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El recto uso de Internet


Implicaciones morales y modo de ayudar a a los hijos. Entrevista con Ángel Rodríguez Nuño, miembro de la Pontificia Academia para la Vida y Consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Entrevista con Ángel Rodríguez Luño (*)


- Hay un gran número de padres de familia que se encuentran perplejos ante el llamado fenómeno Internet. Las informaciones que les llegan les desconciertan, especialmente a los menos familiarizados con la red.

Tienen noticia de los contenidos nocivos que circulan y de los delitos graves que se cometen, como el terrorismo, la pederastia y los fraudes con tarjetas de crédito...

Y por otra parte les hablan de las grandes posibilidades de Internet para la difusión de valores positivos. Ignoran con frecuencia los criterios morales válidos para enjuiciar este novedoso fenómeno...


- Ciertamente, es un fenómeno novedoso. Sin embargo la Iglesia ha dado ya algunas pautas morales. Por ejemplo, el Consejo Pontificio para las Comunicaciones Sociales publicó en el 2002, cuando la red no había alcanzado aún el desarrollo actual, un interesante documento, titulado Ética en Internet.

- Muchos padres se preguntan: ¿qué actitud debemos adoptar ante un medio de comunicación que pone al alcance de nuestros hijos tantos contenidos violentos, racistas, terroristas y pornográficos, con diverso grado de dureza?

Los peligros son evidentes para todos, pero especialmente para los padres que tienen en la misma casa a hijos pequeños, adolescentes y adultos que pueden entablar relaciones mediante la red con personas poco recomendables (pederastas, prostitutas, personas que desean mantener conversaciones obscenas…).

Sin olvidar la pérdida de tiempo que supone. ¿Qué opina de todo esto?


- En primer lugar, me gustaría hacer una precisión: el bien y el mal no son algo específico de Internet. La red no es el único medio para hacer el bien ni el único medio para hacer el mal. Esos peligros que me acaba de citar, junto con otros muchos, no son exclusivos de Internet: en la actualidad existen desgraciadamente muchos otros medios de comunicación que producen efectos similares.

Por ejemplo, es muy pernicioso que los adolescentes tengan un televisor en su dormitorio y que puedan encenderlo a cualquier hora del día o de la noche. Por no hablar de las líneas eróticas o de los clips pornográficos que se transmiten mediante los teléfonos móviles en los entornos escolares.

Lo realmente novedoso del fenómeno Internet es la posibilidad de hacer llegar el bien a muchos, sin movilizar a muchas personas y sin grandes recursos económicos.

- Pero también es posible hacer ese bien a través del cine, la prensa o la televisión…

- Sí; pero resulta mucho más difícil: para hacerlo se necesitaría una editorial, una emisora de televisión o una productora de cine propia; o al menos, la posibilidad de poder actuar libremente en esos campos… Esto no resulta fácil por muchas razones. Además, exige una preparación profesional específica.

Sin embargo, mediante Internet, invirtiendo poco tiempo y poco dinero, se pueden comunicar contenidos positivos a muchas personas.

- ¿Es un fenómeno con más luces que sombras, o al revés?

- En términos generales Internet es un bien, como son un bien la imprenta, el teléfono y la televisión; es un avance tecnológico que admite un uso bueno y un uso malo; un uso experto y un uso inexperto. Se puede afirmar que -exceptuando el caso de los niños- en Internet sólo suelen quemarse los que se quieren quemar o, al menos, aquellos a los que les gusta jugar con fuego.

El problema que plantea el uso de la red es, fundamentalmente, un problema de educación moral y de firmeza de convicciones en el usuario.

Es algo muy propio de nuestra época, en la que se realizan muchos progresos que no siempre vienen acompañados por la sabiduría y la prudencia necesarias: son como naves cada vez más rápidas que necesitan pilotos que las conduzcan a buen puerto. Cuando esos avances se gobiernan adecuadamente, pueden generar un bien para toda la sociedad. En caso contrario, pueden acabar contribuyendo a su corrupción y empobrecimiento.

