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FAVORES QUE PEDIMOS A LOS SANTOS

200 relatos en vivo de la intercesión de San Josemaría

Pbro.Dr. Flavio Capucci (postulador de la causa)

Presentación de Mons. Joaquín Alonso

SUMARIO

PRESENTACIÓN (Mons. Joaquín Alonso)

NOTA DEL AUTOR

I A FAVOR DE LAS FAMILIAS

MADRES E HIJOS

MATRIMONIOS EN PELIGRO

RECIBIENDO UNA NUEVA VIDA

LOS HIJOS NO LLEGABAN

LOGRARON CASARSE

II ENFERMEDADES PEQUEÑAS Y GRANDES

CASOS DIFÍCILES

LEVES PERO MOLESTAS

CASOS DE SIDA

EN LA FRONTERA DEL ALMA Y EL CUERPO

III VIDAS DIFÍCILES

GENTE CON PROBLEMAS

ATRAPADOS POR LA DROGA O EL ALCOHOL

PROBLEMAS CON LA JUSTICIA

PONIENDO PAZ ENTRE LA GENTE

APUROS VARIOS

IV EN EL TRABAJO PROFESIONAL

SIN TRABAJO

BUSCANDO UN EMPLEO MEJOR

APUROS Y EMERGENCIAS EN EL TRABAJO

EMPRESAS CON DIFICULTADES

AGOBIOS DE ESTUDIANTES

V LO MÁS IMPORTANTE

VOLVER A LA IGLESIA

AL FINAL DE LA VIDA

EN LA VIDA CORRIENTE

BUSCANDO LOS MEDIOS PARA AYUDAR A OTROS

DEFENDIENDO VALORES

VI ACCIDENTES Y PELIGROS

VIVOS DE MILAGRO

PRÁCTICAMENTE ILESOS

INSECTOS TEMIBLES

NIÑOS EN PELIGRO

PRESENTIMIENTOS

SALVADOS DE UN GRAVE RIESGO

VII DOS POR UNO

VIII EN MANOS DE LADRONES Y OTROS DELINCUENTES

NUNCA ES TARDE PARA ARREPENTIRSE

EN PELIGRO DE PERDER LA VIDA

COSAS ROBADAS

IX DE ANDAR POR CASA

APARATOS ESTROPEADOS

AMAS DE CASA EN APUROS

A VUELTAS CON LA CASA

OBJETOS PERDIDOS

SERVICIOS PÚBLICOS

MENUDO DESPISTE

X GENTE QUE REZA

AYUDANDO A LOS SACERDOTES Y RELIGIOSOS

LA ORACIÓN DE LOS NIÑOS

MADRES CON FE

DEL LÍBANO A LA SELVA BRASILEÑA

GENTE HONRADA

 

 

NOTA DEL AUTOR

En torno a la figura de San Josemaría Escrivá ha cristalizado, desde el mismo momento de su muerte, un auténtico fenómeno de piedad popular del que se puede decir que está empedrado el itinerario de su causa de canonización. Constituyen su expresión más significativa los más de 120.000 testimonios firmados de favores espirituales y materiales obtenidos a través de su intercesión ante Dios.

Al acercarse la canonización de Josemaría Escrivá, surgió la idea de publicar algunos de esos relatos, pues las experiencias tangibles de la misericordia divina que refieren son un patrimonio de fe vivida que merece ser compartido por todos los cristianos. El resultado es este libro, en el que se han transcrito, con fidelidad a los originales, algunas de las cartas conservadas en el archivo de la Postulación. Se han eliminado los nombres de los firmantes y la indicación de la ciudad de procedencia, para salvaguardar la intimidad de sus protagonistas. Abarcan un periodo de veintisiete años: desde el fallecimiento de San Josemaría, el 26 de junio de 1975, hasta su canonización, el 6 de octubre de 2002. Por eso, las narraciones usan distintos tratamientos para referirse a él: Siervo de Dios, Venerable, Beato... que corresponden a las distintas fases que atravesó su causa de canonización. Otras personas le llaman simplemente el Padre, o nuestro Padre, porque se sienten hijos de su oración y vida santa.

Por dos motivos he pedido a Mons. Joaquín Alonso un texto de presentación: por una parte, porque desde hace años es Consultor Teólogo de la Congregación para las Causas de los Santos y posee, por tanto, un profundo conocimiento de las implicaciones existenciales del misterio de la santidad en la Iglesia; por otra, porque ha sido durante mucho tiempo uno de los más directos colaboradores de San Josemaría en el gobierno del Opus Dei, lo que le ha permitido experimentar en primera persona su paternidad espiritual.

Mons. Flavio Capucci

 

 

PRESENTACIÓN

En este mundo, los santos han vivido para amar a Dios y a los demás, imitando a Jesucristo que «pasó haciendo el bien»[1]. Pero cuando llegan al cielo, como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, «no dejan de cuidar de aquellos que han quedado en la tierra. (...) Su intercesión es su más alto servicio al plan de Dios. Podemos y debemos rogarles que intercedan por nosotros y por el mundo entero»[2].

Parece, en efecto, que en el cielo Dios les concede la posibilidad de continuar la misión que cumplieron aquí abajo, pero aún más fecundamente. "Desde el cielo os podré ayudar mejor", nos decía San Josemaría al final de su vida, a la vez que nos pedía que rezáramos por él, para que se "saltara" el Purgatorio.

Agradezco a Mons. Flavio Capucci, Postulador de la Causa de canonización de San Josemaría Escrivá de Balaguer, que me haya pedido prologar este libro, testimonio vivo de esa promesa de San Josemaría. Después de más de 20 años trabajando cerca de este santo, he comprobado que tenía razón. Fue enorme la ayuda de su vida santa a quienes le rodeábamos y a tantos millones de personas a través de sus libros. Pero desde que dio el salto al cielo, su ayuda se ha multiplicado y ha llegado a una inmensa multitud de corazones, por obra de su intercesión ante Dios por las necesidades, grandes o pequeñas, de muchas personas. Y lo más interesante: que si intercede, por ejemplo, para que una chica encuentre la lentilla que perdió en el autobús, toca, a la vez, ese corazón, para que dé entrada a Jesucristo.

La misión que Dios confió a Josemaría Escrivá de Balaguer, el 2 de octubre de 1928, fue fundar el Opus Dei, un camino de santificación a través del trabajo profesional y del cumplimiento de los deberes ordinarios del cristiano[3], por medio del cual el Señor quería recordar que todos los fieles pueden y deben ser santos; también la "gente corriente": casados o solteros, de cualquier profesión honrada, enfermos y sanos, jóvenes y viejos, pobres y ricos. Por eso estoy convencido de que San Josemaría sigue desempeñando esa misma misión desde el cielo: ayudar a muchas personas a encontrar a Jesucristo en medio de los problemas, las ilusiones, los dolores y alegrías de la vida cotidiana. Con Jesucristo, el panorama archisabido de todos los días adquiere una inesperada novedad, una grandeza insospechada, al ser iluminado por el amor redentor de nuestro Señor.

Para ayudarnos a descubrir esta perenne novedad que la luz de Cristo proyecta en el trajín de todos los días, San Josemaría sigue "intrigando" desde el cielo, sigue enseñándonos a amar. Y se vale de favores, grandes o pequeños, que son la envoltura de una llamada de Dios al alma. Del hallazgo de la lentilla o de la maleta perdida, o de la curación de una anorexia, se pasa a un encuentro inesperado con Jesucristo. Y me parece que en el fondo esto es lo que anda tramando San Josemaría desde el cielo.

Leyendo las cartas que relatan las gracias obtenidas por la intercesión de Mons. Escrivá, se observa una variedad asombrosa de situaciones: desde amas de casa agobiadas por un pequeño problema doméstico hasta drogadictos o gente que se encuentra al borde del suicidio. Algunas cartas narran historias tremendas: vidas destrozadas y sin aparente salida. Otras cuentan la lucha contra enfermedades como el SIDA, el cáncer o la depresión, o explican cómo una persona querida se ha librado de un fusilamiento, de un grave accidente de tráfico o de un secuestro. Hay quienes obtienen un trabajo, encuentran objetos perdidos, recuperan la paz de su hogar o superan un examen difícil. Además, en la mayoría se habla también de un acercamiento a Dios, a veces después de una vida muy alejada de la fe.

Proceden de personas muy diversas: desde religiosas de clausura hasta no cristianos. La grandísima mayoría de esas personas no pertenecen al Opus Dei y, en muchos casos, saben poco de esta prelatura personal de la Iglesia Católica y de su Fundador: han acudido a este sacerdote porque alguien les ha proporcionado una estampa o una Hoja informativa sobre San Josemaría.

¿Qué hay de común en estos relatos? Varias cosas. En primer lugar, tienen poco de "maravilloso": no hablan de fenómenos paranormales, clamorosos, aunque entre los favores obtenidos por intercesión de San Josemaría no faltan hechos científicamente inexplicables, en particular ciertas curaciones extraordinarias que han podido ser verificadas experimentalmente y de las que se han recogido algunas en otro libro[4]. Pero en general, insisto, los favores atribuidos a Josemaría Escrivá son muy... "normales". Hablan de una Providencia ordinaria de Dios, que cuenta con causas o acontecimientos explicables humanamente, aunque a menudo resultan sorprendentes. Y muestran cómo el favor recibido ha atraído a la persona a acercarse más a Jesucristo, a pensar quizá si estaba viviendo a fondo su vida cristiana.

Esa realidad cuadra mucho con el mensaje y el modo de ser del Fundador del Opus Dei, que fue un verdadero "apóstol de la vida ordinaria". Se consideraba "poco milagrero" y rehuía instintivamente todo lo que sonaba a "prodigio" o cosa "maravillosa". En Camino, su libro más difundido, escribió: «No soy "milagrero". —Te dije que me sobran milagros en el Santo Evangelio para asegurar fuertemente mi fe»[5]. Creía sobre todo en los milagros diarios de la Eucaristía, de los sacramentos, de la gracia. Desde el cielo, pues, ha continuado enseñando a descubrir a Jesucristo en la vida cotidiana, para que nadie confíe temerariamente en que Dios intervendrá «para resolver las consecuencias de la ineptitud o para facilitar nuestra comodidad. El milagro que os pide el Señor —señalaba en una homilía— es la perseverancia en vuestra vocación cristiana y divina, la santificación del trabajo de cada día: el milagro de convertir la prosa diaria en endecasílabos, en verso heroico, por el amor que ponéis en vuestra ocupación habitual»[6].

El aspecto que más me ha llamado la atención —como he dicho— es que los favores obtenidos por San Josemaría tienen casi siempre dos caras: no se limitan a resolver un problema, sino que dejan también una luz, un fruto espiritual en las personas que lo invocan.

Era también éste un rasgo muy suyo: la unidad entre la vida y la fe. Le parecía un contrasentido acudir a los santos para solucionar un problema y a la vez llevar una existencia alejada de Dios, sin el mínimo deseo de enmendarse. Actitud que, por desgracia, lleva a que algunas personas confundan la piedad con la superstición.

Todas las penas y congojas humanas están reflejadas en estos relatos. Unos resultan conmovedores, otros sorprendentes, pero todos hablan de la vida real, de situaciones que quizá el mismo lector haya tenido que afrontar alguna vez. Ofrecen también lecciones de fe y esperanza y permiten acercarse a tanta gente que anda por el mundo y que reza, con sus penas a cuestas y con la mirada en el Cielo. Son, en fin, una ventana sobre el mundo, sobre una humanidad que vive sus pequeños o grandes dramas bajo la mirada de un Dios que no se desentiende de nosotros.

Aunque a veces siga sus propios caminos para ayudarnos, el Señor nunca pasa de largo por nuestras necesidades: está siempre tendiéndonos sus manos. En una iglesia de Münster hay un Crucifijo, grande, de madera. Una bomba lo dejó sin brazos. Y se leen sobre la Cruz estas palabras: "Yo no tengo otras manos que las vuestras". Los santos son las manos de las que se vale Cristo para ayudarnos. Quizá este libro nos haga pensar que el Señor nos está pidiendo, también a nosotros, que le prestemos nuestras manos.

