FAVORES QUE PEDIMOS A LOS SANTOS
200 relatos en vivo de la intercesión de
San Josemaría
Pbro.Dr. Flavio Capucci (postulador de la causa)
Presentación de Mons. Joaquín
Alonso
SUMARIO
PRESENTACIÓN (Mons. Joaquín
Alonso)
NOTA DEL AUTOR
I A FAVOR DE LAS FAMILIAS
MADRES E HIJOS
MATRIMONIOS EN PELIGRO
RECIBIENDO UNA NUEVA VIDA
LOS HIJOS NO LLEGABAN
LOGRARON CASARSE
II ENFERMEDADES PEQUEÑAS Y GRANDES
CASOS DIFÍCILES
LEVES PERO MOLESTAS
CASOS DE SIDA
EN LA FRONTERA DEL ALMA Y EL CUERPO
III VIDAS DIFÍCILES
GENTE CON PROBLEMAS
ATRAPADOS POR LA DROGA O EL ALCOHOL
PROBLEMAS CON LA JUSTICIA
PONIENDO PAZ ENTRE LA GENTE
APUROS VARIOS
IV EN EL TRABAJO PROFESIONAL
SIN TRABAJO
BUSCANDO UN EMPLEO MEJOR
APUROS Y EMERGENCIAS EN EL TRABAJO
EMPRESAS CON DIFICULTADES
AGOBIOS DE ESTUDIANTES
V LO MÁS IMPORTANTE
VOLVER A LA IGLESIA
AL FINAL DE LA VIDA
EN LA VIDA CORRIENTE
BUSCANDO LOS MEDIOS PARA AYUDAR A OTROS
DEFENDIENDO VALORES
VI ACCIDENTES Y PELIGROS
VIVOS DE MILAGRO
PRÁCTICAMENTE ILESOS
INSECTOS TEMIBLES
NIÑOS EN PELIGRO
PRESENTIMIENTOS
SALVADOS DE UN GRAVE RIESGO
VII DOS POR UNO
VIII EN MANOS DE LADRONES Y OTROS DELINCUENTES
NUNCA ES TARDE PARA ARREPENTIRSE
EN PELIGRO DE PERDER LA VIDA
COSAS ROBADAS
IX DE ANDAR POR CASA
APARATOS ESTROPEADOS
AMAS DE CASA EN APUROS
A VUELTAS CON LA CASA
OBJETOS PERDIDOS
SERVICIOS PÚBLICOS
MENUDO DESPISTE
X GENTE QUE REZA
AYUDANDO A LOS SACERDOTES Y RELIGIOSOS
LA ORACIÓN DE LOS NIÑOS
MADRES CON FE
DEL LÍBANO A LA SELVA BRASILEÑA
GENTE HONRADA
NOTA DEL AUTOR
En torno a la figura de San Josemaría Escrivá ha
cristalizado, desde el mismo momento de su muerte, un auténtico
fenómeno de piedad popular del que se puede decir que está
empedrado el itinerario de su causa de canonización.
Constituyen su expresión más significativa los más
de 120.000 testimonios firmados de favores espirituales y materiales
obtenidos a través de su intercesión ante Dios.
Al
acercarse la canonización de Josemaría Escrivá,
surgió la idea de publicar algunos de esos relatos, pues las
experiencias tangibles de la misericordia divina que refieren son un
patrimonio de fe vivida que merece ser compartido por todos los
cristianos. El resultado es este libro, en el que se han transcrito,
con fidelidad a los originales, algunas de las cartas conservadas en
el archivo de la Postulación. Se han eliminado los nombres de
los firmantes y la indicación de la ciudad de procedencia,
para salvaguardar la intimidad de sus protagonistas. Abarcan un
periodo de veintisiete años: desde el fallecimiento de San
Josemaría, el 26 de junio de 1975, hasta su canonización,
el 6 de octubre de 2002. Por eso, las narraciones usan distintos
tratamientos para referirse a él: Siervo de Dios, Venerable,
Beato... que corresponden a las distintas fases que atravesó
su causa de canonización. Otras personas le llaman simplemente
el Padre, o nuestro Padre, porque se sienten hijos de su oración
y vida santa.
Por
dos motivos he pedido a Mons. Joaquín Alonso un texto de
presentación: por una parte, porque desde hace años es
Consultor Teólogo de la Congregación para las Causas de
los Santos y posee, por tanto, un profundo conocimiento de las
implicaciones existenciales del misterio de la santidad en la
Iglesia; por otra, porque ha sido durante mucho tiempo uno de los más
directos colaboradores de San Josemaría en el gobierno del
Opus Dei, lo que le ha permitido experimentar en primera persona su
paternidad espiritual.
Mons. Flavio Capucci
PRESENTACIÓN
En
este mundo, los santos han vivido para amar a Dios y a los demás,
imitando a Jesucristo que «pasó haciendo el bien»[1].
Pero cuando llegan al cielo, como dice el Catecismo de la Iglesia
Católica, «no dejan de cuidar de aquellos que han
quedado en la tierra. (...) Su intercesión es su más
alto servicio al plan de Dios. Podemos y debemos rogarles que
intercedan por nosotros y por el mundo entero»[2].
Parece,
en efecto, que en el cielo Dios les concede la posibilidad de
continuar la misión que cumplieron aquí abajo, pero aún
más fecundamente. "Desde el cielo os podré ayudar
mejor", nos decía San Josemaría al final de su
vida, a la vez que nos pedía que rezáramos por él,
para que se "saltara" el Purgatorio.
Agradezco
a Mons. Flavio Capucci, Postulador de la Causa de canonización
de San Josemaría Escrivá de Balaguer, que me haya
pedido prologar este libro, testimonio vivo de esa promesa de San
Josemaría. Después de más de 20 años
trabajando cerca de este santo, he comprobado que tenía razón.
Fue enorme la ayuda de su vida santa a quienes le rodeábamos y
a tantos millones de personas a través de sus libros. Pero
desde que dio el salto al cielo, su ayuda se ha multiplicado y ha
llegado a una inmensa multitud de corazones, por obra de su
intercesión ante Dios por las necesidades, grandes o pequeñas,
de muchas personas. Y lo más interesante: que si intercede,
por ejemplo, para que una chica encuentre la lentilla que
perdió en el autobús, toca, a la vez, ese corazón,
para que dé entrada a Jesucristo.
La
misión que Dios confió a Josemaría Escrivá
de Balaguer, el 2 de octubre de 1928, fue fundar el Opus Dei, un
camino de santificación a través del trabajo
profesional y del cumplimiento de los deberes ordinarios del
cristiano[3], por medio del cual el Señor quería
recordar que todos los fieles pueden y deben ser santos; también
la "gente corriente": casados o solteros, de cualquier
profesión honrada, enfermos y sanos, jóvenes y viejos,
pobres y ricos. Por eso estoy convencido de que San Josemaría
sigue desempeñando esa misma misión desde el cielo:
ayudar a muchas personas a encontrar a Jesucristo en medio de los
problemas, las ilusiones, los dolores y alegrías de la vida
cotidiana. Con Jesucristo, el panorama archisabido de todos los días
adquiere una inesperada novedad, una grandeza insospechada, al ser
iluminado por el amor redentor de nuestro Señor.
Para
ayudarnos a descubrir esta perenne novedad que la luz de Cristo
proyecta en el trajín de todos los días, San Josemaría
sigue "intrigando" desde el cielo, sigue enseñándonos
a amar. Y se vale de favores, grandes o pequeños, que son la
envoltura de una llamada de Dios al alma. Del hallazgo de la lentilla
o de la maleta perdida, o de la curación de una anorexia, se
pasa a un encuentro inesperado con Jesucristo. Y me parece que en el
fondo esto es lo que anda tramando San Josemaría desde el
cielo.
Leyendo
las cartas que relatan las gracias obtenidas por la intercesión
de Mons. Escrivá, se observa una variedad asombrosa de
situaciones: desde amas de casa agobiadas por un pequeño
problema doméstico hasta drogadictos o gente que se encuentra
al borde del suicidio. Algunas cartas narran historias tremendas:
vidas destrozadas y sin aparente salida. Otras cuentan la lucha
contra enfermedades como el SIDA, el cáncer o la depresión,
o explican cómo una persona querida se ha librado de un
fusilamiento, de un grave accidente de tráfico o de un
secuestro. Hay quienes obtienen un trabajo, encuentran objetos
perdidos, recuperan la paz de su hogar o superan un examen difícil.
Además, en la mayoría se habla también de un
acercamiento a Dios, a veces después de una vida muy alejada
de la fe.
Proceden
de personas muy diversas: desde religiosas de clausura hasta no
cristianos. La grandísima mayoría de esas personas no
pertenecen al Opus Dei y, en muchos casos, saben poco de esta
prelatura personal de la Iglesia Católica y de su Fundador:
han acudido a este sacerdote porque alguien les ha
proporcionado una estampa o una Hoja informativa sobre San Josemaría.
¿Qué
hay de común en estos relatos? Varias cosas. En primer lugar,
tienen poco de "maravilloso": no hablan de fenómenos
paranormales, clamorosos, aunque entre los favores obtenidos por
intercesión de San Josemaría no faltan hechos
científicamente inexplicables, en particular ciertas
curaciones extraordinarias que han podido ser verificadas
experimentalmente y de las que se han recogido algunas en otro
libro[4]. Pero en general, insisto, los favores atribuidos a
Josemaría Escrivá son muy... "normales".
Hablan de una Providencia ordinaria de Dios, que cuenta con causas o
acontecimientos explicables humanamente, aunque a menudo resultan
sorprendentes. Y muestran cómo el favor recibido ha atraído
a la persona a acercarse más a Jesucristo, a pensar quizá
si estaba viviendo a fondo su vida cristiana.
Esa
realidad cuadra mucho con el mensaje y el modo de ser del Fundador
del Opus Dei, que fue un verdadero "apóstol de la vida
ordinaria". Se consideraba "poco milagrero" y rehuía
instintivamente todo lo que sonaba a "prodigio" o cosa
"maravillosa". En Camino, su libro más difundido,
escribió: «No soy "milagrero". —Te dije
que me sobran milagros en el Santo Evangelio para asegurar
fuertemente mi fe»[5]. Creía sobre todo en los milagros
diarios de la Eucaristía, de los sacramentos, de la gracia.
Desde el cielo, pues, ha continuado enseñando a
descubrir a Jesucristo en la vida cotidiana, para que nadie confíe
temerariamente en que Dios intervendrá «para resolver
las consecuencias de la ineptitud o para facilitar nuestra comodidad.
El milagro que os pide el Señor —señalaba en una
homilía— es la perseverancia en vuestra vocación
cristiana y divina, la santificación del trabajo de cada día:
el milagro de convertir la prosa diaria en endecasílabos, en
verso heroico, por el amor que ponéis en vuestra ocupación
habitual»[6].
El
aspecto que más me ha llamado la atención —como
he dicho— es que los favores obtenidos por San Josemaría
tienen casi siempre dos caras: no se limitan a resolver un problema,
sino que dejan también una luz, un fruto espiritual en
las personas que lo invocan.
Era
también éste un rasgo muy suyo: la unidad entre la vida
y la fe. Le parecía un contrasentido acudir a los santos para
solucionar un problema y a la vez llevar una existencia alejada de
Dios, sin el mínimo deseo de enmendarse. Actitud que, por
desgracia, lleva a que algunas personas confundan la piedad con la
superstición.
Todas
las penas y congojas humanas están reflejadas en estos
relatos. Unos resultan conmovedores, otros sorprendentes, pero todos
hablan de la vida real, de situaciones que quizá el mismo
lector haya tenido que afrontar alguna vez. Ofrecen también
lecciones de fe y esperanza y permiten acercarse a tanta gente que
anda por el mundo y que reza, con sus penas a cuestas y con la mirada
en el Cielo. Son, en fin, una ventana sobre el mundo, sobre una
humanidad que vive sus pequeños o grandes dramas bajo la
mirada de un Dios que no se desentiende de nosotros.
Aunque
a veces siga sus propios caminos para ayudarnos, el Señor
nunca pasa de largo por nuestras necesidades: está siempre
tendiéndonos sus manos. En una iglesia de Münster hay un
Crucifijo, grande, de madera. Una bomba lo dejó sin brazos. Y
se leen sobre la Cruz estas palabras: "Yo no tengo otras manos
que las vuestras". Los santos son las manos de las que se vale
Cristo para ayudarnos. Quizá este libro nos haga pensar que el
Señor nos está pidiendo, también a nosotros, que
le prestemos nuestras manos.
Mons. Joaquín Alonso
cap. 1
A FAVOR DE LAS FAMILIAS
—¿Por
qué dice que bendice con las dos manos el amor humano?
Se
lo preguntaron a San Josemaría en 1970, en México.
Durante los años 70, hasta su fallecimiento, el Fundador del
Opus Dei recorrió varios países de Europa y América,
donde desarrolló una vasta labor de catequesis, predicando
ante grupos diversos, en ocasiones de varios millares de personas. No
se trataba de conferencias, mesas redondas o algo parecido. Eran
reuniones de carácter familiar: tertulias, en las que la gente
le preguntaba sobre diversos temas, relacionados con la vida
cristiana.
En
esas tertulias, la materia de conversación era siempre muy
parecida. Cuando se encontraba entre personas casadas, a menudo le
preguntaban sobre la familia, el matrimonio, la educación de
los hijos, los problemas en el hogar... Sus respuestas ofrecían
consejos de carácter general: no podía ser de otro modo
—explicaba— porque desconocía las circunstancias
concretas de su interlocutor y no era cuestión de sacarlas
allí, a la luz pública... Pero, a la vez, proporcionaba
orientaciones concretas que servían tanto al que había
preguntado como a los demás. Provenían de un sacerdote
que conocía muy bien lo que Dios pide a cada miembro de la
familia: al marido y a la mujer, a los hijos, a los abuelos...
Su
visión del amor humano limpio no podía ser más
positiva: enseñó que el matrimonio es también
una vocación cristiana, "un camino divino" para
llegar a la santidad. Por eso, cuando le preguntaron en México
por qué lo bendecía "con las dos manos" —ya
que usaba esta expresión con frecuencia— San Josemaría
respondió:
—Porque
no tengo cuatro...
Ahora,
como intercesor ante Dios, sigue velando por tantas familias que le
confían sus problemas. Hay quienes le piden encontrar la
persona adecuada para casarse; otros, que salve su matrimonio en
peligro; muchos le ruegan para tener hijos, ante la imposibilidad
física de lograrlo; hay padres que piden por sus hijos e hijos
que rezan por sus padres. Como se verá por los relatos que
siguen, San Josemaría concede muchos favores a las familias.
Su bendición al amor humano está teniendo —así
parece concedérselo Dios— una eficacia cuadruplicada.
MADRES E HIJOS
«El
Beato en su vida fue humano y alegre y cercano a la juventud, creo
que por eso no me ha decepcionado». Así escribe una
señora española después de contar los
sufrimientos que pasó con toda su familia, a causa de un hijo
que tenía muchos problemas. Ella dice que este relato podrá
ayudar a otras personas que estén en su mismo caso, «porque,
por desgracia, pienso que hay muchas madres desesperadas que, si
piden con fe y con constancia, serán escuchadas como lo fui
yo».