- Muchos padres de familia, maestros y catequistas no saben enseñar a usar rectamente Internet porque, por diversas razones, como la edad, la falta de formación, etc., desconocen su realidad y funcionamiento en la práctica.

¿Se puede decir que les falta la formación necesaria para el buen uso de Internet?

-Sí; y no sólo de Internet, sino del conjunto de los medios de comunicación. Esa formación específica es decisiva para la formación moral y cristiana que los niños y jóvenes requieren en la actualidad.

La cuestión ética de Internet, como usted señala, es una cuestión de recto uso. El reto para los padres, maestros y catequistas consiste en proporcionar a los niños y jóvenes la formación y las virtudes personales que necesitan para usar Internet rectamente. Y cuando empleo el verbo usar me refiero tanto al que “cuelga” contenidos en la red como al que los consulta o recibe.

- Para muchos padres esta cuestión resulta especialmente difícil de resolver porque, como le decía antes, tienen en la propia casa a hijos de diversas edades, adultos, jóvenes y niños, que usan Internet en el trabajo, en la escuela, en el hogar…¿Qué les aconsejaría?

- Que diferenciaran cada situación, cada persona. A los hijos adultos resulta muy difícil impedirles que hagan el mal cuando están dispuestos a hacerlo. Y con frecuencia, cuantas más dificultades se les ponen, mayor es el precio que se acaba pagando en términos de confianza y falta de libertad. Los efectos suelen ser contraproducentes. Su situación es muy diversa a la de los jóvenes, los adolescentes, y por supuesto, los niños.

Por eso hay que valorar las circunstancias personales de cada uno, como la edad; y los diversos ámbitos –el trabajo, la escuela, la familia, la diversión- en los que se mueve cada hijo. Los padres necesitarán grandes dosis de templanza, sentido común y sentido sobrenatural, prudencia, y atención a cada persona en su totalidad.

- ¿Cuáles pueden ser las «llamadas de alerta», cuando se enciende la «luz roja» para los padres en este campo?

- Se activa la alarma, se enciende la «luz roja» cuando un hijo hace un uso excesivo, casi obsesivo, del ordenador, que debe ser un aparato más dentro de la casa.

Dedicarle un tiempo excesivo, una concentración y focalización exagerada, resulta nocivo tanto desde el punto de vista humano como del punto de vista ético y suele acabar aislando a esa persona de los demás.

- Hay países, como Japón, en los que se da a gran escala el fenómeno de adolescentes que dejan de salir con sus amigos, de leer y de hacer deporte para encerrarse en su cuarto, solos, frente a la pantalla del ordenador…

- Ésa es precisamente la actitud que conviene educar, siguiendo este principio: hacer un buen uso de Internet supone usarlo siempre para un fin bien determinado. Se debe entrar a la red para buscar algo concreto, algo que se sabe cómo y dónde encontrar.

Lo que no resulta razonable es «engancharse» a la red sólo «para pasar el rato»; «para ver que hay de nuevo»; navegando de aquí para allá sin rumbo fijo. Una persona bien formada debería ser intransigente consigo mismo en este punto.

- ¿Y en el caso de los niños y los videojuegos?

- También en este caso –sin olvidar que los niños necesitan estar con sus amigos, leer y hacer deporte- el videojuego no puede ser un simple campo de evasión para los niños, un juego de duración ilimitada. Los padres deben ayudarles a jugar dentro de un horario, con una finalidad, utilizando un videojuego determinado y bien conocido por ellos.

Sería imprudente dejarles que usaran cualquier videojuego prestado por un amigo cuyo contenido se desconoce.

- ¿Qué valoraciones de carácter moral se pueden hacer en este campo?

- La experiencia demuestra que entrar en la red sólo «para curiosear», sin una finalidad precisa y justa, tiene algo de éticamente negativo, porque se llega con facilidad a males más graves.

