La Primera Lectura (Gn. 2, 18-24) nos habla del momento maravilloso de la creación del hombre y la mujer y del original plan de Dios para la pareja humana.En el Evangelio (Mc. 10, 2-16) vemos cómo cuando los fariseos interrogan a Jesús acerca del divorcio que -como leemos- Moisés había permitido en algunos casos, el Señor insiste en la indisolubilidad del matrimonio, sin hacer excepciones (*). Y explica que la permisión de Moisés se debió a la terquedad de los hombres, “a la dureza de corazón de ustedes”, pero insiste en que en el principio, antes del pecado, no fue así, y el mismo Jesús recuerda en este pasaje la narración del Génesis, cuando Dios dispuso que hombre y mujer no fueran dos, sino uno solo.La indisolubilidad del matrimonio siempre ha parecido una exigencia muy difícil de cumplir. En efecto, cuando Jesús insiste en ella, los mismos discípulos exclamaron que era preferible no casarse: “Si ésa es la condición del hombre con la mujer, más vale no casarse” (Mc. 10, 2-12).Sin embargo, Jesús no trata de excusarse por sus exigentes palabras, sino que, por el contrario, propone algo aún más difícil de entender. Alaba, entonces, a los que escogen la castidad por amor al Reino de Dios, aunque reconoce que es una vocación con una gracia especial:“No todos comprenden lo que acaban de decir, sino solamente los que reciben este don.
Hay hombres que nacen incapacitados para casarse. Hay otros que fueron mutilados por los hombres para casarse. Hay otros que por amor al Reino de los Cielos han descartado la posibilidad de casarse. ¡Entienda el que pueda!”. (Mt. 19, 10-12)San Pablo corrobora esa difícil enseñanza de Jesús con una curiosa expresión, la cual nos muestra también que los problemas matrimoniales no son exclusivos de nuestra época: “¿Estás casado? No te separes de tu esposa. ¿Eres soltero? No te cases. Pero si te casas, no haces mal, y si una joven se casa, tampoco hace mal. Sin embargo, los que se casan sufren en esta vida muchas tribulaciones, que yo quisiera evitarles” (1 Cor. 7, 27-28).Veamos que nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica sobre este delicado tema del llamado a la castidad y del Matrimonio:“La virginidad por el Reino de los Cielos es un signo que recuerda que el matrimonio es una realidad que manifiesta el carácter pasajero de este mundo.” “Cuando resuciten de entre los muertos, no tendrán esposa o marido, sino que serán en el Cielo como ángeles” (Mt. 12, 25). “Por eso los casados vivan como si no lo fueran ... y los que gozan de la vida presente, como si no la gozaran; porque todo esto es pasajero” (1 Cor. 7, 29 b y 31). (#1619)“Estas dos realidades, el Sacramento del Matrimonio y la virginidad por el Reino de Dios, vienen del Señor mismo. Es El Quien les da sentido y les concede la gracia indispensable para vivirlos conforme a su voluntad. La estima de la virginidad por el Reino y el sentido cristiano del Matrimonio son inseparables y se apoyan mutuamente”. (#1620) Por ello, la Iglesia invita a los esposos cristianos a “fomentar la vocación personal de cada uno y, con especial cuidado, la vocación a la vida consagrada”. (#1656)Pero, volviendo al problema de las relaciones entre marido y mujer, es claro que la Iglesia comprende la situación de exigencia para los esposos cristianos, y explica en el Catecismo cómo el matrimonio cristiano se encuentra bajo la esclavitud del pecado: “Todo hombre, tanto en su entorno como en su propio corazón, vive la experiencia del mal. Esta experiencia se hace sentir también en las relaciones entre el hombre y la mujer. En todo tiempo, la unión del hombre y la mujer vive amenazada por la discordia, el espíritu de dominio, la infidelidad, los celos y conflictos que pueden conducir hasta el odio y la ruptura” (#1606).La Iglesia nos recuerda que en el principio, en el plan original de Dios, esto no fue así: “Según la fe, este desorden que constatamos dolorosamente, no se origina en la naturaleza del hombre y de la mujer, ni en la naturaleza de sus relaciones, sino en el pecado. El primer pecado, ruptura con Dios, tiene como consecuencia primera la ruptura de la