FAVORES QUE PEDIMOS A LOS SANTOS
200 relatos en vivo de la intercesión de
San Josemaría
Pbro.Dr. Flavio Capucci (postulador de la causa)
Presentación de Mons. Joaquín
Alonso
SUMARIO
PRESENTACIÓN (Mons. Joaquín
Alonso)
NOTA DEL AUTOR
I A FAVOR DE LAS FAMILIAS
MADRES E HIJOS
MATRIMONIOS EN PELIGRO
RECIBIENDO UNA NUEVA VIDA
LOS HIJOS NO LLEGABAN
LOGRARON CASARSE
II ENFERMEDADES PEQUEÑAS Y GRANDES
CASOS DIFÍCILES
LEVES PERO MOLESTAS
CASOS DE SIDA
EN LA FRONTERA DEL ALMA Y EL CUERPO
III VIDAS DIFÍCILES
GENTE CON PROBLEMAS
ATRAPADOS POR LA DROGA O EL ALCOHOL
PROBLEMAS CON LA JUSTICIA
PONIENDO PAZ ENTRE LA GENTE
APUROS VARIOS
IV EN EL TRABAJO PROFESIONAL
SIN TRABAJO
BUSCANDO UN EMPLEO MEJOR
APUROS Y EMERGENCIAS EN EL TRABAJO
EMPRESAS CON DIFICULTADES
AGOBIOS DE ESTUDIANTES
V LO MÁS IMPORTANTE
VOLVER A LA IGLESIA
AL FINAL DE LA VIDA
EN LA VIDA CORRIENTE
BUSCANDO LOS MEDIOS PARA AYUDAR A OTROS
DEFENDIENDO VALORES
VI ACCIDENTES Y PELIGROS
VIVOS DE MILAGRO
PRÁCTICAMENTE ILESOS
INSECTOS TEMIBLES
NIÑOS EN PELIGRO
PRESENTIMIENTOS
SALVADOS DE UN GRAVE RIESGO
VII DOS POR UNO
VIII EN MANOS DE LADRONES Y OTROS DELINCUENTES
NUNCA ES TARDE PARA ARREPENTIRSE
EN PELIGRO DE PERDER LA VIDA
COSAS ROBADAS
IX DE ANDAR POR CASA
APARATOS ESTROPEADOS
AMAS DE CASA EN APUROS
A VUELTAS CON LA CASA
OBJETOS PERDIDOS
SERVICIOS PÚBLICOS
MENUDO DESPISTE
X GENTE QUE REZA
AYUDANDO A LOS SACERDOTES Y RELIGIOSOS
LA ORACIÓN DE LOS NIÑOS
MADRES CON FE
DEL LÍBANO A LA SELVA BRASILEÑA
GENTE HONRADA
NOTA DEL AUTOR
En torno a la figura de San Josemaría Escrivá ha
cristalizado, desde el mismo momento de su muerte, un auténtico
fenómeno de piedad popular del que se puede decir que está
empedrado el itinerario de su causa de canonización.
Constituyen su expresión más significativa los más
de 120.000 testimonios firmados de favores espirituales y materiales
obtenidos a través de su intercesión ante Dios.
Al
acercarse la canonización de Josemaría Escrivá,
surgió la idea de publicar algunos de esos relatos, pues las
experiencias tangibles de la misericordia divina que refieren son un
patrimonio de fe vivida que merece ser compartido por todos los
cristianos. El resultado es este libro, en el que se han transcrito,
con fidelidad a los originales, algunas de las cartas conservadas en
el archivo de la Postulación. Se han eliminado los nombres de
los firmantes y la indicación de la ciudad de procedencia,
para salvaguardar la intimidad de sus protagonistas. Abarcan un
periodo de veintisiete años: desde el fallecimiento de San
Josemaría, el 26 de junio de 1975, hasta su canonización,
el 6 de octubre de 2002. Por eso, las narraciones usan distintos
tratamientos para referirse a él: Siervo de Dios, Venerable,
Beato... que corresponden a las distintas fases que atravesó
su causa de canonización. Otras personas le llaman simplemente
el Padre, o nuestro Padre, porque se sienten hijos de su oración
y vida santa.
Por
dos motivos he pedido a Mons. Joaquín Alonso un texto de
presentación: por una parte, porque desde hace años es
Consultor Teólogo de la Congregación para las Causas de
los Santos y posee, por tanto, un profundo conocimiento de las
implicaciones existenciales del misterio de la santidad en la
Iglesia; por otra, porque ha sido durante mucho tiempo uno de los más
directos colaboradores de San Josemaría en el gobierno del
Opus Dei, lo que le ha permitido experimentar en primera persona su
paternidad espiritual.
Mons. Flavio Capucci
PRESENTACIÓN
En
este mundo, los santos han vivido para amar a Dios y a los demás,
imitando a Jesucristo que «pasó haciendo el bien»[1].
Pero cuando llegan al cielo, como dice el Catecismo de la Iglesia
Católica, «no dejan de cuidar de aquellos que han
quedado en la tierra. (...) Su intercesión es su más
alto servicio al plan de Dios. Podemos y debemos rogarles que
intercedan por nosotros y por el mundo entero»[2].
Parece,
en efecto, que en el cielo Dios les concede la posibilidad de
continuar la misión que cumplieron aquí abajo, pero aún
más fecundamente. "Desde el cielo os podré ayudar
mejor", nos decía San Josemaría al final de su
vida, a la vez que nos pedía que rezáramos por él,
para que se "saltara" el Purgatorio.
Agradezco
a Mons. Flavio Capucci, Postulador de la Causa de canonización
de San Josemaría Escrivá de Balaguer, que me haya
pedido prologar este libro, testimonio vivo de esa promesa de San
Josemaría. Después de más de 20 años
trabajando cerca de este santo, he comprobado que tenía razón.
Fue enorme la ayuda de su vida santa a quienes le rodeábamos y
a tantos millones de personas a través de sus libros. Pero
desde que dio el salto al cielo, su ayuda se ha multiplicado y ha
llegado a una inmensa multitud de corazones, por obra de su
intercesión ante Dios por las necesidades, grandes o pequeñas,
de muchas personas. Y lo más interesante: que si intercede,
por ejemplo, para que una chica encuentre la lentilla que
perdió en el autobús, toca, a la vez, ese corazón,
para que dé entrada a Jesucristo.
La
misión que Dios confió a Josemaría Escrivá
de Balaguer, el 2 de octubre de 1928, fue fundar el Opus Dei, un
camino de santificación a través del trabajo
profesional y del cumplimiento de los deberes ordinarios del
cristiano[3], por medio del cual el Señor quería
recordar que todos los fieles pueden y deben ser santos; también
la "gente corriente": casados o solteros, de cualquier
profesión honrada, enfermos y sanos, jóvenes y viejos,
pobres y ricos. Por eso estoy convencido de que San Josemaría
sigue desempeñando esa misma misión desde el cielo:
ayudar a muchas personas a encontrar a Jesucristo en medio de los
problemas, las ilusiones, los dolores y alegrías de la vida
cotidiana. Con Jesucristo, el panorama archisabido de todos los días
adquiere una inesperada novedad, una grandeza insospechada, al ser
iluminado por el amor redentor de nuestro Señor.
Para
ayudarnos a descubrir esta perenne novedad que la luz de Cristo
proyecta en el trajín de todos los días, San Josemaría
sigue "intrigando" desde el cielo, sigue enseñándonos
a amar. Y se vale de favores, grandes o pequeños, que son la
envoltura de una llamada de Dios al alma. Del hallazgo de la lentilla
o de la maleta perdida, o de la curación de una anorexia, se
pasa a un encuentro inesperado con Jesucristo. Y me parece que en el
fondo esto es lo que anda tramando San Josemaría desde el
cielo.
Leyendo
las cartas que relatan las gracias obtenidas por la intercesión
de Mons. Escrivá, se observa una variedad asombrosa de
situaciones: desde amas de casa agobiadas por un pequeño
problema doméstico hasta drogadictos o gente que se encuentra
al borde del suicidio. Algunas cartas narran historias tremendas:
vidas destrozadas y sin aparente salida. Otras cuentan la lucha
contra enfermedades como el SIDA, el cáncer o la depresión,
o explican cómo una persona querida se ha librado de un
fusilamiento, de un grave accidente de tráfico o de un
secuestro. Hay quienes obtienen un trabajo, encuentran objetos
perdidos, recuperan la paz de su hogar o superan un examen difícil.
Además, en la mayoría se habla también de un
acercamiento a Dios, a veces después de una vida muy alejada
de la fe.
Proceden
de personas muy diversas: desde religiosas de clausura hasta no
cristianos. La grandísima mayoría de esas personas no
pertenecen al Opus Dei y, en muchos casos, saben poco de esta
prelatura personal de la Iglesia Católica y de su Fundador:
han acudido a este sacerdote porque alguien les ha
proporcionado una estampa o una Hoja informativa sobre San Josemaría.
¿Qué
hay de común en estos relatos? Varias cosas. En primer lugar,
tienen poco de "maravilloso": no hablan de fenómenos
paranormales, clamorosos, aunque entre los favores obtenidos por
intercesión de San Josemaría no faltan hechos
científicamente inexplicables, en particular ciertas
curaciones extraordinarias que han podido ser verificadas
experimentalmente y de las que se han recogido algunas en otro
libro[4]. Pero en general, insisto, los favores atribuidos a
Josemaría Escrivá son muy... "normales".
Hablan de una Providencia ordinaria de Dios, que cuenta con causas o
acontecimientos explicables humanamente, aunque a menudo resultan
sorprendentes. Y muestran cómo el favor recibido ha atraído
a la persona a acercarse más a Jesucristo, a pensar quizá
si estaba viviendo a fondo su vida cristiana.
Esa
realidad cuadra mucho con el mensaje y el modo de ser del Fundador
del Opus Dei, que fue un verdadero "apóstol de la vida
ordinaria". Se consideraba "poco milagrero" y rehuía
instintivamente todo lo que sonaba a "prodigio" o cosa
"maravillosa". En Camino, su libro más difundido,
escribió: «No soy "milagrero". —Te dije
que me sobran milagros en el Santo Evangelio para asegurar
fuertemente mi fe»[5]. Creía sobre todo en los milagros
diarios de la Eucaristía, de los sacramentos, de la gracia.
Desde el cielo, pues, ha continuado enseñando a
descubrir a Jesucristo en la vida cotidiana, para que nadie confíe
temerariamente en que Dios intervendrá «para resolver
las consecuencias de la ineptitud o para facilitar nuestra comodidad.
El milagro que os pide el Señor —señalaba en una
homilía— es la perseverancia en vuestra vocación
cristiana y divina, la santificación del trabajo de cada día:
el milagro de convertir la prosa diaria en endecasílabos, en
verso heroico, por el amor que ponéis en vuestra ocupación
habitual»[6].
El
aspecto que más me ha llamado la atención —como
he dicho— es que los favores obtenidos por San Josemaría
tienen casi siempre dos caras: no se limitan a resolver un problema,
sino que dejan también una luz, un fruto espiritual en
las personas que lo invocan.
Era
también éste un rasgo muy suyo: la unidad entre la vida
y la fe. Le parecía un contrasentido acudir a los santos para
solucionar un problema y a la vez llevar una existencia alejada de
Dios, sin el mínimo deseo de enmendarse. Actitud que, por
desgracia, lleva a que algunas personas confundan la piedad con la
superstición.
Todas
las penas y congojas humanas están reflejadas en estos
relatos. Unos resultan conmovedores, otros sorprendentes, pero todos
hablan de la vida real, de situaciones que quizá el mismo
lector haya tenido que afrontar alguna vez. Ofrecen también
lecciones de fe y esperanza y permiten acercarse a tanta gente que
anda por el mundo y que reza, con sus penas a cuestas y con la mirada
en el Cielo. Son, en fin, una ventana sobre el mundo, sobre una
humanidad que vive sus pequeños o grandes dramas bajo la
mirada de un Dios que no se desentiende de nosotros.
Aunque
a veces siga sus propios caminos para ayudarnos, el Señor
nunca pasa de largo por nuestras necesidades: está siempre
tendiéndonos sus manos. En una iglesia de Münster hay un
Crucifijo, grande, de madera. Una bomba lo dejó sin brazos. Y
se leen sobre la Cruz estas palabras: "Yo no tengo otras manos
que las vuestras". Los santos son las manos de las que se vale
Cristo para ayudarnos. Quizá este libro nos haga pensar que el
Señor nos está pidiendo, también a nosotros, que
le prestemos nuestras manos.
Mons. Joaquín Alonso
cap. 1
A FAVOR DE LAS FAMILIAS
—¿Por
qué dice que bendice con las dos manos el amor humano?
