JESUCRISTO, SEÑOR DEL TIEMPO Y DE LA HISTORIA
Hay un tiempo para nacer,
y un tiempo para morir,
un tiempo para plantar
y un tiempo para arrancar lo plantado,
un tiempo para destruir
y un tiempo para edificar,
un tiempo para buscar
y un tiempo para perder... (Ecles. 3)
Pasan los días, los años y la
erosión del tiempo pareciera cubrir nuestra vida del polvo de
la rutina. Los hombres caemos así en una concepción
triste y desesperanzada del devenir humano. La eterna rotación
del acontecer levanta su estandarte de monotonía: siempre lo
mismo, “no hay nada nuevo bajo el sol” (Ecles. 1,9). Hay
quienes, por el contrario, se aferran al presente y sentencian:
“carpe diem”, aprovecha el día porque después
de esta vida nada hay.
El modo de concebir el tiempo y la finalidad de
la historia tiene gran impacto sobre la manera de afrontar el
presente. ¿Será lo mismo transitar esta vida si al
final del camino nada nos espera, que caminar sabiendo que en la meta
hay una Presencia y un abrazo? (Cfr. Jesucristo Señor de la
Historia, Conferencia Episcopal Argentina, 2000).
Vivimos hoy una realidad agnóstica y
atea, es decir, descristianizada. La falta de sentido hunde al hombre
en un abismo de relativismos y atropellos contra su propia dignidad,
contra el valor de la vida. De ahí la urgente necesidad de
reaccionar contra la mentalidad ordinaria para alimentar nuestro
pensamiento y nuestra acción con una inspiración
auténticamente cristiana (Marrou, Teología de la
Historia, Madrid, Rialp 1978, p.27). ¿No es una Vida con
mayúscula y no con minúscula la que estamos llamados a
vivir?
La respuesta a esta situación de
incertidumbre, pesadumbre, falta de valores y sentido que encubre la
realidad de hoy nos la da el misterio de la Encarnación. Dios
ha salvado al hombre en el tiempo y en la historia. Es en el corazón
de la vida, en medio de sus circunstancias concretas: vínculos,
conflictos y dolores; sentimientos, experiencias y acontecimientos;
personas y comunidades donde Jesús nos ofrece la salvación.
Jesús, hecho un niño en Belén e indefenso
también en la cruz quiso someterse a los límites de
esta historia (Jesucristo... , p.21). Quiere depender de nuestra
libertad porque quiere que la opción libre del hombre en el
tiempo repercuta en la eternidad.
Construyamos entonces con “andamiajes
temporales la casa permanente” (San Agustín, Sermones
362 7 PL 38). Con Jesucristo la eternidad entra en la historia, la
grandeza en lo pequeño, la redención en la vida de cada
día. Contemplando el rostro de Cristo, el hoy del hombre tiene
una perenne novedad: el Reino de los Cielos está aquí,
puso su morada en el tiempo, en la historia de cada hombre. Si el
presente tiene semillas de eternidad hay un fruto eterno que en el
tiempo ya podemos saborear.