Mons. Joaquín Alonso

cap. 1

A FAVOR DE LAS FAMILIAS

—¿Por qué dice que bendice con las dos manos el amor humano?

Se lo preguntaron a San Josemaría en 1970, en México. Durante los años 70, hasta su fallecimiento, el Fundador del Opus Dei recorrió varios países de Europa y América, donde desarrolló una vasta labor de catequesis, predicando ante grupos diversos, en ocasiones de varios millares de personas. No se trataba de conferencias, mesas redondas o algo parecido. Eran reuniones de carácter familiar: tertulias, en las que la gente le preguntaba sobre diversos temas, relacionados con la vida cristiana.

En esas tertulias, la materia de conversación era siempre muy parecida. Cuando se encontraba entre personas casadas, a menudo le preguntaban sobre la familia, el matrimonio, la educación de los hijos, los problemas en el hogar... Sus respuestas ofrecían consejos de carácter general: no podía ser de otro modo —explicaba— porque desconocía las circunstancias concretas de su interlocutor y no era cuestión de sacarlas allí, a la luz pública... Pero, a la vez, proporcionaba orientaciones concretas que servían tanto al que había preguntado como a los demás. Provenían de un sacerdote que conocía muy bien lo que Dios pide a cada miembro de la familia: al marido y a la mujer, a los hijos, a los abuelos...

Su visión del amor humano limpio no podía ser más positiva: enseñó que el matrimonio es también una vocación cristiana, "un camino divino" para llegar a la santidad. Por eso, cuando le preguntaron en México por qué lo bendecía "con las dos manos" —ya que usaba esta expresión con frecuencia— San Josemaría respondió:

—Porque no tengo cuatro...

Ahora, como intercesor ante Dios, sigue velando por tantas familias que le confían sus problemas. Hay quienes le piden encontrar la persona adecuada para casarse; otros, que salve su matrimonio en peligro; muchos le ruegan para tener hijos, ante la imposibilidad física de lograrlo; hay padres que piden por sus hijos e hijos que rezan por sus padres. Como se verá por los relatos que siguen, San Josemaría concede muchos favores a las familias. Su bendición al amor humano está teniendo —así parece concedérselo Dios— una eficacia cuadruplicada.

MADRES E HIJOS

«El Beato en su vida fue humano y alegre y cercano a la juventud, creo que por eso no me ha decepcionado». Así escribe una señora española después de contar los sufrimientos que pasó con toda su familia, a causa de un hijo que tenía muchos problemas. Ella dice que este relato podrá ayudar a otras personas que estén en su mismo caso, «porque, por desgracia, pienso que hay muchas madres desesperadas que, si piden con fe y con constancia, serán escuchadas como lo fui yo».

Mi casa se volvió un infierno (España)

Soy una madre de familia de 61 años, tengo cuatro hijos, tres chicos y una chica. Hemos procurado criarlos y educarlos lo mejor posible, dándoles nuestro cariño y nuestro apoyo. Sin embargo, el segundo de mis hijos, que actualmente tiene 34 años, regresó de la mili como un despojo. No sé lo que allí sucedería, pero me figuro que nada bueno, pues mi hijo regresó bebiendo y consumiendo drogas.

Como consecuencia de todo esto hubo muchos disgustos familiares y mi hijo decidió con tan solo 22 años casarse. No estábamos de acuerdo, pues veíamos su inmadurez y el desastre que esto podría traer, como así sucedió.

Al año y medio hubo una separación que le llevó a una depresión grande. Se refugió aún más en todo lo nocivo —alcohol y drogas— y esto fue un caos. Fuimos a médicos, a psiquiatras, siguió terapias que siempre se quedaron a medias, nada funcionaba, su carácter fue cambiando a peor por momentos. Mi casa se volvió un infierno.

En el año 88 empezaron a darle ataques epilépticos y después de muchas pruebas se le detectó un tumor en el cerebro, un astrocitoma. Nuestra desesperación fue terrible, pues cada poco había que ingresarlo en la U.C.I. de Puerta de Hierro, donde los doctores hacían lo que podían. Mi hijo se había desequilibrado, pues verse con 28 años poco menos que desahuciado, ciertamente es muy duro.

A pesar de lo que le indicaban los médicos, él no hacía caso a nadie, ni dejó de beber ni de fumar y se fue lejos de nosotros.

Así estuvo cinco largos años, en los que apenas tuvimos trato. Sufrí mucho y recé mucho a la Santísima Virgen del Escorial, y sé que la Virgen me escuchó; pues en las últimas resonancias magnéticas que le hicieron, y debido a la radioterapia, el tumor era según mencionaban "apenas imperceptible". Por aquel entonces él se había unido a otra persona, con la que convivía y de la que, debido a su mal comportamiento, tuvo que separarse.

Esta nueva separación vino a empeorar la cosa, regresó de nuevo a nuestra casa, con la desaprobación y el disgusto de mis otros hijos, pues, aunque los resultados médicos eran mejores, al no llevar él a rajatabla las indicaciones de no probar el alcohol, tenía crisis epilépticas terribles, cada dos por tres, con el consiguiente disgusto de ver cómo se iba deteriorando.

Un día que yo salía de trabajar, cogí un taxi, y, qué cara de descompuesta no llevaría, que el conductor me preguntó qué me sucedía. El buen hombre me dio una estampa del Beato Escrivá de Balaguer y me dijo que le rezara. Puse la estampa junto a la foto de mi hijo y a la de la Virgen, y cada día rezaba y pedía.

Y así llegamos al año 94. Todo seguía peor. El 1º de noviembre cayó con una crisis que lo tuvo a las puertas de la muerte durante 26 días. Cuando salió del hospital no me lo creía. Fue entonces cuando le dije al Beato: "mira Beato, si tú logras que mi hijo, ahora que Dios y la Santísima Virgen me lo han devuelto, sea como antes, un niño estupendo y cariñoso, te prometo que lo haré saber, porque considero que, por desgracia, esto está tan perdido que se vería a ojos vistos que habrías hecho un gran milagro".

Y así ha sucedido. Desde aquel momento mi hijo mejoró, no volvió a probar el alcohol, se reintegró poco a poco a su trabajo, se ha vuelto cariñoso, agradecido, trabajador, pendiente de todo y de todos los problemas que pueda haber en la familia, es en fin como si un ángel se hubiera apoderado de su ser, es otra persona.

Sus hermanos, que al principio desconfiaban, están hoy encantados con él, ha vuelto a unir a la familia y a lograr que seamos felices de tenerle junto a nosotros.

Por eso, hoy me veo obligada con gran honor a decir que el Beato hizo un gran milagro, que no pararé de darle gracias y que yo propia diría que se le hiciera abogado de la juventud perdida.

Procuro comunicar a todas la personas que puedo el bien que he recibido, y pido que le recen para toda aquella persona que lo necesite. (...) Pues hoy es maravilloso repetir que, gracias a Dios y a la Virgen, con la intercesión del Beato Escrivá de Balaguer, he recuperado a un hijo y a mi familia. Que Dios nos bendiga a todos.

No conseguía aceptar un hijo así (Italia)

Quiero dar a conocer la ayuda que he recibido y que estoy todavía recibiendo del Beato Josemaría Escrivá. Tengo dos hijos guapísimos de diez y cuatro años. El mayor ha tenido, desde su nacimiento, ligeros problemas que han trastornado mi vida. Cuando comenzó a asistir a la escuela primaria, las cosas se precipitaron: hablaba poco, mal y tenía una inmadurez de dos años de diferencia respecto a sus compañeros.

Han sido cinco años duros, acompañados de un ir y venir a distintos especialistas; pero ninguno sabía indicarnos un tratamiento adecuado, porque el niño no tenía problemas de aprendizaje, sino de ejecución, de comportamiento y de inmadurez. Desde el segundo año de la escuela primaria tenía una profesora de apoyo para el italiano y las matemáticas, y el niño, aunque continuaba mejorando, estaba aún lejos de llegar al mismo nivel que sus coetáneos.

Entre sus crisis y, sobre todo, las mías y las de su padre; entre llantos y una mezcla de "odio-amor", llegamos al quinto año de la escuela, siempre con su profesora de apoyo y con los problemas habituales de inmadurez, concentración, ejecución lenta.

En casa ya no se podía vivir. No conseguía aceptar a este hijo, y menos a mi marido, a quien culpaba de que nuestro hijo presentase estos problemas. Hasta que, a finales de enero, recibí la Hoja Informativa nº 20. No la miré enseguida, pero la dejé sobre el mueble, al alcance de la mano. Una mañana, en plena crisis de abatimiento, la miré, y algo me movió a leer y a releer las cartas de los devotos al Padre. Entonces decidí rezar al Beato Josemaría, hasta que me hiciera aceptar con amor a mi hijo con todas sus deficiencias.

Pocos días después me sentí más serena y veía a mi hijo distinto; pensé decir la oración de la estampa con él. Por la mañana, después del desayuno, rezábamos al Padre para que me transmitiese a mí mucho amor para dárselo a mi familia y a él ayuda para superar sus dificultades.

En sólo tres mañanas su rendimiento escolar había mejorado notablemente. ¡Incluso las maestras estaban sorprendidas del cambio! Yo me sentía otra persona, y en casa había vuelto la armonía familiar. A mitad de febrero presenté los módulos de inscripción para la escuela secundaria y estaba en espera de una llamada de las profesoras para pedir de nuevo el refuerzo, también para los tres próximos años.

Mientras tanto, el niño "florecía": hablaba muy bien, sin trabarse, escribía cada vez mejor y traía a casa buenas notas (incluso A). El 23 de febrero fui a recoger las libretas escolares y, con gran sorpresa por mi parte, me informaban de que no necesitaría refuerzo en la escuela secundaria, porque ahora su único problema era la lentitud. Las profesoras me dijeron también que desde hacía veinte días el niño estaba transformado y ya no le reconocían.

He agradecido rápidamente al Beato Josemaría Escrivá lo que estaba sucediendo y he seguido rezando todas las mañanas con él. Finalmente, mi marido ha comenzado a rezar y a creer sin dudar. Hemos empezado también a ir a la parroquia a Misa, los cuatro juntos, sin sentirnos obligados y con serenidad.

Para acabar bien este favor, quiero contar que hace diez días, al regresar mi hijo del colegio, nos ha comunicado que no tendría clases de refuerzo ni siquiera este año, sino que se quedaría en clase con las profesoras y sus amigos. Las profesoras habían decidido hacerle seguir las clases porque el hecho de que uno sea lento no significa que deba ser tratado de modo diverso.

Estoy convencida de que todos estos cambios se deben a la intercesión del Beato Josemaría. Nosotros continuamos rezando y dando gracias. Cada mañana pedimos que permanezca cerca y nos ayude a mantener todo lo que hemos conseguido. Yo sé que él está siempre presente y, cuando me desanimo un poco, me dirijo a él con un pensamiento y una oración, y rápidamente estoy mejor.

Sin noticias de un hijo (Costa de Marfil)

Mi hijo estaba estudiando, desde hacía años, en Estados Unidos. Me enviaba noticias suyas a menudo, hasta que en cierto momento dejó de hacerlo. Ya habían pasado tres meses de silencio y no sabía nada de él, excepto que había cambiado de dirección. Naturalmente, esto me producía inquietud.

Una tarde de este mes de septiembre, mi hermana me regaló una estampa del Beato Josemaría Escrivá. Hacia las once de la noche, recé la oración para pedir al Señor que velara sobre mi hijo que estaba lejos y que me hiciera llegar noticias suyas.

Esa misma noche, hacia las tres, mi hijo telefoneó para decirme que todo le iba bien y para darme su nueva dirección. Ahí acabó mi intranquilidad. No se trató de una simple coincidencia, pues mi hijo nunca había llamado a las tres de la madrugada.

Doy gracias al Señor por haberme oído en tan breve tiempo, a través de la poderosa intercesión del Beato Josemaría.

