HOME
Directorio
Artículos
Oraciones
Biblia
Evangelios leídos
Magisterio
Catecismo
Código Derecho Canónico
Liturgia de las Horas
Red Oración
Consultas
Al Sacerdote
Colaborar
Contacto
Curso de Teología
Curso de Catequesis

La Eucaristía

El Sacrificio de Cristo Sacerdote

Se mantenían constantes
en la enseñanza de los apóstoles y en la comunión,
en la fracción del pan y en las oraciones (Hch 2, 42)

EUCARISTÍA (ANTIGÜEDAD)

EUCARISTÍA (ACTUALIDAD)

EUCARISTÍA (SENTIDO)

La Eucaristía es el sacramento de la vida eterna por excelencia: El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día (Jn 6, 54).
Muy pronto la fracción del pan fue llamada Eucaristía. El término esuna transliteración del griego (eukharistia), primero el latín (eucharistia) y consiguientemente al castellano Literalmente significa buena gracia; pero de hecho siempre ha sido entendido en el sentido de acción de gracias (gratiarum actio), agradecimiento. También desde muy antiguo la Eucaristía fue llamada oblaciómn u ofrenda (prósfora en griego, sacrificium en latín) y, de modo emblemático, el sacrificio de los cristianos (sacrificium christianorum).


Eucaristía (antigüedad)

Se remonta a la época apostólica la estructura bipartita de la Santa Misa: la liturgia de la palabra y la liturgia eucarística. La primera proviene de las reuniones sinagogales, que los primerísimos cristianos en su mayoría israelitas asumieron de forma espontánea. Se agregó lo propio de la Iglesia de Cristo; es decir, la parte específicamente sacramental de la Eucaristía.

La estructura de la Misa que se verifica hasta hoy en todas las liturgias católicas, data del siglo II. En la liturgia de la palabra ya se encuentran los libros del Nuevo Testamento, la homilía y la oración universal (o de los fieles). Con respecto a la liturgia eucarística se habla de la presentación de los dones (u ofertorio), de la plegaria eucarística o anáfora y de la sucesiva distribución de las especies consagradas (o "eucaristizadas" como se decía entonces).

Destaca de modo especial la visión de fe de la Eucaristía como memorial, palabra asumida del mandato del Señor: "Haced esto en conmemoración mía".

No se trata de una mera evocación psicológica, como cuando se celebra un determinado hecho del pasado de la historia nacional, civil, académica, familiar, etc., y como podría ser la misma devoción del Via Crucis.

Se trata en realidad de un gesto que actualiza en el presente el mismo acontecimiento evocado: la pasión y la resurrección del Señor. Dicha actualización no es una repetición al modo de un duplicado. La Eucaristía no repite, ya que el Sacrificio Pascual del Señor es único e irrepetible por definición. La Eucaristía es el mismo Sacrificio Pascual de Jesús, actualización en el presente de los mismos acontecimientos salvíficos del Gólgota: la Cruz y la Resurrección (Cf Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1362-1372).

A partir del siglo IV crece considerablemente la percepción de la Eucaristía como "misterio". Esta palabra hace referencia de manera eminente a la acción de Dios en la Eucaristía.

Enviando al Espíritu Santo que trae consigo a su Hijo amadísimo con su acción sacrificial, Dios Padre bendice los dones presentados para transformarlos (= transubstanciarlos) en el Cuerpo y la Sangre del mismo Cristo. Consagrados separadamente, ese Cuerpo y esa Sangre manifiestan esa acción sacrificial de Jesucristo.

"Transubstanciación" es un término técnico que expresa la conversión del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor respectivamente. Después de la consagración, el pan ya no es más pan, pero lo parece; en realidad, ya es el Cuerpo de Cristo, pero no lo parece. Y lo mismo puede decirse del vino y la Sangre del Señor. (Cf Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1373-1377, 1413).

Desde el primer momento revistió una particular importancia la santificación del domingo (del latín, dominicus o dies Domini, día del Señor). Se trataba de conmemorar en él la resurrección del Señor, todo su Misterio Pascual. Por eso es que la celebración de la Eucaristía ocupa el lugar central en el domingo. El descanso es manifestación de fe en la quietud y la paz que nos ha dado Cristo resucitado al hacernos partícipes de su vida inmortal (ver Juan Pablo II, carta ap. Dies Domini).

La celebración anual de la Pascua del Señor tuvo desde el primer momento la máxima importancia. El Tiempo de Cuaresma que la precede y el Tiempo Pascual que le sigue forman el Ciclo Pascual. Concluye con el domingo de Pentecostés.