Ante las páginas webs, los correos, la publicidad, los chats, etc., que puedan inducir a cometer pecados contra la fe, la caridad, la justicia o la castidad, se debe observar el mismo comportamiento que se observa cuando esos contenidos aparecen en otros ámbitos de la vida: en conversaciones, mientras se lee un libro, se ojea la prensa o se vela televisión. Se han de aplicar los principios morales de las llamadas «ocasiones de pecado».

Estos principios se podrían resumir así: existe el grave deber moral de evitar las ocasiones próximas de pecado, libres y graves. Y además, se deben poner los medios necesarios para convertir en remotas las ocasiones de pecado que sean necesarias.

Ese carácter próximo o remoto, lo mismo que la gravedad de las ocasiones, puede tomarse en un sentido absoluto o relativo, porque una situación puede constituir una ocasión grave y próxima para la mayoría de las personas; o puede ser una ocasión grave y próxima sólo para una persona determinada, o para unas personas en particular, mientras que para el resto no lo es.

En mi opinión, sin querer minimizar la complejidad del problema moral, sería reductivo considerar Internet, de forma genérica y global, como una ocasión de pecado. La experiencia no lleva a esta conclusión negativa. Existen muchas personas que usan Internet habitualmente sin mayores problemas, y otras muchas que hacen el bien a través de la red.

La mayoría de los que encuentran problemas morales en la red suelen ser personas que probablemente, de no existir Internet, encontrarían problemas parecidos en otros campos.

- Pero no siempre es así…

- Se dan casos de personas de actitud general recta que cometen ciertos errores morales por haberse encontrado por casualidad en la red con una página web moralmente negativa. Pero no son, ni mucho menos, la mayoría.

Un reciente estudio de la International Crime Analysis Association, titulado «Child Internet Risk Perception», ha puesto de manifiesto que el 77% de menores entre 8 y 13 años usa Internet. Sólo el 26% de los padres sigue de cerca el uso que sus hijos hacen de ese medio.

Se afirma en ese estudio que el 52% de los niños entrevistados se han encontrado con contenidos pornográficos, y el 24% de ellos ha reaccionado con curiosidad. El 13% de los entrevistados ha tenido contactos con pederastas a través de la red, y el 70% de éstos no ha dicho nada a sus padres.

¿Qué opina de esto? ¿Datos exagerados?


- No parece: se corresponden en líneas generales con los datos que ofrecen los expertos. Un documento de la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos titulado La familia en el ciberespacio (www.nccbuscc.org/comm/archives/2000 /00-151.htm), del 22 de junio de 2000 se hace eco de este mismo problema.

Y el documento del que le hablado antes,La Iglesia e Internet, recuerda: «Por el bien de sus hijos, así como por el suyo propio, los padres deben «aprender y poner en práctica su capacidad de discernimiento como telespectadores, oyentes y lectores, dando ejemplo en sus hogares de un uso prudente de los medios de comunicación social».

En lo que a Internet se refiere, a menudo los niños y los jóvenes están más familiarizados con él que sus padres, pero éstos tienen la grave obligación de guiar y supervisar a sus hijos en su uso. Si esto implica aprender más sobre Internet de lo que han aprendido hasta ahora, será algo muy positivo.

La supervisión de los padres debería incluir el uso de un filtro tecnológico en los ordenadores accesibles a los niños, cuando sea económica y técnicamente factible, para protegerlos lo más posible de la pornografía, de los depreda dores sexuales y de otras amenazas. No debería permitírseles la exposición sin supervisión a Internet. Los padres y los hijos deberían discutir juntos lo que se ve y experimenta en el ciberespacio. También es útil compartir con otras familias que tienen los mismos valores y preocupaciones.

Aquí, el deber fundamental de los padres consiste en ayudar a sus hijos a llegar a ser usuarios juiciosos y responsables de Internet, y no adictos a él, que se alejan del contacto con sus coetáneos y con la naturaleza»

- Sin embargo, aunque sean innegables las ventajas de los filtros –que son bastante seguros para detener páginas eróticas- hay filtros que entorpecen el trabajo normal y bloquean la pantalla cuando se teclean –cuando se está preparando un trabajo científico, por ejemplo- términos calificados como sospechosos.