MATRIMONIOS EN PELIGRO

Matrimonios rotos o a punto de romperse, problemas familiares complicados, que a veces parecen inamovibles por el tiempo transcurrido y por los sentimientos que provocaron: son algunas de las situaciones que se encomiendan a San Josemaría, implorando su intercesión. En varios casos, esa ayuda se dirige a los mismos interesados; en otros, San Josemaría pone en nuestro camino a un amigo fiel que nos ayuda diciéndonos la verdad. Con razón dice la Biblia que «un amigo fiel es una protección potente, quien lo encuentra, encuentra un tesoro»[7].

Siempre me ha impresionado comprobar cuántos matrimonios se habrán salvado a través de la intercesión de San Josemaría. Los relatos que aquí se recogen representan una mínima parte de los millares que se han recibido en estos años en las oficinas de la Postulación, y no son todos, pues bastantes de estos favores nunca llegarán a conocerse. Ya en vida contribuyó a que muchos hogares recuperaran la paz y la alegría, animando a que marido y mujer supieran perdonarse, quitaran importancia a los defectos y debilidades del otro, y aprendieran de nuevo a quererse. Pero en el cielo parece especialmente activo en este frente tan importante para la familia y la entera sociedad.

Un choque providencial (Uruguay)

Hace ya más de un año que mi hija, casada y con dos hijas, se empezó a llevar mal con su marido. Es psicóloga y lamentablemente desde un principio no estuvo bien asesorada por algunas colegas que le aconsejaban que se separase de su marido, alegando que ella estaba haciéndose un mal a sí misma y a sus hijas. Ella decía que ya no lo quería más y sostenía que su decisión era algo absolutamente irreversible. Se separaron y mi yerno se fue de la casa.

Ante esta situación, yo empecé a acudir a la intercesión del Beato Josemaría, pidiéndole que hiciera algo. Tanto la madre de mi yerno como yo, pedíamos por los dos, para que se recompusiera la situación. Mientras tanto mi yerno empezó a acercarse a Dios y a hablar con frecuencia con un sacerdote de la Obra.

La situación no parecía mejorar, hasta que un día vino mi yerno a decirme que mi hija le había pedido el divorcio. Entonces, ante tal noticia, me encaré con el Padre y rezando con fuerza la oración de la estampa con reliquia[8], le dije que él no podía permitir eso, que él bien sabía lo que era pedir y que tenía que hacer algo. Y me pasé prácticamente sin dormir esa noche, rezándole. Por momentos me preguntaba si mi actitud con el Beato Josemaría sería un poco atrevida, pero pensé que los hijos tienen derecho a pedir cosas a sus padres y yo, como hija, le estaba pidiendo una cosa buena.

A los pocos días volvía mi hija de un curso y se le descompuso el auto en la rambla. Fue a hablar por teléfono a casa de una amiga, para pedir auxilio al Automóvil Club. Le dijeron que esperara una hora y media. Al llegar al auto se encontró con un papel que le había dejado su marido, que casualmente había pasado por allí y había visto el auto descompuesto. Allí le decía que, si necesitaba algo, lo llamara. Ella fue nuevamente a llamarlo por teléfono y cuando volvió, le habían chocado el auto.

En ese momento llegó su marido, que le dijo que cuando ella lo había llamado, él le estaba escribiendo una carta con una estampa del Beato y que sin releerla se la había llevado para que ella la leyera en ese rato que esperaba el auxilio. Al ver el auto chocado, le estuvo ayudando y le dejó la carta. En esa oportunidad estuvieron hablando un largo rato y después él la llevó a su casa.

Ella me comentó que esa carta le había impactado mucho, porque veía que la actitud de su marido había cambiado y que ahora él reconocía sus errores y tenía una actitud más abierta. La lectura de la carta tuvo tal efecto en ella, que la llevó a interrumpir el trámite de divorcio. Luego de esto hablamos a fondo y por primera vez, noté que su actitud estaba cambiando, le aconsejé que siguiera hablando con su marido para ver si podría solucionarse el problema. De ahí en más empezaron a salir, a hablar, pero ella no se animaba a tomar decisiones, decía que tenía que pensarlo mucho, para no ilusionar a las hijas.

Yo, mientras tanto, seguía rezándole al Padre para que solucionara todo. Y finalmente el 9 de enero de este año, después de la Misa en la que pedí con especial fuerza que se decidieran de una vez, al llegar a mi casa, me dieron la noticia de que se había arreglado su matrimonio y que al día siguiente se iban de vacaciones a una ciudad del interior del país. Tengo la certeza absoluta de que este favor fue concedido a través de la intercesión del Beato Josemaría a quien ahora le encomiendo que aumente la familia.

Por continuos malos tratos (Colombia)

A mediados de 1977, una joven señora confió a mi patrocinio legal la causa de separación entre ella y su marido. Entre otras cosas, acusaba al cónyuge de continuos malos tratos verbales y físicos, y de echarla de casa a menudo cruelmente. En una de estas ocasiones, se presentó visiblemente afligida en mi despacho, para preguntarme cómo debería comportarse en espera de la resolución jurídica del suceso.

Después de haberle dado a conocer sus derechos y la normativa vigente, le propuse también —con gran sorpresa por su parte— recurrir a otro "abogado": le hablé del Beato Josemaría, y le mostré un ejemplar de la Hoja informativa y la estampa. Dijo que era católica, pero desde hacía ya bastante tiempo se había alejado de las prácticas de piedad. De todos modos, aceptó hacer una novena a Mons. Escrivá de Balaguer.

No habían transcurrido aún nueve días y de nuevo la encontré en mi despacho: esta vez me pidió, muy contenta, que suspendiera la acción legal. Había recitado devotamente la oración, dejando después hábilmente la estampa y la Hoja Informativa sobre la cómoda del marido.

Una noche lo vio leer atentamente el folleto y, desde aquel momento, notó en él un cambio profundo. Tres días después, el marido le preguntó: "Tesoro, ¿quién te ha dado aquel folleto sobre Mons. Escrivá de Balaguer?". "Un amigo. ¿Por qué?". "Porque este sacerdote te acaba de hacer un milagro. Te prometo que a partir de hoy seré un buen marido".

Recientemente mi ex-cliente me ha pedido otros ejemplares de la Hoja Informativa: quiere distribuirlos entre sus parientes y conocidos.

Se ilusionó con una compañera de trabajo (España)

Tengo una hija de treinta y dos años, casada, que reside fuera de nuestra ciudad. Lleva trece años de matrimonio y siempre les he visto muy unidos y felices. Tienen cuatro hijos preciosos.

De pronto, él se ilusionó con una compañera de trabajo, se lo contó a mi hija, y se fue a vivir con ella unos días.

Mi hija se vino a nuestra ciudad con las cuatro criaturas, para dejarle a él en libertad. Mi hija estaba al borde de la desesperación ya que, por desgracia, es indiferente en materia religiosa. Los niños sufrían mucho, sobre todo la mayor, de once años, que ya se daba cuenta.

Mi yerno y su amiga pensaron pedir plaza en otra capital para vivir juntos, ya que, donde les conocían, veían mal su situación.

Toda la familia sufrió muchísimo. Mi marido y yo comenzamos a hacer ininterrumpidamente novenas al Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer.

Mes y medio más tarde, mi yerno llamó por teléfono a mi hija, diciéndole que deseaba hablar con ella. Cuando todos pensábamos que venía para formalizar la separación, resultó que vino a reconocer su mala conducta, a pedir perdón y a decir que ya no se separaría de ella y de sus hijos. Efectivamente, desde ese momento viven felices, como al principio.

En la familia, nadie encuentra explicación: mi marido y yo sabemos que se trata de un favor que nos ha concedido Mons. Escrivá de Balaguer, a quien seguimos rezando para darle gracias.

¡Que papá y mamá no se separen! (Puerto Rico)

Hace varios meses recibí una llamada de mi madre. Se le escuchaba triste y con muy pocas ganas de luchar. Había decidido separarse de mi padre —tenían 30 años de matrimonio— ya que pensaba que aquella situación que atravesaban no la podrían superar. Días después, hablé con mi padre y me pidió que les encomendara de manera especial.

A medida que pasaba el tiempo las cosas se iban poniendo peor, y yo aumentaba el número de oraciones de la estampa del Beato Josemaría. En mis conversaciones con ellos, les aconsejaba que volvieran a la Iglesia, a recibir los sacramentos, a rezar, a luchar y a poner todo en las manos de Dios. Seguía pasando el tiempo y las noticias no eran nada favorables. Todo parecía indicar que el desenlance sería una separación definitiva. De mi parte, no cesaba de pedir a Dios a través de nuestro Padre por la conversión interior de los dos.

Mi madre entró en una crisis muy delicada. Ante semejante situación, mi padre reaccionó y comenzó a poner los medios humanos para salvar su matrimonio. Pero se daba cuenta de que esto no era suficiente. Entonces decidió confesarse y recurrió a la dirección espiritual, cosa que no ha dejado de hacer todas las semanas. Además de la Santa Misa dominical, asistía también entre semana, rezaba a diario el Santo Rosario y no dejaba de ponerle flores a la Virgen. Él insistía en poner un final feliz a la pesadilla que estaban viviendo. Mi madre seguía negativa, no quería perdonar.

Pasaron diez meses de aquella dolorosa llamada, cuando un buen día mi padre me dijo: "¡Ha ocurrido el milagro: tu madre y yo nos hemos reconciliado!"

RECIBIENDO UNA NUEVA VIDA

Son favores que, seguramente, San Josemaría tendrá especial alegría en conceder. Lo sugiere su gran amor al maravilloso don que Dios ha dado a los padres: la transmisión de la vida. Le llenaba de alegría conocer el heroísmo de tantos padres que, para acoger un nuevo hijo, deben afrontar serias dificultades o un ambiente contrario. Con fuerza y claridad repetía la doctrina de la Iglesia sobre el respeto a la vida desde la concepción. Y animaba a los matrimonios que no podían tener hijos, asegurándoles sus oraciones. Por eso, abundan los relatos que comunican gracias relacionadas con embarazos difíciles o con dificultades para tener hijos, como los que se pueden leer a continuación.

Después de haber perdido tres hijos (Austria)

Habíamos perdido a nuestros dos hijos a la vez —dos chicos, de cinco y tres años— a causa de una inexplicable e intratable encefalitis. Pocos meses después, nuestras esperanzas se habían visto destrozadas por un aborto.

La confianza volvió, al poco tiempo, con un nuevo embarazo. Sin embargo, éste estuvo amenazado por varias causas: peligro de aborto en el sexto mes, valores de glucemia —detectados por primera vez en la madre— por encima de lo normal y riesgo de parto prematuro cuatro semanas antes de la fecha. Finalmente —aunque se podía ver que el cordón umbilical estaba hecho un nudo— ¡el niño vino al mundo sin problemas!

Después del parto supimos que un conocido nuestro, médico, había pedido a menudo la intercesión del Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer, para que todo tuviese un buen final. Hasta ese día no habíamos oído hablar ni del Opus Dei, ni de este sacerdote santo.

Hace pocas semanas llegó a su buen término otro embarazo y nacimiento: esta vez hemos acudido nosotros desde el principio a la intercesión del Siervo de Dios. Tanto nosotros como nuestro amigo médico atribuimos el final feliz de ambos embarazos a la intercesión de Josemaría Escrivá. ¡Estamos muy agradecidos a Dios y muy contentos!

Nacerá el 26 de junio (El Salvador)

A continuación voy a contar un favor que el Beato Josemaría Escrivá hizo a mi hermana, que me pidió por favor que lo escribiera, para que pueda servir a otras personas a acudir con confianza al Fundador del Opus Dei para mayor gloria de Dios.

Mi hermana quedó esperando. Por el comportamiento de su cuerpo todo daba a entender que no estaba encinta. Pero ella tenía el convencimiento de que sí, pues una madre sabe cuándo lleva consigo al hijo que ya concibió.

Fue al médico, pero éste le dijo que no estaba embarazada, y ante la insistencia suya le hizo análisis, que dieron un resultado negativo. Como ella continuaba segura de que sí, consultó a otro médico que le dio el mismo diagnóstico que el anterior. Decidió esperar.

Cuando el embarazo ya era notorio, acudió nuevamente al médico, quien le dijo que debido a las hemorragias sufridas durante los primeros meses del embarazo, el niño no podía ser normal, por lo que lo mejor sería abortar ya que de nacer el niño no tendría huesos, sería como un costalito de carne.

