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FAVORES QUE PEDIMOS A LOS SANTOS

200 relatos en vivo de la intercesión de San Josemaría

Pbro.Dr. Flavio Capucci (postulador de la causa)

Presentación de Mons. Joaquín Alonso

SUMARIO

PRESENTACIÓN (Mons. Joaquín Alonso)

NOTA DEL AUTOR

I A FAVOR DE LAS FAMILIAS

MADRES E HIJOS

MATRIMONIOS EN PELIGRO

RECIBIENDO UNA NUEVA VIDA

LOS HIJOS NO LLEGABAN

LOGRARON CASARSE

II ENFERMEDADES PEQUEÑAS Y GRANDES

CASOS DIFÍCILES

LEVES PERO MOLESTAS

CASOS DE SIDA

EN LA FRONTERA DEL ALMA Y EL CUERPO

III VIDAS DIFÍCILES

GENTE CON PROBLEMAS

ATRAPADOS POR LA DROGA O EL ALCOHOL

PROBLEMAS CON LA JUSTICIA

PONIENDO PAZ ENTRE LA GENTE

APUROS VARIOS

IV EN EL TRABAJO PROFESIONAL

SIN TRABAJO

BUSCANDO UN EMPLEO MEJOR

APUROS Y EMERGENCIAS EN EL TRABAJO

EMPRESAS CON DIFICULTADES

AGOBIOS DE ESTUDIANTES

V LO MÁS IMPORTANTE

VOLVER A LA IGLESIA

AL FINAL DE LA VIDA

EN LA VIDA CORRIENTE

BUSCANDO LOS MEDIOS PARA AYUDAR A OTROS

DEFENDIENDO VALORES

VI ACCIDENTES Y PELIGROS

VIVOS DE MILAGRO

PRÁCTICAMENTE ILESOS

INSECTOS TEMIBLES

NIÑOS EN PELIGRO

PRESENTIMIENTOS

SALVADOS DE UN GRAVE RIESGO

VII DOS POR UNO

VIII EN MANOS DE LADRONES Y OTROS DELINCUENTES

NUNCA ES TARDE PARA ARREPENTIRSE

EN PELIGRO DE PERDER LA VIDA

COSAS ROBADAS

IX DE ANDAR POR CASA

APARATOS ESTROPEADOS

AMAS DE CASA EN APUROS

A VUELTAS CON LA CASA

OBJETOS PERDIDOS

SERVICIOS PÚBLICOS

MENUDO DESPISTE

X GENTE QUE REZA

AYUDANDO A LOS SACERDOTES Y RELIGIOSOS

LA ORACIÓN DE LOS NIÑOS

MADRES CON FE

DEL LÍBANO A LA SELVA BRASILEÑA

GENTE HONRADA

 

 

NOTA DEL AUTOR

En torno a la figura de San Josemaría Escrivá ha cristalizado, desde el mismo momento de su muerte, un auténtico fenómeno de piedad popular del que se puede decir que está empedrado el itinerario de su causa de canonización. Constituyen su expresión más significativa los más de 120.000 testimonios firmados de favores espirituales y materiales obtenidos a través de su intercesión ante Dios.

Al acercarse la canonización de Josemaría Escrivá, surgió la idea de publicar algunos de esos relatos, pues las experiencias tangibles de la misericordia divina que refieren son un patrimonio de fe vivida que merece ser compartido por todos los cristianos. El resultado es este libro, en el que se han transcrito, con fidelidad a los originales, algunas de las cartas conservadas en el archivo de la Postulación. Se han eliminado los nombres de los firmantes y la indicación de la ciudad de procedencia, para salvaguardar la intimidad de sus protagonistas. Abarcan un periodo de veintisiete años: desde el fallecimiento de San Josemaría, el 26 de junio de 1975, hasta su canonización, el 6 de octubre de 2002. Por eso, las narraciones usan distintos tratamientos para referirse a él: Siervo de Dios, Venerable, Beato... que corresponden a las distintas fases que atravesó su causa de canonización. Otras personas le llaman simplemente el Padre, o nuestro Padre, porque se sienten hijos de su oración y vida santa.

Por dos motivos he pedido a Mons. Joaquín Alonso un texto de presentación: por una parte, porque desde hace años es Consultor Teólogo de la Congregación para las Causas de los Santos y posee, por tanto, un profundo conocimiento de las implicaciones existenciales del misterio de la santidad en la Iglesia; por otra, porque ha sido durante mucho tiempo uno de los más directos colaboradores de San Josemaría en el gobierno del Opus Dei, lo que le ha permitido experimentar en primera persona su paternidad espiritual.

Mons. Flavio Capucci

 

 

PRESENTACIÓN

En este mundo, los santos han vivido para amar a Dios y a los demás, imitando a Jesucristo que «pasó haciendo el bien»[1]. Pero cuando llegan al cielo, como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, «no dejan de cuidar de aquellos que han quedado en la tierra. (...) Su intercesión es su más alto servicio al plan de Dios. Podemos y debemos rogarles que intercedan por nosotros y por el mundo entero»[2].

Parece, en efecto, que en el cielo Dios les concede la posibilidad de continuar la misión que cumplieron aquí abajo, pero aún más fecundamente. "Desde el cielo os podré ayudar mejor", nos decía San Josemaría al final de su vida, a la vez que nos pedía que rezáramos por él, para que se "saltara" el Purgatorio.

Agradezco a Mons. Flavio Capucci, Postulador de la Causa de canonización de San Josemaría Escrivá de Balaguer, que me haya pedido prologar este libro, testimonio vivo de esa promesa de San Josemaría. Después de más de 20 años trabajando cerca de este santo, he comprobado que tenía razón. Fue enorme la ayuda de su vida santa a quienes le rodeábamos y a tantos millones de personas a través de sus libros. Pero desde que dio el salto al cielo, su ayuda se ha multiplicado y ha llegado a una inmensa multitud de corazones, por obra de su intercesión ante Dios por las necesidades, grandes o pequeñas, de muchas personas. Y lo más interesante: que si intercede, por ejemplo, para que una chica encuentre la lentilla que perdió en el autobús, toca, a la vez, ese corazón, para que dé entrada a Jesucristo.

La misión que Dios confió a Josemaría Escrivá de Balaguer, el 2 de octubre de 1928, fue fundar el Opus Dei, un camino de santificación a través del trabajo profesional y del cumplimiento de los deberes ordinarios del cristiano[3], por medio del cual el Señor quería recordar que todos los fieles pueden y deben ser santos; también la "gente corriente": casados o solteros, de cualquier profesión honrada, enfermos y sanos, jóvenes y viejos, pobres y ricos. Por eso estoy convencido de que San Josemaría sigue desempeñando esa misma misión desde el cielo: ayudar a muchas personas a encontrar a Jesucristo en medio de los problemas, las ilusiones, los dolores y alegrías de la vida cotidiana. Con Jesucristo, el panorama archisabido de todos los días adquiere una inesperada novedad, una grandeza insospechada, al ser iluminado por el amor redentor de nuestro Señor.

Para ayudarnos a descubrir esta perenne novedad que la luz de Cristo proyecta en el trajín de todos los días, San Josemaría sigue "intrigando" desde el cielo, sigue enseñándonos a amar. Y se vale de favores, grandes o pequeños, que son la envoltura de una llamada de Dios al alma. Del hallazgo de la lentilla o de la maleta perdida, o de la curación de una anorexia, se pasa a un encuentro inesperado con Jesucristo. Y me parece que en el fondo esto es lo que anda tramando San Josemaría desde el cielo.

Leyendo las cartas que relatan las gracias obtenidas por la intercesión de Mons. Escrivá, se observa una variedad asombrosa de situaciones: desde amas de casa agobiadas por un pequeño problema doméstico hasta drogadictos o gente que se encuentra al borde del suicidio. Algunas cartas narran historias tremendas: vidas destrozadas y sin aparente salida. Otras cuentan la lucha contra enfermedades como el SIDA, el cáncer o la depresión, o explican cómo una persona querida se ha librado de un fusilamiento, de un grave accidente de tráfico o de un secuestro. Hay quienes obtienen un trabajo, encuentran objetos perdidos, recuperan la paz de su hogar o superan un examen difícil. Además, en la mayoría se habla también de un acercamiento a Dios, a veces después de una vida muy alejada de la fe.

Proceden de personas muy diversas: desde religiosas de clausura hasta no cristianos. La grandísima mayoría de esas personas no pertenecen al Opus Dei y, en muchos casos, saben poco de esta prelatura personal de la Iglesia Católica y de su Fundador: han acudido a este sacerdote porque alguien les ha proporcionado una estampa o una Hoja informativa sobre San Josemaría.

¿Qué hay de común en estos relatos? Varias cosas. En primer lugar, tienen poco de "maravilloso": no hablan de fenómenos paranormales, clamorosos, aunque entre los favores obtenidos por intercesión de San Josemaría no faltan hechos científicamente inexplicables, en particular ciertas curaciones extraordinarias que han podido ser verificadas experimentalmente y de las que se han recogido algunas en otro libro[4]. Pero en general, insisto, los favores atribuidos a Josemaría Escrivá son muy... "normales". Hablan de una Providencia ordinaria de Dios, que cuenta con causas o acontecimientos explicables humanamente, aunque a menudo resultan sorprendentes. Y muestran cómo el favor recibido ha atraído a la persona a acercarse más a Jesucristo, a pensar quizá si estaba viviendo a fondo su vida cristiana.

Esa realidad cuadra mucho con el mensaje y el modo de ser del Fundador del Opus Dei, que fue un verdadero "apóstol de la vida ordinaria". Se consideraba "poco milagrero" y rehuía instintivamente todo lo que sonaba a "prodigio" o cosa "maravillosa". En Camino, su libro más difundido, escribió: «No soy "milagrero". —Te dije que me sobran milagros en el Santo Evangelio para asegurar fuertemente mi fe»[5]. Creía sobre todo en los milagros diarios de la Eucaristía, de los sacramentos, de la gracia. Desde el cielo, pues, ha continuado enseñando a descubrir a Jesucristo en la vida cotidiana, para que nadie confíe temerariamente en que Dios intervendrá «para resolver las consecuencias de la ineptitud o para facilitar nuestra comodidad. El milagro que os pide el Señor —señalaba en una homilía— es la perseverancia en vuestra vocación cristiana y divina, la santificación del trabajo de cada día: el milagro de convertir la prosa diaria en endecasílabos, en verso heroico, por el amor que ponéis en vuestra ocupación habitual»[6].

El aspecto que más me ha llamado la atención —como he dicho— es que los favores obtenidos por San Josemaría tienen casi siempre dos caras: no se limitan a resolver un problema, sino que dejan también una luz, un fruto espiritual en las personas que lo invocan.

Era también éste un rasgo muy suyo: la unidad entre la vida y la fe. Le parecía un contrasentido acudir a los santos para solucionar un problema y a la vez llevar una existencia alejada de Dios, sin el mínimo deseo de enmendarse. Actitud que, por desgracia, lleva a que algunas personas confundan la piedad con la superstición.

Todas las penas y congojas humanas están reflejadas en estos relatos. Unos resultan conmovedores, otros sorprendentes, pero todos hablan de la vida real, de situaciones que quizá el mismo lector haya tenido que afrontar alguna vez. Ofrecen también lecciones de fe y esperanza y permiten acercarse a tanta gente que anda por el mundo y que reza, con sus penas a cuestas y con la mirada en el Cielo. Son, en fin, una ventana sobre el mundo, sobre una humanidad que vive sus pequeños o grandes dramas bajo la mirada de un Dios que no se desentiende de nosotros.

Aunque a veces siga sus propios caminos para ayudarnos, el Señor nunca pasa de largo por nuestras necesidades: está siempre tendiéndonos sus manos. En una iglesia de Münster hay un Crucifijo, grande, de madera. Una bomba lo dejó sin brazos. Y se leen sobre la Cruz estas palabras: "Yo no tengo otras manos que las vuestras". Los santos son las manos de las que se vale Cristo para ayudarnos. Quizá este libro nos haga pensar que el Señor nos está pidiendo, también a nosotros, que le prestemos nuestras manos.

Mons. Joaquín Alonso

cap. 1

A FAVOR DE LAS FAMILIAS

—¿Por qué dice que bendice con las dos manos el amor humano?

Se lo preguntaron a San Josemaría en 1970, en México. Durante los años 70, hasta su fallecimiento, el Fundador del Opus Dei recorrió varios países de Europa y América, donde desarrolló una vasta labor de catequesis, predicando ante grupos diversos, en ocasiones de varios millares de personas. No se trataba de conferencias, mesas redondas o algo parecido. Eran reuniones de carácter familiar: tertulias, en las que la gente le preguntaba sobre diversos temas, relacionados con la vida cristiana.

En esas tertulias, la materia de conversación era siempre muy parecida. Cuando se encontraba entre personas casadas, a menudo le preguntaban sobre la familia, el matrimonio, la educación de los hijos, los problemas en el hogar... Sus respuestas ofrecían consejos de carácter general: no podía ser de otro modo —explicaba— porque desconocía las circunstancias concretas de su interlocutor y no era cuestión de sacarlas allí, a la luz pública... Pero, a la vez, proporcionaba orientaciones concretas que servían tanto al que había preguntado como a los demás. Provenían de un sacerdote que conocía muy bien lo que Dios pide a cada miembro de la familia: al marido y a la mujer, a los hijos, a los abuelos...

Su visión del amor humano limpio no podía ser más positiva: enseñó que el matrimonio es también una vocación cristiana, "un camino divino" para llegar a la santidad. Por eso, cuando le preguntaron en México por qué lo bendecía "con las dos manos" —ya que usaba esta expresión con frecuencia— San Josemaría respondió:

—Porque no tengo cuatro...

Ahora, como intercesor ante Dios, sigue velando por tantas familias que le confían sus problemas. Hay quienes le piden encontrar la persona adecuada para casarse; otros, que salve su matrimonio en peligro; muchos le ruegan para tener hijos, ante la imposibilidad física de lograrlo; hay padres que piden por sus hijos e hijos que rezan por sus padres. Como se verá por los relatos que siguen, San Josemaría concede muchos favores a las familias. Su bendición al amor humano está teniendo —así parece concedérselo Dios— una eficacia cuadruplicada.

MADRES E HIJOS

«El Beato en su vida fue humano y alegre y cercano a la juventud, creo que por eso no me ha decepcionado». Así escribe una señora española después de contar los sufrimientos que pasó con toda su familia, a causa de un hijo que tenía muchos problemas. Ella dice que este relato podrá ayudar a otras personas que estén en su mismo caso, «porque, por desgracia, pienso que hay muchas madres desesperadas que, si piden con fe y con constancia, serán escuchadas como lo fui yo».

Mi casa se volvió un infierno (España)

Soy una madre de familia de 61 años, tengo cuatro hijos, tres chicos y una chica. Hemos procurado criarlos y educarlos lo mejor posible, dándoles nuestro cariño y nuestro apoyo. Sin embargo, el segundo de mis hijos, que actualmente tiene 34 años, regresó de la mili como un despojo. No sé lo que allí sucedería, pero me figuro que nada bueno, pues mi hijo regresó bebiendo y consumiendo drogas.

Como consecuencia de todo esto hubo muchos disgustos familiares y mi hijo decidió con tan solo 22 años casarse. No estábamos de acuerdo, pues veíamos su inmadurez y el desastre que esto podría traer, como así sucedió.

Al año y medio hubo una separación que le llevó a una depresión grande. Se refugió aún más en todo lo nocivo —alcohol y drogas— y esto fue un caos. Fuimos a médicos, a psiquiatras, siguió terapias que siempre se quedaron a medias, nada funcionaba, su carácter fue cambiando a peor por momentos. Mi casa se volvió un infierno.

En el año 88 empezaron a darle ataques epilépticos y después de muchas pruebas se le detectó un tumor en el cerebro, un astrocitoma. Nuestra desesperación fue terrible, pues cada poco había que ingresarlo en la U.C.I. de Puerta de Hierro, donde los doctores hacían lo que podían. Mi hijo se había desequilibrado, pues verse con 28 años poco menos que desahuciado, ciertamente es muy duro.

A pesar de lo que le indicaban los médicos, él no hacía caso a nadie, ni dejó de beber ni de fumar y se fue lejos de nosotros.

Así estuvo cinco largos años, en los que apenas tuvimos trato. Sufrí mucho y recé mucho a la Santísima Virgen del Escorial, y sé que la Virgen me escuchó; pues en las últimas resonancias magnéticas que le hicieron, y debido a la radioterapia, el tumor era según mencionaban "apenas imperceptible". Por aquel entonces él se había unido a otra persona, con la que convivía y de la que, debido a su mal comportamiento, tuvo que separarse.

Esta nueva separación vino a empeorar la cosa, regresó de nuevo a nuestra casa, con la desaprobación y el disgusto de mis otros hijos, pues, aunque los resultados médicos eran mejores, al no llevar él a rajatabla las indicaciones de no probar el alcohol, tenía crisis epilépticas terribles, cada dos por tres, con el consiguiente disgusto de ver cómo se iba deteriorando.

Un día que yo salía de trabajar, cogí un taxi, y, qué cara de descompuesta no llevaría, que el conductor me preguntó qué me sucedía. El buen hombre me dio una estampa del Beato Escrivá de Balaguer y me dijo que le rezara. Puse la estampa junto a la foto de mi hijo y a la de la Virgen, y cada día rezaba y pedía.

Y así llegamos al año 94. Todo seguía peor. El 1º de noviembre cayó con una crisis que lo tuvo a las puertas de la muerte durante 26 días. Cuando salió del hospital no me lo creía. Fue entonces cuando le dije al Beato: "mira Beato, si tú logras que mi hijo, ahora que Dios y la Santísima Virgen me lo han devuelto, sea como antes, un niño estupendo y cariñoso, te prometo que lo haré saber, porque considero que, por desgracia, esto está tan perdido que se vería a ojos vistos que habrías hecho un gran milagro".

Y así ha sucedido. Desde aquel momento mi hijo mejoró, no volvió a probar el alcohol, se reintegró poco a poco a su trabajo, se ha vuelto cariñoso, agradecido, trabajador, pendiente de todo y de todos los problemas que pueda haber en la familia, es en fin como si un ángel se hubiera apoderado de su ser, es otra persona.

Sus hermanos, que al principio desconfiaban, están hoy encantados con él, ha vuelto a unir a la familia y a lograr que seamos felices de tenerle junto a nosotros.

Por eso, hoy me veo obligada con gran honor a decir que el Beato hizo un gran milagro, que no pararé de darle gracias y que yo propia diría que se le hiciera abogado de la juventud perdida.

Procuro comunicar a todas la personas que puedo el bien que he recibido, y pido que le recen para toda aquella persona que lo necesite. (...) Pues hoy es maravilloso repetir que, gracias a Dios y a la Virgen, con la intercesión del Beato Escrivá de Balaguer, he recuperado a un hijo y a mi familia. Que Dios nos bendiga a todos.

No conseguía aceptar un hijo así (Italia)

Quiero dar a conocer la ayuda que he recibido y que estoy todavía recibiendo del Beato Josemaría Escrivá. Tengo dos hijos guapísimos de diez y cuatro años. El mayor ha tenido, desde su nacimiento, ligeros problemas que han trastornado mi vida. Cuando comenzó a asistir a la escuela primaria, las cosas se precipitaron: hablaba poco, mal y tenía una inmadurez de dos años de diferencia respecto a sus compañeros.

Han sido cinco años duros, acompañados de un ir y venir a distintos especialistas; pero ninguno sabía indicarnos un tratamiento adecuado, porque el niño no tenía problemas de aprendizaje, sino de ejecución, de comportamiento y de inmadurez. Desde el segundo año de la escuela primaria tenía una profesora de apoyo para el italiano y las matemáticas, y el niño, aunque continuaba mejorando, estaba aún lejos de llegar al mismo nivel que sus coetáneos.

Entre sus crisis y, sobre todo, las mías y las de su padre; entre llantos y una mezcla de "odio-amor", llegamos al quinto año de la escuela, siempre con su profesora de apoyo y con los problemas habituales de inmadurez, concentración, ejecución lenta.

En casa ya no se podía vivir. No conseguía aceptar a este hijo, y menos a mi marido, a quien culpaba de que nuestro hijo presentase estos problemas. Hasta que, a finales de enero, recibí la Hoja Informativa nº 20. No la miré enseguida, pero la dejé sobre el mueble, al alcance de la mano. Una mañana, en plena crisis de abatimiento, la miré, y algo me movió a leer y a releer las cartas de los devotos al Padre. Entonces decidí rezar al Beato Josemaría, hasta que me hiciera aceptar con amor a mi hijo con todas sus deficiencias.

Pocos días después me sentí más serena y veía a mi hijo distinto; pensé decir la oración de la estampa con él. Por la mañana, después del desayuno, rezábamos al Padre para que me transmitiese a mí mucho amor para dárselo a mi familia y a él ayuda para superar sus dificultades.

En sólo tres mañanas su rendimiento escolar había mejorado notablemente. ¡Incluso las maestras estaban sorprendidas del cambio! Yo me sentía otra persona, y en casa había vuelto la armonía familiar. A mitad de febrero presenté los módulos de inscripción para la escuela secundaria y estaba en espera de una llamada de las profesoras para pedir de nuevo el refuerzo, también para los tres próximos años.

Mientras tanto, el niño "florecía": hablaba muy bien, sin trabarse, escribía cada vez mejor y traía a casa buenas notas (incluso A). El 23 de febrero fui a recoger las libretas escolares y, con gran sorpresa por mi parte, me informaban de que no necesitaría refuerzo en la escuela secundaria, porque ahora su único problema era la lentitud. Las profesoras me dijeron también que desde hacía veinte días el niño estaba transformado y ya no le reconocían.

He agradecido rápidamente al Beato Josemaría Escrivá lo que estaba sucediendo y he seguido rezando todas las mañanas con él. Finalmente, mi marido ha comenzado a rezar y a creer sin dudar. Hemos empezado también a ir a la parroquia a Misa, los cuatro juntos, sin sentirnos obligados y con serenidad.

Para acabar bien este favor, quiero contar que hace diez días, al regresar mi hijo del colegio, nos ha comunicado que no tendría clases de refuerzo ni siquiera este año, sino que se quedaría en clase con las profesoras y sus amigos. Las profesoras habían decidido hacerle seguir las clases porque el hecho de que uno sea lento no significa que deba ser tratado de modo diverso.

Estoy convencida de que todos estos cambios se deben a la intercesión del Beato Josemaría. Nosotros continuamos rezando y dando gracias. Cada mañana pedimos que permanezca cerca y nos ayude a mantener todo lo que hemos conseguido. Yo sé que él está siempre presente y, cuando me desanimo un poco, me dirijo a él con un pensamiento y una oración, y rápidamente estoy mejor.

Sin noticias de un hijo (Costa de Marfil)

Mi hijo estaba estudiando, desde hacía años, en Estados Unidos. Me enviaba noticias suyas a menudo, hasta que en cierto momento dejó de hacerlo. Ya habían pasado tres meses de silencio y no sabía nada de él, excepto que había cambiado de dirección. Naturalmente, esto me producía inquietud.

Una tarde de este mes de septiembre, mi hermana me regaló una estampa del Beato Josemaría Escrivá. Hacia las once de la noche, recé la oración para pedir al Señor que velara sobre mi hijo que estaba lejos y que me hiciera llegar noticias suyas.

Esa misma noche, hacia las tres, mi hijo telefoneó para decirme que todo le iba bien y para darme su nueva dirección. Ahí acabó mi intranquilidad. No se trató de una simple coincidencia, pues mi hijo nunca había llamado a las tres de la madrugada.

Doy gracias al Señor por haberme oído en tan breve tiempo, a través de la poderosa intercesión del Beato Josemaría.

MATRIMONIOS EN PELIGRO

Matrimonios rotos o a punto de romperse, problemas familiares complicados, que a veces parecen inamovibles por el tiempo transcurrido y por los sentimientos que provocaron: son algunas de las situaciones que se encomiendan a San Josemaría, implorando su intercesión. En varios casos, esa ayuda se dirige a los mismos interesados; en otros, San Josemaría pone en nuestro camino a un amigo fiel que nos ayuda diciéndonos la verdad. Con razón dice la Biblia que «un amigo fiel es una protección potente, quien lo encuentra, encuentra un tesoro»[7].

Siempre me ha impresionado comprobar cuántos matrimonios se habrán salvado a través de la intercesión de San Josemaría. Los relatos que aquí se recogen representan una mínima parte de los millares que se han recibido en estos años en las oficinas de la Postulación, y no son todos, pues bastantes de estos favores nunca llegarán a conocerse. Ya en vida contribuyó a que muchos hogares recuperaran la paz y la alegría, animando a que marido y mujer supieran perdonarse, quitaran importancia a los defectos y debilidades del otro, y aprendieran de nuevo a quererse. Pero en el cielo parece especialmente activo en este frente tan importante para la familia y la entera sociedad.

Un choque providencial (Uruguay)

Hace ya más de un año que mi hija, casada y con dos hijas, se empezó a llevar mal con su marido. Es psicóloga y lamentablemente desde un principio no estuvo bien asesorada por algunas colegas que le aconsejaban que se separase de su marido, alegando que ella estaba haciéndose un mal a sí misma y a sus hijas. Ella decía que ya no lo quería más y sostenía que su decisión era algo absolutamente irreversible. Se separaron y mi yerno se fue de la casa.

Ante esta situación, yo empecé a acudir a la intercesión del Beato Josemaría, pidiéndole que hiciera algo. Tanto la madre de mi yerno como yo, pedíamos por los dos, para que se recompusiera la situación. Mientras tanto mi yerno empezó a acercarse a Dios y a hablar con frecuencia con un sacerdote de la Obra.

La situación no parecía mejorar, hasta que un día vino mi yerno a decirme que mi hija le había pedido el divorcio. Entonces, ante tal noticia, me encaré con el Padre y rezando con fuerza la oración de la estampa con reliquia[8], le dije que él no podía permitir eso, que él bien sabía lo que era pedir y que tenía que hacer algo. Y me pasé prácticamente sin dormir esa noche, rezándole. Por momentos me preguntaba si mi actitud con el Beato Josemaría sería un poco atrevida, pero pensé que los hijos tienen derecho a pedir cosas a sus padres y yo, como hija, le estaba pidiendo una cosa buena.

A los pocos días volvía mi hija de un curso y se le descompuso el auto en la rambla. Fue a hablar por teléfono a casa de una amiga, para pedir auxilio al Automóvil Club. Le dijeron que esperara una hora y media. Al llegar al auto se encontró con un papel que le había dejado su marido, que casualmente había pasado por allí y había visto el auto descompuesto. Allí le decía que, si necesitaba algo, lo llamara. Ella fue nuevamente a llamarlo por teléfono y cuando volvió, le habían chocado el auto.

En ese momento llegó su marido, que le dijo que cuando ella lo había llamado, él le estaba escribiendo una carta con una estampa del Beato y que sin releerla se la había llevado para que ella la leyera en ese rato que esperaba el auxilio. Al ver el auto chocado, le estuvo ayudando y le dejó la carta. En esa oportunidad estuvieron hablando un largo rato y después él la llevó a su casa.

Ella me comentó que esa carta le había impactado mucho, porque veía que la actitud de su marido había cambiado y que ahora él reconocía sus errores y tenía una actitud más abierta. La lectura de la carta tuvo tal efecto en ella, que la llevó a interrumpir el trámite de divorcio. Luego de esto hablamos a fondo y por primera vez, noté que su actitud estaba cambiando, le aconsejé que siguiera hablando con su marido para ver si podría solucionarse el problema. De ahí en más empezaron a salir, a hablar, pero ella no se animaba a tomar decisiones, decía que tenía que pensarlo mucho, para no ilusionar a las hijas.

Yo, mientras tanto, seguía rezándole al Padre para que solucionara todo. Y finalmente el 9 de enero de este año, después de la Misa en la que pedí con especial fuerza que se decidieran de una vez, al llegar a mi casa, me dieron la noticia de que se había arreglado su matrimonio y que al día siguiente se iban de vacaciones a una ciudad del interior del país. Tengo la certeza absoluta de que este favor fue concedido a través de la intercesión del Beato Josemaría a quien ahora le encomiendo que aumente la familia.

Por continuos malos tratos (Colombia)

A mediados de 1977, una joven señora confió a mi patrocinio legal la causa de separación entre ella y su marido. Entre otras cosas, acusaba al cónyuge de continuos malos tratos verbales y físicos, y de echarla de casa a menudo cruelmente. En una de estas ocasiones, se presentó visiblemente afligida en mi despacho, para preguntarme cómo debería comportarse en espera de la resolución jurídica del suceso.

Después de haberle dado a conocer sus derechos y la normativa vigente, le propuse también —con gran sorpresa por su parte— recurrir a otro "abogado": le hablé del Beato Josemaría, y le mostré un ejemplar de la Hoja informativa y la estampa. Dijo que era católica, pero desde hacía ya bastante tiempo se había alejado de las prácticas de piedad. De todos modos, aceptó hacer una novena a Mons. Escrivá de Balaguer.

No habían transcurrido aún nueve días y de nuevo la encontré en mi despacho: esta vez me pidió, muy contenta, que suspendiera la acción legal. Había recitado devotamente la oración, dejando después hábilmente la estampa y la Hoja Informativa sobre la cómoda del marido.

Una noche lo vio leer atentamente el folleto y, desde aquel momento, notó en él un cambio profundo. Tres días después, el marido le preguntó: "Tesoro, ¿quién te ha dado aquel folleto sobre Mons. Escrivá de Balaguer?". "Un amigo. ¿Por qué?". "Porque este sacerdote te acaba de hacer un milagro. Te prometo que a partir de hoy seré un buen marido".

Recientemente mi ex-cliente me ha pedido otros ejemplares de la Hoja Informativa: quiere distribuirlos entre sus parientes y conocidos.

Se ilusionó con una compañera de trabajo (España)

Tengo una hija de treinta y dos años, casada, que reside fuera de nuestra ciudad. Lleva trece años de matrimonio y siempre les he visto muy unidos y felices. Tienen cuatro hijos preciosos.

De pronto, él se ilusionó con una compañera de trabajo, se lo contó a mi hija, y se fue a vivir con ella unos días.

Mi hija se vino a nuestra ciudad con las cuatro criaturas, para dejarle a él en libertad. Mi hija estaba al borde de la desesperación ya que, por desgracia, es indiferente en materia religiosa. Los niños sufrían mucho, sobre todo la mayor, de once años, que ya se daba cuenta.

Mi yerno y su amiga pensaron pedir plaza en otra capital para vivir juntos, ya que, donde les conocían, veían mal su situación.

Toda la familia sufrió muchísimo. Mi marido y yo comenzamos a hacer ininterrumpidamente novenas al Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer.

Mes y medio más tarde, mi yerno llamó por teléfono a mi hija, diciéndole que deseaba hablar con ella. Cuando todos pensábamos que venía para formalizar la separación, resultó que vino a reconocer su mala conducta, a pedir perdón y a decir que ya no se separaría de ella y de sus hijos. Efectivamente, desde ese momento viven felices, como al principio.

En la familia, nadie encuentra explicación: mi marido y yo sabemos que se trata de un favor que nos ha concedido Mons. Escrivá de Balaguer, a quien seguimos rezando para darle gracias.

¡Que papá y mamá no se separen! (Puerto Rico)

Hace varios meses recibí una llamada de mi madre. Se le escuchaba triste y con muy pocas ganas de luchar. Había decidido separarse de mi padre —tenían 30 años de matrimonio— ya que pensaba que aquella situación que atravesaban no la podrían superar. Días después, hablé con mi padre y me pidió que les encomendara de manera especial.

A medida que pasaba el tiempo las cosas se iban poniendo peor, y yo aumentaba el número de oraciones de la estampa del Beato Josemaría. En mis conversaciones con ellos, les aconsejaba que volvieran a la Iglesia, a recibir los sacramentos, a rezar, a luchar y a poner todo en las manos de Dios. Seguía pasando el tiempo y las noticias no eran nada favorables. Todo parecía indicar que el desenlance sería una separación definitiva. De mi parte, no cesaba de pedir a Dios a través de nuestro Padre por la conversión interior de los dos.

Mi madre entró en una crisis muy delicada. Ante semejante situación, mi padre reaccionó y comenzó a poner los medios humanos para salvar su matrimonio. Pero se daba cuenta de que esto no era suficiente. Entonces decidió confesarse y recurrió a la dirección espiritual, cosa que no ha dejado de hacer todas las semanas. Además de la Santa Misa dominical, asistía también entre semana, rezaba a diario el Santo Rosario y no dejaba de ponerle flores a la Virgen. Él insistía en poner un final feliz a la pesadilla que estaban viviendo. Mi madre seguía negativa, no quería perdonar.

Pasaron diez meses de aquella dolorosa llamada, cuando un buen día mi padre me dijo: "¡Ha ocurrido el milagro: tu madre y yo nos hemos reconciliado!"

RECIBIENDO UNA NUEVA VIDA

Son favores que, seguramente, San Josemaría tendrá especial alegría en conceder. Lo sugiere su gran amor al maravilloso don que Dios ha dado a los padres: la transmisión de la vida. Le llenaba de alegría conocer el heroísmo de tantos padres que, para acoger un nuevo hijo, deben afrontar serias dificultades o un ambiente contrario. Con fuerza y claridad repetía la doctrina de la Iglesia sobre el respeto a la vida desde la concepción. Y animaba a los matrimonios que no podían tener hijos, asegurándoles sus oraciones. Por eso, abundan los relatos que comunican gracias relacionadas con embarazos difíciles o con dificultades para tener hijos, como los que se pueden leer a continuación.

Después de haber perdido tres hijos (Austria)

Habíamos perdido a nuestros dos hijos a la vez —dos chicos, de cinco y tres años— a causa de una inexplicable e intratable encefalitis. Pocos meses después, nuestras esperanzas se habían visto destrozadas por un aborto.

La confianza volvió, al poco tiempo, con un nuevo embarazo. Sin embargo, éste estuvo amenazado por varias causas: peligro de aborto en el sexto mes, valores de glucemia —detectados por primera vez en la madre— por encima de lo normal y riesgo de parto prematuro cuatro semanas antes de la fecha. Finalmente —aunque se podía ver que el cordón umbilical estaba hecho un nudo— ¡el niño vino al mundo sin problemas!

Después del parto supimos que un conocido nuestro, médico, había pedido a menudo la intercesión del Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer, para que todo tuviese un buen final. Hasta ese día no habíamos oído hablar ni del Opus Dei, ni de este sacerdote santo.

Hace pocas semanas llegó a su buen término otro embarazo y nacimiento: esta vez hemos acudido nosotros desde el principio a la intercesión del Siervo de Dios. Tanto nosotros como nuestro amigo médico atribuimos el final feliz de ambos embarazos a la intercesión de Josemaría Escrivá. ¡Estamos muy agradecidos a Dios y muy contentos!

Nacerá el 26 de junio (El Salvador)

A continuación voy a contar un favor que el Beato Josemaría Escrivá hizo a mi hermana, que me pidió por favor que lo escribiera, para que pueda servir a otras personas a acudir con confianza al Fundador del Opus Dei para mayor gloria de Dios.

Mi hermana quedó esperando. Por el comportamiento de su cuerpo todo daba a entender que no estaba encinta. Pero ella tenía el convencimiento de que sí, pues una madre sabe cuándo lleva consigo al hijo que ya concibió.

Fue al médico, pero éste le dijo que no estaba embarazada, y ante la insistencia suya le hizo análisis, que dieron un resultado negativo. Como ella continuaba segura de que sí, consultó a otro médico que le dio el mismo diagnóstico que el anterior. Decidió esperar.

Cuando el embarazo ya era notorio, acudió nuevamente al médico, quien le dijo que debido a las hemorragias sufridas durante los primeros meses del embarazo, el niño no podía ser normal, por lo que lo mejor sería abortar ya que de nacer el niño no tendría huesos, sería como un costalito de carne.

Lloró mucho y acudió al Beato Josemaría con toda la fe que fue capaz de tener. Por el tiempo de gestación que llevaba, se dio cuenta que el niño debería nacer en junio, por lo que le dijo al Beato Josemaría: "Padre, usted me va a hacer el milagro que mi hijo nazca el 26 de junio"[9].

Empezó a tener un embarazo más o menos normal, sin dejar de pedir al Beato Josemaría que hiciera el milagro. Llegó el 26 de junio y como estaba segura de que el niño nacería ese día, normal y sano, pidió a su marido que antes de irse al trabajo la llevara al hospital; él no quería, pues ella se encontraba bien y sin ninguna manifestación de que el parto fuera a ser ese día, pero ante su insistencia y por complacerla la llevó.

Al llegar al hospital la atendieron inmediatamente, pues se había iniciado ya el parto. El niño nació el 26 de junio a las 3:00 p.m.

A las 7:00 p.m., mientras lo arrullaba, pensaba que en Santo Domingo —iglesia donde se celebra cada año la Misa en honor del Beato Josemaría— estarían tantos fieles pidiendo y agradeciendo tantos favores; ella desde la cama del hospital sólo agradecía el tener a su hijo sano. El niño cuenta actualmente con ocho meses.

Le decían que estaba muerto (Italia)

Mi marido y yo habíamos sabido por casualidad que una amiga nuestra, que llevaba casada pocos meses, esperaba su primer hijo, pero estaba ingresada en el hospital por problemas.

Decidimos ir a verla y la encontramos precisamente en el momento en que el médico le estaba informando de que el feto ya estaba muerto y que al día siguiente sería sometida a un simple procedimiento de limpieza del útero. La señora, naturalmente, había estallado en lágrimas: era su primer hijo y lo deseaba de todo corazón; además ya no era una jovencita, por lo que sería más difícil tener otro hijo. Mientras hablaba entre lágrimas, decía encontrarse bien, no tener ninguna molestia y que no entendía por qué tendría que hacerse esa intervención.

Impulsivamente, después de haber observado una imagen de la Virgen que había allí cerca, le aconsejé que esperara a hacer la operación, que volviera a casa y rezase a la Virgen. Mi marido, que estaba allí presente, me lo reprochó, temiendo que pudiese suceder algo peor. De vuelta a casa, recé a la Virgen por ella y después, ya que estaba próxima la fecha de la beatificación, recé al Beato Josemaría Escrivá pidiéndole la gracia.

El 17 de mayo de 1992, estuve en Roma con mi familia y recé por ella. Regresamos a casa a las 21 horas, y a los cinco minutos sonó el teléfono: era aquella señora que, con inmensa alegría, me comunicaba que el día que mi marido y yo habíamos ido a verla, había dejado el hospital contra el parecer de los médicos, que le habían amenazado exponiéndole todo tipo de tragedias. Luego había repetido en otro lugar los exámenes y el niño estaba vivo y crecía bien.

El día del aniversario de la beatificación, después de la Misa, ha venido a buscarme aquella señora, radiante y con un cochecito junto a ella, en el que estaba una guapísima y sanísima niña rubia. Gracias, Beato Escrivá, por tu intercesión.

El Beato Josemaría no hace acepción de personas (España)

El domingo 26 de mayo, mi nuera ingresó en el Hospital Policlínico de Valencia, para dar a luz su primera hija (mi séptima nieta).

Gracias a Dios, todo transcurrió con plena normalidad. Sin embargo, su compañera de habitación, una joven muy delgada de 24 años, era el reverso de la medalla. Llevaba cuatro días ingresada con dolores esporádicos e irregulares de parto, y por añadidura había pillado una gripe con 39,5_ de fiebre.

Rápidamente nos hicimos amigos y entonces supimos por su madre y por ella misma que estaba aquejada de epilepsia, sufría frecuentes ataques y había quedado embarazada a pesar de los reiterados consejos médicos y familiares de que no se quedase en estado. Desde el tercer mes habían interrumpido su medicación habitual por miedo a posibles lesiones de la criatura, y ella había padecido lo indecible por el síndrome de abstinencia.

Ahora la habían autorizado a continuar el tratamiento de la epilepsia, pero ella se había negado en atención a la salud de su futura hijita. En estas delicadas circunstancias, los médicos estaban bastante perplejos y contrariados, y apenas le dirigían la palabra. Se sentía como abandonada. En el informe profesional recomendaban la cesárea, pero no se atrevían a realizarla por el temor a sus probables crisis.

Apenas me expusieron la situación, saqué la estampa del Beato Josemaría de la cartera y se la ofrecí sin vacilar. Les dije que era un santo muy milagroso que podía concederles todo lo que pidiesen. En confianza me explicaron que, aunque veían con simpatía a su párroco, apenas frecuentaban la iglesia; ni siquiera los domingos solían ir a Misa. "Esto no es inconveniente para pedir el favor" —les repliqué—, "el Beato Josemaría no hace acepción de personas".

Tomaron la estampa y la pusieron bajo la almohada de la joven madre aquella misma noche. A la mañana siguiente, mientras mi consuegra aseguraba que su nieta era la niña más guapa de todo Valencia, la buena vecina, resignada, me devolvía la estampa agradeciendo al Beato que había sido la noche mejor de todas. Apenas tenía fiebre, había descansado y había respondido muy bien a los tranquilizantes administrados.

Le contesté que esto no era más que el principio, que siguiesen rezando y se quedarían maravillados de los efectos. Le estampa, por supuesto, era suya hasta que la regalasen a algún otro amigo o familiar más necesitado. Aquel mismo día el parto se inició en serio y bajaron a la joven al quirófano correspondiente.

Al anochecer, volvía en camilla a la habitación, cansada pero radiante de alegría: "El parto ha sido normal, la niña pesaba 3,200 kg., tenía los ojitos (mejor, ojazos) abiertos y los médicos se felicitaban por el desenlace" (la habían asistido cinco o seis profesionales, con el temor en el cuerpo, por las posibles complicaciones que no se presentaron en absoluto).

Mi consuegra, al ver la niñita, confesó en público que tenía que rectificar: la niña más guapa de todo Valencia no era su propia nieta sino su nueva vecinita.

Con las felicitaciones obvias, les recordé que aún podían pedir al Beato Josemaría el favor completo: la curación definitiva de la madre. Ellos asintieron agradecidos y, con la estampa encima de la mesita, mientras la niña tomaba con ganas su biberón, nos despedimos como amigos de toda la vida.

Nos recomendaban abortar (Argentina)

Cuando esperábamos a nuestro último bebé, el obstetra que trataba a mi esposa nos aconsejó que se hiciera un análisis, debido a la existencia de antecedentes del síndrome de Down en la familia.

Fue en ese control cuando detectaron el tumor, del que no se podía precisar la malignidad, por ser la criatura demasiado pequeña todavía. Nos dijeron que debíamos esperar tres semanas más para determinar la evolución del mal. Fueron veintiún días de espera interminable, en los cuales recurrimos a familiares y amigos para compartir nuestro dolor. Un conocido nos prometió encomendar la curación a la intercesión del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer. También nosotros rezamos.

Tuvimos que soportar, en ese período, la opinión —contraria a nuestros deseos— de los que nos recomendaban no seguir adelante con el embarazo, como si ya no tuviesen derecho a un lugar en el mundo los enfermos o los incapacitados.

Transcurridas las tres semanas, volvimos a la clínica para realizar la ecografía de control. Los médicos, sorprendidos del resultado, nos preguntaron si habíamos rezado mucho: el tumor había desaparecido. Lloramos de alegría, pues eso era lo que esperábamos oír.

El nacimiento de Ayelén, que vio la luz perfectamente sana, nos confirmó que el milagro se había producido por la intercesión del Beato Josemaría. Nadie de la clínica pudo explicar las causas de la desaparición del tumor que habían visto. Esperamos que este relato pueda servir para otros que atraviesen una situación similar a la nuestra.

Acosada por gente que le aconsejaba mal (España)

Una señora que conozco quedó en estado de su sexto hijo. Su salud era delicada, porque tenía una gran infección. Los dos últimos partos habían presentado dificultades y habían tenido que practicarle la cesárea. Tuvo que acudir a un médico nuevo, ya que el que la atendía habitualmente se había jubilado.

Este médico le aconsejó que le hiciesen ligadura de trompas, ya que no estaba en condiciones —según su opinión— de tener más hijos. Ella habló con el médico y le dijo que ese consejo no era moralmente bueno. El médico insistió y le dijo que estaba equivocada (...). Sus argumentos la llenaron de confusión, y se encomendó al Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer.

A los dos meses de ocurrir todo esto, su marido enfermó, y a pesar de ser un hombre joven, le tuvieron que poner un marcapasos para el corazón. Ella estaba profundamente afectada y su salud se resintió todavía más. Los dos últimos meses del embarazo los pasó en cama, constantemente acosada por gente que le aconsejaba mal. Ella se encomendaba con fuerza a la Santísima Virgen y al Siervo de Dios, pero llegó un momento en que se le presentaban serias dudas sobre lo que tenía que hacer.

Un día, me llamó para que la ayudara, y me confesó que estaba decidida a seguir aquel consejo del médico. Yo recé y pedí a muchas personas que pidieran por este problema a Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer.

Cuando llegó el momento del parto me volvió a llamar; faltaban dos horas para la intervención. Me dijo que, por fin, se había negado a la ligadura de trompas, y me lo quería decir. Tenía miedo porque sabía que se podía morir; además los médicos habían dicho que el niño no pesaría más de un kilo y medio y que podía ser subnormal. Al ponerle la anestesia —me comentaba luego— temblaba de miedo, pero también pidió ayuda al Siervo de Dios: algo le decía que todo saldría bien. Cuando volvió de la anestesia, le dijeron que había tenido una niña y que estaba perfectamente sana: pesaba 3.300 gramos.

Estoy persuadida de que la fortaleza de mi amiga y la salud de su hija se deben a un favor de Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer.

Quería esterilizarse (Holanda)

El martes pasado, uno de mis colaboradores de trabajo en el grupo de investigación vino a visitarme y me comunicó que durante los dos días siguientes estaría ausente. Me dijo que iba a esterilizarse.

Intenté explicarle que era una cosa absurda y le di varias razones. Me expuso sus motivos: tenía tres hijos y pocas perspectivas para el futuro. La conversación fue breve —mi colega se había quedado en el umbral— y además nos interrumpieron con dos llamadas telefónicas.

Apenas se fue, recé una oración al Beato Josemaría y le pedí su intercesión para que mi amigo no llevara a cabo aquello. Media hora más tarde, mi colega vino de nuevo para decirme que había cambiado de opinión.

Enferma de SIDA (España)

Hace unos años, trabajaba como enfermera en laboratorio. Un día había realizado las extracciones de sangre, ese día me tocaba atender a los enfermos de SIDA, hepatitis, etc.

Vino una chica joven y me dijo que me pusiera guantes, porque era portadora de los anticuerpos del SIDA. Le di las gracias.

Como vi que estaba muy nerviosa, le pregunté si tenía algún problema. Me dijo que había dejado a los niños en casa. Al preguntarle cuántos tenía, me dijo que dos, y que estaba embarazada, pero que iba a abortar. Hablé con ella diciéndole que si tenía el niño yo me ocuparía de él, le di el teléfono de la asociación Provida.

Como yo era persona nerviosa, al distribuir la sangre en los diferentes tubos, se me olvidó echarle anticoagulante. Después de un rato me di cuenta.

Los compañeros que habían visto la conversación, me pidieron el teléfono de Provida, por si les surgía algún caso.

Encomendé a esta chica al Beato Josemaría, y pedí a otras personas que hicieran lo mismo.

Cuando volví al trabajo, hablé con el jefe de laboratorio, explicándole lo que me pasó, y que el resultado podía ser erróneo. Me dijo que enviaría una nota al departamento de planificación familiar, para repetir el análisis. Yo le dije que iría personalmente a decírselo.

Cuando fui a ese departamento, me encontré por el pasillo con esa chica que me reconoció y me dijo que no podía ingresar esa tarde en el hospital para abortar, porque faltaba un análisis. Le expliqué que había que repetirlo y que me acompañara al laboratorio.

Hablamos largo rato, le hablé de responsabilidad y libertad, y que para tomar esa decisión tendría que oír a personas que estuvieran en contra del aborto, porque sólo había oído los argumentos a favor.

Poco a poco se iba convenciendo, y me dijo que no era necesario hacérselo, porque no iba a abortar. El jefe del laboratorio también habló con ella, y le insistió que fuese a Provida.

Pasó el tiempo, y un día me llamó una compañera, y me decía que tenía una visita que me iba a dar mucha alegría. Era aquella chica, que estaba embarazada de 8 meses y venía para que conociera a los niños de 3 y 2 años, y a darnos las gracias, pues estaba feliz con el embarazo y en Provida le habían ayudado mucho.

Yo le di las gracias al Beato Josemaría, que se valió de un error, para impedir un aborto.

¿Quién va a cuidar de usted? (España)

Soy comadrona y trabajo en un ambulatorio, en la consulta de Tocología. Hace un tiempo vino a visitarme una paciente, embarazada de pocas semanas, acompañada de su marido. Argumentando que, por tener 40 años su hijo nacería subnormal, exigía que se le practicara un aborto a cargo de la Seguridad Social. El médico que la atendía le explicó que, sin hacer unas pruebas que diagnosticaran la supuesta subnormalidad, él no podía ingresarla en ningún centro para que procedieran a la interrupción del embarazo. La paciente se negaba rotundamente a que le practicara ninguna prueba de diagnóstico prenatal y, tanto ella como su marido empezaron a protestar, creándose una tensión muy desagradable en la consulta.

Interiormente, pedí al Beato Josemaría que me inspirara algún motivo que hiciera desistir a la paciente de su obcecación. Leí su historia clínica y vi que tenía dos hijos varones de 17 y 14 años, y, mirándola a la cara, observé que tenía unos bellísimos ojos azules.

El Beato Josemaría oyó mi petición, y fue él quien hizo posible que le hiciera la siguiente reflexión:

—Señora, ¿ha pensado que puede estar embarazada de una niña que tenga los ojos tan bonitos como los suyos?

La mujer me miró asombrada: creo que era la primera persona que le hablaba positivamente de su situación; a continuación, le seguí preguntando:

—¿Ha pensado cuando usted sea mayor, quién la va a cuidar? ¿Quién le hará las sopitas?

La reacción fue inmediata. Dejó de gritar, se quedó callada reflexionando, y dijo a continuación:

—Háganme la prueba.

A los quince días, cuando volvió a la consulta, viendo su alegría comprendí que el Beato Josemaría había vuelto a interceder. La señora nos daba las gracias y en el informe que nos traía decía lo siguiente:

"Evolución del embarazo normal. No existen signos de subnormalidad. Sexo: hembra".

LOS HIJOS NO LLEGABAN

No podíamos tener hijos (Argentina)

Me casé hace siete años. Al poco tiempo, y después de unas consultas médicas, nos informaron que mi marido tenía serias dificultades para que pudiésemos tener un hijo. Sin embargo, a los ocho meses quedé embarazada. Recibimos esta noticia con gran alegría, pero al mes perdí al bebé.

A partir de aquí comenzamos a hacer múltiples consultas médicas sin ningún resultado. A todo esto mi marido había dejado de practicar y me decía que los milagros no existían, ya que yo rezaba mucho, pero sin resultado; él sólo confiaba en los médicos. Así pasaron seis años de análisis y tratamientos que en lugar de mejorarnos, nos empeoraban. Uno de los últimos médicos que consultamos nos habló claramente sobre la posibilidad de adoptar un niño ya que no era posible que tuviéramos uno.

Llegamos así al mes anterior de la Beatificación de Josemaría Escrivá de Balaguer, a quien había conocido en Buenos Aires cuando yo tenía 16 años, durante una tertulia con gente joven en La Chacra. Convencida de que cuando se beatifica alguien se producen muchos milagros, le insistí a mi marido que comenzáramos una novena a Josemaría Escrivá con la intención de tener un hijo. Él no tenía casi esperanza pero rezó para poner un medio más. Le pedí a mi familia que se unieran a nuestra oración al próximo Beato ya que estaba convencida que si él no intercedía, no lo tendría nunca en mi vida. (...) Todos se unieron a nuestra oración.