Mi casa se volvió un infierno (España)
Soy
una madre de familia de 61 años, tengo cuatro hijos, tres
chicos y una chica. Hemos procurado criarlos y educarlos lo mejor
posible, dándoles nuestro cariño y nuestro apoyo. Sin
embargo, el segundo de mis hijos, que actualmente tiene 34 años,
regresó de la mili como un despojo. No sé lo que allí
sucedería, pero me figuro que nada bueno, pues mi hijo regresó
bebiendo y consumiendo drogas.
Como
consecuencia de todo esto hubo muchos disgustos familiares y mi hijo
decidió con tan solo 22 años casarse. No estábamos
de acuerdo, pues veíamos su inmadurez y el desastre que esto
podría traer, como así sucedió.
Al
año y medio hubo una separación que le llevó a
una depresión grande. Se refugió aún más
en todo lo nocivo —alcohol y drogas— y esto fue un caos.
Fuimos a médicos, a psiquiatras, siguió terapias que
siempre se quedaron a medias, nada funcionaba, su carácter fue
cambiando a peor por momentos. Mi casa se volvió un infierno.
En
el año 88 empezaron a darle ataques epilépticos y
después de muchas pruebas se le detectó un tumor en el
cerebro, un astrocitoma. Nuestra desesperación fue terrible,
pues cada poco había que ingresarlo en la U.C.I. de Puerta de
Hierro, donde los doctores hacían lo que podían. Mi
hijo se había desequilibrado, pues verse con 28 años
poco menos que desahuciado, ciertamente es muy duro.
A
pesar de lo que le indicaban los médicos, él no hacía
caso a nadie, ni dejó de beber ni de fumar y se fue lejos de
nosotros.
Así
estuvo cinco largos años, en los que apenas tuvimos trato.
Sufrí mucho y recé mucho a la Santísima Virgen
del Escorial, y sé que la Virgen me escuchó; pues en
las últimas resonancias magnéticas que le hicieron, y
debido a la radioterapia, el tumor era según mencionaban
"apenas imperceptible". Por aquel entonces él se
había unido a otra persona, con la que convivía y de la
que, debido a su mal comportamiento, tuvo que separarse.
Esta
nueva separación vino a empeorar la cosa, regresó de
nuevo a nuestra casa, con la desaprobación y el disgusto de
mis otros hijos, pues, aunque los resultados médicos eran
mejores, al no llevar él a rajatabla las indicaciones de no
probar el alcohol, tenía crisis epilépticas terribles,
cada dos por tres, con el consiguiente disgusto de ver cómo se
iba deteriorando.
Un
día que yo salía de trabajar, cogí un taxi, y,
qué cara de descompuesta no llevaría, que el conductor
me preguntó qué me sucedía. El buen hombre me
dio una estampa del Beato Escrivá de Balaguer y me dijo que le
rezara. Puse la estampa junto a la foto de mi hijo y a la de la
Virgen, y cada día rezaba y pedía.
Y
así llegamos al año 94. Todo seguía peor. El 1º
de noviembre cayó con una crisis que lo tuvo a las puertas de
la muerte durante 26 días. Cuando salió del hospital no
me lo creía. Fue entonces cuando le dije al Beato: "mira
Beato, si tú logras que mi hijo, ahora que Dios y la Santísima
Virgen me lo han devuelto, sea como antes, un niño estupendo y
cariñoso, te prometo que lo haré saber, porque
considero que, por desgracia, esto está tan perdido que se
vería a ojos vistos que habrías hecho un gran milagro".
Y
así ha sucedido. Desde aquel momento mi hijo mejoró, no
volvió a probar el alcohol, se reintegró poco a poco a
su trabajo, se ha vuelto cariñoso, agradecido, trabajador,
pendiente de todo y de todos los problemas que pueda haber en la
familia, es en fin como si un ángel se hubiera apoderado de su
ser, es otra persona.
Sus
hermanos, que al principio desconfiaban, están hoy encantados
con él, ha vuelto a unir a la familia y a lograr que seamos
felices de tenerle junto a nosotros.
Por
eso, hoy me veo obligada con gran honor a decir que el Beato hizo un
gran milagro, que no pararé de darle gracias y que yo propia
diría que se le hiciera abogado de la juventud perdida.
Procuro
comunicar a todas la personas que puedo el bien que he recibido, y
pido que le recen para toda aquella persona que lo necesite. (...)
Pues hoy es maravilloso repetir que, gracias a Dios y a la Virgen,
con la intercesión del Beato Escrivá de Balaguer, he
recuperado a un hijo y a mi familia. Que Dios nos bendiga a todos.
No conseguía aceptar un hijo así
(Italia)
Quiero
dar a conocer la ayuda que he recibido y que estoy todavía
recibiendo del Beato Josemaría Escrivá. Tengo dos hijos
guapísimos de diez y cuatro años. El mayor ha tenido,
desde su nacimiento, ligeros problemas que han trastornado mi vida.
Cuando comenzó a asistir a la escuela primaria, las cosas se
precipitaron: hablaba poco, mal y tenía una inmadurez de dos
años de diferencia respecto a sus compañeros.
Han
sido cinco años duros, acompañados de un ir y venir a
distintos especialistas; pero ninguno sabía indicarnos un
tratamiento adecuado, porque el niño no tenía problemas
de aprendizaje, sino de ejecución, de comportamiento y de
inmadurez. Desde el segundo año de la escuela primaria tenía
una profesora de apoyo para el italiano y las matemáticas, y
el niño, aunque continuaba mejorando, estaba aún lejos
de llegar al mismo nivel que sus coetáneos.
Entre
sus crisis y, sobre todo, las mías y las de su padre; entre
llantos y una mezcla de "odio-amor", llegamos al quinto año
de la escuela, siempre con su profesora de apoyo y con los problemas
habituales de inmadurez, concentración, ejecución
lenta.
En
casa ya no se podía vivir. No conseguía aceptar a este
hijo, y menos a mi marido, a quien culpaba de que nuestro hijo
presentase estos problemas. Hasta que, a finales de enero, recibí
la Hoja Informativa nº 20. No la miré enseguida, pero la
dejé sobre el mueble, al alcance de la mano. Una mañana,
en plena crisis de abatimiento, la miré, y algo me movió
a leer y a releer las cartas de los devotos al Padre. Entonces decidí
rezar al Beato Josemaría, hasta que me hiciera aceptar con
amor a mi hijo con todas sus deficiencias.
Pocos
días después me sentí más serena y veía
a mi hijo distinto; pensé decir la oración de la
estampa con él. Por la mañana, después del
desayuno, rezábamos al Padre para que me transmitiese a mí
mucho amor para dárselo a mi familia y a él ayuda para
superar sus dificultades.
En
sólo tres mañanas su rendimiento escolar había
mejorado notablemente. ¡Incluso las maestras estaban
sorprendidas del cambio! Yo me sentía otra persona, y en casa
había vuelto la armonía familiar. A mitad de febrero
presenté los módulos de inscripción para la
escuela secundaria y estaba en espera de una llamada de las
profesoras para pedir de nuevo el refuerzo, también para los
tres próximos años.
Mientras
tanto, el niño "florecía": hablaba muy bien,
sin trabarse, escribía cada vez mejor y traía a casa
buenas notas (incluso A). El 23 de febrero fui a recoger las libretas
escolares y, con gran sorpresa por mi parte, me informaban de que no
necesitaría refuerzo en la escuela secundaria, porque ahora su
único problema era la lentitud. Las profesoras me dijeron
también que desde hacía veinte días el niño
estaba transformado y ya no le reconocían.
He
agradecido rápidamente al Beato Josemaría Escrivá
lo que estaba sucediendo y he seguido rezando todas las mañanas
con él. Finalmente, mi marido ha comenzado a rezar y a creer
sin dudar. Hemos empezado también a ir a la parroquia a Misa,
los cuatro juntos, sin sentirnos obligados y con serenidad.
Para
acabar bien este favor, quiero contar que hace diez días, al
regresar mi hijo del colegio, nos ha comunicado que no tendría
clases de refuerzo ni siquiera este año, sino que se quedaría
en clase con las profesoras y sus amigos. Las profesoras habían
decidido hacerle seguir las clases porque el hecho de que uno sea
lento no significa que deba ser tratado de modo diverso.
Estoy
convencida de que todos estos cambios se deben a la intercesión
del Beato Josemaría. Nosotros continuamos rezando y dando
gracias. Cada mañana pedimos que permanezca cerca y nos ayude
a mantener todo lo que hemos conseguido. Yo sé que él
está siempre presente y, cuando me desanimo un poco, me dirijo
a él con un pensamiento y una oración, y rápidamente
estoy mejor.
Sin noticias de un hijo (Costa de Marfil)
Mi
hijo estaba estudiando, desde hacía años, en Estados
Unidos. Me enviaba noticias suyas a menudo, hasta que en cierto
momento dejó de hacerlo. Ya habían pasado tres meses de
silencio y no sabía nada de él, excepto que había
cambiado de dirección. Naturalmente, esto me producía
inquietud.
Una
tarde de este mes de septiembre, mi hermana me regaló una
estampa del Beato Josemaría Escrivá. Hacia las once de
la noche, recé la oración para pedir al Señor
que velara sobre mi hijo que estaba lejos y que me hiciera llegar
noticias suyas.
Esa
misma noche, hacia las tres, mi hijo telefoneó para decirme
que todo le iba bien y para darme su nueva dirección. Ahí
acabó mi intranquilidad. No se trató de una simple
coincidencia, pues mi hijo nunca había llamado a las tres de
la madrugada.
Doy
gracias al Señor por haberme oído en tan breve tiempo,
a través de la poderosa intercesión del Beato
Josemaría.
MATRIMONIOS EN PELIGRO
Matrimonios
rotos o a punto de romperse, problemas familiares complicados, que a
veces parecen inamovibles por el tiempo transcurrido y por los
sentimientos que provocaron: son algunas de las situaciones que se
encomiendan a San Josemaría, implorando su intercesión.
En varios casos, esa ayuda se dirige a los mismos interesados; en
otros, San Josemaría pone en nuestro camino a un amigo fiel
que nos ayuda diciéndonos la verdad. Con razón dice la
Biblia que «un amigo fiel es una protección potente,
quien lo encuentra, encuentra un tesoro»[7].
Siempre
me ha impresionado comprobar cuántos matrimonios se habrán
salvado a través de la intercesión de San Josemaría.
Los relatos que aquí se recogen representan una mínima
parte de los millares que se han recibido en estos años en las
oficinas de la Postulación, y no son todos, pues bastantes de
estos favores nunca llegarán a conocerse. Ya en vida
contribuyó a que muchos hogares recuperaran la paz y la
alegría, animando a que marido y mujer supieran perdonarse,
quitaran importancia a los defectos y debilidades del otro, y
aprendieran de nuevo a quererse. Pero en el cielo parece
especialmente activo en este frente tan importante para la familia y
la entera sociedad.
Un choque providencial (Uruguay)
Hace
ya más de un año que mi hija, casada y con dos hijas,
se empezó a llevar mal con su marido. Es psicóloga y
lamentablemente desde un principio no estuvo bien asesorada por
algunas colegas que le aconsejaban que se separase de su marido,
alegando que ella estaba haciéndose un mal a sí misma y
a sus hijas. Ella decía que ya no lo quería más
y sostenía que su decisión era algo absolutamente
irreversible. Se separaron y mi yerno se fue de la casa.
Ante
esta situación, yo empecé a acudir a la intercesión
del Beato Josemaría, pidiéndole que hiciera algo. Tanto
la madre de mi yerno como yo, pedíamos por los dos, para que
se recompusiera la situación. Mientras tanto mi yerno empezó
a acercarse a Dios y a hablar con frecuencia con un sacerdote de la
Obra.
La
situación no parecía mejorar, hasta que un día
vino mi yerno a decirme que mi hija le había pedido el
divorcio. Entonces, ante tal noticia, me encaré con el Padre y
rezando con fuerza la oración de la estampa con reliquia[8],
le dije que él no podía permitir eso, que él
bien sabía lo que era pedir y que tenía que hacer algo.
Y me pasé prácticamente sin dormir esa noche,
rezándole. Por momentos me preguntaba si mi actitud con el
Beato Josemaría sería un poco atrevida, pero pensé
que los hijos tienen derecho a pedir cosas a sus padres y yo, como
hija, le estaba pidiendo una cosa buena.
A
los pocos días volvía mi hija de un curso y se le
descompuso el auto en la rambla. Fue a hablar por teléfono a
casa de una amiga, para pedir auxilio al Automóvil Club. Le
dijeron que esperara una hora y media. Al llegar al auto se encontró
con un papel que le había dejado su marido, que casualmente
había pasado por allí y había visto el auto
descompuesto. Allí le decía que, si necesitaba algo, lo
llamara. Ella fue nuevamente a llamarlo por teléfono y cuando
volvió, le habían chocado el auto.
En
ese momento llegó su marido, que le dijo que cuando ella lo
había llamado, él le estaba escribiendo una carta con
una estampa del Beato y que sin releerla se la había llevado
para que ella la leyera en ese rato que esperaba el auxilio. Al ver
el auto chocado, le estuvo ayudando y le dejó la carta. En esa
oportunidad estuvieron hablando un largo rato y después él
la llevó a su casa.
Ella
me comentó que esa carta le había impactado mucho,
porque veía que la actitud de su marido había cambiado
y que ahora él reconocía sus errores y tenía una
actitud más abierta. La lectura de la carta tuvo tal efecto en
ella, que la llevó a interrumpir el trámite de
divorcio. Luego de esto hablamos a fondo y por primera vez, noté
que su actitud estaba cambiando, le aconsejé que siguiera
hablando con su marido para ver si podría solucionarse el
problema. De ahí en más empezaron a salir, a hablar,
pero ella no se animaba a tomar decisiones, decía que tenía
que pensarlo mucho, para no ilusionar a las hijas.
Yo,
mientras tanto, seguía rezándole al Padre para que
solucionara todo. Y finalmente el 9 de enero de este año,
después de la Misa en la que pedí con especial fuerza
que se decidieran de una vez, al llegar a mi casa, me dieron la
noticia de que se había arreglado su matrimonio y que al día
siguiente se iban de vacaciones a una ciudad del interior del país.
Tengo la certeza absoluta de que este favor fue concedido a través
de la intercesión del Beato Josemaría a quien ahora le
encomiendo que aumente la familia.
Por continuos malos tratos (Colombia)
A
mediados de 1977, una joven señora confió a mi
patrocinio legal la causa de separación entre ella y su
marido. Entre otras cosas, acusaba al cónyuge de continuos
malos tratos verbales y físicos, y de echarla de casa a menudo
cruelmente. En una de estas ocasiones, se presentó
visiblemente afligida en mi despacho, para preguntarme cómo
debería comportarse en espera de la resolución jurídica
del suceso.
Después
de haberle dado a conocer sus derechos y la normativa vigente, le
propuse también —con gran sorpresa por su parte—
recurrir a otro "abogado": le hablé del Beato
Josemaría, y le mostré un ejemplar de la Hoja
informativa y la estampa. Dijo que era católica, pero desde
hacía ya bastante tiempo se había alejado de las
prácticas de piedad. De todos modos, aceptó hacer una
novena a Mons. Escrivá de Balaguer.
No
habían transcurrido aún nueve días y de nuevo la
encontré en mi despacho: esta vez me pidió, muy
contenta, que suspendiera la acción legal. Había
recitado devotamente la oración, dejando después
hábilmente la estampa y la Hoja Informativa sobre la cómoda
del marido.