comunión original entre el hombre y la mujer. Sus relaciones quedan distorsionadas por agravios recíprocos(cf. Gen. 3, 12); su atractivo mutuo, don propio del Creador (cf. Gn. 2, 22), se cambia en relaciones de dominio y de concupiscencia (cf. Gn. 3, 16 b); la hermosa vocación del hombre y de la mujer de ser fecundos, de multiplicarse y someter la tierra (cf. Gn. 1, 28) queda sometida a los dolores del parto y los esfuerzos de ganar el pan (cf. Gn. 3, 16-19).” (#1607)“Sin embargo, el orden de la Creación subsiste aunque gravemente perturbado. Para sanar las heridas del pecado, el hombre y la mujer necesitan la ayuda de la gracia de Dios que, en su misericordia infinita, jamás les ha negado (cf. Gn. 3, 21). Sin esta ayuda, el hombre y la mujer no pueden llegar a realizar la unión de sus vidas en orden a la cual Dios los creó al comienzo”. (#1608)No sólo la Iglesia, sino también “Jesús en su predicación, enseñó sin ambigüedad, el sentido original de la unión del hombre y la mujer, tal como el Creador la quiso al comienzo ... La unión del hombre y la mujer es indisoluble. Dios mismo la estableció: “Lo que Dios unió no lo separe el hombre”. (#1614)“Por tanto, el vínculo matrimonial es establecido por Dios mismo, de modo que el matrimonio celebrado y consumado entre bautizados no puede ser disuelto jamás ... es una realidad irrevocable ... La Iglesia no tiene poder para pronunciarse contra esta disposición de la Sabiduría Divina”. (#1640)En los casos en que se ha pronunciado, lo hace para declarar que el vínculo nunca fue válido (es lo que se llama comúnmente “anulación”); no lo hace, ni puede hacerlo, para disolver el vínculo.Comenta el Catecismo de la Iglesia Católica que la insistencia inequívoca del Señor sobre la indisolubilidad del vínculo matrimonial pudo causar perplejidad y aparecer como una exigencia irrealizable, como de hecho vemos sucedió con los discípulos. Sin embargo, continúa el Catecismo: “Jesús no impuso a los esposos una carga imposible de llevar y demasiado pesada”. Y nos refiere el Catecismo a estas palabras del Señor que tantas veces hemos oído, pero que pocas veces las relacionamos con el matrimonio: “Carguen con mi yugo y aprendan de Mí que soy paciente de corazón y humilde, y sus almas encontrarán alivio.
Pues mi yugo es bueno y mi carga liviana” (Mt. 11, 29-30). (#1615)(*) Es cierto que en el Sermón de la Montaña, anterior al momento en que sucede el diálogo que nos trae el Evangelio de hoy, Jesús habla también del tema de la indisolubilidad y pareciera que hiciera alguna excepción al respecto. Así nos dice el texto: “Se dijo también: ‘El que despida a su mujer le dará un certificado de divorcio’. Pero Yo les digo que el que la despide -fuera del caso de infidelidad- le empuja al adulterio. Y también el que se case con esa mujer divorciada comete adulterio”. (Mt. 5, 31-32)El comentario de la Biblia Latinoamericana a esta cita es elocuente: “‘fuera del caso de infidelidad”, tal vez se debe traducir: “fuera del caso de unión ilegítima”, pues el texto es muy equívoco. En ese caso, Mateo se referíaal problema de numerosos cristianos de su tiempo, convertidos del paganismo, que al entrar a la Iglesia rompían uniones ilegítimas, con personas que no compartían la fe cristiana (cf. 1 Cor. 7, 12-16)”.También cita la Biblia Latinoamericana un escrito cristiano muy antiguo (del año 140), titulado El Pastor, de un tal Hernás, referido al caso de cuando un marido descubre que su mujer es adúltera, aplicable -por supuesto- también al caso contrario. “Qué hará, pues el marido?: ... Que la despida y se quedo solo. Porque si después de despedirla se casa con otra, él también se hace adúltero”. O sea, que el texto antiguo no deja cabida a una nueva unión, solamente permite la separación … igual que sigue enseñando la Iglesia hasta hoy.Notemos, sin embargo, que este frecuente problema matrimonial no puede referirse a una falta ocasional de adulterio, en la que la Iglesia invita a los cónyuges cristianos al perdón y la reconciliación (cf. CDC #1152-1), sino que se trata más bien del adulterio como una condición permanente e incorregible.