Por otra parte, una amiga se encontraba en una situación similar y ya hacía cuatro años que se había casado. Por esto decidí rezar también por ella, pidiéndole a Josemaría Escrivá el favor para las dos, pero que si no convenía que yo lo tuviera, al menos que ella quedara embarazada, ya que hacía menos tiempo que se había casado y yo ya estaba más acostumbrada a sufrir.

En este estado de cosas, se acercaba la fecha de la beatificación y rezábamos la novena cada día. Además, mi marido prometió volver a practicar si quedaba embarazada. Al poco tiempo de la Beatificación, unos análisis confirmaron mi embarazo y a la semana nos enteramos que mi amiga también estaba esperando un hijo. Nuestra alegría fue enorme y también inmenso el agradecimiento al nuevo Beato.

Después de un tiempo, tuve los mismos síntomas que cuando perdí el primer bebé y se lo comenté a mi marido. Él, que ya había comenzado a ir a Misa todos los domingos, prometió rezar cada día dos misterios del Rosario. Pero esto fue sólo un susto y el embarazo siguió su curso. Cada día seguíamos rezando la estampa al Beato Josemaría. Así llegó el día en que nació mi hija y, con siete horas de diferencia, nació la hija de mi amiga.

Hijita, este santo es bien milagroso (Perú)

Tengo cuatro años de matrimonio y he tenido dos abortos naturales: el primero (varón) el 7-V-91 y el segundo (gemelos) el 5-III-93. Las causas no se han determinado con precisión, lo cierto es que presento placenta previa, y los embarazos no llegan a los 9 meses.

Había perdido mi fe, hasta que en abril de 1993 mi tía me obsequió un cuadro del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer y me dijo: "Hijita, este santo es bien milagroso, rézale mucho". Entonces algo cambió en mí, me aferré a la imagen, le pedía con tanta devoción que me diera la oportunidad de ser madre, de darle lo mejor a mi hijo. El amor que nos une a mi esposo y a mí, no era suficiente, sentíamos un vacío.

Fue grande mi sorpresa, cuando en agosto de ese año, volví a quedar embarazada. Durante el proceso de gestación, el ginecólogo me ordenó reposo absoluto, cosa que no cumplía estrictamente por mi trabajo (profesora). Al cumplir el séptimo mes, me angustié pensando que me sucedería lo mismo. Entonces comencé a rezar con más fervor, con amor, con lágrimas.

Llegó el 30 de marzo de 1994, fecha en que fui intervenida por cesárea y, antes de entrar en la sala de operaciones, cogí la estampa del Beato y la llevé conmigo. Eran las 7:40 pm cuando escuché el llanto de mi hijita, entonces pensé: "gracias Señor, una vez más creo en ti"; la vi y me quedé dormida.

Al día siguiente, mi doctor me contó que la operación estuvo bastante difícil, hubo un momento que tuvieron que abandonarme para atender a mi bebita, pero al final todo salió bien. Hoy tiene tres meses, pesa cinco kilos y medio. He puesto el cuadro del Beato Josemaría en la cabecera de su cama.

Nuestra alegría fue inmensa (Bolivia)

Trabajando como ayudante de plomero en la construcción de la Casa de Convivencias Río Abajo, conocí al arquitecto que dirigía las obras.

Con mi esposa comenzamos a tener problemas porque no podíamos tener hijos. Entre otras cosas discutíamos con frecuencia.

El arquitecto me veía triste y me preguntaba:

—¿Qué te pasa? ¿Tenés algún problema?

Le conté mi problema, y me aconsejó ir al médico con mi esposa y a charlar con un sacerdote.

El médico nos desanimó y nos dijo que nunca tendríamos hijos porque mi esposa estaba afectada por un accidente que había tenido cuando era pequeña. El sacerdote me recordó muchas cosas de la fe que tenía olvidadas porque llevaba mucho tiempo sin practicar y también tenía amigos que no eran católicos y me habían alejado de la fe aunque durante un tiempo trabajé con unas monjitas y llevé una vida cristiana buena. Allí fue donde conocí a mi esposa. También tuve oposición de su familia que no era católica. El sacerdote también me hizo conocer un poco el Opus Dei, nos animó, a mi esposa y a mí, a tener paciencia y fe y también nos dio una estampa del Beato Josemaría a quien comenzamos a acudir para que intercediera por nosotros. Hicimos enmarcar la imagen y fuimos a Copacabana también a pedir la ayuda de la Virgen.

Pasó el tiempo. Mi esposa trabajaba vendiendo en la calle y un día tuvo un desmayo mientras estaba trabajando. La llevé al médico, que sólo le dio unas pastillas. Otro día, al ir a botar la basura cerca de la casa, se cayó al barranco; estaba muy lastimada y la llevé al Hospital. Al examinarla, el médico dijo que era probable que estuviera embarazada. Le dijimos que no podía ser, porque nos habían dicho que ella no podría tener hijos. Cuando se confirmó el embarazo nuestra alegría fue inmensa; además, se solucionaron muchos de nuestros problemas: con mi suegra, con los amigos que se burlaban de mí porque no tenía hijos... y también las discusiones con mi esposa.

El 10 de junio de 1995 nació nuestra hija; ahora tiene casi dos años y, hoy, 26 de junio, fiesta del Beato Josemaría, después de varios días de preocupación porque no nacía, mi esposa ha dado a luz a nuestra segunda hija. Todo esto se lo debemos a la intercesión del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer.

LOGRARON CASARSE

El matrimonio de mis padres (Filipinas)

Mis padres no habían recibido el sacramento del matrimonio. Mi padre decía que no era necesario, dado el amor que los unía, y no permitió nunca a nadie entrometerse en los asuntos de nuestra familia.

Terminada la escuela elemental, me trasladé a Manila en busca de trabajo y lo encontré como empleada en casa de una familia.

Fue la señora de esta familia quien me sugirió la posibilidad de frecuentar un Centro del Opus Dei, donde asistí a un curso de doctrina cristiana y aprendí a apreciar el valor de los sacramentos. Cuando me explicaron la importancia y el significado del matrimonio, pensé rápidamente que debía hacer algo por mis padres y pedí al Espíritu Santo que los iluminara.

Una vez fui a verlos y, después de haber rezado al Padre para que me ayudara a hablar con claridad, probé a afrontar el tema con mi padre. En un primer momento intentó esquivar la conversación, pero al segundo intento mostró más interés, reconociendo que era incapaz de confesarse: no lo había hecho nunca.

Aquella misma noche le ayudé a hacer un buen examen de conciencia. Me resultó muy difícil, pero sentía que el Padre me enseñaba lo que tenía que hacer. Con mi madre, fue todo más sencillo: había aprendido a confesarse hacía años.

Al día siguiente, fijé con el párroco la fecha de la boda. Ese día tuve que ayudar a papá a vencer los últimos miedos, y finalmente llegamos a la iglesia.

Fue para mis padres el inicio de una nueva vida: se casaron el 17 de junio de 1977, después de veintiún años de vida en común.

No quería casarse por la Iglesia (Gran Bretaña)

Había rezado muchas veces para que el hombre con el que convivía y con el cual he tenido cuatro hijos acogiese mi deseo de casarnos por la Iglesia. Pero dado que continuaba negándose obstinadamente, comencé a perder la fe. Estaba tan desalentada por mis pecados que ni siquiera acudía a la Misa dominical, considerándola inútil.

Una amiga mía, católica practicante, me ayudó a acercarme de nuevo al Señor. También encontré valor para pedir a mi marido el consenso para el Bautismo de nuestro primogénito, que tenía entonces un año y medio. Desgraciadamente, pocas horas antes de la ceremonia el demonio metió la cola: mi marido amenazó diciendo que, si iba a la catedral, no me querría más en casa.

Tiempo después hice amistad con una persona del Opus Dei, que me ayudó a retomar la asistencia a Misa y me invitó a algunas clases de formación cristiana. Concerté con ella un plan para resolver mi situación familiar.

Estábamos en el segundo semestre del año 1975 y hacía poco tiempo que se había impreso en inglés la estampa de Mons. Escrivá. Empecé una novena y al mismo tiempo recomencé la tarea de persuasión con mi marido. Pasaron los meses y, aun sin mostrarse decididamente contrario, todavía estaba reacio.

Sólo más tarde supe que, precisamente cuando hice la novena, había ido a preguntar a un sacerdote si podía contraer matrimonio católico y había comenzado a prepararse con su ayuda.

El 14 de agosto de 1977, con gran asombro por mi parte, me declaró que ya todo estaba preparado y que nos casaríamos al día siguiente.

Ahora estoy rezando por el Bautismo de mis hijos.

Encontrar mujer a los 50 años (Holanda)

Por fin les hago llegar el favor que he recibido hace tres meses por intercesión del Beato Josemaría Escrivá. En primer lugar, tengo que decir que (...) estoy en contacto con el Opus Dei.

He aquí mi historia. Hace cerca de dos años y medio, el mayor de mis hijos iba a cumplir 50 años. No estaba casado, aunque lo deseaba. Siempre decía: "no consigo encontrar mujeres que quieran casarse" y así terminaba cualquier conversación sobre el tema. Esto me dolía, porque notaba que no era feliz. Preocupada por esta situación, me dirigía al Fundador del Opus Dei.

Les ahorro los particulares de cómo sucedió todo; el hecho es que el día de su quincuagésimo aniversario había un espléndido ramo de flores sobre su escritorio. Los parientes le preguntaron quién se lo había mandado y entonces él dio a conocer el nombre de su futura esposa. En resumen: se casó en septiembre de aquel mismo año y el año pasado nació su primer hijo, que fue bautizado el 2 de octubre en la iglesia de los Ángeles Custodios. El 2 de octubre es la fecha de la fundación del Opus Dei y además fiesta de los Ángeles Custodios.

Considero esto un favor del Beato Josemaría y he iniciado una novena para conseguir que formen una familia verdaderamente cristiana y que enseñen a rezar a su hijo. Esto no viene por descontado, ya que, conociéndoles, fue una sorpresa que lo bautizasen enseguida.

Que mi hija encuentre novio (Chile)

A una charla de doctrina cristiana que doy llegó un señor muy serio, con cara de ser un hombre muy ocupado, que después de escuchar la charla, en la tertulia, nos contó por qué estaba allí:

"Hace años mi hija me acusaba constantemente que por culpa mía ella se quedaría soltera, que, como era hija única yo no la dejaba salir y la sobreprotegía mucho. Estas peleas eran continuas y me amargaban mucho.

En un viaje a Roma, mi señora me llevó al lugar donde descansa Monseñor Josemaría Escrivá. Ella rezó bastante, yo no, pero cuando nos íbamos a retirar, escribí en un papel: 'que mi hija pololee, que tenga novio'.

Al salir de la aduana, ya en Chile, mi hija me abraza muy contenta y al oído me dice: 'Papá, estoy pololeando'. El joven estaba parado cerca de ella. Hoy están casados, viven felices en el campo y tienen cuatro hijos".

cap. 2

ENFERMEDADES PEQUEÑAS Y GRANDES

San Josemaría sentía predilección por los enfermos. Durante muchos años, los había visitado por los hospitales y los barrios de Madrid, llevándoles el cariño y el consuelo de su corazón sacerdotal lleno de amor de Dios. Por diversos testimonios sabemos que atendió a millares de ellos, volcándose especialmente con los más pobres y abandonados y con los que hoy día llamamos "enfermos terminales". No era su misión devolverles la salud —no tenía ese poder, que el Señor concede a otros santos— sino curar sus almas: devolverles la amistad con Dios, llenarles de paz y de alegría ante la muerte o los sufrimientos. También cuando tuvo que abandonar esa labor, siguió ocupándose con increíble afecto de los que padecían dolencias grandes o pequeñas.

Desde su fallecimiento, muchas personas le han encomendado problemas de salud de distinta gravedad y han experimentado que esa predilección por los enfermos sigue siendo actual en San Josemaría. En efecto, muchos de los favores notificados en estos años hablan de curaciones.

A una de ellas se refiere el decreto de la Congregación para las Causas de los Santos, aprobado por Juan Pablo II el 6 de julio de 1991. Se trata de la curación milagrosa de sor Concepción Boullón Rubio, Carmelita de la Caridad. Esta religiosa padecía una grave enfermedad, que desapareció de forma repentina y con efectos permanentes, en 1976. El decreto reconoce que este milagro se puede atribuir a la intercesión del Fundador del Opus Dei. Así quedaba abierto su camino a los altares: la beatificación tuvo lugar el 17 de mayo de 1992, ante una gran multitud de fieles, en la plaza de San Pedro.

Para la canonización, la Iglesia requiere un segundo milagro, sucedido después de la beatificación. El 20 de diciembre de 2001, el papa Juan Pablo II aprobó otro decreto que reconoce la curación del médico español Manuel Nevado Rey, afectado por una grave enfermedad debida a su profesión (radiodermitis crónica), que desapareció en noviembre de 1992, después de que el interesado hubiera acudido a la intercesión de San Josemaría. El 6 de octubre de 2002, el doctor Nevado asistió en Roma, junto con cientos de miles de personas, a la ceremonia de canonización del Fundador del Opus Dei.

Los favores que se recogen en este capítulo son de diversa entidad: muestran que San Josemaría no sólo atiende a los casos graves, sino también a los problemas de salud más corrientes. Y lo más importante: continúa ocupándose, como hizo en vida, de curar también las almas.

CASOS DIFÍCILES

Nada que hacer (México)

Vivimos en un poblado que queda a una hora de Guadalajara. Mi hermana tenía un tumor canceroso y la habíamos hospitalizado en Guadalajara: ya llevaba una temporada en la que los familiares nos turnábamos para atenderla, pero había empeorado notablemente, hasta tal punto que el médico nos llamó para decirnos que no había nada que hacer: no podía operarla, y era preferible que nos la trajéramos a su casa para que muriera tranquila.

Todos estábamos preocupados, pero con la esperanza de que Monseñor Escrivá iba a hacer un milagro, y empezamos a pedirle con más fuerza desde ese momento para que intercediera por su curación.

El día en que la trajimos, estuvo con muchas molestias y no pudo dormir en muchas horas. Al día siguiente le pedimos al señor cura que le llevara la Comunión, pero no pudo pasar ni una gota de agua, ni tampoco una partícula pequeñísima; nos dolía aún más pensar que pudiera morir sin comulgar, así que seguimos pidiendo con más intensidad.

Decidí ponerle la estampa con la oración para la devoción privada del Siervo de Dios directamente sobre el tumor: se durmió en seguida, y no despertó en casi dos horas. Al abrir los ojos, pidió un poco de leche y la pudo tomar perfectamente; se volvió a dormir, esta vez más tiempo.

Cuando despertó la segunda vez, pidió una comida perfectamente normal y ya no tenía dolores, y cuando palpé el lugar donde se podía notar perfectamente un tumor grande, había desaparecido totalmente. Fuimos con el médico que la había desahuciado, y se asustó cuando la vio, y le dijo con toda claridad que estaba seguro de que ya había muerto.

Nunca más podría tocar el piano como profesional (Brasil)

En estos últimos treinta años, unos problemas serios afectaron profundamente a mis posibilidades de ejercer la profesión de músico y pianista. En 1965, a los veinticinco años de edad, tuve una lesión en el nervio cubital del brazo derecho, que dificultó la movilidad de algunos dedos. Con una intervención quirúrgica y un tratamiento, conseguí una buena recuperación, pero el intenso estudio para recuperar el tiempo perdido me ocasionó el síndrome de movimientos repetitivos, frecuente también en personas que trabajan con ordenadores o con máquinas que requieren digitación específica.

Estos hechos modificaron profundamente mi carrera profesional y personal (...). Quizá, infantilmente, sentía dentro de mí una cierta rebeldía por saber que, teniendo un don recibido del Señor, no estaba en condiciones de desarrollarlo, y esto se apoderaba de mí, llevándome por caminos que ocasionaban un distanciamiento de la fe cristiana. Muchas veces me propuse acercarme a la Iglesia, pero la frustración profesional, junto a la falta de perseverancia, dificultaban esa aproximación.

Por otro lado, se me había metido en la cabeza grabar toda la obra para teclado de Bach. Lo conseguí poco a poco, con las limitaciones referidas. El nivel de estas grabaciones, desde mi punto de vista, era bueno y siempre me llevaban a dar un paso al frente. Fueron repetidas muchas veces, en situaciones difíciles y con mucha determinación por mi parte, pero, antes que todo, con la ayuda de Dios. Sin embargo, estas condiciones no me permitían volver a los escenarios, porque mi resistencia para dar un concierto era mínima. (...)

Después de grabar tres discos, sufrí un accidente llamado espasmo cerebral, que definitivamente eliminó cualquier posibilidad de tocar el piano. Por causa de esta lesión en el cerebro, llegué finalmente al mejor centro en este tipo de problemas, que requieren un tratamiento intensivo.

Cuando el Dr. Bernard Brucker, Director del Departamento de Biofeedback del Jackson Memorial Hospital me examinó, confirmó que jamás podría volver a tocar el piano a nivel profesional, aunque sí como aficionado.

Inicié con determinación el tratamiento y llegaba a estar doce horas diarias sentado al piano para encontrar una solución adecuada entre la computadora del hospital y los reflejos cerebrales. Milagrosamente recuperé los movimientos, pero no la resistencia necesaria, a pesar de haber iniciado la cuenta atrás para el primer concierto en el Carnegie Hall, el día 5-V-96. Faltaban cuatro meses, después tres, dos, uno, quince días... y la resistencia no aumentaba.

En la primera semana de marzo entré en una iglesia y pensé si éste no sería el momento de volver definitivamente a la práctica religiosa, pero esto no me bastaba (...). Finalmente, después de dos semanas con la oración de Monseñor Escrivá, volví a la iglesia con un sentimiento interno fuerte: "si Monseñor me ayudase ante Dios en lo de las manos, yo le estaría muy agradecido; en caso contrario, también le daría gracias, porque estoy vivo y puedo ayudar a mucha gente en esta vida".

Pasaban los días y me sentía mucho más feliz, aunque la resistencia no aumentaba. Casi todos los días iba a la iglesia y pedía una señal. En el hospital, cada media hora cambiaba la posición de las manos, buscando una solución, pero el resultado no llegaba.

Finalmente, 10 días antes del concierto, me extrañó que mi perrito se sentara a mis pies mientras estudiaba. En el mismo instante, sonó el teléfono y era mi hermano Ives que notó mi voz un poco preocupada. Volví al piano y el perrito volvió también. Extrañado, resolví ir a la iglesia, para saber si ésta era una señal. Lloré mucho ese día. Volví a casa y cuando ya estaba probando una posición que me diera la resistencia necesaria, mientras yo tocaba, el perrillo, literalmente decía que no con la cabeza.

Faltaban 10, 9, 8 días para el concierto cuando decidí cancelarlo. El perro seguía siempre sentado a mis pies, cosa que nunca había hecho en el pasado. El sábado, ocho días antes de la representación, fui a un teléfono público para comunicar la suspensión, pero algo me hizo regresar a casa. Me senté para estudiar una posición de las manos al piano que todavía no había intentado nunca (existen centenares de posiciones para tocar el piano). En ese momento, el perrito acercó la cabeza al piano y comenzó a lamerme las manos sin parar. Durante dos días repitió la operación. Es importante decir que, además de que nunca antes vino a mi lado mientras estudiaba, tampoco después ha vuelto a hacerlo.

En cuestión de 24 horas, después de llegar a Nueva York, sorprendentemente mi resistencia pasó de diez minutos a una hora. Cuando realicé el primer ensayo general, lo hice con toda energía, y lo mismo en los días siguientes. El domingo pude dar el mejor concierto de mi vida.

Di las gracias al Beato Josemaría cuando acabé la representación y sigo eternamente agradecido, ya que los médicos no se explican la recuperación de los movimientos (a nivel profesional) y mucho menos la resistencia adquirida. Ahora me preparo para saber cuál es la misión que me está reservada como cristiano, sabiendo que tengo un largo camino que recorrer.

Tenía hepatitis-B (Filipinas)

Desde que soy Cooperador[10]del Opus Dei, mi vida entera ha cambiado completamente: desde las relaciones con mi familia, con mis amigos, en el trabajo, etc. y especialmente con Nuestro Señor. Yo siempre rezo la estampa del Beato Josemaría que me ha dado una persona del Opus Dei

Algo raro me sucedió el 26 de enero de 1994, cuando tuve que hacerme un examen médico en el hospital de Mandaluyong City cerca de nuestra ciudad. Los resultados mostraban que el funcionamiento de mi hígado era mayor que el del límite normal. El doctor estaba a punto de hacerme un examen de Hepatitis-B, cuando decidí posponerlo debido a que se me presentó la oportunidad —a través de una amiga mía que tiene una empresa de seguros— no sólo de tener un examen médico completo, sino también de mejorar mi seguro de vida. Así pues, me hice un examen médico el 17 de febrero y los resultados, que me llegaron el 10 de marzo, decían que tenía Hepatitis-B.

Cuando me enteré, comencé a reflexionar, con el deseo de aceptar la voluntad de Dios. Me tomé varios días antes de decírselo a mi esposa, quien se puso en shock y lloró, pues era consciente de que, como el SIDA, se trataba de una enfermedad mortal, incurable. Le dije que no se preocupara porque todavía podía recuperarme, y así empecé a rezarle intensamente al Beato Josemaría. Mi esposa hizo lo mismo.

Unos días después, el 21 de marzo, decidí volver a examinarme de Hepatitis-B porque, por alguna razón, tenía el presentimiento de que me había recuperado totalmente debido a mi fe en Dios y a la intercesión del Beato Josemaría y de la Virgen María.

Sorprendentemente los nuevos resultados mostraron que no tenía Hepatitis-B. Inmediatamente llamé a mi esposa para compartir las buenas noticias con ella. El domingo siguiente a este acontecimiento ofrecimos la Misa como acción de gracias.

Un día, mi amiga de la compañía de seguros me llamó para decirme que se había enterado, a través de su esposo, que es amigo mío, de que yo estaba totalmente recuperado y que ambos estaban muy contentos.

Cuando me preguntó cómo me había curado, le dije que había sido a través de las oraciones y de la intercesión del Beato Josemaría. Ella me dijo que por motivos del seguro debería pedirle al doctor un comprobante que afirmara que ya no tenía Hepatitis-B.

El doctor accedió a mi petición inmediatamente. Pero también me pidió que me hiciera un examen de inmunización. Un resultado positivo significaría que ya estaba inmunizado de esa enfermedad. Me hice el examen y los resultados confirmaron que estaba inmunizado. Este fue otro motivo por el cual estar muy agradecido a Nuestro Señor Jesucristo, la Virgen María y al Beato Josemaría, por esto tan maravilloso que ha sucedido en mi vida.

Trece años sin poder salir de la habitación (Estonia)

Soy católica, vivo en Tallin, y he recibido de Dios Omnipotente un favor por intercesión del Beato Josemaría Escrivá, a quien me dirigí en un momento de gran preocupación.

Mi hermana de 83 años vive en la República Lituana. Había trabajado como campesina en un "kolkhoz" durante treinta años, expuesta al frío, a la lluvia, al calor. Como consecuencia de esto, sus piernas, estropeadas por tales fatigas, comenzaron a dolerle y a hincharse: en los últimos 13 años mi hermana no pudo moverse sin la ayuda de dos muletas, y no salía de su habitación. La piel de la pierna derecha comenzó a caerse, y tenía heridas cada vez más grandes que no se cerraban y que comenzaron a supurar, provocándole grandes dolores que no la dejaban dormir. Los médicos eran incapaces de ayudarla.

El año pasado fui a visitarla y al ver sus sufrimientos me quedé muy preocupada. Una mañana, mientras rezaba, me dirigí al Beato Josemaría utilizando la oración de la estampa y le pedí al Señor que mi hermana mejorara. Traduje la estampa del estón al lituano para que ella también la pudiera utilizar. Así ambas, una en Estonia, la otra en Lituania, recurrimos cotidianamente al Señor con la oración del Beato Josemaría.

Tres meses más tarde recibí una carta de mi hermana. Había ocurrido un gran milagro: los dolores se habían atenuado, la hinchazón se estaba reduciendo y las llagas comenzaban a secarse. Ahora, después de 12 meses, puede mover las piernas, las llagas se han curado completamente, puede caminar y ha comenzado a salir de casa. Mi hermana me dijo que se trata de una gran gracia de Dios, que se ha manifestado únicamente gracias a la oración del Beato Josemaría. Ahora estamos pidiendo al Señor que el Beato Josemaría sea canonizado.

Unas fiebres muy altas (Cuba)

Un amigo nuestro, de veintinueve años, hace aproximadamente quince días comenzó con malestar general: dolores articulares y dificultades para ingerir alimentos, a lo que se añadió más tarde fiebre de hasta 42º. Había estado en contacto con aguas estancadas, en áreas plantadas de arroz, desempeñando labores agrícolas. Fue necesario hospitalizarlo. El diagnóstico fue que padecía leptospirosis, y empezaron el tratamiento intensivo, mientras mi madre y yo comenzamos a pedirle a Dios la curación, por intercesión del Beato Josemaría. Antes de 72 horas se logró una remisión absoluta y fue dado de alta. Normalmente, en tan poco tiempo esta enfermedad tiene complicaciones que en ocasiones se han cobrado vidas humanas.

Nuestro amigo también acude a la intercesión del Fundador del Opus Dei, de quien tiene una estampa que le enviaron unos familiares, residentes en Estados Unidos. Ahora espera ser examinado por un especialista, antes de que acabe el mes, pues no es necesario que espere hasta abril del próximo año: esto lo encomendó igualmente a la mediación del Beato Josemaría.

Una peligrosa infección (Estados Unidos)

Un dentista me extrajo un diente en una operación totalmente rutinaria. Durante las siguientes 48 horas, experimenté el malestar normal en estos casos, pero al día siguiente estaba en peligro de muerte, pues empezaron a hinchárseme la cara, el cuello y la mandíbula, con un dolor muy intenso.

En el hospital en que fui ingresada, después de muchas pruebas, me diagnosticaron una infección que se iba extendiendo rápidamente. Los cuatro doctores asignados a mi caso temieron por mi vida, pues no podían asegurar que los antibióticos redujeran la celulitis antes de que ésta atacara el cerebro, los pulmones y el corazón.

Tengo dos hijos pequeños por los cuales debía velar, así es que, balbuceando apenas, hablé con una amiga muy querida, que es del Opus Dei, para pedirle que rezara. Todos rezamos a través de la intercesión del Beato Josemaría Escrivá, rogándole que me fuera devuelta la salud.

En cinco días, de modo totalmente imprevisto, el dolor intenso y la infección empezaron a disminuir. Al cabo de una semana, volvía a estar con mis hijos y preparada para regresar al trabajo.

Dos semanas después, la celulitis masiva con gangrena había sanado totalmente. Los médicos pensaron que quizá habrían de extraerme, más adelante, una parte del tejido dañado de la cara; pero no fue así, ya que, al mes, no quedó ni rastro de la enfermedad. El especialista en enfermedades infecciosas se extrañó de que ni siquiera en la sangre hubiera secuelas de la infección, y comentó que, en sus 27 años de profesión, no había visto nunca un caso más grave que el mío.

Ahora, sólo cuatro semanas después, apenas me acuerdo de nada: solamente cuando miro la estampa para dar gracias a Dios y al Beato Josemaría por su intercesión.

De forma repentina (Ecuador)

Desde hace once años tenía una dolencia en el ojo: una espesa membrana, formada delante de la retina en el interior del ojo y sujeta a la parte inferior de ella, traccionándola hacia abajo. Fui operado en Bogotá de un coágulo que obstruía la arteria de la retina, y que era la causa de mis dolencias; no pudo hacerse nada en relación con la membrana adherida a la retina. Era imposible extraerla debido a su posición, pues se corría el riesgo de romper la retina.

El médico me indicó que la presión de esa membrana sobre la retina era tal que, por cualquier esfuerzo que hiciera, se podría causar desprendimiento de la retina y pérdida total de la visión. Añadió que, en todo caso, cabía esperar que los adelantos de la cirugía fueran tales que un día se pudiera operar sin poner en peligro la retina.

A partir de 1971 se interrumpió toda medicación. Durante diez años iba periódicamente a que me hiciera una revisión el oftalmólogo, quien siempre me animaba a no hacer esfuerzos violentos, con la esperanza de que alguna vez se pudiera operar. Hace poco más de un año, me dijo que ya se estaban haciendo ese tipo de operaciones, pero que convenía esperar un poco más hasta que mejorase la técnica.

El 5 de octubre, un amigo me sugirió que encomendara a Mons. Escrivá la curación de mi ojo. Al día siguiente así lo hice. Serían las ocho de la mañana cuando recé la oración de la estampa, y toqué luego con ella el ojo enfermo. Estando en mi oficina a las seis de la tarde, me di cuenta de que la membrana se acababa de romper, y que veía casi perfectamente bien. Tuve la seguridad de que era un milagro obrado por intercesión de Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer.

El médico no se explicó cómo se había roto la membrana; pero me indicó que no podían llegar a desaparecer los pliegues que se habían formado en la retina. Sin recetar nada, me indicó que volviera al cabo de un mes. En esa ocasión, me señaló que la retina había vuelto a su condición normal, con lo que ya no había peligro de posible desprendimiento, y habían desaparecido los pliegues.

Había escapado de una muerte segura (Togo)

Un día recibí la Hoja informativa y la estampa del Fundador del Opus Dei. No sé quién fue el benefactor que me la hizo llegar. Ese mismo día supe que un compañero había caído gravemente enfermo: le habían dado sólo cinco días de vida. Tomé la estampa y empecé a invocar al Beato Josemaría, diciéndole: "acabo de recibirte y de conocerte como por milagro, así que te confío a mi amigo y estoy convencida de que se curará por tu intercesión". Desde entonces, recé la oración, cada día, por esa intención.

Pasaron los cinco días y yo seguía sin noticias y sin saber a quién preguntar por la salud de mi compañero. Un mes después, éste se presentó en mi casa para contarme que había escapado de una muerte segura, y que ahora iba de mejor en mejor.

Di muchas gracias a Dios por esto. Ahora sé también que nada me separará del Beato Josemaría, a quien estoy profundamente agradecida.

No podía ni leer la estampa (España)

Hace cuatro años y debido a una miopía muy aguda, perdí mucha vista, no podía leer y apenas escribir. Me pusieron un tratamiento, pero según los doctores poco iba a conseguir.

Un día encontré una estampa del Beato Josemaría con una letra muy pequeña. Le rogué me ayudara a recobrar algo de vista y poder leer su oración. Poco a poco fui recuperando vista. Hoy leo, escribo y me defiendo muy bien. Los médicos no se lo explican. Yo sí, sé que se lo debo a mi buen Beato, que siempre me escucha.

Una grave enfermedad de la piel (Alemania)

Hace seis meses que recibí una estampa del Beato Josemaría, y desde entonces acudo a su intercesión con mucha confianza para que me ayude a sacar adelante mis intenciones, sean pequeñas o grandes. Él y Nuestra Madre me han ayudado ya muchas veces, por ejemplo en mis exámenes de bachillerato que aprobé con gran éxito. Quería agradecer al Beato Josemaría sobre todo una gracia extraordinaria.

Durante muchos años sufrí una enfermedad grave de la piel, neurodermitis, que afectaba mis manos y mis brazos. Con toda confianza rezaba tres novenas al Beato Josemaría. Como no notaba ninguna mejoría, comencé a pedirle la gracia de ayudarme a aceptar plenamente la voluntad de Dios. No le molesté más con mi petición, aceptando el hecho de que ni el ungüento ni la oración iban a cambiar mi enfermedad, y decidí llevarla con paciencia. Igualmente continué rezando cada noche: "Beato Josemaría, ruega por mí"; y él ha rogado por mí.

Desde hace un mes, la enfermedad ha mejorado, y hace casi tres semanas que estoy completamente curado. Por eso agradezco de todo corazón al Beato Josemaría. Voy a continuar rezando por su canonización y acudiendo con confianza a su intercesión. ¡Gracias, Beato Josemaría, gracias, tú mi patrono paternal e intercesor ante el Sacratísimo Corazón de Jesús!

Estaba paralizada (Brasil)

En junio de 1974, M.R.M., de 65 años, fue operada de un melanoma abdominal maligno. En diciembre la enfermedad volvió a manifestarse y tuvo que someterse a otra intervención. Algunos meses más tarde, el 18 de julio de 1975, al despertarse de noche, se dio cuenta de que estaba paralizada. Reaccionó con mucha paz, rezó y esperó hasta la mañana siguiente.

Los médicos que la trataban encontraron un tumor en la columna vertebral y prescribieron una intervención urgente (laminectomía) que debía realizarse en 24 horas. A pesar de la operación, las piernas permanecieron paralizadas. Fue sometida durante cinco meses a un tratamiento fisioterapéutico, pero sin resultado. Desde entonces, pasaba su vida en una silla de ruedas.

"El 3 ó 4 de abril —como ella misma cuenta— vinieron a verme dos amigas mías, que me dijeron: 'conocemos una medicina que te curará'... Estaba verdaderamente asombrada, porque sabía que no existían medicinas capaces de curar mi parálisis. Me hablaron entonces de Mons. Escrivá con tanta confianza en el poder de su intercesión ante el Señor, que decidí rezarle con mucho fervor para pedirle mi curación.

En ese mismo mes de abril hice un viaje en avión a São Paulo. Llegué al avión en mi silla de ruedas y una vez ahí, un miembro de la tripulación tuvo que tomarme en brazos para ayudarme a subir la escalera y tomar asiento.

De regreso, el día 11 de abril, cuando llegué en la silla de ruedas a los pies de la escalera del avión, sentí una moción interior que me empujaba a caminar. Entonces dije con decisión al miembro de la tripulación que se disponía a tomarme en brazos para transportarme: 'no se preocupe, subo sola, a pie'. Con gran sorpresa mía y de todos los presentes, me levanté y, apoyándome en la barandilla de la escalera, subí sola, poco a poco, hasta el avión".

Al cabo de una semana, M. recuperó la soltura de movimientos y ahora camina normalmente. El médico que la había operado de la columna vertebral quedó profundamente impresionado al verla un día, por casualidad, en el hospital. Se resistía a creer que fuera verdad lo que veía.

LEVES PERO MOLESTAS

Bajo este título se habla de esas enfermedades o dolencias menos graves, que acompañan la vida ordinaria, pero que no dejan de ser molestas o inoportunas. A veces cuesta pedir para que se alivien, pensando que Dios y los santos tendrán peticiones más importantes de las que ocuparse... Sin embargo, como demuestra la piedad cristiana durante tantos siglos, muchos santos y santas conceden esos favores, quizá para que aumente nuestra fe, en vista de situaciones más serias. Y San Josemaría no es una excepción.

Un bulto preocupante y molesto (España)

Soy casada y madre de cinco hijos, cuatro chicos y una niña de casi ocho años.

A primeros del mes de julio, noté que en la mano izquierda debajo del dedo índice tenía un pequeño bulto que me molestaba. No le di importancia, pero al pasar los días vi que cada vez me iba creciendo más. En el mes de septiembre lo tenía del tamaño de un garbanzo y me tenía bastante preocupada, pues además me dolía.

Entonces se lo mostré a mi esposo y al día siguiente fuimos a la doctora que es nuestro médico de cabecera en el ambulatorio de Moratalaz, la cual nos informó que parecía un ganglio que estaba bastante inflamado, y me recetó unos comprimidos de un antinflamatorio, diciéndome que, si cuando terminase la caja de cuarenta comprimidos no me había desaparecido, tendría que acudir al cirujano para que me lo extirpasen, pues también podía ser un quiste de mano.

Hace un año y medio que a mi hijo Jorge le salió un bulto parecido al mío, también en la mano izquierda, y fue operado en el sanatorio Virgen de la Torre, situado en el pueblo de Vallecas. Él es más valiente que yo, pero a mí la verdad es que me daba mucho miedo, pues soy aprensiva y con la edad que tengo (48 años) temía que fuese o se tratase de algo malo.

La verdad es que no cesaba de palpármelo con la otra mano, y últimamente me había crecido bastante, pero me daba apuro acudir de nuevo a la doctora, pues del antinflamatorio que me había recetado solamente había tomado un comprimido, pues tengo bastante delicado el estómago y me producía un gran ardor.

Pues bien, el lunes día 7 de este mes de octubre tenía muchas molestias en el dedo, incluso tenía hinchada la parte posterior, y por la mañana, al coger las sartenes con esta mano, me molestaba e incluso me dolía. Cuando al mediodía llegó mi esposo, le comenté lo que me ocurría y él me cogió la mano y me aconsejó que era necesario volver a la doctora, porque el bulto iba a más y había que pedir el volante para el cirujano.

Tengo una niña a la cual tenía que apuntar a catequesis para prepararse para su Primera Comunión y le dije a mi esposo que al médico iríamos al día siguiente para pedir día y hora para el cirujano.

Pues bien, cuando la niña salió del colegio nos acercamos a la iglesia de Nuestra Señora del Buen Aire, que es la que nos corresponde por estar situada más cerca de la casa, pero nos dijeron que tenían cubiertos todos los grupos de niños de catequesis y que no me podían admitir a mi hija.

Entonces fuimos a la iglesia de Nuestra Señora de la Merced, por ver si allí me la admitían, pero tampoco fue posible. Rocío, que así se llama mi niña, estaba muy apenada, pues era grande la ilusión que tenía por hacer la catequesis. Entonces pensamos en venir a esta iglesia de San Alberto Magno, donde mi niña y yo hemos venido cuando ha venido en peregrinación la Virgen de Fátima y hemos ido con la Sagrada Virgen en procesión.

Por el camino yo venía pidiéndole al Beato Josemaría que me la admitiesen. Cuando llegamos, entramos y estuvimos hablando con un sacerdote al cual yo había preguntado si sería posible apuntar a mi niña a la catequesis, y me respondió que quien llevaba ese tema era don Javier, pero que tendría que esperar pues tenía que confesar o estaba confesando. Cuando salí de hablar con aquel sacerdote me fijé que justamente enfrente había otro sacerdote hablando con una mujer, yo no conocía don Javier, pero no sé por qué me dio la corazonada de que se trataba de él.

Entonces llamé a la puerta y pregunté si había plazas para apuntar a mi niña a catequesis. La señora a que me refería anteriormente era catequista y mirando una lista de niños me dijo que hacía unos días que se había terminado la admisión, pero que miraría a ver si había alguna vacante. Luego me dijo que quedaba solamente una y que podía apuntarse la niña, diciéndome que tenía que comprarle el libro "Sigamos a Jesús" el número uno y que dentro de la iglesia sobre una mesa estaban los catecismos.

Entramos dentro para coger el catecismo, di a la niña el dinero para que lo echase en la urna y después nos arrodillamos para rezar un Padrenuestro, para dar gracias a Dios porque mi niña pudiese hacer la primera comunión y por habérmela admitido en catequesis.

Mirando la cara del Beato Josemaría, también a él le di las gracias y no sé qué sensación de dulzura vi reflejada en su rostro, pero lo cierto es que abusando de su generosidad le rogué que también me quitase el bulto que tan preocupada me tenía desde el mes de julio. Cuando salimos de la iglesia yo me miré el dedo, pero el bulto continuaba en mi mano como antes.

Entramos en la papelería que está en frente de la iglesia en la misma placita y allí compré el libro "Sigamos a Jesús", un cuaderno, un lápiz y un libro titulado "La vida del Beato Josemaría", en la portada estaba la misma fotografía que la que había en la iglesia. No sé por qué lo compré, pero su mirada me producía una sensación de tranquilidad.

Cuando llegamos a casa dejé el libro sobre la mesilla de noche y después de ponerme ropa cómoda para estar en casa, miré la fotografía del Beato que tenía aquel libro en su portada, y poniendo la mano sobre él pensé que me podía quitar aquel bulto de mi mano.

Cuál no sería mi sorpresa cuando al levantar la mano del libro, ese bulto que tan preocupada me había tenido había desaparecido por completo, se me había quitado todo el dolor y sentía un bienestar enorme teniendo la mano sobre la fotografía del Beato.

Un poco aturdida y emocionada salí al salón y le enseñé a mi esposo la mano, el cual me decía que parecía una cosa inexplicable. Yo creo que en este hecho ha intervenido la mano de Josemaría. Todavía estoy aturdida por lo ocurrido y después de esto no he tenido más remedio que escribirlo y comunicarlo.

Trabajo a pesar de la hernia (India)

Yo padezco la dolorosa enfermedad de hernia desde hace más de un año. Algunas veces me producía mayor dolor y me impedía realizar mi trabajo.

Un día me encontré muy mal. En aquel momento un anciano se acercó a mi casa y me dio la Newsletter de Monseñor Escrivá y se marchó.

Entonces leí la Newsletter y muchos de los favores publicados. Recé a Dios por medio de la poderosa intercesión de Monseñor Escrivá con gran confianza.

Al día siguiente cuando me desperté estaba bien y puedo hacer cualquier trabajo pesado. Estoy muy agradecido a mi amable y compasivo Monseñor Escrivá.

Fumador empedernido (Argentina)

Fui un fumador empedernido. Fumé durante 56 años, y últimamente, 40 cigarrillos diarios.

Una mañana, haciendo un rato de oración, le pedí al Beato Josemaría que me ayudara a dejar de fumar porque no me hacía bien. Ese día compré un atado de 10 cigarrillos. Por la noche, salí a cenar con mi señora. Estando en el restaurant sin cigarrillos, le pedí uno a un señor que estaba al lado. Mi esposa se enojó.

Al día siguiente fui al médico. Me indicó que tomara mucha agua y que comiera pastillas. Yo le conté a mi hija, quien me dio una buena receta: "Mirá, cuando tengas deseos de fumar, rezá una oración al Beato Josemaría".

El primer día recé muchas oraciones, al día siguiente me olvidé del cigarrillo hasta el día de hoy. (...) Me siento un hombre nuevo, lástima que engordé un poco. La receta de mi hija fue maravillosa, y el mérito, del Beato Josemaría.

Con una rodilla rota (Bolivia)

Tuve una caída muy fuerte y me fracturé el hueso de la rodilla izquierda. Fui a la ciudad de La Paz para que me revisara un médico especialista, que me enyesó la rodilla y estuve así por varias semanas. En aquella ocasión, en La Paz, estuve alojada en casa de una prima que siempre me hablaba del Opus Dei y por supuesto de su fundador el Beato Josemaría Escrivá de Balaguer.

Mi prima me invitó a un curso de retiro de tres días, del viernes 23 al domingo 25 de junio. El jueves 22, el médico me quitó el yeso de la rodilla y trató de que lograra doblarla, pero me fue imposible hacerlo por el dolor que el esfuerzo me causaba; me indicó que no había problema pero que debería someterme a un tratamiento de fisioterapia y después de algunas semanas seguramente podría doblar la rodilla.

El día viernes fuimos a la casa de retiros en automóvil. El viaje para mí fue muy incómodo y sufrí mucho dolor. El resto del día viernes fue también bastante doloroso. Mi prima me sugirió que tomara un calmante, que me había recetado el médico. Yo no quería tomarlo ya que sabía que me causaría somnolencia y no quería perder nada del retiro, que era el primero al que asistía en mi vida.

Esa noche pedí a Dios, su Santísima Madre y al Beato Josemaría que me permitieran participar en el retiro sin dolor y puse la estampa del Beato Josemaría sobre mi rodilla. Pasé una noche con mucho dolor, además que sentí que me estaba resfriando; normalmente cuando me resfrío tengo que quedarme en cama por tres días.

Al día siguiente, mi prima me despertó y retornó a su habitación. En honor a la verdad, no recuerdo cómo me levanté pero me vi sentada al borde de la cama con la rodilla doblada y sin ningún dolor. Mi sorpresa y alegría fueron muy grandes y fui inmediatamente a la habitación de mi prima para mostrarle que podía doblar la rodilla y no sentía ningún dolor. Los síntomas del resfrío también habían desaparecido.

El retiro fue para mí una experiencia inolvidable, una prueba tangible del amor y la misericordia de Dios y de la eficaz intercesión del Beato Josemaría.

No podía hablar bien (Polonia)

Escribo una carta ahora que tengo un motivo que lo justifica. Soy estudiante de segundo curso de la Escuela de Minas. Desde mi infancia tengo dificultades para hablar, y mis padres se preocuparon de que desde muy pequeño me trataran este problema y me hicieran realizar ejercicios con este fin.

Algunas veces parecía que progresaba durante el tratamiento, pero esta impresión duraba poco. Por esta dificultad me sentía desplazado en cualquier ambiente. Me trataban como un ser inferior, especialmente mis profesores. Iba a una escuela normal, pero me resultaba muy difícil articular las palabras en clase porque me ponía muy nervioso.

Hace casi dos años, recibí de mi hermana la estampa con la oración de Mons. Josemaría Escrivá. Al principio no creía que fuese a mejorar. Recitaba la oración casi todos los días, por la tarde, con una pequeña chispa de esperanza en que mi oración pudiese ser escuchada.

Al cabo de poco tiempo sucedió el gran cambio en mi vida. Poco a poco fui adquiriendo una pronunciación correcta, así hasta que pude hablar bien. Esto ha sido gracias a Mons. Josemaría Escrivá, que ha escuchado mi oración y me ha ayudado. Quiero agradecerlo todos los días de mi vida. Llevo la estampa siempre conmigo para que me guíe entre las dificultades y problemas de la vida corriente.

CASOS DE SIDA

Se recogen aquí tres historias relacionadas con esta terrible enfermedad de nuestro tiempo. El desenlace fue muy distinto en los tres casos, pero —como se verá— la misericordia de Dios y su providencia se manifestaron igualmente.

Mi hermano homosexual (México)

Desde hace varios años mi hermano venía adoptando conductas que denotaban señales de homosexualidad. Esta situación tan dolorosa me atormentaba sobremanera. No puedo explicar el estado de ánimo que me provocaba el ir comprobando que esto ya no era una simple sospecha sino que era una amarga realidad.

Recurrí infinitas veces a Dios Nuestro Señor, pero concretamente, en el año de 1986, me encaré al Beato Josemaría y le supliqué que hiciera lo posible por solucionar la situación. Contrariamente a lo que yo esperaba, las cosas fueron empeorando. No podíamos nadie de la familia tocar el tema con él, ya que era motivo seguro de grandes conflictos y esto les preocupaba mucho a mis padres.

Redoblamos las peticiones al Beato Josemaría Escrivá, mi mamá concretamente lo puso en sus manos y se lo confió totalmente. Yo pensaba que aunque Santa Mónica hubiera logrado la conversión de su hijo, eso sólo se daba una vez en la historia, y este caso era verdaderamente imposible. Sin embargo, nunca dejé de rezar.

En 1992 me ofrecí a trabajar con él en una agencia publicitaria que había montado con otro hermano mío. Era un joven muy brillante, y pensamos que así le podríamos ayudar mejor, pero fue contraproducente, pues terminó despidiéndome del trabajo, sabiendo que yo lo necesitaba.

En 1993 nos enteramos que desde 1986 se había infectado del virus SIDA. Ya empezaba a manifestar la enfermedad y nos dimos a la tarea de ayudarle a encontrarse con Dios. Durante los meses de su enfermedad, fue convirtiéndose a Dios, recibiendo los sacramentos con frecuencia y su carácter fue otro.

Nos pidió perdón por su vida pasada, nos dio la razón a todo lo que le decíamos y empezó a rezar y ofrecer todos sus padecimientos que fueron infinitos, por la Iglesia, por el Papa, por los sacerdotes y por todos los que se lo pedían.

Él sabía que sufríamos mucho, pero ese sufrimiento se volvió en gozo, cuando lo vimos fallecer de una manera tan tranquila como lo hizo y rezando con nosotros las oraciones que había aprendido de niño. Además de comulgar con frecuencia, se confesaba igual. Recibió la Unción de enfermos y bendiciones especiales hasta el último día.

El Beato Josemaría Escrivá me escuchó, ya que yo jamás pensé que esto se solucionara y la gran paz que tenemos mis padres y hermanos, es fruto de ese milagro que él nos alcanzó.

No lo podía creer (Estados Unidos)

El 12 de febrero me hicieron unos análisis porque me los pedían en inmigración para arreglar mi visa.

Bueno pues cuál fue mi sorpresa y mi dolor, que escuché al doctor decir que me tenían que hacer otros análisis porque había salido con SIDA. Yo no lo podía creer, porque yo siempre he respetado a mi esposo y nunca he tenido transfusiones de sangre.

Yo sentía que me iba a volver loca porque sentía tanto dolor, porque tengo dos hijitos a quienes les hago falta. Yo lloraba de noche y de día; mi vida se estaba acabando poco a poco. Me levantaba en las noches a pedirle a mi Padre Josemaría con todo mi corazón que todo fuera una equivocación.

Me volvieron a hacer otros análisis el último de febrero y cuál va a ser mi sorpresa cuando salieron todavía síntomas de SIDA.

Le hicieron unos a mi esposo porque él se echaba la culpa de que yo tuviera eso, porque en una ocasión él había tenido relaciones con una mujer y él llorando me pedía perdón, y yo no sé si me dolía más la enfermedad o la traición de mi esposo, porque yo ponía toda mi confianza en él y qué sorpresa me llevaba que él me había sido infiel. Bueno, le hicieron los análisis y salieron negativos, y si él era negativo no podía creer lo que estaba pasando.

Pasaron los días y me hicieron otros estudios y cuál fue mi sorpresa: "Señora", me dijo la doctora, "esto es un milagro. Sus estudios están bien". Porque yo con mi fe que le tengo a mi Dios y a Josemaría mi vida ha cambiado. Estoy tranquila porque sé que ellos me han sanado.

Se mostraba inquieto y agresivo (España)

Desde hace unos años sabíamos que mi hermano era portador del virus del SIDA. En el mes de febrero de 1995 tuvo que dejar su trabajo, pues ya empezaban a manifestarse los síntomas del desarrollo de la enfermedad. Desde ese momento acudí al Beato Josemaría pidiéndole que toda la familia —especialmente mis padres— supiéramos afrontar esos últimos meses de vida de mi hermano y que muriera habiendo recibido los sacramentos.

Con el paso de los meses su estado se iba deteriorando, tanto física como mentalmente, y la convivencia familiar era cada vez más difícil. En ningún momento dudé de que el Beato nos conseguiría el favor que le pedía. Tenía la evidencia de su ayuda en la muerte de otro de mis hermanos hace cinco años, de la misma enfermedad.

A principios de mayo de 1996 le hospitalizamos. Durante su estancia en el hospital hablé varias veces con él sobre la necesidad de estar en gracia de Dios. También le hablaban mi madre y mi tía. Le visitó varias veces uno de los religiosos que atienden el hospital. Él contestaba que era agnóstico y no creyente. Se mostraba muy intranquilo, agresivo y bastante insoportable.

Mientras tanto seguíamos encomendando el asunto al Beato. También lo encomendaban toda la familia, muchos profesores y alumnos del colegio donde trabajo y otros amigos míos.

El sábado 8 de junio de 1996 fui a verle acompañado de un sacerdote amigo mío. Con gran naturalidad estuvieron hablando un rato, le confesó y le administró la Unción de Enfermos. Mis padres se alegraron muchísimo de la conversión. Por la tarde volví a verle. Estaba muy tranquilo. Así estuvo hasta el final. El martes entró en una lenta y dolorosa agonía y falleció el viernes 14 de junio de 1996 a las 6.30 de la tarde.

EN LA FRONTERA DEL ALMA Y EL CUERPO

En este apartado se habla de los sufrimientos de las personas que padecen enfermedades psíquicas, especialmente la depresión. A menudo, la ayuda de San Josemaría consiste en dar fuerzas al enfermo para poner los medios que —gracias a los progresos de la ciencia médica— hoy día pueden curarle. Pero en algunos casos, esas situaciones aparecen complicadas por otros problemas, materiales y espirituales, o se encuentran —por así decir— en una misteriosa zona de frontera entre el alma y el cuerpo, donde la ayuda de Dios resulta decisiva.

