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Evangelio (actualidad)

Cada uno de nosotros tiene el deber de servir a Dios allí donde está llamado...
(Madre Teresa de Calcuta)

Sería largo describir la evolución de aquella instrucción apostólica hasta nuestros días. Hay en la Iglesia un magisterio eclesiástico que en su fidelidad al Evangelio hace eco al apóstol San Juan: "la Vida se manifestó y nosotros la hemos visto y damos testimonio y os anunciamos la Vida eterna, que estaba junto al Padre y que se nos manifestó" (1 Jn 1, 2). Ese magisterio hace que la palabra de Cristo no quede recluida en situaciones culturales del pasado, sino que su contenido siga teniendo sentido en nuestro tiempo. Por su parte, el discípulo de Cristo está llamado a acoger esa fe de la Iglesia. De ella tiene una síntesis autorizada en el Catecismo de la Iglesia Católica.

El cristiano está llamado a profundizar en aquella fe que está en los inicios de su vida cristiana y que también se hace presente en su recomenzar tantas veces a vivir su fe con más intensidad. Esto tiene lugar por medio de la catequesis permanente (o formación doctrinal).

Por devoción, se renuevan las promesas bautismales -con la profesión de fe- en la Vigilia Pascual. De manera más sintética, esto mismo se repite cada domingo al profesar la fe con el Credo. El término "profesar" tiene un doble significado. En primer lugar quiere decir "proclamar" o "manifestar". En este sentido se identifica con el término "confesar" ("confesar" los pecados quiere decir manifestarlos). En el Credo, la Iglesia y cada cristiano hacen proclamación de la fe católica. También significa "prometer", en el sentido de asumir un compromiso. Al hacer la profesión de fe, el cristiano se compromete a vivir de modo coherente con esa fe.

...la gente quiere ver a Cristo...

Esa relación personal del discípulo con el Maestro ha de ser permanente, plasmando en términos de vida diaria las enseñanzas recibidas. Importa mucho la admiración por el Maestro. Si no siempre se imita al que se admira, si no se lo admira entonces desaparece hasta el interés por seguir su ejemplo. Cuenta además la conciencia de distancia respecto del modelo, del Señor. Son importantes el conocimiento propio y el examen personal, porque allí el cristiano puede darse cuenta de su propia necesidad de tratar al Maestro.

No olvidemos que en el silencio del corazòn es donde habla Dios...

Para que esa relación discipular sea permanente hay que dedicar determinados momentos al trato personal con Cristo. Es lo que se llama oración mental o meditación personal. Es importante evitar toda separación entre formación teológica y oración. A veces se ha ligado la instrucción de los Apóstoles al conocimiento intelectual de la fe católica. En realidad, la oración es ejercicio de la fe como también debe ser oración la lectura de la Biblia y la misma oración debe nutrirse de la Palabra de Dios.

Hoy se distingue entre meditación y oración contemplativa, como dos tipos diversos de oración. La diferencia entre ellas podría ser sutil para la inmensa mayoría de los fieles. En todo caso, lo que importa es aquel diálogo personal del discípulo con su Maestro, para aprender de Él cómo vive un hijo de Dios.

No es posible tener unas indicaciones muy precisas para la misma. Se está de acuerdo generalmente en la necesidad de practicarla a diario. La duración puede ser no menos de diez minutos y no más de una hora, dependiendo de las edades, de las posibilidades y, sobre todo, de la madurez espiritual de cada persona. El tiempo conviene fijarlo con el propio maestro espiritual. Es muy mala actitud variar esa duración según el gusto del momento; se estaría tomando muy poco en serio al Dios con quien se quiere tratar.

Recomendaciones

Siempre ha sido útil seguir la guía de un maestro espiritual. Se requiere de él o de ella la plena comunión con la fe católica de la Iglesia, que posea una adecuada formación teológica, un buen conocimiento de las personas y, de modo particular, una suficiente experiencia de la práctica de la vida cristiana. No es necesario que este maestro o director espiritual sea sacerdote. De todas formas, la guía espiritual de los fieles no es extraña al ministerio pastoral, sino que lo realiza ciertamente.

Es muy oportuna y a veces necesaria la predicación sacerdotal (del obispo o el presbítero) en el curso de una meditación. Es algo que continúa hoy aquella antigua instrucción de los apóstoles en la Iglesia de Jerusalén. Como entonces, se trata de dar vida a un diálogo personal de los discípulos con el Maestro. Por eso es muy conveniente tenerla ante Jesús presente en el Tabernáculo. La fuente principal de ese diálogo ha de ser el Evangelio. No es necesario que se tenga dentro de una acción litúrgica o paralitúrgica; basta una breve oración introductoria y otra conclusiva. Es también una manera de marcar la especificidad de la meditación de la Palabra de Dios en la Iglesia.

Ideas esenciales sobre el Reino de Dios

Se trata, en efecto, del contenido fundamental de la predicación de Jesús y lo que resume toda su misión mesiánica.

Al mismo tiempo que designa el poder de Dios y su acción soberana, Reino de Dios se refiere a la filiación divina. A diferencia de lo que sucedería en épocas posteriores, en la antigüedad los derechos fundamentales eran derechos del hijo. Se era una persona libre porque se era hijo o descendiente de determinada persona libre (ver Jn 8, 33); la cual, por otra parte, era la que daba nombre al reino: el Reino de Israel estaba formado por los hijos de Israel (o Jacob). Lógicamente, el Reino de Dios ha de estar formado por los hijos de Dios (ver Mt 13, 38). Esta común descendencia hacía que el reino fuera conocido también como familia o casa. (Ver Lc 1, 33; Catecismo de la Iglesia Católica, n. 542.)

Para entrar en este Reino hay que nacer de Dios; es decir, hay que nacer de nuevo de forma espiritual. En este nuevo origen no interesa ni la genealogía de la carne, ni la descendencia (Cf Jn 3, 3-8).

Esta vida de hijos de Dios es una participación en la vida resucitada de Cristo. El sólo nos llamó hermanos después de su resurrección.


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