Familia, amor… ¡libertad!
(Primera Parte)
Introducción
Precisamente porque la intención primordial de este escrito es de carácter práctico, considero imprescindible comenzarlo sentando algunos principios teóricos suficientemente centrales, hondos y fecundos… tanto para el conocimiento como para la vida.
a)Podrían ser los que siguen:
· todo ser humano, en cualquier circunstancia en que se halle, es una persona no solo digna, sino radicalmente singular e irrepetible y, por lo mismo, irreemplazable;
· por tales propiedades, que en fin de cuentas acaban por identificarse, la única actitud adecuada ante él, más allá del simple respeto o incluso que la reverencia y la veneración, se encuentra constituida por el amor;
· amar, según la conocida descripción de Aristóteles, consiste en «querer el bien para otro en cuanto otro »; un bien, por lo hasta ahora apuntado, también único e irreiterable;
· la libertad humana no queda lo bastante definida por la posibilidad de optar entre distintos elementos —sería la mera indiferencia, tan propia de la modernidad—; sino que debe concebirse, al menos, como la capacidad de auto-conducirse hacia la propia perfección o plenitud, hacia el propio bien terminal y definitivo: en fin de cuentas, como la facultad de auto-construirse;
· el acto supremo de libertad, lo que de ningún modo se encuentra determinado o «necesitado» por los propios instintos-tendencias —que en el estado presente de naturaleza caída inclinan con fuerza a replegarse en el yo—, es justamente el amor en su significado más propio y cabal: querer el bien del otro… en cuanto otro;
· solo de esta manera, utilizando la libertad para amar a los demás, poniéndose uno mismo entre paréntesis, consigue la persona desarrollarse, «irse construyendo»: alcanzar la felicidad como perfección y, derivadamente, la felicidad como dicha; desde tal perspectiva, resulta fácil comprender lo que enuncié en el punto anterior: en fin de cuentas, ser libre es poder y querer —¡porque me da la gana!— amar al otro en cuanto tal.
b) Un amor «desprendido»
Todo lo cual conduce a una conclusión, de enormes repercusiones para la vida en familia.
Cabría asimismo enunciarla en cinco o seis frases:
· si, como acabo de sostener, el ejercicio más propio y perfectivo de la libertad consiste en amar,
· a su vez, el más noble objetivo del buen amor, la manera más sublime de querer y perseguir el bien del otro, se concreta en respetar, promover y llevar a plenitud la libertad de todos aquellos a quienes queremos: como repite Kierkegaard, lo más grande que un ser humano puede realizar por otro es, precisamente, tornarlo libre (solo una visión depauperada y tristemente «cuantitativa» de la libertad aceptaría sin reservas el célebre adagio que afirma que «la libertad de uno termina donde empieza la de los demás»; por el contrario, la libertad bien entendida se confirma y crece solo y exclusivamente en la proporción exacta en que facilita, provoca reafirma e incrementa la libertad de los otros: ¡en que pasa por tales libertades!… justo para promoverlas);
· a su vez, el buen amor se caracteriza porque el yo desaparece en beneficio del ser querido, mengua en favor del tú; mientras que un amor de poca calidad (que, en fin de cuentas puede ni siquiera ser amor, sino solo su fachada o su perversión) permite en exceso la ingerencia distorsionadora del propio ego, al que, a menudo de forma inconsciente, acaba por supeditar el bien del otro e incluso el clásicamente llamado «bien común»;
· dentro de este contexto, en la vida de familia —como en general, en el conjunto de nuestra existencia—, mejorar la calidad del propio querer equivale no solo a intensificarlo y multiplicarlo, sino a hacerlo más altruista, más desprendido, menos dependiente de uno mismo y más radicalmente volcado hacia el cónyuge y cada uno de los hijos;
· a su vez, el buen amor se caracteriza porque el yo desaparece en beneficio del ser querido, mengua en favor del tú; mientras que un amor de poca calidad (que, en fin de cuentas puede ni siquiera ser amor, sino solo su fachada o su perversión) permite en exceso la ingerencia distorsionadora del propio ego, al que, a menudo de forma inconsciente, acaba por supeditar el bien del otro e incluso el clásicamente llamado «bien común»;
· dentro de este contexto, en la vida de familia —como en general, en el conjunto de nuestra existencia—, mejorar la calidad del propio querer equivale no solo a intensificarlo y multiplicarlo, sino a hacerlo más altruista, más desprendido, menos dependiente de uno mismo y más radicalmente volcado hacia el cónyuge y cada uno de los hijos;
En lugar de fundamentar cada uno de estos asertos, como he hecho otras veces, intentaré tornarlos visibles mediante distintas aplicaciones en el seno de la familia.
II. La libertad del otro cónyuge
III. La libertad de los hijos
IV. Medir el amor a la libertad
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