Un caso de depresión y anorexia (Costa Rica)

Desde el año de 1990 comencé a padecer de constantes depresiones que abatían a mi corazón y me robaban los deseos de vivir. Mi vida era como una necia balanza rodeada de una inestabilidad que de pronto, sin percatarme, acababa con mi tranquilidad.

En mi familia los problemas eran cada vez más graves, además había perdido a una persona muy querida y entonces empecé a experimentar cómo lentamente me consumía en una terrible tristeza.

Dos años después enfermé de anorexia y fue así como no sólo sentí que no podía controlar aquella depresión sino que también sobrevinieron serios problemas de salud, que por supuesto impedían el normal transcurrir de mi vida.

Se inició un tratamiento con un psiquiatra el cual me recetó dosis altas de píldoras antidepresivas, las cuales a su vez me provocaban innumerables molestias que trastornaban mi estado físico, mental y emocional.

En mi familia el apoyo era mínimo, e incluso descubrí que ni siquiera poseía verdaderos amigos, y por otra parte en mi interior yo sabía que en aquel medicamento tampoco hallaría la solución a mis problemas.

Seguí luchando por salir de aquel abismo que me atrapaba, me era difícil estudiar, mas logré finalizar todos los cursos en forma exitosa. Sin embargo, siempre llegaba un momento en el que me veía impotente y débil, pues aún no desaparecía aquella gran pesadilla.

Pero, gracias a la intercesión del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer, alcancé del Señor tres grandes favores que yo llamo milagros, pues, después de un tiempo de rezar intensamente la estampa para la devoción privada, siento que he comenzado una nueva vida, donde no hay lugar para la depresión, ni la anorexia, ni ningún pensamiento negativo que pueda detenerme en esta asidua lucha.

Hoy he recobrado todo cuanto había perdido: mi buena salud, mi paz y a la persona que más amo en este mundo. Agradeceré eternamente estos milagros a la intercesión del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer, y nunca olvidaré la dicha que un día tuve al poder conocer el Opus Dei y dar así mis primeros pasos en la vida espiritual, pues realmente todo esto cambió el rumbo de mi caminar.

Estaba perdido en otro mundo (España)

Quiero dejar por escrito un favor del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer. Más que un favor, me parece un milagro, tal y como sucedieron las cosas.

Tengo un sobrino que ronda ya los 65 años, casado, de profesión abogado, con hijos. Es una persona muy considerada por sus amigos y colegas, inteligente y con prestigio profesional; es también un hombre de fe.

Hace alrededor de un año y medio, se puso enfermo. Sufría una depresión muy importante que le dejó casi sin habla; le impedía trabajar, conducir y tener cualquier tipo de iniciativa. Tanto es así que los médicos aconsejaron que se le diera un trato civil de invalidez.

Su mujer estaba muy preocupada e intentaba animarlo. Por las mañanas hacía toda clase de pruebas para levantarlo de la cama, ya que él decía que no podía. En una de estas ocasiones, ella, por ayudarlo, le cogió de los brazos y lo levantó, pero él se desmayó y comenzó a perder sangre. Hubo que hospitalizarle durante algunas semanas.

Volvió a casa y seguía igual. Habían pasado ya siete meses del comienzo y en la familia estábamos muy preocupados. Su mujer vendió su coche, pues los médicos no creían que pudiera volver a hacer una vida normal y mucho menos conducir.

Yo iba a verle de vez en cuando; le hacía preguntas y sólo contestaba "sí" o "no"; intentaba animarle pero no conseguía nada. Estaba como absorto, perdido en otro mundo, irrecuperable.

Desde el principio lo encomendé al Beato Josemaría y rezaba y rezaba, pero no me hacía caso. Con motivo de un traslado de ciudad fui a despedirme y al ir hacia allá pensé en la reliquia de nuestro Padre que me dieron y que siempre llevo encima.

Le pedí con más fuerza y, al despedirme, le pasé la reliquia por la espalda, los hombros, los brazos. Y me fui.

Al día siguiente, llamé por teléfono y un hijo suyo me dijo que aquella mañana se había levantado de la cama —él sólo—; había ido a su encuentro y les había dicho: "¡ya estoy bueno!".

Y así fue. Se levantó y —a pesar de haber perdido 15 kilos— había reemprendido la vida normal, con la clarividencia de siempre, los ánimos de siempre y la laboriosidad de siempre. Se encontró sin coche y no se enfadó; al contrario encargó uno y mejor que el que tenía. Desde entonces sigue completamente bien.

"Ataqué" al Cielo (Islas Fiji)

En la actualidad tengo 39 años. Desde que dejé el colegio, al terminar el bachillerato elemental, he tenido muchas dificultades para encontrar un trabajo adecuado. Estaba muy deprimido y en una ocasión, incluso, llegué a intentar el suicidio tomando un bote de píldoras peligrosas de cianuro. Gracias a Dios, sobreviví a ese período.

Un día, mirando los libros de la biblioteca de la Misión Católica, encontré casualmente un ejemplar del primer número de la Hoja Informativa de Mons. Escrivá, junto con la estampa con la oración. "Ataqué" al Cielo por la intercesión de Monseñor.

Ahora, aunque estoy sólo semiempleado soy muy feliz; todos los estados y pensamientos depresivos que me hacían pensar en acabar con mi vida han desaparecido totalmente. Muchas, muchas gracias a este verdaderamente santo Siervo de Dios.

En paro, enfermo, y con problemas familiares (Congo)

En un momento en que me encontraba completamente abatido (en paro, enfermo y con problemas familiares), un amigo me pidió mi dirección sin explicarme nada.

Algunos meses más tarde recibí por correo la Hoja Informativa. Después de haberla leído con atención e interés, comencé a rezar con confianza la oración para la devoción privada al Siervo de Dios Mons. Escrivá. Yo pedía a Dios, por la intercesión de su Siervo Mons. Josemaría, en primer lugar la paz y la alegría interiores, y poco a poco me fui sintiendo más tranquilo.

En segundo lugar, cinco meses después, he obtenido un trabajo en el que ocupo una función de dirección similar a la anterior y, además, es de condiciones más ventajosas. Y, por fin, los otros problemas han ido desapareciendo sucesivamente.

No puedo sino atribuir estos favores a la ayuda e intercesión del Siervo de Dios, a quien continúo acudiendo. Por todo ello estoy dando gracias. Ahora yo puedo cantar: "Bendeciré al Señor siempre y en todas partes".

Catorce años con problemas psiquiátricos (Irlanda)

—Dad, tranquilo: voy a quedarme en el hospital.

Al escuchar esta frase por el teléfono, un lunes por la mañana, fue como si un peso se me quitase de encima. Fue un momento decisivo en la historia, que ya había durado catorce años, de los problemas psiquiátricos de mi hijo, y representó el comienzo de una nueva etapa en su vida, que terminaría con la mejora total. Según me contaba, había superado su miedo y estaba ya dispuesto a quedarse en la clínica psiquiátrica de Dublín.

Llevábamos años intentando persuadirle, animándole, llevándole a consultas con profesionales... Le habíamos convencido entre todos para que ingresase en una clínica durante tres meses, pero después de dos días, se disponía a marcharse y dejarlo todo.

Pasé el fin de semana rezando al Beato Josemaría y a don Álvaro[11], como ya había hecho durante tantos años. Animé a muchos amigos a que se uniesen a mi oración. Uno de ellos pasó el domingo entero delante del Sagrario, pidiendo por esta intención.

Así que, al oír las palabras con las que comienza este relato, agradecí al Señor que, por fin, mi hijo se confiara al tratamiento médico. Después de unos exámenes médicos, se llegó a la conclusión de que los síntomas —quedarse en su cuarto sin salir apenas, incapacidad para mantener relaciones sociales normales, y lo que me dolía también, su alejamiento de la práctica de la fe— eran debidos a agorafobia y esquizofrenia. Una de las cosas más tristes de la enfermedad eran sus reacciones airadas y desproporcionadas hacia los que intentaban ayudarle, que, a veces, llegaron incluso a la agresión.

El tratamiento y los medicamentos lograron una mejoría grande, ya antes de que concluyera la fase de hospitalización. Después siguió en contacto con el equipo psiquiátrico, y los progresos continuaron. A la vez, se palpaba la distensión que se producía dentro de la familia. Después de la muerte de mi mujer, hace varios años, había esperado, con mi jubilación, pasar más tiempo con mi hijo. Al cabo de unos meses, me había dado cuenta de que, sin un cambio notable, no íbamos a poder vivir bajo el mismo techo.

Al salir del hospital, nos trasladamos al oeste de Irlanda, y se vio que mi hijo empezaba a tener relaciones sociales con sus parientes y que hacía amigos. Luego, empezó un curso de informática en una entidad nacional. Por entonces, además, volvió a frecuentar los Sacramentos, después de catorce años. Comenzó a rezar el Rosario y a asistir a retiros. Todo sucedió como me había predicho un sacerdote: primero pondría su vida profesional y social en orden, y luego volvería a la práctica de la religión.

En las pasadas navidades hubo un momento muy importante, cuando decidió acudir al Sacramento de la Penitencia. Fuimos juntos a la iglesia. Le ayudé a serenarse y a prepararse. Los minutos pasaron muy lentos, pero al final se animó a acercarse al confesionario. Al salir, todo fue alegría. Me contó que al decir que habían pasado más de catorce años, el sacerdote le comentó:

—Pues... ¡bienvenido!

Enseguida, desaparecieron todos los nervios.

¡Qué regalo más apropiado para la Navidad! Pasé las fiestas dando gracias a Dios, al Beato Josemaría y a don Álvaro, más aún cuando me pidió que le devolviese su misal para seguir la Misa. Era un regalo que había recibido cuando era más joven. Como él no lo usaba nunca, lo utilizaba yo. También se le veía hablar con sus amigos de su vuelta a los sacramentos y a la oración.

Yo también me sorprendo contando a todo el mundo lo que he aprendido sobre la perseverancia en la oración. (...) Qué alegría darse cuenta de cómo Dios nos quería a nuestra familia, dándonos ese sendero tan duro, pero sembrado de tesoros. No creo que yo hubiese aguantado esta situación sin la devoción al Beato Josemaría y la ayuda que me proporcionaban su vida y sus escritos. Sin esa visión sobrenatural, quizá las cosas habrían terminado de manera trágica para mi hijo y para mí.

Hay que añadir que yo no era el único que sufría. Él lo había pasado muy mal, queriendo vivir una vida normal, sin poder conseguirlo. Ahora, con ese constante aluvión de gracias, y el apoyo directo e indirecto de mis amigos en la Obra, los dos estamos en camino hacia una vida muy feliz.

cap. 3

VIDAS DIFÍCILES

A medida que revisaba los relatos que han servido para la composición de este libro, iban apareciendo algunos que no permitían una colocación muy determinada. No hablaban de una necesidad concreta —espiritual, de salud, laboral, familiar...— que se había encomendado a San Josemaría, sino de muchas a la vez. Trataban de algo que puede parecer genérico: contaban lo que he llamado "vidas difíciles".

Son vidas marcadas por el sufrimiento, por una sucesión de problemas, por situaciones a menudo desgarradoras, por la miseria material y moral. Unas veces a causa de la droga o el alcohol, de acusaciones ante la justicia, del desvalimiento ante diversas eventualidades. En otros casos, vidas no siempre angustiosas, pero sí precarias, expuestas a varios tipos de apuros.

Se trata de gente especialmente necesitada, que, por eso mismo, puede estar segura de contar con una especial ayuda de Dios y de los santos. El lector encontrará aquí algunas historias muy dolorosas, pero también sumamente esperanzadoras.

San Josemaría, como todos los santos, también sufrió mucho en la vida: no hay santidad sin cruz. Ya lo había advertido Jesús: «Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz cada día, y que me siga»[12]. Tuvo que superar dificultades de todo tipo en la realización de la voluntad divina. Por añadidura, durante su vida sufrió graves enfermedades; pasó muchos años con serias estrecheces económicas; fue objeto de injusticias y calumnias; escapó de peligros mortales y de situaciones angustiosas. Pero en medio de esos sufrimientos, mantenía una alegría y buen humor desbordantes, como corresponde a quien se sabe hijo de Dios.

Fue también un hombre de gran corazón. Como si no le bastara con los padecimientos propios, cargaba sobre sí las penas y necesidades de los demás. Siguió, en fin, el ejemplo de Jesús: dar la vida por los demás, ser otro Cristo, que se deja clavar en la cruz por amor. Desde sus primeros años de ministerio sacerdotal en los barrios y hospitales más abandonados de Madrid, puso remedio a muchas miserias humanas, sobre todo morales. Sembró paz y alegría en millares de corazones, derrochando su cariño con tantos y recuperándoles los bienes más preciosos: la amistad con Dios y la esperanza en su misericordia. Así continúa haciendo ahora.

GENTE CON PROBLEMAS

Con una angustia que no me dejaba vivir (España)

Llevaba dos años de tratamiento psiquiátrico, con una angustia que no me dejaba vivir. Un día de gran desesperación, vi un crucifijo y una estampa de Mons. Escrivá de Balaguer en la casa donde hago faenas. Los cogí y, llorando, le pedí a Mons. Escrivá que me concediera vivir una vida tranquila y que, si no era posible, me sacara de este mundo, pues hacía tiempo que quería suicidarme por varios sucesos duros de mi vida.

Se me unieron varias cosas. Al poco tiempo de casarme, al mes, mi marido cayó enfermo del pulmón y tuvo que ingresar seis meses en un Sanatorio de Tuberculosos. Tuve un hijo que nació a los ocho meses de embarazo y, después de la incubadora, salió autista. En el colegio, otra hija se accidentó y quedó colgada por la mandíbula de un gancho. Por todos estos sucesos dejé de practicar, pensando que Dios no sólo no me escuchaba, sino que, además, me enviaba más problemas.

Entonces le pedí a Dios, a través de Mons. Escrivá de Balaguer, que me liberara de todo o que me encontrara bien. Le ofrecí a Dios el sacrificio de tener un hijo subnormal, pero que a mí me diera paz para llevar la casa sin amargarme, ni amargar a los de mi alrededor. Mirando la estampa me puse a hablar con Mons. Escrivá. Yo había oído hablar de sus milagros por mi cuñada, pues tuvo a su marido a punto de morir en un Hospital, en cuidados intensivos, se acordó de Mons. Escrivá de Balaguer, le pidió que se curara, y ahora está bien.

Lo que no había conseguido en dos años de tratamiento, al día siguiente de mi petición ocurrió: la angustia me desapareció. No he querido contarlo antes de cerciorarme de que realmente había sido un milagro. Ahora, al cabo de un año, tengo necesidad de manifestar que continúo perfectamente y de agradecer el bien que ha hecho a mi alma. Al verme sosegada de mis males, le ofrecí a Monseñor algo a cambio: comencé a ir a Misa cada domingo y a confesarme, pues hacía cinco años que no practicaba.

Tengo ganas de vivir, me arreglo, me pinto, etc. Antes, tenía amargado a mi marido. Los dos llevamos varios años pidiendo a Mons. Escrivá de Balaguer la curación de mi hijo.

El niño está empezando a hablar.

Una cadena de favores (España)

Hace bastante tiempo —para ser exacta, un año— que sentía deseos de escribirles, dada la cantidad de gracias obtenidas por intercesión del Siervo de Dios Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, pero no me decidía. Ahora lo he visto necesario y por eso me atrevo.

1ª gracia.— Yo era una mujer que padecía esa enfermedad llamada alcoholismo, tan terrible y destructora. Transcurrieron veinte años de mi vida sin enterarme de nada de lo que ocurría a mi alrededor. He estado internada varias veces. Me desintoxicaban y hacían toda clase de tratamientos para que odiase el alcohol, pero no me servía de nada. En cuanto salía de la Clínica, volvía a las mismas.

He hecho cosas desastrosas, las cuales no creo sea necesario detallar, puesto que todos sabemos de lo que es capaz de hacer un alcohólico en activo. Desde inspirar desprecio hacia ti en las personas más queridas —y no digamos en las que no lo son—, hasta encontrarte completamente sola, con deseos de morirte y odiándote a ti misma.

A principios de enero del año pasado tuve la suerte de conocer "Alcohólicos Anónimos", los cuales —no puedo negarlo— me ayudaron mucho... Pero yo no era feliz. Sufría muchísimo. Había dejado de beber, sí, pero era tremendo, ya que durante tres meses aproximadamente no hice nada más que pensar en el alcohol, hasta tal punto que poco faltó para que volviese otra vez a caer.

Casualidad: durante estos días de lucha conmigo misma, fue cuando comencé a conocer a Monseñor Josemaría Escrivá. Fue a través de una amiga, la cual precisamente se había trasladado, en compañía de su marido y de sus hijos, de Bilbao —donde vivían— aquí. Nos conocíamos desde muy jóvenes, puesto que yo nací allí.

Como es natural, cuando vino a casa a verme, sentí una gran alegría y a ella me atreví a contarle cosas que a nadie se las había dicho. Le dije los problemas que tenía con el alcohol, al igual que con mi fe. Todos sabemos que el alcoholismo no solamente destroza los cuerpos, sino que lo hace igualmente con las almas.

Yo durante mi adolescencia, al igual que en mi juventud, siempre fui una buena cristiana. Tanto fue así, que a los veinte o veintiún años, más de una vez pensé en ingresar en un convento. Pero a los veinticuatro años todo cambió. Me enamoré y me casé con un hombre que era completamente distinto de mí: era agnóstico, a pesar de que sus padres eran unos fervorosos cristianos.

Bueno, después de explicarle todas mis inquietudes a esta amiga, no hizo ningún comentario, pero quedamos para salir una tarde juntas a dar un paseo. No sé cómo se las arregló, pero de pronto me hallaba en una iglesia confesándome.

Esto me tranquilizó por completo, recomendándome que dejase de torturarme por lo que había hecho mientras bebía. Enseguida asistí a Misa y comulgué. Cuando salimos, casi no veía, pues tenía los ojos llenos de lágrimas. No pude retener mi emoción: después de muchos años había vuelto a encontrar a Dios.

Mi amiga también estaba emocionada. Abrió su bolso y me dio la estampa del Fundador del Opus Dei, diciéndome que rezase durante nueve días consecutivos y que le pidiera lo que yo creyese conveniente, y que más tarde ya vería los resultados.

Así lo hice, siendo mi petición que desapareciesen mis deseos de ingerir alcohol: antes de transcurridos los nueve días había desaparecido mi ansiedad y dentro de poco tiempo hará un año que no tomo ni una gota. A excepción de una prueba que hice las pasadas Fiestas de Navidad, como luego explicaré.

2ª gracia.— Mi marido —el segundo, puesto que el primero murió a los siete años de casados a consecuencia de una cirrosis hepática, del cual me quedaron dos hijos— sufrió un accidente de coche, tres años antes de encontrarme con esta buena amiga.

Fueron tres años de penuria y tragedias. Perdió su empleo y no había forma de encontrar otro por ningún medio. Y yo ya he explicado en qué estado me encontraba, por lo tanto, en lugar de ayudarle, lo que hacía era desesperarle todavía más.

Llegamos a tener que vivir de la caridad de familiares y amigos. A mi hija, la cual vivía con nosotros desde que me había vuelto a casar, tuvimos que llevarla a Bilbao y dejarla al cuidado de una hermana mía. Esto para mí fue tan horrible, que estuve a punto de suicidarme.

Y por fin llegó otra tragedia, aunque yo me sentía tan mal, tan desesperada, que ni siquiera recuerdo el efecto que me causó. Gracias a Dios, esto fue hace pocos meses y para entonces yo ya había cambiado y tomaba las cosas con más resignación. Ya no bebía; ya estaba siempre en contacto con la Iglesia y ya Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer había entrado en mi vida. Sucedió que recibimos una orden de desahucio y teníamos que desalojar el piso en pocos días si no pagábamos un año de rentas que debíamos al dueño de la casa.

Volví a rogarle con fervor a Monseñor Escrivá que intercediese por nosotros ante Dios para que no tuviésemos que abandonar la casa: a los pocos días, mi marido se encontró con un alma maravillosa, una persona con la cual no le unía ningún lazo, ni de sangre, ni de nada; solamente una amistad. Y esta gran persona no solamente se conformó con prestarle el dinero para pagar lo que debíamos, sino que, además, le dio un empleo en sus oficinas.

3ª gracia.— Se acercaban las fiestas de Navidad y hacía dos años que no había visto a mis hijos. Durante los siete años que llevo casada, siempre habían pasado con nosotros todas las vacaciones, menos estos dos años mencionados. Mi marido también les quiere mucho y, tanto él como yo, dudábamos de poder tenerlos. A pesar de que continuaba trabajando y yo le ayudaba todo lo que podía, teníamos bastantes cosas pendientes de pago, por lo que, como acabo de decir, veíamos muy difícil el poder tenerlos con nosotros.

¡Otra vez a pedirle a Monseñor Escrivá su ayuda! ¡Cuánto me gustaría poder ofrecerle yo algo! Y también se arregló todo. He pasado con mis hijos las Navidades más felices de mi vida, puesto que en las anteriores casi no me enteraba de que estaban conmigo. Para ellos también lo han sido, al ver a su madre tal y como es en realidad. Esto me lo dijeron ellos mismos, lo que me hizo llorar de emoción.

4ª gracia.— El alcoholismo es la tercera enfermedad que produce más muertes en los países desarrollados, según el Congreso de Médicos de la OMS en Ginebra. Además yo he podido observar desde que asisto a los grupos de "Alcohólicos Anónimos" lo espantosa que es esta enfermedad. He conocido personas maravillosas que, después de llevar cinco años o más sin probar el alcohol, han vuelto a caer en el pozo del que ya habían salido. Yo hace tiempo que sabía que podía tomarme una copa y que no me iba a suceder nada. Sabía que Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer no solamente me había ayudado a no beber, sino que me había curado. Y efectivamente así ha sido.

El día 24 de diciembre pasado, fiesta de Navidad y también mi cumpleaños, brindé en compañía de mi marido y de mis hijos con una copa de sidra. También lo hice el día de Nochevieja y el de Reyes. Pues bien, ¡aquí no ha ocurrido nada! Lo hice por ser tradicional. Otras bebidas más fuertes me producen repugnancia solamente con su olor.

Las Fiestas han quedado atrás, pero yo no he vuelto a tomar nada que tenga una gota de alcohol. No me apetece. Me gusta más el agua tónica.

Ya sé que ustedes mismos se habrán dado cuenta de dónde está el milagro, pero de todos modos voy a decirlo: "He dejado de ser una alcohólica". Y digo que he dejado, porque yo sé positivamente que lo era. No estoy enferma, no padezco del hígado ni de ningún otro órgano de mi cuerpo. No soy ninguna anciana: tengo cuarenta y seis años recién cumplidos. Simplemente: no me gusta el alcohol.

¿No es esto un milagro? Yo, señores, opino que sí, y más conociéndome como me conozco.

Deseo de todo corazón que estas gracias que me han sido concedidas por la intercesión del Fundador del Opus Dei, mi muy querido y admirado Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, les parezcan tan maravillosas y elocuentes como lo son para mí.

Cargó la pistola (México)

Hacía poco tiempo que vivía separado de su mujer. Aunque no se había firmado todavía la sentencia de divorcio, habían llegado a un acuerdo por el cual él podría gozar de la compañía de sus hijos durante todos los fines de semana.

Aquel domingo por la tarde, después de haber regresado a los hijos con su madre, fue a Misa y rogó al Señor que hiciera que aquella separación fuera solo temporal; salió de la iglesia confortado. Pero era aún temprano para volver a casa; así que, contrariamente a sus costumbres, entró en un cine y allí, por casualidad, vio a su mujer con otro.

Le invadieron sentimientos de tristeza, ira, celos. Volvió a su apartamento, vació mecánicamente los bolsillos y puso los objetos, uno tras otro, sobre la mesilla. Después abrió el armario para cambiarse: su mirada se posó sobre una bolsa que contenía una pistola. Sin pensar en lo que hacía, la cargó y la apoyó sobre la mesita de noche.

Se sentó en la cama y lloró amargamente. Mil pensamientos le pasaron por la cabeza, después se hizo cada vez más insistente la idea de tener que hacer cualquier cosa para resolver aquella situación: hacer justicia por su cuenta o, mejor, poner fin a la propia vida...

Al hacer un movimiento brusco, los objetos apoyados sobre la mesilla se tambalearon y cayeron al suelo dos estampas de Mons. Escrivá, que guardaba en el portafolios. Sin embargo, notó que las demás cosas habían permanecido en sus puestos: era verdaderamente extraño que sólo se hubieran caído aquellas dos estampas, que por añadidura estaban bien sujetas en el portafolios.

Las recogió. Una estaba desgastada, la otra era nueva: se la había dado un amigo suyo, que es del Opus Dei, al que había encontrado por casualidad una semana antes, y desde entonces se había puesto a encomendar al Padre la resolución de su problema matrimonial.

Teniendo en la mano las estampas, se detuvo a mirar la fotografía del Padre: vio sus ojos, su sonrisa... e inmediatamente se sintió confortado y comprendido; al mismo tiempo tuvo vergüenza. Descargó la pistola y la desmontó pieza por pieza; metió en la funda las distintas partes del arma y salió a la calle para arrojarla por una alcantarilla.

Al día siguiente fue a ver a un sacerdote del Opus Dei, con el cual había fijado una cita cuando se había encontrado con aquel amigo que le había dado la estampa de Mons. Escrivá; después escribió el relato de este favor que él atribuye a la intercesión del Padre.

Ahora soy otro (Colombia)

Quiero dar testimonio por intermedio de ustedes de los numerosos favores recibidos por intercesión de Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer y Albás ante Dios nuestro Señor.

Primero, me condujo a la conversión y creencia en Nuestro Señor, ya que hasta hace cinco años, era no sólo apático a lo referente a la gracia de Dios, sino que no me cansaba de profesar de ser ateo y de sentir menosprecio por aquellas personas que sí eran creyentes.

Ese primer encuentro fue un acto que marcó mi vida para siempre, les cuento: luego de intentar suicidarme, salí de la casa de mis padres para vivir solo. Pasé muchas penurias y amarguras, y un día, cuando no tenía qué comer ni dónde dormir, reflexioné a qué grado de abandono había llegado. Entonces lloré, sí, lloré mucho y en medio de las lágrimas, empecé a pronunciar un Padrenuestro, que por cierto no lo recordaba bien. Recordé a Mons. Josemaría y a ustedes que me hacían llegar la Hoja informativa desde varios años atrás, no sé cómo ni por qué. A instante seguido noté que la vida tenía otro semblante y desde ahí siento en cada acto de mi vida la presencia de Dios Nuestro Señor.

Ahora soy otro. Tengo un hogar con una linda niña: hace poco encontré un trabajo estable que no hubiese sido posible sin la intervención de Mons. Josemaría, en solicitada oración para la devoción privada.

ATRAPADOS POR LA DROGA O EL ALCOHOL

La heroína me dominó (España)

Conocí el Opus Dei en 1983, en una etapa de mi vida importante, porque me marcó bastante. Estudié tres años, y por causas que luego comentaré, no pude acabar 3º de BUP porque, acabando este curso, conocí la maldita droga, y ahí acabó mi vida de persona como Dios manda. La heroína me dominó. Tuve dos hijos, que, por causa de la droga, me han sido arrebatados por el Juez. En estos momentos están con una familia de las denominadas cuidadoras, y los veo una vez al mes, cuando lo autoriza el Juez.

Bien, pues ésta es un poco mi historia, bastante reducida, pero es que no sé muy bien si me tenía que dirigir de esta manera y si procede contar mi vida.

En estos momentos me encuentro en una granja de desintoxicación. Llevo dos meses, y cada día voy viendo las cosas más claras y necesito ayuda.

Ustedes se preguntarán que por qué escribo a esta dirección; pues les voy a contar. Estaba tan descentrada que, aunque tenía plaza en el centro y tenía las cosas muy mal en la calle, me resistía a ingresar. Le pedí ayuda al Fundador del Opus Dei, y sin darme cuenta estaba desintoxicada. Llevaba desde agosto sin ver a mis hijos y, estando en la granja, me concedieron un desplazamiento para visitarles. Todo ha sido gracias a Monseñor Escrivá y es un favor que tengo que agradecer.

Lo importante es que quiero cambiar. Necesito casarme y recuperar a mis hijos. Ser un ser humano y borrar lo que me atormenta. Recuperar del todo la fe, porque la verdad es que me he descuidado mucho y, por lo tanto, he perdido mucho.

Bueno, lo que agradecería es volver a tener contacto con gente que tiene mis inquietudes, pues durante tres años fui feliz, y no me importa trabajar, ser amable y luchar por algo.

Me destrozaba a mí mismo y a lo que me rodeaba (España)

Yo era un muchacho normal hasta los veinte años. Sano, alegre, deportista, no muy estudioso, etc., pero, al acabar el Bachillerato, me marché al Servicio Militar y allí comenzaron mis problemas.

Comencé con la bebida y acabé metido en el mundo de la droga. Era joven y no me daba cuenta del peligro real de las drogas, y a los dos años estaba metido en la heroína. En este mundo tan irreal y peligroso estuve cuatro años, hasta que llegó un momento en que no podía seguir más. Ya no sólo me destrozaba a mí mismo, sino que lo hacía con todo lo que me rodeaba, como familia, amigos, etc. Entonces decidí dejarlo, pero una y otra vez volvía a caer en la tentación, y me era imposible dejarlo por mis propios medios. Lo intentaba todo pero no podía ser.

Mi familia siempre ha sido religiosa y como tal, mi educación ha sido cristiana. Siempre he estado unido con la Iglesia y, de hecho, mi mejor amigo es sacerdote y, por tanto, nunca perdí mi fe en Dios. Todas las noches le pedía que me ayudara y me diera fuerza para superarlo.

Un día, entre mis papeles, encontré la estampa con la oración del Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer. Yo tenía esta estampa porque, a los dieciséis o diecisiete años, estuve un año acudiendo a clases de formación con unos muchachos del Opus Dei.

Entonces comencé a pedir a Dios que, por intercesión de Mons. Escrivá de Balaguer, me ayudara a salir de la heroína. Tal era mi desesperación que pedí incluso sacrificar todo lo que poseía por librarme de ese mal.

A los pocos días de comenzar mis oraciones sucedió algo inesperado. Estaba en Madrid, en una reunión de trabajo, cuando vinieron al hotel a buscarme dos policías y me detuvieron. Al parecer había una orden de busca y captura contra mí y me metieron en la cárcel.

A mí me parecía estar soñando, aquello era increíble.

A los treinta días vinieron a buscarme y fue entonces cuando el Juez me comunicó de qué se me acusaba. Al parecer le habían robado a una señora un collar.

Yo no salía de mi asombro porque era cierto que andaba entre drogas, pero no hasta el punto de tener que robar para conseguirlas. Yo no podía creer que se pudiera meter a alguien en la cárcel por algo que no había cometido y, mucho menos, que me pudiera suceder precisamente a mí. Pero así fue y, como consecuencia, perdí mi trabajo, mi coche y, lo más importante: la persona que más quería, mi novia. Sin contar, por supuesto, el disgusto de mi familia y la experiencia que supone para un chico como yo que le metan en la cárcel y más aún siendo inocente (como se demostró).

Aquello me hizo reflexionar y llegué a la conclusión de que todo parecía obra de alguien sobrenatural. Alguien superior a nosotros debía haber organizado aquel lío tan extraño e increíble, incluso sacrificando mis cosas y seres más queridos, para poder librarme de la droga.

Ya llevo casi un año fuera de la droga y sigo dando gracias a Dios y a Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer porque estoy convencido de que fue su intercesión la que me ayudó.

Sé que para mucha gente no tiene importancia pero para mí, y para cualquiera que lea las estadísticas sobre heroinómanos, el haberme librado de la heroína es lo más extraordinario que me ha sucedido en mi vida. Ahora soy una persona otra vez, pero con mucha más fe en Dios.

Nos dejaba "al garete" (España)

Hace años estuve destinado en un buque. Teníamos un Cabo Primera de Máquinas, casado y sin hijos, profesional de la Armada. Debido a sus frecuentes borracheras, se puede decir que estaba alcoholizado y que era un problema grave para la seguridad del buque, ya que a menudo se dormía en las guardias, desatendiendo el generador eléctrico que tenía a su cargo, por lo que, con cierta frecuencia, nos dejaba "al garete".

Al ser continuas las quejas del Jefe de Máquinas, le reprendí y castigué, e incluso decidí en mi fuero interno promover su expulsión de la Marina. Con ese motivo le llamé al camarote y se lo expuse, diciéndole que, si volvía a dormirse en la guardia, le abriría un expediente para que dejase la Armada. Cuando ya iba a salir del camarote, le di una estampa de Mons. Escrivá de Balaguer para que le rezara y le ayudase a dejar la bebida.

No volví a tener quejas de su comportamiento, y al cabo de un año dejé ese barco para pasar a mandar otro.

Un día me vino a ver, para decirme que estaba esperando un niño y que rezaba a Mons. Escrivá de Balaguer para que naciera sin dificultades, ya que los dos embarazos anteriores habían terminado en abortos espontáneos.

En enero de 1983 pasé destinado a otra ciudad, y como el buque en el que aquel hombre estaba destinado va con frecuencia a reparar a ese puerto, un día tuve la grata sorpresa de encontrarme con él. Me dijo que se había confesado ese día y me enseñó la foto de su hija, cuyo feliz nacimiento atribuía al Siervo de Dios. Me pidió una foto suya para ampliarla y ponerla en el comedor (...).

Por lo que me cuentan en su barco, ya no bebe, y su comportamiento es ejemplar: se preocupa de sus compañeros, se dirige espiritualmente con un sacerdote y lleva una vida de piedad intensa. Todos, empezando por él mismo, estamos de acuerdo en que ha sido un favor de Mons. Escrivá de Balaguer, que también se ha prodigado con otros tripulantes, especialmente en la solución de problemas con los hijos.

Sólo deseaba beber hasta morir (Ecuador)

En febrero del año pasado llevé nuevamente a mi esposo a un hospital de reposo para una rehabilitación psicológica. Desde hace muchos años es alcohólico y había tenido una recaída. En ocasiones anteriores, dado que se negaba a reconocer su enfermedad, le había internado en clínicas especializadas contra su voluntad. Él, en cuanto podía, se escapaba.

Fueron años muy difíciles para mi familia. En el momento más crítico, perdió su trabajo, llevándonos a una difícil situación, no sólo en el aspecto económico, sino también en el plano afectivo y emocional. Mis hijos y yo estábamos anímicamente destrozados. Mi esposo pasaba mucho tiempo en la cama y sólo deseaba beber hasta morir. No podía dejarle en ningún momento; era como un niño enfermo que absorbía toda mi atención, debiendo atenderle incluso en sus necesidades básicas.

Yo rezaba y me confiaba en Dios y en su Santísima Madre, pero ni siquiera podía asistir a la Santa Misa, por no dejar solos a mi marido y a mis hijos. Vivía confiada en Dios, pero con gran tensión y sufrimiento.

Al terminar la última terapia, un día viernes que recuerdo perfectamente, encontré en mi cartera una estampa del Beato Josemaría. Recé la oración y pedí con todas mis fuerzas y con gran fe, a Dios y al Beato, que fuera ésta la última vez que tuviese que llevar a mi esposo a una clínica por su enfermedad. Después de rezar, me fui a buscarle.

Desde ese momento, con mucha confianza en Dios y en el Beato Josemaría, seguí rezando a diario, mientras ayudaba a mi esposo a mantenerse firme en su decisión de cambiar de vida. Poco a poco, él ha ido experimentando una profunda transformación espiritual. Hace oración todos los días; hemos empezado a asistir a la Santa Misa todos los domingos; se confiesa y comulga todas las semanas; tiene nuevamente deseos de vivir, de ser un padre y esposo ejemplar; quiere recuperar el tiempo perdido y trabaja con mucho empeño y sacrificio, con la ayuda de Dios.

Pienso que después de haber pasado diecisiete meses de su salida del hospital, y haber empezado una nueva vida toda la familia, llena de paz y felicidad, tengo que reconocer que la intercesión del Beato Josemaría ante Dios ha sido muy eficaz, realmente pienso que es un milagro. Por esta razón, le agradezco todo lo que ha hecho por nosotros y continuaré, como hasta ahora, pidiéndole diariamente por mi marido, ya que ésta es una enfermedad de difícil curación, y también por mis hijos para estar más cerca de Dios.

PROBLEMAS CON LA JUSTICIA

Acusado de asesinato (Filipinas)

He vivido durante más de un año con una gran pena en el corazón: mi hijo estaba en la cárcel, acusado de haber matado a un hombre delante de un bar de Cebú City. Desde aquel momento, recé insistentemente al Padre.

Pasaron los meses y finalmente fue instruido el proceso en la decimotercera comisión del tribunal militar, tristemente famosa con el apelativo de "comisión de la horca" por la severidad de sus veredictos.

El paso del tribunal civil al militar había sido querido por el Secretario para la Defensa Nacional, amigo del padre de la víctima; no conseguimos hacerle cambiar de idea. Además, el Fiscal había encontrado más de diez testigos de acusación, mientras que no había ninguno que pudiera testimoniar en defensa de mi hijo, que había puesto un pie en Cebú por primera vez la misma mañana del incidente.

Antes del proceso tuve la oportunidad de viajar a Roma con mi marido, para rezar junto a la tumba del Padre. Mientras estaba allí arrodillada sentí su mano consoladora sobre mí, mientras me desahogaba con él, y cuando besé la losa de mármol que cubre sus restos, tuve la certeza de que todo se resolvería bien.

Durante el proceso, ninguno de los testigos pudo afirmar que había visto a mi hijo matar a aquel hombre, no obstante la insistencia de la acusación. Presencié todos los interrogatorios desgranando con calma mi rosario.

Cuando llamaron a declarar al último testigo, apareció claro que el culpable era precisamente él.

Aprovechando la suspensión de la audiencia, pude acercarme a mi hijo, que recitó conmigo la oración de la estampa de Mons. Escrivá y se sintió inmediatamente tranquilizado.

El veredicto fue de absolución con fórmula plena y la multitud que llenaba el aula aclamó a mi hijo. Corrí a abrazarlo llena de alegría, mientras en silencio agradecía al Señor y al Padre la gracia recibida.

Debería pagar cuantiosos daños (Austria)

Al llegar a casa de mis padres, para pasar un poco de tiempo con ellos, supe que algunos días antes, un incendio había destruido completamente la serrería donde trabaja mi padre. Según las primeras investigaciones de la compañía aseguradora, el fuego había sido provocado por el sobrecalentamiento de algunos engranajes, que no habían sido engrasados adecuadamente.

Desde hacía tiempo mi padre se ocupaba de esta operación. Él sostenía que la había efectuado apenas algunos días antes del incendio, pero el propietario de la fábrica presentó una denuncia contra él.

Toda la familia fue invadida por graves temores: si mi padre era declarado culpable, tendría que pagar los daños, y con ello perdería la casa y cualquier otra propiedad.

Recurrí inmediatamente a la intercesión del Beato Josemaría, suplicándole que diera pronto luz acerca de este caso, hecho aún más complicado por la ausencia de pruebas a favor de mi padre y por la dificultad para encontrar un buen abogado.

De vuelta a Viena envié a mis padres una estampa del Beato Josemaría para que también ellos invocasen su ayuda. La audiencia se desarrolló el 12 de noviembre; días antes, papá había encontrado por fin el abogado adecuado. Sabiendo que se iniciaría hacia las nueve de la mañana, intensifiqué mis oraciones al Señor por intercesión del Beato Josemaría. Hacia las 10.30 de la mañana, mientras realizaba algunas tareas en la cocina, sentí de improviso una gran tranquilidad, como si el Beato Josemaría me asegurase que todo estaba ya resuelto.

Ese mismo día llamé a casa y me dijeron que se había reconocido la inocencia de papá. A una pregunta mía precisa, respondieron además que el proceso había terminado hacia las 10.30 de la mañana.

Prepárate para lo peor (España)

Mi marido había sido injustamente acusado en un proceso judicial, junto con otros dos, también inocentes. Según se desarrollaba el juicio, íbamos perdiendo las esperanzas, pues todo parecía indicar que serían condenados.

A pesar de ello, todos los días nos encomendábamos a Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer.

Un día antes de salir la sentencia, una amiga mía me dijo que ya se conocía extraoficialmente y que me preparase para lo peor. Aunque esto nos desmoralizó, nos encomendamos con fe a Monseñor y los tres salieron absueltos.

PONIENDO PAZ ENTRE LA GENTE

Se transformó en una batalla encarnizada (Uruguay)

Soy de profesión abogado. Hace dos años iniciamos un juicio contra una persona, por el cobro de una deuda. Dicho juicio se transformó en una batalla encarnizada, en la cual intervinimos varios profesionales y donde se llegó a perder la objetividad en la defensa de cada una de las partes.

Se buscaron soluciones para llegar a un acuerdo aunque, por el encono existente entre los involucrados, una transacción parecía humanamente imposible.

Durante los dos años que llevaba el proceso recé muchas estampas al Beato Josemaría, pidiendo por un final pronto y bueno para el juicio, y siempre encomendé a mis contrarios. Hace poco tiempo me puse a rezar más intensamente a través de la oración de la estampa y finalmente, se dio lo que a nosotros nos parecía imposible. Se llegó a un acuerdo y pagaron un cifra menor a la deuda, pero muy cercana.

No me cabe la menor duda de que el juicio se arregló gracias a la intervención del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer.

Mis hijos no me hablaban (Australia)

Después de 18 años de casados, el 3 de mayo de 1983 mi esposa me dejó. Se fue con nuestros tres hijos, dos niños y una niña. Sufrí mucho desde entonces: mis hijos nunca hablaban conmigo. Cuando me los encontraba en la calle, se daban media vuelta.

En el mes de mayo del año pasado (1992), mi hermana mayor, que había estado en contacto con mi esposa e hijos, me dijo que no había ninguna esperanza de que mis hijos volvieran a dirigirme la palabra.

En octubre, una familia amiga me dio una estampa y me recomendaron que le rezase al Beato Josemaría para que intercediera. Un día, tal vez en noviembre, cuando acababa de leer el periódico, tomé la estampa y la recé hasta el final. Cuando terminé, miré los ojos del Beato Josemaría y añadí: "lo único que quiero es que mis hijos vuelvan a hablarme", después recé el Padre Nuestro, el Ave María y el Gloria, y luego se me olvidó todo.

En Nochebuena, mi hija me llamó y me preguntó si podría visitarme, junto con su esposo, y mi nieta de un año de edad. ¡Qué regalo de Navidad!

El sábado pasado, mi hijo mayor vino a verme, acompañado de su esposa; estuvimos juntos por tres horas. Además me dijo que mi hijo menor vendría a visitarme pronto.

Hoy he ido a visitar a mi hija y todo va bien. Por lo tanto he decidido escribir esta carta, explicando lo que sucedió a través de la intercesión del Beato Josemaría.

Un fuerte enfrentamiento familiar (España)

A principios de 1992 surgió un problema en mi familia que me ocasionó enormes sufrimientos. Mi marido tuvo un fuerte enfrentamiento con uno de mis hijos de diecisiete años, a consecuencia del cual el chico abandonó nuestro hogar y comenzó a vivir con independencia, sustentándose con trabajos ocasionales y tratando de seguir a la vez sus estudios.

Transcurrieron los meses y la cosa empeoró. Durante meses no tuve noticias de mi hijo, y mi marido se cerraba más y más y no admitía ni de lejos la posibilidad de admitir de nuevo en casa a nuestro hijo. Mi salud empeoró a causa de la preocupación. Tuve que acudir a un psiquiatra que me recetó un tratamiento muy fuerte que me impedía hacer vida normal.

A finales de 1992 un amigo de la familia me proporcionó una estampa con la oración al Beato Josemaría y un libro sobre su vida. Desde entonces no he dejado de rezarle para solucionar el problema. En realidad mi único consuelo lo hallaba en acudir a la oración del Beato Josemaría que me llenaba de paz. En varias ocasiones su intercesión me ayudó a localizar a mi hijo ante la necesidad de comunicarme con él y sin tener la más mínima pista para localizarle, produciéndose encuentros que para mí son absolutamente milagrosos.

También poco a poco se fue solucionando la desavenencia entre mi marido y nuestro hijo, hasta que finalmente han hecho las paces y mi hijo ha vuelto a casa. Ahora pasan muchas horas trabajando juntos. Mi mayor alegría ha sido comprobar que durante todo este tiempo mi hijo ha conservado las buenas costumbres que le hemos enseñado desde pequeño y ha seguido frecuentando los sacramentos. Todo ello se lo atribuyo a la intercesión del Beato Josemaría.

Discutían constantemente (China)

Mi abuelo y mi tío viven juntos en China. No se llevaban bien entre ellos. En los dos últimos años, mi abuelo había envejecido bastante, y su carácter iba empeorando. Mi tío no tenía trabajo y discutía frecuentemente con su padre. Cuando mi madre y yo fuimos a visitarles, a pesar de que mi madre es la hija que mejor se lleva con mi abuelo, en tres ocasiones discutieron sobre mi tío (...).

Estaba apenada porque no se le ocurría qué solución dar al problema. Mi abuelo reñía continuamente a mi tío, e incluso a mi tía, casi sin motivo. Veían que su salud estaba empeorando, y que la situación era cada vez más penosa.

Conocer todos los detalles también me hizo sufrir a mí. No soportaba la idea de que mi abuelo fuese tan infeliz. Pero vivía lejos de él, y no podía hacer nada. Empecé a rezar por intercesión del Beato Josemaría, pidiendo que mi abuelo olvidase todo lo que hubiera podido suceder entre él y mi tío. Esto ocurrió a mediados de marzo.

Dos semanas más tarde, mi abuelo no aguantó más y se marchó a vivir a otro pueblo. Yo seguía rezando al Beato Josemaría. A finales de abril recibimos buenas noticias. El gobernador había nombrado a mi tío responsable de un restaurante, y como no tenía ninguna experiencia, había invitado a mi abuelo a volver para echarle una mano, porque es muy buen cocinero. Asombrosamente, mi abuelo aceptó.

Desde su regreso, estuvieron muy ocupados trabajando juntos, y la relación entre ellos mejoró mucho. Ahora viven juntos y contentos. Lo agradezco al Beato Josemaría. Dios nos ha bendecido a mí y a mi familia.

Que me quitara el deseo de venganza (Venezuela)

Yo, venezolano, hago constar que estuve hospitalizado en el hospital central de Valencia por herida abdominal ocasionada en la cárcel de Tocujito, donde cumplía una condena por robo simple, con una sentencia de seis años. Llevaba 7 años de prisión y quizá por envidia me atacaron. Una vez apresado, el Doctor me aconsejó y me regaló una estampa del Beato Escrivá.

Desde entonces le pedí por mi curación, por la salud de mi madre que sufrió un accidente y por mi libertad.

Gracias a su intercesión, hoy 28-X-92 tengo nueve días en libertad, mi salud está bien y mi madre se encuentra restablecida y contenta porque estoy fuera de la prisión. Pido a Dios me ayude a conseguir un trabajo bueno y estoy dispuesto a rehacer mi vida.

Debo decir que al salir del hospital y reingresar a la cárcel le pedía todos los días antes de acostarme, y los sábados en la capilla del penal al Beato Josemaría Escrivá por mis intenciones y porque me quitara el deseo de venganza que era intenso. Ya he perdonado a mi agresor y me encuentro en paz.

Nota: Toda mi vida he sido un delincuente y desde el momento que el Doctor intervino en mi vida por medio del Beato Escrivá he cambiado tanto que yo mismo no me lo creo. Lo primero que hice fue tirar 3 armas de fuego al mar, en presencia de mi madre e hija.

APUROS VARIOS

Los relatos reunidos en este apartado hablan de problemas menos graves, pero que entran en el género de "vidas difíciles". Se trata de problemas económicos, de salud, familiares... o de todos ellos a la vez.

Sin dinero para los libros y con otros problemas (Costa Rica)

Dos favores concedidos por el Beato Josemaría Escrivá de Balaguer:

1º) el 2 de marzo de 1992 entraron a clases mis hijos, 2 en el colegio y 1 en primaria tercer grado de escuela. A la semana de estudios les dieron las listas de útiles. Fue asombroso en cuanto las leímos, mi esposo y yo, ya que pedían muchos libros y son muy caros.

Pues como somos una familia de pocos recursos, nos desesperamos por el valor de los libros: al estudiante de quinto año del colegio le pidieron 16 libros, y a la otra niña 46 libros.

Me fui a buscarlos donde amistades, pero resulta que nadie tenía ningún libro de los que les pedían en el colegio, porque son libros que salían publicados este año. Resulta que me fui donde una conocida para ver si ella me podía ayudar y me dijo que de la lista que yo llevaba tenía sólo uno que tal vez le servía a alguno. Luego me dijo la señora: "te voy a regalar una oración muy linda, pídale a él con mucha fe, él ha hecho muchos milagros".

Pues en la noche, antes de acostarme, me puse a orar y rezar esta oración tan bella. Esto fue el jueves 19 de marzo del 92.

Luego, al otro día viernes 20 mi esposo se fue al trabajo. Al llegar del trabajo a mi hogar a las 6 y media de la tarde me dice: "negra, estoy feliz". Le pregunté por qué, entonces me dice: "es que mi hermano Carlos me regaló diez mil colones para que les compre los libros a los muchachos". Yo lloré mucho, pero fue de alegría, porque fue que el Beato Josemaría me escuchó mi petición. Le doy gracias infinitas a este gran santo, bendito sea. Fue de un día a otro el favor concedido.

2º) Fue que el día 23 de marzo volví a pedir al Beato Josemaría por mi hijo que tiene 21 años. Él cayó en el vicio del licor, empezó a los 17 años. Sufrimos mucho porque todos los fines de semana se iba al bar a continuar a ingerir licor. Yo, como madre, sufría cuando él salía, porque sabíamos que cuando se iba no regresaba hasta el día siguiente y venía mal, mal, porque luego pasaba mucho dolor en la boca del estómago, no comía nada, se le veía pálido, etc.

Entonces le pedí con mucha fe al Beato Josemaría que me ayudara con mi hijo a romper esa cadena, que lo alejara de ese vicio. Pues el 13 de mayo del 92 llegó mi hijo del trabajo, no salió de la casa, sino que se acostó en la cama a leer un periódico, y cuando mi esposo llegó del trabajo él lo llamó al cuarto y le dijo: "Papi, ¿me acompaña al grupo de alcohólicos?", y él le dijo "¿no vacilas?" y entonces mi hijo le dijo: "de verdad no vacilo".

Entonces mi esposo se fue al baño, se mudó, comió su comida y me dijo: "negra, voy para el grupo de alcohólicos con él". Yo, sorprendida, le dije: "hijo, ¿es cierto esto?", y me dijo: "claro que sí mamá". Las lágrimas me corrían con él en brazos, y luego le di gracias infinitas al Beato Josemaría, porque él hizo que mi hijo tuviera esta reacción tan bella, porque sé que nunca más va a tomar licor. Bendito seas, Beato Josemaría, que el Señor Todopoderoso le siga dando dones.

Mi hijo y mi esposo van al grupo de Alcohólicos tres veces por semana, ya tienen 17 días de no tomar. Nuevamente feliz y contenta, esto se lo debo al Beato Josemaría. Que Dios Todopoderoso me lo bendiga siempre.

Sin coste alguno (México)

El 15 de febrero de 1995 nació mi hijo Pablo con el cráneo cerrado. Le hicieron algunos estudios y nos dijeron a mi esposa y a mí que tenían que operarlo para poder liberar el cerebro de una posible presión del cráneo. Al enterarnos de esto, lo primero que pensamos fue bautizarlo, y después aconsejados por la familia buscamos otra opinión. Así que me fui a los Estados Unidos a pedir la opinión de un doctor que ya conocía mi hermano, porque había hecho una intervención parecida a una hija de un amigo suyo.