- Reconociendo ese problema, los filtros son muy convenientes porque realizan una prevención inmediata, que presupone la prevención remota de orden cultural y ético, que crea en la persona la decisión de querer usar bien Internet. Esto es lo decisivo.

Los filtros actuales más divulgados (Optenet, CyberPatrol, CyberSitter, Net Nanny, Surfwatch, X-Stop, Rated-PG) son bastante económicos y dan buen resultado.

Ciertamente su eficacia no llega al cien por cien: cualquier joven usuario sabe que esos filtros sólo analizan los contenidos en unas cuantas lenguas pero en no en todas, y que resulta fácil saltárselos.

En Italia, donde vivo, se puede usar un Provider con un sistema de filtración serio y bien orientado. Es el caso, por ejemplo, de «Davide.it». Es un sistema gratuito y eficaz, muy apropiado para las familias, aunque no sea perfecto: alguna vez no deja pasar contenidos buenos, o deja pasar cosas que no son del todo convenientes; pero los expertos de buen criterio lo consideran muy aconsejable para los hogares con niños.

El problema es que hoy día los niños saben bastante de informática, y pueden abrir una conexión gratuita con otro Provider sin que los padres lo sepan.

- Hay un sistema que posiblemente conocerá, que consiste en instalar un filtro gratuito ICRAplus y programarlo para que se pueda acceder sólo a las páginas que se le indican expresamente. Algunos padres lo defienden porque se basa en los mismos criterios con los que se compran libros para la biblioteca familiar. Sólo se compran los libros que son necesarios para el estudio, la formación o el descanso.

- Ese sistema puede ser útil para unos hijos que lo entienden como una ayuda libremente aceptada para usar Internet con rectitud. De lo contrario, puede ser contraproducente. El caso de los adultos resulta más discutible.

Desde luego, ese tipo de medidas fracasan si un joven, en cuya casa se usa este sistema de protección, hace en otro lugar lo que en su casa no puede hacer. Es un fracaso porque ese joven o esa joven acabará emancipándose tarde o temprano, formará su propio hogar, y hará lo que quiera en su casa, yendo quizá más lejos en el mal que otras personas que han sido educadas en unos ambientes menos rígidos y que han aprendido a administrar su libertad.

En la pedagogía hay una larga experiencia sobre este punto: es frecuente encontrar a personas que no rezan o que no van a Misa sólo porque en su colegio, de pequeños o de adolescentes, les obligaban a hacerlo.

Es un tema clásico, sobre el que existen muchos estudios que obligan a reflexionar seriamente acerca del modo y de la medida en la que se emplean las restricciones, que han de ir adecuándose siempre a la edad y al desarrollo de los jóvenes.

Los padres tienen que educar a los hijos también en este aspecto, dedicándoles tiempo y poniendo el esfuerzo necesario para saber como funciona el «fenómeno Internet». No pueden permanecer al margen. Cuando se trata de menores, es moralmente necesario protegerles mediante un sistema seguro. Y es muy conveniente, como recuerdan tantos educadores, que el ordenador conectado a la red esté en un lugar de paso de la casa.

También se ha de explicar a los niños que no den informaciones personales (por ejemplo, rellenando cuestionarios) ni entren en contacto con desconocidos, hablando siempre con sus padres de lo que les parezca extraño, y siendo prudentes con el material que les prestan sus amigos de la escuela (videos, videojuegos, programas, etc.) Si esto se hace adecuadamente, los hijos considerarán estas precauciones como una ayuda que se les presta para hacer algo que ellos desean hacer: usar rectamente Internet.

- ¿Y cuándo los hijos se hacen mayores?

- Sigue siendo moralmente necesario usar un filtro en el ordenador con el que trabajan en casa. Así se evita el acceso a páginas dañinas que podrían generarle una adicción.

