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Hombres y mujeres que saben ser valientes


La constancia de persistir en el bien

La fortaleza es la tercera virtud cardinal y tiene una función particular: hacer saldo y firme al hombre en su adhesión al bien, cuando esta adhesión conlleva fatiga, sufrimiento e incluso la muerte. El hombre fuerte prefiere el bien a la vida, como sucede con los mártires, que renuncian a la vida terrenal antes que renegar de Dios. Es una virtud sumamente necesaria, porque sabemos que es fácil entusiasmarse por el bien y añorar la perfección y la santidad; pero es difícil persistir en el bien en todas circunstancias de la vida, especialmente en las adversas.

En efecto, vemos que muchas personas son buenas mientras hacer el bien no conlleva particulares dificultades. Pero se revelan frágiles y abandonan el camino del bien y de la verdad cuando tienen que enfrentar fatigas, pruebas y persecuciones.

Ser honesto entre los pillos

Los mismos apóstoles así lo han demostrado cuando han temido ser implicados en el juicio y en la condena de Jesús. Es fácil ser honesto y vivir en la legalidad mientras estamos rodeados por personas honestas; pero es difícil serlo en una sociedad dominada por el hampa y contaminada por la corrupción; es fácil testimoniar nuestra fe cuando vivimos entre creyentes, pero es difícil cuando se la expone a la burla o incluso a la persecución.

Y así como es fácil luchar por la justicia y por la paz, cuando se vive entre personas que creen en estos mismos valores, es igualmente mucho más difícil cuando se está como sumergidos entre gente que quiere la guerra.

Los problemas nacen cuando nos percatamos que la honestidad, la justicia, la fe, la paz exigen sacrificio, y ponen en juego el cargo, la carrera, la vida. Y esto se da también en la vida privada de las personas, de todos nosotros.

Es fácil, por ejemplo, quererse cuando se es joven, con salud, con trabajo y casa seguros; pero el amor puede ser puesto a dura prueba, y a menudo lo es, cuando el sufrimiento o la enfermedad llaman a la puerta, y la incomprensión y la desilusión se instalan en la vida de la pareja.

Los actos específicos de la virtud de la fortaleza son dos: aguantar y afrontar.

Pero hace falta entenderse bien sobre estos términos. Se dice que en la vida hay que tener paciencia, y es verdad; sin embargo, la paciencia del hombre fuerte no consiste en soportar, sino en no huir frente al mal, y persistir en el bien, sin dejarse debilitar por los acontecimientos; más bien, reaccionando en el intento de vencer el mal.

La virtud de la fortaleza despierta el valor en el hombre tímido y asustado; pero al mismo tiempo modera la audacia y el coraje para que no se conviertan en fuerzas irracionales que exponen a peligros inútiles o empujen a acciones irresponsables.

Un caso de coraje irracional es el del kamikaze, que cree promover el bien matando a inocentes con el sacrificio de su vida.

La fuerza de oponerse al mal

El hombre, animado por la verdadera fortaleza, no hace nunca pagar a los otros sus decisiones, sino que se opone al mal tratando de debelarlo con medios humanos que no provocan un espiral de muerte.

La fortaleza también se expresa en las virtudes afines. Entre estas recordamos la magnanimidad, que es la virtud que lleva a acometer grandes empresas. Lo vemos en aquellos santos que han iniciado sus obras con pocas personas y pocos medios, sin echarse nunca atrás, frente a las dificultades, creando de a poco verdaderos imperios de la caridad.

Es verdad que hay el peligro de lanzarse a empresas grandiosas con presunción y por ambición; pero también es verdad que se puede desistir de estas obras por pusilanimidad. La fortaleza capacita a la persona para encontrar el justo medio entre estos dos extremos, especialmente cuando esa persona se apoya en la fortaleza, que no es solamente una virtud sino también un don del Espíritu.

Una virtud parecida es la magnificencia, que induce a afrontar empresas que exigen grandes gastos. El hombre munífico se contrapone al hombre mezquino que prefiere refugiarse en una vida sin riesgos, donde puede gozar sin muchas preocupaciones de las mismas riquezas y de las mismas comodidades.

Más importantes son las virtudes del coraje y de la perseverancia. No es difícil formular buenos propósitos; lo difícil es mantenerlos. No es fácil encontrar a hombres constantes en las decisiones tomadas. Es más fácil encontrar a personas que parten bien, con entusiasmo, y se pierden por el camino. La grandeza y la fuerza de ánimo también se manifiestan en las cosas pequeñas, cuando van acompañadas de la constancia y la perseverancia. San Juan Berchmans solía repetir un lema que resume la posición de la persona fuerte en la vida cotidiana: "Por pequeño que sea, con tal que sea constante". La fortaleza no se expresa sólo en la grandiosidad de las obras, sino en vivir día tras día las mismas convicciones y los mismos propósitos.

Por eso va acompañada de la humildad, del silencio, y los hombres fuertes se revelan no en las obras extraordinarias, sino en la coherencia entre el ideal y la vida, vivida en la experiencia de cada día.

Giordano Muraro
(En revista Famiglia Cristiana, Milán, Italia, diciembre 2004, n. 51. Traducción de Jesús Álvarez, ssp y Benito D. Spoletini, ssp).
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