Se
lo preguntaron a San Josemaría en 1970, en México.
Durante los años 70, hasta su fallecimiento, el Fundador del
Opus Dei recorrió varios países de Europa y América,
donde desarrolló una vasta labor de catequesis, predicando
ante grupos diversos, en ocasiones de varios millares de personas. No
se trataba de conferencias, mesas redondas o algo parecido. Eran
reuniones de carácter familiar: tertulias, en las que la gente
le preguntaba sobre diversos temas, relacionados con la vida
cristiana.
En
esas tertulias, la materia de conversación era siempre muy
parecida. Cuando se encontraba entre personas casadas, a menudo le
preguntaban sobre la familia, el matrimonio, la educación de
los hijos, los problemas en el hogar... Sus respuestas ofrecían
consejos de carácter general: no podía ser de otro modo
—explicaba— porque desconocía las circunstancias
concretas de su interlocutor y no era cuestión de sacarlas
allí, a la luz pública... Pero, a la vez, proporcionaba
orientaciones concretas que servían tanto al que había
preguntado como a los demás. Provenían de un sacerdote
que conocía muy bien lo que Dios pide a cada miembro de la
familia: al marido y a la mujer, a los hijos, a los abuelos...
Su
visión del amor humano limpio no podía ser más
positiva: enseñó que el matrimonio es también
una vocación cristiana, "un camino divino" para
llegar a la santidad. Por eso, cuando le preguntaron en México
por qué lo bendecía "con las dos manos" —ya
que usaba esta expresión con frecuencia— San Josemaría
respondió:
—Porque
no tengo cuatro...
Ahora,
como intercesor ante Dios, sigue velando por tantas familias que le
confían sus problemas. Hay quienes le piden encontrar la
persona adecuada para casarse; otros, que salve su matrimonio en
peligro; muchos le ruegan para tener hijos, ante la imposibilidad
física de lograrlo; hay padres que piden por sus hijos e hijos
que rezan por sus padres. Como se verá por los relatos que
siguen, San Josemaría concede muchos favores a las familias.
Su bendición al amor humano está teniendo —así
parece concedérselo Dios— una eficacia cuadruplicada.
MADRES E HIJOS
«El
Beato en su vida fue humano y alegre y cercano a la juventud, creo
que por eso no me ha decepcionado». Así escribe una
señora española después de contar los
sufrimientos que pasó con toda su familia, a causa de un hijo
que tenía muchos problemas. Ella dice que este relato podrá
ayudar a otras personas que estén en su mismo caso, «porque,
por desgracia, pienso que hay muchas madres desesperadas que, si
piden con fe y con constancia, serán escuchadas como lo fui
yo».
Mi casa se volvió un infierno (España)
Soy
una madre de familia de 61 años, tengo cuatro hijos, tres
chicos y una chica. Hemos procurado criarlos y educarlos lo mejor
posible, dándoles nuestro cariño y nuestro apoyo. Sin
embargo, el segundo de mis hijos, que actualmente tiene 34 años,
regresó de la mili como un despojo. No sé lo que allí
sucedería, pero me figuro que nada bueno, pues mi hijo regresó
bebiendo y consumiendo drogas.
Como
consecuencia de todo esto hubo muchos disgustos familiares y mi hijo
decidió con tan solo 22 años casarse. No estábamos
de acuerdo, pues veíamos su inmadurez y el desastre que esto
podría traer, como así sucedió.
Al
año y medio hubo una separación que le llevó a
una depresión grande. Se refugió aún más
en todo lo nocivo —alcohol y drogas— y esto fue un caos.
Fuimos a médicos, a psiquiatras, siguió terapias que
siempre se quedaron a medias, nada funcionaba, su carácter fue
cambiando a peor por momentos. Mi casa se volvió un infierno.
En
el año 88 empezaron a darle ataques epilépticos y
después de muchas pruebas se le detectó un tumor en el
cerebro, un astrocitoma. Nuestra desesperación fue terrible,
pues cada poco había que ingresarlo en la U.C.I. de Puerta de
Hierro, donde los doctores hacían lo que podían. Mi
hijo se había desequilibrado, pues verse con 28 años
poco menos que desahuciado, ciertamente es muy duro.
A
pesar de lo que le indicaban los médicos, él no hacía
caso a nadie, ni dejó de beber ni de fumar y se fue lejos de
nosotros.
Así
estuvo cinco largos años, en los que apenas tuvimos trato.
Sufrí mucho y recé mucho a la Santísima Virgen
del Escorial, y sé que la Virgen me escuchó; pues en
las últimas resonancias magnéticas que le hicieron, y
debido a la radioterapia, el tumor era según mencionaban
"apenas imperceptible". Por aquel entonces él se
había unido a otra persona, con la que convivía y de la
que, debido a su mal comportamiento, tuvo que separarse.
Esta
nueva separación vino a empeorar la cosa, regresó de
nuevo a nuestra casa, con la desaprobación y el disgusto de
mis otros hijos, pues, aunque los resultados médicos eran
mejores, al no llevar él a rajatabla las indicaciones de no
probar el alcohol, tenía crisis epilépticas terribles,
cada dos por tres, con el consiguiente disgusto de ver cómo se
iba deteriorando.
Un
día que yo salía de trabajar, cogí un taxi, y,
qué cara de descompuesta no llevaría, que el conductor
me preguntó qué me sucedía. El buen hombre me
dio una estampa del Beato Escrivá de Balaguer y me dijo que le
rezara. Puse la estampa junto a la foto de mi hijo y a la de la
Virgen, y cada día rezaba y pedía.
Y
así llegamos al año 94. Todo seguía peor. El 1º
de noviembre cayó con una crisis que lo tuvo a las puertas de
la muerte durante 26 días. Cuando salió del hospital no
me lo creía. Fue entonces cuando le dije al Beato: "mira
Beato, si tú logras que mi hijo, ahora que Dios y la Santísima
Virgen me lo han devuelto, sea como antes, un niño estupendo y
cariñoso, te prometo que lo haré saber, porque
considero que, por desgracia, esto está tan perdido que se
vería a ojos vistos que habrías hecho un gran milagro".
Y
así ha sucedido. Desde aquel momento mi hijo mejoró, no
volvió a probar el alcohol, se reintegró poco a poco a
su trabajo, se ha vuelto cariñoso, agradecido, trabajador,
pendiente de todo y de todos los problemas que pueda haber en la
familia, es en fin como si un ángel se hubiera apoderado de su
ser, es otra persona.
Sus
hermanos, que al principio desconfiaban, están hoy encantados
con él, ha vuelto a unir a la familia y a lograr que seamos
felices de tenerle junto a nosotros.
Por
eso, hoy me veo obligada con gran honor a decir que el Beato hizo un
gran milagro, que no pararé de darle gracias y que yo propia
diría que se le hiciera abogado de la juventud perdida.
Procuro
comunicar a todas la personas que puedo el bien que he recibido, y
pido que le recen para toda aquella persona que lo necesite. (...)
Pues hoy es maravilloso repetir que, gracias a Dios y a la Virgen,
con la intercesión del Beato Escrivá de Balaguer, he
recuperado a un hijo y a mi familia. Que Dios nos bendiga a todos.
No conseguía aceptar un hijo así
(Italia)
Quiero
dar a conocer la ayuda que he recibido y que estoy todavía
recibiendo del Beato Josemaría Escrivá. Tengo dos hijos
guapísimos de diez y cuatro años. El mayor ha tenido,
desde su nacimiento, ligeros problemas que han trastornado mi vida.
Cuando comenzó a asistir a la escuela primaria, las cosas se
precipitaron: hablaba poco, mal y tenía una inmadurez de dos
años de diferencia respecto a sus compañeros.
Han
sido cinco años duros, acompañados de un ir y venir a
distintos especialistas; pero ninguno sabía indicarnos un
tratamiento adecuado, porque el niño no tenía problemas
de aprendizaje, sino de ejecución, de comportamiento y de
inmadurez. Desde el segundo año de la escuela primaria tenía
una profesora de apoyo para el italiano y las matemáticas, y
el niño, aunque continuaba mejorando, estaba aún lejos
de llegar al mismo nivel que sus coetáneos.
Entre
sus crisis y, sobre todo, las mías y las de su padre; entre
llantos y una mezcla de "odio-amor", llegamos al quinto año
de la escuela, siempre con su profesora de apoyo y con los problemas
habituales de inmadurez, concentración, ejecución
lenta.
En
casa ya no se podía vivir. No conseguía aceptar a este
hijo, y menos a mi marido, a quien culpaba de que nuestro hijo
presentase estos problemas. Hasta que, a finales de enero, recibí
la Hoja Informativa nº 20. No la miré enseguida, pero la
dejé sobre el mueble, al alcance de la mano. Una mañana,
en plena crisis de abatimiento, la miré, y algo me movió
a leer y a releer las cartas de los devotos al Padre. Entonces decidí
rezar al Beato Josemaría, hasta que me hiciera aceptar con
amor a mi hijo con todas sus deficiencias.
Pocos
días después me sentí más serena y veía
a mi hijo distinto; pensé decir la oración de la
estampa con él. Por la mañana, después del
desayuno, rezábamos al Padre para que me transmitiese a mí
mucho amor para dárselo a mi familia y a él ayuda para
superar sus dificultades.
En
sólo tres mañanas su rendimiento escolar había
mejorado notablemente. ¡Incluso las maestras estaban
sorprendidas del cambio! Yo me sentía otra persona, y en casa
había vuelto la armonía familiar. A mitad de febrero
presenté los módulos de inscripción para la
escuela secundaria y estaba en espera de una llamada de las
profesoras para pedir de nuevo el refuerzo, también para los
tres próximos años.
Mientras
tanto, el niño "florecía": hablaba muy bien,
sin trabarse, escribía cada vez mejor y traía a casa
buenas notas (incluso A). El 23 de febrero fui a recoger las libretas
escolares y, con gran sorpresa por mi parte, me informaban de que no
necesitaría refuerzo en la escuela secundaria, porque ahora su
único problema era la lentitud. Las profesoras me dijeron
también que desde hacía veinte días el niño
estaba transformado y ya no le reconocían.
He
agradecido rápidamente al Beato Josemaría Escrivá
lo que estaba sucediendo y he seguido rezando todas las mañanas
con él. Finalmente, mi marido ha comenzado a rezar y a creer
sin dudar. Hemos empezado también a ir a la parroquia a Misa,
los cuatro juntos, sin sentirnos obligados y con serenidad.
Para
acabar bien este favor, quiero contar que hace diez días, al
regresar mi hijo del colegio, nos ha comunicado que no tendría
clases de refuerzo ni siquiera este año, sino que se quedaría
en clase con las profesoras y sus amigos. Las profesoras habían
decidido hacerle seguir las clases porque el hecho de que uno sea
lento no significa que deba ser tratado de modo diverso.
Estoy
convencida de que todos estos cambios se deben a la intercesión
del Beato Josemaría. Nosotros continuamos rezando y dando
gracias. Cada mañana pedimos que permanezca cerca y nos ayude
a mantener todo lo que hemos conseguido. Yo sé que él
está siempre presente y, cuando me desanimo un poco, me dirijo
a él con un pensamiento y una oración, y rápidamente
estoy mejor.
Sin noticias de un hijo (Costa de Marfil)
Mi
hijo estaba estudiando, desde hacía años, en Estados
Unidos. Me enviaba noticias suyas a menudo, hasta que en cierto
momento dejó de hacerlo. Ya habían pasado tres meses de
silencio y no sabía nada de él, excepto que había
cambiado de dirección. Naturalmente, esto me producía
inquietud.
Una
tarde de este mes de septiembre, mi hermana me regaló una
estampa del Beato Josemaría Escrivá. Hacia las once de
la noche, recé la oración para pedir al Señor
que velara sobre mi hijo que estaba lejos y que me hiciera llegar
noticias suyas.
Esa
misma noche, hacia las tres, mi hijo telefoneó para decirme
que todo le iba bien y para darme su nueva dirección. Ahí
acabó mi intranquilidad. No se trató de una simple
coincidencia, pues mi hijo nunca había llamado a las tres de
la madrugada.
Doy
gracias al Señor por haberme oído en tan breve tiempo,
a través de la poderosa intercesión del Beato
Josemaría.
MATRIMONIOS EN PELIGRO
Matrimonios
rotos o a punto de romperse, problemas familiares complicados, que a
veces parecen inamovibles por el tiempo transcurrido y por los
sentimientos que provocaron: son algunas de las situaciones que se
encomiendan a San Josemaría, implorando su intercesión.