Conviene hablar con ellos claramente sobre estas cuestiones: en ese clima de confianza resulta fácil reconocer que encontrarse, por ejemplo, con un contenido fuertemente erótico es una ocasión grave y próxima para cualquiera, y que los padres tienen el deber moral de evitar esos peligros a sus hijos.

Esta es la conducta que los padres honestos tienen con sus hijos: no van de paseo con ellos por ciertos lugares, no los llevan a determinados locales, etc.

- El problema se presenta cuando en una familia de tres o cuatro hijos, por ejemplo, sólo uno de ellos hace un mal uso de Internet. Esto obliga a los padres a tomar medidas para todos y acaban pagando justos por pecadores…

¿Qué regla general daría en estos casos?

- Es difícil dar reglas generales. Pero no resulta educativo el hecho de que «paguen justos por pecadores», ni someter a los hijos que se comportan rectamente a unas restricciones mayores de las moralmente necesarias.

Pienso que convendrá afrontar, enérgicamente si es necesario, el problema real y concreto del hijo que no se comporta bien, evitando crear en la familia un clima generalizado de desconfianza o de falta de libertad.

- Hay padres que dicen: «Nosotros hemos vivido toda la vida sin Internet y no nos hemos muerto. Por tanto, no pienso ponerles Internet a mis hijos en casa: muerto el perro, se acabó la rabia».

- Generalmente no parece acertado obligar a todos los hijos a prescindir por completo de Internet. Cuando menos sería un fracaso en la tarea educativa de enseñar a usar rectamente los medios informáticos que, se quiera o no, forman parte del mundo actual, y que los hijos tendrán que manejar en la escuela, en la universidad, en el futuro trabajo y, más adelante, en el hogar que constituirán cuando se casen, donde a su vez tendrán que guiar a los hijos que Dios les dé.

Me parece que eso de que antes no había Internet y nadie se moría, etc.,es una falsa razón. Antes tampoco había automóviles, ni aviones, ni teléfonos, etc., y no por eso se ha de prescindir de esos medios. Hay que aprender a usarlos rectamente.

- El uso de Internet constituye para muchas personas un instrumento habitual de trabajo. ¿Qué reflexiones de carácter moral plantea su uso?

- Depende de las diversas circunstancias. Pensemos por ejemplo en una persona de actitud moral recta que usa Internet para su trabajo o para su estudio, y que no busca contenidos inconvenientes ni pasa el tiempo «navegando» sin rumbo fijo. Si trabaja en un sistema (universidad, empresa, colegio, etc.) protegido por un proxy y un filtro (tipo Optenet, por ejemplo), el uso de Internet no debería ocasionarle ningún problema moral.

Si en cambio trabaja sin protección alguna (sin proxy o sin filtro), se encontrará de vez en cuando con contenidos muy negativos (pornográficos). Es inevitable, porque los que promueven las páginas con graves inconvenientes usan muchos sistemas para que la gente acabe entrando, sin desearlo. Según las informaciones que me han proporcionado expertos en informática, utilizan diversos procedimientos.

Uno de ellos es registrar los errores más frecuentes que suelen producirse al teclear el nombre de una página muy frecuentada (por ejemplo, de un periódico, de un motor de búsqueda, etc.), de forma que al teclear la dirección equivocada se entra directamente en una página pornográfica.

Otras veces incluyen anuncios publicitarios en otras páginas, que llevan a los contenidos inmorales. También introducen en las partes más profundas del sistema operativo del ordenador programas ocultos (adware, spyware), que se reduplican continuamente, y que llevan a los contenidos negativos. Hay en fin otros procedimientos que sería complicado e innecesario explicar aquí.

Atendiendo a lo que sucede generalmente, y teniendo en cuenta la natural debilidad humana, presente también en las personas de recta orientación moral, si varias o muchas veces aparecen en la pantalla contenidos fuertemente pornográficos, alguna vez se caerá, y es fácil que si no se pone remedio eficazmente se repita la caída y se cree incluso una adicción.