El doctor nos dijo que efectivamente habría que operarlo, pero más adelante, entre los tres y los seis meses de edad. Al saber esto comenzamos a rezar una novena diaria al Beato Josemaría Escrivá de Balaguer, para que si fuera posible no se llevara a cabo la operación o, si no se curaba, que pudiera pagar la operación; ya que costaba entre 35.000.00 y 40.000.00 dólares, y al devaluarse nuestra moneda en México resultaba el doble de caro; pedimos también que por supuesto saliera bien librado de la operación.

Toda la familia y amigos estuvieron pidiendo, nosotros seguíamos rezando la novena. El 10 de mayo de 1995 se llevó a cabo la operación, antes de que cumpliera tres meses, debido a que había peligro de que el cráneo presionara el cerebro. Duró ocho horas. Fue una espera muy larga. Cuando salió el doctor nos dijo que había sido un éxito.

Antes de la operación, el doctor dijo que teníamos que quedarnos en Lubbock, por lo menos tres semanas, hasta que se recuperara, pero cuál fue nuestra sorpresa que tres días después salimos del hospital, y sólo tuvimos que quedarnos diez días más hasta que le quitaran los puntos de sutura. El doctor estaba muy impresionado de la recuperación que tuvo mi hijo.

Además, el Hospital y el doctor no me cobraron nada, y no sólo eso, pudimos conseguir por medio del Hospital una casa llamada "Ronald Mc Donald House" donde nos quedamos esos diez días. En esta casa cobran 10 dólares diarios, los cuales incluían habitación, comida y llamadas de larga distancia por quince minutos, sin costo alguno.

Quiero dar las gracias a Dios que por la intercesión del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer nos concedió: la buena recuperación de mi hijo, el no pagar la operación y el haber conseguido esta casa con la cual nos ahorramos muchos dólares en hospedaje.

Cómo ha cambiado mi situación (República Dominicana)

Cuando comencé a leer las Hojas informativas del Beato Escrivá de Balaguer, presté mucha atención. El siguiente día me emocioné aún más. Luego, comencé a pedirle con la fuerza que tenía al leer su oración. Me sentía enfermo, siendo una de las enfermedades la diabetes. Además, mis riñones no me dejaban trabajar y estaba a punto de no poder manejar un vehículo.

Cuando leía la estampa del Fundador del Opus Dei, sentía escalofríos en el cuerpo. Luego, pedí al Beato Josemaría Escrivá que, ya que estaba casi ciego y no podía leer la estampa, me diera vista, aunque sólo fuera para leer la estampa. Le pedí con fe que me quitara la diabetes. Luego, me di cuenta de que todo había desaparecido, incluido el dolor de riñones.

No tenía casa, no tenía carro, y era esclavo de varias compañías. Pedí al Beato Escrivá que me buscara la forma de vivir un poco más cómodo, y que él podía hacerlo. De un momento a otro pude construir una casa. Además, en ese mismo instante un amigo me propuso fiarme un carro, y así ha sido mi vida desde que comencé a tener devoción al Beato Josemaría.

También tenía problemas con mi familia. Después de leer la estampa y haber puesto fe, mi familia es una familia maravillosa. Mi situación familiar llegó a ser tan grave, que mi mujer intentó coger un vuelo hacia Puerto Rico, y gracias al Fundador del Opus Dei, pidiéndole con fe para que mi esposa regresara y que no se diera el viaje, el viaje fracasó en dos ocasiones.

Después de todo eso, el Beato Josemaría unió mi familia de nuevo: mi esposa y mis hijos están trabajando, y yo lo hago como taxista independiente.

También, dos de mis hijos, que eran de una secta, han vuelto a la fe católica, gracias a la intercesión del Beato Escrivá.

Estoy tan agradecido al Fundador del Opus Dei que, a la mayoría de mis clientes, les doy la Hoja informativa y les explico los milagros que he recibido. Varios de mis amigos, a los que entregué la Hoja informativa, dicen que es increíble pero cierto, en la forma en que ellos me veían y cómo ha cambiado ahora mi situación, tanto económica como familiar, a través de la intercesión del Beato Josemaría.

Que nos envíe trabajo (Argentina)

No sé cómo comenzar, ni cómo expresarme, pero lo prometí al Beato Josemaría Escrivá de Balaguer y Albás si cumplía con lo que le pedía, y así fue. Paso a contarles.

La estampa con la oración llegó a mí en un momento en que mi ánimo y situación económica andaban muy mal. Le pedía todas las noches que me diera resignación y tranquilidad por la muerte de mi Pepa; y así fue, le pedí por mi madre para que cobrara su pensión y así fue, le pedí por la salud de mi hijo, ya que había comenzado a tener mucha fiebre, y a partir de la 2ª noche de rezar y pedir, al día siguiente la fiebre había desaparecido. Inclusive cuando mi esposo no tiene trabajo (él es mecánico) pido al Beato que nos envíe trabajo, y aunque para muchos sea imposible, él nos manda trabajo.

Bueno, estas son las gracias que se me han cumplido y pido disculpas si no he sabido expresarme.

Las ratas, el loco, mis hijos enfermos (Kenia)

A través de la intercesión del Beato Josemaría he obtenido muchos favores. Me ayuda todos los días:

"Ratas hambrientas". Muchas ratas empezaron a destrozar mis nuevas plantas de maíz. Utilicé varios venenos, pero no funcionó, porque no se comían el veneno. Entonces, recé la oración de la estampa, y las ratas abandonaron la granja. Desde entonces no las he vuelto a ver.

"El loco". Un loco feroz se presentó en mi granja, cuando me encontraba cavando la tierra con mi familia. Nos amenazó con destruir las plantas. Le supliqué que abandonara la granja, pero se negó. Cuando se disponía a poner por obra sus planes, entré en casa y pedí ayuda al Beato Josemaría. Cuando volví a la granja, el loco se había marchado sin destruir ninguna de las plantas.

"Mis hijos enfermos". Mis tres hijos cayeron enfermos con una fiebre muy severa y mucha tos. Les dieron varios comprimidos y jarabes pero no se curaron. Acudí a la intercesión del Beato Josemaría y, a los dos días, los niños estaban bien de salud.

A ver si eres tan milagroso (Perú)

Deseo dejar constancia de que, pese a mi incredulidad, he recibido favores de Monseñor Escrivá a quien, debo confesarlo con vergüenza, no le brindaba ningún crédito, pues pensaba que se hacía propaganda sobre su santidad, a fin de atraer simpatizantes al Opus Dei.

Varias personas no nos habían cancelado unas deudas y estábamos un poco agobiados. Una noche, viendo la televisión, pasaron un especial sobre el Opus Dei y su Fundador, y, a modo de desafío lo emplacé con el pensamiento:

—A ver, Monseñor Escrivá, si eres tan milagroso, que alguien nos pague.

No había pasado ni un cuarto de hora (más o menos a las 10.00 de la noche), cuando tocaron la puerta de casa y con sorpresa recibimos la visita de un señor que venía a cancelar una letra que tenía pendiente y nos dijo que no podía esperar el día siguiente para cancelarla:

—Me he despertado, no puedo dormir y aquí vengo a pagarle.

cap. 4

EN EL TRABAJO PROFESIONAL

«El trabajo digno, noble y honesto, en lo humano, puede —¡y debe!— elevarse al orden sobrenatural, pasando a ser un quehacer divino»[13]. Estas palabras de San Josemaría, resumen un aspecto fundamental de sus enseñanzas: que el trabajo puede y debe ser un medio de santificación. Pero, como escribe en otro punto del mismo libro, «si queremos de veras santificar el trabajo, hay que cumplir ineludiblemente la primera condición: trabajar, ¡y trabajar bien!»[14]. Y esta primera condición, por desgracia, no es posible para mucha gente que se encuentra sin trabajo.

Nada más lógico, por tanto, que encomendar este problema a San Josemaría, que animó a tantos miles de personas a hacer del trabajo profesional el quicio de su santificación. Así lo entienden bastantes de los que acuden a su intercesión para encontrar empleo o resolver dificultades ligadas a la ocupación laboral. En este capítulo se recogen algunos de estos favores: se han añadido también los relacionados con el estudio, porque el Fundador del Opus Dei lo consideraba verdadero trabajo.

SIN TRABAJO

Siempre le pedía de comer (Brasil)

Un sacerdote amigo dio una estampa del Beato Josemaría a un joven mal vestido, que siempre le pedía de comer porque estaba sin empleo. "Pida y arreglará lo del empleo".

Un mes —o más— después un chico bien presentado le visitó para darle un donativo. No lo identificó inmediatamente: luego advirtió que era el pobre que le pedía comida. Le dijo que había rezado, había conseguido un buen empleo y quería ayudar a la parroquia.

Adivina cuál fue la ciudad elegida (México)

Desde hace unos años vivimos en esta ciudad del centro de México; aquí se han educado mis hijos que estudian en la universidad. Mi marido fue despedido de su trabajo, en el que había puesto tantas ilusiones. Todavía recuerdo el dolor que sentí al ver la angustia que denotaba su rostro. Los meses que siguieron fueron muy dolorosos. Cada mañana yo encomendaba al Beato Josemaría que mi esposo encontrara el trabajo oportuno, pero el mundo se había cerrado.

Después de verlo agotar, por sus propios medios, todas las posibilidades de encontrar trabajo, platiqué con el Beato Josemaría y le conté lo que él seguramente ya sabía. Y le dije: "Padre, tú bien conoces el corazón de mi esposo, te pido que intercedas por él y por nosotros, para que Dios guíe nuestros pensamientos y decisiones y nos dé su bendición para emprender el camino que nos sea señalado, y para que de antemano aceptemos su Santa Voluntad".

Mi esposo y yo nos conocimos en Londres donde él tenía trabajo, así que en vista de que no se veía solución inmediata aquí en Aguascalientes, al terminar mi oración al Beato Josemaría, le dije: "Tienes que irte a Londres a buscar trabajo". Al principio no aceptó la idea, porque esto significaba que la familia se dividiera, ya que mis hijos debían terminar sus estudios en Aguascalientes, y yo me debía quedar para cuidarlos y seguir trabajando para sostenerlos.

Después de vencer todos sus argumentos en contra de su viaje, emprendió la marcha. Yo sabía que no iba solo; el Beato iba con él.

Al llegar a Londres, mi esposo fue a visitar a un amigo llamado Rocky, dueño de un restaurante, y le contó lo que había sucedido. Rocky le pidió que le dejara su curriculum, por si llegaba alguien que le pudiera ayudar.

Al día siguiente, Rocky le llamó emocionado porque el gerente de una empresa de Gran Bretaña casualmente había ido a su restaurante y le había expuesto su caso. El gerente se interesó y le hizo una entrevista. Casualmente también, el ingeniero en jefe de la empresa llegaría a su visita anual a la planta y deseaba conocerlo.

El ingeniero en jefe, al saber de la experiencia de mi esposo en arranques de nuevas empresas, pensó en contratarlo, casualmente para iniciar una empresa en el norte de México. Le pidió que en una semana más se trasladara a México para comenzar los trámites de la nueva empresa. ¡La ciudad elegida fue Aguascalientes!

Todos estos sentimientos no caben en palabras y no encontraba manera de escribir lo que mis hijos y yo sentimos cuando mi esposo me llamó para darnos la increíble noticia.

Había llanto en la risa y alegría en las lágrimas. Después de dar gracias a Dios y al Beato Josemaría, corrimos a contarlo a nuestros amigos y en sus rostros estupefactos se podía corroborar que lo que nos había sucedido tenía un solo nombre... milagro.

Fracasado profesionalmente (España)

Todo había terminado para mí. Había quedado lleno de desolación y desconsuelo y, ¿por qué no decirlo?, con el descrédito, la desconfianza y todo lo que conlleva el haber fracasado profesionalmente.

Se habían acabado los tiempos buenos y alegres; ahora todo eran críticas, reproches y la desazón de soportar el peso del fracaso. Mis ilusiones de tiempos pasados quedaron truncadas: de nada me había servido tener un próspero negocio, 87 empleados, etc. Y también había perdido toda esperanza. Tampoco acudí a Dios. Esporádicamente lo hice a la Virgen. A todo mi descontento tenía que añadir los reproches de mi propia familia, y los comentarios en la calle. Todo me hundía más y más.

Meditando la situación —que ahora veo más clara, con el paso del tiempo—, cuando todo iba bien, me había olvidado de Dios, me sentía sobre todo y sobre todos, muy seguro de mí mismo... pero olvidaba que estamos en la tierra "de paso", y me olvidé de la misericordia de Dios.

Un día, mi hermana pequeña me entregó una estampa para la devoción privada de Mons. Escrivá de Balaguer. Yo sabía que mi madre, mi hermana, mi mujer e hijos rezaban por mí, pero no quería ni reconocerlo. En un momento de claridad, tomé la estampa de don Josemaría y, como un resorte, sintiéndome indigno de dirigirme a él, recé la oración de la estampa. Sentí, a continuación, un leve bienestar que me invadió por completo.

Olvidé el caso y, ayudado económicamente por mi madre —yo lo había perdido absolutamente todo—, marché a Madrid. Nada más llegar, encontré a una persona que no conocía de nada. Le conté mi situación y me propuso un negocio que, más adelante, sería mi salvación.

Puse manos a la obra y todo empezó a salir muy bien: los proveedores me servían sin garantías, fabricamos el producto y se comenzó a vender muy bien. Por falta de medios no podía extender las ventas lo que hubiera sido deseable.

Un buen día, comiendo en un restaurante de carretera durante un viaje, un señor al que no conocía, después de mostrarle el producto, me comentó que estaba dispuesto a quedarse con toda la producción. Así fue, pues resultó ser un importante almacenista.

En todo se ve la mano del Siervo de Dios. Viajé de nuevo a Madrid, prácticamente a la aventura, y Mons. Escrivá puso en mi camino a dos personas que sirvieron para que comenzara de nuevo a rendir profesionalmente.

A pesar de todo, no estaba contento. Seguía angustiado, insatisfecho. Sentía un lastre interior, imposible de superar. Le comenté a mi hermana que necesitaba confesarme y vino el sacerdote de la Parroquia. Hablamos, pero no me confesé. Me costaba reconocer mis equivocaciones, mis pecados.

Otro día mi hermana me contó sucesos de la vida del Fundador del Opus Dei, de la visita con su madre a Torreciudad cuando era pequeño y estaba enfermo. De nuevo sentí arrepentimiento y prometí a la Santísima Virgen visitar Torreciudad el 5 de septiembre de 1984, como así fue.

Pasamos un día completo mi hermana y yo; me arrodillé ante la Santísima Virgen y me quedé observando el retablo. Sin dudarlo más, y tras dar gracias, acudí a la cripta de confesionarios. Allí abrí mi alma. Fue la sensación final más bonita que una persona haya podido conocer. Tras este viaje comencé a frecuentar los Sacramentos y cambió radicalmente mi vida espiritual. Agradezco a Dios todos los favores que, palpablemente, he recibido a través de la intercesión del Siervo de Dios.

Yo no había solicitado ese empleo (Perú)

Fui cesada de mi trabajo de profesora en una academia sin motivo, sin previo aviso y sin que se respetaran ninguno de mis derechos. Esto ocurrió en momentos en que mi esposo se hallaba delicado de salud y mi hija seguía sus estudios universitarios.

Pasó mucho tiempo sin que lograra conseguir otro empleo, a pesar de mi preparación y experiencia. Me vi en el caso de tener que rematar mis joyas y objetos de valor y trabajar en sub-empleos, mal pagados. Mi hija tuvo que regresar y dejar a medias su carrera, para comenzar a trabajar muy fuerte para ayudarnos. Pero aun así nuestra situación económica empeoraba, debido a las muchas deudas que se venían acumulando.

En medio de mi desesperación, recordé que en una ocasión tuve un accidente y una amiga me recomendó acudir a la intercesión del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer. En aquella ocasión, la recuperación fue rápida y milagrosa.

Animada por aquel recuerdo, comencé a rezarle con mucha fe y a pedirle que me ayudara a conseguir un trabajo profesional, recordándole que es éste mi camino de santificación.

Poco tiempo después de comenzar a rezar, me llamaron de una acreditada academia donde yo no había solicitado empleo, pues me parecía imposible conseguirlo allí. Me explicaron que todo se debía a una recomendación anónima que habían recibido y que, hasta ahora, no he podido averiguar quién pudo hacer.

Sé que es un favor del Beato Josemaría Escrivá.

Después de dos años sin trabajo (Italia)

Soy un fiel de la Prelatura del Opus Dei, tengo 29 años, y les escribo para dar testimonio de la incesante solicitud que nuestro Padre, el Beato Josemaría Escrivá, tiene por sus hijos. Entre los muchos favores que he recibido y que sigo recibiendo, por intercesión del Beato Josemaría, hay uno que me parece digno de ser contado. (...)

Hace dos semanas, mientras todavía me encontraba en la triste situación del desempleado, por desgracia común a muchas personas de mi edad, estaba en mi casa, en Roma, haciendo la oración de la tarde. Estaba acabando, cuando sentí la necesidad imperiosa de rezar la oración de la estampa de nuestro Padre, pidiéndole con fe un trabajo que me permitiese santificarme como un hijo de Dios en el Opus Dei. Apenas había terminado el Gloria, sonó el teléfono. Me llamaban para ofrecerme un trabajo fijo, pero no un trabajo cualquiera sino aquel que me doy cuenta ahora que era mi verdadera vocación profesional, mucho más de lo que me hubiese podido imaginar.

No quiero contar aquí el sufrimiento que he tenido durante dos años en los cuales, probando de todo, no he conseguido un empleo, sabiendo que tengo una vocación específica a la santificación del trabajo.

Durante el resto de ese día, tuve la certeza interior de que el Beato Josemaría había intervenido directamente para conseguirme este favor.

Un despido... fructífero (El Salvador)

Con mi oración diaria, la ayuda de Nuestro Señor Jesucristo y por intercesión del Beato Escrivá de Balaguer, he recibido grandes milagros, los cuales le pedí en mi gran angustia y desesperación, en momentos que necesitaba de mucha fe y paciencia.

Resulta que mi esposo tenía un buen empleo, en el cual ganaba muy bien, le gustaba mucho su trabajo, tenía una buena posición dentro del gobierno, gozamos de mucho bienestar en esos días debido a su posición, tanto que nos permitía ayudar a mis padres.

Pero un día, él comenzó con tantos compromisos sociales, fiestas, reuniones, invitaciones de sus amigos, lo cual hizo que bebiera mucho. Llegaba más tarde de lo acostumbrado, y bien tomado, tanto que se quedaba dormido donde estuviera, se caía, en fin se ponía muy mal. Pero nunca dejó de asistir a su trabajo al día siguiente, pues amanecía bien. Hasta que un mal día, supongo que debido a tanto alcohol en su cuerpo, se puso violento, explosivo, hasta que tuvo problemas con el ministro y lo despidieron de su trabajo.

Pasamos un largo año, en la angustia de querer día a día conseguir un trabajo. Mandaba su curriculum a todos sus amigos que le pudieran ayudar, a los anuncios que salían en el periódico, y nada. Esto lo angustiaba mucho. Los problemas económicos lo ahogaban y siguió tomando casi a diario. Ya no le importaba nada: yo gracias a Dios sí tenía mi trabajo, pero sentía que no nos alcanzaba sólo con lo que yo ganaba. Esto nos hacía discutir mucho. A veces se ponía de muy mal humor debido a tanto licor y perdía los estribos. Me desesperaba verlo tan tomado y no poder ayudarlo, y me enojaba tanto que terminábamos discutiendo y a veces hasta maltratándonos.

Fue entonces que mi mamy me dio la tarjetita del Beato y comencé a pedirle que ayudara a mi esposo a dejar el alcohol, que le diera fuerza de voluntad, y a la vez que le abriera una puerta donde él encontrara trabajo, y a mí la paciencia que necesitaba para esperar que se hiciera su voluntad.

Y antes de finalizar el año, para un año de estar sin empleo mi esposo, le sale un trabajo, no tan bueno como el que tenía, pero se le abrió una puerta, una nueva oportunidad. Y a la vez él ha dejado de tomar, pues pasa el tiempo ocupado; ya asistió a reuniones y no ha llegado tomado. Y como si esto fuera poco, me sale un mejor trabajo a mí también.

BUSCANDO UN EMPLEO MEJOR

Vendedor de helados (España)

Desde hace dos meses tenía un trabajo provisional de vendedor de helados. Es una tarea muy sacrificada: todos los días, incluidos domingos y festivos, paso doce horas ininterrumpidas en el puesto, situado en un lugar muy caluroso. Además, está muy mal remunerado. Con todo esto es fácil suponer que no es la situación ideal para mí, ya que tengo que sacar adelante a mi familia: mujer y tres hijos.

Pocos días después de comenzar este trabajo me percaté de que solía pasar cerca de mi puesto un sacerdote. Comencé a saludarle y él me correspondía al saludo. Un día que me dirigía a abrir el puesto de los helados lo encontré por la calle y fuimos hablando el trayecto que hicimos juntos.

Otro de los días que pasó junto al puesto, aproveché para preguntarle si conocía de algún trabajo, a lo que me respondió que no, pero que intentaría enterarse. Me dijo que se lo pidiera al Beato Josemaría, que él había hecho muchos favores y que seguro que me conseguiría el puesto de trabajo que yo deseaba.

Aquel mismo día comencé a rezar la estampa del Beato Josemaría. Le pedía al Señor, por intercesión del Beato, que me diera salud y trabajo; y al noveno día de rezarla me ha salido un trabajo de guarda jurado nocturno, mucho mejor remunerado, con un horario más llevadero y en unas condiciones más idóneas para mi edad.

Yo sigo rezándole mis oraciones al Beato Josemaría y digo a mi mujer y a todos que ha sido él quien me ha conseguido el trabajo y que ellos también le pidan lo que necesitan.

Al convertirme me quedé sin trabajo (Estados Unidos)

Yo era pastor anglicano. Fui recibido en la Iglesia Católica en la Solemnidad de la Asunción, el 15 de agosto de 1995. También soy Cooperador del Opus Dei.

Tengo 37 años y fui pastor anglicano durante 7 años. Anteriormente, había trabajado en el mundo de los negocios. Después de ser ordenado tuve un empleo secular varios años, mientras servía en una de las misiones de la localidad. Después dejé ese empleo para ser el pastor de una parroquia.

Al dejar el anglicanismo y mis labores pastorales la Navidad pasada, me quedé sin medios para sostener a mi familia. Por un amigo encontré un trabajo en una empresa de manufactura local. Con esposa y seis hijos, el sueldo no era suficiente para vivir, aun contando con que llevábamos una vida sencilla y austera.

La realidad era que necesitaba encontrar otro trabajo con un sueldo mayor y también con espacio para crecer y desarrollarme profesionalmente. Mi primer problema era que estaba atemorizado. Toda mi vida había sabido lo que iba a ser y hacer: ser pastor. Ahora había cambiado mi perspectiva entera, y francamente, tenía miedo.

Como el Opus Dei era el instrumento del que Dios se había servido para que mi familia llegara a la plenitud de la fe, busqué la ayuda del Beato Josemaría. Tengo la costumbre de rezar la estampa del Fundador inmediatamente después de terminar el rezo del Santo Rosario y las letanías cada mañana. Durante un período de seis meses, estuve pidiendo con constancia al Beato Josemaría que intercediera para que encontrara un nuevo empleo, con un sueldo determinado y con oportunidades de crecimiento y desarrollo.

Hace 60 días aproximadamente me abordó el dueño de una compañía local de sistemas de computación. Se había enterado de mi trabajo y me dijo que si hubiera sabido que iba a regresar al mundo de los negocios, me habría buscado antes. Para abreviar: después de varias reuniones me ofreció trabajo con las condiciones salariales específicas que le había pedido al Beato Josemaría.

Estaba impactado. No solamente era el trabajo exacto que le había pedido al Beato Josemaría sino que era aún más. El lunes pasado comencé a trabajar como vice-presidente y jefe de operaciones de una compañía de sistemas de computación. No cabe duda de que esto es un favor del Beato Josemaría.

Para atender mejor a mi familia (Portugal)

Al terminar la carrera de Ingeniería Electrotécnica, me encontré con un problema que afecta a la mayoría de los recién titulados: obtener el primer empleo.

Humanamente hice todo lo que pude: busqué información en los periódicos, asistí a entrevistas, hablé con gente conocida... ¡pero nada! En total fueron 5 meses de angustiosa búsqueda, con el agravante de estar casado y tener una hija de un año que sustentar. El sueldo de mi mujer era muy bajo y necesitábamos otro más para hacernos cargo de los gastos de la casa.

En la época en que yo pasaba por todo esto, conocí por un amigo cuántos favores son atribuidos al Beato Josemaría. Decidí entonces, junto con mi esposa, comenzar una novena pidiendo su ayuda. La respuesta no se demoró. Tres días después de la conclusión de la novena, recibí una llamada para realizar una entrevista en una empresa especializada en el área de mi titulación. Para ese puesto fueron llamadas tres personas más, todos ellos con calificaciones académicas superiores a las mías. A pesar de todo, al día siguiente, recibí una llamada en la que me comunicaban que había sido escogido para el puesto "en disputa" y que el primer día de trabajo sería a principios del mes siguiente.

El trabajo era bueno y atractivo, pero tenía un pequeño inconveniente: entre ida y vuelta tenía que hacer un trayecto de dos horas, por lo que empecé a pensar en un nuevo trabajo más cerca de casa.

Ocho meses después recibí otra llamada en la que me requerían para una entrevista para otra empresa que está a 10 minutos de mi casa. También aquí había otro candidato, y cuando abandoné el anterior empleo para hacer 6 meses de prueba en esta nueva empresa, no tenía la garantía de que me iban a coger.

Nuevamente acudí a la intercesión del Beato Josemaría, que no me dejó de ayudar. Me admitieron en la empresa y ahora puedo hasta volver a comer a casa y tengo más tiempo para dedicar a mi familia. Tanto mi esposa como yo agradecemos también al Beato Josemaría los medios de formación espiritual del Opus Dei que hemos comenzado a frecuentar.

Mi "dream country" (Emiratos Árabes Unidos)

En los últimos ocho años he recibido muchos favores, espirituales y materiales, por la intercesión del Beato Josemaría Escrivá, Fundador del Opus Dei. Llegué a tenerle tanta devoción al Fundador, que en todas mis necesidades y peticiones recurría a su intercesión. La última, que es la primera en ser publicada, nos ha dejado a mí y a mis amigos (cristianos y no-cristianos) llenos de asombro ante la grandeza, bondad y poder de Dios, quien puede hacer cualquier cosa que desee en cualquier momento.

Perdí mi trabajo de una manera injusta, pero no totalmente sin culpa por mi parte. En ese momento recurrí a la intercesión del Fundador e hice numerosas romerías a Nuestra Señora (una devoción que aprendí en el Opus Dei). También pedí a otros (religiosas, sacerdotes, laicos, quien fuera que me escuchara) que rezaran.

Durante el tiempo que estuve suspendido, recibí una invitación del país desde donde escribo y en el cual siempre había soñado trabajar. Desde ese momento hasta que finalmente me dieron el trabajo, puse bajo la intercesión del Beato Josemaría y de Nuestra Señora todos los obstáculos que encontraba. Eran, humanamente hablando, infranqueables; pero Dios pudo más. Dos meses y medio después de perder mi empleo, conseguí un trabajo en mi "dream country", con un sueldo que superaba dos veces y medio el de mi empleo anterior. ¡Gracias a Dios!

Estoy seguro de que Dios me ha puesto aquí por alguna razón, y le pido por la intercesión del Beato Josemaría la santidad en la vida ordinaria y muchos frutos apostólicos.

Desaparecieron las preocupaciones (Tanzania)

Me jubilé en junio de 1991. Como cualquier otro funcionario jubilado cuyos ahorros se tambalean, empecé mi nueva vida con mucha preocupación.

Me preocupaba mi familia y otros parientes cuyas vidas habían estado dependiendo de mí por años. No sabía en qué trabajar para ganarme la vida por mí mismo. Me encontraba muy ansioso. Sin embargo, continué rezando la estampa que se había convertido en una rutina.

Para mi sorpresa y la de todos desapareció la preocupación que tenía. Dentro de este período de dos años, y de modo bastante inesperado, he recibido dinero y otro tipo de ayuda por parte de mis amigos. He construido una casa de mucho valor. He iniciado un proyecto cuyos detalles pueden ser leídos en el archivo anexo, que incluyen aparatos muy costosos. Además, se me ha prometido asistencia adicional. Mi familia y yo vivimos muy contentos. Una vez más atribuyo todo esto a la intercesión del Beato Josemaría.

No sé por qué me encontraba rezando (Italia)

Desde hace casi dos años estaba insatisfecho con mi trabajo, lo que había repercutido en mi estado de ánimo. Se une a todo esto que mi trabajo me había llevado lejos de mi familia. Me doy cuenta de que quizás estas cosas pueden parecer problemas menores respecto a los de tantas personas, pero les aseguro que estaba viviendo en un estado de profunda desesperación.

Hace seis meses me encontraba en Roma para una entrevista profesional y, como tenía tiempo antes de la cita, decidí dar una vuelta por la ciudad. Casualmente me encontré de frente a una iglesia donde está enterrado el Beato Josemaría y decidí entrar. Después de haber leído la Hoja Informativa, pedí al Beato que me ayudase a resolver mis problemas y me diese una muestra de su intercesión.

Debo decir que no soy creyente ni sé por qué me encontraba rezando. Como consecuencia de esa entrevista profesional, mi vida ha cambiado completamente. Hoy puedo afirmar que estoy plenamente satisfecho con mi trabajo y con las perspectivas que se me abren en el futuro. Deseo agradecer al Beato Josemaría por lo que me ha sucedido, que posiblemente yo no merecía y le ruego que, si lo consideran oportuno, difundan este pequeño suceso.

APUROS Y EMERGENCIAS EN EL TRABAJO

Adiós al miedo (España)

A mi hermana la contrataron como cartero motorista. La verdad es que ella, aunque tenía el carnet, no había conducido motos nunca. Por otra parte, con 24 años era una persona con miedo a todo, y más en este trabajo que hay que estar toda la jornada en la calle, enfrentándose a los peligros de ésta, subir a casas y llevar dinero encima.

Pasó una semana fatal, haciendo el recorrido a pie y con un miedo infernal a todo y a todos. Un día llegó a casa llorando, que no podía más. Todos le dijimos que lo dejara, aunque nos hacía falta el dinero. Todos, menos mi madre, que es una mujer de gran fe: le hizo volver al día siguiente, con la estampa del Beato Josemaría en el bolsillo y la recomendación de que ya no iba a ir nunca sola, que le acompañaban el Ángel Custodio, el Beato Josemaría y también ella. Por otra parte, mi madre iba a estar rezando al Beato Josemaría para que todo fuera bien.

Cuál no sería nuestra sorpresa, cuando a las dos horas de estar trabajando nos llamó diciendo que todo fenomenal, tanto la moto como el miedo: y que cada vez que sentía miedo se sacaba la estampa y recordaba que no estaba sola y que su madre estaba rezando por ella, y el miedo desaparecía.

Recolectando piñas piñoneras (España)

A primeros del mes de marzo llegaron a mi casa, procedentes de un pueblo de Cádiz, un matrimonio con un hijo de doce años para que les alquilase un piso amueblado que tenía al lado del mío, vacío y a disposición de ser alquilado en ese momento.

Eran personas amables y simpáticas con las que fue fácil entablar amistad. Me contaron que venían con un contrato de trabajo, en temas de construcción, gestionado a través de un primo hermano suyo. A los tres días, la mujer me contó llorando que todo había fracasado y que la empresa no se hacía cargo del contrato, y que no tenían nada de dinero, por lo que no me podrían pagar de momento.

Pasados unos pocos días, el marido entró en contacto con una empresa de Valladolid que compraba piñas piñoneras, con una buena oferta económica —vinculada a una cantidad grande en poco tiempo—, a lo que ellos se comprometieron. Para recoger las piñas pidieron permiso en algún Ayuntamiento, pero se les dijo que no les era necesario, por no comercializarse ese producto en Aragón.

Una mañana en que los tres (matrimonio con el hijo) se encontraban en plena acción de recogida en un pinar, fueron detenidos por la Guardia Civil y trasladados a Comisaría para ingresarlos en la cárcel —sin darles más explicaciones—. Una vez en la Comisaría llamaron por teléfono a mi casa.

Me personé rápidamente en el lugar para aclarar que eran buena gente y que estaban actuando, según lo que se les había indicado, para ganarse un dinero. El guardia dijo que habían recibido una denuncia de un empresario que tenía arrendado el campo y que él estaba explotando el pinar, y que estos señores le estaban robando (ellos ya tenían almacenados varios miles de kilos de piñas recogidos de diferentes términos municipales). Ante mis ruegos y esperando un juicio les dejaron en libertad provisional.

Ya en mi casa todos juntos —la mujer llorando muy desconsolada—, miré a una estampa del Beato Josemaría y le dije —interiormente— "si puedes hazles algo a esta familia, ¡arréglales esta situación!, que son buenos", y a ellos les di otra estampa para que lo encomendaran. La mujer le daba besos y empezó a rezar.

Esa misma noche de la detención se presentó en su casa alquilada el señor que había puesto la denuncia, hablaron y todo terminó muy bien: retiró la denuncia y al darse cuenta de que entendían de piñas piñoneras les contrató en su empresa y así, en menos de un mes, ganaron una considerable cantidad de dinero —que se les abonó en metálico— hicieron sus maletas, me abonaron el alquiler y volvieron a su tierra, donde ahora ya están trabajando, ¡y cerca del resto de la familia!

Como el Beato Josemaría me escuchó y actuó tan rápidamente, le prometí que escribiría este favor, porque tengo certeza de que él fue el intermediario directo.

En un laboratorio de biología molecular (Finlandia)

Hace un año comencé a trabajar en un proyecto de investigación en el laboratorio de biología molecular de mi departamento. Trabajaba con cultivos celulares y los experimentos duraban tres o cuatro días. Un pequeño error en las decenas de procedimientos que había que realizar, era suficiente para que el experimento fuera un fracaso, y lo malo es que el resultado sólo se sabía al terminar las pruebas: en ese momento, al teñir las células, se ponía de manifiesto si el trabajo de cuatro días había servido para algo.

Como el reactivo que tiñe las células tarda 8 minutos en actuar, desde la primera vez aproveché ese "tiempo muerto" para encomendarle al Beato Josemaría el éxito de las pruebas, repitiendo la oración de la estampa las veces que me daba tiempo.

El Beato se lució: desde el primer experimento, todos han sido exitosos, cosa poco habitual en este tipo de labores. Gracias a esto, el proyecto se ha realizado en un tiempo récord y se han abierto múltiples posibilidades para futuros trabajos de investigación en el departamento, y esto me ayuda a tener una posición profesional estable en el país.

A punto de perder la cosecha (España)

Estamos en época de recolección y el tiempo se presenta inestable. En la era están amontonados el trigo y la cebada.

Son los frutos de todo un año de trabajos y esfuerzos para sacar adelante a la familia. Sobre las cinco de la tarde del día dieciséis comenzó una fuerte tormenta, que podía echar a perder todo en cinco minutos. Encendí deprisa una vela a una imagen de la Virgen y comencé a rezar una novena a Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer.

Cuando iba por la segunda oración para la devoción privada, dejó de tronar y, después, de llover.

Al terminar la novena salí a la era y el cerco que ocupa la finca estaba con sol y sin una nube. En cambio, alrededor continuaba la tormenta con gran oscuridad y grandes rayos. Esto se ha vuelto a repetir, en dos ocasiones más, durante el mes de junio. No puedo dejar de contarlo, llena de emoción y agradecimiento a Mons. Escrivá de Balaguer.

Que llueva en mi finca (España)

Como encargado de un cortijo, llevo la siembra del mismo a medias con el dueño. Como el año se ha dado tan mal en cuanto a la lluvia, me temía perder la cosecha, que en un principio, iba muy bien.

Una mañana, muy temprano, me situé en medio del sembrado y de rodillas, con los brazos en cruz, supliqué a Dios y a la Virgen Santísima, por mediación del Beato Josemaría, rezando la estampa con mucha devoción y confianza, que lloviera y se salvara la cosecha. Poco después llovió un poquito, lo suficiente para salvar los gastos y trabajo, con un trigo de buena calidad.

Lo sorprendente es que los sembrados de los cortijos colindantes se han perdido en su totalidad. Creo con toda seguridad que se trata de la intervención del Beato Josemaría.

Olvidé la clave (Honduras)

En mi centro de trabajo existe la responsabilidad de reportar anualmente informes salariales a diferentes oficinas gubernamentales. En enero de 1997, me tomó aproximadamente 5 días o más, el ingresar todos los formularios necesarios en un programa de computación que serviría de base para, de ahí en adelante, tener la información casi en una forma automática. Terminé esa tarea y quedé muy satisfecha.

Por tratarse de información restringida y siguiendo lineamientos de seguridad, a los disquetes de trabajo les puse una clave de seguridad que en ese momento me pareció lo más fácil de recordar y procedí a guardar los mismos.

Para el siguiente periodo, enero de 1998, muy tranquila recopilé la información necesaria, saqué mis disquetes de trabajo y, según yo, comenzaría a cumplir con un nuevo ciclo de reportes. No se imaginan la preocupación que representó para mí el percatarme que los mismos estaban protegidos y durante 2 días estuve tratando de adivinar cuál era la clave que yo había utilizado.

Al tercer día, por la noche, y a punto de darme por vencida, tuve una de mis frecuentes pláticas con Monseñor y le pedí que me ayudara a recordar la información, y demás está decir la de lloriqueos que le hice al pobre. Esa noche me costó mucho dormirme pues la idea de volver a hacer tal cantidad de trabajo no me dejaba tranquila y de lo que no estoy segura es que si lo soñé o realmente me pasó pero ¡Monseñor habló conmigo! Después de 12 meses en los que ni en broma necesité los famosos disquetes, mi gran amigo me ayudó a recordar. Se me hizo eterna la hora de llegar a la oficina para probar esa clave. ¿Adivinan cuál era? Era JOSEMARIA.

EMPRESAS CON DIFICULTADES

El interés más bajo (México)

Habiéndome lanzado en una empresa que requería de una fuerte inversión económica, solicité un crédito bancario que, pese a lo esperado, resultó muy costoso en cuanto a los intereses.

En estas condiciones, intenté obtener un financiamiento a través de otra institución crediticia que otorgaba préstamos a interés más bajo. Me encomendé al Beato Josemaría; (...) mi esposa y yo le hicimos una novena.

Para nuestra sorpresa, pasaban los meses y la situación no se resolvía, peor aún, era cada vez más angustiosa.

Lo verdaderamente inesperado fue que el mismo banco otorgó el interés más bajo, refinanció la deuda y esto implicó un enorme ahorro en lo que a trámites notariales se refería. Además, durante el período de angustia se descubrió que personas que trabajaban en la misma empresa e, incluso, asesoraban en el aspecto económico, eran desleales, de forma tal que si hubiese llegado el crédito que tanto pedíamos, es seguro que se habría hecho mal uso del dinero.

En conclusión, la época difícil sirvió para consolidar la empresa, sanear el personal y, Dios mediante, con las mejoras que en la organización se han efectuado, saldremos adelante en condiciones mucho mejores que las previas. Verdaderamente, Dios sabe lo que da y el momento

conveniente de hacerlo.

Un nuevo socio (México)

Hacía más de un año que el negocio del que vivimos mis hijos y yo, se encontraba en muy bajo rendimiento; había pocas ventas a pesar de que poníamos diversos medios para incrementarlas. Además había el agravante de que la Compañía de Teléfonos hizo cambio del número telefónico, sin previo aviso, y el número que aparecía en el directorio a través del cual conseguíamos la mayoría de nuestros clientes, resultaba obsoleto.

Una amiga me facilitó la adquisición de una medalla conmemorativa de la beatificación del Beato Josemaría Escrivá, a quien desde años tengo devoción.

A la vista de nuestra situación económica, un día me dirigí al Beato Josemaría a través de la imagen que aparece en esa medalla, y le dije que, a partir de ese momento, quedaba constituido socio del negocio y que, por tanto, tendría una participación en todos los beneficios que se fueran obteniendo.

De inmediato, empezaron a visitarnos antiguos clientes para solicitar diversos servicios y así, cumpliendo con lo que prometí a nuestro Socio, estamos contribuyendo a la construcción de la iglesia del Beato Josemaría Escrivá que se está haciendo en Roma.

AGOBIOS DE ESTUDIANTES

Los estudios de madre e hijo (Venezuela)

Tengo un hijo adolescente que desde primaria demostró poca vocación por los estudios. Estando ya en bachillerato, desde el primer año comenzó a tener problemas con sus materias. En tercer año creíamos que no terminaría sus estudios y fue entonces cuando decidimos, él, su abuela y yo, pedirle ayuda al Beato Josemaría, para que lo ayudara y guiara en sus estudios. Ya en quinto año, tenía tres materias con problemas y dudábamos si podría graduarse con su grupo.

Para nuestra sorpresa, no sólo culminó con éxito sus estudios de bachillerato, sino que entró a una de las mejores universidades de Venezuela, cosa por la cual todos nos sentimos muy orgullosos y muy agradecidos ya que vemos en este caso la intervención del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer.

Ya en anteriores oportunidades, por conversaciones que habíamos tenido con otras personas que habían tenido experiencias similares, nos hablaron de la ayuda que él prestaba a los estudiantes.

Ya adulta quise completar mis estudios de secundaria para entrar a la universidad y la ayuda espiritual prestada por el Beato, me ayudó a culminar los mismos con éxito. Por todo ello, queremos hacer público reconocimiento de nuestro agradecimiento al Beato Josemaría Escrivá de Balaguer por la ayuda recibida.

Una "excepción" inexplicable (Suiza)

Por diversos motivos, con frecuencia ajenos a mi voluntad, me encontraba en un país o en otro, sin conseguir acabar los estudios que había empezado.

Después terminó este vaivén y regresé a mi país, decidida a reiniciar los estudios con el firme propósito de terminarlos. Decidí inscribirme en la escuela hotelera de mi ciudad. Era un "caso difícil" para el Fundador del Opus Dei, a quien me dirigí para pedirle ayuda, dado que no sólo es una de las escuelas más difíciles del país, sino también una de las más caras.

El primer milagro me lo concedió ya el primer día de clase. Me presenté de hecho en la escuela para hablar con el director; sólo pretendía pedir información pero, con gran sorpresa por mi parte, nada más terminar esta conversación fui admitida en la escuela y empecé aquel mismo día a asistir a clase. Todos mis compañeros de clase habían presentado la solicitud de admisión al menos un año antes, excepto uno que se había "retrasado", porque había aparecido sólo seis meses atrás.

El segundo milagro consistió en poder ir a la escuela sin pagar ni siquiera un céntimo. El reglamento escolar exige el pago del 80% de la cuota anual el primer día de clase. Yo, que había ido a la escuela sólo para ver al director, no llevaba la cantidad de dinero requerida; solamente tenía una carta de mi ciudad donde se me comunicaba la posibilidad de recibir una beca, que de todas formas no habría cubierto ni siquiera la mitad de la suma en cuestión. El director, aunque conocía mi situación, no puso ningún problema, confiado en que encontraría la cantidad necesaria.

A lo largo de todo el ciclo de estudios, consciente de la ayuda que el Beato Josemaría me había dado, ofrecí por el Opus Dei todas mis horas de estudio, y siempre aprobé, aunque a veces temí no conseguirlo.

Pero aprobar no era la única dificultad que debía superar: también tenía que obtener el dinero para pagarme la escuela. Tuve la oportunidad de hacer pequeños trabajos, que me permitieron ganar una parte de la cantidad que necesitaba, pero la mayor parte me la pagó el Beato Josemaría Escrivá: en realidad recibí cuatro becas, de tal forma que pude cubrir los gastos de inscripción en la escuela y los de mis necesidades personales.

Hace pocos días tuvo lugar la entrega de los diplomas de la escuela a mi promoción; no todos los que habían empezado conmigo el primer año habían logrado terminar los estudios... y una vez más agradecí al Fundador del Opus Dei el gran milagro que me había concedido. Recibí el diploma de manos del director, que me felicitó por el "doble" esfuerzo; me confesó que yo había sido, en todos los años que llevaba al frente de la escuela, la única excepción a la regla, y no sabía explicarse el porqué.

Sonreí, ya que conocía la respuesta, pero como estaba rodeada de mucha gente e interrumpían continuamente la conversación, le prometí que me pasaría por allí en los próximos días para explicárselo. Sé muy bien que simplemente bastará llevarle la estampa del Fundador del Opus Dei, tantas veces usada por mí.

Dos complicados casos de negocios (Australia)

Era la noche del domingo 28 de julio de 1996, cuando estaba preparando un análisis escrito de dos casos de negocios que debía entregar al siguiente día en clase. Ya había dedicado una buena parte de la semana anterior a buscar información y analizar los casos, pero el progreso del trabajo era limitado. A las 9:30 p.m., estaba cansado y frustrado con la falta de contenido sustancial en lo que había escrito hasta ese momento, por lo que decidí tomar un breve receso.

Al regresar a mi computadora, recogí la estampa colocada junto a la pantalla y la recé fervientemente en petición de ayuda. Cuando la terminé, recordé una breve conversación que había tenido el día anterior, que me dio una idea para enfocar el primer caso. Durante las dos horas siguientes estuve trabajando en él. A las 11:30 p.m. estaba contento con lo que había escrito.

Analizando el segundo caso, me encontré otra vez frustrado con el tratamiento que inicialmente le había dado, pero esta vez miré más rápido al Beato Josemaría y recé la estampa con el mismo fervor que la primera vez.

No mucho tiempo después, vi cómo aplicar la misma idea del primer caso al segundo. A las 3 a.m. tenía listo mi trabajo. El argumento parecía razonablemente digno, aunque pensaba con cautela que cualquier cosa puede parecer plausible a esas horas de la mañana. No obstante, me acosté feliz pensando que el análisis estaba listo para ser revisado.

Al día siguiente, después de entregar mi trabajo en clase, procedí a escuchar el análisis de los casos, dado por mi profesor. ¡Sorpresa! Ni siquiera los puntos centrales que yo había señalado en los casos fueron discutidos. Después de aquella clase, esperaba lo peor. Decidí ya no preocuparme sobre el tema y encomendarlo al Beato Josemaría.

Pocos días después, me devolvieron el trabajo calificado. Antes de verlo ofrecí a Nuestro Señor la nota, cualquiera que hubiera recibido. Pero he aquí que tenía ¡una nota de Alta Distinción! Gracias a la intercesión del Fundador del Opus Dei.

Se me pasaron los nervios (China)

Soy estudiante de Medicina y me graduaré en el mes de junio. Antes de defender mi tesis, recibí una estampa del Fundador del Opus Dei en la entrada de la iglesia. Después de leerla en casa, me conmovió mucho y empecé a rezarla.

Por lo general soy introvertido, y no me atrevo a hablar en frente de un grupo grande de personas. Sin embargo, el día de mi defensa no tuve nada de nervios. Creo que esto se debió a un favor que se me concedió a través de la intercesión del Beato Josemaría.

Sin dinero para matricularme (Kenia)

Mi madre siempre me enseñó que el que Dios tarde en contestar no significa que no lo hará. Yo pensaba que esto era una frase bonita que las madres dicen a sus hijas cuando las ven impacientes, hasta que me tocó vivirlo en primera persona cuando por más de una año recé por una intención a través de la intercesión del Beato Josemaría.

Estaba muy contenta de que me hubiesen admitido en una universidad del Estado para hacer estudios de posgrado. El mayor problema es que no tenía dinero para pagar la matrícula. Pedí una beca a la universidad o por lo menos que me permitieran comenzar los estudios mientras buscaba fondos.

La verdad es que pedía un milagro pues la universidad ofrece sólo un número reducido de becas y éstas ya habían sido colocadas y yo necesitaba varios miles de chelines para matricularme por los dos años que dura el curso. No tenía sentido mencionar este asunto pues hubieran pensado o que estaba soñando o que me había vuelto loca. Mi familia tiene muchos problemas económicos por lo que he tenido que luchar por hacer la carrera. Sin embargo, como somos una familia muy unida, les informé de mi intención de cursar estudios de posgrado. No hicieron ningún comentario. Mis amigas me animaron a organizar una recolección de fondos, pero esto requiere tener amigos generosos y con medios para contribuir.

Continué asistiendo a clases con el permiso del Decano mientras buscaba los fondos. Se lo encomendé al Beato Josemaría. Intensifiqué mis oraciones cuando se aproximaban los exámenes de fin del primer año.

Me presenté a los exámenes sin haber recibido contestación a mis oraciones. El primer milagro fue que me permitieran hacer los exámenes sin haberme matriculado oficialmente. El 26 de junio de 1997, sucedió el segundo milagro: me informaron de la universidad que tenían una beca más y me la iban a conceder. A la semana siguiente efectivamente me la adjudicaron con carácter retroactivo: me pagaron la cantidad correspondiente a todo el año.

Dos meses más tarde recibí los resultados de los exámenes y con gran alegría supe que los había superado gracias a la intercesión del Beato Josemaría. Verdaderamente que Dios tarde en contestar no significa que no lo hará. Nunca cierra una puerta sin abrir otra mejor.

Con la verdad por delante (Colombia)

Un amigo mío comenzaba sus estudios de carrera universitaria, y se le había programado un examen a primera hora de la mañana de un determinado día. Él no se logró despertar a la hora que debía hacerlo para llegar y presentar el examen. Se levantó de la cama cuando ya no había posibilidad de trasladarse a la universidad y presentar la prueba académica. La sanción prevista para quien no se presenta es una calificación de 0.0, a menos que suceda un imprevisto de fuerza mayor, caso en el cual debía presentarse una excusa que acreditara de alguna manera el hecho imprevisto, lograr la autorización y pagar un dinero por concepto de derechos extraordinarios.

Mi amigo, por sugerencia de algún compañero de clase, consiguió de un médico un escrito que le servía de excusa para que le permitieran presentar el examen y así evadir las consecuencias de su error. Al confiarme el asunto, le sugerí que no lo hiciera y que, en cambio, le dijera la verdad al profesor solicitándole que le permitiera hacer el examen. El profesor ya había advertido, con insistencia, de las consecuencias que traía el no presentar el examen en el día y a la hora programada. Mi amigo temía por esto, pues en la asignatura él tenía dificultades y, aunque no la llevaba perdida, lograr obtener una nota que supere el promedio producto de un 0.0 era prácticamente imposible.

Habiéndole pedido al Beato Josemaría que fortaleciera a mi amigo en esta situación, le dije que se deshiciera del escrito del médico y que, con franqueza, le pidiera al profesor que le dejara presentar el examen, diciendo la verdad.

Efectivamente, mi amigo rompió en pedazos el mencionado escrito y le pidió al profesor lo que acordamos. El profesor pudo negárselo, sin embargo le dijo que la decisión no le correspondía a él, que tenía que hablar con el Decano. Sin vacilar, mi amigo habló con el Decano y le permitió presentar el examen, inclusive sin pagar dinero por concepto de derechos extraordinarios que deben darse en razón de la extemporaneidad de la prueba. Gracias a Dios y por intercesión del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer, mi amigo descubrió en su vida que, con la misericordia de Dios, hay que ser veraz aun en los momentos más difíciles.

cap. 5

LO MÁS IMPORTANTE

«Todo eso, que te preocupa de momento importa más o menos. —Lo que importa absolutamente es que seas feliz, que te salves»[15].

A lo largo de estas páginas hemos visto cómo se encomiendan a San Josemaría distintos problemas humanos, preocupaciones de mayor o menor relieve. Pero muchas personas acuden también a la intercesión de San Josemaría para pedirle por eso que «importa absolutamente»: la felicidad actual y eterna de los demás.

