ELOGIO DE LA FRAGILIDAD
Quien no puede escalar las paredes del Aconcagua,
siempre podrá subir de a uno, los 3 ó 4 escalones de cualquier edificio.
Las biografías de los héroes y la de los santos pasan habitualmente por alto las debilidades de sus protagonistas. Es muy probable que sus biógrafos teman provocar escándalo en sus lectores. O que los vean como hombres y mujeres como nosotros- Pero para los que estamos lejos de ser héroes y santos como Dios manda, necesitamos comprobar que los que están en el bronce o en los altares, no han tenido un cuerpo de plástico, sino que han sido de carne y hueso y que lo que corría por sus venas no era agua, sino sangre.
Toda esta gente vivió igual las virtudes. Algunos comieron más que otros, muchos hablaron más de lo que debían, hasta habrá habido alguno que necesitó pastillas para dormir o para despertarse porque se dormía rezando más de una vez. Claro que uno se olvida que toda esa gente rezaba el Padre Nuestro, y ellos también dijeron cuando lo repetían «perdona nuestras ofensas», así que algunas ofensas habrán hecho...
San Pablo, antes de ser perseguido fue perseguidor; Magdalena pasó de los pecados a las lágrimas; Marta se enojó porque María escucha a Jesús y no le ayudaba; Zaqueo antes que justo era usurero; a Tomás le falló la fe; a Santa María Micaela le costó dejar de comer dulces; san Camilo de Lellis fue mercedario y jugador; Agustín de Hipona tiene en su haber una vida azarosa; el Cura de Ars antes del seminario fue desertor del ejército; a Don Bosco casi lo echan del colegio por haberle pasado a un compañero una escrita para que se copiara en un examen. Y San Alfonso María de Ligorio, a los 80 años, le dijo a uno «Si vamos a discutir, dejemos que la mesa esté entre los dos; yo tengo sangre en las venas»... y así la lista es tan larga cuan larga es también la de las conversiones.
Pero no estamos aquí para criticar a los santos, ni para hablar de los defectos ajenos –de absentibus nisi bona- de los ausentes no se diga sino lo bueno. Además tenemos lo nuestro ¡Y vaya si lo tenemos!.
Es sólo para recordar que la fragilidad es congénita. Todos nacimos llorando y desnudos y hemos necesitado un pecho materno para sobrevivir. Y de grandes, nos sigue pasando exactamente igual: seguimos débiles y continuamos derramando lágrimas en el alma y en el cuerpo. Y ojalá tuviéramos siempre un pecho materno que es el lugar más seguro para las lágrimas.
Por eso, elogiar la fragilidad, es hacer un poco de justicia a nuestra pobre humanidad. Dicen que los que revisaron los escritos de Santa Teresita de Lisieux, suprimieron el párrafo en los que ella contaba, con sencillez, que nunca había logrado rezar un rosario completo sin distraerse.
No tachemos nada de la vida, todo sirve. Y darse cuenta de las debilidades, de la fragilidad que tenemos es un buen comienzo. Y que negarlos es también el comienzo, pero de un gran error. Vivir es relacionarse, y relacionarse también es un riesgo. Ese es el punto: si hay riesgo hay fracasos, y si hay fracasos es porque hay fragilidad.
Pero fragilidad no es inactividad. Los santos salieron del atolladero de sus defectos, mientras daban la mano al prójimo para que no cayera en su mismo pozo o para que se levantara de él.
Bien, comencemos.
Hay fragilidades que son bien «conocidas» por nosotros y por desgracia, también «reconocidas» por los demás. No nos vamos a referir a ella ahora. Más bien iremos a otras que pasan más desapercibidas por nosotros y por los otros y que muchas veces las confundimos con «características de nuestra personalidad». ¿Será así?; Quién sabe! Pero hay que ser prudentes y reconocer que no todo es fruto de la psicología que poseemos, a veces tenemos cosas que son consecuencias de la falta de virtud.
A primera vista, el mayor signo de debilidad es la desesperanza. A muchos hombres y mujeres les viene una secreta desesperanza; desesperanza que es viento que seca a la par del hielo, por dentro y por fuera, pese a los admirables logros científicos, técnicos y sociales del mundo contemporáneo.
Somos más libres que antes, tenemos menos prejuicios que nuestros abuelos, pero estamos más solos, del mismo modo como estamos llenos de muchas cosas pero así mismo incompletos. Para nosotros, seres finitos, limitados, incompletos, la libertad y la soledad crecen proporcionalmente. Una planta está arraigada al suelo, un animal está inserto en su medio, pero nosotros, al ser libres, podemos romper con nuestro origen y así creamos el desarraigo, que es como fundar la desesperanza. Pasamos los límites de nuestros propios cercos y ¿qué encontramos?, que somos libres «de todos», sí, «pero sin todos». La independencia nos ha permitido llegar a la libertad, pero nos ha sumergido en la insignificancia.
Más «libre» quiere uno ser, más difícil es la compañía. La comunicación es un enigma, porque es lo que más necesitamos y lo que nos es más inaccesible. La desesperanza por sentirnos solos es la mayor fragilidad.
La fragilidad del ansioso
La fragilidad de la convivencia
Pbro. Dr. Ariel David Busso
Gentileza de Parroquia Santa Julia
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