Por eso existen motivos serios para afirmar en términos generales, sin prejuzgar la actitud moral del usuario, que quien trabaja con Internet habitualmente sin protección alguna, sobre todo si se trabaja durante muchas horas, se encontrará varias o muchas veces en una ocasión próxima de pecado grave, que hay grave obligación moral de evitar. Por eso se puede concluir que, para quien trabaja en esas condiciones, existe el deber moral de usar un filtro.

- Pero si una persona muy recta...

- Si; no se puede excluir el caso de una persona muy recta que trabaje sin filtro pueda no correr esos peligros, bien porque pone mucha atención en lo que hace o porque usa Internet muy poco. La experiencia de varios meses o años podría confirmar que efectivamente no los corre.

En ese caso, no es claro que exista una obligación moral de usar un filtro. Sin embargo, usarlo es una medida de prudencia muy recomendable, que evita tensiones innecesarias y que una persona recta en principio no debería despreciar, puesto que nadie puede estar seguro de no ceder ante tentaciones que se presenten de improviso.

Consideramos ahora otra posible situación. Si una persona que necesita trabajar con Internet, y no usa un filtro, hubiese cometido por ese motivo varias veces pecados graves, el arrepentimiento de esos pecados y el consiguiente propósito de la enmienda comporta poner en práctica medios concretos para que, al menos, la ocasión próxima se haga remota. Uno de esos medios es el uso de un filtro adecuado. Otros medios podrían ser trabajar en un lugar de paso o reducir al mínimo el uso de Internet.

Una situación moral análoga podría darse también en personas que trabajan con un filtro, pero que tienen una actitud moral poco firme o que, de vez en cuando, dejan la puerta abierta a claras complicidades, lo que le lleva a incurrir en comportamientos gravemente negativos. Desde el punto de vista de la moral católica esas personas tienen el deber prioritario de evitar todo daño grave para su vida cristiana, poniendo en práctica los medios necesarios para evitar el pecado.

Según los casos, tendrán que prescindir de Internet, al menos durante unos meses, si parece que la dificultad es debida a un momento particular de su vida y se presume que será pasajera; o bien recurrir a un filtro tipo ICRAplus que permita el acceso sólo a las páginas web que se sabe con certeza que necesita para su trabajo. En casos extremos se podrá plantear un cambio de trabajo.

Si la dificultad no se debiera sólo al uso de Internet, sino también a la televisión, revistas, etc., se está ante un problema más amplio, y los remedios que se han de poner son también más amplios.

Cabe señalar, por último, que a las situaciones crónicas de dificultad suelen concurrir varias causas. Suelen surgir cuando se usa Internet sin filtro, en la propia habitación, de noche, y sin una finalidad precisa. Se puede tratar de personas que están solas o que se aíslan (aunque vivan con muchas otras personas), y que usan Internet para pasar el tiempo, a veces con la actitud, al menos implícita, de buscar satisfacciones para la sensualidad.

- Un tema sobre el que se debate con frecuencia es el uso de Internet durante las horas de trabajo…

- Sobre este punto, resulta claro que existe una obligación de justicia de dedicar el horario previsto en el contrato laboral al propio trabajo. El uso del correo electrónico o de Internet para otras finalidades podría equipararse al uso del teléfono o a la lectura de periódicos o libros ajenos a la propia ocupación.

Evidentemente, esto admite cierta flexibilidad: no parece censurable, por ejemplo, que un empleado haga una breve llamada telefónica a su casa.

Pero en la medida en que los responsables descubran que se cometen claros abusos, tienen derecho a limitar el uso de Internet, por ejemplo instalando un filtro que consienta el acceso sólo a los lugares relacionados con el trabajo de la empresa u oficina, o bien impidiendo el acceso a las páginas web que son objeto de uso abusivo (música, fotos, videoclips, películas, etc.).

Los responsables del trabajo son los que deben valorar prudentemente la necesidad de esas medidas, que pueden resultar contraproducentes en algunos casos y mermar la confianza y el espíritu de colaboración por parte de los empleados. Pero de lo que no cabe duda es que los ordenadores y las conexiones a la red son instrumentos que la empresa pone a disposición para la realización del trabajo que los empleados están moralmente obligados a realizar en virtud del contrato laboral.