En varios casos, esa ayuda se dirige a los mismos interesados; en
otros, San Josemaría pone en nuestro camino a un amigo fiel
que nos ayuda diciéndonos la verdad. Con razón dice la
Biblia que «un amigo fiel es una protección potente,
quien lo encuentra, encuentra un tesoro»[7].
Siempre
me ha impresionado comprobar cuántos matrimonios se habrán
salvado a través de la intercesión de San Josemaría.
Los relatos que aquí se recogen representan una mínima
parte de los millares que se han recibido en estos años en las
oficinas de la Postulación, y no son todos, pues bastantes de
estos favores nunca llegarán a conocerse. Ya en vida
contribuyó a que muchos hogares recuperaran la paz y la
alegría, animando a que marido y mujer supieran perdonarse,
quitaran importancia a los defectos y debilidades del otro, y
aprendieran de nuevo a quererse. Pero en el cielo parece
especialmente activo en este frente tan importante para la familia y
la entera sociedad.
Un choque providencial (Uruguay)
Hace
ya más de un año que mi hija, casada y con dos hijas,
se empezó a llevar mal con su marido. Es psicóloga y
lamentablemente desde un principio no estuvo bien asesorada por
algunas colegas que le aconsejaban que se separase de su marido,
alegando que ella estaba haciéndose un mal a sí misma y
a sus hijas. Ella decía que ya no lo quería más
y sostenía que su decisión era algo absolutamente
irreversible. Se separaron y mi yerno se fue de la casa.
Ante
esta situación, yo empecé a acudir a la intercesión
del Beato Josemaría, pidiéndole que hiciera algo. Tanto
la madre de mi yerno como yo, pedíamos por los dos, para que
se recompusiera la situación. Mientras tanto mi yerno empezó
a acercarse a Dios y a hablar con frecuencia con un sacerdote de la
Obra.
La
situación no parecía mejorar, hasta que un día
vino mi yerno a decirme que mi hija le había pedido el
divorcio. Entonces, ante tal noticia, me encaré con el Padre y
rezando con fuerza la oración de la estampa con reliquia[8],
le dije que él no podía permitir eso, que él
bien sabía lo que era pedir y que tenía que hacer algo.
Y me pasé prácticamente sin dormir esa noche,
rezándole. Por momentos me preguntaba si mi actitud con el
Beato Josemaría sería un poco atrevida, pero pensé
que los hijos tienen derecho a pedir cosas a sus padres y yo, como
hija, le estaba pidiendo una cosa buena.
A
los pocos días volvía mi hija de un curso y se le
descompuso el auto en la rambla. Fue a hablar por teléfono a
casa de una amiga, para pedir auxilio al Automóvil Club. Le
dijeron que esperara una hora y media. Al llegar al auto se encontró
con un papel que le había dejado su marido, que casualmente
había pasado por allí y había visto el auto
descompuesto. Allí le decía que, si necesitaba algo, lo
llamara. Ella fue nuevamente a llamarlo por teléfono y cuando
volvió, le habían chocado el auto.
En
ese momento llegó su marido, que le dijo que cuando ella lo
había llamado, él le estaba escribiendo una carta con
una estampa del Beato y que sin releerla se la había llevado
para que ella la leyera en ese rato que esperaba el auxilio. Al ver
el auto chocado, le estuvo ayudando y le dejó la carta. En esa
oportunidad estuvieron hablando un largo rato y después él
la llevó a su casa.
Ella
me comentó que esa carta le había impactado mucho,
porque veía que la actitud de su marido había cambiado
y que ahora él reconocía sus errores y tenía una
actitud más abierta. La lectura de la carta tuvo tal efecto en
ella, que la llevó a interrumpir el trámite de
divorcio. Luego de esto hablamos a fondo y por primera vez, noté
que su actitud estaba cambiando, le aconsejé que siguiera
hablando con su marido para ver si podría solucionarse el
problema. De ahí en más empezaron a salir, a hablar,
pero ella no se animaba a tomar decisiones, decía que tenía
que pensarlo mucho, para no ilusionar a las hijas.
Yo,
mientras tanto, seguía rezándole al Padre para que
solucionara todo. Y finalmente el 9 de enero de este año,
después de la Misa en la que pedí con especial fuerza
que se decidieran de una vez, al llegar a mi casa, me dieron la
noticia de que se había arreglado su matrimonio y que al día
siguiente se iban de vacaciones a una ciudad del interior del país.
Tengo la certeza absoluta de que este favor fue concedido a través
de la intercesión del Beato Josemaría a quien ahora le
encomiendo que aumente la familia.
Por continuos malos tratos (Colombia)
A
mediados de 1977, una joven señora confió a mi
patrocinio legal la causa de separación entre ella y su
marido. Entre otras cosas, acusaba al cónyuge de continuos
malos tratos verbales y físicos, y de echarla de casa a menudo
cruelmente. En una de estas ocasiones, se presentó
visiblemente afligida en mi despacho, para preguntarme cómo
debería comportarse en espera de la resolución jurídica
del suceso.
Después
de haberle dado a conocer sus derechos y la normativa vigente, le
propuse también —con gran sorpresa por su parte—
recurrir a otro "abogado": le hablé del Beato
Josemaría, y le mostré un ejemplar de la Hoja
informativa y la estampa. Dijo que era católica, pero desde
hacía ya bastante tiempo se había alejado de las
prácticas de piedad. De todos modos, aceptó hacer una
novena a Mons. Escrivá de Balaguer.
No
habían transcurrido aún nueve días y de nuevo la
encontré en mi despacho: esta vez me pidió, muy
contenta, que suspendiera la acción legal. Había
recitado devotamente la oración, dejando después
hábilmente la estampa y la Hoja Informativa sobre la cómoda
del marido.
Una
noche lo vio leer atentamente el folleto y, desde aquel momento, notó
en él un cambio profundo. Tres días después, el
marido le preguntó: "Tesoro, ¿quién te ha
dado aquel folleto sobre Mons. Escrivá de Balaguer?". "Un
amigo. ¿Por qué?". "Porque este sacerdote te
acaba de hacer un milagro. Te prometo que a partir de hoy seré
un buen marido".
Recientemente
mi ex-cliente me ha pedido otros ejemplares de la Hoja Informativa:
quiere distribuirlos entre sus parientes y conocidos.
Se ilusionó con una compañera de
trabajo (España)
Tengo
una hija de treinta y dos años, casada, que reside fuera de
nuestra ciudad. Lleva trece años de matrimonio y siempre les
he visto muy unidos y felices. Tienen cuatro hijos preciosos.
De
pronto, él se ilusionó con una compañera de
trabajo, se lo contó a mi hija, y se fue a vivir con ella unos
días.
Mi
hija se vino a nuestra ciudad con las cuatro criaturas, para dejarle
a él en libertad. Mi hija estaba al borde de la desesperación
ya que, por desgracia, es indiferente en materia religiosa. Los niños
sufrían mucho, sobre todo la mayor, de once años, que
ya se daba cuenta.
Mi
yerno y su amiga pensaron pedir plaza en otra capital para vivir
juntos, ya que, donde les conocían, veían mal su
situación.
Toda
la familia sufrió muchísimo. Mi marido y yo comenzamos
a hacer ininterrumpidamente novenas al Siervo de Dios Josemaría
Escrivá de Balaguer.
Mes
y medio más tarde, mi yerno llamó por teléfono a
mi hija, diciéndole que deseaba hablar con ella. Cuando todos
pensábamos que venía para formalizar la separación,
resultó que vino a reconocer su mala conducta, a pedir perdón
y a decir que ya no se separaría de ella y de sus hijos.
Efectivamente, desde ese momento viven felices, como al principio.
En
la familia, nadie encuentra explicación: mi marido y yo
sabemos que se trata de un favor que nos ha concedido Mons. Escrivá
de Balaguer, a quien seguimos rezando para darle gracias.
¡Que papá y mamá no se
separen! (Puerto Rico)
Hace
varios meses recibí una llamada de mi madre. Se le escuchaba
triste y con muy pocas ganas de luchar. Había decidido
separarse de mi padre —tenían 30 años de
matrimonio— ya que pensaba que aquella situación que
atravesaban no la podrían superar. Días después,
hablé con mi padre y me pidió que les encomendara de
manera especial.
A
medida que pasaba el tiempo las cosas se iban poniendo peor, y yo
aumentaba el número de oraciones de la estampa del Beato
Josemaría. En mis conversaciones con ellos, les aconsejaba que
volvieran a la Iglesia, a recibir los sacramentos, a rezar, a luchar
y a poner todo en las manos de Dios. Seguía pasando el tiempo
y las noticias no eran nada favorables. Todo parecía indicar
que el desenlance sería una separación definitiva. De
mi parte, no cesaba de pedir a Dios a través de nuestro Padre
por la conversión interior de los dos.
Mi
madre entró en una crisis muy delicada. Ante semejante
situación, mi padre reaccionó y comenzó a poner
los medios humanos para salvar su matrimonio. Pero se daba cuenta de
que esto no era suficiente. Entonces decidió confesarse y
recurrió a la dirección espiritual, cosa que no ha
dejado de hacer todas las semanas. Además de la Santa Misa
dominical, asistía también entre semana, rezaba a
diario el Santo Rosario y no dejaba de ponerle flores a la Virgen. Él
insistía en poner un final feliz a la pesadilla que estaban
viviendo. Mi madre seguía negativa, no quería perdonar.
Pasaron
diez meses de aquella dolorosa llamada, cuando un buen día mi
padre me dijo: "¡Ha ocurrido el milagro: tu madre y yo nos
hemos reconciliado!"
RECIBIENDO UNA NUEVA VIDA
Son
favores que, seguramente, San Josemaría tendrá especial
alegría en conceder. Lo sugiere su gran amor al maravilloso
don que Dios ha dado a los padres: la transmisión de la vida.
Le llenaba de alegría conocer el heroísmo de tantos
padres que, para acoger un nuevo hijo, deben afrontar serias
dificultades o un ambiente contrario. Con fuerza y claridad repetía
la doctrina de la Iglesia sobre el respeto a la vida desde la
concepción. Y animaba a los matrimonios que no podían
tener hijos, asegurándoles sus oraciones. Por eso, abundan los
relatos que comunican gracias relacionadas con embarazos difíciles
o con dificultades para tener hijos, como los que se pueden leer a
continuación.
Después de haber perdido tres hijos
(Austria)
Habíamos
perdido a nuestros dos hijos a la vez —dos chicos, de cinco y
tres años— a causa de una inexplicable e intratable
encefalitis. Pocos meses después, nuestras esperanzas se
habían visto destrozadas por un aborto.
La
confianza volvió, al poco tiempo, con un nuevo embarazo. Sin
embargo, éste estuvo amenazado por varias causas: peligro de
aborto en el sexto mes, valores de glucemia —detectados por
primera vez en la madre— por encima de lo normal y riesgo de
parto prematuro cuatro semanas antes de la fecha. Finalmente —aunque
se podía ver que el cordón umbilical estaba hecho un
nudo— ¡el niño vino al mundo sin problemas!
Después
del parto supimos que un conocido nuestro, médico, había
pedido a menudo la intercesión del Siervo de Dios Josemaría
Escrivá de Balaguer, para que todo tuviese un buen final.
Hasta ese día no habíamos oído hablar ni del
Opus Dei, ni de este sacerdote santo.
Hace
pocas semanas llegó a su buen término otro embarazo y
nacimiento: esta vez hemos acudido nosotros desde el principio a la
intercesión del Siervo de Dios. Tanto nosotros como nuestro
amigo médico atribuimos el final feliz de ambos embarazos a la
intercesión de Josemaría Escrivá. ¡Estamos
muy agradecidos a Dios y muy contentos!
Nacerá el 26 de junio (El Salvador)
A
continuación voy a contar un favor que el Beato Josemaría
Escrivá hizo a mi hermana, que me pidió por favor que
lo escribiera, para que pueda servir a otras personas a acudir con
confianza al Fundador del Opus Dei para mayor gloria de Dios.
Mi
hermana quedó esperando. Por el comportamiento de su cuerpo
todo daba a entender que no estaba encinta. Pero ella tenía el
convencimiento de que sí, pues una madre sabe cuándo
lleva consigo al hijo que ya concibió.
Fue
al médico, pero éste le dijo que no estaba embarazada,
y ante la insistencia suya le hizo análisis, que dieron un
resultado negativo. Como ella continuaba segura de que sí,
consultó a otro médico que le dio el mismo diagnóstico
que el anterior. Decidió esperar.
Cuando
el embarazo ya era notorio, acudió nuevamente al médico,
quien le dijo que debido a las hemorragias sufridas durante los
primeros meses del embarazo, el niño no podía ser
normal, por lo que lo mejor sería abortar ya que de nacer el
niño no tendría huesos, sería como un costalito
de carne.