Es, quizá, la petición más lógica que se puede dirigir a un santo. Pero es también el milagro de mayor categoría, el más "difícil", si se permite hablar así. Dios omnipotente, que ha hecho los cielos y la tierra, no quiere imponer su amor por la fuerza: es un misterio tremendo, pero si el ser humano decide rechazarle, Dios respeta esa voluntad. Claro que no dejará de intentar nada, y ahí es donde nuestra oración juega un importante papel: se puede decir que Dios, desde toda la eternidad, en el misterio de infinita providencia, cuenta con nuestras mortificaciones y súplicas, unidas al sacrificio redentor de Cristo; por eso, podemos pedir que dé más luz y más fuerza a una persona, para que se abra al amor divino. Y con esa ayuda, muchas veces una mujer o un hombre puede recapacitar y volver a la casa de Dios Padre, como el hijo pródigo.

Así lo muestran los siguientes relatos. Tratan de conversiones a la fe católica; de la vuelta a la Iglesia de personas bautizadas, pero alejadas de la práctica religiosa; de la ayuda que San Josemaría presta en la tarea de acercar a Dios a otros, en medio de la vida corriente.

VOLVER A LA IGLESIA

Mi vida era un infierno (España)

Soy sordo desde los dos años. Mi vida era un infierno, hasta que el día 13 de noviembre de 1988, a través de una estampa del Fundador del Opus Dei (todavía no había sido beatificado) me convertí y cambié mi vida.

Dos años antes, un amigo del Opus Dei, sordo como yo, me dio esa estampa; yo la guardé sin hacerle caso en un armario debajo de muchos libros y papeles.

Yo hablaba mal de la Obra porque no conocía casi nada, sólo lo que me contaban (...).

Yo estaba casado y tenía tres hijos, llevaba una vida desordenada y muy alejada de Dios.

El trece de noviembre de 1988 mi mujer me dijo que quería separarse de mí ya, porque estaba enamorada de otro hombre. Me quedé atónito, empecé a sentirme raro, como que algo me empujaba hacia el armario, no sabía por qué. Por la noche no podía dormir, no sabía lo que me pasaba, me levanté hacia el armario y empecé a mirar lo que había allí: libros, papeles, actas de una asociación de sordos a la que pertenecía, etc... hasta que encontré la estampa.

Entonces entendí todo: me sentí muy mal porque me di cuenta de las cosas que había hecho mal. Vi que lo primero que tenía que hacer era confesarme y por la mañana temprano fui a buscar corriendo a mi amigo de la Obra que me había dado la estampa.

Quería confesarme con un sacerdote como el de la estampa. Mi amigo me llevó a un centro de la Obra y allí me confesé. Desde unos 20 años no lo hacía.

Después de confesarme fui a Misa y comulgué, me sentía como si hubiera nacido de nuevo. Apenas me acordaba de ninguna oración. Lógicamente, mi mujer se extrañó del cambio tan rápido que se había producido en mí, pensaba que había perdido la cabeza.

Empecé a rezar, a leer el Evangelio, a llevar un pequeño plan de vida, pero sin llevar dirección espiritual: yo mismo, sin darme cuenta, empecé a ver la necesidad de realizar una serie de normas de piedad durante el día.

El sacerdote de la Obra que me confesó me sugirió la idea de ver una vez a la semana a mi amigo de la Obra para recibir formación y hablar con él. Sorprendentemente, lo que mi amigo me decía y lo que leía en los libros que me recomendaba coincidía con cosas que, aún no sé bien por qué, me parecían naturales.

En junio de 1989 fui nombrado Cooperador del Opus Dei. En febrero de 1991 fui a un curso de retiro que supuso otro paso importante para mi vida espiritual.

El mes de abril de 1994, ingresaron a mi padre en el hospital militar de urgencias, diagnosticaron un cáncer en el estómago, me dijeron que tenían que pasar al quirófano.

Durante este proceso, yo encomendé al Beato que se acercara a Dios. Al cabo de cuatro meses se confesó; desde hacía mucho tiempo no lo hacía.

Después repetía: "me voy al cielo". Se quedaron atónitos todos los de mi familia. Lleno de paz, alegría y tranquilidad, recibió la unción de enfermos y una semana más tarde, murió. Estoy seguro que fue la intercesión del Beato.

Violencia y odio contra todo y hacia todos (Italia)

Desde hace diez años vivo con serenidad: trabajo, tengo una casa acogedora, relaciones sociales y ayudo en una parroquia en los cursos de catequesis para la Primera Comunión y para la Confirmación.

Antes de este período esto no era así: un activismo político frenético me había introducido en medio de la violencia y del odio contra todo y hacia todos. El trabajo, igual que todos mis intereses, lo supeditaba a las luchas y revanchas sectarias. Era víctima de sentimientos contradictorios, continuamente inmerso entre momentos de euforia y crisis de angustia.

Al recibir la noticia de la muerte del Siervo de Dios Josemaría Escrivá, al que había conocido hacía muchos años, obedecí al fuerte impulso de acercarme a la Santa Misa que iba a celebrarse en sufragio por su alma.

En las dos horas que duró la solemne ceremonia he llorado, es más he sollozado ininterrumpidamente, notando, igual que otros, la sensación cierta de la presencia viva y sonriente del Padre. A partir de ese instante, ha comenzado mi conversión que, gracias a la práctica regular de la Confesión, me ha devuelto la paz y, con ella, la alegría del alma.

Una novena de cuatro días (Australia)

Hace catorce meses que estuve en el hospital para dar a luz. Allí conocí a otra madre que tuvo un hijo al mismo tiempo que yo. No era católica y me dijo que le gustaría que yo le explicase la fe, ya que siempre había sentido interés por mi religión. Decidimos vernos cada semana, para alimentar a nuestros hijos juntas y hablar sobre la fe católica.

Durante todo ese tiempo yo rezaba a Mons. Escrivá de Balaguer por ella. Nueve meses después del nacimiento de nuestros hijos, fue recibida en la Iglesia. Sus dos hijas de 10 y 11 años de edad también pidieron ser instruidas en la fe e iban a ser recibidas en la Iglesia dos meses más tarde que ella.

Mi amiga me había dicho que su marido nunca estaría interesado en la fe católica. Yo le di la Hoja informativa y la estampa para hacer la novena. Me llamó cuatro días más tarde y me preguntó si estaba segura de que una novena eran nueve días de oración. Cuando le pregunté por qué quería saber esto, dijo que hacía exactamente cuatro días que había empezado la novena al Padre y que al cuarto día de la novena su marido repentinamente le había pedido el número de teléfono del párroco. Fue recibido en la Iglesia al mismo tiempo que sus hijas.

Puso punto final (Italia)

Desde hace muchos años tengo la costumbre de rezar diariamente una estampa al Beato Josemaría, pidiéndole por las necesidades de mi familia. Lógicamente cada día hay matices nuevos en mi petición, pero algunas intenciones las mantengo por meses e incluso años.

Un ejemplo concreto fue el de una de mis hermanas. Durante los años setenta pasó por una crisis espiritual que la llevó a alejarse de Dios y de los sacramentos y mantener una actitud de cierta frialdad con la familia. Alrededor de 1985 su matrimonio entró en crisis y poco tiempo después se separó de su marido. Unos años más tarde comenzó a vivir en situación irregular con una persona a la que había conocido en el trabajo: una persona buena, pero con escasa formación cristiana.

Fue pasando el tiempo y poco a poco comenzó a cambiar de actitud. Empezó a rezar de nuevo, a ir a Misa de vez en cuando y también tuvo muchos detalles de generosidad como el cuidar y acompañar con gran cariño a mi madre en sus últimos años de vida, y luego a mi abuelo que actualmente tiene 92 años.

Su situación irregular continuaba, pero ella seguía rezando, yendo a la iglesia, y con deseos de comulgar, aunque sabía que no podía hacerlo en ese estado. Por entonces leyó una biografía del Beato Josemaría Escrivá y empezó a tenerle devoción. Yo por mi parte seguía pidiéndole a diario al Fundador del Opus Dei por mi familia, y especialmente por mi hermana.

A comienzos de este año, el día de Viernes Santo, mi hermana puso punto final a su situación irregular. Pocos meses después, con ocasión de un momento muy difícil para ella, acudió a la confesión y comulgó después de muchos años. Desde entonces, asiste todos los domingos a la Santa Misa y recibe los sacramentos. Yo no dejo de dar gracias a Dios por este cambio que atribuyo a la intercesión del Beato Josemaría.

Un cambio repentino (Camerún)

Hacía veinte años que mi padre, católico, no practicaba. Desde que me incorporé al Opus Dei, hace diez años, no dejé de rezar por esta intención, pidiendo al Beato Josemaría que hiciera "una de las suyas" y ayudara a mi padre a volver a practicar. Varias veces intenté hablarle de este tema, pero mi padre siempre lo evitaba. Mi madre —que tiene también una gran devoción al Beato Josemaría— rezaba por la misma intención.

Un día recibí una carta de mi madre, contándome un suceso muy curioso: al levantarse de la siesta, mi padre se cambió como para salir de casa; tenía prisa y preguntó a mi madre si ella le quería acompañar. En el coche, mi madre le preguntó a dónde iban y mi padre dijo con gran naturalidad: "a la iglesia, para asistir a Misa". Mi madre todavía no había salido de su asombro cuando, nada más llegar a la iglesia, se dirigió al confesonario. Volvieron a casa y mi padre estaba muy contento.

A partir de este momento, mis padres van todos los domingos a Misa. Mi madre y yo estamos convencidas de que este cambio fue verdaderamente un favor del Beato Josemaría.

Cuando mi padre dice que no, es que no (Kenia)

Hacía dos años que quería ser católica. Cuando me iba a bautizar, mi padre se opuso diciendo que ningún miembro de su familia sería católico, y cuando mi padre dice que no, es que no. No hubo manera de que aceptara. Al mismo tiempo él lo estaba pasando mal, ya que tenía un asunto en el juzgado.

Una amiga me dijo que pusiera la estampa de Monseñor Escrivá debajo de la almohada de su cama. También recé la oración de la estampa para que mi padre cambiara de opinión.

Dos meses más tarde mi padre me llamó para decirme que no tenía ningún obstáculo para que yo fuera católica. Recibí el Bautismo en la Iglesia Católica y mi padre, que siempre había estado en contra de la Iglesia Católica, asistió a la ceremonia y a la Misa.

El asunto del juzgado que llevaba entre manos hizo que empezara a beber. Recé mucho a Monseñor Escrivá y ofrecí sacrificios. Mi padre estaba estudiando por entonces y tuvo que examinarse. Aprobó muy bien todo y desde entonces dejó de beber y puso mucho más empeño todavía en sus estudios.

AL FINAL DE LA VIDA

Su religión era la Ciencia (España)

Le conocía desde hace diecisiete años (...). Su religión era la Ciencia y, más concretamente, las Ciencias Exactas (...). Como máximo, quizá admitía la existencia de una "Entelequia-Cósmica-Científica", que un día el "hombre supersapiens" llegaría a controlar y dirigir. Estaba por encima de la Iglesia Católica; más bien se apiadaba de ella, la criticaba especialmente en sus "ceremonias litúrgico-teatrales". Menospreciaba sus "supuestos Sacramentos", y no digamos nada la Confesión. En resumen, era una ateo agnóstico ilustrado, y se sentía en posesión de la "verdad científica".

Por lo demás, era un hombre muy íntegro: un buen profesional que ocupó altos cargos en su empresa, conseguidos por su propio esfuerzo, sin apoyaturas. Hijo de maestro rural, muy amante de su familia. Pienso que su único "vicio", además de ese desordenado interés por la ciencia, era precisamente su entrega a la familia y a su trabajo.

Hace aproximadamente cinco meses, con una salud hasta entonces "de roble", Dios le vino a visitar con un carcinoma pulmonar. Fue operado de inmediato: extirpación parcial del pulmón. Él quedó muy satisfecho y "sabía que la ciencia había vencido al mal".

Las cosas se fueron complicando paulatinamente: su restablecimiento no se producía tal como la ciencia había pronosticado. Pero, no obstante, me decía: "yo sé que en cuanto me recupere de esta ciática —¡que mira por dónde me ha tocado a mí y que no me deja andar!—, en cuanto esto me pase, yo empiezo a hacer ejercicios y en un mes estoy como antes". Así me hablaba hace un mes y medio, cuando empecé a visitarle como amigo —su tratamiento médico estaba siendo llevado desde un Centro Hospitalario—, preocupado por la salud de su alma, previendo un desenlace fatal no muy lejano.

Realmente, las visitas que le hice en este período fueron cuatro solamente. Pero desde ese día empecé a rezar diariamente por su salud y por su Confesión Sacramental, encomendándoselo muy especialmente a Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, mediante la oración para la devoción privada: la rezaba a diario y de rodillas. En esas cuatro visitas yo procuré hablar de Dios y, en la primera, le di "Camino" con una estampa del Siervo de Dios.

Sin embargo, el tema religioso era difícil de abordar, porque él lo soslayaba. Y le dije a su mujer: "Reza por él, léele algún punto de 'Camino', pues en mi segunda visita me ha confiado que no lo había leído porque realmente le fatiga físicamente la lectura". Además, ya lo conocía desde los 18 años. "Yo he estudiado mucho a Nietzsche y me parece mucho más profundo que esto", me dijo refiriéndose a "Camino". Su mujer se consideraba la menos indicada para hablar de Dios a su marido, pues tampoco ella era creyente y, a pesar de mi insistencia, aseguró que ella no le propondría confesarse.

El horizonte se cerraba por los cuatro puntos cardinales, con nubarrones cada vez más negros y espesos. La muerte se veía llegar de una semana a otra. Pero... también mi oración —y la de otros amigos a quienes se lo pedía— arreciaba.

Mi última visita fue un viernes. Al anunciarle a su mujer mi deseo de volverle a visitar, me dijo: "Ven cuando quieras, él lo agradece mucho, pero me ha dicho que te diga que no le hables de Dios. Ha añadido: La poca paz y los pocos ratos de descanso que me dejan libres mis dolores me los quita con sus temas religiosos".

Aquello me derrumbó. Me pareció que estaban siendo inútiles nuestros esfuerzos y desoídas nuestras plegarias. Me pregunté si sería prudente volver a visitarle. Decidí hacerlo: estaba muy mal, en cama y con bastante fatiga; casi no podía hablar. No me atreví a sacar ninguna conversación de tipo religioso. Cuando me despedí, me agarró de la mano y, lentamente —por la fatiga—, pero muy profundamente, me dijo: "Que... Dios... te lo pague"; con un "Dios" muy sostenido, cuyo matiz capté.

Aquella despedida me dio alguna esperanza. A solas con su mujer, le insistí en que rezara por él y le animara a recibir la Confesión Sacramental. Se negó rotundamente.

Ya no le volvería a ver. El lunes al mediodía me comunicaron que había muerto.

Por la noche, fui con mi mujer al velatorio. Al darle el pésame a su mujer, me dijo: "para tu tranquilidad, tengo que decirte que se ha confesado. Él mismo, el domingo por la tarde, me dijo: 'estoy muy mal; llama a un sacerdote, que quiero confesarme'. Se confesó y recibió la Unción de los Enfermos".

En ese momento yo hice dos cosas: pedir perdón a Dios por haber desconfiado y darle muchas gracias a Mons. Escrivá de Balaguer, porque a través de su intercesión, estoy convencido, se había confesado.

Nunca aceptaba que se le hablara de Dios (Estados Unidos)

Mi suegra nos llamó para que fuéramos al hospital inmediatamente, pues mi suegro estaba grave: le habían fallado el corazón y los riñones, y tenía pulmonía. Fuimos a verlo en seguida y lo único que pude hacer fue decirle que rezaríamos por él y pedirle que rezara también.

Hay que conocer a mi suegro para darse cuenta de la magnitud del favor. Era un hombre bueno, con una voluntad de hierro y muy testarudo; nunca aceptaba que se le hablara de Dios, ni de oración, ni de la vida después de la muerte. De hecho cuando le pedí que rezara, su reacción fue completamente negativa, así que tuve que desistir por temor a que se agitara más y empeorara su condición. Mi suegro no estaba bautizado, ni por supuesto quería oír nada acerca de este tema.

Mi marido y yo estábamos muy preocupados pues sabíamos que su situación era grave y que, a menos que ocurriera un milagro, le quedaba poco tiempo de vida. Pedí a algunas amigas que me ayudaran a rezar, y acudí intensamente a la intercesión de la Santísima Virgen y de Mons. Escrivá.

La situación comenzó a empeorar: mi marido y yo fuimos al hospital y, antes de entrar en el cuarto de mi suegro, rezamos juntos la oración para la devoción privada con mucha fe.

Me acerqué a su lado y cuando le pregunté cómo estaba, me dijo inesperadamente: "he estado rezando toda la noche"; ante esto le dije: "¿te quieres bautizar?", pues era mi gran preocupación, y ante la sorpresa de todos respondió: "sí, bautízame". No me lo podía creer. Salí inmediatamente a buscar un sacerdote; cuando lo encontré le expliqué la situación y me dijo que el paciente tenía que querer bautizarse libremente; al llegar le volvió a preguntar y la respuesta fue nuevamente afirmativa; tomó agua y lo bautizó.

No podíamos contener la alegría y el agradecimiento a Mons. Escrivá por este favor que nos ha afectado profundamente. Rezo para que la gracia de su conversión siga afectando a muchas otras personas.

Se bautizaron papá y mamá (Filipinas)

En 1987 ocurrió un "pequeño problema" en nuestra familia. En mi modo positivo de ver las cosas prefiero llamarlo un "pequeño problema", aunque otros hablan de ello como de una tragedia. Tal vez es así, pero también es verdad que Dios nos visita y a menudo se nos hace presente en cada momento de la vida, pero no le hacemos caso. Probablemente lo que nos ha pasado también le ha pasado a otras personas. No obstante, para mí, éste ha sido un milagro que Dios nos ha concedido a través del Beato Josemaría.

Cuando tenía doce años, puedo decir que físicamente todavía era una niña, pero empecé a madurar. Estaba en el sexto año de primaria y tenía la gran ambición de sacar las mejores notas y de ser la mejor estudiante en Paete Elementary School en Laguna, Manila.

Antes de que las clases comenzaran, tuvieron que hospitalizar a mi padre porque se quejaba de unos dolores en la pierna. Mi madre lo acompañó al Chinese General Hospital en Manila. Me dejaron cuidando la casa y a mi hermano menor. De repente, me di cuenta de que me había convertido en madre, hermana mayor y compañera. La mayor en mi familia estaba estudiando en Manila, por lo que me dejaron de responsable sobre todas las cosas, como si yo fuera la mayor.

En el mes de julio recibí una carta de mi madre. La carta contenía el diagnóstico que los médicos le habían dado de la enfermedad de mi padre: cáncer en los huesos.

Eran noticias muy tristes para todos nosotros. El tratamiento del cáncer suponía un gasto muy grande. Mi madre no tenía otra alternativa que vender la casa y el terreno, así como otras propiedades que había heredado de nuestros abuelos.

Nos mudamos a una casa pequeña de alquiler, y mis hermanos y hermanas hicieron todo lo posible para continuar con sus estudios. Mientras tanto, nuestro padre se sometió a la radioterapia. Mi madre lo acompañaba pacientemente. Ambos adelgazaron mucho: mi padre debido a la radiación, y mi madre debido al continuo cuidado que le daba.

Hacia finales de julio, los doctores dijeron que mi padre tenía sólo cinco meses de vida: ¡todos estábamos muy sorprendidos! No estaba preparada para vivir sin un padre, y me preguntaba qué pasaría con el más pequeño. Con sus diez años de edad, no le podíamos decir que nuestro padre nos dejaría pronto. Por esto me rebelé contra Dios. No le hablaba más. Mi hermano pequeño hizo lo mismo. Mi madre, budista, permaneció firme y fuerte. Ella continuó confiando en Dios, pero al final se cansó de esperar un milagro y poco a poco perdió toda esperanza.

Un día, mi madre pasó por la National Bookstore y vio un libro titulado "Amigos de Dios" del Padre Josemaría Escrivá. En cuanto lo vio, algo le movió a comprarlo. No se equivocó. Primero pensó que era un libro de entretenimiento, pero cuando empezó a leer página por página detenidamente, descubrió el sentido de su vida. Con esto, empezó una nueva relación con Dios. Ya no tenía miedo a afrontar ningún problema para mantener la vida de la familia. Había veces que leía parte del libro a mi padre, reflexionaban sobre los puntos, y después rezaban el Rosario.

En el mes de octubre los dos decidieron bautizarse y pertenecer a la Iglesia Católica, pues mi padre pertenecía a la Iglesia de Aglipayan. Fueron bautizados en el hospital porque mi padre estaba confinado a la cama. Después recibieron el Sacramento del Matrimonio, ya que sólo se habían casado por lo civil.

A partir de ese momento, la familia estaba más unida y cada uno de nosotros regresamos a Dios. Cada vez que visitaba el hospital, rezábamos el Rosario junto a la cama de mi padre, mientras él pedía intensamente por su alma. Era sorprendente ver cómo aceptaba la muerte. Esto es algo muy raro de ver en otras personas. Todavía recuerdo lo que una vez nos dijo a mi madre, a mis hermanos y a mí: "Cuando se está preparado, uno no tiene que tenerle miedo a la muerte". Esto se me quedó grabado en la memoria. Admiraba mucho más a mi madre y a mi padre porque ambos estaban preparados. Sé que todo esto se debió a "Amigos de Dios".

El 9 de diciembre de 1987 mi padre murió. Mi madre nos mandó un telegrama y me preguntaba por qué yo no había derramado ni una lágrima. ¿Significaría que yo también estaba preparada?

Cuando llegamos a Manila, inmediatamente le pregunté a mi madre cómo había muerto mi padre. Estaba segura de que ella lloraría, pero para mi sorpresa sonrió y dijo: "Tu padre murió con mucha paz y preparado". Éste es el milagro que ha tenido lugar. Es muy raro que alguien muera con mucha paz y preparado.

Sé que, gracias a la ayuda del Beato Josemaría Escrivá, todos nosotros descubrimos al Padre de los Cielos. Mi madre, hasta ahora, sigue leyendo todas las noches antes de dormir el libro del Fundador. Y todavía ahora el Beato Josemaría continúa dándole fuerza e iluminación.

La historia de Christopher (Canadá)

Soy oncólogo y trabajo en un pequeño hospital de la Columbia Británica. Entre otras tareas, tengo la de administrar la quimioterapia a los enfermos.

Conocí a Christopher, un estudiante chino de veinte años, en junio de 1996, cuando vino a visitarme, ya enfermo. Llevaba dos meses perdiendo peso, sudando mucho por las noches, y fatigado en general. Con el análisis radioscópico se descubrió un gran tumor en el pecho. Los análisis de sangre y la biopsia mostraron que se trataba de un tipo de cáncer poco frecuente (...).

Christopher empezó a recibir la quimioterapia. Tras una fase inicial en la que el tumor se redujo de tamaño, se produjo una acumulación de líquidos en la cavidad torácica. A comienzos de agosto, el tumor volvió a crecer; tanto, que dificultaba cada vez más la llegada de la sangre al corazón. Esto, a su vez, le impedía respirar bien. Tenía la cara hinchada. La única opción era operar. Hablé con un compañero con gran experiencia en tumores de aquel tipo. Había intervenido en dos casos similares: uno había sobrevivido y el otro no.

Cuando entré en la habitación de Christopher para proponerle la operación, encontré a su hermana rezando el Rosario. Le pregunté si era católica y me dijo que no. Él tampoco. Me explicaron que su madre había sido bautizada, pero que no había educado a sus hijos en la fe; su padre tampoco era católico.

Dada la gravedad de su situación, ofrecí a Christopher organizar las cosas para su Bautismo. Su respuesta fue afirmativa. Le bautizó un sacerdote diocesano, también de origen chino, después de explicarle resumidamente las verdades básicas de la fe católica. Yo fui el padrino. Faltaban dos días para la operación.

Gracias a Dios, la operación tuvo éxito, pero la enfermedad seguía siendo grave, pues el tumor se había transformado en un sarcoma, no tratable con quimioterapia. A pesar de haberle extirpado todo el pulmón izquierdo y parte del pericardio, algo del tumor había quedado dentro.

Se le comenzó a aplicar radioterapia, y la situación se estabilizó. Pasó un año en esas condiciones. Mientras tanto, estudió el catecismo, frecuentó los sacramentos y aprendió a rezar, especialmente, mirando al Crucifijo.

Como se preveía, el cáncer se reactivó. En agosto de 1997 fue internado de nuevo. El "scanner" mostró alteraciones que indicaban una repetición del tumor. Le faltaba la respiración y volvió a hinchársele la cara. Retomó la quimioterapia hasta diciembre, pero a pesar de todos los esfuerzos, por Navidad estaba ya permanentemente en cama, con oxígeno suplementario.

Christopher, su familia, mi mujer y yo rezábamos al Beato Josemaría por su curación, muchas veces al día, pero sus condiciones físicas siguieron empeorando y el 13 de febrero falleció. A pesar de los dolores, mantuvo hasta el final la alegría, la valentía y la fe.

El día 12 no podía decir más de dos o tres palabras seguidas, por la falta de respiración. Al percatarse de que yo estaba preocupado, me dijo:

—Estoy bien. Siento no poder sonreír porque no puedo mover los músculos faciales, pero estoy bien.

Seguí animándole a perseverar en la fe, a pensar en la gloria que encontraría después de la cruz. Viendo que yo continuaba ansioso, añadió:

—No te preocupes. Tengo toda la confianza puesta en el Amor de Dios.

Fueron sus últimas palabras antes de perder definitivamente el conocimiento. Antes de esto, se había confesado y había recibido el Viático.

Después de fallecer Christopher, su madre regresó a los sacramentos. Su hermana y su anciana abuela fueron bautizadas en Pascua. Su padre también podría convertirse.

Al principio, me apenaba que Christopher no se hubiese curado, pero ahora, mirando hacia atrás y pensando en él, en su familia, en mí mismo y en otras personas que siguieron su enfermedad, sus sufrimientos, su valentía y su perseverancia en la fe, me doy cuenta de que hemos recibido muchos favores (...). Atribuyo todas estas gracias a la intercesión del Beato Josemaría: nosotros pedíamos la curación física, y en cambio recibimos otros dones sobrenaturales.

Habían abandonado la Iglesia (Austria)

Mis padres se casaron sólo por lo civil hace más de cuarenta años. Mi padre no quería saber nada de la Iglesia, y tanto él como mi madre la habían abandonado hacía once años.

Mi mujer y yo comenzamos a pedir muchas veces la ayuda e intercesión de Mons. Escrivá de Balaguer. Hace un año mi padre y mi madre enfermaron gravemente. De nuevo pedimos con insistencia la ayuda de Mons. Escrivá.

Diez días antes de su fallecimiento, mi padre solicitó la readmisión en la Iglesia, se confesó, recibió la Unción de los enfermos y comulgó. Simultáneamente, mi madre solicitó también la readmisión en la Iglesia, se confesó y expresó su deseo de contraer matrimonio. Fallecieron poco después, mi padre al cabo de tres días, mi madre a las tres semanas.

Damos gracias a Dios por estos dones y estamos firmemente convencidos de que estas conversiones se deben a la ayuda e intercesión de Mons. Escrivá.

EN LA VIDA CORRIENTE

«Que tu vida no sea una vida estéril. —Sé útil. —Deja poso. —Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor (...), enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón»[16]. Este primer punto de Camino recuerda que todos los cristianos, por el hecho de ser bautizados, han recibido de Dios una misión: «Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura»[17]. Para cumplir esa misión, en medio de la vida corriente, muchas personas recurren a San Josemaría como poderoso intercesor. Aquí se recogen algunos relatos que muestran cómo San Josemaría es un poderoso aliado en el apostolado.

No me atrevía (España)

Llevaba yo un tiempo detrás de un amigo, intentando decirle que se confesara e iniciara una vida de piedad. Ese día, hacia finales de enero de 1988, estábamos al lado en un banco del oratorio. Vi que era una ocasión inmejorable para decirle a mi amigo que se confesara. Pero mis respetos humanos me lo impedían.

Entonces acudí a la intercesión del Beato Josemaría, encomendando a mi amigo, pero sin mucho ánimo todavía de decirle nada. De pronto, mi amigo se vuelve y me dice: "oye, ¿para confesarse qué hay que decir?" Me quedé patidifuso y le contesté: "Ave María purísima, sin pecado concebida". Cuando mi amigo se levantó y se fue a confesar di gracias a Dios y al Beato Josemaría por la lección que me había dado.

Sólo un alumno quería ir al retiro (Kenia)

En la escuela secundaria donde trabajo, me encargo del departamento de tutoría. Una de mis funciones es organizar los retiros anuales que hacemos para los alumnos de segundo a cuarto año. Esta vez les tocaba ir al retiro a los estudiantes de tercer año. Una de las posibles fechas ya había pasado y ésta era la segunda oportunidad. Aún había una tercera posibilidad: un retiro para estudiantes de los tres años.

Había sido difícil que algunos estudiantes fueran al primer retiro. Los profesores solían comentar que los estudiantes de tercer año "no eran muy religiosos". Una semana antes del inicio del retiro tuve que informar en la reunión de la "Junta de los Jefes de Sección" que sólo había un estudiante que había mostrado interés en asistir. También comentamos la posibilidad de cancelar el retiro.

Al hacer las últimas gestiones relacionadas con el retiro, le pedí otra vez al Beato Josemaría que intercediera ante Dios para que más estudiantes cambiaran su forma de pensar y fueran. Media hora más tarde, uno de los profesores vino a verme con una lista de once estudiantes que estaban interesados en el retiro y me pidió que "les diera un empujoncito".

Con gran asombro, lo comenté a otro profesor, quien un poco más tarde vino con diez u once nombres más. Nuestro asombro creció aún más. Inmediatamente preparamos las cartas para los padres de los estudiantes y las enviamos mientras continuábamos rezando al Beato Josemaría, implorando su intercesión.

La siguiente semana, esperábamos la respuesta ansiosamente. Para nuestra sorpresa, 18 chicos confirmaron su asistencia y finalmente todos fueron. La noche anterior al retiro un chico más me llamó diciéndome que quería unirse al retiro. Dados los antecedentes de esta promoción y su inicial falta de interés, y el hecho de que uno de los días del retiro coincidía con el campeonato mundial de fútbol, yo atribuyo el éxito de este retiro al Beato Josemaría.

No la aguantaba (España)

En mi lugar de trabajo, hace cuatro años, una de mis compañeras me agobiaba, me daba estampas de Josemaría Escrivá de Balaguer, me dejaba libros, etc. Yo todo lo rechazaba, pero no lo tiraba, lo guardaba. A veces, por mi temperamento, me excitaba en el trabajo y ella ni se inmutaba, siempre me sonreía y me daba algún consejo. Hubo momentos en que pasé por situaciones difíciles en mi vida familiar y ella se brindaba a pedir por mis problemas; llegué a no poderla ni ver. No la aguantaba.

Hace un mes, mi padre se puso muy grave: hacía un año que lo habían operado de un cáncer, ahora el médico nos advirtió que era su fase terminal y que moriría, ya no le iban ni a intervenir. Esa noche, le pusieron sangre, yo sólo me senté, miraba para él y no quería que se muriese, ya que soy viuda desde hace un año, con dos hijos y él es el abuelo y padre a la vez.

Llegué a casa a las 8 de la mañana, muy cansada y triste, me encontraba mal, abrí el cajón de la mesilla para ponerme el termómetro y salió una estampa de Monseñor Escrivá de Balaguer, con esa sonrisa que le caracteriza; entonces sin rezar y sin pensar en nada más, metí la estampa debajo de mi almohada y me quedé dormida. Al día siguiente, mi padre se levantaba y se fue para casa haciendo su vida normal.

Yo reconocí públicamente en mi lugar de trabajo lo ocurrido, pidiéndole disculpas a mi compañera y prometiéndole publicarlo.

La cosa no quedó ahí; a raíz de esto, ocurrieron muchas cosas: una compañera enfermó, ya tenía cáncer, se le descubrió ahora un tumor en el pulmón, le dieron días, pedí por ella, le envié una estampa y se encuentra bien. Los médicos no se lo explican, como no se lo explicaron con mi padre.

Desde ese día, le rezo todas las noches, le pido cosas y todas me las concede. Acudo a él para tomar decisiones en momentos de ira, etc. Es como si me iluminase y todo lo veo claro; sé decidir y sé contenerme a tiempo; soy capaz además de alentar y animar a otras personas y antes no era capaz, era rencorosa y vengativa, rebelde. Esto se lo agradezco a mi compañera que fue tenaz y paciente conmigo. Ella tardó cuatro años, pero ahora el resultado de su misión fue triplicado.

BUSCANDO LOS MEDIOS PARA AYUDAR A OTROS

Para sacar adelante diversas iniciativas benéficas, con repercusión espiritual sobre gran número de gente, muchas personas se dirigen a posibles donantes, quizá desconocidos hasta ese momento, para pedir su contribución económica. Los dos siguientes favores están relacionados con este tipo de gestiones.

Una deuda bancaria (Argentina)

Hace tres años contrajimos una deuda bancaria para cancelar el saldo de la compra de una casa, que se utilizaba como Residencia universitaria.

El banco nos otorgó el crédito por seis meses. Al vencimiento del mismo, pedimos renovarlo, porque aún no habíamos conseguido dinero para atender ese compromiso. Lo grave fue que en vencimientos posteriores el resultado fue similar, cancelábamos los intereses y renovábamos el capital.

En la última renovación nos dijeron que debíamos cancelar antes de fin de año una parte, y el resto al vencimiento.

Como ya se había pedido dinero a otra gente para cubrir las necesidades económicas de la labor, me encontraba en la situación de no saber a quién acudir. Empecé a encomendarme al Beato Josemaría, para que me indicara nombres de personas a visitar. Conforme transcurría el tiempo y se acercaba el pago de la primera parte, rezaba con más insistencia. Se me ocurrieron algunos nombres, pero no conseguí las entrevistas. Creía que debía seguir buscando por otro lado.

Conversando con un amigo, le comenté mi preocupación, y le pregunté si a él se le ocurría alguien a quien pudiera pedirle un importante donativo. No supo darme nombres, pero en el transcurso de la conversación salió el nombre de un empresario para quien trabajé algunos años. Por antecedentes de otras gestiones, la idea parecía absurda, pero como surgió de modo tan inesperado, pensé que el Beato Josemaría me estaría dando una pista para conseguir el donativo. Por eso, encomendé mucho, llamé a este empresario y le comenté que necesitaba verle.

Me preguntó, como es habitual en este tipo de casos, el motivo de la entrevista. Le dije que ya se lo contaría personalmente, pero que se trataba de un tema muy importante. Como él tenía un viaje de por medio, me citó para una semana después. Durante ese tiempo, estuve encomendando, pero sin saber cómo plantearle el tema.

El día anterior a la entrevista llamé, por una confusión, a un gerente de la empresa que es amigo mío, y le comenté que al día siguiente lo vería porque a las 11 hs. debía reunirme con uno de los dueños de la empresa. Al comentarle esto me dijo que sería imposible que esta persona me recibiera porque tenía una reunión armada con un grupo de asesores, y que posiblemente él no le habría informado de nuestra reunión a su secretaria. Gracias a esta providencial llamada a mi amigo, me sugirió ir una hora antes.

Al día siguiente, yendo en dirección a la empresa donde tendría la entrevista, le dije al Beato Josemaría que no sabía cómo encarar el pedido de dinero. Una vez que llegué a la empresa, seguía en la misma situación, por lo que le pedí que él me hiciera decir lo que conviniera, pero que consiguiera mi objetivo.

Luego de una pequeña introducción, me encontré pidiéndole no sólo el importe que debía pagar en pocos días, sino la totalidad de la deuda, y, para mi gran asombro, me respondió afirmativamente. Luego de agradecerle con entusiasmo, continuamos conversando de otros temas. Me retiré dando gracias a Dios por el inmenso favor que me concedió a través del Beato Josemaría.

Una ayuda inesperada (España)

Entre los muchos favores que tengo que agradecer al Beato Josemaría, refiero uno muy significativo.

Me encontraba bastante preocupada, pensando cómo podía resolver un asunto económico para una labor apostólica. Sabía de alguien que podía solucionarlo, pero no conocía personalmente a ese señor, ni veía el modo de, a través de otra persona, llegar a ponerme en contacto con él.

Comencé con toda confianza a invocar al Beato Josemaría, pidiéndole su ayuda con urgencia. Cuando menos lo esperaba, y sin que nadie le hubiera dicho a esa persona el deseo que yo tenía, llamó él mismo por teléfono, para ofrecer la ayuda económica por la cual estaba pidiendo. No podía creerlo. Solamente reaccioné agradeciendo al Beato Josemaría este incomprensible favor.

DEFENDIENDO VALORES

Que desaparecieran aquellos cuadros (España)

Escribo cumpliendo la promesa que hice al que considero gran intercesor ante Dios, Mons. Escrivá de Balaguer, por haberme conseguido del Señor un favor que le pedí y que comunico para que lo publiquen para la Causa de su Beatificación.

Junto con otra amiga, conocí a una familia a la que fuimos a visitar a su casa. Nada más entrar, nos llamó la atención una colección de cuadros pornográficos, groseros y descarados, de los que hacía jocoso alarde el hombre de la casa.

Mi amiga y yo pensábamos cómo podríamos conseguir que aquellos cuadros desaparecieran, ya que eran una continua provocación y motivo de escándalo.

Por aquellos días, me había llegado por correo la Hoja Informativa del Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer, que leí con toda atención, impresionándome sobremanera la fotografía de la portada, su cara, especialmente sus ojos. Me puse a pedir al santo sacerdote, a través de la oración para la devoción privada, que me consiguiera de la Madre Purísima y Castísima, la Virgen, a la que tanto amo, que aquellos cuadros desaparecieran.

Lo estuve pidiendo durante varios días, y cuál no sería mi sorpresa cuando, al volver otro día con mi amiga a la casa, aquellos cuadros —unos 10 ó 12— habían sido sustituidos por otros. Nos miramos y dimos gloria a Dios, manifestando nuestra alegría porque los cuadros no estaban. Comuniqué a la señora que lo había conseguido de este santo sacerdote, y prometí llevarle una estampa.

Les ruego lo publiquen en pro de la Causa de Beatificación.

Vencer las dificultades (España)

En el pueblo por donde pasamos para ir a una finca en la sierra, hay una tienda donde venden golosinas para los niños y prensa. En la puerta del establecimiento se exhibían revistas de todo tipo, bastante frívolas e incluso pornográficas. Entré a hablar con el dueño para decirle que no estaba permitido tener expuesta semejante basura, con el agravante de que la mayoría de los clientes eran niños que iban a comprar sus chucherías.

Me recibió muy mal, alegándome que tenía todo el derecho a tener esas publicaciones, me enseñó una nota que —según él— era de un kiosco de prensa que había ganado un pleito por ese motivo, y que además los niños estaban de vuelta de todo porque en sus casas veían en la TV cosas peores. No hubo manera de convencerlo y me fui muy desanimada.

Le pedí a una amiga abogado que por favor me buscara toda la legislación y casos fallados por este motivo. Me facilitó un dossier completo y, efectivamente, estaba prohibido tener a la vista en establecimientos ese tipo de revistas.

Estuvimos un tiempo sin ir a la finca y el asunto se me olvidó. A la siguiente vez que pasamos por allí, no me había llevado el dossier y comprobé que continuaba la misma situación. Me hice el propósito firmísimo de que no se me olvidara la siguiente vez y, efectivamente, metí todos los papeles en el coche para hacerlo.

Y aquí vienen los tres favores de nuestro Padre: eran las siete de la tarde de un día de invierno, ya de noche, la finca está a dos horas de camino de mi casa y viajaba con mis dos hijos pequeños, uno de doce y otro de cuatro años, que iban cansados porque los acababa de recoger del colegio.

Además llevaba la cena, porque allí me esperaba mi marido, otros dos hijos y unos invitados para pasar el fin de semana. Durante ese trayecto el demonio me iba poniendo excusas para no pasarme y dejar el asunto para otro día: era muy tarde y me estaban esperando, el dueño me iba a recibir mal, yo estaba cansada y no sabría como defenderme... Después, si no me hacía caso tendría que ir al Ayuntamiento a presentar la denuncia y además, podría tomar represalias y como era un año muy seco, prender fuego a toda la finca, etc. Todo eran inconvenientes. Le conté todo lo que estaba pensando y lo que tenía que hacer a mi hijo de doce años y decidimos rezarle al Ángel Custodio del señor de la tienda y al Beato Josemaría.

Primer favor: me paré en la tienda a hablar con el dueño.

Segundo favor: no vi ninguna revista en el escaparate, me recibió estupendamente, me dijo que se acordaba de mí, que como veía había quitado toda la basura porque efectivamente se daba cuenta de que la juventud estaba mal y no quería contribuir a empeorarla. Me contó su vida, me dio las gracias por toda la información que le llevaba y me invitó a golosinas para los niños.

Tercer favor: mi hijo, cuando se lo conté, quedó impresionado del poder de la oración. Fue una lección que no olvidará.

Rectificó su postura (España)

Hace unas semanas asistí a la Segunda Reunión Anual de la Sección de Pediatría Extrahospitalaria de la Asociación Española de Pediatría, en Barcelona. Se hallaban inscritos más de mil médicos de todo el país.

El acto de clausura consistió en una conferencia a cargo de un conocido especialista, que trabaja habitualmente en Estados Unidos y que había sido invitado para esta ocasión. El tema de la conferencia era: "El pediatra, especialista idóneo para el adolescente".

Durante la charla insistió en la conveniencia de difundir los medios anticonceptivos entre los adolescentes. Dándome cuenta del daño que sus palabras iban a hacer entre la nutrida concurrencia, pedí al Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer que dicho especialista rectificara las ideas erróneas que acaba de exponer. Aunque el objetivo no era fácil, yo estaba convencido de que el Siervo de Dios iba a poner remedio.

Terminada la conferencia, se abrió el turno de preguntas de los asistentes. Inmediatamente hice la mía, intentando dar pie a la rectificación del tema moral antes mencionado.

Pregunté si no puede parecer derrotista una actitud que basa la educación sexual en orientaciones tan poco exigentes para los muchachos. "¿No reconoce usted —añadí— la existencia en nuestra época de una enfermedad social que se ceba en los más débiles (los adolescentes), cuya terapéutica es la recuperación de los valores?".

De forma inmediata, el conferenciante conectó con la nueva perspectiva, y lo replanteó hablando en términos muy distintos a los que usara anteriormente, ya aceptables moralmente. Se extendió largo rato en la respuesta, tomándola como punto de referencia para otras preguntas que más tarde siguieron.

Resulta evidente para mí la intervención del Siervo de Dios en una ocasión con tan pocas probabilidades de éxito, pero de gran trascendencia para muchas personas.

Ha sido todo muy fácil (España)

Hace dos años me llamó una amiga mía, pidiéndome que nos viéramos con urgencia. Estaba muy disgustada, pues ese día, como solía hacer, ayudaba a su marido en el quirófano, instrumentando las operaciones quirúrgicas que él hacía, y se dio cuenta de que iban a practicar una vasectomía.

Al darse cuenta, se negó a seguir instrumentando la intervención. Habló con su marido, pero no consiguió nada; pensaba seguir haciendo operaciones de este tipo mientras tuvieran una situación económica algo apurada.

Mi amiga me pidió que rezase, y quedamos en acudir las dos a la intercesión del Siervo de Dios Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer.

Cada cierto tiempo hablaba con su marido, pero no lograba que dejase de hacer ese tipo de operaciones, aunque ella procuraba, cuando él no estaba en casa, hablar con los pacientes y convencerles para que no lo hicieran.

Este verano, ella estaba muy desanimada, pues veía que su marido no cambiaba, y la situación familiar era cada vez más inestable. Nos propusimos encomendar con más fuerza e intensidad al Siervo de Dios este problema hasta el mes de octubre y, si no salía, seguiríamos hasta Navidad.

Hace dos semanas me llamó, nos vimos y, con gran alegría, me pidió rezar esa semana con más fuerza, pues su marido había decidido dejar de hacer esas intervenciones y quería confesarse. Se confesó y recuperó la paz y la alegría que le faltaban.

En otra ocasión, ésta en agosto de 1986, fui a visitar a otra amiga a la Clínica donde trabaja como Jefa de enfermeras.

Quiso enseñarme la Clínica; me mostró unos locales vacíos donde iban a empezar las obras para un laboratorio destinado a la fecundación "in vitro". Estaba contenta, pues pensaba que podía colaborar en un proyecto a favor de la vida. El año anterior, gracias a su actuación, evitó que pudieran aprobar en esta Clínica las prácticas e intervenciones abortivas.

Le expliqué que había leído en esos días diferentes informes sobre la fecundación "in vitro" y le pude aclarar lo que había detrás de todo eso. Me pidió bibliografía, pues se iba de vacaciones a los pocos días y quería informarse más. Al día siguiente volví a la Clínica y le dejé en recepción un libro recientemente publicado sobre ética en temas sanitarios. Le dejé dentro una carta con una estampa de Mons. Escrivá de Balaguer. Empecé a pedir al Siervo de Dios por el resultado de esta gestión.

El día 2 de septiembre la llamé por teléfono y, al preguntar si le había servido el libro, me dijo que el problema estaba resuelto. Antes de irse de vacaciones, había llevado el libro a una reunión del Consejo directivo de la Clínica, y habían comentado su contenido en relación con la fecundación "in vitro".

Decidieron comunicar al médico que iba a trabajar en la fecundación "in vitro", que no se llevaría a acabo ese proyecto: las obras se harían para un laboratorio de anatomía patológica.

Al preguntarle cómo lo había conseguido, me dijo: "Yo no he hecho nada, ha sido todo muy fácil, no me lo explico, pero lo han entendido y no ha habido dificultad para que cambiaran de proyecto".

Le conté que había rezado mucho al Siervo de Dios, Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, y se explicó lo que consideraba un milagro.

 

cap. 6

ACCIDENTES Y PELIGROS

A lo largo de su vida, San Josemaría sufrió varias veces graves peligros: siendo muy niño, fue desahuciado por los médicos, pero se recuperó gracias a la intercesión de la Virgen. Durante la guerra civil española, como sucedió a tantos sacerdotes, su vida corrió serios riesgos. También padeció graves enfermedades. En todos esos momentos, recurría confiadamente a Dios, por intercesión de la Virgen o de los Ángeles Custodios —que le prestaban servicios muy notables— sin perder la calma y abandonándose en la Providencia.

Ahora, muchas personas acuden a él para salir de situaciones comprometidas, de accidentes y peligros variados, como los que se recogen en este capítulo: desde una colisión en automóvil, hasta la picadura de un insecto venenoso; desde presentimientos ante amenazas desconocidas, hasta los accidentes que tienen por protagonistas a los niños.

VIVOS DE MILAGRO

Habla este apartado de personas que volvieron a la vida, cuando casi se habían perdido todas las esperanzas, a causa de un accidente, de una enfermedad mortal, de un disparo fortuito...

Con una lesión muy grave en la cabeza (Islas Salomón)

Soy policía y trabajo en un puesto remoto en las Islas Salomón. La esposa de un oficial sufrió una lesión muy grave en la región occipital de la cabeza, a consecuencia de un accidente. Aunque la llevaron al hospital rápidamente, llegó medio muerta.

En ese momento de vital importancia, le colocamos sobre la zona afectada una estampa del Beato Josemaría, al tiempo que rezábamos la oración, pidiéndole que intercediera por su curación.

De modo casi instantáneo, recuperó el conocimiento. Después de tres días, había mejorado considerablemente y, al cabo de tres semanas, se recuperó del todo.

Agradezco a Dios este favor, concedido por intercesión del Beato Josemaría.

En coma profundo (España)

Nuestro hijo de 18 años fue atropellado por un coche, dejándolo descerebrado en la carretera y dándose el conductor a la fuga.

Lo llevamos al Sanatorio y nos dijeron que no tenía salvación. Sin embargo, iban a intervenirle sólo para cerrarle el cráneo. Después nos dijeron que no habían podido sacarle todas las esquirlas que tenía (que eran muchas) y que también tenía un edema pulmonar, pero que eso ya lo dejaban porque al fin se iba a morir. Lo ingresaron en la UCI, en coma profundo, sin apenas constantes vitales, esperando su muerte de un momento a otro. Yo nunca creí que nuestro hijo se fuese a morir.

Hablamos con un sacerdote para que le administrase la Extremaunción. Así lo hizo. En la cama puse una estampa de Mons. Escrivá de Balaguer. Entre el quinto y el décimo día era cuando esperaban que se muriese, pero cuando el médico hizo su visita, vio que sus constantes vitales empezaban a responder. Uno de los médicos del equipo, que no era creyente, dijo cuando lo vio: "Díganme dónde vive este Monseñor, que quiero escribirle diciendo que hizo un milagro".

Pero no quedó aquí todo. Nuestro hijo siguió en coma veintiséis días. Cuando fue despertando, lo bajaron a la habitación, pero ya no alimentado por sueros, sino que nada más llegar le dieron un desayuno y lo tomó. También me dijeron que necesitaría un logopeda para enseñarle a hablar porque no sabría decir nada, pero en cuanto me vio, me llamó: "¡Mamá!". Me dijo cómo se llamaba, los años que tenía, dónde vivía y hasta el número de teléfono.

A los dos años lo ingresaron de nuevo para practicarle la craneoplastia. Al cabo de ocho días ya estaba en casa, y al mes empezaba sus estudios de Magisterio, sacando el curso con buenas notas.

Este es un milagro múltiple que Mons. Escrivá de Balaguer hizo con nuestro hijo, que estaba muerto y volvió a la vida.

Escribo este testimonio como muestra de agradecimiento al Fundador del Opus Dei y para que sirva para su Causa de Beatificación.

Un disparo accidental (Bolivia)

Mi hijo P., de 16 años, un muchacho sumamente activo, buen deportista, (...) le faltaban sólo dos años para salir bachiller; también hablaba muy bien el inglés.

Un miércoles 8 de agosto de 1984, después de salir del colegio, por la tarde fue a casa de un compañero de curso. En ausencia de sus padres se puso a jugar con un revólver calibre 38, sin saber que había un proyectil. Se le disparó, haciendo impacto en Pacho, entrándole por la ceja izquierda con orificio de salida en el mismo lado izquierdo de la nuca, habiendo perdido la mitad de la masa encefálica.

Fue atendido de emergencia y cuando salió del quirófano, un amigo de Pacho le puso una estampa de Mons. Escrivá de Balaguer debajo de la almohada.

Yo tenía una estampa de Monseñor y desde el primer momento le pedí que Pacho salga adelante. Todas las noches y muchas veces recé e hice rezar la oración de la estampa por la vida de Pacho. Los médicos no me daban ninguna esperanza de vida.

Pacho estuvo inconsciente dos meses pero cada día había alguna mejoría que sorprendía a los médicos.

Después de dos meses, ya consciente, siguió recuperando movimientos pero los médicos dijeron que nunca hablaría, caminaría o podría leer.

Pacho se comunicaba con nosotros por los ojos, pero el día de mi cumpleaños comenzó a hablar de nuevo. Los médicos no podían creerlo.

Cuando Pacho empezó a caminar y tener rehabilitación yo le pedí a Mons. Josemaría que volviera al colegio para que pudiera sentirse útil. Volvió al colegio y salió Bachiller con su promoción.

Continuó con la rehabilitación. Los médicos se sorprendían de la recuperación —día a día— de Pacho. Entonces le pedí a Monseñor que pudiera llevarlo a los Estados Unidos, ya que no contaba con los medios necesarios para todas las operaciones que mi hijo necesitaba. Confiando en tantas cosas como el Padre me había conseguido por su intercesión, le pedí estos medios económicos.