Una
noche lo vio leer atentamente el folleto y, desde aquel momento, notó
en él un cambio profundo. Tres días después, el
marido le preguntó: "Tesoro, ¿quién te ha
dado aquel folleto sobre Mons. Escrivá de Balaguer?". "Un
amigo. ¿Por qué?". "Porque este sacerdote te
acaba de hacer un milagro. Te prometo que a partir de hoy seré
un buen marido".
Recientemente
mi ex-cliente me ha pedido otros ejemplares de la Hoja Informativa:
quiere distribuirlos entre sus parientes y conocidos.
Se ilusionó con una compañera de
trabajo (España)
Tengo
una hija de treinta y dos años, casada, que reside fuera de
nuestra ciudad. Lleva trece años de matrimonio y siempre les
he visto muy unidos y felices. Tienen cuatro hijos preciosos.
De
pronto, él se ilusionó con una compañera de
trabajo, se lo contó a mi hija, y se fue a vivir con ella unos
días.
Mi
hija se vino a nuestra ciudad con las cuatro criaturas, para dejarle
a él en libertad. Mi hija estaba al borde de la desesperación
ya que, por desgracia, es indiferente en materia religiosa. Los niños
sufrían mucho, sobre todo la mayor, de once años, que
ya se daba cuenta.
Mi
yerno y su amiga pensaron pedir plaza en otra capital para vivir
juntos, ya que, donde les conocían, veían mal su
situación.
Toda
la familia sufrió muchísimo. Mi marido y yo comenzamos
a hacer ininterrumpidamente novenas al Siervo de Dios Josemaría
Escrivá de Balaguer.
Mes
y medio más tarde, mi yerno llamó por teléfono a
mi hija, diciéndole que deseaba hablar con ella. Cuando todos
pensábamos que venía para formalizar la separación,
resultó que vino a reconocer su mala conducta, a pedir perdón
y a decir que ya no se separaría de ella y de sus hijos.
Efectivamente, desde ese momento viven felices, como al principio.
En
la familia, nadie encuentra explicación: mi marido y yo
sabemos que se trata de un favor que nos ha concedido Mons. Escrivá
de Balaguer, a quien seguimos rezando para darle gracias.
¡Que papá y mamá no se
separen! (Puerto Rico)
Hace
varios meses recibí una llamada de mi madre. Se le escuchaba
triste y con muy pocas ganas de luchar. Había decidido
separarse de mi padre —tenían 30 años de
matrimonio— ya que pensaba que aquella situación que
atravesaban no la podrían superar. Días después,
hablé con mi padre y me pidió que les encomendara de
manera especial.
A
medida que pasaba el tiempo las cosas se iban poniendo peor, y yo
aumentaba el número de oraciones de la estampa del Beato
Josemaría. En mis conversaciones con ellos, les aconsejaba que
volvieran a la Iglesia, a recibir los sacramentos, a rezar, a luchar
y a poner todo en las manos de Dios. Seguía pasando el tiempo
y las noticias no eran nada favorables. Todo parecía indicar
que el desenlance sería una separación definitiva. De
mi parte, no cesaba de pedir a Dios a través de nuestro Padre
por la conversión interior de los dos.
Mi
madre entró en una crisis muy delicada. Ante semejante
situación, mi padre reaccionó y comenzó a poner
los medios humanos para salvar su matrimonio. Pero se daba cuenta de
que esto no era suficiente. Entonces decidió confesarse y
recurrió a la dirección espiritual, cosa que no ha
dejado de hacer todas las semanas. Además de la Santa Misa
dominical, asistía también entre semana, rezaba a
diario el Santo Rosario y no dejaba de ponerle flores a la Virgen. Él
insistía en poner un final feliz a la pesadilla que estaban
viviendo. Mi madre seguía negativa, no quería perdonar.
Pasaron
diez meses de aquella dolorosa llamada, cuando un buen día mi
padre me dijo: "¡Ha ocurrido el milagro: tu madre y yo nos
hemos reconciliado!"
RECIBIENDO UNA NUEVA VIDA
Son
favores que, seguramente, San Josemaría tendrá especial
alegría en conceder. Lo sugiere su gran amor al maravilloso
don que Dios ha dado a los padres: la transmisión de la vida.
Le llenaba de alegría conocer el heroísmo de tantos
padres que, para acoger un nuevo hijo, deben afrontar serias
dificultades o un ambiente contrario. Con fuerza y claridad repetía
la doctrina de la Iglesia sobre el respeto a la vida desde la
concepción. Y animaba a los matrimonios que no podían
tener hijos, asegurándoles sus oraciones. Por eso, abundan los
relatos que comunican gracias relacionadas con embarazos difíciles
o con dificultades para tener hijos, como los que se pueden leer a
continuación.
Después de haber perdido tres hijos
(Austria)
Habíamos
perdido a nuestros dos hijos a la vez —dos chicos, de cinco y
tres años— a causa de una inexplicable e intratable
encefalitis. Pocos meses después, nuestras esperanzas se
habían visto destrozadas por un aborto.
La
confianza volvió, al poco tiempo, con un nuevo embarazo. Sin
embargo, éste estuvo amenazado por varias causas: peligro de
aborto en el sexto mes, valores de glucemia —detectados por
primera vez en la madre— por encima de lo normal y riesgo de
parto prematuro cuatro semanas antes de la fecha. Finalmente —aunque
se podía ver que el cordón umbilical estaba hecho un
nudo— ¡el niño vino al mundo sin problemas!
Después
del parto supimos que un conocido nuestro, médico, había
pedido a menudo la intercesión del Siervo de Dios Josemaría
Escrivá de Balaguer, para que todo tuviese un buen final.
Hasta ese día no habíamos oído hablar ni del
Opus Dei, ni de este sacerdote santo.
Hace
pocas semanas llegó a su buen término otro embarazo y
nacimiento: esta vez hemos acudido nosotros desde el principio a la
intercesión del Siervo de Dios. Tanto nosotros como nuestro
amigo médico atribuimos el final feliz de ambos embarazos a la
intercesión de Josemaría Escrivá. ¡Estamos
muy agradecidos a Dios y muy contentos!
Nacerá el 26 de junio (El Salvador)
A
continuación voy a contar un favor que el Beato Josemaría
Escrivá hizo a mi hermana, que me pidió por favor que
lo escribiera, para que pueda servir a otras personas a acudir con
confianza al Fundador del Opus Dei para mayor gloria de Dios.
Mi
hermana quedó esperando. Por el comportamiento de su cuerpo
todo daba a entender que no estaba encinta. Pero ella tenía el
convencimiento de que sí, pues una madre sabe cuándo
lleva consigo al hijo que ya concibió.
Fue
al médico, pero éste le dijo que no estaba embarazada,
y ante la insistencia suya le hizo análisis, que dieron un
resultado negativo. Como ella continuaba segura de que sí,
consultó a otro médico que le dio el mismo diagnóstico
que el anterior. Decidió esperar.
Cuando
el embarazo ya era notorio, acudió nuevamente al médico,
quien le dijo que debido a las hemorragias sufridas durante los
primeros meses del embarazo, el niño no podía ser
normal, por lo que lo mejor sería abortar ya que de nacer el
niño no tendría huesos, sería como un costalito
de carne.
Lloró
mucho y acudió al Beato Josemaría con toda la fe que
fue capaz de tener. Por el tiempo de gestación que llevaba, se
dio cuenta que el niño debería nacer en junio, por lo
que le dijo al Beato Josemaría: "Padre, usted me va a
hacer el milagro que mi hijo nazca el 26 de junio"[9].
Empezó
a tener un embarazo más o menos normal, sin dejar de pedir al
Beato Josemaría que hiciera el milagro. Llegó el 26 de
junio y como estaba segura de que el niño nacería ese
día, normal y sano, pidió a su marido que antes de irse
al trabajo la llevara al hospital; él no quería, pues
ella se encontraba bien y sin ninguna manifestación de que el
parto fuera a ser ese día, pero ante su insistencia y por
complacerla la llevó.
Al
llegar al hospital la atendieron inmediatamente, pues se había
iniciado ya el parto. El niño nació el 26 de junio a
las 3:00 p.m.
A
las 7:00 p.m., mientras lo arrullaba, pensaba que en Santo Domingo
—iglesia donde se celebra cada año la Misa en honor del
Beato Josemaría— estarían tantos fieles pidiendo
y agradeciendo tantos favores; ella desde la cama del hospital sólo
agradecía el tener a su hijo sano. El niño cuenta
actualmente con ocho meses.
Le decían que estaba muerto (Italia)
Mi
marido y yo habíamos sabido por casualidad que una amiga
nuestra, que llevaba casada pocos meses, esperaba su primer hijo,
pero estaba ingresada en el hospital por problemas.
Decidimos
ir a verla y la encontramos precisamente en el momento en que el
médico le estaba informando de que el feto ya estaba muerto y
que al día siguiente sería sometida a un simple
procedimiento de limpieza del útero. La señora,
naturalmente, había estallado en lágrimas: era su
primer hijo y lo deseaba de todo corazón; además ya no
era una jovencita, por lo que sería más difícil
tener otro hijo. Mientras hablaba entre lágrimas, decía
encontrarse bien, no tener ninguna molestia y que no entendía
por qué tendría que hacerse esa intervención.
Impulsivamente,
después de haber observado una imagen de la Virgen que había
allí cerca, le aconsejé que esperara a hacer la
operación, que volviera a casa y rezase a la Virgen. Mi
marido, que estaba allí presente, me lo reprochó,
temiendo que pudiese suceder algo peor. De vuelta a casa, recé
a la Virgen por ella y después, ya que estaba próxima
la fecha de la beatificación, recé al Beato Josemaría
Escrivá pidiéndole la gracia.
El
17 de mayo de 1992, estuve en Roma con mi familia y recé por
ella. Regresamos a casa a las 21 horas, y a los cinco minutos sonó
el teléfono: era aquella señora que, con inmensa
alegría, me comunicaba que el día que mi marido y yo
habíamos ido a verla, había dejado el hospital contra
el parecer de los médicos, que le habían amenazado
exponiéndole todo tipo de tragedias. Luego había
repetido en otro lugar los exámenes y el niño estaba
vivo y crecía bien.
El
día del aniversario de la beatificación, después
de la Misa, ha venido a buscarme aquella señora, radiante y
con un cochecito junto a ella, en el que estaba una guapísima
y sanísima niña rubia. Gracias, Beato Escrivá,
por tu intercesión.
El Beato Josemaría no hace acepción
de personas (España)
El
domingo 26 de mayo, mi nuera ingresó en el Hospital
Policlínico de Valencia, para dar a luz su primera hija (mi
séptima nieta).
Gracias
a Dios, todo transcurrió con plena normalidad. Sin embargo, su
compañera de habitación, una joven muy delgada de 24
años, era el reverso de la medalla. Llevaba cuatro días
ingresada con dolores esporádicos e irregulares de parto, y
por añadidura había pillado una gripe con 39,5_ de
fiebre.
Rápidamente
nos hicimos amigos y entonces supimos por su madre y por ella misma
que estaba aquejada de epilepsia, sufría frecuentes ataques y
había quedado embarazada a pesar de los reiterados consejos
médicos y familiares de que no se quedase en estado. Desde el
tercer mes habían interrumpido su medicación habitual
por miedo a posibles lesiones de la criatura, y ella había
padecido lo indecible por el síndrome de abstinencia.
Ahora
la habían autorizado a continuar el tratamiento de la
epilepsia, pero ella se había negado en atención a la
salud de su futura hijita. En estas delicadas circunstancias, los
médicos estaban bastante perplejos y contrariados, y apenas le
dirigían la palabra. Se sentía como abandonada. En el
informe profesional recomendaban la cesárea, pero no se
atrevían a realizarla por el temor a sus probables crisis.
Apenas
me expusieron la situación, saqué la estampa del Beato
Josemaría de la cartera y se la ofrecí sin vacilar. Les
dije que era un santo muy milagroso que podía concederles todo
lo que pidiesen. En confianza me explicaron que, aunque veían
con simpatía a su párroco, apenas frecuentaban la
iglesia; ni siquiera los domingos solían ir a Misa. "Esto
no es inconveniente para pedir el favor" —les repliqué—,
"el Beato Josemaría no hace acepción de personas".
Tomaron
la estampa y la pusieron bajo la almohada de la joven madre aquella
misma noche. A la mañana siguiente, mientras mi consuegra
aseguraba que su nieta era la niña más guapa de todo
Valencia, la buena vecina, resignada, me devolvía la estampa
agradeciendo al Beato que había sido la noche mejor de todas.
Apenas tenía fiebre, había descansado y había
respondido muy bien a los tranquilizantes administrados.
Le
contesté que esto no era más que el principio, que
siguiesen rezando y se quedarían maravillados de los efectos.
Le estampa, por supuesto, era suya hasta que la regalasen a algún
otro amigo o familiar más necesitado. Aquel mismo día
el parto se inició en serio y bajaron a la joven al quirófano
correspondiente.
Al
anochecer, volvía en camilla a la habitación, cansada
pero radiante de alegría: "El parto ha sido normal, la
niña pesaba 3,200 kg., tenía los ojitos (mejor, ojazos)
abiertos y los médicos se felicitaban por el desenlace"
(la habían asistido cinco o seis profesionales, con el temor
en el cuerpo, por las posibles complicaciones que no se presentaron
en absoluto).
Mi
consuegra, al ver la niñita, confesó en público
que tenía que rectificar: la niña más guapa de
todo Valencia no era su propia nieta sino su nueva vecinita.
Con
las felicitaciones obvias, les recordé que aún podían
pedir al Beato Josemaría el favor completo: la curación
definitiva de la madre. Ellos asintieron agradecidos y, con la
estampa encima de la mesita, mientras la niña tomaba con ganas
su biberón, nos despedimos como amigos de toda la vida.
Nos recomendaban abortar (Argentina)
Cuando
esperábamos a nuestro último bebé, el obstetra
que trataba a mi esposa nos aconsejó que se hiciera un
análisis, debido a la existencia de antecedentes del síndrome
de Down en la familia.
Fue
en ese control cuando detectaron el tumor, del que no se podía
precisar la malignidad, por ser la criatura demasiado pequeña
todavía. Nos dijeron que debíamos esperar tres semanas
más para determinar la evolución del mal. Fueron
veintiún días de espera interminable, en los cuales
recurrimos a familiares y amigos para compartir nuestro dolor. Un
conocido nos prometió encomendar la curación a la
intercesión del Beato Josemaría Escrivá de
Balaguer. También nosotros rezamos.
Tuvimos
que soportar, en ese período, la opinión —contraria
a nuestros deseos— de los que nos recomendaban no seguir
adelante con el embarazo, como si ya no tuviesen derecho a un lugar
en el mundo los enfermos o los incapacitados.
Transcurridas
las tres semanas, volvimos a la clínica para realizar la
ecografía de control. Los médicos, sorprendidos del
resultado, nos preguntaron si habíamos rezado mucho: el tumor
había desaparecido. Lloramos de alegría, pues eso era
lo que esperábamos oír.
El
nacimiento de Ayelén, que vio la luz perfectamente sana, nos
confirmó que el milagro se había producido por la
intercesión del Beato Josemaría. Nadie de la clínica
pudo explicar las causas de la desaparición del tumor que
habían visto. Esperamos que este relato pueda servir para
otros que atraviesen una situación similar a la nuestra.
