenidad y la alegría incluso durante la larga y sufrida estancia
en el hospital. En los últimos días, cuando ya era incapaz de hablar, se quedaba
con la mirada fija en el crucifijo que tenía en frente. Rezaba en silencio, mientras
culminaba su extremo sacrificio coronando una existencia marcada por la heroica
configuración con Cristo en la Cruz».