Pero, aun así, el cónyuge agraviado debe permanecer célibe, salvo que el Tribunal Eclesiástico respectivo haya declarado inválida la primera unión matrimonial.Entonces “puede parecer difícil, incluso imposible, atarse para toda la vida a un ser humano. Por ello ... los esposos que, con la gracia de Dios, dan este testimonio (de fidelidad), con frecuencia en condiciones muy difíciles, merecen la gratitud y el apoyo de la comunidad eclesial” (#1648).Para esto y para cumplir con su misión, en virtud del Sacramento del Matrimonio, los esposos cristianos gozan de una gracia especial, propia de este Sacramento, la cual está destinada a ayudarlos en su difícil tarea de procrear y educar a los hijos, de ayudarse mutuamente, santificándose en medio de los problemas que ciertamente acarrea la vida en común. Esta gracia permanece con ellos, les da la fuerza para seguir tomando la cruz matrimonial de cada día (cf. Lc. 9, 23), para perdonarse mutuamente (cf. Mt. 6, 12; 18, 21-22; Ef. 4, 22; Col. 3, 13) y para sobrellevarse mutuamente, llevando las cargas de uno y de otro (cf. Gal. 6, 2). (cf. #1641 y 1642Sin embargo, “existen situaciones en que la convivencia matrimonial se hace prácticamente imposible por razones muy diversas. En tales casos, la Iglesia admite la separación física de los esposos y el fin de la cohabitación. Los esposos no cesan de ser marido y mujer delante de Dios, ni son libres para contraer una nueva unión. En esta situación difícil, la mejor solución sería, si es posible, la reconciliación. La comunidad cristiana está llamada a ayudar a estas personas a vivir cristianamente su situación en la fidelidad al vínculo de su matrimonio que permanece indisoluble” (#1649).“La Iglesia mantiene, por fidelidad a la palabra de Jesucristo (‘Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla; y si ella repudia a su marido y se casa con otro comete adulterio’; Mc. 10, 11-12), que no puede reconocer como válida esta nueva unión, si era válido el primer matrimonio. Si los divorciados se vuelven a casar civilmente, se ponen en una situación que contradice objetivamente a la ley de Dios. Por lo cual no puede acceder a la comunión eucarística mientras persista esta situación, y por la misma razón no pueden ejercer ciertas responsabilidades eclesiales. La reconciliación mediante el sacramento de la Penitencia no puede ser concedida más que a aquéllos que se arrepientan de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo y que se comprometan a vivir en total continencia” (#1650).“Respecto de los cristianos que viven en esta situación y que con frecuencia conservan la fe y desean educar cristianamente a sus hijos, los sacerdotes y toda la comunidad deben dar prueba de una atenta solicitud, a fin de que aquéllos no se consideren como separados de la Iglesia, de cuya vida pueden y deben participar en cuanto bautizados: Se les exhorte a escuchar la Palabra de Dios, a frecuentar el Sacrificio de la Misa, a perseverar en la oración, a incrementar las obras de caridad y las iniciativas de la comunidad en favor de la justicia, a educar sus hijos en la fe cristiana, a cultivar el espíritu y las obras de penitencia para implorar de este modo, día a día, la gracia de Dios” (#1651).Es decir: “Contraer un nuevo matrimonio por parte de los divorciados, mientras viven sus cónyuges legítimos, contradice el plan y la ley de Dios enseñados por Cristo. Los que viven en esta situación no están separados de la Iglesia, pero no puede acceder a la comunión eucarística. Pueden vivir su vida cristiana, sobre todo educando a sus hijos en la fe”.
