¡Gracias... abuela!
Con el testimonio de A. Pronzato queremos agradecer a nuestras abuelas, madres y a todas las personas que han orado y oran por las vocaciones sacerdotales...
Mi abuela tenía ochenta años y unos bellísimos ojos azules. Su rostro estaba surcado de arrugas. Tuvo una existencia dura, hecha de trabajo, sacrificios, lágrimas, privaciones y entrega a los demás. Cuando yo estaba en el seminario, me decía:
«Tú estudias. Yo no tuve la oportunidad de estudiar. Pero sé rezar», y hacía sonar el rosario gastado.
— «Siempre por ti... recuérdalo bien».
En aquellas palabras había una admonición. Es como si me dijera:
«No despilfarres esta oración. Has de estar a la altura...». Años después, le administré el óleo de los enfermos. Ungidas las manos –que apretaban el rosario desteñido– me incliné a besarlas y susurré:
«¡Gracias, abuela!».
— «¡Amén!» –respondió absorta la abuela Josefina.
No es un sentimiento mío. Es más bien un compromiso concreto, apremiante: no despilfarrar, ni traicionar aquellos millares de rosarios que ella… me rezó.
Péguy escribe: «En el juicio universal no necesitaremos memoriales o certificados. Pero nadie podrá borrar la huella de un padrenuestro o de una avemaría».