Lloró
mucho y acudió al Beato Josemaría con toda la fe que
fue capaz de tener. Por el tiempo de gestación que llevaba, se
dio cuenta que el niño debería nacer en junio, por lo
que le dijo al Beato Josemaría: "Padre, usted me va a
hacer el milagro que mi hijo nazca el 26 de junio"[9].
Empezó
a tener un embarazo más o menos normal, sin dejar de pedir al
Beato Josemaría que hiciera el milagro. Llegó el 26 de
junio y como estaba segura de que el niño nacería ese
día, normal y sano, pidió a su marido que antes de irse
al trabajo la llevara al hospital; él no quería, pues
ella se encontraba bien y sin ninguna manifestación de que el
parto fuera a ser ese día, pero ante su insistencia y por
complacerla la llevó.
Al
llegar al hospital la atendieron inmediatamente, pues se había
iniciado ya el parto. El niño nació el 26 de junio a
las 3:00 p.m.
A
las 7:00 p.m., mientras lo arrullaba, pensaba que en Santo Domingo
—iglesia donde se celebra cada año la Misa en honor del
Beato Josemaría— estarían tantos fieles pidiendo
y agradeciendo tantos favores; ella desde la cama del hospital sólo
agradecía el tener a su hijo sano. El niño cuenta
actualmente con ocho meses.
Le decían que estaba muerto (Italia)
Mi
marido y yo habíamos sabido por casualidad que una amiga
nuestra, que llevaba casada pocos meses, esperaba su primer hijo,
pero estaba ingresada en el hospital por problemas.
Decidimos
ir a verla y la encontramos precisamente en el momento en que el
médico le estaba informando de que el feto ya estaba muerto y
que al día siguiente sería sometida a un simple
procedimiento de limpieza del útero. La señora,
naturalmente, había estallado en lágrimas: era su
primer hijo y lo deseaba de todo corazón; además ya no
era una jovencita, por lo que sería más difícil
tener otro hijo. Mientras hablaba entre lágrimas, decía
encontrarse bien, no tener ninguna molestia y que no entendía
por qué tendría que hacerse esa intervención.
Impulsivamente,
después de haber observado una imagen de la Virgen que había
allí cerca, le aconsejé que esperara a hacer la
operación, que volviera a casa y rezase a la Virgen. Mi
marido, que estaba allí presente, me lo reprochó,
temiendo que pudiese suceder algo peor. De vuelta a casa, recé
a la Virgen por ella y después, ya que estaba próxima
la fecha de la beatificación, recé al Beato Josemaría
Escrivá pidiéndole la gracia.
El
17 de mayo de 1992, estuve en Roma con mi familia y recé por
ella. Regresamos a casa a las 21 horas, y a los cinco minutos sonó
el teléfono: era aquella señora que, con inmensa
alegría, me comunicaba que el día que mi marido y yo
habíamos ido a verla, había dejado el hospital contra
el parecer de los médicos, que le habían amenazado
exponiéndole todo tipo de tragedias. Luego había
repetido en otro lugar los exámenes y el niño estaba
vivo y crecía bien.
El
día del aniversario de la beatificación, después
de la Misa, ha venido a buscarme aquella señora, radiante y
con un cochecito junto a ella, en el que estaba una guapísima
y sanísima niña rubia. Gracias, Beato Escrivá,
por tu intercesión.
El Beato Josemaría no hace acepción
de personas (España)
El
domingo 26 de mayo, mi nuera ingresó en el Hospital
Policlínico de Valencia, para dar a luz su primera hija (mi
séptima nieta).
Gracias
a Dios, todo transcurrió con plena normalidad. Sin embargo, su
compañera de habitación, una joven muy delgada de 24
años, era el reverso de la medalla. Llevaba cuatro días
ingresada con dolores esporádicos e irregulares de parto, y
por añadidura había pillado una gripe con 39,5_ de
fiebre.
Rápidamente
nos hicimos amigos y entonces supimos por su madre y por ella misma
que estaba aquejada de epilepsia, sufría frecuentes ataques y
había quedado embarazada a pesar de los reiterados consejos
médicos y familiares de que no se quedase en estado. Desde el
tercer mes habían interrumpido su medicación habitual
por miedo a posibles lesiones de la criatura, y ella había
padecido lo indecible por el síndrome de abstinencia.
Ahora
la habían autorizado a continuar el tratamiento de la
epilepsia, pero ella se había negado en atención a la
salud de su futura hijita. En estas delicadas circunstancias, los
médicos estaban bastante perplejos y contrariados, y apenas le
dirigían la palabra. Se sentía como abandonada. En el
informe profesional recomendaban la cesárea, pero no se
atrevían a realizarla por el temor a sus probables crisis.
Apenas
me expusieron la situación, saqué la estampa del Beato
Josemaría de la cartera y se la ofrecí sin vacilar. Les
dije que era un santo muy milagroso que podía concederles todo
lo que pidiesen. En confianza me explicaron que, aunque veían
con simpatía a su párroco, apenas frecuentaban la
iglesia; ni siquiera los domingos solían ir a Misa. "Esto
no es inconveniente para pedir el favor" —les repliqué—,
"el Beato Josemaría no hace acepción de personas".
Tomaron
la estampa y la pusieron bajo la almohada de la joven madre aquella
misma noche. A la mañana siguiente, mientras mi consuegra
aseguraba que su nieta era la niña más guapa de todo
Valencia, la buena vecina, resignada, me devolvía la estampa
agradeciendo al Beato que había sido la noche mejor de todas.
Apenas tenía fiebre, había descansado y había
respondido muy bien a los tranquilizantes administrados.
Le
contesté que esto no era más que el principio, que
siguiesen rezando y se quedarían maravillados de los efectos.
Le estampa, por supuesto, era suya hasta que la regalasen a algún
otro amigo o familiar más necesitado. Aquel mismo día
el parto se inició en serio y bajaron a la joven al quirófano
correspondiente.
Al
anochecer, volvía en camilla a la habitación, cansada
pero radiante de alegría: "El parto ha sido normal, la
niña pesaba 3,200 kg., tenía los ojitos (mejor, ojazos)
abiertos y los médicos se felicitaban por el desenlace"
(la habían asistido cinco o seis profesionales, con el temor
en el cuerpo, por las posibles complicaciones que no se presentaron
en absoluto).
Mi
consuegra, al ver la niñita, confesó en público
que tenía que rectificar: la niña más guapa de
todo Valencia no era su propia nieta sino su nueva vecinita.
Con
las felicitaciones obvias, les recordé que aún podían
pedir al Beato Josemaría el favor completo: la curación
definitiva de la madre. Ellos asintieron agradecidos y, con la
estampa encima de la mesita, mientras la niña tomaba con ganas
su biberón, nos despedimos como amigos de toda la vida.
Nos recomendaban abortar (Argentina)
Cuando
esperábamos a nuestro último bebé, el obstetra
que trataba a mi esposa nos aconsejó que se hiciera un
análisis, debido a la existencia de antecedentes del síndrome
de Down en la familia.
Fue
en ese control cuando detectaron el tumor, del que no se podía
precisar la malignidad, por ser la criatura demasiado pequeña
todavía. Nos dijeron que debíamos esperar tres semanas
más para determinar la evolución del mal. Fueron
veintiún días de espera interminable, en los cuales
recurrimos a familiares y amigos para compartir nuestro dolor. Un
conocido nos prometió encomendar la curación a la
intercesión del Beato Josemaría Escrivá de
Balaguer. También nosotros rezamos.
Tuvimos
que soportar, en ese período, la opinión —contraria
a nuestros deseos— de los que nos recomendaban no seguir
adelante con el embarazo, como si ya no tuviesen derecho a un lugar
en el mundo los enfermos o los incapacitados.
Transcurridas
las tres semanas, volvimos a la clínica para realizar la
ecografía de control. Los médicos, sorprendidos del
resultado, nos preguntaron si habíamos rezado mucho: el tumor
había desaparecido. Lloramos de alegría, pues eso era
lo que esperábamos oír.
El
nacimiento de Ayelén, que vio la luz perfectamente sana, nos
confirmó que el milagro se había producido por la
intercesión del Beato Josemaría. Nadie de la clínica
pudo explicar las causas de la desaparición del tumor que
habían visto. Esperamos que este relato pueda servir para
otros que atraviesen una situación similar a la nuestra.
Acosada por gente que le aconsejaba mal (España)
Una
señora que conozco quedó en estado de su sexto hijo. Su
salud era delicada, porque tenía una gran infección.
Los dos últimos partos habían presentado dificultades y
habían tenido que practicarle la cesárea. Tuvo que
acudir a un médico nuevo, ya que el que la atendía
habitualmente se había jubilado.
Este
médico le aconsejó que le hiciesen ligadura de trompas,
ya que no estaba en condiciones —según su opinión—
de tener más hijos. Ella habló con el médico y
le dijo que ese consejo no era moralmente bueno. El médico
insistió y le dijo que estaba equivocada (...). Sus argumentos
la llenaron de confusión, y se encomendó al Siervo de
Dios Josemaría Escrivá de Balaguer.
A
los dos meses de ocurrir todo esto, su marido enfermó, y a
pesar de ser un hombre joven, le tuvieron que poner un marcapasos
para el corazón. Ella estaba profundamente afectada y su salud
se resintió todavía más. Los dos últimos
meses del embarazo los pasó en cama, constantemente acosada
por gente que le aconsejaba mal. Ella se encomendaba con fuerza a la
Santísima Virgen y al Siervo de Dios, pero llegó un
momento en que se le presentaban serias dudas sobre lo que tenía
que hacer.
Un
día, me llamó para que la ayudara, y me confesó
que estaba decidida a seguir aquel consejo del médico. Yo recé
y pedí a muchas personas que pidieran por este problema a
Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer.
Cuando
llegó el momento del parto me volvió a llamar; faltaban
dos horas para la intervención. Me dijo que, por fin, se había
negado a la ligadura de trompas, y me lo quería decir. Tenía
miedo porque sabía que se podía morir; además
los médicos habían dicho que el niño no pesaría
más de un kilo y medio y que podía ser subnormal. Al
ponerle la anestesia —me comentaba luego— temblaba de
miedo, pero también pidió ayuda al Siervo de Dios: algo
le decía que todo saldría bien. Cuando volvió de
la anestesia, le dijeron que había tenido una niña y
que estaba perfectamente sana: pesaba 3.300 gramos.
Estoy
persuadida de que la fortaleza de mi amiga y la salud de su hija se
deben a un favor de Mons. Josemaría Escrivá de
Balaguer.
Quería esterilizarse (Holanda)
El
martes pasado, uno de mis colaboradores de trabajo en el grupo de
investigación vino a visitarme y me comunicó que
durante los dos días siguientes estaría ausente. Me
dijo que iba a esterilizarse.
Intenté
explicarle que era una cosa absurda y le di varias razones. Me expuso
sus motivos: tenía tres hijos y pocas perspectivas para el
futuro. La conversación fue breve —mi colega se había
quedado en el umbral— y además nos interrumpieron con
dos llamadas telefónicas.
Apenas
se fue, recé una oración al Beato Josemaría y le
pedí su intercesión para que mi amigo no llevara a cabo
aquello. Media hora más tarde, mi colega vino de nuevo para
decirme que había cambiado de opinión.
Enferma de SIDA (España)
Hace
unos años, trabajaba como enfermera en laboratorio. Un día
había realizado las extracciones de sangre, ese día me
tocaba atender a los enfermos de SIDA, hepatitis, etc.
Vino
una chica joven y me dijo que me pusiera guantes, porque era
portadora de los anticuerpos del SIDA. Le di las gracias.
Como
vi que estaba muy nerviosa, le pregunté si tenía algún
problema. Me dijo que había dejado a los niños en casa.
Al preguntarle cuántos tenía, me dijo que dos, y que
estaba embarazada, pero que iba a abortar. Hablé con ella
diciéndole que si tenía el niño yo me ocuparía
de él, le di el teléfono de la asociación
Provida.
Como
yo era persona nerviosa, al distribuir la sangre en los diferentes
tubos, se me olvidó echarle anticoagulante. Después de
un rato me di cuenta.
Los
compañeros que habían visto la conversación, me
pidieron el teléfono de Provida, por si les surgía
algún caso.
Encomendé
a esta chica al Beato Josemaría, y pedí a otras
personas que hicieran lo mismo.
Cuando
volví al trabajo, hablé con el jefe de laboratorio,
explicándole lo que me pasó, y que el resultado podía
ser erróneo. Me dijo que enviaría una nota al
departamento de planificación familiar, para repetir el
análisis. Yo le dije que iría personalmente a
decírselo.
