Jueves
Solemnidad de
la Anunciación del Señor
Ciclo "C"
25 de Marzo de 2010
DIOS SE HACE HOMBRE
El hecho más relevante de la historia de la humanidad es, sin duda, el Nacimiento de Dios-Hombre. Tan importante fue este acontecimiento que la historia se divide en “antes” y “después” de Cristo. Sin embargo, ese hecho fue antecedido por el misterio más grande de nuestra fe cristiana: la Encarnación de Dios, es decir, Dios hecho hombre en el seno de la Santísima Virgen María.
Así describe este Misterio el máximo poeta de la Mística, San Juan de la Cruz: “Entonces llamó a un arcángel que San Gabriel se decía, y enviólo a una doncella que se llamaba María, de cuyo consentimiento el misterio se hacía, en el cual la Trinidad de carne al Verbo vestía; y aunque Tres hacen la obra, en el Uno se hacía; y quedó el Verbo encarnado en el vientre de María. Y el que tenía sólo Padre, ya también Madre tenía, aunque no como cualquiera que de varón concebía, que de las entrañas de ella El su carne recibía; por lo cual Hijo de Dios y del hombre se decía”. (Romance 8)
En este bello poema San Juan de la Cruz expresa con su mística inspiración cómo sucede el Misterio de la Encarnación, habiendo recogido lo dicho en el pasaje evangélico de la Anunciación. (Lc. 1, 26-38)
Pensar en el Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo es también pensar en el hecho que lo precede: La Anunciación a la Virgen María de la Encarnación de Dios en su seno virginal. Y pensar en ese pasaje del Evangelio de San Lucas es ver las actitudes de María Santísima que permitieron a Dios realizar ese milagro de Su Amor por los hombres: el de bajarse de su condición divina -sin perderla- para hacerse uno como nosotros en todo menos en el pecado, humanándose en el seno de la Virgen María.
María se encontraba en oración. No queda esto tan claro de la narración evangélica, salvo por “entró el Angel en su presencia” (Lc. 1, 28). Sin embargo, ha sido tradición mostrar a la joven virgen en actitud orante para tan significativo momento.
María creyó que lo aparentemente imposible se realizaría en ella. Esto lo reconoce muy bien su prima Santa Isabel cuando le dice: “¡Dichosa tú por haber creído que se cumplirían las cosas que te fueron dichas de parte del Señor!” (Lc. 1, 45). La fe de la Santísima Virgen es digna de nuestra imitación: cree por encima de toda apariencia, cree sin dudar, cree porque Dios, a través su enviado el Arcángel Gabriel, le anuncia el hecho insólito de que sería la Madre de Dios, pues El mismo se encarnaría en su seno.
Ahora bien, por qué pregunta: “¿Cómo podré ser madre si no tengo relación con ningún hombre?” (Lc. 1, 34). Este cuestionamiento es la más clara indicación de que María tenía intenciones de permanecer virgen, aún estando desposada con San José. Porque, de haber tenido intenciones de vivir como cualquier mujer casada, no hubiera tenido que hacer tal pregunta al Ángel: hubiera estado sobreentendido que al vivir con José, concebiría como cualquier mujer casada.
Entonces la Virgen María vuelve a poner en funcionamiento su fe a toda prueba, al creer que concebiría prescindiendo de las leyes naturales para la procreación establecidas por Dios mismo.
Cree sin dudar las palabras de San Gabriel Arcángel: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el Poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso tu hijo será Santo y con razón lo llamarán Hijo de Dios” (Lc. 1, 35).
María fue humilde. “He aquí la esclava del Señor”, le responde al Arcángel San Gabriel al final de la Anunciación. Ya ha sido constituida nada menos que “Madre de Dios” y se reconoce a sí misma “esclava del Señor” para que se haga en ella todo lo que El desee.
La devoción a la Santísima Virgen María consiste principalmente en imitar sus virtudes. Y, entre éstas, las que nos muestra en tan importante acontecimiento: su espíritu de oración, su humildad y su fe a toda prueba.