Acosada por gente que le aconsejaba mal (España)
Una
señora que conozco quedó en estado de su sexto hijo. Su
salud era delicada, porque tenía una gran infección.
Los dos últimos partos habían presentado dificultades y
habían tenido que practicarle la cesárea. Tuvo que
acudir a un médico nuevo, ya que el que la atendía
habitualmente se había jubilado.
Este
médico le aconsejó que le hiciesen ligadura de trompas,
ya que no estaba en condiciones —según su opinión—
de tener más hijos. Ella habló con el médico y
le dijo que ese consejo no era moralmente bueno. El médico
insistió y le dijo que estaba equivocada (...). Sus argumentos
la llenaron de confusión, y se encomendó al Siervo de
Dios Josemaría Escrivá de Balaguer.
A
los dos meses de ocurrir todo esto, su marido enfermó, y a
pesar de ser un hombre joven, le tuvieron que poner un marcapasos
para el corazón. Ella estaba profundamente afectada y su salud
se resintió todavía más. Los dos últimos
meses del embarazo los pasó en cama, constantemente acosada
por gente que le aconsejaba mal. Ella se encomendaba con fuerza a la
Santísima Virgen y al Siervo de Dios, pero llegó un
momento en que se le presentaban serias dudas sobre lo que tenía
que hacer.
Un
día, me llamó para que la ayudara, y me confesó
que estaba decidida a seguir aquel consejo del médico. Yo recé
y pedí a muchas personas que pidieran por este problema a
Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer.
Cuando
llegó el momento del parto me volvió a llamar; faltaban
dos horas para la intervención. Me dijo que, por fin, se había
negado a la ligadura de trompas, y me lo quería decir. Tenía
miedo porque sabía que se podía morir; además
los médicos habían dicho que el niño no pesaría
más de un kilo y medio y que podía ser subnormal. Al
ponerle la anestesia —me comentaba luego— temblaba de
miedo, pero también pidió ayuda al Siervo de Dios: algo
le decía que todo saldría bien. Cuando volvió de
la anestesia, le dijeron que había tenido una niña y
que estaba perfectamente sana: pesaba 3.300 gramos.
Estoy
persuadida de que la fortaleza de mi amiga y la salud de su hija se
deben a un favor de Mons. Josemaría Escrivá de
Balaguer.
Quería esterilizarse (Holanda)
El
martes pasado, uno de mis colaboradores de trabajo en el grupo de
investigación vino a visitarme y me comunicó que
durante los dos días siguientes estaría ausente. Me
dijo que iba a esterilizarse.
Intenté
explicarle que era una cosa absurda y le di varias razones. Me expuso
sus motivos: tenía tres hijos y pocas perspectivas para el
futuro. La conversación fue breve —mi colega se había
quedado en el umbral— y además nos interrumpieron con
dos llamadas telefónicas.
Apenas
se fue, recé una oración al Beato Josemaría y le
pedí su intercesión para que mi amigo no llevara a cabo
aquello. Media hora más tarde, mi colega vino de nuevo para
decirme que había cambiado de opinión.
Enferma de SIDA (España)
Hace
unos años, trabajaba como enfermera en laboratorio. Un día
había realizado las extracciones de sangre, ese día me
tocaba atender a los enfermos de SIDA, hepatitis, etc.
Vino
una chica joven y me dijo que me pusiera guantes, porque era
portadora de los anticuerpos del SIDA. Le di las gracias.
Como
vi que estaba muy nerviosa, le pregunté si tenía algún
problema. Me dijo que había dejado a los niños en casa.
Al preguntarle cuántos tenía, me dijo que dos, y que
estaba embarazada, pero que iba a abortar. Hablé con ella
diciéndole que si tenía el niño yo me ocuparía
de él, le di el teléfono de la asociación
Provida.
Como
yo era persona nerviosa, al distribuir la sangre en los diferentes
tubos, se me olvidó echarle anticoagulante. Después de
un rato me di cuenta.
Los
compañeros que habían visto la conversación, me
pidieron el teléfono de Provida, por si les surgía
algún caso.
Encomendé
a esta chica al Beato Josemaría, y pedí a otras
personas que hicieran lo mismo.
Cuando
volví al trabajo, hablé con el jefe de laboratorio,
explicándole lo que me pasó, y que el resultado podía
ser erróneo. Me dijo que enviaría una nota al
departamento de planificación familiar, para repetir el
análisis. Yo le dije que iría personalmente a
decírselo.
Cuando
fui a ese departamento, me encontré por el pasillo con esa
chica que me reconoció y me dijo que no podía ingresar
esa tarde en el hospital para abortar, porque faltaba un análisis.
Le expliqué que había que repetirlo y que me acompañara
al laboratorio.
Hablamos
largo rato, le hablé de responsabilidad y libertad, y que para
tomar esa decisión tendría que oír a personas
que estuvieran en contra del aborto, porque sólo había
oído los argumentos a favor.
Poco
a poco se iba convenciendo, y me dijo que no era necesario hacérselo,
porque no iba a abortar. El jefe del laboratorio también habló
con ella, y le insistió que fuese a Provida.
Pasó
el tiempo, y un día me llamó una compañera, y me
decía que tenía una visita que me iba a dar mucha
alegría. Era aquella chica, que estaba embarazada de 8 meses y
venía para que conociera a los niños de 3 y 2 años,
y a darnos las gracias, pues estaba feliz con el embarazo y en
Provida le habían ayudado mucho.
Yo
le di las gracias al Beato Josemaría, que se valió de
un error, para impedir un aborto.
¿Quién va a cuidar de usted?
(España)
Soy comadrona y
trabajo en un ambulatorio, en la consulta de Tocología. Hace
un tiempo vino a visitarme una paciente, embarazada de pocas semanas,
acompañada de su marido. Argumentando que, por tener 40 años
su hijo nacería subnormal, exigía que se le practicara
un aborto a cargo de la Seguridad Social. El médico que la
atendía le explicó que, sin hacer unas pruebas que
diagnosticaran la supuesta subnormalidad, él no podía
ingresarla en ningún centro para que procedieran a la
interrupción del embarazo. La paciente se negaba rotundamente
a que le practicara ninguna prueba de diagnóstico prenatal y,
tanto ella como su marido empezaron a protestar, creándose una
tensión muy desagradable en la consulta.
Interiormente,
pedí al Beato Josemaría que me inspirara algún
motivo que hiciera desistir a la paciente de su obcecación.
Leí su historia clínica y vi que tenía dos hijos
varones de 17 y 14 años, y, mirándola a la cara,
observé que tenía unos bellísimos ojos azules.
El
Beato Josemaría oyó mi petición, y fue él
quien hizo posible que le hiciera la siguiente reflexión:
—Señora,
¿ha pensado que puede estar embarazada de una niña que
tenga los ojos tan bonitos como los suyos?
La
mujer me miró asombrada: creo que era la primera persona que
le hablaba positivamente de su situación; a continuación,
le seguí preguntando:
—¿Ha
pensado cuando usted sea mayor, quién la va a cuidar? ¿Quién
le hará las sopitas?
La
reacción fue inmediata. Dejó de gritar, se quedó
callada reflexionando, y dijo a continuación:
—Háganme
la prueba.
A
los quince días, cuando volvió a la consulta, viendo su
alegría comprendí que el Beato Josemaría había
vuelto a interceder. La señora nos daba las gracias y en el
informe que nos traía decía lo siguiente:
"Evolución
del embarazo normal. No existen signos de subnormalidad. Sexo:
hembra".
LOS HIJOS NO LLEGABAN
No podíamos tener hijos (Argentina)
Me
casé hace siete años. Al poco tiempo, y después
de unas consultas médicas, nos informaron que mi marido tenía
serias dificultades para que pudiésemos tener un hijo. Sin
embargo, a los ocho meses quedé embarazada. Recibimos esta
noticia con gran alegría, pero al mes perdí al bebé.
A
partir de aquí comenzamos a hacer múltiples consultas
médicas sin ningún resultado. A todo esto mi marido
había dejado de practicar y me decía que los milagros
no existían, ya que yo rezaba mucho, pero sin resultado; él
sólo confiaba en los médicos. Así pasaron seis
años de análisis y tratamientos que en lugar de
mejorarnos, nos empeoraban. Uno de los últimos médicos
que consultamos nos habló claramente sobre la posibilidad de
adoptar un niño ya que no era posible que tuviéramos
uno.
Llegamos así
al mes anterior de la Beatificación de Josemaría
Escrivá de Balaguer, a quien había conocido en Buenos
Aires cuando yo tenía 16 años, durante una tertulia con
gente joven en La Chacra. Convencida de que cuando se beatifica
alguien se producen muchos milagros, le insistí a mi marido
que comenzáramos una novena a Josemaría Escrivá
con la intención de tener un hijo. Él no tenía
casi esperanza pero rezó para poner un medio más. Le
pedí a mi familia que se unieran a nuestra oración al
próximo Beato ya que estaba convencida que si él no
intercedía, no lo tendría nunca en mi vida. (...) Todos
se unieron a nuestra oración.
Por
otra parte, una amiga se encontraba en una situación similar y
ya hacía cuatro años que se había casado. Por
esto decidí rezar también por ella, pidiéndole a
Josemaría Escrivá el favor para las dos, pero que si no
convenía que yo lo tuviera, al menos que ella quedara
embarazada, ya que hacía menos tiempo que se había
casado y yo ya estaba más acostumbrada a sufrir.
En
este estado de cosas, se acercaba la fecha de la beatificación
y rezábamos la novena cada día. Además, mi
marido prometió volver a practicar si quedaba embarazada. Al
poco tiempo de la Beatificación, unos análisis
confirmaron mi embarazo y a la semana nos enteramos que mi amiga
también estaba esperando un hijo. Nuestra alegría fue
enorme y también inmenso el agradecimiento al nuevo Beato.
Después
de un tiempo, tuve los mismos síntomas que cuando perdí
el primer bebé y se lo comenté a mi marido. Él,
que ya había comenzado a ir a Misa todos los domingos,
prometió rezar cada día dos misterios del Rosario. Pero
esto fue sólo un susto y el embarazo siguió su curso.
Cada día seguíamos rezando la estampa al Beato
Josemaría. Así llegó el día en que nació
mi hija y, con siete horas de diferencia, nació la hija de mi
amiga.
Hijita, este santo es bien milagroso (Perú)
Tengo
cuatro años de matrimonio y he tenido dos abortos naturales:
el primero (varón) el 7-V-91 y el segundo (gemelos) el
5-III-93. Las causas no se han determinado con precisión, lo
cierto es que presento placenta previa, y los embarazos no llegan a
los 9 meses.
Había
perdido mi fe, hasta que en abril de 1993 mi tía me obsequió
un cuadro del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer y me
dijo: "Hijita, este santo es bien milagroso, rézale
mucho". Entonces algo cambió en mí, me aferré
a la imagen, le pedía con tanta devoción que me diera
la oportunidad de ser madre, de darle lo mejor a mi hijo. El amor que
nos une a mi esposo y a mí, no era suficiente, sentíamos
un vacío.
Fue
grande mi sorpresa, cuando en agosto de ese año, volví
a quedar embarazada. Durante el proceso de gestación, el
ginecólogo me ordenó reposo absoluto, cosa que no
cumplía estrictamente por mi trabajo (profesora). Al cumplir
el séptimo mes, me angustié pensando que me sucedería
lo mismo. Entonces comencé a rezar con más fervor, con
amor, con lágrimas.
Llegó
el 30 de marzo de 1994, fecha en que fui intervenida por cesárea
y, antes de entrar en la sala de operaciones, cogí la estampa
del Beato y la llevé conmigo. Eran las 7:40 pm cuando escuché
el llanto de mi hijita, entonces pensé: "gracias Señor,
una vez más creo en ti"; la vi y me quedé dormida.
Al
día siguiente, mi doctor me contó que la operación
estuvo bastante difícil, hubo un momento que tuvieron que
abandonarme para atender a mi bebita, pero al final todo salió
bien. Hoy tiene tres meses, pesa cinco kilos y medio. He puesto el
cuadro del Beato Josemaría en la cabecera de su cama.
Nuestra alegría fue inmensa (Bolivia)
Trabajando
como ayudante de plomero en la construcción de la Casa de
Convivencias Río Abajo, conocí al arquitecto que
dirigía las obras.
Con
mi esposa comenzamos a tener problemas porque no podíamos
tener hijos. Entre otras cosas discutíamos con frecuencia.
El
arquitecto me veía triste y me preguntaba:
—¿Qué
te pasa? ¿Tenés algún problema?
Le
conté mi problema, y me aconsejó ir al médico
con mi esposa y a charlar con un sacerdote.
El
médico nos desanimó y nos dijo que nunca tendríamos
hijos porque mi esposa estaba afectada por un accidente que había
tenido cuando era pequeña. El sacerdote me recordó
muchas cosas de la fe que tenía olvidadas porque llevaba mucho
tiempo sin practicar y también tenía amigos que no eran
católicos y me habían alejado de la fe aunque durante
un tiempo trabajé con unas monjitas y llevé una vida
cristiana buena. Allí fue donde conocí a mi esposa.
También tuve oposición de su familia que no era
católica. El sacerdote también me hizo conocer un poco
el Opus Dei, nos animó, a mi esposa y a mí, a tener
paciencia y fe y también nos dio una estampa del Beato
Josemaría a quien comenzamos a acudir para que intercediera
por nosotros. Hicimos enmarcar la imagen y fuimos a Copacabana
también a pedir la ayuda de la Virgen.
Pasó
el tiempo. Mi esposa trabajaba vendiendo en la calle y un día
tuvo un desmayo mientras estaba trabajando. La llevé al
médico, que sólo le dio unas pastillas. Otro día,
al ir a botar la basura cerca de la casa, se cayó al barranco;
estaba muy lastimada y la llevé al Hospital. Al examinarla, el
médico dijo que era probable que estuviera embarazada. Le
dijimos que no podía ser, porque nos habían dicho que
ella no podría tener hijos. Cuando se confirmó el
embarazo nuestra alegría fue inmensa; además, se
solucionaron muchos de nuestros problemas: con mi suegra, con los
amigos que se burlaban de mí porque no tenía hijos... y
también las discusiones con mi esposa.
El
10 de junio de 1995 nació nuestra hija; ahora tiene casi dos
años y, hoy, 26 de junio, fiesta del Beato Josemaría,
después de varios días de preocupación porque no
nacía, mi esposa ha dado a luz a nuestra segunda hija. Todo
esto se lo debemos a la intercesión del Beato Josemaría
Escrivá de Balaguer.
LOGRARON CASARSE
El matrimonio de mis padres (Filipinas)
Mis
padres no habían recibido el sacramento del matrimonio. Mi
padre decía que no era necesario, dado el amor que los unía,
y no permitió nunca a nadie entrometerse en los asuntos de
nuestra familia.
Terminada
la escuela elemental, me trasladé a Manila en busca de trabajo
y lo encontré como empleada en casa de una familia.
Fue
la señora de esta familia quien me sugirió la
posibilidad de frecuentar un Centro del Opus Dei, donde asistí
a un curso de doctrina cristiana y aprendí a apreciar el valor
de los sacramentos. Cuando me explicaron la importancia y el
significado del matrimonio, pensé rápidamente que debía
hacer algo por mis padres y pedí al Espíritu Santo que
los iluminara.