(#1665)Recordemos que el Matrimonio es un camino de santidad y, como tal, tiene sus exigencias y cruces. De allí que el Papa Juan Pablo II habló así a los jóvenes reunidos con él en Roma, respecto de la elección de la persona con quien compartir la vida: “¡Atención! Toda persona humana es inevitablemente limitada: incluso en el matrimonio más avenido suele darse una cierta medida de desilusión ... Sólo Jesús, el Hijo de Dios y de María, la Palabra eterna del Padre, puede colmar las aspiraciones más profundas del corazón humano” (JP II, 20-agosto-00).El Evangelio de hoy, muy oportunamente, continúa y concluye con un trozo referido a los niños, para completar la imagen de la familia. En efecto, los hijos “son el don más excelente del matrimonio y contribuyen mucho al bien de sus mismos padres. El mismo Dios que dijo: ‘No es bueno que el hombre esté solo (Gn. 2, 18) y que hizo desde el principio al hombre varón y mujer’ (Mt. 19, 4), queriendo comunicarle cierta participación especial en su propia obra creadora, bendijo al varón y a la mujer diciendo: ‘Creced y multiplicaos’ (Gn. 1, 28)”. (#1652) De ahí que la unión de los esposos y todo el sistema de la vida familiar originado en esa unión, tienda necesariamente a la procreación y educación de los hijos, la cual es la tarea fundamental del matrimonio y de la familia, sin dejar de reconocer los otros fines del matrimonio (cf. #1653), como son la ayuda y compañía mutua y la canalización del deseo sexual (VAT II: GS 48, 49, 50; PIO XI: Castii Connubii 37) .Respecto de la educación de los hijos, el Catecismo nos recuerda cómo el Concilio Vaticano II (LG 11) y la Encíclica Familiaris Consortio (FC 21), llama a la familia: “Iglesia doméstica”. En efecto, “el hogar cristiano es el lugar en que los hijos reciben el primer anuncio de la fe. Por eso la casa familiar es llamada justamente “Iglesia doméstica”, comunidad de gracia y de oración, escuela de virtudes humanas y de caridad cristiana” (#1666). “Los padres han de ser para sus hijos los primeros anunciadores de la fe con su palabra y con su ejemplo”. (#1656) Lo más reciente sobre el tema del Matrimonio y el Divorcio viene en un documento del Vaticano “La Pastoral de los Divorciados”, Recomendaciones del Pontificio Consejo para la Familia (14-3-1997), del cual extraemos algunas citas sueltas de mucha importancia:“Es preciso hacer todo lo posible para llegar a una reconciliación … Conviene ayudarles a tomar en cuenta la posible nulidad de su matrimonio … La Iglesia, fiel a la enseñanza de nuestro Señor (ver Mc. 10, 2-9), no puede expresar signo alguno, ni público, ni privado, que significara una especie de legitimación de la nueva unión.” Entre las sugerencias a los Obispos:
“Exhortar y ayudar a los divorciados que han quedado solos a ser fieles al Sacramento de su Matrimonio (ver Familiaris consortio 83)… Invitar a los divorciados que han pasado a una nueva unión a reconocer su situación irregular, que implica un estado de pecado y a pedir a Dios la gracia de una verdadera conversión… comenzar inmediatamente un camino hacia Cristo, único que puede poner fin a esa situación: mediante un diálogo de fe con la persona con quien convive, para un progreso común hacia la conversión, exigido por el Bautismo, y sobre todo mediante la oración y la participación en las celebraciones litúrgicas, pero sin olvidar que, por ser divorciados vueltos a casar, no pueden recibir los sacramentos de la penitencia y de la Eucaristía”.
Gentileza de Homilia.org