El hecho de que la empresa se niegue a proporcionar medios de distracción o de evasión del trabajo no es una indebida restricción de la libertad de los empleados.

- Una cuestión más delicada es la que se plantean algunos pedagogos y formadores, responsables de seminarios o de residencias de estudiantes, que desean para que las personas que viven allí se encuentren en un ambiente cristiano. ¿Deben contar los que viven en esos lugares con acceso a Internet desde cualquier lugar, en las zonas privadas?

Algunos de estos responsables dicen el comportamiento moral privado del estudiante que reside allí no es responsabilidad suya, y más cuando se trata de un adulto. Otros temen dar la impresión de no respetar la libertad y generar un ambiente de desconfianza en la residencia de estudiantes, etc.

Y no falta quien argumenta que al fin y al cabo también Dios, que ama a los hombres más que nadie, no impide el mal uso de la libertad...


- No se puede negar que en estos razonamientos hay algo de verdad. Pero también son verdaderos los peligros: si esas personas disponen de conexión a Internet en su habitación, es fácil que pierdan el tiempo «navegando», o «chateando» con los amigos, etc. La experiencia enseña que, incluso cuando se trata de personas con una cierta formación moral, se hace un uso bastante inmoral de la red, con notable daño para los interesados.

Por otra parte, hoy es sumamente fácil y económico para los residentes conectarse a la red mediante el teléfono móvil o mediante tarjetas prepagadas. Por lo que es siempre más clara la importancia de la formación y de las actitudes morales del usuario

Sin embargo, conviene centrar bien la cuestión: no se discute el uso que pueden hacer los adultos de su libertad, sino el tipo de servicio que ofrece una determinada institución educativa.

Es razonable que, del mismo modo que se procura dar a esos estudiantes una alimentación sana o un lugar de trabajo adecuado, se les ayude a vivir unos criterios de calidad en el servicio de Internet que se ofrece.

Por eso, la recta conciencia exige a los responsables de este tipo de instituciones colocar una unidad central con un proxy (que también protege de los virus y de los piratas informáticos) y un filtro entre la entrada de la línea y los puntos en los que los estudiantes, residentes, etc., se conectan personalmente.

Según la circunstancias (tipo de residentes, etc.) se podrá valorar la posibilidad de emplear otro tipo de soluciones, por ejemplo, que se disponga una sala de ordenadores cómoda y bien instalada, y que sólo en ella haya conexiones a la red. Para ciertos trabajos, que requieren el uso simultáneo de muchos libros o de otro material de consulta, esta solución puede presentar notables inconvenientes.

A mi modo de ver conviene evitar restricciones innecesarias. El uso de un proxy y de un filtro puede ser una garantía suficiente. A veces quizá no lo será. Es una cuestión sobre la que hay que llegar a un juicio prudencial, teniendo en cuenta todas las circunstancias, así como los costos de ciertas medidas en términos de ambiente de confianza y de libertad.

Lo que estoy diciendo no supone un juicio sobre las intenciones de los usuarios ni es una limitación de su libertad, sino una concepción de los servicios que una institución pone a disposición. Se les ofrece un instrumento de trabajo, de información, de descanso, etc., pero no un acceso a determinadas páginas inmorales, que se contraponen a los fines específicos de esa institución educativa.

Una persona que viva en una de estas residencias podría quejarse razonablemente por la falta de luz, de agua, de condiciones materiales mínimas, pero no porque los responsables de esa institución educativa no le proporcionen acceso a páginas de carácter inmoral.

En todo caso, no conviene perder de vista lo esencial: lo decisivo no son las medidas técnicas, sino ayudar a cada persona para que adquiera las virtudes necesarias para usar rectamente Internet.

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Ángel Rodríguez Nuño es Sacerdote. Doctor en Ciencias de la Educación y en Filosofía. Profesor ordinario de Teología Moral Fundamental. Miembro de la Pontificia Academia
para la Vida y Consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

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