Una vez fui a
verlos y, después de haber rezado al Padre para que me ayudara
a hablar con claridad, probé a afrontar el tema con mi padre.
En un primer momento intentó esquivar la conversación,
pero al segundo intento mostró más interés,
reconociendo que era incapaz de confesarse: no lo había hecho
nunca.
Aquella
misma noche le ayudé a hacer un buen examen de conciencia. Me
resultó muy difícil, pero sentía que el Padre me
enseñaba lo que tenía que hacer. Con mi madre, fue todo
más sencillo: había aprendido a confesarse hacía
años.
Al
día siguiente, fijé con el párroco la fecha de
la boda. Ese día tuve que ayudar a papá a vencer los
últimos miedos, y finalmente llegamos a la iglesia.
Fue
para mis padres el inicio de una nueva vida: se casaron el 17 de
junio de 1977, después de veintiún años de vida
en común.
No quería casarse por la Iglesia (Gran
Bretaña)
Había
rezado muchas veces para que el hombre con el que convivía y
con el cual he tenido cuatro hijos acogiese mi deseo de casarnos por
la Iglesia. Pero dado que continuaba negándose obstinadamente,
comencé a perder la fe. Estaba tan desalentada por mis pecados
que ni siquiera acudía a la Misa dominical, considerándola
inútil.
Una
amiga mía, católica practicante, me ayudó a
acercarme de nuevo al Señor. También encontré
valor para pedir a mi marido el consenso para el Bautismo de nuestro
primogénito, que tenía entonces un año y medio.
Desgraciadamente, pocas horas antes de la ceremonia el demonio metió
la cola: mi marido amenazó diciendo que, si iba a la catedral,
no me querría más en casa.
Tiempo
después hice amistad con una persona del Opus Dei, que me
ayudó a retomar la asistencia a Misa y me invitó a
algunas clases de formación cristiana. Concerté con
ella un plan para resolver mi situación familiar.
Estábamos
en el segundo semestre del año 1975 y hacía poco tiempo
que se había impreso en inglés la estampa de Mons.
Escrivá. Empecé una novena y al mismo tiempo recomencé
la tarea de persuasión con mi marido. Pasaron los meses y, aun
sin mostrarse decididamente contrario, todavía estaba reacio.
Sólo
más tarde supe que, precisamente cuando hice la novena, había
ido a preguntar a un sacerdote si podía contraer matrimonio
católico y había comenzado a prepararse con su ayuda.
El
14 de agosto de 1977, con gran asombro por mi parte, me declaró
que ya todo estaba preparado y que nos casaríamos al día
siguiente.
Ahora
estoy rezando por el Bautismo de mis hijos.
Encontrar mujer a los 50 años (Holanda)
Por
fin les hago llegar el favor que he recibido hace tres meses por
intercesión del Beato Josemaría Escrivá. En
primer lugar, tengo que decir que (...) estoy en contacto con el Opus
Dei.
He
aquí mi historia. Hace cerca de dos años y medio, el
mayor de mis hijos iba a cumplir 50 años. No estaba casado,
aunque lo deseaba. Siempre decía: "no consigo encontrar
mujeres que quieran casarse" y así terminaba cualquier
conversación sobre el tema. Esto me dolía, porque
notaba que no era feliz. Preocupada por esta situación, me
dirigía al Fundador del Opus Dei.
Les
ahorro los particulares de cómo sucedió todo; el hecho
es que el día de su quincuagésimo aniversario había
un espléndido ramo de flores sobre su escritorio. Los
parientes le preguntaron quién se lo había mandado y
entonces él dio a conocer el nombre de su futura esposa. En
resumen: se casó en septiembre de aquel mismo año y el
año pasado nació su primer hijo, que fue bautizado el 2
de octubre en la iglesia de los Ángeles Custodios. El 2 de
octubre es la fecha de la fundación del Opus Dei y además
fiesta de los Ángeles Custodios.
Considero
esto un favor del Beato Josemaría y he iniciado una novena
para conseguir que formen una familia verdaderamente cristiana y que
enseñen a rezar a su hijo. Esto no viene por descontado, ya
que, conociéndoles, fue una sorpresa que lo bautizasen
enseguida.
Que mi hija encuentre novio (Chile)
A
una charla de doctrina cristiana que doy llegó un señor
muy serio, con cara de ser un hombre muy ocupado, que después
de escuchar la charla, en la tertulia, nos contó por qué
estaba allí:
"Hace
años mi hija me acusaba constantemente que por culpa mía
ella se quedaría soltera, que, como era hija única yo
no la dejaba salir y la sobreprotegía mucho. Estas peleas eran
continuas y me amargaban mucho.
En
un viaje a Roma, mi señora me llevó al lugar donde
descansa Monseñor Josemaría Escrivá. Ella rezó
bastante, yo no, pero cuando nos íbamos a retirar, escribí
en un papel: 'que mi hija pololee, que tenga novio'.
Al
salir de la aduana, ya en Chile, mi hija me abraza muy contenta y al
oído me dice: 'Papá, estoy pololeando'. El joven estaba
parado cerca de ella. Hoy están casados, viven felices en el
campo y tienen cuatro hijos".
cap. 2
ENFERMEDADES PEQUEÑAS Y GRANDES
San
Josemaría sentía predilección por los enfermos.
Durante muchos años, los había visitado por los
hospitales y los barrios de Madrid, llevándoles el cariño
y el consuelo de su corazón sacerdotal lleno de amor de Dios.
Por diversos testimonios sabemos que atendió a millares de
ellos, volcándose especialmente con los más pobres y
abandonados y con los que hoy día llamamos "enfermos
terminales". No era su misión devolverles la salud —no
tenía ese poder, que el Señor concede a otros santos—
sino curar sus almas: devolverles la amistad con Dios, llenarles de
paz y de alegría ante la muerte o los sufrimientos. También
cuando tuvo que abandonar esa labor, siguió ocupándose
con increíble afecto de los que padecían dolencias
grandes o pequeñas.
Desde
su fallecimiento, muchas personas le han encomendado problemas de
salud de distinta gravedad y han experimentado que esa predilección
por los enfermos sigue siendo actual en San Josemaría. En
efecto, muchos de los favores notificados en estos años hablan
de curaciones.
A
una de ellas se refiere el decreto de la Congregación para las
Causas de los Santos, aprobado por Juan Pablo II el 6 de julio de
1991. Se trata de la curación milagrosa de sor Concepción
Boullón Rubio, Carmelita de la Caridad. Esta religiosa padecía
una grave enfermedad, que desapareció de forma repentina y con
efectos permanentes, en 1976. El decreto reconoce que este milagro se
puede atribuir a la intercesión del Fundador del Opus Dei. Así
quedaba abierto su camino a los altares: la beatificación tuvo
lugar el 17 de mayo de 1992, ante una gran multitud de fieles, en la
plaza de San Pedro.
Para
la canonización, la Iglesia requiere un segundo milagro,
sucedido después de la beatificación. El 20 de
diciembre de 2001, el papa Juan Pablo II aprobó otro decreto
que reconoce la curación del médico español
Manuel Nevado Rey, afectado por una grave enfermedad debida a su
profesión (radiodermitis crónica), que desapareció
en noviembre de 1992, después de que el interesado hubiera
acudido a la intercesión de San Josemaría. El 6 de
octubre de 2002, el doctor Nevado asistió en Roma, junto con
cientos de miles de personas, a la ceremonia de canonización
del Fundador del Opus Dei.
Los
favores que se recogen en este capítulo son de diversa
entidad: muestran que San Josemaría no sólo atiende a
los casos graves, sino también a los problemas de salud más
corrientes. Y lo más importante: continúa ocupándose,
como hizo en vida, de curar también las almas.
CASOS DIFÍCILES
Nada que hacer (México)
Vivimos
en un poblado que queda a una hora de Guadalajara. Mi hermana tenía
un tumor canceroso y la habíamos hospitalizado en Guadalajara:
ya llevaba una temporada en la que los familiares nos turnábamos
para atenderla, pero había empeorado notablemente, hasta tal
punto que el médico nos llamó para decirnos que no
había nada que hacer: no podía operarla, y era
preferible que nos la trajéramos a su casa para que muriera
tranquila.
Todos
estábamos preocupados, pero con la esperanza de que Monseñor
Escrivá iba a hacer un milagro, y empezamos a pedirle con más
fuerza desde ese momento para que intercediera por su curación.
El día en
que la trajimos, estuvo con muchas molestias y no pudo dormir en
muchas horas. Al día siguiente le pedimos al señor cura
que le llevara la Comunión, pero no pudo pasar ni una gota de
agua, ni tampoco una partícula pequeñísima; nos
dolía aún más pensar que pudiera morir sin
comulgar, así que seguimos pidiendo con más intensidad.
Decidí
ponerle la estampa con la oración para la devoción
privada del Siervo de Dios directamente sobre el tumor: se durmió
en seguida, y no despertó en casi dos horas. Al abrir los
ojos, pidió un poco de leche y la pudo tomar perfectamente; se
volvió a dormir, esta vez más tiempo.
Cuando
despertó la segunda vez, pidió una comida perfectamente
normal y ya no tenía dolores, y cuando palpé el lugar
donde se podía notar perfectamente un tumor grande, había
desaparecido totalmente. Fuimos con el médico que la había
desahuciado, y se asustó cuando la vio, y le dijo con toda
claridad que estaba seguro de que ya había muerto.
Nunca más podría tocar el piano
como profesional (Brasil)
En
estos últimos treinta años, unos problemas serios
afectaron profundamente a mis posibilidades de ejercer la profesión
de músico y pianista. En 1965, a los veinticinco años
de edad, tuve una lesión en el nervio cubital del brazo
derecho, que dificultó la movilidad de algunos dedos. Con una
intervención quirúrgica y un tratamiento, conseguí
una buena recuperación, pero el intenso estudio para recuperar
el tiempo perdido me ocasionó el síndrome de
movimientos repetitivos, frecuente también en personas que
trabajan con ordenadores o con máquinas que requieren
digitación específica.
Estos
hechos modificaron profundamente mi carrera profesional y personal
(...). Quizá, infantilmente, sentía dentro de mí
una cierta rebeldía por saber que, teniendo un don recibido
del Señor, no estaba en condiciones de desarrollarlo, y esto
se apoderaba de mí, llevándome por caminos que
ocasionaban un distanciamiento de la fe cristiana. Muchas veces me
propuse acercarme a la Iglesia, pero la frustración
profesional, junto a la falta de perseverancia, dificultaban esa
aproximación.
Por
otro lado, se me había metido en la cabeza grabar toda la obra
para teclado de Bach. Lo conseguí poco a poco, con las
limitaciones referidas. El nivel de estas grabaciones, desde mi punto
de vista, era bueno y siempre me llevaban a dar un paso al frente.
Fueron repetidas muchas veces, en situaciones difíciles y con
mucha determinación por mi parte, pero, antes que todo, con la
ayuda de Dios. Sin embargo, estas condiciones no me permitían
volver a los escenarios, porque mi resistencia para dar un concierto
era mínima. (...)
Después
de grabar tres discos, sufrí un accidente llamado espasmo
cerebral, que definitivamente eliminó cualquier posibilidad de
tocar el piano. Por causa de esta lesión en el cerebro, llegué
finalmente al mejor centro en este tipo de problemas, que requieren
un tratamiento intensivo.
Cuando
el Dr. Bernard Brucker, Director del Departamento de Biofeedback del
Jackson Memorial Hospital me examinó, confirmó que
jamás podría volver a tocar el piano a nivel
profesional, aunque sí como aficionado.
Inicié
con determinación el tratamiento y llegaba a estar doce horas
diarias sentado al piano para encontrar una solución adecuada
entre la computadora del hospital y los reflejos cerebrales.
Milagrosamente recuperé los movimientos, pero no la
resistencia necesaria, a pesar de haber iniciado la cuenta atrás
para el primer concierto en el Carnegie Hall, el día 5-V-96.
Faltaban cuatro meses, después tres, dos, uno, quince días...
y la resistencia no aumentaba.
En
la primera semana de marzo entré en una iglesia y pensé
si éste no sería el momento de volver definitivamente a
la práctica religiosa, pero esto no me bastaba (...).
Finalmente, después de dos semanas con la oración de
Monseñor Escrivá, volví a la iglesia con un
sentimiento interno fuerte: "si Monseñor me ayudase ante
Dios en lo de las manos, yo le estaría muy agradecido; en caso
contrario, también le daría gracias, porque estoy vivo
y puedo ayudar a mucha gente en esta vida".
Pasaban
los días y me sentía mucho más feliz, aunque la
resistencia no aumentaba. Casi todos los días iba a la iglesia
y pedía una señal. En el hospital, cada media hora
cambiaba la posición de las manos, buscando una solución,
pero el resultado no llegaba.
Finalmente,
10 días antes del concierto, me extrañó que mi
perrito se sentara a mis pies mientras estudiaba. En el mismo
instante, sonó el teléfono y era mi hermano Ives que
notó mi voz un poco preocupada. Volví al piano y el
perrito volvió también. Extrañado, resolví
ir a la iglesia, para saber si ésta era una señal.
Lloré mucho ese día. Volví a casa y cuando ya
estaba probando una posición que me diera la resistencia
necesaria, mientras yo tocaba, el perrillo, literalmente decía
que no con la cabeza.
Faltaban
10, 9, 8 días para el concierto cuando decidí
cancelarlo. El perro seguía siempre sentado a mis pies, cosa
que nunca había hecho en el pasado. El sábado, ocho
días antes de la representación, fui a un teléfono
público para comunicar la suspensión, pero algo me hizo
regresar a casa. Me senté para estudiar una posición de
las manos al piano que todavía no había intentado nunca
(existen centenares de posiciones para tocar el piano). En ese
momento, el perrito acercó la cabeza al piano y comenzó
a lamerme las manos sin parar. Durante dos días repitió
la operación. Es importante decir que, además de que
nunca antes vino a mi lado mientras estudiaba, tampoco después
ha vuelto a hacerlo.
En
cuestión de 24 horas, después de llegar a Nueva York,
sorprendentemente mi resistencia pasó de diez minutos a una
hora. Cuando realicé el primer ensayo general, lo hice con
toda energía, y lo mismo en los días siguientes. El
domingo pude dar el mejor concierto de mi vida.
Di
las gracias al Beato Josemaría cuando acabé la
representación y sigo eternamente agradecido, ya que los
médicos no se explican la recuperación de los
movimientos (a nivel profesional) y mucho menos la resistencia
adquirida. Ahora me preparo para saber cuál es la misión
que me está reservada como cristiano, sabiendo que tengo un
largo camino que recorrer.
Tenía hepatitis-B (Filipinas)
Desde
que soy Cooperador[10]del Opus Dei, mi vida entera ha cambiado
completamente: desde las relaciones con mi familia, con mis amigos,
en el trabajo, etc. y especialmente con Nuestro Señor. Yo
siempre rezo la estampa del Beato Josemaría que me ha dado una
persona del Opus Dei
Algo
raro me sucedió el 26 de enero de 1994, cuando tuve que
hacerme un examen médico en el hospital de Mandaluyong City
cerca de nuestra ciudad. Los resultados mostraban que el
funcionamiento de mi hígado era mayor que el del límite
normal. El doctor estaba a punto de hacerme un examen de Hepatitis-B,
cuando decidí posponerlo debido a que se me presentó la
oportunidad —a través de una amiga mía que tiene
una empresa de seguros— no sólo de tener un examen
médico completo, sino también de mejorar mi seguro de
vida. Así pues, me hice un examen médico el 17 de
febrero y los resultados, que me llegaron el 10 de marzo, decían
que tenía Hepatitis-B.