Lloró mucho y acudió al Beato Josemaría con toda la fe que fue capaz de tener. Por el tiempo de gestación que llevaba, se dio cuenta que el niño debería nacer en junio, por lo que le dijo al Beato Josemaría: "Padre, usted me va a hacer el milagro que mi hijo nazca el 26 de junio"[9].

Empezó a tener un embarazo más o menos normal, sin dejar de pedir al Beato Josemaría que hiciera el milagro. Llegó el 26 de junio y como estaba segura de que el niño nacería ese día, normal y sano, pidió a su marido que antes de irse al trabajo la llevara al hospital; él no quería, pues ella se encontraba bien y sin ninguna manifestación de que el parto fuera a ser ese día, pero ante su insistencia y por complacerla la llevó.

Al llegar al hospital la atendieron inmediatamente, pues se había iniciado ya el parto. El niño nació el 26 de junio a las 3:00 p.m.

A las 7:00 p.m., mientras lo arrullaba, pensaba que en Santo Domingo —iglesia donde se celebra cada año la Misa en honor del Beato Josemaría— estarían tantos fieles pidiendo y agradeciendo tantos favores; ella desde la cama del hospital sólo agradecía el tener a su hijo sano. El niño cuenta actualmente con ocho meses.

Le decían que estaba muerto (Italia)

Mi marido y yo habíamos sabido por casualidad que una amiga nuestra, que llevaba casada pocos meses, esperaba su primer hijo, pero estaba ingresada en el hospital por problemas.

Decidimos ir a verla y la encontramos precisamente en el momento en que el médico le estaba informando de que el feto ya estaba muerto y que al día siguiente sería sometida a un simple procedimiento de limpieza del útero. La señora, naturalmente, había estallado en lágrimas: era su primer hijo y lo deseaba de todo corazón; además ya no era una jovencita, por lo que sería más difícil tener otro hijo. Mientras hablaba entre lágrimas, decía encontrarse bien, no tener ninguna molestia y que no entendía por qué tendría que hacerse esa intervención.

Impulsivamente, después de haber observado una imagen de la Virgen que había allí cerca, le aconsejé que esperara a hacer la operación, que volviera a casa y rezase a la Virgen. Mi marido, que estaba allí presente, me lo reprochó, temiendo que pudiese suceder algo peor. De vuelta a casa, recé a la Virgen por ella y después, ya que estaba próxima la fecha de la beatificación, recé al Beato Josemaría Escrivá pidiéndole la gracia.

El 17 de mayo de 1992, estuve en Roma con mi familia y recé por ella. Regresamos a casa a las 21 horas, y a los cinco minutos sonó el teléfono: era aquella señora que, con inmensa alegría, me comunicaba que el día que mi marido y yo habíamos ido a verla, había dejado el hospital contra el parecer de los médicos, que le habían amenazado exponiéndole todo tipo de tragedias. Luego había repetido en otro lugar los exámenes y el niño estaba vivo y crecía bien.

El día del aniversario de la beatificación, después de la Misa, ha venido a buscarme aquella señora, radiante y con un cochecito junto a ella, en el que estaba una guapísima y sanísima niña rubia. Gracias, Beato Escrivá, por tu intercesión.

El Beato Josemaría no hace acepción de personas (España)

El domingo 26 de mayo, mi nuera ingresó en el Hospital Policlínico de Valencia, para dar a luz su primera hija (mi séptima nieta).

Gracias a Dios, todo transcurrió con plena normalidad. Sin embargo, su compañera de habitación, una joven muy delgada de 24 años, era el reverso de la medalla. Llevaba cuatro días ingresada con dolores esporádicos e irregulares de parto, y por añadidura había pillado una gripe con 39,5_ de fiebre.

Rápidamente nos hicimos amigos y entonces supimos por su madre y por ella misma que estaba aquejada de epilepsia, sufría frecuentes ataques y había quedado embarazada a pesar de los reiterados consejos médicos y familiares de que no se quedase en estado. Desde el tercer mes habían interrumpido su medicación habitual por miedo a posibles lesiones de la criatura, y ella había padecido lo indecible por el síndrome de abstinencia.

Ahora la habían autorizado a continuar el tratamiento de la epilepsia, pero ella se había negado en atención a la salud de su futura hijita. En estas delicadas circunstancias, los médicos estaban bastante perplejos y contrariados, y apenas le dirigían la palabra. Se sentía como abandonada. En el informe profesional recomendaban la cesárea, pero no se atrevían a realizarla por el temor a sus probables crisis.

Apenas me expusieron la situación, saqué la estampa del Beato Josemaría de la cartera y se la ofrecí sin vacilar. Les dije que era un santo muy milagroso que podía concederles todo lo que pidiesen. En confianza me explicaron que, aunque veían con simpatía a su párroco, apenas frecuentaban la iglesia; ni siquiera los domingos solían ir a Misa. "Esto no es inconveniente para pedir el favor" —les repliqué—, "el Beato Josemaría no hace acepción de personas".

Tomaron la estampa y la pusieron bajo la almohada de la joven madre aquella misma noche. A la mañana siguiente, mientras mi consuegra aseguraba que su nieta era la niña más guapa de todo Valencia, la buena vecina, resignada, me devolvía la estampa agradeciendo al Beato que había sido la noche mejor de todas. Apenas tenía fiebre, había descansado y había respondido muy bien a los tranquilizantes administrados.

Le contesté que esto no era más que el principio, que siguiesen rezando y se quedarían maravillados de los efectos. Le estampa, por supuesto, era suya hasta que la regalasen a algún otro amigo o familiar más necesitado. Aquel mismo día el parto se inició en serio y bajaron a la joven al quirófano correspondiente.

Al anochecer, volvía en camilla a la habitación, cansada pero radiante de alegría: "El parto ha sido normal, la niña pesaba 3,200 kg., tenía los ojitos (mejor, ojazos) abiertos y los médicos se felicitaban por el desenlace" (la habían asistido cinco o seis profesionales, con el temor en el cuerpo, por las posibles complicaciones que no se presentaron en absoluto).

Mi consuegra, al ver la niñita, confesó en público que tenía que rectificar: la niña más guapa de todo Valencia no era su propia nieta sino su nueva vecinita.

Con las felicitaciones obvias, les recordé que aún podían pedir al Beato Josemaría el favor completo: la curación definitiva de la madre. Ellos asintieron agradecidos y, con la estampa encima de la mesita, mientras la niña tomaba con ganas su biberón, nos despedimos como amigos de toda la vida.

Nos recomendaban abortar (Argentina)

Cuando esperábamos a nuestro último bebé, el obstetra que trataba a mi esposa nos aconsejó que se hiciera un análisis, debido a la existencia de antecedentes del síndrome de Down en la familia.

Fue en ese control cuando detectaron el tumor, del que no se podía precisar la malignidad, por ser la criatura demasiado pequeña todavía. Nos dijeron que debíamos esperar tres semanas más para determinar la evolución del mal. Fueron veintiún días de espera interminable, en los cuales recurrimos a familiares y amigos para compartir nuestro dolor. Un conocido nos prometió encomendar la curación a la intercesión del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer. También nosotros rezamos.

Tuvimos que soportar, en ese período, la opinión —contraria a nuestros deseos— de los que nos recomendaban no seguir adelante con el embarazo, como si ya no tuviesen derecho a un lugar en el mundo los enfermos o los incapacitados.

Transcurridas las tres semanas, volvimos a la clínica para realizar la ecografía de control. Los médicos, sorprendidos del resultado, nos preguntaron si habíamos rezado mucho: el tumor había desaparecido. Lloramos de alegría, pues eso era lo que esperábamos oír.

El nacimiento de Ayelén, que vio la luz perfectamente sana, nos confirmó que el milagro se había producido por la intercesión del Beato Josemaría. Nadie de la clínica pudo explicar las causas de la desaparición del tumor que habían visto. Esperamos que este relato pueda servir para otros que atraviesen una situación similar a la nuestra.

Acosada por gente que le aconsejaba mal (España)

Una señora que conozco quedó en estado de su sexto hijo. Su salud era delicada, porque tenía una gran infección. Los dos últimos partos habían presentado dificultades y habían tenido que practicarle la cesárea. Tuvo que acudir a un médico nuevo, ya que el que la atendía habitualmente se había jubilado.

Este médico le aconsejó que le hiciesen ligadura de trompas, ya que no estaba en condiciones —según su opinión— de tener más hijos. Ella habló con el médico y le dijo que ese consejo no era moralmente bueno. El médico insistió y le dijo que estaba equivocada (...). Sus argumentos la llenaron de confusión, y se encomendó al Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer.

A los dos meses de ocurrir todo esto, su marido enfermó, y a pesar de ser un hombre joven, le tuvieron que poner un marcapasos para el corazón. Ella estaba profundamente afectada y su salud se resintió todavía más. Los dos últimos meses del embarazo los pasó en cama, constantemente acosada por gente que le aconsejaba mal. Ella se encomendaba con fuerza a la Santísima Virgen y al Siervo de Dios, pero llegó un momento en que se le presentaban serias dudas sobre lo que tenía que hacer.

Un día, me llamó para que la ayudara, y me confesó que estaba decidida a seguir aquel consejo del médico. Yo recé y pedí a muchas personas que pidieran por este problema a Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer.

Cuando llegó el momento del parto me volvió a llamar; faltaban dos horas para la intervención. Me dijo que, por fin, se había negado a la ligadura de trompas, y me lo quería decir. Tenía miedo porque sabía que se podía morir; además los médicos habían dicho que el niño no pesaría más de un kilo y medio y que podía ser subnormal. Al ponerle la anestesia —me comentaba luego— temblaba de miedo, pero también pidió ayuda al Siervo de Dios: algo le decía que todo saldría bien. Cuando volvió de la anestesia, le dijeron que había tenido una niña y que estaba perfectamente sana: pesaba 3.300 gramos.

Estoy persuadida de que la fortaleza de mi amiga y la salud de su hija se deben a un favor de Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer.

Quería esterilizarse (Holanda)

El martes pasado, uno de mis colaboradores de trabajo en el grupo de investigación vino a visitarme y me comunicó que durante los dos días siguientes estaría ausente. Me dijo que iba a esterilizarse.

Intenté explicarle que era una cosa absurda y le di varias razones. Me expuso sus motivos: tenía tres hijos y pocas perspectivas para el futuro. La conversación fue breve —mi colega se había quedado en el umbral— y además nos interrumpieron con dos llamadas telefónicas.

Apenas se fue, recé una oración al Beato Josemaría y le pedí su intercesión para que mi amigo no llevara a cabo aquello. Media hora más tarde, mi colega vino de nuevo para decirme que había cambiado de opinión.

Enferma de SIDA (España)

Hace unos años, trabajaba como enfermera en laboratorio. Un día había realizado las extracciones de sangre, ese día me tocaba atender a los enfermos de SIDA, hepatitis, etc.

Vino una chica joven y me dijo que me pusiera guantes, porque era portadora de los anticuerpos del SIDA. Le di las gracias.

Como vi que estaba muy nerviosa, le pregunté si tenía algún problema. Me dijo que había dejado a los niños en casa. Al preguntarle cuántos tenía, me dijo que dos, y que estaba embarazada, pero que iba a abortar. Hablé con ella diciéndole que si tenía el niño yo me ocuparía de él, le di el teléfono de la asociación Provida.

Como yo era persona nerviosa, al distribuir la sangre en los diferentes tubos, se me olvidó echarle anticoagulante. Después de un rato me di cuenta.

Los compañeros que habían visto la conversación, me pidieron el teléfono de Provida, por si les surgía algún caso.

Encomendé a esta chica al Beato Josemaría, y pedí a otras personas que hicieran lo mismo.

Cuando volví al trabajo, hablé con el jefe de laboratorio, explicándole lo que me pasó, y que el resultado podía ser erróneo. Me dijo que enviaría una nota al departamento de planificación familiar, para repetir el análisis. Yo le dije que iría personalmente a decírselo.