Cuando
fui a ese departamento, me encontré por el pasillo con esa
chica que me reconoció y me dijo que no podía ingresar
esa tarde en el hospital para abortar, porque faltaba un análisis.
Le expliqué que había que repetirlo y que me acompañara
al laboratorio.
Hablamos
largo rato, le hablé de responsabilidad y libertad, y que para
tomar esa decisión tendría que oír a personas
que estuvieran en contra del aborto, porque sólo había
oído los argumentos a favor.
Poco
a poco se iba convenciendo, y me dijo que no era necesario hacérselo,
porque no iba a abortar. El jefe del laboratorio también habló
con ella, y le insistió que fuese a Provida.
Pasó
el tiempo, y un día me llamó una compañera, y me
decía que tenía una visita que me iba a dar mucha
alegría. Era aquella chica, que estaba embarazada de 8 meses y
venía para que conociera a los niños de 3 y 2 años,
y a darnos las gracias, pues estaba feliz con el embarazo y en
Provida le habían ayudado mucho.
Yo
le di las gracias al Beato Josemaría, que se valió de
un error, para impedir un aborto.
¿Quién va a cuidar de usted?
(España)
Soy comadrona y
trabajo en un ambulatorio, en la consulta de Tocología. Hace
un tiempo vino a visitarme una paciente, embarazada de pocas semanas,
acompañada de su marido. Argumentando que, por tener 40 años
su hijo nacería subnormal, exigía que se le practicara
un aborto a cargo de la Seguridad Social. El médico que la
atendía le explicó que, sin hacer unas pruebas que
diagnosticaran la supuesta subnormalidad, él no podía
ingresarla en ningún centro para que procedieran a la
interrupción del embarazo. La paciente se negaba rotundamente
a que le practicara ninguna prueba de diagnóstico prenatal y,
tanto ella como su marido empezaron a protestar, creándose una
tensión muy desagradable en la consulta.
Interiormente,
pedí al Beato Josemaría que me inspirara algún
motivo que hiciera desistir a la paciente de su obcecación.
Leí su historia clínica y vi que tenía dos hijos
varones de 17 y 14 años, y, mirándola a la cara,
observé que tenía unos bellísimos ojos azules.
El
Beato Josemaría oyó mi petición, y fue él
quien hizo posible que le hiciera la siguiente reflexión:
—Señora,
¿ha pensado que puede estar embarazada de una niña que
tenga los ojos tan bonitos como los suyos?
La
mujer me miró asombrada: creo que era la primera persona que
le hablaba positivamente de su situación; a continuación,
le seguí preguntando:
—¿Ha
pensado cuando usted sea mayor, quién la va a cuidar? ¿Quién
le hará las sopitas?
La
reacción fue inmediata. Dejó de gritar, se quedó
callada reflexionando, y dijo a continuación:
—Háganme
la prueba.
A
los quince días, cuando volvió a la consulta, viendo su
alegría comprendí que el Beato Josemaría había
vuelto a interceder. La señora nos daba las gracias y en el
informe que nos traía decía lo siguiente:
"Evolución
del embarazo normal. No existen signos de subnormalidad. Sexo:
hembra".
LOS HIJOS NO LLEGABAN
No podíamos tener hijos (Argentina)
Me
casé hace siete años. Al poco tiempo, y después
de unas consultas médicas, nos informaron que mi marido tenía
serias dificultades para que pudiésemos tener un hijo. Sin
embargo, a los ocho meses quedé embarazada. Recibimos esta
noticia con gran alegría, pero al mes perdí al bebé.
A
partir de aquí comenzamos a hacer múltiples consultas
médicas sin ningún resultado. A todo esto mi marido
había dejado de practicar y me decía que los milagros
no existían, ya que yo rezaba mucho, pero sin resultado; él
sólo confiaba en los médicos. Así pasaron seis
años de análisis y tratamientos que en lugar de
mejorarnos, nos empeoraban. Uno de los últimos médicos
que consultamos nos habló claramente sobre la posibilidad de
adoptar un niño ya que no era posible que tuviéramos
uno.
Llegamos así
al mes anterior de la Beatificación de Josemaría
Escrivá de Balaguer, a quien había conocido en Buenos
Aires cuando yo tenía 16 años, durante una tertulia con
gente joven en La Chacra. Convencida de que cuando se beatifica
alguien se producen muchos milagros, le insistí a mi marido
que comenzáramos una novena a Josemaría Escrivá
con la intención de tener un hijo. Él no tenía
casi esperanza pero rezó para poner un medio más. Le
pedí a mi familia que se unieran a nuestra oración al
próximo Beato ya que estaba convencida que si él no
intercedía, no lo tendría nunca en mi vida. (...) Todos
se unieron a nuestra oración.
Por
otra parte, una amiga se encontraba en una situación similar y
ya hacía cuatro años que se había casado. Por
esto decidí rezar también por ella, pidiéndole a
Josemaría Escrivá el favor para las dos, pero que si no
convenía que yo lo tuviera, al menos que ella quedara
embarazada, ya que hacía menos tiempo que se había
casado y yo ya estaba más acostumbrada a sufrir.
En
este estado de cosas, se acercaba la fecha de la beatificación
y rezábamos la novena cada día. Además, mi
marido prometió volver a practicar si quedaba embarazada. Al
poco tiempo de la Beatificación, unos análisis
confirmaron mi embarazo y a la semana nos enteramos que mi amiga
también estaba esperando un hijo. Nuestra alegría fue
enorme y también inmenso el agradecimiento al nuevo Beato.
Después
de un tiempo, tuve los mismos síntomas que cuando perdí
el primer bebé y se lo comenté a mi marido. Él,
que ya había comenzado a ir a Misa todos los domingos,
prometió rezar cada día dos misterios del Rosario. Pero
esto fue sólo un susto y el embarazo siguió su curso.
Cada día seguíamos rezando la estampa al Beato
Josemaría. Así llegó el día en que nació
mi hija y, con siete horas de diferencia, nació la hija de mi
amiga.
Hijita, este santo es bien milagroso (Perú)
Tengo
cuatro años de matrimonio y he tenido dos abortos naturales:
el primero (varón) el 7-V-91 y el segundo (gemelos) el
5-III-93. Las causas no se han determinado con precisión, lo
cierto es que presento placenta previa, y los embarazos no llegan a
los 9 meses.
Había
perdido mi fe, hasta que en abril de 1993 mi tía me obsequió
un cuadro del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer y me
dijo: "Hijita, este santo es bien milagroso, rézale
mucho". Entonces algo cambió en mí, me aferré
a la imagen, le pedía con tanta devoción que me diera
la oportunidad de ser madre, de darle lo mejor a mi hijo. El amor que
nos une a mi esposo y a mí, no era suficiente, sentíamos
un vacío.
Fue
grande mi sorpresa, cuando en agosto de ese año, volví
a quedar embarazada. Durante el proceso de gestación, el
ginecólogo me ordenó reposo absoluto, cosa que no
cumplía estrictamente por mi trabajo (profesora). Al cumplir
el séptimo mes, me angustié pensando que me sucedería
lo mismo. Entonces comencé a rezar con más fervor, con
amor, con lágrimas.
Llegó
el 30 de marzo de 1994, fecha en que fui intervenida por cesárea
y, antes de entrar en la sala de operaciones, cogí la estampa
del Beato y la llevé conmigo. Eran las 7:40 pm cuando escuché
el llanto de mi hijita, entonces pensé: "gracias Señor,
una vez más creo en ti"; la vi y me quedé dormida.
Al
día siguiente, mi doctor me contó que la operación
estuvo bastante difícil, hubo un momento que tuvieron que
abandonarme para atender a mi bebita, pero al final todo salió
bien. Hoy tiene tres meses, pesa cinco kilos y medio. He puesto el
cuadro del Beato Josemaría en la cabecera de su cama.
Nuestra alegría fue inmensa (Bolivia)
Trabajando
como ayudante de plomero en la construcción de la Casa de
Convivencias Río Abajo, conocí al arquitecto que
dirigía las obras.
Con
mi esposa comenzamos a tener problemas porque no podíamos
tener hijos. Entre otras cosas discutíamos con frecuencia.
El
arquitecto me veía triste y me preguntaba:
—¿Qué
te pasa? ¿Tenés algún problema?
Le
conté mi problema, y me aconsejó ir al médico
con mi esposa y a charlar con un sacerdote.
El
médico nos desanimó y nos dijo que nunca tendríamos
hijos porque mi esposa estaba afectada por un accidente que había
tenido cuando era pequeña. El sacerdote me recordó
muchas cosas de la fe que tenía olvidadas porque llevaba mucho
tiempo sin practicar y también tenía amigos que no eran
católicos y me habían alejado de la fe aunque durante
un tiempo trabajé con unas monjitas y llevé una vida
cristiana buena. Allí fue donde conocí a mi esposa.
También tuve oposición de su familia que no era
católica. El sacerdote también me hizo conocer un poco
el Opus Dei, nos animó, a mi esposa y a mí, a tener
paciencia y fe y también nos dio una estampa del Beato
Josemaría a quien comenzamos a acudir para que intercediera
por nosotros. Hicimos enmarcar la imagen y fuimos a Copacabana
también a pedir la ayuda de la Virgen.
Pasó
el tiempo. Mi esposa trabajaba vendiendo en la calle y un día
tuvo un desmayo mientras estaba trabajando. La llevé al
médico, que sólo le dio unas pastillas. Otro día,
al ir a botar la basura cerca de la casa, se cayó al barranco;
estaba muy lastimada y la llevé al Hospital. Al examinarla, el
médico dijo que era probable que estuviera embarazada. Le
dijimos que no podía ser, porque nos habían dicho que
ella no podría tener hijos. Cuando se confirmó el
embarazo nuestra alegría fue inmensa; además, se
solucionaron muchos de nuestros problemas: con mi suegra, con los
amigos que se burlaban de mí porque no tenía hijos... y
también las discusiones con mi esposa.
El
10 de junio de 1995 nació nuestra hija; ahora tiene casi dos
años y, hoy, 26 de junio, fiesta del Beato Josemaría,
después de varios días de preocupación porque no
nacía, mi esposa ha dado a luz a nuestra segunda hija. Todo
esto se lo debemos a la intercesión del Beato Josemaría
Escrivá de Balaguer.
LOGRARON CASARSE
El matrimonio de mis padres (Filipinas)
Mis
padres no habían recibido el sacramento del matrimonio. Mi
padre decía que no era necesario, dado el amor que los unía,
y no permitió nunca a nadie entrometerse en los asuntos de
nuestra familia.
Terminada
la escuela elemental, me trasladé a Manila en busca de trabajo
y lo encontré como empleada en casa de una familia.
Fue
la señora de esta familia quien me sugirió la
posibilidad de frecuentar un Centro del Opus Dei, donde asistí
a un curso de doctrina cristiana y aprendí a apreciar el valor
de los sacramentos. Cuando me explicaron la importancia y el
significado del matrimonio, pensé rápidamente que debía
hacer algo por mis padres y pedí al Espíritu Santo que
los iluminara.
Una vez fui a
verlos y, después de haber rezado al Padre para que me ayudara
a hablar con claridad, probé a afrontar el tema con mi padre.
En un primer momento intentó esquivar la conversación,
pero al segundo intento mostró más interés,
reconociendo que era incapaz de confesarse: no lo había hecho
nunca.
Aquella
misma noche le ayudé a hacer un buen examen de conciencia. Me
resultó muy difícil, pero sentía que el Padre me
enseñaba lo que tenía que hacer. Con mi madre, fue todo
más sencillo: había aprendido a confesarse hacía
años.
Al
día siguiente, fijé con el párroco la fecha de
la boda. Ese día tuve que ayudar a papá a vencer los
últimos miedos, y finalmente llegamos a la iglesia.
Fue
para mis padres el inicio de una nueva vida: se casaron el 17 de
junio de 1977, después de veintiún años de vida
en común.
No quería casarse por la Iglesia (Gran
Bretaña)
Había
rezado muchas veces para que el hombre con el que convivía y
con el cual he tenido cuatro hijos acogiese mi deseo de casarnos por
la Iglesia. Pero dado que continuaba negándose obstinadamente,
comencé a perder la fe. Estaba tan desalentada por mis pecados
que ni siquiera acudía a la Misa dominical, considerándola
inútil.
Una
amiga mía, católica practicante, me ayudó a
acercarme de nuevo al Señor. También encontré
valor para pedir a mi marido el consenso para el Bautismo de nuestro
primogénito, que tenía entonces un año y medio.
Desgraciadamente, pocas horas antes de la ceremonia el demonio metió
la cola: mi marido amenazó diciendo que, si iba a la catedral,
no me querría más en casa.