Cuando
me enteré, comencé a reflexionar, con el deseo de
aceptar la voluntad de Dios. Me tomé varios días antes
de decírselo a mi esposa, quien se puso en shock y lloró,
pues era consciente de que, como el SIDA, se trataba de una
enfermedad mortal, incurable. Le dije que no se preocupara porque
todavía podía recuperarme, y así empecé a
rezarle intensamente al Beato Josemaría. Mi esposa hizo lo
mismo.
Unos
días después, el 21 de marzo, decidí volver a
examinarme de Hepatitis-B porque, por alguna razón, tenía
el presentimiento de que me había recuperado totalmente debido
a mi fe en Dios y a la intercesión del Beato Josemaría
y de la Virgen María.
Sorprendentemente
los nuevos resultados mostraron que no tenía Hepatitis-B.
Inmediatamente llamé a mi esposa para compartir las buenas
noticias con ella. El domingo siguiente a este acontecimiento
ofrecimos la Misa como acción de gracias.
Un
día, mi amiga de la compañía de seguros me llamó
para decirme que se había enterado, a través de su
esposo, que es amigo mío, de que yo estaba totalmente
recuperado y que ambos estaban muy contentos.
Cuando
me preguntó cómo me había curado, le dije que
había sido a través de las oraciones y de la
intercesión del Beato Josemaría. Ella me dijo que por
motivos del seguro debería pedirle al doctor un comprobante
que afirmara que ya no tenía Hepatitis-B.
El
doctor accedió a mi petición inmediatamente. Pero
también me pidió que me hiciera un examen de
inmunización. Un resultado positivo significaría que ya
estaba inmunizado de esa enfermedad. Me hice el examen y los
resultados confirmaron que estaba inmunizado. Este fue otro motivo
por el cual estar muy agradecido a Nuestro Señor Jesucristo,
la Virgen María y al Beato Josemaría, por esto tan
maravilloso que ha sucedido en mi vida.
Trece años sin poder salir de la
habitación (Estonia)
Soy
católica, vivo en Tallin, y he recibido de Dios Omnipotente un
favor por intercesión del Beato Josemaría Escrivá,
a quien me dirigí en un momento de gran preocupación.
Mi
hermana de 83 años vive en la República Lituana. Había
trabajado como campesina en un "kolkhoz" durante treinta
años, expuesta al frío, a la lluvia, al calor. Como
consecuencia de esto, sus piernas, estropeadas por tales fatigas,
comenzaron a dolerle y a hincharse: en los últimos 13 años
mi hermana no pudo moverse sin la ayuda de dos muletas, y no salía
de su habitación. La piel de la pierna derecha comenzó
a caerse, y tenía heridas cada vez más grandes que no
se cerraban y que comenzaron a supurar, provocándole grandes
dolores que no la dejaban dormir. Los médicos eran incapaces
de ayudarla.
El
año pasado fui a visitarla y al ver sus sufrimientos me quedé
muy preocupada. Una mañana, mientras rezaba, me dirigí
al Beato Josemaría utilizando la oración de la estampa
y le pedí al Señor que mi hermana mejorara. Traduje la
estampa del estón al lituano para que ella también la
pudiera utilizar. Así ambas, una en Estonia, la otra en
Lituania, recurrimos cotidianamente al Señor con la oración
del Beato Josemaría.
Tres
meses más tarde recibí una carta de mi hermana. Había
ocurrido un gran milagro: los dolores se habían atenuado, la
hinchazón se estaba reduciendo y las llagas comenzaban a
secarse. Ahora, después de 12 meses, puede mover las piernas,
las llagas se han curado completamente, puede caminar y ha comenzado
a salir de casa. Mi hermana me dijo que se trata de una gran gracia
de Dios, que se ha manifestado únicamente gracias a la oración
del Beato Josemaría. Ahora estamos pidiendo al Señor
que el Beato Josemaría sea canonizado.
Unas fiebres muy altas (Cuba)
Un
amigo nuestro, de veintinueve años, hace aproximadamente
quince días comenzó con malestar general: dolores
articulares y dificultades para ingerir alimentos, a lo que se añadió
más tarde fiebre de hasta 42º. Había estado en
contacto con aguas estancadas, en áreas plantadas de arroz,
desempeñando labores agrícolas. Fue necesario
hospitalizarlo. El diagnóstico fue que padecía
leptospirosis, y empezaron el tratamiento intensivo, mientras mi
madre y yo comenzamos a pedirle a Dios la curación, por
intercesión del Beato Josemaría. Antes de 72 horas se
logró una remisión absoluta y fue dado de alta.
Normalmente, en tan poco tiempo esta enfermedad tiene complicaciones
que en ocasiones se han cobrado vidas humanas.
Nuestro
amigo también acude a la intercesión del Fundador del
Opus Dei, de quien tiene una estampa que le enviaron unos familiares,
residentes en Estados Unidos. Ahora espera ser examinado por un
especialista, antes de que acabe el mes, pues no es necesario que
espere hasta abril del próximo año: esto lo encomendó
igualmente a la mediación del Beato Josemaría.
Una peligrosa infección (Estados Unidos)
Un
dentista me extrajo un diente en una operación totalmente
rutinaria. Durante las siguientes 48 horas, experimenté el
malestar normal en estos casos, pero al día siguiente estaba
en peligro de muerte, pues empezaron a hinchárseme la cara, el
cuello y la mandíbula, con un dolor muy intenso.
En
el hospital en que fui ingresada, después de muchas pruebas,
me diagnosticaron una infección que se iba extendiendo
rápidamente. Los cuatro doctores asignados a mi caso temieron
por mi vida, pues no podían asegurar que los antibióticos
redujeran la celulitis antes de que ésta atacara el cerebro,
los pulmones y el corazón.
Tengo
dos hijos pequeños por los cuales debía velar, así
es que, balbuceando apenas, hablé con una amiga muy querida,
que es del Opus Dei, para pedirle que rezara. Todos rezamos a través
de la intercesión del Beato Josemaría Escrivá,
rogándole que me fuera devuelta la salud.
En
cinco días, de modo totalmente imprevisto, el dolor intenso y
la infección empezaron a disminuir. Al cabo de una semana,
volvía a estar con mis hijos y preparada para regresar al
trabajo.
Dos
semanas después, la celulitis masiva con gangrena había
sanado totalmente. Los médicos pensaron que quizá
habrían de extraerme, más adelante, una parte del
tejido dañado de la cara; pero no fue así, ya que, al
mes, no quedó ni rastro de la enfermedad. El especialista en
enfermedades infecciosas se extrañó de que ni siquiera
en la sangre hubiera secuelas de la infección, y comentó
que, en sus 27 años de profesión, no había visto
nunca un caso más grave que el mío.
Ahora,
sólo cuatro semanas después, apenas me acuerdo de nada:
solamente cuando miro la estampa para dar gracias a Dios y al Beato
Josemaría por su intercesión.
De forma repentina (Ecuador)
Desde
hace once años tenía una dolencia en el ojo: una espesa
membrana, formada delante de la retina en el interior del ojo y
sujeta a la parte inferior de ella, traccionándola hacia
abajo. Fui operado en Bogotá de un coágulo que obstruía
la arteria de la retina, y que era la causa de mis dolencias; no pudo
hacerse nada en relación con la membrana adherida a la retina.
Era imposible extraerla debido a su posición, pues se corría
el riesgo de romper la retina.
El
médico me indicó que la presión de esa membrana
sobre la retina era tal que, por cualquier esfuerzo que hiciera, se
podría causar desprendimiento de la retina y pérdida
total de la visión. Añadió que, en todo caso,
cabía esperar que los adelantos de la cirugía fueran
tales que un día se pudiera operar sin poner en peligro la
retina.
A
partir de 1971 se interrumpió toda medicación. Durante
diez años iba periódicamente a que me hiciera una
revisión el oftalmólogo, quien siempre me animaba a no
hacer esfuerzos violentos, con la esperanza de que alguna vez se
pudiera operar. Hace poco más de un año, me dijo que ya
se estaban haciendo ese tipo de operaciones, pero que convenía
esperar un poco más hasta que mejorase la técnica.
El
5 de octubre, un amigo me sugirió que encomendara a Mons.
Escrivá la curación de mi ojo. Al día siguiente
así lo hice. Serían las ocho de la mañana cuando
recé la oración de la estampa, y toqué luego con
ella el ojo enfermo. Estando en mi oficina a las seis de la tarde, me
di cuenta de que la membrana se acababa de romper, y que veía
casi perfectamente bien. Tuve la seguridad de que era un milagro
obrado por intercesión de Mons. Josemaría Escrivá
de Balaguer.
El
médico no se explicó cómo se había roto
la membrana; pero me indicó que no podían llegar a
desaparecer los pliegues que se habían formado en la retina.
Sin recetar nada, me indicó que volviera al cabo de un mes. En
esa ocasión, me señaló que la retina había
vuelto a su condición normal, con lo que ya no había
peligro de posible desprendimiento, y habían desaparecido los
pliegues.
Había escapado de una muerte segura
(Togo)
Un
día recibí la Hoja informativa y la estampa del
Fundador del Opus Dei. No sé quién fue el benefactor
que me la hizo llegar. Ese mismo día supe que un compañero
había caído gravemente enfermo: le habían dado
sólo cinco días de vida. Tomé la estampa y
empecé a invocar al Beato Josemaría, diciéndole:
"acabo de recibirte y de conocerte como por milagro, así
que te confío a mi amigo y estoy convencida de que se curará
por tu intercesión". Desde entonces, recé la
oración, cada día, por esa intención.
Pasaron
los cinco días y yo seguía sin noticias y sin saber a
quién preguntar por la salud de mi compañero. Un mes
después, éste se presentó en mi casa para
contarme que había escapado de una muerte segura, y que ahora
iba de mejor en mejor.
Di
muchas gracias a Dios por esto. Ahora sé también que
nada me separará del Beato Josemaría, a quien estoy
profundamente agradecida.
No podía ni leer la estampa (España)
Hace
cuatro años y debido a una miopía muy aguda, perdí
mucha vista, no podía leer y apenas escribir. Me pusieron un
tratamiento, pero según los doctores poco iba a conseguir.
Un
día encontré una estampa del Beato Josemaría con
una letra muy pequeña. Le rogué me ayudara a recobrar
algo de vista y poder leer su oración. Poco a poco fui
recuperando vista. Hoy leo, escribo y me defiendo muy bien. Los
médicos no se lo explican. Yo sí, sé que se lo
debo a mi buen Beato, que siempre me escucha.
Una grave enfermedad de la piel (Alemania)
Hace
seis meses que recibí una estampa del Beato Josemaría,
y desde entonces acudo a su intercesión con mucha confianza
para que me ayude a sacar adelante mis intenciones, sean pequeñas
o grandes. Él y Nuestra Madre me han ayudado ya muchas veces,
por ejemplo en mis exámenes de bachillerato que aprobé
con gran éxito. Quería agradecer al Beato Josemaría
sobre todo una gracia extraordinaria.
Durante
muchos años sufrí una enfermedad grave de la piel,
neurodermitis, que afectaba mis manos y mis brazos. Con toda
confianza rezaba tres novenas al Beato Josemaría. Como no
notaba ninguna mejoría, comencé a pedirle la gracia de
ayudarme a aceptar plenamente la voluntad de Dios. No le molesté
más con mi petición, aceptando el hecho de que ni el
ungüento ni la oración iban a cambiar mi enfermedad, y
decidí llevarla con paciencia. Igualmente continué
rezando cada noche: "Beato Josemaría, ruega por mí";
y él ha rogado por mí.
Desde
hace un mes, la enfermedad ha mejorado, y hace casi tres semanas que
estoy completamente curado. Por eso agradezco de todo corazón
al Beato Josemaría. Voy a continuar rezando por su
canonización y acudiendo con confianza a su intercesión.
¡Gracias, Beato Josemaría, gracias, tú mi patrono
paternal e intercesor ante el Sacratísimo Corazón de
Jesús!
Estaba paralizada (Brasil)
En
junio de 1974, M.R.M., de 65 años, fue operada de un melanoma
abdominal maligno. En diciembre la enfermedad volvió a
manifestarse y tuvo que someterse a otra intervención. Algunos
meses más tarde, el 18 de julio de 1975, al despertarse de
noche, se dio cuenta de que estaba paralizada. Reaccionó con
mucha paz, rezó y esperó hasta la mañana
siguiente.
Los
médicos que la trataban encontraron un tumor en la columna
vertebral y prescribieron una intervención urgente
(laminectomía) que debía realizarse en 24 horas. A
pesar de la operación, las piernas permanecieron paralizadas.
Fue sometida durante cinco meses a un tratamiento fisioterapéutico,
pero sin resultado. Desde entonces, pasaba su vida en una silla de
ruedas.
"El
3 ó 4 de abril —como ella misma cuenta— vinieron a
verme dos amigas mías, que me dijeron: 'conocemos una medicina
que te curará'... Estaba verdaderamente asombrada, porque
sabía que no existían medicinas capaces de curar mi
parálisis. Me hablaron entonces de Mons. Escrivá con
tanta confianza en el poder de su intercesión ante el Señor,
que decidí rezarle con mucho fervor para pedirle mi curación.
En
ese mismo mes de abril hice un viaje en avión a São
Paulo. Llegué al avión en mi silla de ruedas y una vez
ahí, un miembro de la tripulación tuvo que tomarme en
brazos para ayudarme a subir la escalera y tomar asiento.
De
regreso, el día 11 de abril, cuando llegué en la silla
de ruedas a los pies de la escalera del avión, sentí
una moción interior que me empujaba a caminar. Entonces dije
con decisión al miembro de la tripulación que se
disponía a tomarme en brazos para transportarme: 'no se
preocupe, subo sola, a pie'. Con gran sorpresa mía y de todos
los presentes, me levanté y, apoyándome en la
barandilla de la escalera, subí sola, poco a poco, hasta el
avión".
Al
cabo de una semana, M. recuperó la soltura de movimientos y
ahora camina normalmente. El médico que la había
operado de la columna vertebral quedó profundamente
impresionado al verla un día, por casualidad, en el hospital.
Se resistía a creer que fuera verdad lo que veía.
LEVES PERO MOLESTAS
Bajo
este título se habla de esas enfermedades o dolencias menos
graves, que acompañan la vida ordinaria, pero que no dejan de
ser molestas o inoportunas. A veces cuesta pedir para que se alivien,
pensando que Dios y los santos tendrán peticiones más
importantes de las que ocuparse... Sin embargo, como demuestra la
piedad cristiana durante tantos siglos, muchos santos y santas
conceden esos favores, quizá para que aumente nuestra fe, en
vista de situaciones más serias. Y San Josemaría no es
una excepción.
Un bulto preocupante y molesto (España)
Soy
casada y madre de cinco hijos, cuatro chicos y una niña de
casi ocho años.
A
primeros del mes de julio, noté que en la mano izquierda
debajo del dedo índice tenía un pequeño bulto
que me molestaba. No le di importancia, pero al pasar los días
vi que cada vez me iba creciendo más. En el mes de septiembre
lo tenía del tamaño de un garbanzo y me tenía
bastante preocupada, pues además me dolía.