Cuando fui a ese departamento, me encontré por el pasillo con esa chica que me reconoció y me dijo que no podía ingresar esa tarde en el hospital para abortar, porque faltaba un análisis. Le expliqué que había que repetirlo y que me acompañara al laboratorio.

Hablamos largo rato, le hablé de responsabilidad y libertad, y que para tomar esa decisión tendría que oír a personas que estuvieran en contra del aborto, porque sólo había oído los argumentos a favor.

Poco a poco se iba convenciendo, y me dijo que no era necesario hacérselo, porque no iba a abortar. El jefe del laboratorio también habló con ella, y le insistió que fuese a Provida.

Pasó el tiempo, y un día me llamó una compañera, y me decía que tenía una visita que me iba a dar mucha alegría. Era aquella chica, que estaba embarazada de 8 meses y venía para que conociera a los niños de 3 y 2 años, y a darnos las gracias, pues estaba feliz con el embarazo y en Provida le habían ayudado mucho.

Yo le di las gracias al Beato Josemaría, que se valió de un error, para impedir un aborto.

¿Quién va a cuidar de usted? (España)

Soy comadrona y trabajo en un ambulatorio, en la consulta de Tocología. Hace un tiempo vino a visitarme una paciente, embarazada de pocas semanas, acompañada de su marido. Argumentando que, por tener 40 años su hijo nacería subnormal, exigía que se le practicara un aborto a cargo de la Seguridad Social. El médico que la atendía le explicó que, sin hacer unas pruebas que diagnosticaran la supuesta subnormalidad, él no podía ingresarla en ningún centro para que procedieran a la interrupción del embarazo. La paciente se negaba rotundamente a que le practicara ninguna prueba de diagnóstico prenatal y, tanto ella como su marido empezaron a protestar, creándose una tensión muy desagradable en la consulta.

Interiormente, pedí al Beato Josemaría que me inspirara algún motivo que hiciera desistir a la paciente de su obcecación. Leí su historia clínica y vi que tenía dos hijos varones de 17 y 14 años, y, mirándola a la cara, observé que tenía unos bellísimos ojos azules.

El Beato Josemaría oyó mi petición, y fue él quien hizo posible que le hiciera la siguiente reflexión:

—Señora, ¿ha pensado que puede estar embarazada de una niña que tenga los ojos tan bonitos como los suyos?

La mujer me miró asombrada: creo que era la primera persona que le hablaba positivamente de su situación; a continuación, le seguí preguntando:

—¿Ha pensado cuando usted sea mayor, quién la va a cuidar? ¿Quién le hará las sopitas?

La reacción fue inmediata. Dejó de gritar, se quedó callada reflexionando, y dijo a continuación:

—Háganme la prueba.

A los quince días, cuando volvió a la consulta, viendo su alegría comprendí que el Beato Josemaría había vuelto a interceder. La señora nos daba las gracias y en el informe que nos traía decía lo siguiente:

"Evolución del embarazo normal. No existen signos de subnormalidad. Sexo: hembra".

LOS HIJOS NO LLEGABAN

No podíamos tener hijos (Argentina)

Me casé hace siete años. Al poco tiempo, y después de unas consultas médicas, nos informaron que mi marido tenía serias dificultades para que pudiésemos tener un hijo. Sin embargo, a los ocho meses quedé embarazada. Recibimos esta noticia con gran alegría, pero al mes perdí al bebé.

A partir de aquí comenzamos a hacer múltiples consultas médicas sin ningún resultado. A todo esto mi marido había dejado de practicar y me decía que los milagros no existían, ya que yo rezaba mucho, pero sin resultado; él sólo confiaba en los médicos. Así pasaron seis años de análisis y tratamientos que en lugar de mejorarnos, nos empeoraban. Uno de los últimos médicos que consultamos nos habló claramente sobre la posibilidad de adoptar un niño ya que no era posible que tuviéramos uno.

Llegamos así al mes anterior de la Beatificación de Josemaría Escrivá de Balaguer, a quien había conocido en Buenos Aires cuando yo tenía 16 años, durante una tertulia con gente joven en La Chacra. Convencida de que cuando se beatifica alguien se producen muchos milagros, le insistí a mi marido que comenzáramos una novena a Josemaría Escrivá con la intención de tener un hijo. Él no tenía casi esperanza pero rezó para poner un medio más. Le pedí a mi familia que se unieran a nuestra oración al próximo Beato ya que estaba convencida que si él no intercedía, no lo tendría nunca en mi vida. (...) Todos se unieron a nuestra oración.

Por otra parte, una amiga se encontraba en una situación similar y ya hacía cuatro años que se había casado. Por esto decidí rezar también por ella, pidiéndole a Josemaría Escrivá el favor para las dos, pero que si no convenía que yo lo tuviera, al menos que ella quedara embarazada, ya que hacía menos tiempo que se había casado y yo ya estaba más acostumbrada a sufrir.

En este estado de cosas, se acercaba la fecha de la beatificación y rezábamos la novena cada día. Además, mi marido prometió volver a practicar si quedaba embarazada. Al poco tiempo de la Beatificación, unos análisis confirmaron mi embarazo y a la semana nos enteramos que mi amiga también estaba esperando un hijo. Nuestra alegría fue enorme y también inmenso el agradecimiento al nuevo Beato.

Después de un tiempo, tuve los mismos síntomas que cuando perdí el primer bebé y se lo comenté a mi marido. Él, que ya había comenzado a ir a Misa todos los domingos, prometió rezar cada día dos misterios del Rosario. Pero esto fue sólo un susto y el embarazo siguió su curso. Cada día seguíamos rezando la estampa al Beato Josemaría. Así llegó el día en que nació mi hija y, con siete horas de diferencia, nació la hija de mi amiga.

Hijita, este santo es bien milagroso (Perú)

Tengo cuatro años de matrimonio y he tenido dos abortos naturales: el primero (varón) el 7-V-91 y el segundo (gemelos) el 5-III-93. Las causas no se han determinado con precisión, lo cierto es que presento placenta previa, y los embarazos no llegan a los 9 meses.

Había perdido mi fe, hasta que en abril de 1993 mi tía me obsequió un cuadro del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer y me dijo: "Hijita, este santo es bien milagroso, rézale mucho". Entonces algo cambió en mí, me aferré a la imagen, le pedía con tanta devoción que me diera la oportunidad de ser madre, de darle lo mejor a mi hijo. El amor que nos une a mi esposo y a mí, no era suficiente, sentíamos un vacío.

Fue grande mi sorpresa, cuando en agosto de ese año, volví a quedar embarazada. Durante el proceso de gestación, el ginecólogo me ordenó reposo absoluto, cosa que no cumplía estrictamente por mi trabajo (profesora). Al cumplir el séptimo mes, me angustié pensando que me sucedería lo mismo. Entonces comencé a rezar con más fervor, con amor, con lágrimas.

Llegó el 30 de marzo de 1994, fecha en que fui intervenida por cesárea y, antes de entrar en la sala de operaciones, cogí la estampa del Beato y la llevé conmigo. Eran las 7:40 pm cuando escuché el llanto de mi hijita, entonces pensé: "gracias Señor, una vez más creo en ti"; la vi y me quedé dormida.

Al día siguiente, mi doctor me contó que la operación estuvo bastante difícil, hubo un momento que tuvieron que abandonarme para atender a mi bebita, pero al final todo salió bien. Hoy tiene tres meses, pesa cinco kilos y medio. He puesto el cuadro del Beato Josemaría en la cabecera de su cama.

Nuestra alegría fue inmensa (Bolivia)

Trabajando como ayudante de plomero en la construcción de la Casa de Convivencias Río Abajo, conocí al arquitecto que dirigía las obras.

Con mi esposa comenzamos a tener problemas porque no podíamos tener hijos. Entre otras cosas discutíamos con frecuencia.

El arquitecto me veía triste y me preguntaba:

—¿Qué te pasa? ¿Tenés algún problema?

Le conté mi problema, y me aconsejó ir al médico con mi esposa y a charlar con un sacerdote.

El médico nos desanimó y nos dijo que nunca tendríamos hijos porque mi esposa estaba afectada por un accidente que había tenido cuando era pequeña. El sacerdote me recordó muchas cosas de la fe que tenía olvidadas porque llevaba mucho tiempo sin practicar y también tenía amigos que no eran católicos y me habían alejado de la fe aunque durante un tiempo trabajé con unas monjitas y llevé una vida cristiana buena. Allí fue donde conocí a mi esposa. También tuve oposición de su familia que no era católica. El sacerdote también me hizo conocer un poco el Opus Dei, nos animó, a mi esposa y a mí, a tener paciencia y fe y también nos dio una estampa del Beato Josemaría a quien comenzamos a acudir para que intercediera por nosotros. Hicimos enmarcar la imagen y fuimos a Copacabana también a pedir la ayuda de la Virgen.

Pasó el tiempo. Mi esposa trabajaba vendiendo en la calle y un día tuvo un desmayo mientras estaba trabajando. La llevé al médico, que sólo le dio unas pastillas. Otro día, al ir a botar la basura cerca de la casa, se cayó al barranco; estaba muy lastimada y la llevé al Hospital. Al examinarla, el médico dijo que era probable que estuviera embarazada. Le dijimos que no podía ser, porque nos habían dicho que ella no podría tener hijos. Cuando se confirmó el embarazo nuestra alegría fue inmensa; además, se solucionaron muchos de nuestros problemas: con mi suegra, con los amigos que se burlaban de mí porque no tenía hijos... y también las discusiones con mi esposa.

El 10 de junio de 1995 nació nuestra hija; ahora tiene casi dos años y, hoy, 26 de junio, fiesta del Beato Josemaría, después de varios días de preocupación porque no nacía, mi esposa ha dado a luz a nuestra segunda hija. Todo esto se lo debemos a la intercesión del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer.

LOGRARON CASARSE

El matrimonio de mis padres (Filipinas)

Mis padres no habían recibido el sacramento del matrimonio. Mi padre decía que no era necesario, dado el amor que los unía, y no permitió nunca a nadie entrometerse en los asuntos de nuestra familia.

Terminada la escuela elemental, me trasladé a Manila en busca de trabajo y lo encontré como empleada en casa de una familia.

Fue la señora de esta familia quien me sugirió la posibilidad de frecuentar un Centro del Opus Dei, donde asistí a un curso de doctrina cristiana y aprendí a apreciar el valor de los sacramentos. Cuando me explicaron la importancia y el significado del matrimonio, pensé rápidamente que debía hacer algo por mis padres y pedí al Espíritu Santo que los iluminara.

Una vez fui a verlos y, después de haber rezado al Padre para que me ayudara a hablar con claridad, probé a afrontar el tema con mi padre. En un primer momento intentó esquivar la conversación, pero al segundo intento mostró más interés, reconociendo que era incapaz de confesarse: no lo había hecho nunca.

Aquella misma noche le ayudé a hacer un buen examen de conciencia. Me resultó muy difícil, pero sentía que el Padre me enseñaba lo que tenía que hacer. Con mi madre, fue todo más sencillo: había aprendido a confesarse hacía años.

Al día siguiente, fijé con el párroco la fecha de la boda. Ese día tuve que ayudar a papá a vencer los últimos miedos, y finalmente llegamos a la iglesia.

Fue para mis padres el inicio de una nueva vida: se casaron el 17 de junio de 1977, después de veintiún años de vida en común.

No quería casarse por la Iglesia (Gran Bretaña)

Había rezado muchas veces para que el hombre con el que convivía y con el cual he tenido cuatro hijos acogiese mi deseo de casarnos por la Iglesia. Pero dado que continuaba negándose obstinadamente, comencé a perder la fe. Estaba tan desalentada por mis pecados que ni siquiera acudía a la Misa dominical, considerándola inútil.

Una amiga mía, católica practicante, me ayudó a acercarme de nuevo al Señor. También encontré valor para pedir a mi marido el consenso para el Bautismo de nuestro primogénito, que tenía entonces un año y medio. Desgraciadamente, pocas horas antes de la ceremonia el demonio metió la cola: mi marido amenazó diciendo que, si iba a la catedral, no me querría más en casa.

Tiempo después hice amistad con una persona del Opus Dei, que me ayudó a retomar la asistencia a Misa y me invitó a algunas clases de formación cristiana. Concerté con ella un plan para resolver mi situación familiar.