Tiempo
después hice amistad con una persona del Opus Dei, que me
ayudó a retomar la asistencia a Misa y me invitó a
algunas clases de formación cristiana. Concerté con
ella un plan para resolver mi situación familiar.
Estábamos
en el segundo semestre del año 1975 y hacía poco tiempo
que se había impreso en inglés la estampa de Mons.
Escrivá. Empecé una novena y al mismo tiempo recomencé
la tarea de persuasión con mi marido. Pasaron los meses y, aun
sin mostrarse decididamente contrario, todavía estaba reacio.
Sólo
más tarde supe que, precisamente cuando hice la novena, había
ido a preguntar a un sacerdote si podía contraer matrimonio
católico y había comenzado a prepararse con su ayuda.
El
14 de agosto de 1977, con gran asombro por mi parte, me declaró
que ya todo estaba preparado y que nos casaríamos al día
siguiente.
Ahora
estoy rezando por el Bautismo de mis hijos.
Encontrar mujer a los 50 años (Holanda)
Por
fin les hago llegar el favor que he recibido hace tres meses por
intercesión del Beato Josemaría Escrivá. En
primer lugar, tengo que decir que (...) estoy en contacto con el Opus
Dei.
He
aquí mi historia. Hace cerca de dos años y medio, el
mayor de mis hijos iba a cumplir 50 años. No estaba casado,
aunque lo deseaba. Siempre decía: "no consigo encontrar
mujeres que quieran casarse" y así terminaba cualquier
conversación sobre el tema. Esto me dolía, porque
notaba que no era feliz. Preocupada por esta situación, me
dirigía al Fundador del Opus Dei.
Les
ahorro los particulares de cómo sucedió todo; el hecho
es que el día de su quincuagésimo aniversario había
un espléndido ramo de flores sobre su escritorio. Los
parientes le preguntaron quién se lo había mandado y
entonces él dio a conocer el nombre de su futura esposa. En
resumen: se casó en septiembre de aquel mismo año y el
año pasado nació su primer hijo, que fue bautizado el 2
de octubre en la iglesia de los Ángeles Custodios. El 2 de
octubre es la fecha de la fundación del Opus Dei y además
fiesta de los Ángeles Custodios.
Considero
esto un favor del Beato Josemaría y he iniciado una novena
para conseguir que formen una familia verdaderamente cristiana y que
enseñen a rezar a su hijo. Esto no viene por descontado, ya
que, conociéndoles, fue una sorpresa que lo bautizasen
enseguida.
Que mi hija encuentre novio (Chile)
A
una charla de doctrina cristiana que doy llegó un señor
muy serio, con cara de ser un hombre muy ocupado, que después
de escuchar la charla, en la tertulia, nos contó por qué
estaba allí:
"Hace
años mi hija me acusaba constantemente que por culpa mía
ella se quedaría soltera, que, como era hija única yo
no la dejaba salir y la sobreprotegía mucho. Estas peleas eran
continuas y me amargaban mucho.
En
un viaje a Roma, mi señora me llevó al lugar donde
descansa Monseñor Josemaría Escrivá. Ella rezó
bastante, yo no, pero cuando nos íbamos a retirar, escribí
en un papel: 'que mi hija pololee, que tenga novio'.
Al
salir de la aduana, ya en Chile, mi hija me abraza muy contenta y al
oído me dice: 'Papá, estoy pololeando'. El joven estaba
parado cerca de ella. Hoy están casados, viven felices en el
campo y tienen cuatro hijos".
cap. 2
ENFERMEDADES PEQUEÑAS Y GRANDES
San
Josemaría sentía predilección por los enfermos.
Durante muchos años, los había visitado por los
hospitales y los barrios de Madrid, llevándoles el cariño
y el consuelo de su corazón sacerdotal lleno de amor de Dios.
Por diversos testimonios sabemos que atendió a millares de
ellos, volcándose especialmente con los más pobres y
abandonados y con los que hoy día llamamos "enfermos
terminales". No era su misión devolverles la salud —no
tenía ese poder, que el Señor concede a otros santos—
sino curar sus almas: devolverles la amistad con Dios, llenarles de
paz y de alegría ante la muerte o los sufrimientos. También
cuando tuvo que abandonar esa labor, siguió ocupándose
con increíble afecto de los que padecían dolencias
grandes o pequeñas.
Desde
su fallecimiento, muchas personas le han encomendado problemas de
salud de distinta gravedad y han experimentado que esa predilección
por los enfermos sigue siendo actual en San Josemaría. En
efecto, muchos de los favores notificados en estos años hablan
de curaciones.
A
una de ellas se refiere el decreto de la Congregación para las
Causas de los Santos, aprobado por Juan Pablo II el 6 de julio de
1991. Se trata de la curación milagrosa de sor Concepción
Boullón Rubio, Carmelita de la Caridad. Esta religiosa padecía
una grave enfermedad, que desapareció de forma repentina y con
efectos permanentes, en 1976. El decreto reconoce que este milagro se
puede atribuir a la intercesión del Fundador del Opus Dei. Así
quedaba abierto su camino a los altares: la beatificación tuvo
lugar el 17 de mayo de 1992, ante una gran multitud de fieles, en la
plaza de San Pedro.
Para
la canonización, la Iglesia requiere un segundo milagro,
sucedido después de la beatificación. El 20 de
diciembre de 2001, el papa Juan Pablo II aprobó otro decreto
que reconoce la curación del médico español
Manuel Nevado Rey, afectado por una grave enfermedad debida a su
profesión (radiodermitis crónica), que desapareció
en noviembre de 1992, después de que el interesado hubiera
acudido a la intercesión de San Josemaría. El 6 de
octubre de 2002, el doctor Nevado asistió en Roma, junto con
cientos de miles de personas, a la ceremonia de canonización
del Fundador del Opus Dei.
Los
favores que se recogen en este capítulo son de diversa
entidad: muestran que San Josemaría no sólo atiende a
los casos graves, sino también a los problemas de salud más
corrientes. Y lo más importante: continúa ocupándose,
como hizo en vida, de curar también las almas.
CASOS DIFÍCILES
Nada que hacer (México)
Vivimos
en un poblado que queda a una hora de Guadalajara. Mi hermana tenía
un tumor canceroso y la habíamos hospitalizado en Guadalajara:
ya llevaba una temporada en la que los familiares nos turnábamos
para atenderla, pero había empeorado notablemente, hasta tal
punto que el médico nos llamó para decirnos que no
había nada que hacer: no podía operarla, y era
preferible que nos la trajéramos a su casa para que muriera
tranquila.
Todos
estábamos preocupados, pero con la esperanza de que Monseñor
Escrivá iba a hacer un milagro, y empezamos a pedirle con más
fuerza desde ese momento para que intercediera por su curación.
El día en
que la trajimos, estuvo con muchas molestias y no pudo dormir en
muchas horas. Al día siguiente le pedimos al señor cura
que le llevara la Comunión, pero no pudo pasar ni una gota de
agua, ni tampoco una partícula pequeñísima; nos
dolía aún más pensar que pudiera morir sin
comulgar, así que seguimos pidiendo con más intensidad.
Decidí
ponerle la estampa con la oración para la devoción
privada del Siervo de Dios directamente sobre el tumor: se durmió
en seguida, y no despertó en casi dos horas. Al abrir los
ojos, pidió un poco de leche y la pudo tomar perfectamente; se
volvió a dormir, esta vez más tiempo.
Cuando
despertó la segunda vez, pidió una comida perfectamente
normal y ya no tenía dolores, y cuando palpé el lugar
donde se podía notar perfectamente un tumor grande, había
desaparecido totalmente. Fuimos con el médico que la había
desahuciado, y se asustó cuando la vio, y le dijo con toda
claridad que estaba seguro de que ya había muerto.
Nunca más podría tocar el piano
como profesional (Brasil)
En
estos últimos treinta años, unos problemas serios
afectaron profundamente a mis posibilidades de ejercer la profesión
de músico y pianista. En 1965, a los veinticinco años
de edad, tuve una lesión en el nervio cubital del brazo
derecho, que dificultó la movilidad de algunos dedos. Con una
intervención quirúrgica y un tratamiento, conseguí
una buena recuperación, pero el intenso estudio para recuperar
el tiempo perdido me ocasionó el síndrome de
movimientos repetitivos, frecuente también en personas que
trabajan con ordenadores o con máquinas que requieren
digitación específica.
Estos
hechos modificaron profundamente mi carrera profesional y personal
(...). Quizá, infantilmente, sentía dentro de mí
una cierta rebeldía por saber que, teniendo un don recibido
del Señor, no estaba en condiciones de desarrollarlo, y esto
se apoderaba de mí, llevándome por caminos que
ocasionaban un distanciamiento de la fe cristiana. Muchas veces me
propuse acercarme a la Iglesia, pero la frustración
profesional, junto a la falta de perseverancia, dificultaban esa
aproximación.
Por
otro lado, se me había metido en la cabeza grabar toda la obra
para teclado de Bach. Lo conseguí poco a poco, con las
limitaciones referidas. El nivel de estas grabaciones, desde mi punto
de vista, era bueno y siempre me llevaban a dar un paso al frente.
Fueron repetidas muchas veces, en situaciones difíciles y con
mucha determinación por mi parte, pero, antes que todo, con la
ayuda de Dios. Sin embargo, estas condiciones no me permitían
volver a los escenarios, porque mi resistencia para dar un concierto
era mínima. (...)
Después
de grabar tres discos, sufrí un accidente llamado espasmo
cerebral, que definitivamente eliminó cualquier posibilidad de
tocar el piano. Por causa de esta lesión en el cerebro, llegué
finalmente al mejor centro en este tipo de problemas, que requieren
un tratamiento intensivo.
Cuando
el Dr. Bernard Brucker, Director del Departamento de Biofeedback del
Jackson Memorial Hospital me examinó, confirmó que
jamás podría volver a tocar el piano a nivel
profesional, aunque sí como aficionado.
Inicié
con determinación el tratamiento y llegaba a estar doce horas
diarias sentado al piano para encontrar una solución adecuada
entre la computadora del hospital y los reflejos cerebrales.
Milagrosamente recuperé los movimientos, pero no la
resistencia necesaria, a pesar de haber iniciado la cuenta atrás
para el primer concierto en el Carnegie Hall, el día 5-V-96.
Faltaban cuatro meses, después tres, dos, uno, quince días...
y la resistencia no aumentaba.
En
la primera semana de marzo entré en una iglesia y pensé
si éste no sería el momento de volver definitivamente a
la práctica religiosa, pero esto no me bastaba (...).
Finalmente, después de dos semanas con la oración de
Monseñor Escrivá, volví a la iglesia con un
sentimiento interno fuerte: "si Monseñor me ayudase ante
Dios en lo de las manos, yo le estaría muy agradecido; en caso
contrario, también le daría gracias, porque estoy vivo
y puedo ayudar a mucha gente en esta vida".
Pasaban
los días y me sentía mucho más feliz, aunque la
resistencia no aumentaba. Casi todos los días iba a la iglesia
y pedía una señal. En el hospital, cada media hora
cambiaba la posición de las manos, buscando una solución,
pero el resultado no llegaba.
Finalmente,
10 días antes del concierto, me extrañó que mi
perrito se sentara a mis pies mientras estudiaba. En el mismo
instante, sonó el teléfono y era mi hermano Ives que
notó mi voz un poco preocupada. Volví al piano y el
perrito volvió también. Extrañado, resolví
ir a la iglesia, para saber si ésta era una señal.
Lloré mucho ese día. Volví a casa y cuando ya
estaba probando una posición que me diera la resistencia
necesaria, mientras yo tocaba, el perrillo, literalmente decía
que no con la cabeza.
Faltaban
10, 9, 8 días para el concierto cuando decidí
cancelarlo. El perro seguía siempre sentado a mis pies, cosa
que nunca había hecho en el pasado. El sábado, ocho
días antes de la representación, fui a un teléfono
público para comunicar la suspensión, pero algo me hizo
regresar a casa. Me senté para estudiar una posición de
las manos al piano que todavía no había intentado nunca
(existen centenares de posiciones para tocar el piano). En ese
momento, el perrito acercó la cabeza al piano y comenzó
a lamerme las manos sin parar. Durante dos días repitió
la operación. Es importante decir que, además de que
nunca antes vino a mi lado mientras estudiaba, tampoco después
ha vuelto a hacerlo.
En
cuestión de 24 horas, después de llegar a Nueva York,
sorprendentemente mi resistencia pasó de diez minutos a una
hora. Cuando realicé el primer ensayo general, lo hice con
toda energía, y lo mismo en los días siguientes. El
domingo pude dar el mejor concierto de mi vida.