La solemnidad de Navidad surge más adelante; en el siglo V ya estaba plenamente desarrollada su celebración. El Ciclo Navideño está formado por el Tiempo de Adviento y el Tiempo de Navidad. El primer domingo de Adviento marca el inicio del entero año litúrgico. El Ciclo Navideño finaliza con la celebración del Bautismo del Señor.

El Tiempo Ordinario parecería ser un simple relleno de los ciclos anteriores. En realidad, constituye el ciclo litúrgico más antiguo, sobre cuya base se fueron formando los tiempos antes mencionados. Se inicia con el Bautismo del Señor y concluye con la Solemnidad de Cristo Rey. Comprende treinta y cuatro domingos. En ellos se celebra el Misterio Pascual de manera global, aunque destacando en cada caso algún aspecto particular del mismo.

Ya en los primeros siglos se reservaba en un cofre el Santísimo Sacramento para ser llevado a los enfermos. Los fieles comenzaron entonces a acercarse a ese lugar para adorar a Jesús presente en las especies consagradas. Este fue el origen del Sagrario o Tabernáculo, como también de diversas devociones eucarísticas individuales y comunitarias, entre las cuales vino a destacar la Visita al Santísimo.

Se trata de dos palabras latinas castellanizadas. La primera (Sagrario) viene de sacrarium, que significaba algo destinado a reservar una realidad sacra; el nombre se extendía también al lugar (capilla u oratorio), que debía ser más bien apartado o secreto. La otra (Tabernáculo) viene de tabernaculum, que significaba carpa o tienda; es una expresión que hace eco al Evangelio de San Juan, cuando dice que el Verbo se hizo carne "y puso su tienda entre nosotros" (1, 14); la cual, a su vez, remite a la Tienda que durante el éxodo simbolizaba la presencia de Dios (cf Ex 26, 1ss). (Cf Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1379).


Eucaristía (actualidad)

Hasta el presente de la vida de la Iglesia se ha conservado inmutable toda aquella fe y liturgia eucarísticas. Los cambios verificados no han sido sino explicitaciones y concreciones. Las alteraciones no han modificado nunca la sustancia, sino que han sido siempre más o menos accidentales y de detalle.

Si el precepto eclesiástico señala solamente la participación en la Eucaristía dominical, es muy oportuna la participación cotidiana. De todas formas, quien decide acudir a Misa más frecuentemente conviene que proceda gradualmente, controlando eventuales entusiasmos iniciales que pueden acabar negativamente.

Recientemente, sobre todo después del Vaticano II, ha sido retomada aquella antigua convicción de fe de que todos los fieles ofrecen este Sacrificio al Padre, no sólo por manos del sacerdote, sino junto con el mismo sacerdote. Lo expresa claramente la oración Unde et memores del antiquísimo Canon Romano (Plegaria Eucarística I): los memores (los que hacen conmemoración o celebran el memorial) son los sacerdotes (nos servi tui) y todos los fieles reunidos (sed et plebs tua sancta). Todos ellos ofrecen (offerimus) al Padre "el sacrificio puro, inmaculado y santo: pan de vida eterna y cáliz de eterna salvación" (Missale Romanum, Ordinarium, n. 94).

Las motivaciones de este ofrecimiento son, en primer lugar, el agradecimiento y la alabanza. (Cf Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1359-1361). Del agradecimiento se dice que es el fin eucarístico del Sacrificio. Es la motivación fundamental; la Eucaristía se ofrece al Padre porque se es agradecido. La alabanza es el fin latréutico del Sacrificio. Antiguamente se la llamaba más bien "bendición" (eulogia en griego, benedictio en latín). La eucharistia (agradecimiento) y la eulogia (bendición) están totalmente compenetradas: se bendice al Padre dándole gracias por todos sus beneficios. A estas motivaciones de agradecimiento y alabanza hace referencia la primera parte de la plegaria eucarística o anáfora (acción de gracias). Surgen al contemplar los dones otorgados por Dios en el pasado. En la Eucaristía dominical cobran vida al considerar el domingo como octavo día de la semana.

Este ofrecimiento está motivado también por el deseo de expiación y de petición. De la expiación se dice que es el fin propiciatorio del Sacrificio. Corresponde a la voluntad del Señor de derramar su Sangre para la remisión de los pecados. La petición es el fin impetratorio del Sacrificio. Estas dos motivaciones miran más bien hacia el futuro de la historia, ya que contemplan lo que falta a la realización de la obra de la salvación en el mundo. Estas motivaciones de expiación y petición son expresadas en la última parte de la plegaria eucarística o anáfora (intercesiones). En la Eucaristía dominical, se dan al considerar el domingo como primer día de la semana.