Estábamos en el segundo semestre del año 1975 y hacía poco tiempo que se había impreso en inglés la estampa de Mons. Escrivá. Empecé una novena y al mismo tiempo recomencé la tarea de persuasión con mi marido. Pasaron los meses y, aun sin mostrarse decididamente contrario, todavía estaba reacio.

Sólo más tarde supe que, precisamente cuando hice la novena, había ido a preguntar a un sacerdote si podía contraer matrimonio católico y había comenzado a prepararse con su ayuda.

El 14 de agosto de 1977, con gran asombro por mi parte, me declaró que ya todo estaba preparado y que nos casaríamos al día siguiente.

Ahora estoy rezando por el Bautismo de mis hijos.

Encontrar mujer a los 50 años (Holanda)

Por fin les hago llegar el favor que he recibido hace tres meses por intercesión del Beato Josemaría Escrivá. En primer lugar, tengo que decir que (...) estoy en contacto con el Opus Dei.

He aquí mi historia. Hace cerca de dos años y medio, el mayor de mis hijos iba a cumplir 50 años. No estaba casado, aunque lo deseaba. Siempre decía: "no consigo encontrar mujeres que quieran casarse" y así terminaba cualquier conversación sobre el tema. Esto me dolía, porque notaba que no era feliz. Preocupada por esta situación, me dirigía al Fundador del Opus Dei.

Les ahorro los particulares de cómo sucedió todo; el hecho es que el día de su quincuagésimo aniversario había un espléndido ramo de flores sobre su escritorio. Los parientes le preguntaron quién se lo había mandado y entonces él dio a conocer el nombre de su futura esposa. En resumen: se casó en septiembre de aquel mismo año y el año pasado nació su primer hijo, que fue bautizado el 2 de octubre en la iglesia de los Ángeles Custodios. El 2 de octubre es la fecha de la fundación del Opus Dei y además fiesta de los Ángeles Custodios.

Considero esto un favor del Beato Josemaría y he iniciado una novena para conseguir que formen una familia verdaderamente cristiana y que enseñen a rezar a su hijo. Esto no viene por descontado, ya que, conociéndoles, fue una sorpresa que lo bautizasen enseguida.

Que mi hija encuentre novio (Chile)

A una charla de doctrina cristiana que doy llegó un señor muy serio, con cara de ser un hombre muy ocupado, que después de escuchar la charla, en la tertulia, nos contó por qué estaba allí:

"Hace años mi hija me acusaba constantemente que por culpa mía ella se quedaría soltera, que, como era hija única yo no la dejaba salir y la sobreprotegía mucho. Estas peleas eran continuas y me amargaban mucho.

En un viaje a Roma, mi señora me llevó al lugar donde descansa Monseñor Josemaría Escrivá. Ella rezó bastante, yo no, pero cuando nos íbamos a retirar, escribí en un papel: 'que mi hija pololee, que tenga novio'.

Al salir de la aduana, ya en Chile, mi hija me abraza muy contenta y al oído me dice: 'Papá, estoy pololeando'. El joven estaba parado cerca de ella. Hoy están casados, viven felices en el campo y tienen cuatro hijos".

cap. 2

ENFERMEDADES PEQUEÑAS Y GRANDES

San Josemaría sentía predilección por los enfermos. Durante muchos años, los había visitado por los hospitales y los barrios de Madrid, llevándoles el cariño y el consuelo de su corazón sacerdotal lleno de amor de Dios. Por diversos testimonios sabemos que atendió a millares de ellos, volcándose especialmente con los más pobres y abandonados y con los que hoy día llamamos "enfermos terminales". No era su misión devolverles la salud —no tenía ese poder, que el Señor concede a otros santos— sino curar sus almas: devolverles la amistad con Dios, llenarles de paz y de alegría ante la muerte o los sufrimientos. También cuando tuvo que abandonar esa labor, siguió ocupándose con increíble afecto de los que padecían dolencias grandes o pequeñas.

Desde su fallecimiento, muchas personas le han encomendado problemas de salud de distinta gravedad y han experimentado que esa predilección por los enfermos sigue siendo actual en San Josemaría. En efecto, muchos de los favores notificados en estos años hablan de curaciones.

A una de ellas se refiere el decreto de la Congregación para las Causas de los Santos, aprobado por Juan Pablo II el 6 de julio de 1991. Se trata de la curación milagrosa de sor Concepción Boullón Rubio, Carmelita de la Caridad. Esta religiosa padecía una grave enfermedad, que desapareció de forma repentina y con efectos permanentes, en 1976. El decreto reconoce que este milagro se puede atribuir a la intercesión del Fundador del Opus Dei. Así quedaba abierto su camino a los altares: la beatificación tuvo lugar el 17 de mayo de 1992, ante una gran multitud de fieles, en la plaza de San Pedro.

Para la canonización, la Iglesia requiere un segundo milagro, sucedido después de la beatificación. El 20 de diciembre de 2001, el papa Juan Pablo II aprobó otro decreto que reconoce la curación del médico español Manuel Nevado Rey, afectado por una grave enfermedad debida a su profesión (radiodermitis crónica), que desapareció en noviembre de 1992, después de que el interesado hubiera acudido a la intercesión de San Josemaría. El 6 de octubre de 2002, el doctor Nevado asistió en Roma, junto con cientos de miles de personas, a la ceremonia de canonización del Fundador del Opus Dei.

Los favores que se recogen en este capítulo son de diversa entidad: muestran que San Josemaría no sólo atiende a los casos graves, sino también a los problemas de salud más corrientes. Y lo más importante: continúa ocupándose, como hizo en vida, de curar también las almas.

CASOS DIFÍCILES

Nada que hacer (México)

Vivimos en un poblado que queda a una hora de Guadalajara. Mi hermana tenía un tumor canceroso y la habíamos hospitalizado en Guadalajara: ya llevaba una temporada en la que los familiares nos turnábamos para atenderla, pero había empeorado notablemente, hasta tal punto que el médico nos llamó para decirnos que no había nada que hacer: no podía operarla, y era preferible que nos la trajéramos a su casa para que muriera tranquila.

Todos estábamos preocupados, pero con la esperanza de que Monseñor Escrivá iba a hacer un milagro, y empezamos a pedirle con más fuerza desde ese momento para que intercediera por su curación.

El día en que la trajimos, estuvo con muchas molestias y no pudo dormir en muchas horas. Al día siguiente le pedimos al señor cura que le llevara la Comunión, pero no pudo pasar ni una gota de agua, ni tampoco una partícula pequeñísima; nos dolía aún más pensar que pudiera morir sin comulgar, así que seguimos pidiendo con más intensidad.

Decidí ponerle la estampa con la oración para la devoción privada del Siervo de Dios directamente sobre el tumor: se durmió en seguida, y no despertó en casi dos horas. Al abrir los ojos, pidió un poco de leche y la pudo tomar perfectamente; se volvió a dormir, esta vez más tiempo.

Cuando despertó la segunda vez, pidió una comida perfectamente normal y ya no tenía dolores, y cuando palpé el lugar donde se podía notar perfectamente un tumor grande, había desaparecido totalmente. Fuimos con el médico que la había desahuciado, y se asustó cuando la vio, y le dijo con toda claridad que estaba seguro de que ya había muerto.

Nunca más podría tocar el piano como profesional (Brasil)

En estos últimos treinta años, unos problemas serios afectaron profundamente a mis posibilidades de ejercer la profesión de músico y pianista. En 1965, a los veinticinco años de edad, tuve una lesión en el nervio cubital del brazo derecho, que dificultó la movilidad de algunos dedos. Con una intervención quirúrgica y un tratamiento, conseguí una buena recuperación, pero el intenso estudio para recuperar el tiempo perdido me ocasionó el síndrome de movimientos repetitivos, frecuente también en personas que trabajan con ordenadores o con máquinas que requieren digitación específica.

Estos hechos modificaron profundamente mi carrera profesional y personal (...). Quizá, infantilmente, sentía dentro de mí una cierta rebeldía por saber que, teniendo un don recibido del Señor, no estaba en condiciones de desarrollarlo, y esto se apoderaba de mí, llevándome por caminos que ocasionaban un distanciamiento de la fe cristiana. Muchas veces me propuse acercarme a la Iglesia, pero la frustración profesional, junto a la falta de perseverancia, dificultaban esa aproximación.

Por otro lado, se me había metido en la cabeza grabar toda la obra para teclado de Bach. Lo conseguí poco a poco, con las limitaciones referidas. El nivel de estas grabaciones, desde mi punto de vista, era bueno y siempre me llevaban a dar un paso al frente. Fueron repetidas muchas veces, en situaciones difíciles y con mucha determinación por mi parte, pero, antes que todo, con la ayuda de Dios. Sin embargo, estas condiciones no me permitían volver a los escenarios, porque mi resistencia para dar un concierto era mínima. (...)

Después de grabar tres discos, sufrí un accidente llamado espasmo cerebral, que definitivamente eliminó cualquier posibilidad de tocar el piano. Por causa de esta lesión en el cerebro, llegué finalmente al mejor centro en este tipo de problemas, que requieren un tratamiento intensivo.

Cuando el Dr. Bernard Brucker, Director del Departamento de Biofeedback del Jackson Memorial Hospital me examinó, confirmó que jamás podría volver a tocar el piano a nivel profesional, aunque sí como aficionado.

Inicié con determinación el tratamiento y llegaba a estar doce horas diarias sentado al piano para encontrar una solución adecuada entre la computadora del hospital y los reflejos cerebrales. Milagrosamente recuperé los movimientos, pero no la resistencia necesaria, a pesar de haber iniciado la cuenta atrás para el primer concierto en el Carnegie Hall, el día 5-V-96. Faltaban cuatro meses, después tres, dos, uno, quince días... y la resistencia no aumentaba.

En la primera semana de marzo entré en una iglesia y pensé si éste no sería el momento de volver definitivamente a la práctica religiosa, pero esto no me bastaba (...). Finalmente, después de dos semanas con la oración de Monseñor Escrivá, volví a la iglesia con un sentimiento interno fuerte: "si Monseñor me ayudase ante Dios en lo de las manos, yo le estaría muy agradecido; en caso contrario, también le daría gracias, porque estoy vivo y puedo ayudar a mucha gente en esta vida".

Pasaban los días y me sentía mucho más feliz, aunque la resistencia no aumentaba. Casi todos los días iba a la iglesia y pedía una señal. En el hospital, cada media hora cambiaba la posición de las manos, buscando una solución, pero el resultado no llegaba.

Finalmente, 10 días antes del concierto, me extrañó que mi perrito se sentara a mis pies mientras estudiaba. En el mismo instante, sonó el teléfono y era mi hermano Ives que notó mi voz un poco preocupada. Volví al piano y el perrito volvió también. Extrañado, resolví ir a la iglesia, para saber si ésta era una señal. Lloré mucho ese día. Volví a casa y cuando ya estaba probando una posición que me diera la resistencia necesaria, mientras yo tocaba, el perrillo, literalmente decía que no con la cabeza.

Faltaban 10, 9, 8 días para el concierto cuando decidí cancelarlo. El perro seguía siempre sentado a mis pies, cosa que nunca había hecho en el pasado. El sábado, ocho días antes de la representación, fui a un teléfono público para comunicar la suspensión, pero algo me hizo regresar a casa. Me senté para estudiar una posición de las manos al piano que todavía no había intentado nunca (existen centenares de posiciones para tocar el piano). En ese momento, el perrito acercó la cabeza al piano y comenzó a lamerme las manos sin parar. Durante dos días repitió la operación. Es importante decir que, además de que nunca antes vino a mi lado mientras estudiaba, tampoco después ha vuelto a hacerlo.

En cuestión de 24 horas, después de llegar a Nueva York, sorprendentemente mi resistencia pasó de diez minutos a una hora. Cuando realicé el primer ensayo general, lo hice con toda energía, y lo mismo en los días siguientes. El domingo pude dar el mejor concierto de mi vida.

