El anuncio de la resurrección del Señor
En la Vigilia Pascual, al preparar el cirio pascual, símbolo
de Cristo resucitado, el sacerdote graba en él las letras
griegas Alfa y Omega, y llama al Señor Principio y Fin . Se
trata de un vocabulario que habla de la eternidad de Dios . Y es que,
a través de la pasión, la humanidad mortal y pasible
del Señor entró de manera plena y definitiva en la vida
eterna de la persona del Verbo, a la que estaba unida
hipostáticamente. La resurrección del Señor
constituye el completamiento del misterio de la encarnación .
Cristo no se ha retirado del mundo de los vivos, de nuestro mundo de
hoy. El sigue saliendo al encuentro de cada hombre para decirle: "No
temas, soy yo, el Primero y el Ultimo, el que vive; estuve muerto,
pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las
llaves de la Muerte y del Hades" (Ap 1, 17-18).
Cristo es
Alfa y Principio porque todo ha sido creado "por El y para El"
(Col 1, 16) . Su doctrina y su vida siguen vivificando la historia.
La unión con Cristo resucitado no es como aquella con
cualquier Santo que está en el Cielo, aunque sea de manera
excelente y superior. En realidad, la obra salvífica del Señor
es la que ha hecho posible la existencia del Paraíso. Todos
los Santos viven y reinan con Él y por Él.
Cristo
resucitado es Omega y Fin porque en El ha cumplido Dios todas las
promesas hechas a la humanidad. Él es el Deseado por todas las
naciones, por toda la creación. El universo contempla en su
humanidad resucitada esa plenitud que él mismo está
llamado a alcanzar. Cristo resucitado es el punto de convergencia de
los mejores anhelos y afanes de todos los hombres.
El cristiano
vive inmerso en esa plenitud de Cristo. No hay nada que desee fuera
de su Señor. Cristo es para el cristiano la síntesis y
la totalidad de todos sus ideales. Su vida cotidiana -vida de trabajo
y de familia- no busca otra cosa que plasmar en términos de
existencia diaria la vida eterna que Jesús vivió y
enseñó durante su paso entre los hombres.
A veces se
piensa en el Señor como un modelo limitado; es decir, en
cuanto ejemplo de hombre religioso o de hombre espiritual. En
realidad, la esperanza de Israel -y así lo manifiesta todo el
Nuevo Testamento- Jesucristo es modelo de hombre sin más;
desde cualquier punto de vista que se lo mire. Por consiguiente,
Cristo es para el cristiano ejemplo de normalidad, de auténtica
vida humana. Se trata de un modelo concreto, ya que refleja una
existencia humana bien determinada, y contempla nuestra situación
de pecadores . Además no es un modelo uniformante, sino que es
imitable por varones y mujeres, grandes y chicos, cultos o
iletrados.
Cristo vive. Jesús alcanzó esa vida
imperecedera porque destruyó la muerte con un amor más
fuerte que ella, porque "es fuerte el amor como la muerte"
(Ct 8, 6). Se trata del amor filial de Cristo, ya que la Cruz es
simple manifestación del amor de Cristo al Padre y a los
hombres . En ese amor filial de Cristo lo primero es la experiencia
del amor del Padre a El. De ahí fluye en abundancia el amor a
los hombres. Lo dijo el mismo Señor: "Como el Padre me
amó, yo también os he amado a vosotros" (Jn 15,
9).
Por consiguiente ese amor filial de Cristo se caracteriza ante
todo por la conciencia que El tiene de estar siempre delante de su
Padre como amadísimo Hijo unigénito en medio de su
casa, que es la familia humana y la entera creación. Esto es
la contemplación; es decir, una constante convivencia con Dios
Padre en medio del universo .
Cristo vive y por lo tanto sigue
llevando a cabo por amor a los hombres la misión mesiánica
que el Padre le encomendara. "Mesías" es palabra
hebrea que significa "Ungido". En griego se traduce con el
término Kristós, que se translitera en latín
Christus. Esa unción tiene una triple dimensión: como
Profeta-Maestro (aspecto docente), como Rey-Siervo (aspecto señorial)
y como Sacerdote-Liturgo (aspecto sacerdotal) .
De manera
especial, el "Ungido de Dios" significa el heredero de
todas las promesas de Dios a Israel y a la entera humanidad. Jesús
es la plenitud porque en El se cumple todo lo prometido por Dios. Más
precisamente hay que entender que Cristo hace realidad esas promesas
con su propia actuación; es decir, obrando la salvación
como Profeta, Rey y Sacerdote.
Siendo Hijo unigénito de
Dios, en Cristo podemos contemplar el perfil de vida que caracteriza
a un hijo de Dios. Su identidad filial es inconfundible. Por eso vale
la pena conocerla bien. A veces nos conformamos con una idea vaga del
estilo de vida de Jesús. Incluso no se llega a saber a ciencia
cierta en qué difiere Jesús de los fundadores de otros
cultos y religiones.
Sobre todo hay que captar algo esencialísimo: el comportamiento propio
de Jesús hunde sus raíces en la precisa conciencia que tuvo de ser
el Hijo de Dios. Esto quiere decir, en otras palabras, que la realización
de la misión por parte de Cristo arraiga en su contemplación del
Padre, en la oración constante.