Entonces
se lo mostré a mi esposo y al día siguiente fuimos a la
doctora que es nuestro médico de cabecera en el ambulatorio de
Moratalaz, la cual nos informó que parecía un ganglio
que estaba bastante inflamado, y me recetó unos comprimidos de
un antinflamatorio, diciéndome que, si cuando terminase la
caja de cuarenta comprimidos no me había desaparecido, tendría
que acudir al cirujano para que me lo extirpasen, pues también
podía ser un quiste de mano.
Hace un año
y medio que a mi hijo Jorge le salió un bulto parecido al mío,
también en la mano izquierda, y fue operado en el sanatorio
Virgen de la Torre, situado en el pueblo de Vallecas. Él es
más valiente que yo, pero a mí la verdad es que me daba
mucho miedo, pues soy aprensiva y con la edad que tengo (48 años)
temía que fuese o se tratase de algo malo.
La
verdad es que no cesaba de palpármelo con la otra mano, y
últimamente me había crecido bastante, pero me daba
apuro acudir de nuevo a la doctora, pues del antinflamatorio que me
había recetado solamente había tomado un comprimido,
pues tengo bastante delicado el estómago y me producía
un gran ardor.
Pues
bien, el lunes día 7 de este mes de octubre tenía
muchas molestias en el dedo, incluso tenía hinchada la parte
posterior, y por la mañana, al coger las sartenes con esta
mano, me molestaba e incluso me dolía. Cuando al mediodía
llegó mi esposo, le comenté lo que me ocurría y
él me cogió la mano y me aconsejó que era
necesario volver a la doctora, porque el bulto iba a más y
había que pedir el volante para el cirujano.
Tengo
una niña a la cual tenía que apuntar a catequesis para
prepararse para su Primera Comunión y le dije a mi esposo que
al médico iríamos al día siguiente para pedir
día y hora para el cirujano.
Pues
bien, cuando la niña salió del colegio nos acercamos a
la iglesia de Nuestra Señora del Buen Aire, que es la que nos
corresponde por estar situada más cerca de la casa, pero nos
dijeron que tenían cubiertos todos los grupos de niños
de catequesis y que no me podían admitir a mi hija.
Entonces
fuimos a la iglesia de Nuestra Señora de la Merced, por ver si
allí me la admitían, pero tampoco fue posible. Rocío,
que así se llama mi niña, estaba muy apenada, pues era
grande la ilusión que tenía por hacer la catequesis.
Entonces pensamos en venir a esta iglesia de San Alberto Magno, donde
mi niña y yo hemos venido cuando ha venido en peregrinación
la Virgen de Fátima y hemos ido con la Sagrada Virgen en
procesión.
Por
el camino yo venía pidiéndole al Beato Josemaría
que me la admitiesen. Cuando llegamos, entramos y estuvimos hablando
con un sacerdote al cual yo había preguntado si sería
posible apuntar a mi niña a la catequesis, y me respondió
que quien llevaba ese tema era don Javier, pero que tendría
que esperar pues tenía que confesar o estaba confesando.
Cuando salí de hablar con aquel sacerdote me fijé que
justamente enfrente había otro sacerdote hablando con una
mujer, yo no conocía don Javier, pero no sé por qué
me dio la corazonada de que se trataba de él.
Entonces
llamé a la puerta y pregunté si había plazas
para apuntar a mi niña a catequesis. La señora a que me
refería anteriormente era catequista y mirando una lista de
niños me dijo que hacía unos días que se había
terminado la admisión, pero que miraría a ver si había
alguna vacante. Luego me dijo que quedaba solamente una y que podía
apuntarse la niña, diciéndome que tenía que
comprarle el libro "Sigamos a Jesús" el número
uno y que dentro de la iglesia sobre una mesa estaban los catecismos.
Entramos
dentro para coger el catecismo, di a la niña el dinero para
que lo echase en la urna y después nos arrodillamos para rezar
un Padrenuestro, para dar gracias a Dios porque mi niña
pudiese hacer la primera comunión y por habérmela
admitido en catequesis.
Mirando
la cara del Beato Josemaría, también a él le di
las gracias y no sé qué sensación de dulzura vi
reflejada en su rostro, pero lo cierto es que abusando de su
generosidad le rogué que también me quitase el bulto
que tan preocupada me tenía desde el mes de julio. Cuando
salimos de la iglesia yo me miré el dedo, pero el bulto
continuaba en mi mano como antes.
Entramos
en la papelería que está en frente de la iglesia en la
misma placita y allí compré el libro "Sigamos a
Jesús", un cuaderno, un lápiz y un libro titulado
"La vida del Beato Josemaría", en la portada estaba
la misma fotografía que la que había en la iglesia. No
sé por qué lo compré, pero su mirada me producía
una sensación de tranquilidad.
Cuando
llegamos a casa dejé el libro sobre la mesilla de noche y
después de ponerme ropa cómoda para estar en casa, miré
la fotografía del Beato que tenía aquel libro en su
portada, y poniendo la mano sobre él pensé que me podía
quitar aquel bulto de mi mano.
Cuál
no sería mi sorpresa cuando al levantar la mano del libro, ese
bulto que tan preocupada me había tenido había
desaparecido por completo, se me había quitado todo el dolor y
sentía un bienestar enorme teniendo la mano sobre la
fotografía del Beato.
Un
poco aturdida y emocionada salí al salón y le enseñé
a mi esposo la mano, el cual me decía que parecía una
cosa inexplicable. Yo creo que en este hecho ha intervenido la mano
de Josemaría. Todavía estoy aturdida por lo ocurrido y
después de esto no he tenido más remedio que escribirlo
y comunicarlo.
Trabajo a pesar de la hernia (India)
Yo
padezco la dolorosa enfermedad de hernia desde hace más de un
año. Algunas veces me producía mayor dolor y me impedía
realizar mi trabajo.
Un
día me encontré muy mal. En aquel momento un anciano se
acercó a mi casa y me dio la Newsletter de Monseñor
Escrivá y se marchó.
Entonces
leí la Newsletter y muchos de los favores publicados. Recé
a Dios por medio de la poderosa intercesión de Monseñor
Escrivá con gran confianza.
Al
día siguiente cuando me desperté estaba bien y puedo
hacer cualquier trabajo pesado. Estoy muy agradecido a mi amable y
compasivo Monseñor Escrivá.
Fumador empedernido (Argentina)
Fui
un fumador empedernido. Fumé durante 56 años, y
últimamente, 40 cigarrillos diarios.
Una
mañana, haciendo un rato de oración, le pedí al
Beato Josemaría que me ayudara a dejar de fumar porque no me
hacía bien. Ese día compré un atado de 10
cigarrillos. Por la noche, salí a cenar con mi señora.
Estando en el restaurant sin cigarrillos, le pedí uno a un
señor que estaba al lado. Mi esposa se enojó.
Al
día siguiente fui al médico. Me indicó que
tomara mucha agua y que comiera pastillas. Yo le conté a mi
hija, quien me dio una buena receta: "Mirá, cuando tengas
deseos de fumar, rezá una oración al Beato Josemaría".
El
primer día recé muchas oraciones, al día
siguiente me olvidé del cigarrillo hasta el día de hoy.
(...) Me siento un hombre nuevo, lástima que engordé un
poco. La receta de mi hija fue maravillosa, y el mérito, del
Beato Josemaría.
Con una rodilla rota (Bolivia)
Tuve
una caída muy fuerte y me fracturé el hueso de la
rodilla izquierda. Fui a la ciudad de La Paz para que me revisara un
médico especialista, que me enyesó la rodilla y estuve
así por varias semanas. En aquella ocasión, en La Paz,
estuve alojada en casa de una prima que siempre me hablaba del Opus
Dei y por supuesto de su fundador el Beato Josemaría Escrivá
de Balaguer.
Mi
prima me invitó a un curso de retiro de tres días, del
viernes 23 al domingo 25 de junio. El jueves 22, el médico me
quitó el yeso de la rodilla y trató de que lograra
doblarla, pero me fue imposible hacerlo por el dolor que el esfuerzo
me causaba; me indicó que no había problema pero que
debería someterme a un tratamiento de fisioterapia y después
de algunas semanas seguramente podría doblar la rodilla.
El
día viernes fuimos a la casa de retiros en automóvil.
El viaje para mí fue muy incómodo y sufrí mucho
dolor. El resto del día viernes fue también bastante
doloroso. Mi prima me sugirió que tomara un calmante, que me
había recetado el médico. Yo no quería tomarlo
ya que sabía que me causaría somnolencia y no quería
perder nada del retiro, que era el primero al que asistía en
mi vida.
Esa
noche pedí a Dios, su Santísima Madre y al Beato
Josemaría que me permitieran participar en el retiro sin dolor
y puse la estampa del Beato Josemaría sobre mi rodilla. Pasé
una noche con mucho dolor, además que sentí que me
estaba resfriando; normalmente cuando me resfrío tengo que
quedarme en cama por tres días.
Al
día siguiente, mi prima me despertó y retornó a
su habitación. En honor a la verdad, no recuerdo cómo
me levanté pero me vi sentada al borde de la cama con la
rodilla doblada y sin ningún dolor. Mi sorpresa y alegría
fueron muy grandes y fui inmediatamente a la habitación de mi
prima para mostrarle que podía doblar la rodilla y no sentía
ningún dolor. Los síntomas del resfrío también
habían desaparecido.
El
retiro fue para mí una experiencia inolvidable, una prueba
tangible del amor y la misericordia de Dios y de la eficaz
intercesión del Beato Josemaría.
No podía hablar bien (Polonia)
Escribo
una carta ahora que tengo un motivo que lo justifica. Soy estudiante
de segundo curso de la Escuela de Minas. Desde mi infancia tengo
dificultades para hablar, y mis padres se preocuparon de que desde
muy pequeño me trataran este problema y me hicieran realizar
ejercicios con este fin.
Algunas
veces parecía que progresaba durante el tratamiento, pero esta
impresión duraba poco. Por esta dificultad me sentía
desplazado en cualquier ambiente. Me trataban como un ser inferior,
especialmente mis profesores. Iba a una escuela normal, pero me
resultaba muy difícil articular las palabras en clase porque
me ponía muy nervioso.
Hace
casi dos años, recibí de mi hermana la estampa con la
oración de Mons. Josemaría Escrivá. Al principio
no creía que fuese a mejorar. Recitaba la oración casi
todos los días, por la tarde, con una pequeña chispa de
esperanza en que mi oración pudiese ser escuchada.
Al
cabo de poco tiempo sucedió el gran cambio en mi vida. Poco a
poco fui adquiriendo una pronunciación correcta, así
hasta que pude hablar bien. Esto ha sido gracias a Mons. Josemaría
Escrivá, que ha escuchado mi oración y me ha ayudado.
Quiero agradecerlo todos los días de mi vida. Llevo la estampa
siempre conmigo para que me guíe entre las dificultades y
problemas de la vida corriente.
CASOS DE SIDA
Se
recogen aquí tres historias relacionadas con esta terrible
enfermedad de nuestro tiempo. El desenlace fue muy distinto en los
tres casos, pero —como se verá— la misericordia de
Dios y su providencia se manifestaron igualmente.
Mi hermano homosexual (México)
Desde
hace varios años mi hermano venía adoptando conductas
que denotaban señales de homosexualidad. Esta situación
tan dolorosa me atormentaba sobremanera. No puedo explicar el estado
de ánimo que me provocaba el ir comprobando que esto ya no era
una simple sospecha sino que era una amarga realidad.
Recurrí
infinitas veces a Dios Nuestro Señor, pero concretamente, en
el año de 1986, me encaré al Beato Josemaría y
le supliqué que hiciera lo posible por solucionar la
situación. Contrariamente a lo que yo esperaba, las cosas
fueron empeorando. No podíamos nadie de la familia tocar el
tema con él, ya que era motivo seguro de grandes conflictos y
esto les preocupaba mucho a mis padres.
Redoblamos las
peticiones al Beato Josemaría Escrivá, mi mamá
concretamente lo puso en sus manos y se lo confió totalmente.
Yo pensaba que aunque Santa Mónica hubiera logrado la
conversión de su hijo, eso sólo se daba una vez en la
historia, y este caso era verdaderamente imposible. Sin embargo,
nunca dejé de rezar.
En
1992 me ofrecí a trabajar con él en una agencia
publicitaria que había montado con otro hermano mío.
Era un joven muy brillante, y pensamos que así le podríamos
ayudar mejor, pero fue contraproducente, pues terminó
despidiéndome del trabajo, sabiendo que yo lo necesitaba.
En
1993 nos enteramos que desde 1986 se había infectado del virus
SIDA. Ya empezaba a manifestar la enfermedad y nos dimos a la tarea
de ayudarle a encontrarse con Dios. Durante los meses de su
enfermedad, fue convirtiéndose a Dios, recibiendo los
sacramentos con frecuencia y su carácter fue otro.
Nos
pidió perdón por su vida pasada, nos dio la razón
a todo lo que le decíamos y empezó a rezar y ofrecer
todos sus padecimientos que fueron infinitos, por la Iglesia, por el
Papa, por los sacerdotes y por todos los que se lo pedían.
Él
sabía que sufríamos mucho, pero ese sufrimiento se
volvió en gozo, cuando lo vimos fallecer de una manera tan
tranquila como lo hizo y rezando con nosotros las oraciones que había
aprendido de niño. Además de comulgar con frecuencia,
se confesaba igual. Recibió la Unción de enfermos y
bendiciones especiales hasta el último día.
El
Beato Josemaría Escrivá me escuchó, ya que yo
jamás pensé que esto se solucionara y la gran paz que
tenemos mis padres y hermanos, es fruto de ese milagro que él
nos alcanzó.
No lo podía creer (Estados Unidos)
El
12 de febrero me hicieron unos análisis porque me los pedían
en inmigración para arreglar mi visa.
Bueno
pues cuál fue mi sorpresa y mi dolor, que escuché al
doctor decir que me tenían que hacer otros análisis
porque había salido con SIDA. Yo no lo podía creer,
porque yo siempre he respetado a mi esposo y nunca he tenido
transfusiones de sangre.
Yo
sentía que me iba a volver loca porque sentía tanto
dolor, porque tengo dos hijitos a quienes les hago falta. Yo lloraba
de noche y de día; mi vida se estaba acabando poco a poco. Me
levantaba en las noches a pedirle a mi Padre Josemaría con
todo mi corazón que todo fuera una equivocación.
Me
volvieron a hacer otros análisis el último de febrero y
cuál va a ser mi sorpresa cuando salieron todavía
síntomas de SIDA.
Le
hicieron unos a mi esposo porque él se echaba la culpa de que
yo tuviera eso, porque en una ocasión él había
tenido relaciones con una mujer y él llorando me pedía
perdón, y yo no sé si me dolía más la
enfermedad o la traición de mi esposo, porque yo ponía
toda mi confianza en él y qué sorpresa me llevaba que
él me había sido infiel. Bueno, le hicieron los
análisis y salieron negativos, y si él era negativo no
podía creer lo que estaba pasando.
Pasaron
los días y me hicieron otros estudios y cuál fue mi
sorpresa: "Señora", me dijo la doctora, "esto
es un milagro. Sus estudios están bien". Porque yo con mi
fe que le tengo a mi Dios y a Josemaría mi vida ha cambiado.
Estoy tranquila porque sé que ellos me han sanado.