Di las gracias al Beato Josemaría cuando acabé la representación y sigo eternamente agradecido, ya que los médicos no se explican la recuperación de los movimientos (a nivel profesional) y mucho menos la resistencia adquirida. Ahora me preparo para saber cuál es la misión que me está reservada como cristiano, sabiendo que tengo un largo camino que recorrer.

Tenía hepatitis-B (Filipinas)

Desde que soy Cooperador[10]del Opus Dei, mi vida entera ha cambiado completamente: desde las relaciones con mi familia, con mis amigos, en el trabajo, etc. y especialmente con Nuestro Señor. Yo siempre rezo la estampa del Beato Josemaría que me ha dado una persona del Opus Dei

Algo raro me sucedió el 26 de enero de 1994, cuando tuve que hacerme un examen médico en el hospital de Mandaluyong City cerca de nuestra ciudad. Los resultados mostraban que el funcionamiento de mi hígado era mayor que el del límite normal. El doctor estaba a punto de hacerme un examen de Hepatitis-B, cuando decidí posponerlo debido a que se me presentó la oportunidad —a través de una amiga mía que tiene una empresa de seguros— no sólo de tener un examen médico completo, sino también de mejorar mi seguro de vida. Así pues, me hice un examen médico el 17 de febrero y los resultados, que me llegaron el 10 de marzo, decían que tenía Hepatitis-B.

Cuando me enteré, comencé a reflexionar, con el deseo de aceptar la voluntad de Dios. Me tomé varios días antes de decírselo a mi esposa, quien se puso en shock y lloró, pues era consciente de que, como el SIDA, se trataba de una enfermedad mortal, incurable. Le dije que no se preocupara porque todavía podía recuperarme, y así empecé a rezarle intensamente al Beato Josemaría. Mi esposa hizo lo mismo.

Unos días después, el 21 de marzo, decidí volver a examinarme de Hepatitis-B porque, por alguna razón, tenía el presentimiento de que me había recuperado totalmente debido a mi fe en Dios y a la intercesión del Beato Josemaría y de la Virgen María.

Sorprendentemente los nuevos resultados mostraron que no tenía Hepatitis-B. Inmediatamente llamé a mi esposa para compartir las buenas noticias con ella. El domingo siguiente a este acontecimiento ofrecimos la Misa como acción de gracias.

Un día, mi amiga de la compañía de seguros me llamó para decirme que se había enterado, a través de su esposo, que es amigo mío, de que yo estaba totalmente recuperado y que ambos estaban muy contentos.

Cuando me preguntó cómo me había curado, le dije que había sido a través de las oraciones y de la intercesión del Beato Josemaría. Ella me dijo que por motivos del seguro debería pedirle al doctor un comprobante que afirmara que ya no tenía Hepatitis-B.

El doctor accedió a mi petición inmediatamente. Pero también me pidió que me hiciera un examen de inmunización. Un resultado positivo significaría que ya estaba inmunizado de esa enfermedad. Me hice el examen y los resultados confirmaron que estaba inmunizado. Este fue otro motivo por el cual estar muy agradecido a Nuestro Señor Jesucristo, la Virgen María y al Beato Josemaría, por esto tan maravilloso que ha sucedido en mi vida.

Trece años sin poder salir de la habitación (Estonia)

Soy católica, vivo en Tallin, y he recibido de Dios Omnipotente un favor por intercesión del Beato Josemaría Escrivá, a quien me dirigí en un momento de gran preocupación.

Mi hermana de 83 años vive en la República Lituana. Había trabajado como campesina en un "kolkhoz" durante treinta años, expuesta al frío, a la lluvia, al calor. Como consecuencia de esto, sus piernas, estropeadas por tales fatigas, comenzaron a dolerle y a hincharse: en los últimos 13 años mi hermana no pudo moverse sin la ayuda de dos muletas, y no salía de su habitación. La piel de la pierna derecha comenzó a caerse, y tenía heridas cada vez más grandes que no se cerraban y que comenzaron a supurar, provocándole grandes dolores que no la dejaban dormir. Los médicos eran incapaces de ayudarla.

El año pasado fui a visitarla y al ver sus sufrimientos me quedé muy preocupada. Una mañana, mientras rezaba, me dirigí al Beato Josemaría utilizando la oración de la estampa y le pedí al Señor que mi hermana mejorara. Traduje la estampa del estón al lituano para que ella también la pudiera utilizar. Así ambas, una en Estonia, la otra en Lituania, recurrimos cotidianamente al Señor con la oración del Beato Josemaría.

Tres meses más tarde recibí una carta de mi hermana. Había ocurrido un gran milagro: los dolores se habían atenuado, la hinchazón se estaba reduciendo y las llagas comenzaban a secarse. Ahora, después de 12 meses, puede mover las piernas, las llagas se han curado completamente, puede caminar y ha comenzado a salir de casa. Mi hermana me dijo que se trata de una gran gracia de Dios, que se ha manifestado únicamente gracias a la oración del Beato Josemaría. Ahora estamos pidiendo al Señor que el Beato Josemaría sea canonizado.

Unas fiebres muy altas (Cuba)

Un amigo nuestro, de veintinueve años, hace aproximadamente quince días comenzó con malestar general: dolores articulares y dificultades para ingerir alimentos, a lo que se añadió más tarde fiebre de hasta 42º. Había estado en contacto con aguas estancadas, en áreas plantadas de arroz, desempeñando labores agrícolas. Fue necesario hospitalizarlo. El diagnóstico fue que padecía leptospirosis, y empezaron el tratamiento intensivo, mientras mi madre y yo comenzamos a pedirle a Dios la curación, por intercesión del Beato Josemaría. Antes de 72 horas se logró una remisión absoluta y fue dado de alta. Normalmente, en tan poco tiempo esta enfermedad tiene complicaciones que en ocasiones se han cobrado vidas humanas.

Nuestro amigo también acude a la intercesión del Fundador del Opus Dei, de quien tiene una estampa que le enviaron unos familiares, residentes en Estados Unidos. Ahora espera ser examinado por un especialista, antes de que acabe el mes, pues no es necesario que espere hasta abril del próximo año: esto lo encomendó igualmente a la mediación del Beato Josemaría.

Una peligrosa infección (Estados Unidos)

Un dentista me extrajo un diente en una operación totalmente rutinaria. Durante las siguientes 48 horas, experimenté el malestar normal en estos casos, pero al día siguiente estaba en peligro de muerte, pues empezaron a hinchárseme la cara, el cuello y la mandíbula, con un dolor muy intenso.

En el hospital en que fui ingresada, después de muchas pruebas, me diagnosticaron una infección que se iba extendiendo rápidamente. Los cuatro doctores asignados a mi caso temieron por mi vida, pues no podían asegurar que los antibióticos redujeran la celulitis antes de que ésta atacara el cerebro, los pulmones y el corazón.

Tengo dos hijos pequeños por los cuales debía velar, así es que, balbuceando apenas, hablé con una amiga muy querida, que es del Opus Dei, para pedirle que rezara. Todos rezamos a través de la intercesión del Beato Josemaría Escrivá, rogándole que me fuera devuelta la salud.

En cinco días, de modo totalmente imprevisto, el dolor intenso y la infección empezaron a disminuir. Al cabo de una semana, volvía a estar con mis hijos y preparada para regresar al trabajo.

Dos semanas después, la celulitis masiva con gangrena había sanado totalmente. Los médicos pensaron que quizá habrían de extraerme, más adelante, una parte del tejido dañado de la cara; pero no fue así, ya que, al mes, no quedó ni rastro de la enfermedad. El especialista en enfermedades infecciosas se extrañó de que ni siquiera en la sangre hubiera secuelas de la infección, y comentó que, en sus 27 años de profesión, no había visto nunca un caso más grave que el mío.

Ahora, sólo cuatro semanas después, apenas me acuerdo de nada: solamente cuando miro la estampa para dar gracias a Dios y al Beato Josemaría por su intercesión.

De forma repentina (Ecuador)

Desde hace once años tenía una dolencia en el ojo: una espesa membrana, formada delante de la retina en el interior del ojo y sujeta a la parte inferior de ella, traccionándola hacia abajo. Fui operado en Bogotá de un coágulo que obstruía la arteria de la retina, y que era la causa de mis dolencias; no pudo hacerse nada en relación con la membrana adherida a la retina. Era imposible extraerla debido a su posición, pues se corría el riesgo de romper la retina.

El médico me indicó que la presión de esa membrana sobre la retina era tal que, por cualquier esfuerzo que hiciera, se podría causar desprendimiento de la retina y pérdida total de la visión. Añadió que, en todo caso, cabía esperar que los adelantos de la cirugía fueran tales que un día se pudiera operar sin poner en peligro la retina.

A partir de 1971 se interrumpió toda medicación. Durante diez años iba periódicamente a que me hiciera una revisión el oftalmólogo, quien siempre me animaba a no hacer esfuerzos violentos, con la esperanza de que alguna vez se pudiera operar. Hace poco más de un año, me dijo que ya se estaban haciendo ese tipo de operaciones, pero que convenía esperar un poco más hasta que mejorase la técnica.

El 5 de octubre, un amigo me sugirió que encomendara a Mons. Escrivá la curación de mi ojo. Al día siguiente así lo hice. Serían las ocho de la mañana cuando recé la oración de la estampa, y toqué luego con ella el ojo enfermo. Estando en mi oficina a las seis de la tarde, me di cuenta de que la membrana se acababa de romper, y que veía casi perfectamente bien. Tuve la seguridad de que era un milagro obrado por intercesión de Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer.

El médico no se explicó cómo se había roto la membrana; pero me indicó que no podían llegar a desaparecer los pliegues que se habían formado en la retina. Sin recetar nada, me indicó que volviera al cabo de un mes. En esa ocasión, me señaló que la retina había vuelto a su condición normal, con lo que ya no había peligro de posible desprendimiento, y habían desaparecido los pliegues.

Había escapado de una muerte segura (Togo)

Un día recibí la Hoja informativa y la estampa del Fundador del Opus Dei. No sé quién fue el benefactor que me la hizo llegar. Ese mismo día supe que un compañero había caído gravemente enfermo: le habían dado sólo cinco días de vida. Tomé la estampa y empecé a invocar al Beato Josemaría, diciéndole: "acabo de recibirte y de conocerte como por milagro, así que te confío a mi amigo y estoy convencida de que se curará por tu intercesión". Desde entonces, recé la oración, cada día, por esa intención.

Pasaron los cinco días y yo seguía sin noticias y sin saber a quién preguntar por la salud de mi compañero. Un mes después, éste se presentó en mi casa para contarme que había escapado de una muerte segura, y que ahora iba de mejor en mejor.

Di muchas gracias a Dios por esto. Ahora sé también que nada me separará del Beato Josemaría, a quien estoy profundamente agradecida.

No podía ni leer la estampa (España)

Hace cuatro años y debido a una miopía muy aguda, perdí mucha vista, no podía leer y apenas escribir. Me pusieron un tratamiento, pero según los doctores poco iba a conseguir.

Un día encontré una estampa del Beato Josemaría con una letra muy pequeña. Le rogué me ayudara a recobrar algo de vista y poder leer su oración. Poco a poco fui recuperando vista. Hoy leo, escribo y me defiendo muy bien. Los médicos no se lo explican. Yo sí, sé que se lo debo a mi buen Beato, que siempre me escucha.

Una grave enfermedad de la piel (Alemania)

Hace seis meses que recibí una estampa del Beato Josemaría, y desde entonces acudo a su intercesión con mucha confianza para que me ayude a sacar adelante mis intenciones, sean pequeñas o grandes. Él y Nuestra Madre me han ayudado ya muchas veces, por ejemplo en mis exámenes de bachillerato que aprobé con gran éxito. Quería agradecer al Beato Josemaría sobre todo una gracia extraordinaria.

Durante muchos años sufrí una enfermedad grave de la piel, neurodermitis, que afectaba mis manos y mis brazos. Con toda confianza rezaba tres novenas al Beato Josemaría. Como no notaba ninguna mejoría, comencé a pedirle la gracia de ayudarme a aceptar plenamente la voluntad de Dios. No le molesté más con mi petición, aceptando el hecho de que ni el ungüento ni la oración iban a cambiar mi enfermedad, y decidí llevarla con paciencia. Igualmente continué rezando cada noche: "Beato Josemaría, ruega por mí"; y él ha rogado por mí.