Di
las gracias al Beato Josemaría cuando acabé la
representación y sigo eternamente agradecido, ya que los
médicos no se explican la recuperación de los
movimientos (a nivel profesional) y mucho menos la resistencia
adquirida. Ahora me preparo para saber cuál es la misión
que me está reservada como cristiano, sabiendo que tengo un
largo camino que recorrer.
Tenía hepatitis-B (Filipinas)
Desde
que soy Cooperador[10]del Opus Dei, mi vida entera ha cambiado
completamente: desde las relaciones con mi familia, con mis amigos,
en el trabajo, etc. y especialmente con Nuestro Señor. Yo
siempre rezo la estampa del Beato Josemaría que me ha dado una
persona del Opus Dei
Algo
raro me sucedió el 26 de enero de 1994, cuando tuve que
hacerme un examen médico en el hospital de Mandaluyong City
cerca de nuestra ciudad. Los resultados mostraban que el
funcionamiento de mi hígado era mayor que el del límite
normal. El doctor estaba a punto de hacerme un examen de Hepatitis-B,
cuando decidí posponerlo debido a que se me presentó la
oportunidad —a través de una amiga mía que tiene
una empresa de seguros— no sólo de tener un examen
médico completo, sino también de mejorar mi seguro de
vida. Así pues, me hice un examen médico el 17 de
febrero y los resultados, que me llegaron el 10 de marzo, decían
que tenía Hepatitis-B.
Cuando
me enteré, comencé a reflexionar, con el deseo de
aceptar la voluntad de Dios. Me tomé varios días antes
de decírselo a mi esposa, quien se puso en shock y lloró,
pues era consciente de que, como el SIDA, se trataba de una
enfermedad mortal, incurable. Le dije que no se preocupara porque
todavía podía recuperarme, y así empecé a
rezarle intensamente al Beato Josemaría. Mi esposa hizo lo
mismo.
Unos
días después, el 21 de marzo, decidí volver a
examinarme de Hepatitis-B porque, por alguna razón, tenía
el presentimiento de que me había recuperado totalmente debido
a mi fe en Dios y a la intercesión del Beato Josemaría
y de la Virgen María.
Sorprendentemente
los nuevos resultados mostraron que no tenía Hepatitis-B.
Inmediatamente llamé a mi esposa para compartir las buenas
noticias con ella. El domingo siguiente a este acontecimiento
ofrecimos la Misa como acción de gracias.
Un
día, mi amiga de la compañía de seguros me llamó
para decirme que se había enterado, a través de su
esposo, que es amigo mío, de que yo estaba totalmente
recuperado y que ambos estaban muy contentos.
Cuando
me preguntó cómo me había curado, le dije que
había sido a través de las oraciones y de la
intercesión del Beato Josemaría. Ella me dijo que por
motivos del seguro debería pedirle al doctor un comprobante
que afirmara que ya no tenía Hepatitis-B.
El
doctor accedió a mi petición inmediatamente. Pero
también me pidió que me hiciera un examen de
inmunización. Un resultado positivo significaría que ya
estaba inmunizado de esa enfermedad. Me hice el examen y los
resultados confirmaron que estaba inmunizado. Este fue otro motivo
por el cual estar muy agradecido a Nuestro Señor Jesucristo,
la Virgen María y al Beato Josemaría, por esto tan
maravilloso que ha sucedido en mi vida.
Trece años sin poder salir de la
habitación (Estonia)
Soy
católica, vivo en Tallin, y he recibido de Dios Omnipotente un
favor por intercesión del Beato Josemaría Escrivá,
a quien me dirigí en un momento de gran preocupación.
Mi
hermana de 83 años vive en la República Lituana. Había
trabajado como campesina en un "kolkhoz" durante treinta
años, expuesta al frío, a la lluvia, al calor. Como
consecuencia de esto, sus piernas, estropeadas por tales fatigas,
comenzaron a dolerle y a hincharse: en los últimos 13 años
mi hermana no pudo moverse sin la ayuda de dos muletas, y no salía
de su habitación. La piel de la pierna derecha comenzó
a caerse, y tenía heridas cada vez más grandes que no
se cerraban y que comenzaron a supurar, provocándole grandes
dolores que no la dejaban dormir. Los médicos eran incapaces
de ayudarla.
El
año pasado fui a visitarla y al ver sus sufrimientos me quedé
muy preocupada. Una mañana, mientras rezaba, me dirigí
al Beato Josemaría utilizando la oración de la estampa
y le pedí al Señor que mi hermana mejorara. Traduje la
estampa del estón al lituano para que ella también la
pudiera utilizar. Así ambas, una en Estonia, la otra en
Lituania, recurrimos cotidianamente al Señor con la oración
del Beato Josemaría.
Tres
meses más tarde recibí una carta de mi hermana. Había
ocurrido un gran milagro: los dolores se habían atenuado, la
hinchazón se estaba reduciendo y las llagas comenzaban a
secarse. Ahora, después de 12 meses, puede mover las piernas,
las llagas se han curado completamente, puede caminar y ha comenzado
a salir de casa. Mi hermana me dijo que se trata de una gran gracia
de Dios, que se ha manifestado únicamente gracias a la oración
del Beato Josemaría. Ahora estamos pidiendo al Señor
que el Beato Josemaría sea canonizado.
Unas fiebres muy altas (Cuba)
Un
amigo nuestro, de veintinueve años, hace aproximadamente
quince días comenzó con malestar general: dolores
articulares y dificultades para ingerir alimentos, a lo que se añadió
más tarde fiebre de hasta 42º. Había estado en
contacto con aguas estancadas, en áreas plantadas de arroz,
desempeñando labores agrícolas. Fue necesario
hospitalizarlo. El diagnóstico fue que padecía
leptospirosis, y empezaron el tratamiento intensivo, mientras mi
madre y yo comenzamos a pedirle a Dios la curación, por
intercesión del Beato Josemaría. Antes de 72 horas se
logró una remisión absoluta y fue dado de alta.
Normalmente, en tan poco tiempo esta enfermedad tiene complicaciones
que en ocasiones se han cobrado vidas humanas.
Nuestro
amigo también acude a la intercesión del Fundador del
Opus Dei, de quien tiene una estampa que le enviaron unos familiares,
residentes en Estados Unidos. Ahora espera ser examinado por un
especialista, antes de que acabe el mes, pues no es necesario que
espere hasta abril del próximo año: esto lo encomendó
igualmente a la mediación del Beato Josemaría.
Una peligrosa infección (Estados Unidos)
Un
dentista me extrajo un diente en una operación totalmente
rutinaria. Durante las siguientes 48 horas, experimenté el
malestar normal en estos casos, pero al día siguiente estaba
en peligro de muerte, pues empezaron a hinchárseme la cara, el
cuello y la mandíbula, con un dolor muy intenso.
En
el hospital en que fui ingresada, después de muchas pruebas,
me diagnosticaron una infección que se iba extendiendo
rápidamente. Los cuatro doctores asignados a mi caso temieron
por mi vida, pues no podían asegurar que los antibióticos
redujeran la celulitis antes de que ésta atacara el cerebro,
los pulmones y el corazón.
Tengo
dos hijos pequeños por los cuales debía velar, así
es que, balbuceando apenas, hablé con una amiga muy querida,
que es del Opus Dei, para pedirle que rezara. Todos rezamos a través
de la intercesión del Beato Josemaría Escrivá,
rogándole que me fuera devuelta la salud.
En
cinco días, de modo totalmente imprevisto, el dolor intenso y
la infección empezaron a disminuir. Al cabo de una semana,
volvía a estar con mis hijos y preparada para regresar al
trabajo.
Dos
semanas después, la celulitis masiva con gangrena había
sanado totalmente. Los médicos pensaron que quizá
habrían de extraerme, más adelante, una parte del
tejido dañado de la cara; pero no fue así, ya que, al
mes, no quedó ni rastro de la enfermedad. El especialista en
enfermedades infecciosas se extrañó de que ni siquiera
en la sangre hubiera secuelas de la infección, y comentó
que, en sus 27 años de profesión, no había visto
nunca un caso más grave que el mío.
Ahora,
sólo cuatro semanas después, apenas me acuerdo de nada:
solamente cuando miro la estampa para dar gracias a Dios y al Beato
Josemaría por su intercesión.
De forma repentina (Ecuador)
Desde
hace once años tenía una dolencia en el ojo: una espesa
membrana, formada delante de la retina en el interior del ojo y
sujeta a la parte inferior de ella, traccionándola hacia
abajo. Fui operado en Bogotá de un coágulo que obstruía
la arteria de la retina, y que era la causa de mis dolencias; no pudo
hacerse nada en relación con la membrana adherida a la retina.
Era imposible extraerla debido a su posición, pues se corría
el riesgo de romper la retina.
El
médico me indicó que la presión de esa membrana
sobre la retina era tal que, por cualquier esfuerzo que hiciera, se
podría causar desprendimiento de la retina y pérdida
total de la visión. Añadió que, en todo caso,
cabía esperar que los adelantos de la cirugía fueran
tales que un día se pudiera operar sin poner en peligro la
retina.
A
partir de 1971 se interrumpió toda medicación. Durante
diez años iba periódicamente a que me hiciera una
revisión el oftalmólogo, quien siempre me animaba a no
hacer esfuerzos violentos, con la esperanza de que alguna vez se
pudiera operar. Hace poco más de un año, me dijo que ya
se estaban haciendo ese tipo de operaciones, pero que convenía
esperar un poco más hasta que mejorase la técnica.
El
5 de octubre, un amigo me sugirió que encomendara a Mons.
Escrivá la curación de mi ojo. Al día siguiente
así lo hice. Serían las ocho de la mañana cuando
recé la oración de la estampa, y toqué luego con
ella el ojo enfermo. Estando en mi oficina a las seis de la tarde, me
di cuenta de que la membrana se acababa de romper, y que veía
casi perfectamente bien. Tuve la seguridad de que era un milagro
obrado por intercesión de Mons. Josemaría Escrivá
de Balaguer.
El
médico no se explicó cómo se había roto
la membrana; pero me indicó que no podían llegar a
desaparecer los pliegues que se habían formado en la retina.
Sin recetar nada, me indicó que volviera al cabo de un mes. En
esa ocasión, me señaló que la retina había
vuelto a su condición normal, con lo que ya no había
peligro de posible desprendimiento, y habían desaparecido los
pliegues.
Había escapado de una muerte segura
(Togo)
Un
día recibí la Hoja informativa y la estampa del
Fundador del Opus Dei. No sé quién fue el benefactor
que me la hizo llegar. Ese mismo día supe que un compañero
había caído gravemente enfermo: le habían dado
sólo cinco días de vida. Tomé la estampa y
empecé a invocar al Beato Josemaría, diciéndole:
"acabo de recibirte y de conocerte como por milagro, así
que te confío a mi amigo y estoy convencida de que se curará
por tu intercesión". Desde entonces, recé la
oración, cada día, por esa intención.
Pasaron
los cinco días y yo seguía sin noticias y sin saber a
quién preguntar por la salud de mi compañero. Un mes
después, éste se presentó en mi casa para
contarme que había escapado de una muerte segura, y que ahora
iba de mejor en mejor.
Di
muchas gracias a Dios por esto. Ahora sé también que
nada me separará del Beato Josemaría, a quien estoy
profundamente agradecida.
No podía ni leer la estampa (España)
Hace
cuatro años y debido a una miopía muy aguda, perdí
mucha vista, no podía leer y apenas escribir. Me pusieron un
tratamiento, pero según los doctores poco iba a conseguir.
Un
día encontré una estampa del Beato Josemaría con
una letra muy pequeña. Le rogué me ayudara a recobrar
algo de vista y poder leer su oración. Poco a poco fui
recuperando vista. Hoy leo, escribo y me defiendo muy bien. Los
médicos no se lo explican. Yo sí, sé que se lo
debo a mi buen Beato, que siempre me escucha.
Una grave enfermedad de la piel (Alemania)
Hace
seis meses que recibí una estampa del Beato Josemaría,
y desde entonces acudo a su intercesión con mucha confianza
para que me ayude a sacar adelante mis intenciones, sean pequeñas
o grandes. Él y Nuestra Madre me han ayudado ya muchas veces,
por ejemplo en mis exámenes de bachillerato que aprobé
con gran éxito. Quería agradecer al Beato Josemaría
sobre todo una gracia extraordinaria.
Durante
muchos años sufrí una enfermedad grave de la piel,
neurodermitis, que afectaba mis manos y mis brazos. Con toda
confianza rezaba tres novenas al Beato Josemaría. Como no
notaba ninguna mejoría, comencé a pedirle la gracia de
ayudarme a aceptar plenamente la voluntad de Dios. No le molesté
más con mi petición, aceptando el hecho de que ni el
ungüento ni la oración iban a cambiar mi enfermedad, y
decidí llevarla con paciencia. Igualmente continué
rezando cada noche: "Beato Josemaría, ruega por mí";
y él ha rogado por mí.