Conviene destacar la estructura de la plegaria eucarística o anáfora, porque se trata de la oración principal del Sacrificio Eucarístico. Las diversas plegarias eucarísticas tienen su comienzo en el diálogo inicial (-El Señor esté con vosotros. Y con tu espíritu. -Levantemos el corazón. Lo tenemos levantado hacia el Señor, etc.) y concluyen en la doxología final (Por Cristo, con El y en El, etc., a lo que se responde Amen).

La anáfora tiene tres partes fundamentales. La primera se llama acción de gracias; está compuesta por el diálogo inicial, el prefacio, la aclamación (o Santo) y la continuación del agradecimiento. La segunda es la parte central de la plegaria eucarística; está formada por la invocación (o epíclesis) sobre las ofrendas, el relato de la institución (o consagración), el memorial y ofrenda (o anámnesis) y la invocación (o epíclesis) sobre la asamblea. La tercera y última corresponde a las intercesiones; entre las cuales no pueden faltar las peticiones por la entera Iglesia, por los difuntos y por la asamblea.

María, modelo de ofrecimiento

Si nos preguntamos a quien habría que imitar al participar en el Santo Sacrificio, tendríamos que pensar ante todo en la Virgen al pie de la Cruz. Ella es la mejor escuela de nuestra actitud oferente.

Santa María se identificó con el ofrecimiento de su Hijo al Padre. Esa identificación fue, en primer lugar, un acompañar a Jesús cuando realizaba la ofrenda de Sí mismo; es la compañía de quien comprende y alienta ese gesto sacrificial.

Al mismo tiempo, María ofreció personalmente su propio Hijo al amor redentor del Padre. Aquel sacrificio de su hijo Isaac que le fue ahorrado a Abraham, María lo ofreció con mucho mayor dolor durante varias horas. Y lo hizo agradeciendo y bendiciendo a Dios Padre, porque se estaba cumpliendo la redención de la humanidad y del mundo. Ella ofreció este Sacrificio de su Hijo como lo más bueno que pudo haber nunca en un corazón de carne como era el de Jesús. Ofreciendo algo de mucho más valor que toda la maldad humana, el amor filial de Jesús estaba logrando la reconciliación del mundo con Dios: el perdón de los pecados de los hombres y la adopción como hijos.

Por último, María se ofreció a Sí misma correspondiendo a la acción redentora de su Hijo, de la que ella era la obra maestra al ser redimida de modo más sublime. ¿Qué es lo que no tendríamos que hacer nosotros, meros pecadores?

Eucaristía (sentido)

Jesucristo prosigue realizando su misión salvífica ante la gloria del Padre, en favor de todos los hombres. El cristiano participa de esa misión mesiánica de Cristo resucitado ya que ha quedado inserto en la comunión de vida eterna con El.

La dimensión sacerdotal es el tercero de los tres aspectos de esa misión de salvación. La Eucaristía es la actualización sacramental del Sacrificio Pascual del Señor; es decir, de su pasión y de su resurrección. Los sacerdotes y los demás fieles ofrecen al Padre el Cuerpo y la Sangre de su Hijo amadísimo y, comulgando con la Víctima, se ofrecen a sí mismos al Padre y a lo que Él disponga.

El ofrecer este Sacrificio a Dios Padre es el gesto más importante de la vida cristiana; nada puede ser equiparado a él. La Eucaristía es el alimento de la vida eterna recibida en el bautismo. Se comprende que la Eucaristía sea la práctica más esencial del cristianismo.

Al participar en el Santo Sacrificio es importante tener conciencia de que se está haciendo algo serio por la entera humanidad, lo más serio que por ella se puede hacer. Desvirtuamos en nuestra intimidad el sentido de la Eucaristía cuando concebimos la iglesia como un refugio donde nos aislamos de todo y nos desentendemos del mundo.

Como todos los sacramentos y con mayor razón aún el Sacrificio Eucarístico es manifestación y proclamación de la fe católica ante los hombres. Esta convicción se expresa sobre todo al término de la consagración, al profesar todos los fieles: "Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!". (Ver Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1124.13327). Se podría tener la impresión de que esto no es exactamente así porque en realidad no hay espectadores de esa manifestación de fe, como en cambio sucede en las procesiones. Sin embargo, vale la pena tener presente que las iglesias son habitualmente bien visibles y que es sabido que los cristianos nos reunimos para la celebración de la Eucaristía, sobre todo la dominical.