Desde hace un mes, la enfermedad ha mejorado, y hace casi tres semanas que estoy completamente curado. Por eso agradezco de todo corazón al Beato Josemaría. Voy a continuar rezando por su canonización y acudiendo con confianza a su intercesión. ¡Gracias, Beato Josemaría, gracias, tú mi patrono paternal e intercesor ante el Sacratísimo Corazón de Jesús!

Estaba paralizada (Brasil)

En junio de 1974, M.R.M., de 65 años, fue operada de un melanoma abdominal maligno. En diciembre la enfermedad volvió a manifestarse y tuvo que someterse a otra intervención. Algunos meses más tarde, el 18 de julio de 1975, al despertarse de noche, se dio cuenta de que estaba paralizada. Reaccionó con mucha paz, rezó y esperó hasta la mañana siguiente.

Los médicos que la trataban encontraron un tumor en la columna vertebral y prescribieron una intervención urgente (laminectomía) que debía realizarse en 24 horas. A pesar de la operación, las piernas permanecieron paralizadas. Fue sometida durante cinco meses a un tratamiento fisioterapéutico, pero sin resultado. Desde entonces, pasaba su vida en una silla de ruedas.

"El 3 ó 4 de abril —como ella misma cuenta— vinieron a verme dos amigas mías, que me dijeron: 'conocemos una medicina que te curará'... Estaba verdaderamente asombrada, porque sabía que no existían medicinas capaces de curar mi parálisis. Me hablaron entonces de Mons. Escrivá con tanta confianza en el poder de su intercesión ante el Señor, que decidí rezarle con mucho fervor para pedirle mi curación.

En ese mismo mes de abril hice un viaje en avión a São Paulo. Llegué al avión en mi silla de ruedas y una vez ahí, un miembro de la tripulación tuvo que tomarme en brazos para ayudarme a subir la escalera y tomar asiento.

De regreso, el día 11 de abril, cuando llegué en la silla de ruedas a los pies de la escalera del avión, sentí una moción interior que me empujaba a caminar. Entonces dije con decisión al miembro de la tripulación que se disponía a tomarme en brazos para transportarme: 'no se preocupe, subo sola, a pie'. Con gran sorpresa mía y de todos los presentes, me levanté y, apoyándome en la barandilla de la escalera, subí sola, poco a poco, hasta el avión".

Al cabo de una semana, M. recuperó la soltura de movimientos y ahora camina normalmente. El médico que la había operado de la columna vertebral quedó profundamente impresionado al verla un día, por casualidad, en el hospital. Se resistía a creer que fuera verdad lo que veía.

LEVES PERO MOLESTAS

Bajo este título se habla de esas enfermedades o dolencias menos graves, que acompañan la vida ordinaria, pero que no dejan de ser molestas o inoportunas. A veces cuesta pedir para que se alivien, pensando que Dios y los santos tendrán peticiones más importantes de las que ocuparse... Sin embargo, como demuestra la piedad cristiana durante tantos siglos, muchos santos y santas conceden esos favores, quizá para que aumente nuestra fe, en vista de situaciones más serias. Y San Josemaría no es una excepción.

Un bulto preocupante y molesto (España)

Soy casada y madre de cinco hijos, cuatro chicos y una niña de casi ocho años.

A primeros del mes de julio, noté que en la mano izquierda debajo del dedo índice tenía un pequeño bulto que me molestaba. No le di importancia, pero al pasar los días vi que cada vez me iba creciendo más. En el mes de septiembre lo tenía del tamaño de un garbanzo y me tenía bastante preocupada, pues además me dolía.

Entonces se lo mostré a mi esposo y al día siguiente fuimos a la doctora que es nuestro médico de cabecera en el ambulatorio de Moratalaz, la cual nos informó que parecía un ganglio que estaba bastante inflamado, y me recetó unos comprimidos de un antinflamatorio, diciéndome que, si cuando terminase la caja de cuarenta comprimidos no me había desaparecido, tendría que acudir al cirujano para que me lo extirpasen, pues también podía ser un quiste de mano.

Hace un año y medio que a mi hijo Jorge le salió un bulto parecido al mío, también en la mano izquierda, y fue operado en el sanatorio Virgen de la Torre, situado en el pueblo de Vallecas. Él es más valiente que yo, pero a mí la verdad es que me daba mucho miedo, pues soy aprensiva y con la edad que tengo (48 años) temía que fuese o se tratase de algo malo.

La verdad es que no cesaba de palpármelo con la otra mano, y últimamente me había crecido bastante, pero me daba apuro acudir de nuevo a la doctora, pues del antinflamatorio que me había recetado solamente había tomado un comprimido, pues tengo bastante delicado el estómago y me producía un gran ardor.

Pues bien, el lunes día 7 de este mes de octubre tenía muchas molestias en el dedo, incluso tenía hinchada la parte posterior, y por la mañana, al coger las sartenes con esta mano, me molestaba e incluso me dolía. Cuando al mediodía llegó mi esposo, le comenté lo que me ocurría y él me cogió la mano y me aconsejó que era necesario volver a la doctora, porque el bulto iba a más y había que pedir el volante para el cirujano.

Tengo una niña a la cual tenía que apuntar a catequesis para prepararse para su Primera Comunión y le dije a mi esposo que al médico iríamos al día siguiente para pedir día y hora para el cirujano.

Pues bien, cuando la niña salió del colegio nos acercamos a la iglesia de Nuestra Señora del Buen Aire, que es la que nos corresponde por estar situada más cerca de la casa, pero nos dijeron que tenían cubiertos todos los grupos de niños de catequesis y que no me podían admitir a mi hija.

Entonces fuimos a la iglesia de Nuestra Señora de la Merced, por ver si allí me la admitían, pero tampoco fue posible. Rocío, que así se llama mi niña, estaba muy apenada, pues era grande la ilusión que tenía por hacer la catequesis. Entonces pensamos en venir a esta iglesia de San Alberto Magno, donde mi niña y yo hemos venido cuando ha venido en peregrinación la Virgen de Fátima y hemos ido con la Sagrada Virgen en procesión.

Por el camino yo venía pidiéndole al Beato Josemaría que me la admitiesen. Cuando llegamos, entramos y estuvimos hablando con un sacerdote al cual yo había preguntado si sería posible apuntar a mi niña a la catequesis, y me respondió que quien llevaba ese tema era don Javier, pero que tendría que esperar pues tenía que confesar o estaba confesando. Cuando salí de hablar con aquel sacerdote me fijé que justamente enfrente había otro sacerdote hablando con una mujer, yo no conocía don Javier, pero no sé por qué me dio la corazonada de que se trataba de él.

Entonces llamé a la puerta y pregunté si había plazas para apuntar a mi niña a catequesis. La señora a que me refería anteriormente era catequista y mirando una lista de niños me dijo que hacía unos días que se había terminado la admisión, pero que miraría a ver si había alguna vacante. Luego me dijo que quedaba solamente una y que podía apuntarse la niña, diciéndome que tenía que comprarle el libro "Sigamos a Jesús" el número uno y que dentro de la iglesia sobre una mesa estaban los catecismos.

Entramos dentro para coger el catecismo, di a la niña el dinero para que lo echase en la urna y después nos arrodillamos para rezar un Padrenuestro, para dar gracias a Dios porque mi niña pudiese hacer la primera comunión y por habérmela admitido en catequesis.

Mirando la cara del Beato Josemaría, también a él le di las gracias y no sé qué sensación de dulzura vi reflejada en su rostro, pero lo cierto es que abusando de su generosidad le rogué que también me quitase el bulto que tan preocupada me tenía desde el mes de julio. Cuando salimos de la iglesia yo me miré el dedo, pero el bulto continuaba en mi mano como antes.

Entramos en la papelería que está en frente de la iglesia en la misma placita y allí compré el libro "Sigamos a Jesús", un cuaderno, un lápiz y un libro titulado "La vida del Beato Josemaría", en la portada estaba la misma fotografía que la que había en la iglesia. No sé por qué lo compré, pero su mirada me producía una sensación de tranquilidad.

Cuando llegamos a casa dejé el libro sobre la mesilla de noche y después de ponerme ropa cómoda para estar en casa, miré la fotografía del Beato que tenía aquel libro en su portada, y poniendo la mano sobre él pensé que me podía quitar aquel bulto de mi mano.

Cuál no sería mi sorpresa cuando al levantar la mano del libro, ese bulto que tan preocupada me había tenido había desaparecido por completo, se me había quitado todo el dolor y sentía un bienestar enorme teniendo la mano sobre la fotografía del Beato.

Un poco aturdida y emocionada salí al salón y le enseñé a mi esposo la mano, el cual me decía que parecía una cosa inexplicable. Yo creo que en este hecho ha intervenido la mano de Josemaría. Todavía estoy aturdida por lo ocurrido y después de esto no he tenido más remedio que escribirlo y comunicarlo.

Trabajo a pesar de la hernia (India)

Yo padezco la dolorosa enfermedad de hernia desde hace más de un año. Algunas veces me producía mayor dolor y me impedía realizar mi trabajo.

Un día me encontré muy mal. En aquel momento un anciano se acercó a mi casa y me dio la Newsletter de Monseñor Escrivá y se marchó.

Entonces leí la Newsletter y muchos de los favores publicados. Recé a Dios por medio de la poderosa intercesión de Monseñor Escrivá con gran confianza.

Al día siguiente cuando me desperté estaba bien y puedo hacer cualquier trabajo pesado. Estoy muy agradecido a mi amable y compasivo Monseñor Escrivá.

Fumador empedernido (Argentina)

Fui un fumador empedernido. Fumé durante 56 años, y últimamente, 40 cigarrillos diarios.

Una mañana, haciendo un rato de oración, le pedí al Beato Josemaría que me ayudara a dejar de fumar porque no me hacía bien. Ese día compré un atado de 10 cigarrillos. Por la noche, salí a cenar con mi señora. Estando en el restaurant sin cigarrillos, le pedí uno a un señor que estaba al lado. Mi esposa se enojó.

Al día siguiente fui al médico. Me indicó que tomara mucha agua y que comiera pastillas. Yo le conté a mi hija, quien me dio una buena receta: "Mirá, cuando tengas deseos de fumar, rezá una oración al Beato Josemaría".

El primer día recé muchas oraciones, al día siguiente me olvidé del cigarrillo hasta el día de hoy. (...) Me siento un hombre nuevo, lástima que engordé un poco. La receta de mi hija fue maravillosa, y el mérito, del Beato Josemaría.

Con una rodilla rota (Bolivia)

Tuve una caída muy fuerte y me fracturé el hueso de la rodilla izquierda. Fui a la ciudad de La Paz para que me revisara un médico especialista, que me enyesó la rodilla y estuve así por varias semanas. En aquella ocasión, en La Paz, estuve alojada en casa de una prima que siempre me hablaba del Opus Dei y por supuesto de su fundador el Beato Josemaría Escrivá de Balaguer.

Mi prima me invitó a un curso de retiro de tres días, del viernes 23 al domingo 25 de junio. El jueves 22, el médico me quitó el yeso de la rodilla y trató de que lograra doblarla, pero me fue imposible hacerlo por el dolor que el esfuerzo me causaba; me indicó que no había problema pero que debería someterme a un tratamiento de fisioterapia y después de algunas semanas seguramente podría doblar la rodilla.

El día viernes fuimos a la casa de retiros en automóvil. El viaje para mí fue muy incómodo y sufrí mucho dolor. El resto del día viernes fue también bastante doloroso. Mi prima me sugirió que tomara un calmante, que me había recetado el médico. Yo no quería tomarlo ya que sabía que me causaría somnolencia y no quería perder nada del retiro, que era el primero al que asistía en mi vida.

Esa noche pedí a Dios, su Santísima Madre y al Beato Josemaría que me permitieran participar en el retiro sin dolor y puse la estampa del Beato Josemaría sobre mi rodilla. Pasé una noche con mucho dolor, además que sentí que me estaba resfriando; normalmente cuando me resfr&i