En 1989 pudimos viajar y permanecer en los Estados Unidos durante diez meses, sostenidos por nuestra fe y el cuidado de Mons. Josemaría Escrivá. Pacho tuvo cinco operaciones: cuatro en la cabeza y una en las costillas que utilizaron para cubrir el cráneo.

Durante los diez meses, sola, en un país donde no conocía el idioma, ayudada por la intercesión del Padre —no me separaba de la estampa y Pacho siempre la tuvo junto a su cabecera—, conseguimos todos los medios económicos necesarios para enfrentar la situación.

Actualmente, Pacho está fuerte, sano, leyendo y hablando inglés. Le pido a Mons. Josemaría E. que pueda estudiar y ser un hombre de bien y propagar la devoción a Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer.

Se le escapó un tiro de la escopeta (Paraguay)

Un 22 de enero de 1996, alrededor de las 21:30, uno de mis hijos salió a dar un paseo por el antiguo barrio donde residíamos. Era uno de esos días de mucho calor en Asunción. Al aproximarse a una residencia cuyo guardia de seguridad era su amigo, sorpresivamente a éste (el guardia) se le escapó un tiro de una escopeta de 12 mm de balas expansivas que hizo un impacto en mi hijo, que se acercaba a saludarle.

El guardia, del susto, se dio a la fuga. Unos vecinos acudieron en su ayuda y —después de mucho dilucidar— lo llevaron a un hospital muy cercano llamado Universitario, donde fue atendido en sala de emergencia. Mi hijo estuvo consciente todo el tiempo.

Yo acostumbro darle la bendición a mis hijos cuando salen y pedirle a su Ángel de la Guarda que los acompañe y que regresen sanos. Ese día lo hice con este hijo y cuando ya me disponía a ver una película, llamaron a mi puerta los vecinos dándome la noticia. Nos dirigimos al hospital mi marido y yo, sin atinar a hacer nada, preguntándome: "¿qué habría pasado?".

Fui a la sala de urgencias, hablé con mi hijo, le pregunté cómo había ocurrido todo, pero él mismo no se lo explicaba. El diagnóstico médico era que los balines habían perforado el bazo, el colon, intestino grueso y delgado y, según los doctores, gracias a Dios no habían dañado los órganos vitales. Empecé a rezar al Beato Josemaría.

Mientras tanto, el chófer de la casa donde custodiaba el guardia habló con el dueño, que resultó ser un médico muy renombrado y en ese momento se hallaba de vacaciones en Punta del Este, Uruguay.

El doctor contactó con los médicos de su confianza y dio órdenes para que mi hijo fuera trasladado a un sanatorio privado (Sanatorio Italiano), donde lo intervinieron quirúrgicamente.

Pude ver cuando mi hijo era llevado a la sala de operaciones, volví a darle la bendición y él me tiró un beso. Durante la operación, continuamos rezando la oración de la estampa con mi marido. Concretamente, yo tenía la estampa muy apretada junto a mi pecho y pedía que si mi hijo no se salvaba, que me preparara a mí muy bien, por si lo perdía.

La operación duró desde la 1:00 AM hasta las 5:30 AM, del 23 de enero. A esa hora salió una persona buscando al familiar del chico accidentado. Respondí: "¡Soy la madre!". Me invitó a sentarme para explicarme todo lo de mi hijo. Mis hermanos me acompañaban porque mi marido se hallaba haciendo gestiones.

El doctor dijo: "Quiero hablar claro: su hijo está muy delicado. Gracias a Dios, pudo salvarse, pero hay que estar pendiente que no tenga hemorragias. Si sucede, volverá al quirófano, y quizás su hijo no resista".

Sólo estaba en las manos de Dios y de la Santísima Virgen María. Se lo llevaron a terapia intensiva. Una enfermera me llevó a terapia: pude ver a mi hijo, que estaba volviendo de la anestesia. Me quedé más tranquila, porque lo vi bien. Rezaba muchísimo para que no tuviera hemorragias. Estuvo cuatro días en terapia. Luego lo pasaron a la sala (él fue caminando), donde estuvo trece días más.

Por el accidente sufrido, mi hijo no podía continuar en el trabajo que tenía. Nosotros somos una familia de escasos recursos y acudimos una vez más al Beato Josemaría pidiendo que mi hijo consiguiera un trabajo de acuerdo con sus posibilidades. Al sexto día de la novena, consiguió un trabajo buenísimo como promotor de ventas. Un día descubrí accidentalmente una anotación que tenía en su agenda. Dibujado dentro de un corazón, estaba escrito: "el día más triste de mi vida fue la noche que me accidenté, que gracias a Dios y al Beato Josemaría estoy vivo y con ganas de progresar en la vida".

Para mí, todo fue una sucesión de milagros. También fue un milagro el hecho de que el dueño de la casa —donde trabajaba el guardia de seguridad— corriera con todos los gastos, que fueron muchos. Nuestros amigos nos decían: "Tu hijo no va a morir porque todos tus amigos están rezando y pidiéndole al Beato Josemaría por él".

El guardia regresó y fue a la cárcel, pero nosotros no quisimos presentar denuncia, ya que había sido un accidente. Todos en mi familia estamos muy agradecidos y seguimos acudiendo al Beato Josemaría hasta en las cosas más pequeñas. Ojalá que esto sirva para su pronta Canonización.

Al volver de una fiesta (Francia)

En el mes de junio, D., una hija de mis vecinos, de 15 años, sufrió un grave accidente mientras volvía con seis amigos de una fiesta.

El vehículo en el que venía se salió de la carretera, dando varias vueltas de campana y al final chocó contra un gran plátano. Todos quedaron heridos de diferente grado. D. fue encontrada debajo del vehículo después de varios minutos de búsqueda.

El médico del Socorro de Carretera dijo que estaba muerta. Otro médico que pasaba por allí sugirió intentar algo, llevándola urgentemente a un hospital. Allí permaneció siete semanas; al principio en coma profundo y desesperado. Fue en este momento cuando yo recé por intercesión de Josemaría Escrivá, prometiendo hacer un donativo a la Obra si atendía mis oraciones.

Después de momentos difíciles, D. salió del coma y hoy, después de que se pensara que ya no podría volver a escribir, está bien y se está examinando de Bachiller. Gracias a Josemaría Escrivá.

PRÁCTICAMENTE ILESOS

Si quedar con vida después de un grave accidente es ya un gran favor, más lo es salir prácticamente ilesos. Esto le ocurrió a una señora que cuenta esta larga y sorprendente historia:

Le llamé, y él me salvó (El Salvador)

Soy muy devota de Mons. Escrivá de Balaguer desde el día en que asistí a la Misa por su alma en la iglesia de San José de la Montaña. Desde entonces le he pedido muchos favores y me los ha concedido todos. Recito la oración de la estampa muchas veces al día y ya la he aprendido de memoria: cada vez que se me presenta un problema recurro a él y me lo resuelve.

Hace dos años comencé a pedirle que me ayudase a tener una casita en propiedad: la necesito porque tengo que mantener económicamente a mi madre, a mi abuela y a mi hijo de 11 años. Con lo que gano, me parecía imposible llegar a ser propietaria de una casa, aunque fuera pequeña. Sin embargo, pedía este favor a Mons. Escrivá con mucha insistencia, sobre todo desde que obligué a mi madre a abandonar la casa en la que habitaba, porque estaba en pésimas condiciones y tendrían que demolerla. Si bien parecía un sueño irrealizable, conseguí superar todas las dificultades y el 14 de febrero tendría que ir a tomar posesión de la casa, ya terminada, y a liquidar las cuentas con el albañil.

El 13 de febrero al mediodía la señora para la que trabajo me invitó a hacer una romería a la Virgen en la iglesia de Guadalupe. Yo no sabía qué era una romería, pero ella me explicó que se trataba de ir a recitar el Rosario en una iglesia dedicada a la Virgen; añadió que don Álvaro nos estaba pidiendo frecuentemente rezar el Rosario e ir a visitar santuarios marianos, porque este año se celebra el quincuagésimo aniversario de la fundación del Opus Dei.

Además, me dijo que a Mons. Escrivá de Balaguer le gustaba mucho que se rezase el Rosario. Fuimos a esta iglesia de Guadalupe y yo estaba particularmente contenta, porque de aquel modo podía agradecer a Mons. Escrivá el haberme ayudado a tener una casita de mi propiedad. Mientras íbamos en coche hacia la iglesia, la señora me explicó que el siguiente sería un día de gran fiesta para el Opus Dei, porque era un aniversario del Opus Dei, y me contó algunos episodios de la vida de Mons. Escrivá. Llegadas a la iglesia, después de haber rezado el Rosario, oímos la Santa Misa. En el camino de vuelta recitamos la última parte del Rosario.

Al día siguiente, 14 de febrero, me levanté muy contenta y terminé mis tareas lo antes posible, para poder ir a Santa Ana a tomar posesión de la casa. Salí alrededor de las nueve y media de la mañana, y la única cosa que recuerdo de este día es que tomé el autobús para llegar a la Terminal de Occidente.

No recuerdo lo que sucedió después. Solo al día siguiente, me di cuenta de encontrarme de nuevo en San Salvador y de sentir un fuerte dolor en la cabeza, en la nuca y en un brazo; además, si intentaba sentarme o ponerme en pie, me giraba la cabeza. Estuve en reposo durante una semana y mejoré poco a poco hasta restablecerme del todo.

Lo que me ocurrió el día 14 me lo han contado después. Los hechos se sucedieron de este modo:

En Santa Ana vive una hija de mi señora, a la que yo había visitado muchas otras veces. El día 14, hacia las doce menos cuarto, una de las empleadas domésticas, habiendo oído un timbre en la puerta, fue a abrir y me encontró en el umbral. Ella dice que yo no la reconocí, y que tampoco reconocía la casa, sino que sólo decía:

—Me ha traído aquí Monseñor. Estaba tendida en el suelo, lo llamé y él me levantó, me tomó de la mano y me trajo aquí. Le he visto bien, con su sotana y sus gafas: ha sido él quien me ha salvado.

Al darse cuenta de que no la reconocía, la empleada llamó a su señora, describiéndole el estado en que me encontraba.

La señora dice que miró el reloj para ver cuánto tiempo faltaba para la hora de cierre de su oficina: cierra siempre a mediodía y eran las doce menos cuarto. Volvió a casa, pero yo no la reconocí, aunque ella me hablase y me explicase quién era. Cuenta que yo repetía solamente:

—Monseñor me ha salvado. Me ha tomado de la mano y me ha traído a esta casa.

Cuando me preguntaban qué había pasado, yo respondía:

—No lo sé. Yo sólo he visto sangre y después a Monseñor, que me ha tomado de la mano, me ha levantado y me ha traído aquí. Yo estaba rezando el Rosario y pensando en él. Por esto me ha salvado.

Tenía todo el vestido sucio de sangre y hierba seca. También mi bolso estaba manchado de sangre. La señora me preguntó si me habían asaltado, pero yo sólo respondía:

—No lo sé. Yo sólo he visto sangre y a Monseñor, que me ha tomado la mano y me ha traído aquí.

Pedía que me dieran la estampa de Monseñor y el rosario que tenía en el bolso. En efecto, llevo siempre conmigo la estampa y nunca salgo de casa sin haberle pedido antes que me acompañe y me libre de todo peligro. Y cuando voy en autobús recito siempre el Rosario y la oración de la estampa.

Entonces la señora llamó por teléfono a su madre, mi patrona, para contarle lo sucedido. Mis señores partieron inmediatamente para Santa Ana; llegaron hacia las dos del mediodía. En un primer momento, yo no les reconocí. Después reconocí a la señora, ella dice que le repetía una y otra vez la misma cosa:

—Me ha traído aquí Monseñor. Me ha tomado de la mano y me ha traído a esta casa.

Cuando me hablaba, trataba de tranquilizarme y de hacerme dormir, pero yo le respondía:

—Estoy segura de haberlo visto. Yo le he llamado y él me ha salvado. Yo estaba recitando el Rosario: por esto él me ha puesto a salvo. Usted estaba en Guatemala y no consiguió verlo[18], en cambio yo lo he visto. Entre toda esa sangre, él estaba junto a mí.

El marido de mi señora, que es médico, me examinó, pero no encontró ninguna herida.

El doctor averiguó que esa mañana había ocurrido un gravísimo accidente automovilístico en el km. 59 de la carretera que lleva a Santa Ana, siete kilómetros antes de llegar a la ciudad: habían chocado tres vehículos, habían muerto cuatro personas y eran muchos los heridos graves.

Mis señores hicieron todo lo posible para cerciorarse si alguien me había acompañado a casa; pero nadie sabía nada. La empleada doméstica que me abrió la puerta asegura que yo estaba sola. Afirma que, como me vio tan pálida, salió a la calle para ver si alguien estaba conmigo, pero no había nadie.

Yo estoy segura de que fue un milagro de Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, porque es imposible que haya llegado a encontrar por mí misma aquella casa, sin ayuda de nadie: en efecto, ni siquiera era capaz de reconocer a las personas con quienes he hablado.

Por otra parte, en el bolso no llevaba ninguna nota con la dirección de aquella casa, a donde no había pensado ir en absoluto aquel día.

Además de haberme librado de la muerte, creo que Mons. Escrivá me ha hecho otro milagro en aquella ocasión. En efecto, en la confusión del accidente no perdí ni me robaron el bolso, en el que llevaba el dinero para pagar mi casa: había logrado reunirlo sólo después de muchos años de trabajo.

Como signo de reconocimiento por esta gracia tan grande, he hecho decir una Misa y he enviado una pequeña contribución económica para la publicación de la Hoja Informativa; también he distribuido muchas estampas. Recomiendo siempre a todas mis amigas que recen a Monseñor, porque él escucha todas las súplicas de quien recurre a su intercesión.

El vehículo se abalanzaba sobre mí (Argentina)

El 10 de junio por la mañana fui a los Tribunales, pues soy abogado; desde allí y caminando me dirigí a hacer unos trámites en una oficina pública. Había recorrido unas seis manzanas cuando entré a hacer una visita en la iglesia de El Salvador, salí de allí repitiendo mentalmente la oración a Monseñor Escrivá.

Como el semáforo me indicaba paso, comencé a cruzar en calle Tucumán y en cuestión de segundos vi cómo un Fiat 600 se abalanzaba sobre mí; traté de alcanzar la acera, cosa que logré, pero el automóvil siguió el mismo recorrido: caí al suelo y al instante el vehículo con una de sus ruedas delanteras pasó sobre mi cintura para luego estrellarse contra la pared de un negocio situado allí.

El conductor bajó rápidamente, gritando que me había matado; pero su desconcierto fue mayor al ver que me levantaba, sin ninguna ayuda, de debajo del auto. Mi reacción fue rápida, ya que en unos segundos estuve en pie y tratando de limpiarme la chaqueta. Comencé a dar gracias, pues lo que había ocurrido era un milagro. Las únicas huellas dejadas por el accidente fueron unas manchas de grasa sobre el pantalón y el color turquesa del vehículo al pasar sobre el cinturón de cuero que llevaba puesto.

Al llegar a casa de mis padres y relatarles lo ocurrido, dijeron que eso fue un milagro de don Josemaría.

INSECTOS TEMIBLES

Una de las arañas más peligrosas del mundo (Australia)

Mi hijo mayor fue picado en la mano por una araña de la variedad "funnel-web", mientras estaba acostado en la cama. Esta araña es una de las más mortíferas del mundo y poco antes varias personas, tanto adultas como niños, habían muerto por sus picaduras.

El efecto inmediato de la picadura fue un dolor muy intenso. Mi hijo comenzó a chillar muy fuerte. La mano y el antebrazo se le hincharon rápidamente. Cacé a la araña, la puse en un frasco de cristal y llevamos a toda prisa a mi hijo al hospital del distrito, con la araña en el frasco. Durante este tiempo estuvimos rezando continuamente a Monseñor Escrivá, esperando que todo fuera bien.

En el hospital nos dijeron que la araña era un "funnel-web" macho. Me dijeron que su veneno era seis veces más mortífero que el de la hembra y que es el más tóxico del mundo. En el hospital no tenían experiencia de nadie que hubiera sobrevivido.

Mientras tanto, mi hijo fue ingresado en el hospital y, poco después, el dolor y los síntomas empezaron a desaparecer. Después de tres horas de observación y sin ningún tratamiento médico, fue dado de alta en el hospital.

Los médicos no dieron ninguna explicación satisfactoria del hecho. Nosotros atribuimos este resultado a la intercesión de Monseñor Escrivá.

La "hormiga brasileña" (Puerto Rico)

Mi madre sufrió en las piernas múltiples picaduras de un tipo de hormiga muy peligrosa, conocida en Puerto Rico como "la hormiga brasileña". Aunque normalmente este tipo de picaduras no es mortal, en su caso, debido a su diabetes y su pobre circulación podría costarle perder sus dos pies.

En mi penúltima visita a su casa, cuando apenas había sido picada, le llevé unas cuantas de las nuevas estampas del Beato Josemaría Escrivá —las cuales me había pedido para repartir en su iglesia—.

Ayer, un mes más tarde de lo ocurrido, salió a recibirme contentísima y a contarme la noticia: se había curado de las picaduras, gracias a la intercesión del Fundador del Opus Dei.

Me contó que luego de llevarle las estampas ella se puso una sobre las piernas enfermas y al próximo día amaneció curada de las mismas. Atribuyo muchos más favores recibidos al Beato, pero este último ha sido confirmado por mis familiares.

NIÑOS EN PELIGRO

Se llevaron a Estuardo (Guatemala)

Tengo una hermosa familia de 11 hijos. Todos en casa tienen mucha devoción al Beato Josemaría Escrivá de Balaguer y cuando hemos tenido problemas de familia, siempre hemos recurrido a rezar la estampa del Beato Josemaría. Recientemente pasamos el peor momento que hemos sufrido en nuestra vida familiar.

Una mañana de lunes, salieron mis 5 hijos varones que van al colegio, juntos, hacia la parada del bus. Caminan apenas 2 cuadras y es un barrio bastante tranquilo. Yo les dejé en la puerta y regresé a la cocina a preparar las "loncheras" de las niñas chiquitas que se van más tarde al colegio.

Cuando venía de la cocina me encontré al mayor de los muchachos (16 años) sentado en la salita con una cara fatal. Le pregunté: "¿Los dejó el bus?" Y él respondió: "Se llevaron a Estuardo". Yo no me di entera cuenta de qué pasaba y pregunté por sus hermanos. Él no sabía qué les había pasado porque regresó corriendo a avisar y estaba nerviosísimo. Salí corriendo a la parada y encontré a otro que venía de regreso con una carta en la mano y seguí corriendo hasta encontrar a los dos más pequeños. Así me di cuenta de que sólo faltaba Estuardo (13 años). Me los llevé a casa y leía la carta en el camino. El título era algo como: "Pasos para rescatar a su hijo" y habían varios puntos con unas condiciones y una suma enorme en dólares que había que pagar.

Cuando regresé a casa encontré a mi marido con el rostro alterado, pero bastante tranquilo. Me calmó diciéndome: "Lo mejor es estar serenos" y luego "todo el mundo a rezar". Nos reunimos todos en la sala y rezamos juntos el Rosario de rodillas. Al terminar, mi esposo nos puso a todos unas tareas para realizar y aclaró que teníamos que ocuparnos en vez de preocuparnos y seguir rezando mucho.

La ausencia del muchacho duró dos semanas. La primera fue de frecuente comunicación telefónica con los secuestradores y la segunda de un silencio espantoso. Todo el tiempo recibimos muestras de cariño y solidaridad de la gente, pero especialmente mucho apoyo y oración de las personas de la Obra, que rezaban sin parar al Beato Josemaría Escrivá para que el muchacho volviera pronto. Podría yo decir que físicamente sentíamos esas oraciones que nos sostenían.

Así llegamos al día 15 del secuestro, después de 6 días de no tener ninguna noticia. Mi marido ese día decidió: buscar a la persona que entregaría el rescate, cómo se llevaría y otro montón de cosas que había que tener listas; y yo estaba ese día con una ilusión grande en mi corazón de que esa semana nos devolverían a nuestro hijo.

A las 10:00 de la mañana se comunicaron nuevamente y después otras tres veces ese día. Pero hubo algunos contratiempos y a las 5:30 de la tarde no se llegó a nada y quedaron de llamar al día siguiente. Ese lunes rezamos muchísimo.

Yo perdí la cuenta de los Rosarios y oraciones de la estampa del Beato Josemaría que recé. El Prelado del Opus Dei nos escribió una carta ese día alentándonos y asegurándonos que el Fundador de la Obra se iba a lucir.

Nos acostamos a las 10:00 de la noche agotados por la tensión, pero todavía con esperanza. Ya estaba yo acostada leyendo, cuando oí que golpeaban la puerta de la calle con gran fuerza. Pensé que era en la vecindad. Pero volvieron a tocar igual y entonces yo salí corriendo de la cama para la puerta, mientras iba corriendo grité: "¿Quién es?" y Estuardo contestó desde la calle: "Soy yo, mami". No pude abrir la puerta chiquita que estaba con llave, pero brincando el carro salí al garage y allí estaba él "paradito".

Lo abracé y le pregunté que si se había escapado. "No", me dijo. "Me vinieron a dejar y me dijeron que le dijera a papi que era un regalo del día del padre, (que se celebraba ese día) y que no tenía que pagar nada".

Este milagro tan fabuloso sólo lo podemos atribuir a la intercesión del Beato Josemaría Escrivá que rogó a Dios Misericordioso, que se luciera con nosotros en el día del padre.

Álvaro se ha caído... (España)

A las 13,45 horas del día primero de mayo, a través del interfono de la casa recibí una llamada de mi hijo Pablo de 12 años, que con voz entrecortada y nerviosa me dijo: "Baja papá, que Álvaro se ha caído".

Álvaro es el séptimo hijo, de 4 años, de los ocho que tenemos. Naturalmente pensé que se trataría de la clásica brecha en la cabeza o, como mucho, de una pierna o un brazo, pero cuando vi dónde se había caído y que el niño había desaparecido, no tengo palabras para describir la situación.

Mi primer pensamiento fue: "He perdido un hijo, Jesús mío ayúdame". Y enseguida comencé a encomendarlo a la intercesión del Beato Josemaría.

Se trataba de un registro mal protegido con una lámina de aluminio, situado en un parterre elevado en un extremo del jardín del edificio donde vivimos, y por donde los niños corretean frecuentemente. Álvaro pisó en un extremo de la débil protección, la lámina se volteó y se coló en un aljibe o depósito de aguas subterráneo, siendo impulsado por la fuerte corriente de entrada general de agua hacia un cuello de botella que va a parar al depósito.

Las singulares características del lugar imposibilitaban el acceso de una persona normal. Tuvo que ser un bombero especialmente delgado y pequeño el que rescatara del fondo del depósito el cuerpo ya sin vida de nuestro pequeño Álvaro, dándose la bendita casualidad de que el bombero era submarinista, y otra no menos bendita casualidad lo constituye el hecho de que nada más sacar el cuerpo del niño a la superficie, estuviera allí una pediatra amiga y vecina de la familia, que tras cuatro o cinco minutos de practicarle los primeros auxilios, consiguió que aquel corazón latiera de nuevo.

Se calcula que estuvo sumergido entre doce y quince minutos.

A partir de aquí, tres días de angustias en la U.C.I., sedado y con respiración asistida. Sólo a las 48 horas nos dijeron que posibilidades de vivir existían muchas, pero que hasta que no se le retirara el respirador mecánico y demás y viéramos la reacción no sabríamos en qué condiciones.

El día 13 Álvaro comenzó de nuevo a ir al colegio con toda normalidad, ante el asombro de familiares, vecinos y amigos.

Algunos facultativos nos han comentado lo extraño del suceso, por cuanto en el hospital no recuerdan ningún caso de personas recuperadas en circunstancias similares que no hayan padecido alguna secuela.

No es fácil resumir la cantidad de llamadas telefónicas y reacciones habidas en torno al caso. Nos consta que mucha gente, a partir de este hecho, ha entendido el sentido del dolor, del sufrimiento, de la filiación divina. El Señor a través de Álvaro ha hecho reflexionar y rezar a personas que no lo habían hecho nunca. Uno me decía por teléfono: "Mira, tú sabes cómo soy yo, que no rezo nunca, pero por tu hijo (no se lo digas a nadie) he rezado a la Virgen".

Otro me dijo en confidencia: "Yo había prometido al Señor que si se recuperaba tu hijo, dejaba de fumar un mes y lo estoy cumpliendo".

En fin, que una vez más se comprueba que Dios sigue escribiendo derecho con renglones torcidos.

Una niña secuestrada (Guatemala)

En la plaza o "mercadito" de la colonia donde vivo corría el rumor que a una señora que vende tomates, cuatro hombres le habían arrebatado de sus brazos, su hijita de apenas año y medio.

Estuve pensando mucho si le daba la estampa del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer, pero al fin me decidí. Ella creyó que se la llevaba a vender pero le expliqué qué debía hacer. Son personas bastante sencillas y humildes (...). Me lo agradeció y recibió la Hoja informativa y la estampa.

Yo empecé a decirle por mi parte al Beato Josemaría que ellos eran personas a las que nadie podía ayudar, sólo él.

Así que a los diez días me llegó la novedad que había aparecido la niña. Fui a verlos para constatar el hecho y le dije que yo era la que le había llevado la Hoja informativa y la estampa y me dijo que justamente estaba pensando quién se la había dado, pues hoy sí creía verdaderamente. Había encendido una vela y había rezado por la mañana y por la noche pidiendo por su niña y a los nueve días había aparecido. Lo cierto es que en este país es difícil que aparezcan los niños que secuestran, por lo tanto, lo atribuyo a la intercesión del Beato Josemaría Escrivá este gran milagro.

PRESENTIMIENTOS

Los siguientes relatos de favores tienen en común ese misterioso fenómeno de los presentimientos. Como se verá, Dios se sirve de ellos para mover a rezar por las personas queridas que podrían encontrarse más necesitadas en esos momentos.

Un deseo fuerte de rezar (Italia)

El pasado 9 de enero, mientras volvía a la oficina, después de la pausa del almuerzo, sentí un deseo fuerte de rezar, y por tanto empecé a repetir la oración de la estampa del Beato Escrivá, sin saber qué gracia solicitar y limitándome a pedir: "Padre, ayúdanos tú, tú que sabes de qué tenemos necesidad".

Continué así unos veinte minutos, el tiempo necesario para llegar a la empresa, donde comencé a trabajar como todas las tardes.

Al volver por la noche a casa, mi mujer me dijo que esa tarde mi padre, cuando se dirigía al trabajo en bicicleta, había sido atropellado por un coche y había salido milagrosamente ileso, a excepción de algunos raspones en una mano y en un tobillo.

Le pregunté a qué hora había sucedido, y constaté que coincidía con el momento en que me había venido a la mente aquel impulso interior.

Deseo agradecer públicamente al Beato Escrivá, ya que he recibido otros favores en el pasado y nunca los he comunicado.

Que no vaya él (España)

Mi marido y yo somos fieles de la Prelatura del Opus Dei. Tenemos siete hijos. Mi marido y un hijo son pilotos de fumigación e incendios.

Estando en la base, les anunciaron que tenían que ir uno de los dos a apagar un incendio cerca de la frontera de Portugal. Me dirigí a mi marido y le comenté que lo apagara él —yo tuve un presentimiento nada bueno de que le podía pasar algo a mi hijo—. Mi marido, con más experiencia y horas de vuelo, me daba más tranquilidad. Mi hijo prefirió ir él.

Ya de madrugada vino el mecánico a buscarlo, y yo me quedé muy intranquila, sin saber por qué, ya que situaciones como éstas son frecuentes. Comencé a rezarle a su Ángel Custodio y a repetir Acordaos continuamente.

Pasadas unas horas vino mi marido y le pregunté si pasaba algo; él dijo que no, que sólo venía por dinero para gasolina, que no me preocupara, y esto me tranquilizó, pero en realidad el accidente ya había ocurrido. El avión se descompensó y se estrelló. Mi marido se enteró enseguida por la emisora del avión de reconocimiento; el piloto de este avión, al comunicárselo por radio, lloraba al dar la noticia, porque el avión estaba partido en dos y no había señales de vida.

Mi marido, angustiado, intentó llegar a él por tierra, pero fue imposible el acceso, y por aire, en la avioneta que tenían, tampoco era posible. Fue entonces cuando se encomendó al Beato Josemaría diciéndole con fuerza: "ahora te puedes lucir". Enseguida avisaron a un helicóptero ruso de una base cercana y éste sí lo pudo rescatar, con mi hijo vivo. Dentro del avión que pilota, mi hijo lleva siempre una estampa de nuestro Padre.

Contando él después cómo fue el accidente, comentó que cuando no se pudo hacer con el aparato dijo un ¡¡Dios!! desgarrado y notó como si alguien le cogiera por el hombro, entrándole una gran paz y tranquilidad para desconectar el mando de la gasolina y apagar el motor.

Quiero dejar constancia que mi hijo no es especialmente piadoso y esto le removió. Ahora difunde la estampa y la devoción, convencido de que lo que le ocurrió fue un milagro gordo. Él está estupendamente. No le quedó ninguna secuela, ya que si le hubiera quedado algo, por insignificante que fuera, no le darían la licencia para volar, y en este momento está volando.

Debo reseñar que este año un compañero de él ha tenido el mismo accidente y ha perdido la vida.

Estoy segura de que lo de mi hijo ha sido un gran favor que le debemos al Beato Josemaría.

SALVADOS DE UN GRAVE RIESGO

Un viaje providencial (Canadá)

Tengo 38 años, soy polaca y vivo en Canadá. Hace años recibí la oración al Beato Josemaría Escrivá de mi abuela, que vive en Polonia.

Estando mi marido en Estados Unidos, tuvo un accidente automovilístico. En ese tiempo yo estaba con nuestros hijos en Polonia. A causa del accidente de mi marido, que tenía brazo, pierna y clavícula rotos, necesitaba a alguien que le cuidara.

Un amigo de mi marido, que trabajaba como pescador, tuvo la idea de invitarme, junto con mis niñitas, a Estados Unidos, para que cuidara a mi esposo. Recibí la invitación, fui al consulado americano y me dieron el visado para mí y para mis hijos. No era nada fácil en Polonia obtener el visado para Estados Unidos. Nadie creía que el Cónsul me lo diera. La gente decía: "quizás recibirás el visado, pero no podrás ir a Estados Unidos con los hijos".

Cuando estaba en el Consulado, todos me miraban como si estuviera loca. El empleado me preguntó si me daba cuenta de lo que pedía. Yo rezaba al Beato Josemaría Escrivá y creía firmemente que se haría el milagro: Dios oiría mis súplicas. Tenía mucho interés en estar con mi marido.

Y se cumplió. Recibí el visado para Estados Unidos, para mí y para mis hijos. Cuidé a mi marido, que después de una larga recuperación, está completamente bien. Mientras tanto, he podido criar a mis hijos.

Meses después, he entendido que este viaje mío desde Polonia ha salvado mi vida. En efecto, en Polonia me sentía enferma, adelgazaba, pero los análisis médicos no descubrían nada anómalo. En Estados Unidos descubrieron un cáncer, y me aconsejaron que debía operarme. Si no hubiese hecho esta operación, probablemente no viviría, y mis hijos no me habrían tenido.

Así que estoy doblemente agradecida al Beato Josemaría: porque me ha ayudado en mis oraciones y Dios ha escuchado mis súplicas y me ha permitido estar con mi marido en los momentos difíciles, y porque ha salvado mi vida.

Arrastrado por el mar (El Salvador)

A finales del año pasado habíamos ido a la playa con algunos amigos. Después de correr un rato por la playa prácticamente desierta, me metí al mar quedándome cerca de la orilla. Como de costumbre, nadaba un poco y descansaba poniéndome de pie. En un momento dado, posiblemente estuve un rato distraído, ya que intentaba nadar paralelamente a la orilla y, al tratar de pararme, me di cuenta de que no tocaba fondo.

Empecé a nadar hacia la playa, pero no lograba acercarme porque la corriente me alejaba. No soy un buen nadador pero sí sé flotar, así que descansé un rato y volví a intentar acercarme a la orilla, pero no tuve éxito. Esta operación la repetí varias veces, pero cada vez me encontraba más adentro del mar. Entonces empecé a pensar seriamente que ya no conseguiría salir. Miré alrededor para ver si había alguna embarcación a la que pedir ayuda o algún nadador, pero no había nadie y en la lejana playa no se veía gente.

Me enfrenté con la posibilidad de la muerte a corto plazo y pasaron por mi mente los hechos de mi vida. Pedí perdón al Señor rezando actos de contrición y me asaltó el pensamiento de si no me desesperaría cuando me estuviera ahogando. Entonces clamé al Señor pidiéndole su ayuda, acudí con intensidad al Beato Josemaría para que intercediera y así estuve un rato que me pareció larguísimo.

En eso estaba cuando vino una ola propicia, nadé delante de ella y me arrastró un poco, inmediatamente me cogió otra ola y así seguí hasta que en un determinado momento toqué fondo, me volvió el alma al cuerpo, pero estaba tan débil que temí que el agua me jalara hacia dentro. Con ayuda de otras olas llegué a la orilla completamente extenuado.

Me dio la impresión de haber nacido de nuevo con una visión más clara de la muerte y de la eternidad. Supe que el Señor, por intercesión del Beato Josemaría, había querido que pasara esta prueba para que me acercara más a Él. Pude también contemplar la manifestación del dominio absoluto de Dios sobre las criaturas materiales y lo poco que somos.

Un hombre iba a suicidarse (Estados Unidos)

El 29 de mayo de 1976 me dirigía a la Southeast Expressway. Tras haber desembocado en Washington Street, el tráfico se hizo particularmente intenso; varios coches estaban aparcados al borde de la carretera y sobre el puente se había reunido una numerosa multitud de personas. Estaban también los bomberos y la policía.

Alguien me informó de que un hombre quería suicidarse, tirándose del puente; hasta ese momento, cualquier intento de disuadirlo había resultado vano. Finalmente llegué a verlo, estaba trepado sobre las estructuras del puente; parecía furioso.

Exclamé, en voz alta, desde el interior del auto: "¡Padre, no permitas que esta alma se pierda! ¡Sálvalo, por favor!"

El hombre se calmó inmediatamente: volvió a la carretera y se dejó ayudar por la policía a pasar de nuevo la red de seguridad.

Cayó una especie de bomba (Perú)

El estallido fue muy violento: una explosión de proporciones increíbles nos despertó bruscamente aquella mañana del 12 de marzo de 1977.

Mi casa es pequeña y el dormitorio... no digamos. En nueve metros cuadrados, divididos por un ropero y una librería, tienen lugar el lecho matrimonial y, al otro lado, las camas de mis hijas (Laura, de cuatro años; y Rosa Elena, de tres) y la cuna de José Manuel, de un año y medio. El único espacio libre es de medio metro cuadrado.

Algunos segundos después del espantoso ruido comenzaron a caernos encima cascotes, ladrillos y una gran cantidad de polvo. Entré inmediatamente en la habitación de los niños mientras Marta, mi esposa, corría al comedor. Saqué a Laura de los escombros. En aquel momento una especie de bomba rompió el techo. Pero yo estaba sereno y me movía con agilidad en aquel espacio tan limitado: ya me había encomendado al Beato Josemaría y sentía su presencia junto a mí.

Conseguí pasarle a Marta nuestra hija Laura a través de un hueco de la pared (la puerta y la ventana estaban obstruidas). Tomé después a José Manuel y Rosa Elena: si bien estaban cubiertos de escombros, estaban sin embargo ilesos. En la calle se oían los gritos y el llanto de los vecinos.

Supe que había explotado un gasómetro de hidrógeno de 25 metros de altura y con un diámetro de 2.5 metros; que contenía 120 metros cúbicos de hidrógeno puro a una presión de 150 libras, y se encontraba a trescientos metros de mi casa. La pared de acero del gasómetro, rota en mil pedazos, había sido proyectada en todas las direcciones; afortunadamente no hubo que lamentar víctimas.

El proyectil que me había tocado pesaba no menos de una tonelada y había caído precisamente en el único espacio libre de nuestro dormitorio, a menos de 10 centímetros de donde me encontraba en el momento en que se había derrumbado nuestro techo.

Sobre un montón de libros en desorden vi, a las primeras luces del alba, dos fotografías del Beato Josemaría y me pareció que me sonreía de un modo especial.

Más tarde, un dirigente de la fábrica que vino a evaluar la entidad de los daños y que conoce la Obra, viendo aquellas fotos me dijo: "No hay ninguna duda. Ustedes le deben la vida a Mons. Escrivá, que ha hecho posible lo imposible".

Que el chico se libere solo e inmediatamente (Italia)

Estaba con algunos amigos charlando un poco después de comer, cuando nos llegó una llamada telefónica inesperada que nos dejó consternados: el hijo de un amigo común acababa de ser secuestrado. Los secuestradores aspiraban a un alto rescate, porque el padre del chico es industrial.

A todos nos vino inmediatamente a la mente recurrir a la intercesión de Mons. Escrivá; alguien dijo también en alta voz: "si no interviene el Padre para liberarlo puede comenzar una tragedia". Llamamos inmediatamente a la familia para animarles, advirtiéndoles que todos nos habíamos puesto a rezar enseguida, y después volvimos al trabajo.

Durante aquella tarde cada uno de nosotros se dirigió al Padre a su manera: alguno le pedía que hiciera intervenir a la policía y obtener la liberación cuanto antes; otro, más audaz, rogó que el joven fuera liberado antes del fin de la tarde; otro concretó todavía más su oración: quería que Mons. Escrivá ayudara al chico a liberarse solo e inmediatamente...

Nos vimos al final de la tarde y, mientras estábamos todavía juntos, llegó otra llamada telefónica. Esta vez se trataba de una buena noticia: ¡el hijo de nuestro amigo había logrado, efectivamente, liberarse por sí mismo, desatándose y huyendo del maletero del coche donde había sido encerrado y transportado a ochocientos kilómetros del lugar del secuestro!

Al día siguiente, todos los periódicos hablaban de este secuestro y de la increíble aventura del joven: todos decían que era inexplicable cómo había conseguido desatarse solo, abrir el maletero desde dentro y escapar sin que los secuestradores se dieran cuenta. Todos, excepto nosotros que habíamos rezado tanto a Mons. Escrivá de Balaguer.

Incendio en un petrolero (España)

El día 18 de enero de 1984 me encontraba trabajando a bordo de un buque-tanque (...) destinado entonces en la factoría de Algeciras. Durante toda la tarde habíamos estado repostando a un super-petrolero (...) y aún quedaba bastante tiempo, aproximadamente hasta la medianoche, para terminar. Por esa razón la mayoría de la tripulación estaba viendo un encuentro de fútbol por la televisión.

Aprovechando que no había nadie en el camarote, me dispuse a hacer un rato de lectura espiritual con "Camino". Al cabo de cinco o diez minutos, alguien entró en el camarote muy asustado. Me dijo que avisara a todos los que estuvieran en los camarotes y que subiéramos al puente, pues se había declarado un incendio y la situación parecía muy grave.

Al subir, me di cuenta de que por la puerta del camarote del Capitán salía mucho humo negro y espeso, que hacía imposible que se viera nada y que nadie pudiera entrar sin riesgo de asfixiarse.

La confusión era total: todos iban de un lado a otro; en el barco había mujeres y niños que habían estado pasando con sus maridos y padres las fiestas de Navidad: eran los más asustados y molestaban mucho. Como pudimos, los encerramos en el comedor.

En la confusión del primer momento, el libro "Camino" se había caído al suelo, en el camarote, y la estampa con la oración para la devoción privada al Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer se había salido de entre sus páginas. La recogí y la guardé en mi bolsillo.

Mientras iba subiendo a cubierta, repetía mentalmente esta oración, con mucha fe, para que nos salvara a todos, para que nos tranquilizara y pudiéramos actuar en el menor tiempo posible: el tiempo era un factor muy importante, pues el incendio estaba localizado en el camarote del Capitán y justo debajo, sólo separado por el suelo de madera, se encontraba el pañol, lleno de pintura, líquidos inflamables y mucha estopa y, debajo del pañol, dos tanques de gas-oil llenos, aunque los tanques vacíos eran aún mucho más peligrosos, debido a los gases muy explosivos.

El otro barco había largado amarras y se retiraba a una distancia prudencial, en vez de ayudarnos. Los dos extintores que había a mano no habían hecho nada. El humo eran tan espeso que había que trabajar a ciegas. Con un camarero subimos todos los extintores que pudimos encontrar: siete en total. Al Contramaestre se le ocurrió romper un portillo de la parte de proa y, protegiéndose con una mascarilla anti-gas que alguien de la máquina le había proporcionado, pudo localizar el fuego y, finalmente, apagarlo.

Al día siguiente, cuando llegaron los inspectores de Cádiz a comprobar los daños, todos coincidieron en que solamente un milagro nos había salvado de una catástrofe, ya que el suelo del camarote había estado a punto de ceder. Todo habría sido cuestión de segundos.

El incendio se había originado por un cortocircuito que prendió la ropa de aguas del Capitán. Éstas, al caer al suelo, habían prendido asimismo la moqueta y parte de las mamparas de madera. El camarote estaba totalmente destruido. Se perdieron unas cien mil pesetas en dinero en efectivo y toda la documentación y credenciales del Capitán.

Todos recordaban que, meses antes, otro barco había quedado muy dañado por un incendio localizado en un lugar menos importante (la sala de máquinas) y estaba vacío de combustible y gases, porque estaba en reparación.

Se comprobó también que los botes salvavidas no se hubieran podido arriar porque estaban inutilizados los pescantes, debido a una colisión contra el muelle de Vigo, al atracar. La única salvación habría sido lanzarnos al agua con los chalecos salvavidas, pero esto habría sido muy dudoso, debido a las corrientes del Estrecho.

La opinión de que fue un milagro cada vez tomó más cuerpo entre todos nosotros, porque intentar la salvación hubiera sido imposible: la explosión se hubiera producido antes.

Entre las llamas (Colombia)

Mis padres tienen una pequeña propiedad, con sembrados de caña y café.

Debido al fenómeno del "Niño", el verano se intensificó en esta zona, causando escasez de agua e incendios que se extendían por el viento causando grandes pérdidas.

El trapiche donde se procesa la caña tiene un horno que requiere la limpieza periódica. En una de estas ocasiones, un sobrino no se dio cuenta que habían quedado encendidos algunos carbones. Mi papá los vio y los apagó.

A la media noche, sintieron los ruidos de un incendio. Salieron a mirar y se dieron cuenta de que los sembrados estaban ardiendo. Las llamas eran muy altas y con el viento crecían más. Corrían peligro la casa y el trapiche. Vinieron vecinos para ayudar a apagarlo, pero el agua no era suficiente y no lograron nada.

Empezaron a rezar y cogieron estampas del Beato Josemaría y las regaron alrededor de la casa. Enseguida se empezó a apagar el incendio, que llegó hasta donde estaban las estampas. Una de ellas se doró pero no se consumió y la tienen guardada como testimonio del favor del Beato Josemaría.

Los vecinos miraban las estampas y decían que era un milagro de ese Padre, ya que en otras ocasiones ha pasado esto con graves consecuencias.

Gracias a este favor, todos estamos vivos y en este momento tenemos trabajo, ya que no teníamos dinero para conseguir otro motor para el trapiche y reparar los daños causados por el incendio.

Josemaría, tenéis que hacer algo (Venezuela)

El pasado mes de agosto viajé a Maracaibo, Estado Zulia. Llegué al terminal como a las 6.30 a.m. y tomé un taxi para ir a un Centro del Opus Dei. Al subir en el carro, me di cuenta que el taxista tenía una estampa de nuestro Padre colocada sobre el tablero, pero de forma que era visible para todos los pasajeros. Luego de darle la dirección del sitio a donde me dirigía, como muy buen conversador, comenzó a hablar de lo que estaba haciendo, de los problemas que tenía con el carro, etc. Cuando ya estábamos llegando, preguntó si el lugar a donde nos dirigíamos tenía algo que ver con la estampa; le contesté que sí y me dijo que le tenía mucha devoción a Mons. Escrivá. Pasó enseguida a contarme un favor que le hizo nuestro Padre.

Comenzó diciendo que el lugar donde vive es una zona popular de la ciudad y nunca pasan los camiones del aseo urbano. Un día, por la noche, él y unos amigos estaban arreglando el carro y hubo un cortocircuito en el motor que produjo un incendio. Intentaron apagarlo, pero no dio resultado. Él, un poco resignado, se metió dentro del vehículo para sacar las cosas de valor y, fijándose en la estampa de nuestro Padre, le dijo en tono de preocupación y con la manera de hablar propia de los maracuchos: "Josemaría, tenéis que hacer algo, porque vos sois de papel y te vais a quemar". En ese momento, pasó un camión del aseo urbano; se bajó un señor al que por primera vez veía, sacó un extintor y apagó el fuego. Todos quedaron tan impresionados que reaccionaron tarde, y cuando fueron a darle las gracias ya se había ido. Después intentaron conseguirlo por algunos departamentos del aseo urbano y nunca más lo volvieron a ver.

Una vez llegamos al Centro, le invité a pasar y aproveché para regalarle unas Hojas Informativas y estampas para sus amigos. Realmente el taxista quedó muy emocionado al ver que estábamos en un sitio que tiene que ver con nuestro Padre. Se propuso difundir más la devoción al Beato Josemaría y pasar las veces que hiciera falta para recoger material para repartir a sus pasajeros.

Un camión sin control (Colombia)

Mi esposo se encontraba lavando un camión de 9 toneladas, cargado con manteca de cerdo, al lado de nuestra casa, ubicada en el barrio Buenos Aires, al oriente de Medellín, en una pendiente bastante empinada.

Cuando mi esposo se disponía a llevar el camión hacia el garaje, y después de haberlo encendido, el carro comenzó a rodar sin control por la pendiente. Debido al peso (9 toneladas en vacío y 16 de carga; en total, 25), era imposible detenerlo en ese momento, por medios mecánicos o de otra índole. Mi esposo trataba de controlarlo, utilizando la caja de cambios, pero era inútil.

Al observar todo esto, mi preocupación fue inmensa; pero, en vez de salir a la calle, entré en mi habitación con mucha prisa, en busca de la estampa del Padre y le dije: "Padre, salvadlo, que es tu hijo; y vos mismo, hace poco, le diste ese trabajo, después de oír nuestras súplicas de un empleo para él". Yo le recé, como siempre lo hago, con una fe y un fervor muy grandes.

Luego de pasados treinta segundos, se aglomeraron todos los vecinos en la puerta de mi casa para contarme, llenos de una emoción y un pasmo inmensos, que a mi esposo no le había sucedido nada y que tampoco había causado daño alguno a personas, carros o casas. Repetían que no se explicaban cómo en un determinado momento el camión frenó su rodada por la pendiente, en forma instantánea. Me preguntaron por qué yo no había salido para ver lo que le iba a suceder, al final del percance; pero les respondí que primero fui a pedirle al Padre, que fuera él quien en ese momento condujera el camión, para que no sucediera nada.

Esa noche tuve que repartir varias estampas del Padre, ya que mis vecinos sostenían que eso fue un milagro, pues un carro tan pesado, podía haber causado una catástrofe.

Después de ocurrido todo, un mecánico revisó el carro y comprobó que se le había reventado el cardán; al estropearse esa pieza, dejan de funcionarle los frenos de aire y aun el freno de motor, que poseen dichos vehículos.

cap. 7

DOS POR UNO

Como se habrá podido comprobar, bastantes de los favores atribuidos a la intercesión de San Josemaría tienen un efecto "doble": quizá se le pide que solucione un problema material y él obtiene además un favor de tipo espiritual: una conversión, un acercamiento a Dios, un cambio de comportamiento... dos favores por uno.

En el fondo, Dios siempre concede lo que le pedimos si es para nuestro bien espiritual. Jesús realizaba milagros para que la gente se convirtiera, no simplemente para resolver un problema humano. Por medio de esos signos, quiere que aumente nuestra fe, nuestro amor y abandono en Él.

Ya han salido en estas páginas favores de este tipo, pero en el presente capítulo se han querido incluir algunos relatos que demuestran más claramente este "doble efecto" de la intercesión de San Josemaría.

Una fuerza interior (España)

A finales de octubre de 1987, sin ninguna causa aparente que lo justificara, enfermé con una depresión mental importante, deseando incluso la muerte.

Al mes y medio, en diciembre de 1987, vino mi tía y me dio una estampa del Fundador del Opus Dei quien, según me dijo, le había hecho otros favores, sugiriéndome que pidiera por su intercesión mi curación.

Cuando llevaba rezando 10 ó 15 días la oración para la devoción privada del Siervo de Dios, acudí al médico, que me indicó un tratamiento con el que fui mejorando hasta hace un año. Ahora estoy completamente bien.

Durante aquellos días, al rezar la oración para la devoción privada del Siervo de Dios, empecé a notar una fuerza interior que me llevaba a rezar. Yo, aunque tenía fe, llevaba mucho tiempo —25 ó 30 años— sin practicar. A partir de empezar a rezar aquella oración a Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, experimenté deseos de ir a la iglesia, donde me sentía fuerte, segura y animada. Mis hijos y mi marido empezaron a acompañarme, y así comenzamos todos a ir juntos a Misa. Me confesé en la Catedral y, después, he seguido haciéndolo en la Parroquia.

Desde entonces —hace más de un año— seguimos asistiendo a Misa todos los domingos. Mis hijos mayores, después de prepararse en la Parroquia, recibieron la primera Comunión el pasado junio. Ahora comulgan todos los domingos y continúan asistiendo a la catequesis.

Yo quiero manifestar mi agradecimiento por recuperar la salud pero, sobre todo, por la fe que he recobrado por intercesión del Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer, a quien sigo pidiéndole cosas y cuya devoción procuro difundir.

Nunca había podido ejercer como ingeniero (Argentina)

Mi esposo se recibió de ingeniero civil en la Universidad de Buenos Aires con un promedio de ocho, lo cual es muy importante, dadas las características de la carrera y de la facultad donde cursó sus estudios.

Además de contar con una gran capacidad intelectual, es una persona que ama mucho a Dios y tiene una gran sensibilidad humana y capacidad de diálogo con la gente, de lo cual estoy muy orgullosa. A pesar de tener condiciones para el ejercicio profesional, nunca nadie le dio una oportunidad laboral y eso que se cansó de enviar "curricula vitae" y de entrevistarse con gente, por lo que tuvo que trabajar en tareas que distaban mucho de su carrera de Ingeniería.

El hecho de que siempre se haya destacado en sus diversos trabajos, tanto por sus capacidades intelectuales como por las espirituales y humanas, mereció las alabanzas de sus superiores y compañeros; sin embargo, este reconocimiento hacia su persona le hacía sentir cada vez más su fracaso profesional, porque todas las personas, al verlo, le repetían: "no deberías estar en este puesto de trabajo, con tu capacidad deberías estar en una empresa, desempeñando tareas para las cuales estás capacitado, es un desperdicio que estés aquí".

Esta angustia la llevó siempre en su corazón, hasta que hizo crisis cuando quedó sin trabajo y lo único que podía ofrecer era su título universitario, aunque sin una experiencia profesional, porque nunca había podido ejercer como ingeniero. Ya se le habían agotado los caminos y las personas a quienes les podía pedir un empleo, no sólo de ingeniero sino de lo que fuere; entonces cayó en una depresión profunda y me dio mucho miedo cuando veía que no quería levantarse de la cama, ni tampoco recurrir a un médico: no sabía cómo lo podía ayudar.

Hasta que, a través de un amigo, llegó a él la estampa con la oración del Beato Josemaría. A partir de entonces empezamos a rezarle con mucha fe, para que por su intercesión pudiera conseguir trabajo. Nos causó mucha impresión el milagro de la curación repentina de Sor Concepción Boullón Rubio, que viene publicado en la Hoja informativa nº 9 del año 1991.