Toda la vida del cristiano está llamada a encontrar su centro en la Eucaristía

En la Eucaristía se actualiza sacramentalmente el Sacrificio perfecto ofrecido por Cristo en el Gólgota por la salvación y la vida del mundo. Al ofrecer al Padre este Sacrificio y ofrecerse a sí mismos con Cristo (ver Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1368) los fieles realizan por el mundo lo más importante y trascendente que por él se pueda hacer.

A este Sacrificio unen los fieles los sacrificios espirituales de su vida diaria: el trabajo y el descanso, las alegrías y los sufrimientos, los consuelos y las dificultades. Toda la vida del cristiano está llamada a encontrar su centro en la Eucaristía. La existencia cotidiana ha de ser como una prolongación de la Misa. Y esto en dos sentidos concretos: primero, para vivir la jornada con aquel amor sacerdotal con el que Cristo se ofreció a Sí mismo en la Cruz; y después, para encaminar hacia el Sacrificio eucarístico todos los esfuerzos del día.

Toda la jornada ha de ser ofrecida con aquel espíritu de bendición y agradecimiento, de expiación y de intercesión, con el que es ofrecido al Padre el Sacrificio de su Hijo. Para el cristiano todo el mundo es altar. Y en él, el trabajo está llamado a ser su principal ofrenda. Sea en el taller o en el hogar, el hombre y la mujer cristianos viven sus quehaceres como un sacerdocio desempañado en la presencia de Dios Padre.

Para poder ser ofrecido, es requisito fundamental que el trabajo esté bien hecho. Ya desde el Antiguo Testamento se prescribía que las ofrendas debían ser sin defecto: "No ofrezcáis nada defectuoso, pues no os sería bien aceptado" (Lv 22, 20). Lo realizado debe estar bien acabado, también en aquello que sólo puede ser visto por Dios y no por los demás. El hijo que trabaja ante la mirada del Padre no olvida que le fue dicho por el Señor: "tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará" (Mt 6, 4.6.18).

En el trabajo del cristiano ha de estar presente sobre todo la Cruz de Cristo. Esto quiere decir que la actividad laboral debe ser "sacrificada"; es decir, con horas bien ocupadas por el trabajo, sin recortes provocados por la pereza; cumpliendo los plazos y compromisos acordados; trabajando con serenidad y constancia, sin impaciencias ni atropellos; perseverando diariamente en el esfuerzo. Es importante captar que el orden, la puntualidad, la responsabilidad, el respeto por el quehacer de los demás, el espíritu de colaboración, etc., son expresiones del amor de Cristo con el que se trabaja.

Nada puede ser grato al Padre, sino aquello que es presentado por su Hijo. Por eso es decisivo en todo esto el estar en comunión de oración y de sacrificio con Cristo. Además, se necesita de esa unión con el Señor para poder perseverar en el esfuerzo de hacer del trabajo una ofrenda digna del Padre. Esta conciencia de debilidad es la que mueve a unirse a Cristo.

Esa vinculación se materializa, en primer lugar, por la práctica de la confesión frecuente. La frecuencia de la confesión hay que establecerla con el confesor habitual. Esa frecuencia puede ser semanal, quincenal o mensual; al máximo bimestral o trimestral. En caso de que la periodicidad sea mayor ya no podría hablarse de confesión frecuente. Es como un volver a revivir el bautismo. En el bautismo está el origen de nuestra condición de hijos de Dios. En la penitencia sacramental se da algo semejante a ese nacimiento, ya que es un volver a la vida. Este hijo mío había muerto y ha vuelto a la vida (Lc 15, 24) dijo el padre del pródigo. Entre la regeneración bautismal y la reconciliación sacramental hay una gran semejanza

Esa vinculación de la que hablábamos, se verifica también en la referencia interior al Tabernáculo más próximo, acudiendo hasta El por medio de las comuniones espirituales. En efecto, en su presencia eucarística permanece misteriosamente en medio de nosotros como quien nos amó y se entregó por nosotros (cf Ga 2, 20), y se queda bajo los signos que expresan y comunican este amor ( cf.Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1380).



Pbro. Dr. Raúl Lanzetti
www.iglesia.org


Artículos relacionados:

LA ORACIÓN (ACTUALIDAD, ANTIGÜEDAD, SENTIDO)
LA SOLIDARIDAD (ACTUALIDAD, ANTIGÜEDAD, SENTIDO)

Copyright © 1996-2007 Iglesia.org Todos los derechos reservados
www.iglesia.org



Programación:
Diseño Gráfico:Gonzalo Quesada