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Familia y persona: una relación bidireccional y constitutiva


PARLAMENTO


a) El sentido «débil» de la relación familia-persona

Hace algunos días resumí en pocas líneas una idea que llevo exponiendo desde hace años, pero que nunca había tratado de forma exclusiva, a la par que reducida y tal vez más inteligible, en un solo y pequeño artículo (¿Por qué la familia?).

Me propongo ahora retomar esos «antiguos pensamientos» y desarrollar con algo más de amplitud y fundamento ontológico-teológico el hecho de que familia y persona se encuentran ligadas por un vínculo que, como indica el subtítulo de estas reflexiones, resulta bidireccional y constitutivo: sin persona no hay familia, como se suele admitir, pero sin familia tampoco hay persona… que es lo que a menudo se olvida y pretendo refrescar.

En efecto, con más frecuencia de la deseada la férrea pertenencia mutua entre familia y persona se debilita, traduciéndola más o menos como sigue: entre los hombres, debido a nuestra endeblez o indigencia, la familia es necesaria para suplir los déficits que nos aquejan: bien porque todavía no hemos alcanzado la estatura espiritual de individuos adultos, bien porque esa incoada y progresiva grandeza, por razones más o menos coyunturales, se ha visto impedida o mermada.

De resultas, la institución familiar parecería concebida principal o exclusivamente para algunos de los miembros que la componen. En concreto, para los más débiles o menesterosos: los niños, los enfermos, los disminuidos psíquicos, los ancianos… Por el contrario, quienes ostentan la plenitud de la condición personal —el padre y la madre de familia, pongo por caso— podrían prescindir de los lazos familiares y buscar el ámbito de su realización en otro terreno: el de las relaciones laborales, sociales, o de amistad, las más de las veces.

b) El auténtico sentido de ese nexo

La familia es vista entonces como refugio compensador de la precariedad humana, como remedio para la propia soledad, inseguridades, zozobras, insatisfacciones… Cosa que, sin ser del todo falsa, dista mucho de adentrarse hasta el corazón del asunto. Y es que el nexo familia-persona compone, como apuntaba, una trabazón estrictamente ontológica, que sigue —y en cierto modo precede, como sugeriré— al ser de la persona como tal.

Con otras palabras: la familia se encuentra tan inexorablemente ligada a la índole personal que, sin ella, nunca puede existir plenamente la persona… o persona alguna plena.

¡Nunca! Ni entre sanos ni entre enfermos, ni entre niños, adolescentes o adultos, ni entre las personas creadas supuestamente más maduras… ni «dentro» del propio Dios.

En el contexto en que se sitúa este escrito, la alusión a Dios no me parece una salida de tono. Pues para advertir en toda su hondura que la familia resulta por entero imprescindible para cualquier persona, con independencia de su rango ontológico y de su grado de desarrollo o plenitud, el camino más rápido consiste en hacer una breve e inevitablemente modesta alusión a la Familia Primigenia, a la Trinidad. Ya que es Ella el Modelo a cuya semejanza se configuran no sólo las personas singulares creadas, sino también la familia humana.

A. DIOS, FAMILIA POR EXCELENCIA


B. LA FAMILIA PARTICIPADA



Tomás Melendo Granados
Catedrático de Filosofía (Metafísica)
Director Académico de los Estudios Universitarios sobre la Familia
Universidad de Málaga (UMA), España
tmelendo@eresmas.net
www.masterenfamilias.com
www.iglesia.org

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