El milagro que nos hizo es que hoy mi marido está trabajando en una empresa, en un puesto importante con posibilidades de progreso y desempeñando tareas para las cuales está capacitado.

No sólo eso, sino que también participamos de la Misa del domingo y comulgamos; habiendo descubierto la importancia del Sacramento de la Eucaristía y la presencia de Jesús en nuestras vidas. Tenemos un bebé de un año y medio y nuestro deseo es poder tener más hijos, porque somos un matrimonio cristiano.

Si bien, antes, también participábamos de la Misa, ahora lo hacemos de una manera distinta, compartiendo a Jesús y sabiendo cuán grande es su amor misericordioso. Yo también soy profesional y con la ayuda del Beato deseamos con mi esposo alcanzar la santificación en el trabajo profesional y servir a Dios con alegría.

Un constante clima de tensión (México)

Los treinta años de vida conyugal de mis padres se han caracterizado por graves y continuos conflictos, motivados sobre todo por la intransigencia y por los celos de mi padre; más de una vez estuvieron a punto de pedir la separación legal. Naturalmente, este clima de tensión constante, acentuado en ocasiones —más frecuente cuando mi padre levantaba la mano— ha dejado una dolorosa huella en nosotros, los hijos, sobre todo en mis hermanas.

La situación se agravó cuando, hace unos diez años, los negocios de mi padre quebraron y las restricciones económicas hicieron aún más críticas las relaciones familiares: mis hermanas terminaron enfermas.

Intenté hablar con mi padre, hacerle más comprensivo y afectuoso, pero no estaba dispuesto a dejarse convencer; es más, mis palabras provocaban el efecto contrario: se volvía más duro y grosero.

Después del tránsito al Cielo de Mons. Escrivá comencé a encomendarle mi familia, apoyado por mi director espiritual y por algunas de mis hermanas. Recitábamos a menudo la oración para la devoción privada, esperando con fe una solución.

Poco tiempo después, papá encontró un empleo, por el que debía hacer largos y frecuentes viajes. Fue para nosotros otro motivo de preocupación. Dado que continuaba bebiendo, tuvo muchos accidentes automovilísticos, con fracturas en brazos y piernas, conmociones cerebrales, pérdidas de sentido, etc.

En septiembre de 1977, en uno de estos viajes, nos dejó sin noticias suyas durante diecinueve días. Al final, lo encontramos en un pequeño hotel, en una ciudad que dista mil kilómetros de la nuestra.

El dueño del hotel nos informó de que llevaba dos semanas allí, en estado de embriaguez y de gran debilidad, por no haber probado alimento; añadió además que la policía le había embargado el coche, con el que había tenido el enésimo accidente, y que al final le habían robado el dinero que había ido a cobrar a nombre de la empresa donde trabajaba.

Rápidamente, mi madre y yo redoblamos las oraciones al Padre y fui a llevármelo. Se encontraba en un estado lamentable; pasó aún una noche en el hotel, víctima de una borrachera. Al día siguiente lo llevé a casa. Durante todo el viaje rezaba a Mons. Escrivá para que arreglase todo lo mejor que pudiera.

Efectivamente, desde entonces mi padre ha cambiado de un modo sorprendente. Pidió perdón por aquel incidente y por todo lo que había hecho en el pasado. No ha vuelto a beber más, se esfuerza por ser afectuoso con mi madre y con nosotros, trabaja con mayor responsabilidad. Mis tías y mi abuela paterna, que durante tantos años había intentado convencer a mi padre para que cambiara, están ahora asombradas.

Papá ha comenzado también a rezar a Mons. Escrivá, me ha pedido un rosario, se ha confesado por segunda vez en treinta y nueve años, y ha asistido a un triduo de preparación a la Navidad.

Se nota que se esfuerza por comportarse bien, aunque le cuesta muchísimo. En mi familia estamos todos convencidos de haber recibido un milagro de Mons. Escrivá y por eso estamos infinitamente agradecidos a Dios.

El peor momento de mi vida (Estados Unidos)

Asistí a un curso de retiro en Arnold Hall durante la semana del 17 de mayo (aniversario de la beatificación del Fundador). En esa época me sentía angustiada porque tenía dificultades en el trabajo. La relación con mi jefe fue empeorando hasta tal punto que pasé por el peor momento de mi vida, enfrentándome con una situación que probaba mi fe en Dios.

Me despidieron del trabajo y mi jefe me pidió que tomara un examen en enfermería para evaluar mi capacidad como enfermera certificada. Yo recé la estampa todos los días, pidiendo que se hiciera la voluntad de Dios. También iba a Misa casi todos los días y diariamente rezaba el Santo Rosario.

A pesar de todo esto, los resultados del examen no fueron favorables. Mi jefe no estaba contento con este resultado y me dio la opción de tomar un puesto con menos responsabilidades y de menor posición. Había también una amenaza de reportarme a la Junta de Evaluación, lo cual tendría consecuencias severas.

Durante las últimas dos semanas sufrí una angustia mental sobre las posibles dificultades que esto implicaría, incluyendo los procedimientos legales que tendría que enfrentar con este Comité.

Pero a través de todo esto, me di cuenta de una cosa que no hubiera pasado si los sucesos no hubieran ocurrido de esa manera. Yo persistí rezando todos los días, recé la estampa una vez al día, y a veces dos. Mi relación con Dios mejoró notablemente y mi fe se fortaleció. También sabía que como Cooperadora del Opus Dei yo estaba incluida en la oración diaria de la gente de la Obra.

Para no alargarme más, termino diciendo que ayer me reuní con mi jefe y después de consultar con un abogado de enfermeras y con los representantes sindicales, obtuvimos a través de ellos un buen arreglo que fue aceptado por el Director de Enfermeras. Mis oraciones fueron respondidas. No ocurrió nada terrible gracias a la intercesión del Beato Josemaría Escrivá.

Ya estoy más tranquila y feliz. He sacado experiencia de esta situación para evitarla en el futuro. Ahora mi relación con Dios es la mejor que he tenido en toda mi vida. Tengo fe en que el Beato Josemaría Escrivá será canonizado, mi historia es sólo uno de entre muchos acontecimientos de la vida diaria.

Descubrí que tenía que rezar (Bélgica)

Hace ahora unos diez años entré en la Peterskirche de Viena. Ahí encontré una Hoja informativa sobre Mons. Escrivá, el Fundador del Opus Dei, con una estampa. Para ser sincero, la primera lectura no me hizo mucha mella. Guardé la Hoja y la estampa en mi biblioteca y las perdí de vista.

Algunos años más tarde, estaba yo muy tenso a causa de unos exámenes que una hija mía debía realizar. La situación no era fácil. A pesar de mi convicción de que había trabajado con fuerza y preparado bien las pruebas, nos preocupaba el resultado.

En esos días precisamente, volví a encontrar de nuevo otra Hoja informativa en una antigua iglesia de Bruselas. Recé varias veces la oración para la devoción privada. En esos momentos de preocupación, mi orgullo intelectual se derretía como nieve al sol. Rogué humildemente por el éxito de sus exámenes. Y en efecto, los sacó adelante. Tanto ella como nosotros, sus padres, estábamos felices. Recé dando gracias, deposité algunas monedas en el cepillo, y luego fui olvidando poco a poco el favor recibido. La vida es tan densa y complicada, y hay tantas cosas que hacer...

Por entonces tenía otros problemas. Quería vender mi casa. Confié —imprudentemente— el asunto a un agente inmobiliario sin saber si era honrado. Pronto vino la angustia, que afectó también a mi estado de salud. Estaba sin saber qué hacer, preocupado por nuestro futuro.

De nuevo entré en una iglesia de Bruselas. Ahí encontré el número 7 de la Hoja sobre el Siervo de Dios. Tuve el presentimiento de que en ese instante mismo él me ofrecía su intercesión. Me puse una vez más a rezar con esa oración privada, que nos hace conscientes, a pesar de los pesares, de nuestra pertenencia a la Iglesia. Empecé a leerla y a reflexionar sobre mi vida y sobre mi trabajo. Me iba dando cuenta, como nunca, de cuántas faltas cometo como hombre y como cristiano. El estado de ansiedad no desapareció totalmente, pero recuperé un poco de esperanza.

Me fui a recibir —después de muchos años sin hacerlo— el Sacramento de la Confesión. Descubrí que tenía que rezar como me pedía Josemaría Escrivá no sólo para obtener favores para mí, sino también para que los demás consigan la gracia, incluido el agente inmobiliario y el que comprara la casa... Mi oración fue escuchada. Mi problema de salud resultó menos serio de lo que parecía, la venta de mi propiedad se hizo correctamente. Estoy muy agradecido. No quiero ya olvidar este nuevo favor. Quiero pues contribuir espiritual y materialmente a dar a conocer al Siervo de Dios.

Cuando todavía no era cristiana (Japón)

Mi primer encuentro con la estampa del Beato Josemaría fue hace 16 años. En aquel entonces no era todavía cristiana y no tenía ningún conocimiento del cristianismo. Un día en la parroquia me presentaron a una persona del Opus Dei, que me dio una estampa del Beato Josemaría. Desde ese momento, mi vida ha cambiado radicalmente.

Poco a poco comencé a estudiar el catecismo, aprendí a rezar y a pedirle cosas al Beato Josemaría. En ese período me robaron la bicicleta. Me di cuenta de que mi reacción frente a este suceso era diferente de la de siempre. No pensé mal de la persona que se la había llevado. Pedí a Dios un favor a través de la intercesión del Beato Josemaría: "Regalo mi bicicleta, a cambio del hecho de que no vuelva a apropiarse de objetos ajenos sin permiso".

Pasado un mes, encontré la bicicleta delante de mi casa. El asiento estaba un poco alzado, con el seguro insertado, y no había daños. Comprendí que me la restituían. Recibiendo este primer favor del Beato Josemaría de modo palpable, sentí que mi corazón se expandía de comprensión y de afecto hacia todas las personas. Era una sensación inusual. Desde entonces recurro a la intercesión del Beato para cualquier necesidad.

Un año después, cuando estudiaba el catecismo, mi madre tuvo que ser ingresada de improviso. Le diagnosticaron un cáncer. Este hecho me impresionó mucho. Comencé a rezar con mucha intensidad. Pedí a Dios, mediante el Beato Josemaría, que no se llevase a mi madre. Si se la quería llevar con Él, que por lo menos recibiera antes el Bautismo. Le di una estampa a mi madre, que la tenía y conservaba con mucho afecto, y empecé a enseñarle el catecismo. Mi madre comenzó a encontrarse con Dios.

Tras haber sido ingresada varias veces, murió el año pasado. Recibió gracias a Dios el Bautismo. Mi madre, en el momento de dejar este mundo, se fue mirando la imagen de la Virgen María que tenía delante.

También yo recibí la gracia del Bautismo y estoy caminando como hija de Dios. Estoy muy agradecida al Beato Josemaría. Mi vida cambió por un encuentro con su estampa.

Quiere cambiar de vida (Venezuela)

Hace aproximadamente seis meses me ocupé de la defensa de una muchacha joven, acusada de "tenencia de estupefacientes" (uso y consumo de drogas). A medida que iba conociendo el expediente, me extrañaba cada vez más su situación. No coincidía en nada lo que estaba escrito con lo que ella me decía. Antes de terminar la entrevista, le di la estampa de Mons. Escrivá y le dije que la rezara con mucha fe, que él se encargaría de aclarar la situación.

Dos meses después, antes de comenzar el acto de cargos, me dijo: "Doctora, sabe que después de leer varias veces la oración del sacerdote que usted me dio, sentí unas ganas muy grandes de acercarme a Dios. Le pedí a una de las religiosas del penal que me ayudara a prepararme para poder hacer la Primera Comunión; a los quince días he comulgado. Quiero cambiar de vida, deseo dedicarme a un trabajo y a sostener a mi familia".

Hace dos meses salió del penal porque la sentencia fue absolutoria por falta de pruebas en su contra.

No tenía la fe suficiente para rezar (Costa de Marfil)

Desde hace diez años, mi hermano mayor no se acercaba a los Sacramentos. Intenté a menudo ayudarle a cambiar sus disposiciones en lo que se refiere a su vida espiritual, pero siempre nuestras conversaciones acababan en disputas...

Después de haber terminado un máster en ciencias económicas, decidió —mientras esperaba encontrar un trabajo— inscribirse en la Facultad de Derecho. Sin embargo, la administración de la Universidad le rechazó categóricamente por exceso de alumnos. Hizo algunas gestiones sin éxito.

Desanimado, vino a pedirme ayuda. Juntos, recomenzamos las gestiones. La respuesta completamente negativa de uno de mis compañeros, a quien encontramos en la oficina de inscripción, bastó para desmoralizarle. Según él, no había nada que hacer.

Entonces, le dejé una estampa del Beato Josemaría, pidiéndole que recitara diariamente la oración. La tomó y, sonriendo, me confió que había olvidado el Padrenuestro y el Avemaría y que además no tenía la fe suficiente para rezar. Tuve que explicarle que el Beato Josemaría sabía todo eso y que se podía contentar simplemente con recitar "con su fe insuficiente" la oración de la estampa.

A la mañana siguiente, después de haber recitado una novena al Beato Josemaría, seguí yo sola las gestiones. A mi llegada a la Universidad, encontré a una amiga que, después de haberme escuchado, acudió a un miembro del personal administrativo, que hizo rápidamente la inscripción.

Al final de la jornada, recibí una llamada de mi hermano, que me dijo que había rezado de rodillas al Beato Josemaría y que estaba seguro de que todo iría bien. ¡Qué alegría la suya cuando le comuniqué las novedades!

Al día siguiente, cuando le encontré, me comentó: "este sacerdote Josemaría es muy fuerte; desde ahora no haré nada sin haberle rezado. ¿Puedes darme más noticias sobre él? Y además, querida hermana, bien sabes que yo solo no llegaré nunca a ser constante en la oración. Es preciso que alguien me siga: me gustaría encontrarme con aquel sacerdote del que me has hablado hace algunos meses, para que me ayude en esta tarea de reconversión".

¡Dios mío!, ¡no podía creerlo! Aproveché la ocasión para animarle a estudiar el catecismo. Hoy, cuando escribo este favor del Beato Josemaría, mi hermano tiene una cita con un sacerdote.

Al borde de la desesperación (Canadá)

Desde hace un año, he estado en tratamiento para recuperación del alcoholismo. Estaba al borde de la desesperación, cuando un sábado por la tarde fui a mi Parroquia y allí tomé una Hoja Informativa y una estampa con una pequeña oración a Josemaría; así comencé, a través de esta oración, a recibir muchos favores. Él me ayudó a dejar de beber. Me ayudó a unirme a mi familia. En octubre tuve una hemiplegia y con la ayuda de Josemaría me estoy recobrando.

Mi hijo estaba buscando trabajo y no encontraba un puesto donde trabajar: invoqué a Josemaría de nuevo y mi hijo consiguió trabajo.

Soy una persona de 59 años, ahora jubilado, muy feliz en mi vida desde que tengo a Josemaría, al que le encomiendo mis necesidades. Estos son unos pocos favores, pero he recibido muchísimos más.

Josemaría, necesito un sacerdote (Kenia)

Mi madre está enferma desde hace tres años y, aunque la han visto varios médicos, últimamente estaba empeorando.

Recientemente fue a otra ciudad a que le hiciesen una radiografía y descubrieron que tenía cáncer y que debían operarla inmediatamente. Como fue tan repentino, quiso prepararse bien espiritualmente. Se dijo a sí misma: "necesito un sacerdote". Pero al mismo tiempo no conocía a ningún sacerdote allí ni a nadie que pudiera conseguirle uno, pues era forastera en la ciudad.

Mientras esperaba al médico, sintió un poco de frío y decidió salir fuera a tomar un poco de sol. Se sentó en un banco y de repente alguien vino y se sentó a su lado. Miró el periódico que estaba leyendo y descubrió que también tenía una Hoja Informativa del Beato Josemaría. Le pidió que se la dejase, la abrió y encontró una estampa. Miró al Beato Josemaría y le dijo: "Josemaría, necesito un sacerdote".

Devolvió la Hoja Informativa a su dueño y le preguntó si era de ese lugar, pero él contestó que estaba de paso. Comenzó a refrescar, con lo que mi madre decidió entrar al hospital.

A los pocos minutos se le acercó un sacerdote y le preguntó si necesitaba algo. Se confesó, recibió la Comunión y la Unción de los enfermos. Se quedó muy contenta, serena y dispuesta a todo.

Cuando la operaron, descubrieron que no tenía suficiente sangre y no tenían de su grupo sanguíneo en ese hospital, con lo que tuvieron que traer sangre de otro hospital, pero la operación salió bien.

Durante su enfermedad la encomendamos a la intercesión del Beato Josemaría. Está recuperándose bien, ante el asombro de los médicos y enfermeras que habían pensado que no era necesario operarla pues el cáncer estaba muy avanzado.

Siete meses horribles (España)

Mi novio Diego sufrió un grave accidente de tráfico el 9 de junio de 1996, por el que quedó en estado de coma con lesiones cerebrales muy graves. Al principio, los médicos dudaban si viviría, y de vivir, no se planteaban que saliese del coma. Nunca imaginé que nada tan horrible nos podría pasar, pero pasó. Nos dieron una estampa de Mons. Escrivá para que rezásemos la oración por Diego. Yo tenía mucho miedo, pero sabía que Dios me quiere mucho y que Diego se iba a poner bien.

Tras siete horribles meses, los peores de mi vida, Diego se despertó del coma ante la sorpresa de los médicos, que no lo esperaban. Nos dijeron que no se acordaría de nadie, que no sabría leer, ni escribir, ni hablar... pero se despertó conociendo a todo el mundo, sabiendo leer, hablar y con una memoria estupenda, olvidando el día del accidente y algunas cositas sin importancia.

Han pasado ya nueve meses y está muy bien; lo que necesita ahora es una rehabilitación para poder estar como antes. Yo tengo fe y sé que se va a quedar igual que antes, aún queda camino, pero Mons. Escrivá lo va a hacer más fácil. Todos los días rezaba la oración a Mons. Escrivá, pidiéndole que Diego se despertara del coma y lo ha hecho. Ahora le pido que Diego se recupere del todo.

También Mons. Escrivá me ha acercado mucho a la Iglesia, y a Diego también, porque al poco de despertarse le pregunté si sabía quién le había curado y dijo que Dios y las estampas que tenía en la cabecera de su cama.

Quiero que todo el mundo sepa que Josemaría Escrivá es un amigo maravilloso y que por medio de su intercesión se alcanzan las gracias de Dios.

Esta experiencia me ha ayudado a acercarme a Dios y a desear con todas mis fuerzas hacerme miembro del Opus Dei. Me gustaría que me informasen cómo hacerlo. (...)

Compré el libro "Camino" y me sorprendió. Ahora rezo el rosario, que es un arma poderosa, como dice Escrivá y me ayuda mucho, voy a Misa y veo la vida de otra manera. Mis sueños ahora no son los de antes, ahora quiero que Diego se ponga bien y poder casarnos, quiero ser miembro del Opus Dei, para ayudar a la Iglesia y servir a Dios, que tanto me ha ayudado y tanto me quiere.

Un diagnóstico preocupante (Portugal)

Mi mujer fue operada hace un año de un tumor maligno en la tiroides, y de inmediato debió someterse a un tratamiento periódico de yodo radiactivo.

Hace un mes, durante un control médico, el cirujano (un médico de gran prestigio profesional) parecía muy preocupado. Anotó en la ficha clínica la presencia de un "cordón ganglionar" pero, dada la gravedad del diagnóstico, quiso que la viese también su ayudante.

En efecto, cuando éste visitó a mi mujer, noté en su rostro una repentina y creciente aprensión. Nos explicó claramente el contenido del diagnóstico hecho por el cirujano y la urgente necesidad de una operación.

Traté de ocultar a mi mujer mi estado de ánimo: estaba desmoralizado. No podía concebir mi vida y la de mis cuatro hijos, tan pequeños, sin ella. Pedí ayuda a la Virgen. En las oraciones que rezo habitualmente en el coche con mis hijos, cuando los llevo a la escuela, comenzamos a pedir por la salud de mamá.

Me acordé de la Hoja Informativa de Mons. Escrivá de Balaguer que tenía en el cajón del escritorio. Recorté la oración que se encontraba en la última página y, aunque nunca la había rezado antes, supliqué muchas veces al día a Mons. Escrivá, con gran devoción, para que en la próxima visita médica, los ganglios hubieran desaparecido.

Una semana después, antes de fijar el día de la operación, el cirujano quiso volver a ver a mi mujer. Mientras la visitaba no pudo esconder su sorpresa: "¡Cambio mi diagnóstico en un 99%! ¡No sabe lo aliviado que estoy! La semana pasada tenía indudablemente unos ganglios grandísimos, y ahora han desaparecido".

Salí del consultorio profundamente emocionado y fui de inmediato a llevar la buena noticia a mi hermana. Fue entonces cuando supe que todos en mi familia (mis padres, hermanos y sobrinos) estaban rezando al Fundador del Opus Dei por la curación de mi mujer. Aunque el cordón ganglionar hubiese sido provocado por otra causa, sin embargo es cierto que, exactamente como había pedido y sin recurrir a ningún tratamiento, desapareció por completo una semana después.

La salud de mi mujer está mucho mejor, nuestra vida de oración ha crecido en devoción e intensidad, y toda nuestra vida en familia ha resultado favorecida. No sé cómo expresar nuestra alegría por haber constatado de modo tan patente la presencia de Dios a nuestro lado.

He dejado pasar algunos días antes de redactar este relato para hacerlo con más calma y después de una ulterior visita médica que ha confirmado el último diagnóstico. Atribuyo este favor a Mons. Escrivá de Balaguer, a quien recurro constantemente, con la certeza de tener un gran Amigo en el Cielo, siempre dispuesto a ayudarme.

Afectó a toda la familia (Uruguay)

El año pasado, mi madre sufrió súbitamente un derrame cerebral muy importante. Quedó paralizada, sin habla, perdió el conocimiento, etc. No habiendo podido ser reanimada por la Unidad Coronaria, luego de una hora de trabajos médicos fue internada en el Sanatorio del Círculo Católico.

La placa acusó un importantísimo derrame en medio del cráneo, que era imposible operar y que tampoco se podía tratar con medicación. La única solución era esperar, aunque conscientes de que las posibilidades de superarlo eran prácticamente inexistentes. Su edad (74 años), su estado físico decaído, su presión muy alta y continuamente medicada, hacían más difícil su recuperación.

Fue internada inmediatamente en el CTI, donde permaneció cerca de un mes; con oxígeno permanente y sondada. (...).

Veía yo que culminaba su vida en esta tierra, habiéndose dedicado enteramente a su familia, en la que tuvo 8 hijos. Una mujer sacrificada, abnegada y cristiana; qué más podíamos pedir. Por ello, mis rezos eran para pedir lo que Dios quisiera, y sobre todo, que nos preparara a sus hijos y esposo, a saber aceptar el dolor y luego la muerte; y también por ella, para que no sufriera y, si estaba consciente, que ofreciera todos sus sufrimientos.

Siempre acudí al Beato Josemaría, y también a don Álvaro del Portillo para que supiera aprovechar todos esos momentos, en un apostolado eficaz.

Los frutos no se hicieron esperar. El primer fin de semana fuimos a la Gruta de Lourdes, todos mis hermanos, con los respectivos hijos y mi padre, a quien nunca había visto rezar. Milagrosamente, y bajo una leve lluvia, rezamos un Rosario, con los puntos de meditación del Beato Josemaría. Al día de hoy me emociona ver la fe de todos los que allí estábamos rezando. Incluso varias personas se plegaron a nuestro Rosario y un sacerdote que cuidaba el lugar no podía salir de su asombro.

Todos los días, mientras venían los amigos a acompañarnos al Sanatorio, surgían conversaciones que avivaban nuestra fe. Recuerdo, por ejemplo, de una tía, con quien prácticamente nunca hablábamos de estos temas porque era marxista, que admitió creer ahora en Dios. Una hermana que estaba distanciada, se acercó a la familia. Otra hermana ha tenido notables avances en su vida de piedad, y asiste a medios de formación espiritual con más intensidad.

La estampa del Beato Josemaría era dejada por mí, ex profeso, en lugares estratégicos, para que sobre todo mi padre, y mi madre, a medida que se recuperaba, pudieran rezarle. Mi madre recibió la Comunión estando incluso en el CTI, y siempre acudía el P. Libio (Capuchino), a confesarla y, cuando estaba semi inconsciente, a asistirla.

Además de todos los "progresos espirituales", para mí altamente satisfactorios, la recuperación de mi madre es realmente milagrosa. Luego de varios meses de alimentarse por sonda, fue tolerando alimentos sólidos, y hoy come "de todo". La traqueotomía está completamente cerrada. Habla y piensa correctamente, etc. El único problema que aún padece es el movimiento de sus extremidades inferiores. Pero con fisioterapeuta y la continua ayuda del Beato Josemaría, yo creo firmemente que se recuperará por completo.

 

cap. 8

EN MANOS DE LADRONES Y OTROS DELINCUENTES

Trata este capítulo de otro tipo de peligros en los que se suele acudir a San Josemaría: los atracos, violencias, amenazas y situaciones de inseguridad, que, por desgracia, son bastante frecuentes en algunos lugares. Varios de ellos hablan de delincuentes que se arrepienten de su mala acción cuando ven algo que les recuerda a Dios. Como, por ejemplo, una estampa de San Josemaría.

NUNCA ES TARDE PARA ARREPENTIRSE

Ha sido ese cura de la foto (España)

El domingo 21 de abril de 1985, cuando salía a la calle, mientras bajaba las escaleras, tuve el presentimiento de que era mejor que guardara en el bolsillo de la falda el anillo que habitualmente llevo, ya que han proliferado mucho los robos de joyas en esta zona.

Al cruzar una avenida, me fijé en una persona que resultó algo sospechosa. Me encomendé a mi Ángel Custodio y seguí para adelante. De pronto, me di cuenta de que me seguía, hasta que se puso a mi altura. Cogiéndome por un brazo, me pidió todo lo que llevaba y me dijo que no me pasaría nada si se lo daba.

La primera exclamación fue decir "¡Padre!", invocando al Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer. "¿Qué dices?", preguntó el chico. Le di los pendientes, la pulsera, un anillo... todo. Él, queriendo buscar más cosas, investigó en un bolsillo de mi falda y, contrariado por no encontrar nada, buscó en el otro y localizó el anillo que yo había guardado. "¡Ahora los billetes", añadió.

Como llevaba las manos ocupadas con un ejemplar del "Via Crucis" de Monseñor Escrivá de Balaguer, le dije que lo cogiese mientras yo abría el bolso para enseñarle que no llevaba ni una peseta: sólo escritos de Monseñor Escrivá y el rosario.

Mientras yo rebuscaba, él se quedó mirando fijamente una estampa del Fundador del Opus Dei, que sobresalía por el "Via Crucis". Acabado su cometido, salió corriendo después de darme un empujón y tirarme al suelo.

Pensé que lo mejor sería rezar a Monseñor Escrivá y ponerme en camino, abandonándolo todo en sus manos. Así lo hice, mientras rezaba la oración para la devoción privada. Especialmente le pedía recuperar el anillo.

Crucé la siguiente calle, cuando de repente noté que alguien venía jadeante detrás de mí. Comprobé con pavor que se trataba de mi asaltante. "¡Toma!", me dijo. Extendí la mano y me dio todo lo que antes me habla sustraído. "Ha sido ese cura de la foto", exclamó. Antes de que se fuera, pude darle la estampa del Siervo de Dios.

No permitas que me hagan daño (Honduras)

Yo caminaba por la Séptima calle de (...), cuando de repente me salieron tres delincuentes. Me asaltaron llevándome todo lo que "andaba" en los bolsillos del pantalón y de la camisa. En el bolsillo de la camisa "andaba" una carterita con mis documentos personales, una hojita con la foto y la oración del Beato Josemaría y dinero.

Cuando yo estaba despojado de todo invoqué al Beato Josemaría diciendo: "Tú también te fuiste en la cartera, no permitas que me hagan daño, ni me roben nada". Entonces, uno de los ladrones me siguió y me dijo: "Toma, te devuelvo los papeles". Yo no me detuve, por miedo a que me fuera a hacer algo malo.

Cuando ellos se fueron, yo regresé hasta donde el ladrón me siguió, y mi sorpresa fue que allí me dejó la cartera con todos los documentos y todo el dinero, sin tocar nada, y la hojita con la oración del Beato Josemaría Escrivá.

Un eficaz antirrobo (España)

Hasta hace medio año, he sufrido una media de dos atracos por mes en la floristería de la que soy propietaria: amenazándome con una pistola en el pecho o con una navaja en el costado, se llevaban la recaudación del día. Llegó a ser tanta la tensión, que me afectó psíquicamente y tuve que estar en tratamiento durante tres meses.

Un día que estaba muy preocupada, le conté a una de mis clientes habituales mi situación y me dijo: "Mira, te voy a traer una estampa de Mons. Escrivá de Balaguer y verás cómo no te van a robar más". Poco después me trajo una Hoja Informativa y la estampa. Metí la estampa en la caja del dinero y todos los días, al llegar por la mañana, le digo: "Mira Josemaría, ya sabes que estoy sola: que no me atraquen, que pierdo los nervios". Luego rezo un Padrenuestro.

Desde ese día no he sufrido ningún atraco. Sólo una vez lo intentó un chico joven que acababa de salir de la cárcel pero, con gran facilidad y un aplomo poco normal en mí, le convencí de que no estaba bien lo que pretendía. Me contó lo dramático de su situación y acabé dándole una limosna que aceptó después de dudarlo y se marchó.

Estoy agradecidísima a Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer por la ayuda que me presta. Todo el mundo lo sabe, pues, como tenía tantos atracos, se interesan por mí cuando vienen a comprarme flores. A todos se lo cuento, sacando la estampa de la caja para enseñársela.

EN PELIGRO DE PERDER LA VIDA

El jefe ordenó que me fueran a matar (Guatemala)

Quiero dejar constancia de un favor, obtenido por la intercesión del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer.

Un día nos despertaron violentamente a la una de la mañana, cuando estábamos en nuestra granja de pollos. Llegó un grupo de hombres bien armados, haciendo disparos. Desde ese momento, nos encomendamos al Beato Josemaría.

Los asaltantes se identificaron como guerrilleros, me sacaron de la casa manos arriba y el jefe ordenó que me fueran a matar. Mientras caminaba al paredón donde me fusilarían, rezaba con más insistencia a nuestro Beato.

Les di las gracias, pues me mandarían cuanto antes al Cielo. Lo único que me preocupaba eran mis once hijos, que quedarían sin respaldo.

Mientras tanto, mi esposa rezaba una y otra vez la oración de la estampa. De repente, dijo el jefe de ellos: "vos, regresálo y ya no lo matés".

Se pusieron muy nerviosos, me amarraron junto a mi esposa y se llevaron todo lo que pudieron de pollos. Uno de ellos nos dijo: "se ve que ustedes son muy piadosos". Al final, se fueron.

Unos peligrosos bandidos (Honduras)

Era el tres de octubre de 1996, yo como de costumbre no más levantarme, me encomendé al Beato Josemaría y me dirigí a realizar mis diligencias con vistas a ir a pagar a mi propiedad (...).

Se me había olvidado que era feriado nacional y que el banco estaba cerrado por lo cual no podía retirar el dinero del pago de la plantilla de varias decenas de empleados, encargados de mis cultivos de arveja china para exportación. Decidí ir para supervisar los trabajos pero sin el dinero.

Supuestamente una banda de delincuentes, que se había enterado del traslado de ese dinero, me estaban esperando en el camino hacia mi finca. Cuando yo pasé por ahí me detuvieron, me bajaron del vehículo y me encañonaron poniéndome una escopeta en un costado y un revolver en el otro. Yo estaba tan nervioso que me temblaban las piernas y me encomendaba una y otra vez al Beato Josemaría.

Los delincuentes, molestos por la ausencia de dinero, se miraban unos a otros y yo pensando que me iban a matar supliqué al Beato que me protegiera y les hablé diciéndoles que tenía hijas que mantener que se llevaran todo pero no me mataran, a lo que extrañamente uno de los delincuentes dijo: "no se preocupe señor, que nosotros tenemos buen corazón" y luego me dijeron: "váyase". "¿Qué?", pregunté yo sin creer aquello. Me volvieron a repetir: "váyase" a lo cual subí a mi vehículo y me alejé lo más rápido posible.

Le agradecí todo al Beato y lo hice más una semana después, cuando esa misma banda asaltó a otra persona en el mismo camino; sólo que a esta persona luego de robarle le asesinaron de un balazo en la frente.

Amenazaron con matar a mi tío (Uganda)

Me alegra mucho informarles que mis oraciones a Mons. Josemaría no han sido vanas. Supe de él por primera vez a través de una antigua alumna de Kianda College, pero entonces no despertó mucho interés en mí.

El mes pasado, fue secuestrado mi tío. Nos dijeron que le iban a matar si no pagábamos una cierta cantidad de dinero. Estábamos profundamente preocupados, cuando recordé haber leído varios favores recibidos por la intercesión de Mons. Josemaría. Empezamos una novena. Antes de terminarla, mi tío fue liberado.

Fue un milagro. Nunca nos había ocurrido nada parecido, y nos sorprendió. Después de esto, mi familia y yo decidimos rezar a Mons. Josemaría durante toda nuestra vida, por esta gran cosa que nos ha hecho.

Muchas gracias al bueno y santo Mons. Josemaría por habernos ayudado tan maravillosamente. Sabemos que cualquier cosa que le encomendemos a su intercesión, con esperanza, la conseguiremos.

COSAS ROBADAS

El coche reapareció (Trinidad-Tobago)

Querido Josemaría Escrivá, ésta es mi forma de darle las gracias. El miércoles 21 de la semana pasada el coche de mi hermano fue robado. No fue encontrado sino hasta la noche del domingo 25. Durante el tiempo que estuvo perdido, mi familia y yo rezamos muchas oraciones y yo pedí especialmente a usted, Beato Josemaría Escrivá, para que él encontrara el coche y para que no estuviera dañado.

El carro fue encontrado milagrosamente la noche del domingo. La policía llamó y dijo que habían recuperado el vehículo y que estaba intacto. Era el primer carro robado aquel fin de semana que habían encontrado, y que no había sufrido desperfectos. Mi hermano dijo que alguien debía haber estado rezando por él.

Cuando robaron el vehículo aparentemente tiraron sus documentos fuera del carro (su permiso de conducir y su tarjeta de identidad). Mi hermano estaba muy preocupado por tener que intentar sacar de nuevo esos documentos. El lunes siguiente alguien vino a nuestra puerta y entregó los documentos diciendo que los habían encontrado en la calle. En otras palabras recuperó todo.

Todos han agradecido a Dios y yo también, pero a la vez me gustaría manifestar un especial agradecimiento a usted, Beato Josemaría Escrivá, por interceder por mí ante Dios para hacer posible este milagro.

Dame razón de mi camioneta (México)

Al hijo de una de mis amigas le robaron una camioneta que pertenecía a su esposo, la cual le era de mucha utilidad.

Nadie supo ni quién ni dónde podía estar. Le di a mi amiga la estampa del Beato Josemaría, para que se lo encomendara. Ella no le hizo mucho caso, y la dejó por ahí.

Su esposo, que era quien de verdad necesitaba la camioneta, encontró la estampa del Beato y mirándolo fijamente le dijo: "Padre, si de verdad eres tan milagroso, dame razón de mi camioneta, y que la recupere".

Al día siguiente mi amiga se levantó muy temprano para trabajar, al salir a la puerta encontró a un señor que le dijo: "dile a tu esposo que vaya hoy mismo al pueblo vecino a recoger su camioneta" —le dijo exactamente dónde la encontraría—, pero le advirtió: "que vaya hoy mismo, porque la piensan vender".

Mi amiga le preguntó de parte de quién le daba ese recado, el señor contestó que no importaba, que sólo le dijera eso. Su esposo fue al lugar que le dijeron y ahí estaba su camioneta. Pudo recuperarla sin ninguna dificultad.

 

cap. 9

DE ANDAR POR CASA

No todos los relatos —gracias a Dios— hablan de situaciones angustiosas o de problemas graves. Muchos cuentan cómo se solucionan pequeñas incidencias domésticas: desde un pavo que no quería cocinarse bien, hasta los contratiempos que ocasionan nuestros propios despistes.

Estos favores, un poco "de andar por casa", podrían parecer puramente anecdóticos si no fuera porque San Josemaría enseñó a dar mucha importancia a las cosas corrientes de la vida: cuando se ofrecen al Señor, adquieren valor sobrenatural. Además, los pequeños agobios nos llevan muchas veces a rezar y esto ya es un gran bien.

Al Fundador del Opus Dei le gustaba ver a Dios como «un Padre amoroso» que está junto a nosotros de continuo, «ayudándonos, inspirándonos, bendiciendo... y perdonando»[19], e interesándose también por nuestros pequeños sucesos cotidianos. Lo mismo hacen los santos, que participan de esa solicitud paternal de Dios.

APARATOS ESTROPEADOS

La impresora tozuda (Venezuela)

Era final de semestre. Dos compañeras y yo nos encontrábamos desesperadas por un trabajo de computación que teníamos que entregar y sobre el cual veníamos trabajando por mucho tiempo.

Teníamos todo el contenido tipeado, listo para imprimir desde hacía varias semanas, pero no podíamos imprimirlo. Modificábamos comandos, revisábamos una y otra vez y no nos imprimía. Hablamos con el profesor para que hiciera una revisión para ver dónde estaba el error, buscando la falla de impresión, pero él tampoco lo consiguió.

Estuvimos por lo menos dos semanas desesperadas, hasta que decidimos con mucha fe y confianza, rezarle una estampa al Beato Josemaría Escrivá de Balaguer y la colocamos junto a la impresora, pocos días antes de la entrega final del trabajo, cuando habíamos agotado todos los recursos y lo único que nos quedaba era la esperanza de que el Beato Josemaría nos iba a ayudar.

Intentamos la última impresión, la cual salió en excelentes condiciones sin ningún tipo de problemas ni errores, obteniendo con esto una excelente calificación en la materia. Por eso, por su compañía y por estar siempre tan cerca de nosotras, es que hoy escribo esto, para agradecerle todas esas cosas que el Padre hace por nosotros y para agradecerle también porque siempre con su intercesión nos mantiene cerca de Dios.

Me bastan veinte fotos (México)

A fines de enero, mientras me encontraba en la ciudad de Caborca (Sonora) para hacer un trabajo fotográfico, una de mis máquinas se arruinó y dejó de funcionar. Tuve la intención de mandarla a arreglar apenas tuviera la oportunidad de llevarla a Guadalajara, en un laboratorio de confianza. Sin embargo, pasaron las semanas y no tuve la posibilidad de cumplir mi propósito.

Hacia mediados de marzo tuve que ir a Obregón para hacer otro trabajo fotográfico. Naturalmente, antes de partir tomé la bolsa con el material necesario, convencido de que todo estaba en su lugar. ¡Pero cuál fue mi sorpresa, al llegar a mi lugar de destino, al constatar que, por error, había puesto en la bolsa precisamente la máquina fotográfica estropeada! Era un problema, porque aquel trabajo era muy importante para mí: traté de hacerla funcionar... pero no se podía hacer nada.

Entonces tuve una reacción inmediata. Pedí ayuda al Padre, dirigiéndome a él con estas palabras, que después me parecieron quizás un poco irreverentes: "Don Josemaría, ve tú lo que haces, pero me tienes que ayudar. Arréglame la máquina: me bastan sólo veinte fotos, hazme funcionar la máquina para veinte fotos, así puedo mantener mi trabajo".

Acompañé esta invocación con el rezo de un Avemaría, sabiendo cuánta devoción y fe tenía el Fundador de la Obra a la Virgen.

Pues bien, inmediatamente la máquina comenzó a funcionar. ¡Un verdadero milagro! Me arrodillé en medio de la calle y agradecí este inmenso favor. Digo inmenso porque me encontraba verdaderamente desmoralizado, estaba de por medio mi prestigio profesional: ¿cómo había podido cometer semejante error de no llevar conmigo el equipo necesario?

Feliz, metí en la máquina un rollo de 36 y me puse a trabajar. Grande fue mi estupor cuando, después de haber hecho la vigésima foto, la máquina se estropeó de nuevo: ¡justo el número que había pedido!

Pocos días después, pude ir a Guadalajara y mandé a arreglar la máquina.

Buscando un alambre (Argentina)

He decidido conectarme con ustedes al fin de hacerles llegar mi gran experiencia vivida algunos meses atrás; y por obra y gracia del Señor, poder encontrar y conocer un poco sobre la vida del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer.

En circunstancias de un viaje que hacía junto a mi familia (esposo y 5 hijos) a la provincia de Río Negro a visitar a mis padres (yo resido en Mendoza), se nos rompe la camioneta en medio del campo, exactamente en la provincia de La Pampa. Era un problema muy complicado, asuntos del motor, y no podíamos continuar el viaje.

Mi esposo puso toda su voluntad en arreglar, pero no teníamos alternativas. Hacía un calor impresionante, eran las doce del día 31 de diciembre. Yo trataba de ayudarle.

En un momento, mi marido me pide un alambre y salgo a buscarlo por la orilla de la ruta. Y , ¡oh!, sorpresa. En medio de ese desierto lo encontré, allí estaba, no un alambre, sino una estampita (amarilla por el tiempo) del Beato Josemaría.

Fue en ese instante que me di cuenta que lo que tenía que buscar no era un alambre, sino una oración, y tener presente en todo momento a Nuestro Señor.

Recé mucho y el Beato Josemaría intercedió ante Dios por nosotros. Al cabo de un rato apareció un matrimonio y nos dio su ayuda. Mi esposo encontró parte de la solución y pudimos seguir camino, con algunas dificultades, pero llegamos a destino.

AMAS DE CASA EN APUROS

El pavo seguía duro... (España)

En las Navidades de 1980 una amiga me comentó que, en la feria de Valença (Portugal) se compraban los pavos muy baratos y, sin pensarlo más, fui a la feria y me compré uno para el día de Año Nuevo. Yo no entendía nada de esto, pero como era barato...

Lo preparé relleno al horno y, de vez en cuando, lo pinchaba para ver cómo iba. Estaba durísimo. Llegaba la hora de comer y el pavo seguía duro. Empecé a ponerme nerviosa, pensando que ya no se podía cocer más. Era la hora de comer y la gente estaba esperando. Me marché a mi habitación y de rodillas recé la oración de la estampa, con lágrimas en los ojos, a Monseñor Escrivá de Balaguer, pidiéndole que se ablandase el pavo.

Volví a la cocina y pinché de nuevo el pavo: mi mayor sorpresa fue que ya estaba bueno. Lo serví y gustó muchísimo a toda la familia.

Agradecí a Monseñor Escrivá de Balaguer este favor.

La televisión nos dominaba (Estados Unidos)

Día a día el televisor se prendía desde las cuatro de la tarde hasta que se iban a dormir mis hijos, que eran las diez de la noche. Me costaba mucho trabajo pedirles que la apagaran pues yo misma me veía atraída por ciertos programas y cuando decidía apagarla, mis hijos la prendían enseguida. En una palabra, yo como madre no sabía poner disciplina, obediencia ni respeto.

Empecé a pedir a Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, para que por su intercesión mis hijos comprendieran que hay que saber emplear el tiempo. Comuniqué esto a unas personas del Opus Dei y la oración, de ser individual fue comunitaria en los hogares y así fue vislumbrándose lentamente el milagro.

Ahora se sienten los momentos tranquilos llenos de trabajo, de un poco de diálogo y paz. Sé que debo seguir mi oración no sólo por mi hogar, sino por otros tantos hogares similares al mío.

Con un sonido seco (España)

Como testimonio de mi agradecimiento al Beato Josemaría, deseo dejar constancia de una de las muchas atenciones que viene teniendo conmigo. Unas más espectaculares que otras, pero ayudas y apoyos que, cariñosamente, nunca me faltan. Y he pensado que debo dar fe de su intercesión y de mi veneración por él.

Soy ama de casa y, trabajando un día en la cocina, en compañía de mi hija de 30 años, repentinamente, se desencajó la puerta del horno, de tal forma que bloqueaba a su vez las de dos armarios, en los que guardaba utensilios de uso frecuente. Era viernes y, pensando en mi necesidad y que sería imposible encontrar quien lo arreglara, me sentí muy agobiada. Intenté arreglarla y me quedé con la puerta en las manos.

En ese momento, pedí en voz alta a nuestro Padre y, sin solución de continuidad, mecánicamente, coloqué la puerta enfrente del hueco del horno y la aproximé en posición de encajarla. La puerta se colocó sola. Mi hija, de natural escéptica, se quedó estupefacta y durante muchos días inquieta, y aún se estremece cuando recuerda el sonido seco y preciso de la puerta al centrarse por sí misma en su sitio. Yo, por el contrario, di un grito de alegría y rompí a aplaudir.

De esto hace un año y la puerta funciona perfectamente sin que nadie la haya revisado en este tiempo.

A VUELTAS CON LA CASA

Que se arregle el 26 de junio (España)

Como consecuencia de mi cambio de empresa, me vi obligado a buscar un piso y de forma urgente, pues teníamos que dejar el que habitábamos. Después de mucho buscar, decidimos meternos en una cooperativa que unos profesionales habían formado. La construcción se retrasó muchísimo, lo que causó graves problemas a más de medio centenar de familias.

Una vez terminada empezaron los trámites burocráticos para obtener la Cédula de Habitabilidad, documento final para poder vivir en una vivienda. El proceso fue aún más lento, con muchos problemas y continuas devoluciones de expedientes por el Ministerio correspondiente, pues siempre había algún inconveniente más. Así pasaron varios meses y nuestra preocupación, y la de todos, iba en aumento pues los problemas de varias familias eran bastante graves.

Unas amigas de mi mujer, que son de la Obra, le dijeron que encomendase el tema al Beato Escrivá de Balaguer para ver si se resolvía el día del aniversario de su fallecimiento, el 26 de junio. Esto se lo comentaron el 20 ó 21 de junio.

La verdad es que me faltó fe y pensé que las mujeres se atreven a decir estas locuras porque no suelen conocer el problema burocrático del papeleo oficial. Dos días después, me dijo un amigo que pasara por cierto organismo y que puede que allí hiciesen algo. En efecto, el día 25 de junio fui y me dijeron que no había ningún problema y me las hicieron sobre la marcha.

Sin embargo, surgieron problemas nimios, como que no tenían pólizas, que ya era algo tarde y tenían que irse, que al día siguiente seguro que estarían, etc., ante lo cual yo puse continuas soluciones y gran empeño para obtener los papeles de inmediato. No pudo ser así y tuve que volver al día siguiente. Todos los papeles estaban firmados, con las pólizas, etc. y con un sello en cada una de las 54 cédulas: 26 de junio.

Estoy absolutamente seguro de que este milagro se ha realizado por intercesión del Beato Escrivá de Balaguer.

Tirada en el suelo (Argentina)

Yo trabajo de taxista en la parada de la plaza 1º de Mayo de la ciudad de Paraná, Entre Ríos. En la misma plaza encuentro en el suelo una tarjeta con la estampa del Beato Josemaría, la cual levanto, empiezo a leer su historia y comienzo a rezar la oración todos los días para que intercediera en un problema bastante importante que tenía.

No podía pagar cuotas atrasadas de una vivienda que me había entregado el banco, y entonces, el mismo hacía caso omiso a mi pedido para que me solucionaran dicha situación.

Estábamos pasando momentos de incertidumbre, depresión, angustia, etc., hasta que un buen día llega una carta del banco, donde me comunicaban que hacían lugar a mi pedido y así, gracias a la intercesión del Beato Josemaría, pude salvar mi vivienda de un seguro remate.

Sin más, agradeciéndoles a ustedes por haberme encontrado con el Beato Josemaría Escrivá de Balaguer.

OBJETOS PERDIDOS

Las aventuras de mi dentadura postiza (Filipinas)

Mons. Escrivá de Balaguer manifestó una vez más su sentido del humor cuando me concedió el primer favor que le pedí.

La primera vez que oí mencionar al Padre fue en el comedor de mi oficina; algunas colegas hablaban de los favores obtenidos por su intercesión. Puesto que había sido contratada hacía poco, mi timidez me impidió intervenir en aquella conversación y preguntar quién era la persona de la que estaban hablando.

Tiempo después, el domingo 17 de abril de 1977, un hecho desconcertante, aunque divertido, me dio la ocasión de conocer a Mons. Escrivá. Había ido de excursión al mar en Batangas (una de las playas de Bauan) con mis colegas. Apenas llegadas, todas se zambulleron en el agua fresca, mientras yo, que no sé nadar, me bañé en la orilla junto a una amiga, agarrándome a un flotador.

Repentinamente nos arrolló una ola que nos tomó de sorpresa, yo comencé a reírme tanto, que se cayó de mi boca la prótesis dental. De inmediato traté de agarrarla, pero otra ola se la llevó. Mi amiga no pudo hacer nada para ayudarme, porque tampoco ella sabía nadar. En espera de poder localizar mis dientes sola, preferí no llamar la atención de mis otras colegas: por otra parte, sin la dentadura postiza, no estaba en condiciones de llamarlas.

Sin embargo, poco tiempo después, todas se dieron cuenta de lo que había ocurrido y comenzaron a hacerme bromas, aunque hicieron lo posible por encontrar mi prótesis dental. Una colega llamó a un hombre del lugar, experto en pesca submarina, que si bien estaba provisto de todo el equipo necesario para rastrear el fondo, no tuvo suerte.

Resignada a comprar otra prótesis, me acordé del Monseñor que hacía milagros de quien había oído hablar aquel día en el comedor. Aunque no recordaba su nombre, recurrí a él diciéndole: "¡Monseñor, confío en tu ayuda para encontrar mis dientes; hazme este favor!"

Ya serena, me reuní con el grupo como si nada hubiera pasado.

Al día siguiente, en la oficina se burlaron de mí. Hacia las nueve, una colega corrió a decirme que había venido aquel pescador di Bauan: me traía la prótesis. Cuando me la entregó me sonrojé de vergüenza; al mismo tiempo pensé que había recibido una gracia de Monseñor, y pregunté a aquel hombre dónde la había encontrado.

Tampoco él lograba creerlo. En efecto, me explicó que después de nuestra partida había continuado la búsqueda, pero en vano. Más tarde, mientras estaba jugando con unas caracolas esperando poder encontrar mis dientes en la playa, una ola había depositado en la orilla una cosa blanquecina. Al acercarse comprobó que se trataba precisamente de mi... tesoro perdido. Habría querido entregármelo ese mismo día, pero se había hecho tarde; de manera que al día siguiente partió desde Bauan a las cinco y media de la mañana para llegar a mi oficina a las nueve en punto.

Después de esta aventura, he profundizado en el conocimiento de Mons. Escrivá de Balaguer y he aprendido a tratarlo como a un amigo.

Mira en medio de la calle (Canadá)

Estando de viaje fuera de mi ciudad, a 100 km., vivía sola, en la casa de una pariente, ausente por algunos días. Me había pedido que cuidara la casa y que recogiera el correo.

Un día, llegó una carta que mi pariente estaba esperando. Yo tenía que ir a un centro comercial en coche y llevé el correo conmigo. Al volver a casa, me di cuenta de que la carta en cuestión no estaba con las demás. Busqué por todas partes y no encontré nada.

Antes de volver al centro comercial a buscarla allí, acudí a la intercesión del Fundador del Opus Dei para poder encontrar esta importante carta. Inmediatamente, oí interiormente la voz del Beato Josemaría que me decía: "mira en medio de la calle". Efectivamente, la carta estaba en medio de la calzada, a 20 metros, enfrente de una casa vecina.