Desde
hace un mes, la enfermedad ha mejorado, y hace casi tres semanas que
estoy completamente curado. Por eso agradezco de todo corazón
al Beato Josemaría. Voy a continuar rezando por su
canonización y acudiendo con confianza a su intercesión.
¡Gracias, Beato Josemaría, gracias, tú mi patrono
paternal e intercesor ante el Sacratísimo Corazón de
Jesús!
Estaba paralizada (Brasil)
En
junio de 1974, M.R.M., de 65 años, fue operada de un melanoma
abdominal maligno. En diciembre la enfermedad volvió a
manifestarse y tuvo que someterse a otra intervención. Algunos
meses más tarde, el 18 de julio de 1975, al despertarse de
noche, se dio cuenta de que estaba paralizada. Reaccionó con
mucha paz, rezó y esperó hasta la mañana
siguiente.
Los
médicos que la trataban encontraron un tumor en la columna
vertebral y prescribieron una intervención urgente
(laminectomía) que debía realizarse en 24 horas. A
pesar de la operación, las piernas permanecieron paralizadas.
Fue sometida durante cinco meses a un tratamiento fisioterapéutico,
pero sin resultado. Desde entonces, pasaba su vida en una silla de
ruedas.
"El
3 ó 4 de abril —como ella misma cuenta— vinieron a
verme dos amigas mías, que me dijeron: 'conocemos una medicina
que te curará'... Estaba verdaderamente asombrada, porque
sabía que no existían medicinas capaces de curar mi
parálisis. Me hablaron entonces de Mons. Escrivá con
tanta confianza en el poder de su intercesión ante el Señor,
que decidí rezarle con mucho fervor para pedirle mi curación.
En
ese mismo mes de abril hice un viaje en avión a São
Paulo. Llegué al avión en mi silla de ruedas y una vez
ahí, un miembro de la tripulación tuvo que tomarme en
brazos para ayudarme a subir la escalera y tomar asiento.
De
regreso, el día 11 de abril, cuando llegué en la silla
de ruedas a los pies de la escalera del avión, sentí
una moción interior que me empujaba a caminar. Entonces dije
con decisión al miembro de la tripulación que se
disponía a tomarme en brazos para transportarme: 'no se
preocupe, subo sola, a pie'. Con gran sorpresa mía y de todos
los presentes, me levanté y, apoyándome en la
barandilla de la escalera, subí sola, poco a poco, hasta el
avión".
Al
cabo de una semana, M. recuperó la soltura de movimientos y
ahora camina normalmente. El médico que la había
operado de la columna vertebral quedó profundamente
impresionado al verla un día, por casualidad, en el hospital.
Se resistía a creer que fuera verdad lo que veía.
LEVES PERO MOLESTAS
Bajo
este título se habla de esas enfermedades o dolencias menos
graves, que acompañan la vida ordinaria, pero que no dejan de
ser molestas o inoportunas. A veces cuesta pedir para que se alivien,
pensando que Dios y los santos tendrán peticiones más
importantes de las que ocuparse... Sin embargo, como demuestra la
piedad cristiana durante tantos siglos, muchos santos y santas
conceden esos favores, quizá para que aumente nuestra fe, en
vista de situaciones más serias. Y San Josemaría no es
una excepción.
Un bulto preocupante y molesto (España)
Soy
casada y madre de cinco hijos, cuatro chicos y una niña de
casi ocho años.
A
primeros del mes de julio, noté que en la mano izquierda
debajo del dedo índice tenía un pequeño bulto
que me molestaba. No le di importancia, pero al pasar los días
vi que cada vez me iba creciendo más. En el mes de septiembre
lo tenía del tamaño de un garbanzo y me tenía
bastante preocupada, pues además me dolía.
Entonces
se lo mostré a mi esposo y al día siguiente fuimos a la
doctora que es nuestro médico de cabecera en el ambulatorio de
Moratalaz, la cual nos informó que parecía un ganglio
que estaba bastante inflamado, y me recetó unos comprimidos de
un antinflamatorio, diciéndome que, si cuando terminase la
caja de cuarenta comprimidos no me había desaparecido, tendría
que acudir al cirujano para que me lo extirpasen, pues también
podía ser un quiste de mano.
Hace un año
y medio que a mi hijo Jorge le salió un bulto parecido al mío,
también en la mano izquierda, y fue operado en el sanatorio
Virgen de la Torre, situado en el pueblo de Vallecas. Él es
más valiente que yo, pero a mí la verdad es que me daba
mucho miedo, pues soy aprensiva y con la edad que tengo (48 años)
temía que fuese o se tratase de algo malo.
La
verdad es que no cesaba de palpármelo con la otra mano, y
últimamente me había crecido bastante, pero me daba
apuro acudir de nuevo a la doctora, pues del antinflamatorio que me
había recetado solamente había tomado un comprimido,
pues tengo bastante delicado el estómago y me producía
un gran ardor.
Pues
bien, el lunes día 7 de este mes de octubre tenía
muchas molestias en el dedo, incluso tenía hinchada la parte
posterior, y por la mañana, al coger las sartenes con esta
mano, me molestaba e incluso me dolía. Cuando al mediodía
llegó mi esposo, le comenté lo que me ocurría y
él me cogió la mano y me aconsejó que era
necesario volver a la doctora, porque el bulto iba a más y
había que pedir el volante para el cirujano.
Tengo
una niña a la cual tenía que apuntar a catequesis para
prepararse para su Primera Comunión y le dije a mi esposo que
al médico iríamos al día siguiente para pedir
día y hora para el cirujano.
Pues
bien, cuando la niña salió del colegio nos acercamos a
la iglesia de Nuestra Señora del Buen Aire, que es la que nos
corresponde por estar situada más cerca de la casa, pero nos
dijeron que tenían cubiertos todos los grupos de niños
de catequesis y que no me podían admitir a mi hija.
Entonces
fuimos a la iglesia de Nuestra Señora de la Merced, por ver si
allí me la admitían, pero tampoco fue posible. Rocío,
que así se llama mi niña, estaba muy apenada, pues era
grande la ilusión que tenía por hacer la catequesis.
Entonces pensamos en venir a esta iglesia de San Alberto Magno, donde
mi niña y yo hemos venido cuando ha venido en peregrinación
la Virgen de Fátima y hemos ido con la Sagrada Virgen en
procesión.
Por
el camino yo venía pidiéndole al Beato Josemaría
que me la admitiesen. Cuando llegamos, entramos y estuvimos hablando
con un sacerdote al cual yo había preguntado si sería
posible apuntar a mi niña a la catequesis, y me respondió
que quien llevaba ese tema era don Javier, pero que tendría
que esperar pues tenía que confesar o estaba confesando.
Cuando salí de hablar con aquel sacerdote me fijé que
justamente enfrente había otro sacerdote hablando con una
mujer, yo no conocía don Javier, pero no sé por qué
me dio la corazonada de que se trataba de él.
Entonces
llamé a la puerta y pregunté si había plazas
para apuntar a mi niña a catequesis. La señora a que me
refería anteriormente era catequista y mirando una lista de
niños me dijo que hacía unos días que se había
terminado la admisión, pero que miraría a ver si había
alguna vacante. Luego me dijo que quedaba solamente una y que podía
apuntarse la niña, diciéndome que tenía que
comprarle el libro "Sigamos a Jesús" el número
uno y que dentro de la iglesia sobre una mesa estaban los catecismos.
Entramos
dentro para coger el catecismo, di a la niña el dinero para
que lo echase en la urna y después nos arrodillamos para rezar
un Padrenuestro, para dar gracias a Dios porque mi niña
pudiese hacer la primera comunión y por habérmela
admitido en catequesis.
Mirando
la cara del Beato Josemaría, también a él le di
las gracias y no sé qué sensación de dulzura vi
reflejada en su rostro, pero lo cierto es que abusando de su
generosidad le rogué que también me quitase el bulto
que tan preocupada me tenía desde el mes de julio. Cuando
salimos de la iglesia yo me miré el dedo, pero el bulto
continuaba en mi mano como antes.
Entramos
en la papelería que está en frente de la iglesia en la
misma placita y allí compré el libro "Sigamos a
Jesús", un cuaderno, un lápiz y un libro titulado
"La vida del Beato Josemaría", en la portada estaba
la misma fotografía que la que había en la iglesia. No
sé por qué lo compré, pero su mirada me producía
una sensación de tranquilidad.
Cuando
llegamos a casa dejé el libro sobre la mesilla de noche y
después de ponerme ropa cómoda para estar en casa, miré
la fotografía del Beato que tenía aquel libro en su
portada, y poniendo la mano sobre él pensé que me podía
quitar aquel bulto de mi mano.
Cuál
no sería mi sorpresa cuando al levantar la mano del libro, ese
bulto que tan preocupada me había tenido había
desaparecido por completo, se me había quitado todo el dolor y
sentía un bienestar enorme teniendo la mano sobre la
fotografía del Beato.
Un
poco aturdida y emocionada salí al salón y le enseñé
a mi esposo la mano, el cual me decía que parecía una
cosa inexplicable. Yo creo que en este hecho ha intervenido la mano
de Josemaría. Todavía estoy aturdida por lo ocurrido y
después de esto no he tenido más remedio que escribirlo
y comunicarlo.
Trabajo a pesar de la hernia (India)
Yo
padezco la dolorosa enfermedad de hernia desde hace más de un
año. Algunas veces me producía mayor dolor y me impedía
realizar mi trabajo.
Un
día me encontré muy mal. En aquel momento un anciano se
acercó a mi casa y me dio la Newsletter de Monseñor
Escrivá y se marchó.
Entonces
leí la Newsletter y muchos de los favores publicados. Recé
a Dios por medio de la poderosa intercesión de Monseñor
Escrivá con gran confianza.
Al
día siguiente cuando me desperté estaba bien y puedo
hacer cualquier trabajo pesado. Estoy muy agradecido a mi amable y
compasivo Monseñor Escrivá.
Fumador empedernido (Argentina)
Fui
un fumador empedernido. Fumé durante 56 años, y
últimamente, 40 cigarrillos diarios.
Una
mañana, haciendo un rato de oración, le pedí al
Beato Josemaría que me ayudara a dejar de fumar porque no me
hacía bien. Ese día compré un atado de 10
cigarrillos. Por la noche, salí a cenar con mi señora.
Estando en el restaurant sin cigarrillos, le pedí uno a un
señor que estaba al lado. Mi esposa se enojó.
Al
día siguiente fui al médico. Me indicó que
tomara mucha agua y que comiera pastillas. Yo le conté a mi
hija, quien me dio una buena receta: "Mirá, cuando tengas
deseos de fumar, rezá una oración al Beato Josemaría".
El
primer día recé muchas oraciones, al día
siguiente me olvidé del cigarrillo hasta el día de hoy.
(...) Me siento un hombre nuevo, lástima que engordé un
poco. La receta de mi hija fue maravillosa, y el mérito, del
Beato Josemaría.
Con una rodilla rota (Bolivia)
Tuve
una caída muy fuerte y me fracturé el hueso de la
rodilla izquierda. Fui a la ciudad de La Paz para que me revisara un
médico especialista, que me enyesó la rodilla y estuve
así por varias semanas. En aquella ocasión, en La Paz,
estuve alojada en casa de una prima que siempre me hablaba del Opus
Dei y por supuesto de su fundador el Beato Josemaría Escrivá
de Balaguer.
Mi
prima me invitó a un curso de retiro de tres días, del
viernes 23 al domingo 25 de junio. El jueves 22, el médico me
quitó el yeso de la rodilla y trató de que lograra
doblarla, pero me fue imposible hacerlo por el dolor que el esfuerzo
me causaba; me indicó que no había problema pero que
debería someterme a un tratamiento de fisioterapia y después
de algunas semanas seguramente podría doblar la rodilla.
El
día viernes fuimos a la casa de retiros en automóvil.
El viaje para mí fue muy incómodo y sufrí mucho
dolor. El resto del día viernes fue también bastante
doloroso. Mi prima me sugirió que tomara un calmante, que me
había recetado el médico. Yo no quería tomarlo
ya que sabía que me causaría somnolencia y no quería
perder nada del retiro, que era el primero al que asistía en
mi vida.
Esa
noche pedí a Dios, su Santísima Madre y al Beato
Josemaría que me permitieran participar en el retiro sin dolor
y puse la estampa del Beato Josemaría sobre mi rodilla. Pasé
una noche con mucho dolor, además que sentí que me
estaba resfriando; normalmente cuando me resfr&i