Perdí los papeles (España)

Este suceso que relato sucedió a finales de abril o principios de mayo de 1992, no lo recuerdo bien. Yo trabajo en un despacho que tiene como objeto asesorar sobre las condiciones de los diferentes contratos que se suelen formalizar entre entidades de crédito y aquellas personas físicas o jurídicas que tienen necesidad de financiación.

Llevaba dos años trabajando en este cometido para un pequeño despacho, pero, a finales de abril, mi jefe decidió asociarse con una empresa mayor. Entre las condiciones que se gestionaban para la fusión, una de ellas era la de que yo me integrara en la nueva empresa. En un principio, los nuevos socios no estaban interesados en mi contratación, pues desconfiaban de mi poca experiencia, así que decidieron ponerme durante un par de semanas a prueba y, una vez concluido ese espacio de tiempo y, a la vista de mi eficacia, formar una decisión sobre mi continuidad, en un sentido o en otro.

Yo era consciente de mi situación y durante aquellos primeros días procuraba, como es fácil suponer, cuidar especialmente los asuntos del despacho.

Pasados quince días, aproximadamente, ocurrió lo siguiente: un día, por la mañana, se habían recogido dos de las firmas de un contrato en el que figuraban cuatro intervinientes. Había quedado que a las dos restantes se les recogería la firma en su empresa, a primera hora de la tarde. Así que, al acabar la jornada por la mañana, cogí el contrato, lo guardé en un portafolios y me fui a casa a comer, con la intención de recoger por la tarde el resto de las firmas. Después de comer, cogí el portafolios y me monté en el ascensor. Mientras bajaba, jugueteaba con el portafolios de tal manera que en un momento se entreabrió y me di cuenta de que faltaba el contrato. Al principio no me alarmé, pues imaginé que al dejar la carpeta en mi habitación posiblemente la póliza se habría deslizado y caído al suelo. Volví a subir, miré por la habitación y allí no estaba.

Mi siguiente pensamiento fue imaginar que lo habría dejado en el coche, ya que tenía el pleno convencimiento de que la póliza la había cogido. Bajé al coche, miré debajo de los asientos y tampoco la encontré. El corazón se me empezó a acelerar; traté de mantener la calma, y me autoconvencí de que estaba equivocado, de que seguramente, al coger el portafolios, por despiste, había dejado el contrato encima de la mesa de mi despacho. Cogí el coche y me dirigí rápidamente allí; nada más entrar me di cuenta de que tampoco estaba. El siguiente paso, como ya era la hora en la que había quedado para recoger las firmas, fue llamar a las personas interesadas y les dije que aquella tarde me era imposible atenderles, que lo haría a primera hora del día siguiente: les pareció bien.

Como es de suponer, mi nerviosismo había aumentado considerablemente. Revolví el despacho de arriba a abajo y después de veinte minutos, seguí sin encontrarlo. Mi estado ya no era de nerviosismo: estaba desolado. Decidí entonces llamar al despacho central y contarles lo que había pasado con el total convencimiento de que, una vez realizada la llamada, el periodo de prueba habría finalizado...

De todas formas, antes de llamar al despacho, telefoneé a un amigo, no sé muy bien por qué; imagino que buscando consuelo y le conté lo que me pasaba. A mi amigo no se le ocurrió otra cosa que aconsejarme que me encomendara al que por entonces era Siervo de Dios y hoy es el Beato Josemaría. Mi reacción fue fulminante: le contesté groseramente. Le dije que lo que menos necesitaba en ese momento es que alguien me tomara el pelo, proponiéndome remedios absurdos. Él, pese a mi contestación, me dijo que no perdía nada acudiendo al Siervo de Dios, sin embargo, inmediatamente, me despedí fríamente y colgué el teléfono.

Después de hablar con él, me sentí mal, porque yo sé que este amigo es miembro del Opus Dei y tiene mucha confianza en el fundador de la Obra y que su consejo no provenía de haberse tomado con poca seriedad mi problema, sino que él creía que me podía ayudar de este modo. Así que, después de serenarme, pedí a don Josemaría el favor. Bajé nuevamente al coche para volver a mirar, aunque ya lo tenía completamente registrado, y, como la vez anterior, el contrato no apareció, a pesar de que también lo estaba buscando el fundador del Opus Dei.

Me dirigí al despacho decidido plenamente a llamar a mis jefes; iba andando por la acera mirando al suelo, cuando veo que debajo de un bordillo hay uno de los tres ejemplares del contrato. He de decir que este contrato constaba de tres ejemplares unidos por una pequeña capa con pegamento. Me quedé impresionado, pero el problema no estaba resuelto porque faltaban los otros ejemplares. Seguí buscando por el mismo lugar y vi que uno de ellos estaba pegado a una farola —tremolaba como una bandera, pues había un verdadero vendaval— y el tercero, finalmente, estaba debajo de un coche.

En aquel momento era plenamente consciente de que si volvía a tirar al suelo las tres hojas del contrato posiblemente antes de agacharme estarían a varios metros de distancia —el viento era muy fuerte—, mientras que tal y como yo las encontré no se habían esparcido en más de diez metros cuadrados, en frente de un colegio y soportando durante más de cuatro horas la entrada y salida de los chicos. Sólo tenían dos pequeños desperfectos: dos pisadas encima de uno de los ejemplares, que lo subsané con una goma normal y corriente, y una pequeña rasgadura en otro de los ejemplares.

Inmediatamente llamé a mi amigo para relatarle lo sucedido y darle las gracias. Él me dijo que las gracias se las diera al hoy Beato Josemaría y que lo escribiera. Yo no sé si fue un milagro, un favor o una extraordinaria casualidad. Sólo sé que pasó lo que escribo.

En el deshielo (Canadá)

Acostumbro a pedir al Beato Josemaría favores espirituales y materiales. Por ejemplo, cuando no encuentro algo acudo a él y la cosa aparece (...).

Una mañana de invierno recibí una llamada. La noche anterior una persona había asistido a un retiro en la Residencia donde vivo y, al terminar, había tenido problemas para sacar el coche de la nieve. Al llegar a casa notó que había perdido su anillo de oro, de gran valor sentimental para él. Me pedía que echara una ojeada en la zona donde había tenido su coche aparcado. La zona no estaba muy claramente definida, había nevado durante la noche y había pasado la máquina que empuja la nieve a los dos lados de la calzada en un montón de más de un metro de alto. No vi el anillo.

Dos meses más tarde, ya en pleno periodo de deshielo, con muy poca nieve en las calles, al volver del trabajo y entrar en mi calle, me acordé del anillo. Decidí bajar de la acera y andar por el borde de la calzada por si lo veía, aunque no pensaba detenerme a buscarlo. Dije por dentro: "Padre, sólo lo veré si tú me lo enseñas". Di dos o tres pasos y... allí estaba, delante de mí, entre un poco de nieve sucia y barro, a medio metro de una alcantarilla, un poco deformado, pero entero.

No encontraban el libro (Australia)

Había sacado en préstamo un pequeño folleto de la biblioteca de la universidad y lo devolví dos días después. Cuando fui a sacar otro libro, la computadora reportaba que el folleto anterior no había sido devuelto. Busqué, sin suerte, el folleto en las estanterías. Me suspendieron el derecho de retirar libros y además tenía que pagar un multa muy alta para reponer el folleto. Protesté, pero el personal de la biblioteca dijo que no podía hacer nada ya que no había ninguna prueba de que lo hubiera regresado.

Le recé al Beato Josemaría y busqué durante varios días en mi casa y en la biblioteca. Finalmente me resigné a pagar la multa enorme e informé a la bibliotecaria. Mientras dejaba la biblioteca, me quejé al Beato Josemaría diciéndole que todo eso era injusto, humillante y una pérdida de dinero. A los dos días me llamó la bibliotecaria. El folleto era tan pequeño que se había caído en una rendija del mueble en donde se guardaban. Lo habían encontrado. Le di muchas gracias al Beato Josemaría.

SERVICIOS PÚBLICOS

En un hospital del Estado (Suiza)

Hace más de un año, tuve que operarme de un ojo. La intervención fue muy bien, con un único inconveniente marginal, pero molesto: me hospitalizaron en una habitación de ocho camas, en un hospital del Estado porque mi seguro no cubría más. Mi estancia fue molestísima: las radios funcionaban día y noche, era imposible recogerse, etc.

Recientemente tuve que operarme del otro ojo. Con la experiencia de la primera operación, pedí al Beato Josemaría que se encargara de ahorrarme las molestias de una habitación de ocho personas, o, por lo menos, que arreglara las cosas para que las demás señoras fueran "tranquilas"...

El día que llegué al hospital, tuve la sorpresa de ver que, después de los habituales registros burocráticos, me condujeron a una habitación individual. Pregunté si no había un error, pero me dijeron que no, que había sido previsto así en la oficina.

Bajé a la oficina, expliqué que mi seguro no cubriría los gastos de una habitación individual y que yo no podía pagar el resto; esto no sirvió de nada: me mandaron a mi habitación, asegurándome que no había un error y que ésta era la habitación prevista.

Me operaron y me quedé siete días en esta situación "de lujo" (...). La fe en los milagros y en los favores de los santos no es para nada característica de la sociedad en la que vivo. En todo caso salí de esta aventura muy contenta y agradecida al Beato Josemaría.

Un nuevo servicio de autobús (Gran Bretaña)

Hace más de 12 meses perdí mi coche en un accidente. Mi único medio de transporte era el tren. La estación del ferrocarril está lejos: vivo en el campo, y llegar al tren me supone una larga caminata.

Decidí hacer una novena al Beato Josemaría Escrivá pidiendo su intercesión para que hubiera servicio de autobús y así poder asistir a Misa todos los días, cosa que me era imposible.

Pueden imaginarse mi sorpresa cuando en el noveno día oí en las noticias que nos llegaría un autobús especial (Hoppa) que pararía en frente de la puerta de mi casa; la primera vez que esto sucedía en toda mi vida.

La línea sigue funcionando desde hace más de 12 meses; yo no puedo dejar de agradecer al Beato Josemaría este favor.

MENUDO DESPISTE

La funda equivocada (España)

Realizo, desde hace poco, un programa de radio sobre música clásica. En el último de esos programas necesitaba un disco, la 3ª Sinfonía de Brahms, para ilustrar una información. Llegué a la emisora con el tiempo justo para buscar ese disco, pero me equivoqué y comencé a buscar otra Sinfonía en lugar de la 3ª, que era la que necesitaba.

Como llegaba el momento de iniciar mi intervención y no daba con el disco, acudí a Mons. Escrivá de Balaguer, pidiéndole que me lo encontrara. Casi inmediatamente saqué la Sinfonía nº 1, sin darme cuenta todavía de mi error, y dejé el disco en el control para dar comienzo al programa.

Una vez en el locutorio, al leer el guión, me di cuenta de mi equivocación, pero mi sorpresa

fue mayúscula cuando oí sonar a través de mis auriculares la 3ª Sinfonía. Al terminar el programa, fui a ver qué había pasado. Incomprensiblemente, el disco estaba en una funda equivocada y mi despiste había servido para dar con la música que necesitaba.

Atribuyo este favor a la intercesión de Mons. Escrivá de Balaguer; sobre todo, si se tiene en cuenta que nadie había utilizado esos discos antes de ese día, puesto que la emisora es nueva y sólo en mi programa se emite música clásica.

La llave de la gasolina (Venezuela)

Como es mi costumbre casi semanal, me trasladaba de Caracas a los llanos de Cojedes para atender la empresa ganadera que allí desarrollamos. Ocurrió que transcurrida una hora de viaje, me detuve para reponer gasolina encontrándome con la desagradable sorpresa de que había olvidado la llave del tanque de gasolina del vehículo que llevaba.

Ante tal hecho, no me quedaban sino dos alternativas: una era regresar a Caracas, y no era muy segura pues me quedaba poco combustible, aparte de las molestias y pérdida de tiempo que suponía. La otra era romper la tapa del tanque. Decidí romper dicha tapa a como diera lugar.

Sin embargo, y esto a pesar de toda clase de herramientas y manipulaciones, fue imposible. Ante esto, y con la frustración del caso, resolví regresar a Caracas tomando el riesgo de quedarme sin gasolina por el camino de vuelta.

En aquellos momentos me sentía indispuesto y descorazonado por aquel descuido tonto que me ocasionaba tanta incomodidad y pérdida de tiempo. Entonces me acordé del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer. Me aparté del carro y de la gente que había llegado para ayudarme en la tarea de forzar la dichosa tapa y, tratando de serenarme, le rogué al Beato que me resolviera aquella dificultad.

Transcurridos unos minutos regresé al carro y me encontré, entre la gente que allí había, con un muchacho que me dijo mostrándome en su mano la maltrecha tapa: "Yo le di una vueltecita y salió la tapa sin ningún esfuerzo".

Me quedé profundamente impresionado pues no habían sido pocos los esfuerzos y manipulaciones efectuados por varios de los que allí estábamos y que resultaron infructuosos. Yo, en particular, que tengo alguna experiencia en cosas de mecánica, había llegado a la conclusión de que resultaría imposible sacar aquella tapa.

El dinero de las comidas (Guatemala)

Este favor me lo hizo nuestro Padre durante un viaje que realicé con motivo de la celebración de la Jornada Mundial de la Juventud. Yo iba a cargo de un grupo de 24 personas y me correspondía pagar las comidas que hiciéramos durante esa semana.

El día 22 de agosto salimos a cenar. Pasamos a un restaurante y yo acababa de cambiar unos dólares a francos (porque todo esto fue en Niza, Francia). Había cambiado una alta cantidad de dinero pues como ya expliqué, debía pagar las comidas de todas. Mientras cenábamos, dejé el dinero sobre la mesa, envuelto en un papel que lo cubría simulando un sobre.

Las personas con las que iba decidieron tomarse unas fotografías, y entonces me levanté para tomárselas yo. Todas comenzaron a pararse o a cambiarse de puesto y durante ese movimiento, unas de ellas comenzaron a quitar la basura de las mesas, para que ésta no saliera retratada... pero nadie se percató de que en medio de esa "basura" iba mi dinero.

Tomamos las fotos, con muchas de las cámaras (lo aclaro para que se vea que pasó bastante tiempo), y luego volvimos a nuestros lugares para seguir platicando y esperar a que las últimas terminaran de comer. Como a los quince minutos, cuando ya nos íbamos, revisé lo que había en la mesa para tomar mi dinero, fue entonces cuando me percaté de que no estaba y de que todo había sido tirado. Cuando pregunté si alguien lo había visto, una de las que estaban ahí me dijo que ella había tirado todo en varios de los botes de basura. Inmediatamente comencé a rezarle a nuestro Padre, diciéndole que si me concedía el favor de encontrarme el dinero yo escribiría el milagro lo antes posible.

Me preocupé más cuando, al preguntar a uno de los meseros del restaurante, me dijo que habían vaciado los botes y sacado la basura a la calle en grandes bolsas que contenían toneladas de desperdicios. Fue entonces cuando pedí a las personas que iban conmigo que comenzaran a rezarle, cada una, una estampa a nuestro Padre. Yo, por supuesto, estaba dispuesta a "familiarizarme" en ese momento, con las toneladas de desperdicios con tal de encontrar ese dinero... Existían dos opciones: o nuestro Padre hacía el "milagrazo" o... veinticuatro personas padecerían hambre durante varios días. Por supuesto, nuestro Padre no iba a permitir semejante cosa, y efectivamente a los 5 minutos llegó uno de los meseros con el dinero, diciendo: "usted es una de esas personas que tienen mucha suerte: aquí tiene, lo encontré encima de uno de los botes de basura... Seguramente se quedó allí mientras vaciaban todo en las bolsas que se sacan a la calle". ¿Suerte?... No. Fe en que nuestro Padre me iba a hacer el favor. Gracias al Beato Josemaría pudimos comer durante esos días y yo formulé el propósito de jamás volver a cometer un descuido tan grande como el de dejar tanto dinero por ahí.

Un hombre misterioso (México)

En nuestra familia tenemos gran devoción al Beato Josemaría, a quien nos referimos confiadamente llamándole el Padre. Cuando alguien se encuentra en aprietos, no falta quien le sugiera: "¡pídeselo al Padre!" Y lo mejor es que ¡todo lo consigue! Creo que el favor más llamativo ha sido el siguiente: un sobre con dinero exacto en un viaje familiar. Imagínese el lector que en plena carretera México-Guadalajara se suscita el siguiente diálogo entre mis papás:

Papá: ¿Me darías el dinero para pagar la siguiente caseta?

Mamá: ¿Dinero?, ¿no lo traes tú?

Papá: ¡Pensé que tú lo traerías!

Mamá: ¡¿Qué hacemos?!

Momento de expectación: la gasolina no alcanzaría para regresarnos a la ciudad y no podemos dejar de pagar las siguientes casetas para concluir el trayecto. Estamos atrapados en un problema que parece insoluble... Tras unos momentos de perplejidad, todos empezamos a rezar la estampa. Como a mi mamá le encanta, rezamos muchísimas.

Afortunadamente, mi papá traía un poco de dinero que alcanzó para pagar esa caseta. Pero era lo último que quedaba. A unos pasos después de la caseta, el automóvil de enfrente se detiene, obstaculizándonos el paso. El hombre que lo conducía sale y se dirige a la ventanilla de papá.

Papá: Sí, ¿qué sucede?

Señor: Tome, es para usted.

Le da un sobre, ni más ni menos que... ¡con la cantidad exacta de dinero, necesario para terminar el viaje!

Papá: ¿Cómo sabía?

Señor: Oí que preguntó por la carretera libre (que carece de casetas).

Papá: Déme su dirección para pagarle a mi llegada a México.

Señor: No, hoy por ti, mañana por mí.

Todos nos pusimos a rezar más intensamente para agradecer el favor. Como estábamos tan alegres y un poco asustados por lo sucedido, papá nos invitó a comer. Y el dinero alcanzó exacto para la gasolina, para las casetas, para la comida de mis papás y de cinco hijos que somos.

 

cap. 10

GENTE QUE REZA

A lo largo de estas páginas, hemos visto cómo Dios ha concedido a San Josemaría un gran poder intercesor para sembrar el bien en todas partes, ayudando a muchísimas personas en cualquier género de apuros. Pero hay algo que también enseñan estos relatos y que el lector habrá notado ya. Es, en cierta manera, un favor que San Josemaría nos hace a todos nosotros: darnos a conocer que en el mundo hay mucha gente que reza.

Gente que es un ejemplo de fe y esperanza en Dios, de serenidad en los contratiempos, de preocupación por el prójimo. Lo hemos visto, entre líneas, en muchos de los favores que se han recogido en estas páginas.

El hilo conductor de este último capítulo es precisamente la gente que reza o se beneficia de la intercesión de San Josemaría. Gente con necesidades muy variadas, como se habrá visto ya, de condición social muy distinta, en países muy diferentes. Otras veces, son personas que San Josemaría pone en nuestro camino para ayudarnos.

La gran mayoría no pertenecen al Opus Dei: a veces no son ni siquiera cristianos. Acuden a San Josemaría niños y adultos; religiosas y sacerdotes; mujeres y hombres; personas que, por vivir alejadas de la Iglesia, quizá se consideran indignas de ser escuchadas. Para todos es un amigo en el Cielo, que no hace acepción de personas.

AYUDANDO A LOS SACERDOTES Y RELIGIOSOS

Muchas veces habló San Josemaría de su amor a los sacerdotes y religiosos. Ya en la tierra les ayudó de mil maneras, y es comprensible que esta "debilidad" por ellos se demuestre también ahora, en los favores que les obtiene del Señor.

Una de las gracias más características que San Josemaría obtiene a las religiosas y religiosos es la de conseguir vocaciones. Los relatos que aquí se incluyen son unos pocos ejemplos entre muchos.

En una situación dramática (España)

Iba en el tren a Palencia y al estar los asientos ocupados, me quedé en una de las plataformas. Al poco oí voces en un vagón cercano. Me disgustó una escena indignante: en un lado de los asientos, una religiosa, de unos cincuenta años, tenía sentado a su lado a un joven subnormal profundo, al que acompañaba. Al otro lado del pasillo, tres chicos jóvenes, con aspecto desagradable, decían groserías y empujaban al enfermo, que miraba a la monja con cara de asombro, mientras ésta lloraba, con las manos cerradas sobre el pecho, impotente para enfrentarse con los tres jóvenes, sin que nadie hiciera nada, por miedo a la reacción violenta de los chicos, aunque se veía a la gente disgustada.

Me encomendé a Mons. Escrivá de Balaguer y, sin pensármelo dos veces, me enfrenté con el que parecía llevar la voz cantante del grupo, empleando su mismo lenguaje, pues pensé que sería el único que entenderían.

Su sorpresa inicial fue grande, pero pronto se envalentonaron y llegaron a sacar una navaja: me defendí como pude, dando una patada a uno, un empujón a otro y un puñetazo a un tercero. Me asusté al ver el cariz que tomaban las cosas, pero los que estaban en el vagón se pusieron de mi parte y acorralaron a los tres jóvenes, que tuvieron que tirar la navaja. Llegó el revisor, que les hizo bajar en la parada siguiente.

La monja, ya tranquila, me dio las gracias. Yo le respondí que favor con favor se paga: saqué una estampa para la devoción privada del Siervo de Dios y se la di, rogándole que la rezara todos los días, pidiendo por el Santo Padre y por unas intenciones particulares.

Ante mi asombro, la monja volvió a llorar copiosamente y abriendo las manos, que aún conservaba cerradas sobre el pecho, me enseñó una estampa de Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, arrugada y desgastada por el uso, diciéndome que, desde que comenzaron a meterse con el enfermo, había pedido ayuda al Siervo de Dios.

Terminó diciéndome que, como la estampa ya la rezaba todos los días, rezaría una parte del Rosario por el Papa y otra por mis intenciones.

En mi parroquia (Ecuador)

Soy sacerdote que pertenezco a la Diócesis de Ibarra. Llevo cuatro años desde mi ordenación. He sido párroco en tres parroquias. Actualmente estoy trabajando en una zona misional, llamada Intag, el clima es subtropical y es extensa en territorio.

Al recibir la parroquia el 19 de enero de 1997, estuve un tanto decepcionado por no ver frutos inmediatos; la gente no se confesaba, poca asistencia a la Misa dominical —¡peor diaria!—... Tengo mucha devoción al Beato Josemaría y todo este tiempo he estado encomendando su intercesión. Me da mucha alegría porque ahora la gente se confiesa con frecuencia, comulga y asiste a la Santa Misa.

Faltaba la Bula del convento (España)

Hace tiempo que estamos en deuda de gratitud con el Beato Josemaría Escrivá de Balaguer, por lo siguiente:

No sabemos cuándo ni cómo, nos llevaron del archivo de nuestro convento un documento muy importante, nada menos que la Bula de la Fundación.

Nos dimos cuenta cuando un día que se necesitó el libro donde estaba, para buscar unos datos que se necesitaban, ya no estaba, pues sobresalía un poco, ¡faltaba la Bula! ...

No sabíamos qué pensar, pues algunas veces entran algunas personas en el archivo de nuestro convento, porque precisan algunos datos, para sus estudios o lo que sea. Ya se puede imaginar, ¡qué disgusto teníamos!

Nos decidimos a hacerle una novena, dos y hasta tres seguidas, pidiéndoselo con mucha fe.

Por fin un día vino el señor que se lo había llevado; confesó que había sufrido mucho y que no sabía qué hacer, si mandarlo por correo, o traerlo él personalmente.

Creemos que ha sido un milagro del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer. Nos ha hecho muchos favores; pero ya nos daba vergüenza y no queríamos pedirle nada, hasta hacer público este milagro.

Crisis de fe (Italia)

Gravemente enfermo desde comienzos del año 1974, mi hermano fue ingresado en el mes de julio en un hospital, donde el 7 de agosto sufrió una difícil intervención quirúrgica. Desde entonces, no se recuperó ya y transcurrió el resto de sus días, salvo algún breve paréntesis, entre hospitales, clínicas y casas de curación.

Fui a verle varias veces y me di cuenta, con gran disgusto, de que, aun siendo sacerdote, no alcanzaba a descubrir la Voluntad de Dios en su enfermedad incurable.

Cuando me hizo referencia a sus crisis de fe, hice de todo para animarle y recé intensamente por él. Después de la muerte de Mons. Escrivá le pedí, con mucha frecuencia, que lo ayudara en la enfermedad y en la muerte.

En el mes de noviembre de 1975 volví a verle, con ocasión de la muerte de otro hermano nuestro, y me contó que había hecho una novena a Mons. Escrivá; sin embargo, estaba abatido por el reciente luto y me confió que le resultaba difícil confesarse y recibir la Comunión.

De regreso a Roma, continué rezando por él, visitando frecuentemente la tumba del Fundador del Opus Dei. Pocos días después supe que había recuperado la serenidad y había aceptado plenamente la Voluntad de Dios. En los últimos días, antes de morir, recibió cotidianamente el Santo Sacramento, se confesó y le fue administrada la Unción de los Enfermos.

Expiró el 16 de enero de 1976 con gran serenidad, asistido por nosotros, sus hermanos, y por el capellán de la clínica, que rezó junto a él y con él hasta el último momento.

No tenían postulantes (Chile)

Existe gran devoción al Venerable Josemaría Escrivá en el convento de monjas Trinitarias, en Concepción (Chile). Todo empezó cuando un historiador amigo mío realizó un trabajo de la historia de la llegada a Chile de esa congregación. Finalizada una entrevista con la superiora del convento, le regaló una estampa con la oración para la devoción privada a Mons. Escrivá.

Al poco tiempo, mi amigo acudió nuevamente al convento y la superiora le contó lo milagroso que era el Venerable Josemaría Escrivá, ya que había acudido a su intercesión para pedir vocaciones —no tenían postulantes desde hacía bastantes años— y para sorpresa de ella, en pocos días llegaron cuatro. Desde ese momento, a hora fija, todas las monjas del convento le rezan la estampa.

Otra vocación más (Bélgica)

Tengo la alegría de comunicar que la postulante que habíamos pedido por intercesión del Beato Josemaría Escrivá ha hecho su profesión el pasado mes de diciembre. Se había presentado justo antes de la beatificación del 17 de mayo.

Una atención más de nuestro bienamado Beato, a quien tenemos una gran devoción y a través del cual nos atrevemos a pedir una segunda postulante, con la promesa de comunicarlo y de ofrecer nuestra oración encendida para que se acelere su canonización.

También tenemos presente a diario en nuestra oración agradecida y en nuestra penitencia la magnífica y fecunda obra de toda su vida, el Opus Dei.

Un sacerdote enfermo (Uganda)

En 1995 visité a un sacerdote que sufría una enfermedad muy dolorosa desde hacía unos diez años. El médico dijo que era imposible curarla. Cuando estuve con ese sacerdote, sus dolores eran tales que se le saltaban las lágrimas. Decidí rezar con él la oración de la estampa del Beato Josemaría Escrivá.

Ese sacerdote me dijo que había sufrido tanto que estaba cansado de rezar y que ya sólo esperaba descansar después de la muerte. Insistí algo más y me marché. Pero cuando ya estaba en la puerta me dijo: vamos a rezar a este sacerdote tuyo.

Empezamos a rezar y justo después de acabar la oración el dolor desapareció. Desde entonces no ha vuelto a tener problemas. El médico estaba asombrado de que la enfermedad hubiera desaparecido.

Este sacerdote vive ahora en Roma y, gracias a este favor, tiene mucha devoción al Beato Josemaría y trata de difundirla.

A punto de irme de este mundo (Perú)

¡Gracias una vez más, Padre amado!

Soy una carmelita descalza. El día 14 de junio de 1993 tuve un accidente cardiovascular que me hubiera dejado inválida para el resto de mi vida. Eran las 3.30 de la mañana, y había perdido el conocimiento más o menos durante 20 minutos.

Cuando lo recobré, me di cuenta de que las hermanas rezaban a mi lado oraciones y jaculatorias como para partir a la eternidad. Yo las repetía interiormente.

Hubo un momento en que me quedé completamente sola y entró alarmada una hermana y no sabiendo qué hacer, vio en mi mesa de noche la estampa de Monseñor Josemaría Escrivá, cogió la estampa y me empezó a frotar los labios y el cerebro, dejándome la estampa amarrada en el cerebro, pues yo tenía la lengua totalmente trabada y no podía pronunciar palabra. Desde ese momento, noté que, poco a poco, se me desataba la lengua y de rígido que tenía el cuerpo se me ablandaban los miembros y me podía mover, de manera que el médico que se presentó ya a las 6.30 a.m. me encontró ya hablando, aunque aún defectuosamente. La presión arterial, que la tenía bajísima, se fue normalizando.

Tuve que guardar reposo por prescripción médica y tomar las medicinas correspondientes, pero mi Padre me hizo sentir muy bien y le doy infinitas gracias, lo mismo a las oraciones de sus hijos que apenas supieron que me encontraba mal, me encomendaron a su intercesión, y mis hermanas que elevaron también sus oraciones por mí. Ahora me encuentro muy bien.

¡Gracias mil, Padre amado! Pido una vez más que subas pronto al honor de los altares, en categoría de santo. Te debo mi vida.

LA ORACIÓN DE LOS NIÑOS

El Fundador del Opus Dei escribió en Camino que «después de la oración del Sacerdote y de las vírgenes consagradas, la oración más grata a Dios es la de los niños y la de los enfermos»[20]. De la eficacia de esa oración de los más pequeños dan testimonio los siguientes favores.

Que se confesara mi amiga (España)

Tengo una amiga de mi edad (10 años) que no se confesaba muy frecuentemente, y eso me daba pena. Entonces pensé en rezarle la estampa a Monseñor Josemaría.

Antes de ello, le informé a mi hermana de mi propósito y me dijo que se cumpliría, porque Monseñor Josemaría quería que la gente se confesara: que sí, que le rezara.

Le recé la estampa dos veces, con mucha atención. Al domingo siguiente fui a llamar a mi amiga para ir a Misa como siempre hacemos, y entonces le pregunté que si a la hora de siempre, y me dijo que, como quería confesarse, tenía que salir de casa antes, para así darle tiempo.

La verdad es que Monseñor Escrivá se portó muy bien conmigo.

Imposible, Padre, que no me haga el favor (Colombia)

Estoy en el Gimnasio Moderno un colegio muy grande. Mis papás me dan plata para comprar dulces en la tienda del colegio.

El viernes le pedí a mi papá más plata de lo de costumbre. Me la dio y fuera de lo que me dio, teníamos un paseo y había que pagar el transporte.

Cuando fui a pagar no había plata en mi chaqueta. Me salí de la clase, hice el recorrido por donde había entrado; nada, no estaba caída.

Entonces le dije al Padre que por favor me ayudara a encontrarla, porque ya sabía yo que alguien la había recogido sin saber de quién era. Le pedía con mucha fe, no porque mis papás me regañaran, sino porque tenía que pagar ese transporte, y le dije al Padre: "Padre, usted tiene que hacerme aparecer esa plata". Ya estaba yo triste de pensar que se había perdido, pero le seguí pidiendo al Padre, y le repetía: "Imposible, Padre, que no me haga el favor".

De pronto vi que uno de once años me dijo: "Oiga, ¿esa plata que está caída no es suya?" Volteé a mirar: era mi plata; era imposible que apareciera.

Le di las gracias al Padre y mi abuelita me dijo que escribiera el favor, pero mi letra no es muy buena, y le dije a ella que lo hiciera. Cuando le conté a mi abuelita se puso feliz. Todos mis hermanos lo queremos mucho. Yo a donde voy llevo la estampa, y en la noche la pongo en mi mesa de noche.

En el parvulario (El Salvador)

En una pre-primaria de San Salvador, nos contaron que en una clase, la maestra con los niñitos empezaron a rezar una novena al Beato Josemaría para que apareciera un niño que habían secuestrado hacía un año. Al octavo día, uno de los pequeños comentó: "Hoy la mamá de fulanito está todavía llorando, pero mañana ya no, porque terminamos la novena y va a aparecer".

La maestra comenzó a sufrir y a pensar qué explicación les iba a dar a los niños pues era muy poco probable que el niño apareciera.

Y, efectivamente, al niño lo soltaron el día que terminaron la novena. La maestra estaba de lo más conmovida.

Que mi papá se acerque más a Dios (México)

Hace un mes y medio conocí al Beato Josemaría, a raíz de que ingresé al Centro escolar Cedros a 2º de secundaria. Desde entonces le encomiendo todos los días con la oración de la estampa que mi papá se acerque más a Dios, haciendo una buena confesión y rezando más.

Poco a poco he ido planteando a mi papá temas de vida espiritual que vamos tratando en el Colegio. Al principio se resistía un poco, dándome argumentos como "que Dios ya lo había perdonado sin confesarse", etc.

Yo seguía rezando la estampa del Beato Josemaría todos los días por esta intención, hasta que accedió a que rezáramos diariamente en familia el Santo Rosario. Semanas más tarde aceptó confesarse y salió muy contento y removido, asistimos a Misa, comulgamos juntos todos los días y en mi casa estamos todos muy contentos y agradecidos con el Beato Josemaría por este favor tan grande.

Además, le sigo pidiendo que en mi familia seamos constantes en la vida de piedad, y no sea una simple llamarada de petate.

¿Vos querés un hermanito? (Argentina)

Uno de mis hermanos llevaba ocho años de casado. A pesar de muchas consultas a distintos profesionales, mi cuñada no quedaba embarazada.

En unas vacaciones otro hermano mío que es sacerdote, al pasar por Rosario, que es donde ellos viven, les dio una estampa del Beato Josemaría, con reliquia, diciéndoles que le pidieran ese hijo que tanto querían. Justo ellos viajaban a pasar sus vacaciones en Mendoza, una de las ciudades turísticas más lindas de la Argentina. Mi hermano rezó una novena al Beato Josemaría. Y mientras estaban en Mendoza, mi cuñada confirmó su embarazo. Fueron a festejar a un restaurant muy lindo, brindaron, estaban tan contentos que el mozo que los atendía terminó por enterarse del motivo. Y el Beato Josemaría tuvo un detalle más: cuando pidieron la cuenta para pagar, les contestaron que los invitaba la casa. A los nueve meses nació Matías, un bebé amoroso.

Cuando Matías casi iba a cumplir tres años comenzó, primero a pedir y luego a suplicar insistentemente hasta con llanto, que quería hermanitos. Acudía a decírselo a su padre y a su madre una y otra vez.

Al fin su padre, un poco impaciente, le puso en las manos una estampa del Beato Josemaría, diciéndole: "¿Vos querés un hermanito? Pedíselo vos". Y ahí lo dejó. No sé cómo Matías se lo habrá pedido a nuestro Padre. Pero quedó convencido que los tendría.

Después de once años de casados mi cuñada está embarazada por segunda vez. Le dieron la noticia a Matías y mi hermano, bromeando, le preguntó: "¿Ahora qué querés, definite (bromeando), hermanito o una hermanita?". Y el chico contestó: "hermanito y hermanita".

El 24 de diciembre mi cuñada me llamó a Buenos Aires, donde vivo, para darme la primicia, de la noticia que comunicarían esa Nochebuena al resto de mi familia. Me contaron que el día anterior, en la ecografía, se veía que no esperaban un hijo, sino que eran dos.

MADRES CON FE

La increíble historia de mi madre (Estados Unidos)

La historia comienza hace como tres años (verano de 1990) cuando mi madre tuvo una caída muy peligrosa. Se había caído por la escalera, todo un piso, y se había herido seriamente. Pasó mucho tiempo en cuidados intensivos. Más tarde, parecía que había tenido el tipo de caída de la que uno no se recupera del todo.

Tengo que decir que mi madre es una persona un poco diferente y única. Madre de nueve hijos, además de haber cuidado siempre de la familia y especialmente de habernos transmitido una fe muy sólida (con la ayuda de mi padre), toda su vida la ha dedicado a hacer obras de caridad. Es famosa en Filadelfia por su estupenda capacidad de organizar eventos de caridad con mucho éxito para muchas causas muy buenas. Sabe que Dios le ha dado este talento y lo utiliza. Además, es muy activa en el movimiento Pro-Vida. También trabaja a tiempo completo como agente de Bienes Raíces.

La historia se traslada ahora al verano de 1992. Por algún tiempo, uno de los tobillos de mi madre (creo que el izquierdo) se le había estado hinchando. Estaba mucho más grande que el otro. Mi padre, que es médico, le recomendó que fuera a ver a un cirujano ortopédico amigo suyo. El doctor no pudo diagnosticar nada concreto. Mi madre fue a ver a otro experto, y a otro, y a otro, etc., no sé con seguridad el número exacto de médicos que mi madre visitó. Nadie podía explicar por qué su tobillo estaba hinchado. Ellos suponían que, de alguna forma, el accidente de mi madre estaba conectado a la hinchazón del tobillo, pero no estaban seguros y no podían verificarlo.

En medio de todo esto, mi madre notó que tenía un bulto en la espinilla de su pierna hinchada. Fue a un dermatólogo quien, con seguridad, diagnosticó el bulto como un tumor canceroso. No era algo peligroso. El procedimiento para quitarlo era lo de menos; el problema, dijo el dermatólogo, era que no podría remover el tumor mientras tuviese la pierna tan hinchada.

Soy miembro del Serra Club en Filadelfia. En el verano de 1992 un profesor de Teología Moral del Seminario de San Carlos, en Filadelfia, miembro del Opus Dei, dio una charla en uno de los eventos que organiza el Club. Nos habló acerca del Opus Dei y del Beato Josemaría Escrivá. Yo había oído hablar del Opus Dei antes, y también había ido a unos retiros, una o dos veces en esos últimos años.

Al final de la charla dijo que tenía unas estampas del Beato Josemaría Escrivá y nos animó a que rezáramos la oración si algún día teníamos alguna petición importante que hacer. Él dijo que la oración de la estampa era muy poderosa. Yo pensé en mi madre y tomé la estampa. Mi madre había sido siempre muy fuerte. Ella ha sido siempre un ejemplo profesional para mí. Me costaba mucho verla sentada con la pierna levantada sin poder caminar y con un cáncer, también en la pierna, que no se podía quitar.

Un viernes por la tarde hice ocho fotocopias de la estampa. Sabía que ese fin de semana vería a todos mis hermanos en la casa de mis padres en Avalon, New Jersey. Discretamente hablé con cada uno de ellos y les di la fotocopia de la estampa. Nunca le dije a mi madre lo que estaba haciendo. A ellos les dije que no quería alarmar a nadie, pero que estaba preocupado por la condición de mi madre y la dirección en la que iba. Todos estaban de acuerdo conmigo. Somos una familia creyente. Le pedí a cada uno que dijese la oración una vez al día para pedirle a Josemaría que intercediera por mi madre y se recuperara.

Durante siete meses traté con mucho ahínco de rezar la estampa todos los días. Creo que me olvidé de decirla una o dos veces durante este período. Me enojaba y trataba de reponer la oración. Tengo un hermano menor que está estudiando para ser sacerdote en el seminario de San Carlos en Filadelfia. Me parece que él también hizo lo mismo que yo. De los demás no sé con exactitud si rezaban la estampa todos los días. De cualquier forma, sé que ellos la decían por lo menos espiritualmente de una forma u otra. Ahora mi narración se hará un poco técnica.

Le rezaba a Josemaría todos los días y le pedía que disminuyese la hinchazón del tobillo de mi madre para que pudieran quitarle el tumor canceroso. Nunca recé para que el cáncer desapareciera. Yo le rezaba al Fundador y también a Nuestro Señor y a su Santísima Madre, y les pedía que escucharan a Josemaría. También les pedía que ayudaran a mi madre. Empecé a hacer estas peticiones desde agosto de 1992 hasta marzo de 1993, junto con mis hermanos y hermanas, y sus esposos.

En marzo de 1993 estaba en la cocina con mi madre cuando me dijo, como de pasada: "Por cierto, ¿supiste que me han quitado el cáncer?" (Ella es así, nunca habla de sí misma). En ese momento sentí escalofríos y le dije que no. Entonces le comenté: "Pensaba que la hinchazón tenía que desparecer primero". Me contestó: "Es que hace unos meses, por una razón inexplicable, también la hinchazón desapareció. Era muy extraño, pues al dermatólogo también le costó mucho trabajo encontrar el tumor canceroso para cortarlo. Pero de todos modos cortó una pulgada, para asegurarse".

Yo estaba profundamente feliz, y supe en ese momento que el Beato Josemaría había respondido a mis oraciones. Al mismo tiempo, permanecí con mucha calma. Todavía no le había dicho nada a mi madre. Un día en el trabajo decidí que realmente le debía a Josemaría explicarle a mi madre lo que había sucedido. Esa misma noche fui a la casa de mis padres y le dije a mi madre todo lo que había hecho. Se conmovió y lo apreció mucho. Ella creía en su corazón que realmente se había curado gracias a alguna intercesión.

Después le pregunté algo muy específico: "Mamá, necesito saber. ¿El cáncer, realmente estaba todavía ahí o había desaparecido?" Ella me dijo que no lo sabía, que tendría que verlo con el médico. Al día siguiente, le llamó y el doctor le dijo que no estaba seguro, pero que los resultados del laboratorio les darían la respuesta. Días después, mi madre volvió al médico para que le removiera las puntadas de la herida. Su cita fue inolvidable.

Primero el doctor le explicó lo que tuvo que hacer para removerle el cáncer, y que fue tal el trabajo que le había costado encontrar el lugar preciso, que tuvo que ir a ver los resultados del diagnóstico para encontrar el sitio. Los resultados del laboratorio también salían negativos. El cáncer había desaparecido y eso era extraordinario.

El doctor le enseñó a mi madre los dos resultados del laboratorio: el primero donde decía que tenía cáncer, y el segundo donde decía que no lo había. No había explicación científica para el suceso.

Esto ocurrió hace aproximadamente dos meses. He sabido en mi corazón desde ese momento que tenía que escribir este testimonio. Ahora rezo todos los días en agradecimiento al Beato Josemaría por haber intercedido por mi madre, y también agradezco a Nuestro Señor y a Nuestra Santa Madre María por escuchar las peticiones del Beato Josemaría.

Toda una vida rezando (Guatemala)

En el mes de octubre de 1980, supe del Beato Josemaría. Una vez le pregunté a un sacerdote amigo mío por el Beato Josemaría y él me explicó bien quién era, y me dijo: "Si a ti te gusta, rézale". En ese tiempo ya llevaba tres años asistiendo al grupo de jóvenes de la Divina Providencia y, cuando el sacerdote me platicó, yo ya había optado por llevar siempre la estampa.

En 1986 me casé: un matrimonio sencillo, pero con amor; teníamos tanta ilusión por ser papás que se nos hacía larga la espera.

En 1987 nació nuestro hijo, un varón de cinco libras, prematuro, pero sano. A los cinco días, me di cuenta de que estaba amarillo y regresé al hospital; me dijeron que con el sol se le pasaría, pero a los once días cayó en coma y lo llevamos de nuevo al hospital. Casi muere.

Allí recé por primera vez la estampa y le pedí al Beato Josemaría que me dejara a mi hijo como fuera, y así lo hizo: al mes, salió del hospital, con la flora intestinal lavada y tomando leche de soja, pero se repuso con muchos cuidados.

Sin embargo, el niño lloraba mucho y acudimos al pediatra; nos dijo que tenía parálisis cerebral, a consecuencia de la enfermedad que lo había puesto amarillo. Esto fue un golpe durísimo, pero el doctor nos dijo que, aparte de la parálisis, estaba sano y que el llanto se debía al mismo descontrol que la parálisis le provocaba.

Lo llevamos a casa y, conforme se iba desarrollando se veía lindo, pero cuando salía el sol no cerraba los ojos; otro día, lo llevé a una fiesta y él se durmió, aunque tenía el amplificador del sonido cerca. Esto me llamó la atención y consulté al pediatra; él me refirió a un neurólogo y éste me envió a hacer pruebas visuales y auditivas. Estas pruebas eran carísimas; mi esposo estaba sin trabajo, pero se las hicimos y dimos cheques prefechados como pago.

El resultado de los exámenes fue que tenía ceguera total a causa de una rotura en el nervio óptico; el nervio auditivo se encontraba en las mismas condiciones, de modo que ni con operación tenía solución. El neurólogo, una gran persona, nos dijo que le pidiéramos con fe a Dios y que él haría la obra.

Cuando yo me fui de la clínica, toda desconsolada y triste, en la camioneta, leí la estampa y le pedí con gran fuerza al Beato Josemaría que nos ayudara, que le diera vista y oído al bebé. Al llegar a casa, conté lo que el médico me había dicho; mi esposo estaba partido y, encima, no teníamos para pagar los exámenes médicos.

Nosotros teníamos una pequeña tienda, el único ingreso en ese momento; por la tarde, al contar la venta, alcanzaba la mitad de los gastos y una tía llegó y nos dio lo que faltaba para completar la suma. Mi esposo me dijo: "Ya tenemos el dinero" y yo le dije que rezáramos la estampa. La rezamos al día siguiente, y, cuando me acerqué a ver al bebé, me sonrió; yo no lo podía creer, se lo dije a mi esposo y le sonrió también. Cuando llamamos al doctor, nos dijo: "¡Tráiganlo!", y lo examinó y dijo: "En realidad, es un milagro". Y así fue como el Padre me ayudó.

En 1989, yo ya había conseguido plaza como maestra en el Estado y estaba trabajando. Me llamó mi mamá y me dijo que el niño estaba como muerto. Yo, desde donde estaba, le di indicaciones a mi mamá para el médico y me puse a rezar la estampa pidiendo que no fuera grave; gracias a Dios, fue una convulsión que pasó sin más y, desde entonces, el niño toma una medicina.

En agosto de 1989 me enfermé con bronquitis y tuve problemas de oxigenación, de modo que me tuvieron que internar. Mi médico sólo atiende en el Centro Médico y ya temíamos poder pagarlo, pero recé la estampa y salí muy bien, tanto que ya nunca más me molestó.

En ese mismo año, me inscribí a un curso de Administración del Hogar I en Junkabal, una escuela para obreras, y conocí a dos señoras del Opus Dei que me dieron a conocer mejor al Beato Josemaría. También asistí a una convivencia.

En abril de 1990, hacia Semana Santa, el niño se me enfermó de úlcera sangrante y tuvo que ser internado; no paraba de sangrar hasta que le cauterizaron la úlcera. Recé mucho la estampa y el Beato Josemaría me ayudó a pagar el Hospital, pues me salieron nuevos contratos en un pequeño negocio que tenía.

En febrero de 1991 me di cuenta de que estaba esperando un bebé. Fue un embarazo con problemas de pérdidas y dolores, y no crecía el bebé del modo adecuado; al sexto mes, el doctor se dio cuenta de que tenía un tumor en el útero. A los ocho meses, nació una niña de tres libras y yo tenía cáncer en tercer grado, pero seguí rezando mi estampa y todo salió bien.

En febrero de 1993, mi hijo mayor volvió a enfermar: se le gangrenó el intestino delgado y tuvo peritonitis. Por su parálisis, lo tenía que atender un especialista; no me lo recibían en ningún hospital público y lo llevamos al Bella Aurora.

Cuando lo ingresamos, sabíamos que era carísimo y no teníamos nada más que mi sueldo y el de mi esposo, pero el niño estaba grave, lo operaron y quedó paralizado. Pasaron 48 horas y dijeron que tendrían que operar de nuevo; no salía de la parálisis, y los médicos perdieron las esperanzas cuando pasaron 72 horas de la segunda operación.

La cuenta del Hospital iba subiendo y el niño seguía igual; esa tarde, pedimos el saldo y la cuenta estaba en cero: no sabemos quién pagó los 100.000 quetzales al contado, con recibo a nombre del nene.

Esto era un alivio, pero el niño seguía igual; los médicos y, hasta el sacerdote, aconsejaron quitar los aparatos a los que estaba conectado, y entonces rezamos la estampa y le pedimos a Dios que se hiciera su voluntad, que se lo entregábamos, que era suyo, que lo aliviara. Eso fue el sábado, al mediodía; por la noche, él volvió en sí: ¡un milagro!

Una persona siguió llevando sus donativos, y la descripción que la cajera daba de esa persona coincidía con la del Beato Josemaría. Nuestra situación económica, a pesar de la gran ayuda, fue crítica, pero gracias a Dios y al Beato Josemaría, salimos de la deuda del Hospital; tan sólo nos queda la hipoteca de la casa.

Yo estaba esperando mi tercer bebé. Algo que nadie cree es que yo, con cáncer, haya tenido otro embarazo, pero éste fue el mejor: a pesar de tanto nervio y penas, desvelos y llanto, fue lindo, hasta el séptimo mes, en que, de un momento a otro, el bebé dejó de moverse.

El médico me dijo que me aplicara hielo en el vientre, pero no surtió efecto; entonces me dijo: "La opero a las 7:00 a.m.", y cuando le pregunté por qué, me dijo que era probable que el bebé ya hubiera muerto.

Me ingresaron y desde las 9.00 p.m. no noté ni un solo movimiento. Antes de ser operada recé la estampa; en el quirófano, cuando el doctor me dijo que no podía sacar al bebé porque había mucha hemorragia, le pedí al Padre que intercediera para que el bebé naciera, y, al ratito, el doctor me dijo: "Es un varoncito y está vivo". Yo salí "rebién" de la operación.

Algo que había olvidado decir es que mi esposo, después de dos años de casados, se había puesto haragán, y sucio en su aspecto; se quedó sin trabajo cuando nació la nena y no buscaba otro, era yo quien lo mantenía. Así pasó un año, y hasta había pensado en dejarlo, pero una amiga me dijo: "De cinco esposas con problemas, cuatro no logran salvar su matrimonio; tú no vas a ser de ésas, encomienda a tu esposo y reza". Y, en realidad, él cambió por completo: ahora es responsable, trabaja mucho y es cariñoso...

Hace poco volví a Junkabal a recibir unos cursos para distraerme, porque me atormenta la deuda de la casa, y una de mis amigas me pidió que escribiera todos estos favores, pero algo raro pasó: estaba a punto de terminar el escrito, cuando me quedé dormida y soñé que el Beato Josemaría me decía que aún no era la hora y entonces me desperté y me levanté, como si alguien me lo hubiera dicho.

Salí y me dirigí al cuarto del nene y él se estaba ahogando, no sé en realidad por qué motivo, y quedó inconsciente. Pasó 48 horas así, pero volvió a estar bien, mejor que antes, por eso lo escribo.

Dicen que el Beato Josemaría me consiente, yo creo que lo que pasa es que le doy mucho la lata al pedir y, para que no moleste, me hace caso.

No sé qué te pasa, pero rézale a este santo (España)

Por el presente escrito, quiero dar cuenta, aunque un poco tarde, de un milagro que hizo el Beato Josemaría Escrivá de Balaguer, al cual desde lo más profundo de mi corazón, le pido que me perdone, por no haberlo hecho antes.

Paso a contar los hechos: en septiembre de 1992, operaron a mi esposo a corazón abierto. La operación duró 9 horas y según el dictamen de los médicos, no duraría mucho tiempo con vida. La operación había sido muy difícil, ya que le operaron de las tres coronarias.

Durante un mes se debatió entre la vida y la muerte. Yo estaba desesperada porque no sabía a quién rezar y pedir por su salud. Había hecho toda clase de promesas por él, y cuando el cirujano dijo que no había salvación, yo creí morir.

Una mañana, la herida del pecho no dejaba de supurar, así estuvo durante 25 días, hasta que el médico me dijo que había que volver a operar si esa herida no dejaba de sangrar, pero que sería bastante delicada otra vez la operación y no sabría decir el resultado.

Bajé a la capilla y estaba vacía. Delante del Cristo que hay allí, me puse a llorar desesperadamente. Empecé a hablar con Dios, y le dije: "Señor, no sé a quién pedir por mi marido; él tiene que vivir, su hijo y yo lo necesitamos. Necesito que me ayudes; dime a qué santo podría hacerle una novena o pedirle que me ayude y que a mi marido no lo tengan que operar otra vez, por favor, dime a quién le rezo por &eacu