Se mostraba inquieto y agresivo (España)
Desde
hace unos años sabíamos que mi hermano era portador del
virus del SIDA. En el mes de febrero de 1995 tuvo que dejar su
trabajo, pues ya empezaban a manifestarse los síntomas del
desarrollo de la enfermedad. Desde ese momento acudí al Beato
Josemaría pidiéndole que toda la familia —especialmente
mis padres— supiéramos afrontar esos últimos
meses de vida de mi hermano y que muriera habiendo recibido los
sacramentos.
Con
el paso de los meses su estado se iba deteriorando, tanto física
como mentalmente, y la convivencia familiar era cada vez más
difícil. En ningún momento dudé de que el Beato
nos conseguiría el favor que le pedía. Tenía la
evidencia de su ayuda en la muerte de otro de mis hermanos hace cinco
años, de la misma enfermedad.
A
principios de mayo de 1996 le hospitalizamos. Durante su estancia en
el hospital hablé varias veces con él sobre la
necesidad de estar en gracia de Dios. También le hablaban mi
madre y mi tía. Le visitó varias veces uno de los
religiosos que atienden el hospital. Él contestaba que era
agnóstico y no creyente. Se mostraba muy intranquilo, agresivo
y bastante insoportable.
Mientras
tanto seguíamos encomendando el asunto al Beato. También
lo encomendaban toda la familia, muchos profesores y alumnos del
colegio donde trabajo y otros amigos míos.
El
sábado 8 de junio de 1996 fui a verle acompañado de un
sacerdote amigo mío. Con gran naturalidad estuvieron hablando
un rato, le confesó y le administró la Unción de
Enfermos. Mis padres se alegraron muchísimo de la conversión.
Por la tarde volví a verle. Estaba muy tranquilo. Así
estuvo hasta el final. El martes entró en una lenta y dolorosa
agonía y falleció el viernes 14 de junio de 1996 a las
6.30 de la tarde.
EN LA FRONTERA DEL ALMA Y EL CUERPO
En
este apartado se habla de los sufrimientos de las personas que
padecen enfermedades psíquicas, especialmente la depresión.
A menudo, la ayuda de San Josemaría consiste en dar fuerzas al
enfermo para poner los medios que —gracias a los progresos de
la ciencia médica— hoy día pueden curarle. Pero
en algunos casos, esas situaciones aparecen complicadas por otros
problemas, materiales y espirituales, o se encuentran —por así
decir— en una misteriosa zona de frontera entre el alma y el
cuerpo, donde la ayuda de Dios resulta decisiva.
Un caso de depresión y anorexia (Costa
Rica)
Desde
el año de 1990 comencé a padecer de constantes
depresiones que abatían a mi corazón y me robaban los
deseos de vivir. Mi vida era como una necia balanza rodeada de una
inestabilidad que de pronto, sin percatarme, acababa con mi
tranquilidad.
En
mi familia los problemas eran cada vez más graves, además
había perdido a una persona muy querida y entonces empecé
a experimentar cómo lentamente me consumía en una
terrible tristeza.
Dos
años después enfermé de anorexia y fue así
como no sólo sentí que no podía controlar
aquella depresión sino que también sobrevinieron serios
problemas de salud, que por supuesto impedían el normal
transcurrir de mi vida.
Se
inició un tratamiento con un psiquiatra el cual me recetó
dosis altas de píldoras antidepresivas, las cuales a su vez me
provocaban innumerables molestias que trastornaban mi estado físico,
mental y emocional.
En
mi familia el apoyo era mínimo, e incluso descubrí que
ni siquiera poseía verdaderos amigos, y por otra parte en mi
interior yo sabía que en aquel medicamento tampoco hallaría
la solución a mis problemas.
Seguí
luchando por salir de aquel abismo que me atrapaba, me era difícil
estudiar, mas logré finalizar todos los cursos en forma
exitosa. Sin embargo, siempre llegaba un momento en el que me veía
impotente y débil, pues aún no desaparecía
aquella gran pesadilla.
Pero,
gracias a la intercesión del Beato Josemaría Escrivá
de Balaguer, alcancé del Señor tres grandes favores que
yo llamo milagros, pues, después de un tiempo de rezar
intensamente la estampa para la devoción privada, siento que
he comenzado una nueva vida, donde no hay lugar para la depresión,
ni la anorexia, ni ningún pensamiento negativo que pueda
detenerme en esta asidua lucha.
Hoy
he recobrado todo cuanto había perdido: mi buena salud, mi paz
y a la persona que más amo en este mundo. Agradeceré
eternamente estos milagros a la intercesión del Beato
Josemaría Escrivá de Balaguer, y nunca olvidaré
la dicha que un día tuve al poder conocer el Opus Dei y dar
así mis primeros pasos en la vida espiritual, pues realmente
todo esto cambió el rumbo de mi caminar.
Estaba perdido en otro mundo (España)
Quiero
dejar por escrito un favor del Beato Josemaría Escrivá
de Balaguer. Más que un favor, me parece un milagro, tal y
como sucedieron las cosas.
Tengo
un sobrino que ronda ya los 65 años, casado, de profesión
abogado, con hijos. Es una persona muy considerada por sus amigos y
colegas, inteligente y con prestigio profesional; es también
un hombre de fe.
Hace
alrededor de un año y medio, se puso enfermo. Sufría
una depresión muy importante que le dejó casi sin
habla; le impedía trabajar, conducir y tener cualquier tipo de
iniciativa. Tanto es así que los médicos aconsejaron
que se le diera un trato civil de invalidez.
Su
mujer estaba muy preocupada e intentaba animarlo. Por las mañanas
hacía toda clase de pruebas para levantarlo de la cama, ya que
él decía que no podía. En una de estas
ocasiones, ella, por ayudarlo, le cogió de los brazos y lo
levantó, pero él se desmayó y comenzó a
perder sangre. Hubo que hospitalizarle durante algunas semanas.
Volvió
a casa y seguía igual. Habían pasado ya siete meses del
comienzo y en la familia estábamos muy preocupados. Su mujer
vendió su coche, pues los médicos no creían que
pudiera volver a hacer una vida normal y mucho menos conducir.
Yo
iba a verle de vez en cuando; le hacía preguntas y sólo
contestaba "sí" o "no"; intentaba animarle
pero no conseguía nada. Estaba como absorto, perdido en otro
mundo, irrecuperable.
Desde
el principio lo encomendé al Beato Josemaría y rezaba y
rezaba, pero no me hacía caso. Con motivo de un traslado de
ciudad fui a despedirme y al ir hacia allá pensé en la
reliquia de nuestro Padre que me dieron y que siempre llevo encima.
Le
pedí con más fuerza y, al despedirme, le pasé la
reliquia por la espalda, los hombros, los brazos. Y me fui.
Al
día siguiente, llamé por teléfono y un hijo suyo
me dijo que aquella mañana se había levantado de la
cama —él sólo—; había ido a su
encuentro y les había dicho: "¡ya estoy bueno!".
Y
así fue. Se levantó y —a pesar de haber perdido
15 kilos— había reemprendido la vida normal, con la
clarividencia de siempre, los ánimos de siempre y la
laboriosidad de siempre. Se encontró sin coche y no se enfadó;
al contrario encargó uno y mejor que el que tenía.
Desde entonces sigue completamente bien.
"Ataqué" al Cielo (Islas Fiji)
En
la actualidad tengo 39 años. Desde que dejé el colegio,
al terminar el bachillerato elemental, he tenido muchas dificultades
para encontrar un trabajo adecuado. Estaba muy deprimido y en una
ocasión, incluso, llegué a intentar el suicidio tomando
un bote de píldoras peligrosas de cianuro. Gracias a Dios,
sobreviví a ese período.
Un
día, mirando los libros de la biblioteca de la Misión
Católica, encontré casualmente un ejemplar del primer
número de la Hoja Informativa de Mons. Escrivá, junto
con la estampa con la oración. "Ataqué" al
Cielo por la intercesión de Monseñor.
Ahora,
aunque estoy sólo semiempleado soy muy feliz; todos los
estados y pensamientos depresivos que me hacían pensar en
acabar con mi vida han desaparecido totalmente. Muchas, muchas
gracias a este verdaderamente santo Siervo de Dios.
En paro, enfermo, y con problemas familiares
(Congo)
En
un momento en que me encontraba completamente abatido (en paro,
enfermo y con problemas familiares), un amigo me pidió mi
dirección sin explicarme nada.
Algunos
meses más tarde recibí por correo la Hoja Informativa.
Después de haberla leído con atención e interés,
comencé a rezar con confianza la oración para la
devoción privada al Siervo de Dios Mons. Escrivá. Yo
pedía a Dios, por la intercesión de su Siervo Mons.
Josemaría, en primer lugar la paz y la alegría
interiores, y poco a poco me fui sintiendo más tranquilo.
En
segundo lugar, cinco meses después, he obtenido un trabajo en
el que ocupo una función de dirección similar a la
anterior y, además, es de condiciones más ventajosas.
Y, por fin, los otros problemas han ido desapareciendo sucesivamente.
No
puedo sino atribuir estos favores a la ayuda e intercesión del
Siervo de Dios, a quien continúo acudiendo. Por todo ello
estoy dando gracias. Ahora yo puedo cantar: "Bendeciré al
Señor siempre y en todas partes".
Catorce años con problemas psiquiátricos
(Irlanda)
—Dad,
tranquilo: voy a quedarme en el hospital.
Al
escuchar esta frase por el teléfono, un lunes por la mañana,
fue como si un peso se me quitase de encima. Fue un momento decisivo
en la historia, que ya había durado catorce años, de
los problemas psiquiátricos de mi hijo, y representó el
comienzo de una nueva etapa en su vida, que terminaría con la
mejora total. Según me contaba, había superado su miedo
y estaba ya dispuesto a quedarse en la clínica psiquiátrica
de Dublín.
Llevábamos
años intentando persuadirle, animándole, llevándole
a consultas con profesionales... Le habíamos convencido entre
todos para que ingresase en una clínica durante tres meses,
pero después de dos días, se disponía a
marcharse y dejarlo todo.
Pasé
el fin de semana rezando al Beato Josemaría y a don
Álvaro[11], como ya había hecho durante tantos años.
Animé a muchos amigos a que se uniesen a mi oración.
Uno de ellos pasó el domingo entero delante del Sagrario,
pidiendo por esta intención.
Así
que, al oír las palabras con las que comienza este relato,
agradecí al Señor que, por fin, mi hijo se confiara al
tratamiento médico. Después de unos exámenes
médicos, se llegó a la conclusión de que los
síntomas —quedarse en su cuarto sin salir apenas,
incapacidad para mantener relaciones sociales normales, y lo que me
dolía también, su alejamiento de la práctica de
la fe— eran debidos a agorafobia y esquizofrenia. Una de las
cosas más tristes de la enfermedad eran sus reacciones airadas
y desproporcionadas hacia los que intentaban ayudarle, que, a veces,
llegaron incluso a la agresión.
El
tratamiento y los medicamentos lograron una mejoría grande, ya
antes de que concluyera la fase de hospitalización. Después
siguió en contacto con el equipo psiquiátrico, y los
progresos continuaron. A la vez, se palpaba la distensión que
se producía dentro de la familia. Después de la muerte
de mi mujer, hace varios años, había esperado, con mi
jubilación, pasar más tiempo con mi hijo. Al cabo de
unos meses, me había dado cuenta de que, sin un cambio
notable, no íbamos a poder vivir bajo el mismo techo.
Al
salir del hospital, nos trasladamos al oeste de Irlanda, y se vio que
mi hijo empezaba a tener relaciones sociales con sus parientes y que
hacía amigos. Luego, empezó un curso de informática
en una entidad nacional. Por entonces, además, volvió a
frecuentar los Sacramentos, después de catorce años.
Comenzó a rezar el Rosario y a asistir a retiros. Todo sucedió
como me había predicho un sacerdote: primero pondría su
vida profesional y social en orden, y luego volvería a la
práctica de la religión.
En
las pasadas navidades hubo un momento muy importante, cuando decidió
acudir al Sacramento de la Penitencia. Fuimos juntos a la iglesia. Le
ayudé a serenarse y a prepararse. Los minutos pasaron muy
lentos, pero al final se animó a acercarse al confesionario.
Al salir, todo fue alegría. Me contó que al decir que
habían pasado más de catorce años, el sacerdote
le comentó:
—Pues...
¡bienvenido!
Enseguida,
desaparecieron todos los nervios.
¡Qué
regalo más apropiado para la Navidad! Pasé las fiestas
dando gracias a Dios, al Beato Josemaría y a don Álvaro,
más aún cuando me pidió que le devolviese su
misal para seguir la Misa. Era un regalo que había recibido
cuando era más joven. Como él no lo usaba nunca, lo
utilizaba yo. También se le veía hablar con sus amigos
de su vuelta a los sacramentos y a la oración.
Yo
también me sorprendo contando a todo el mundo lo que he
aprendido sobre la perseverancia en la oración. (...) Qué
alegría darse cuenta de cómo Dios nos quería a
nuestra familia, dándonos ese sendero tan duro, pero sembrado
de tesoros. No creo que yo hubiese aguantado esta situación
sin la devoción al Beato Josemaría y la ayuda que me
proporcionaban su vida y sus escritos. Sin esa visión
sobrenatural, quizá las cosas habrían terminado de
manera trágica para mi hijo y para mí.
Hay
que añadir que yo no era el único que sufría. Él
lo había pasado muy mal, queriendo vivir una vida normal, sin
poder conseguirlo. Ahora, con ese constante aluvión de
gracias, y el apoyo directo e indirecto de mis amigos en la Obra, los
dos estamos en camino hacia una vida muy feliz.
cap. 3
VIDAS DIFÍCILES
A
medida que revisaba los relatos que han servido para la composición
de este libro, iban apareciendo algunos que no permitían una
colocación muy determinada. No hablaban de una necesidad
concreta —espiritual, de salud, laboral, familiar...— que
se había encomendado a San Josemaría, sino de muchas a
la vez. Trataban de algo que puede parecer genérico: contaban
lo que he llamado "vidas difíciles".
Son
vidas marcadas por el sufrimiento, por una sucesión de
problemas, por situaciones a menudo desgarradoras, por la miseria
material y moral. Unas veces a causa de la droga o el alcohol, de
acusaciones ante la justicia, del desvalimiento ante diversas
eventualidades. En otros casos, vidas no siempre angustiosas, pero sí
precarias, expuestas a varios tipos de apuros.
Se
trata de gente especialmente necesitada, que, por eso mismo, puede
estar segura de contar con una especial ayuda de Dios y de los
santos. El lector encontrará aquí algunas historias muy
dolorosas, pero también sumamente esperanzadoras.
San
Josemaría, como todos los santos, también sufrió
mucho en la vida: no hay santidad sin cruz. Ya lo había
advertido Jesús: «Si alguno quiere venir detrás
de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz cada
día, y que me siga»[12]. Tuvo que superar dificultades
de todo tipo en la realización de la voluntad divina. Por
añadidura, durante su vida sufrió graves enfermedades;
pasó muchos años con serias estrecheces económicas;
fue objeto de injusticias y calumnias; escapó de peligros
mortales y de situaciones angustiosas. Pero en medio de esos
sufrimientos, mantenía una alegría y buen humor
desbordantes, como corresponde a quien se sabe hijo de Dios.
Fue
también un hombre de gran corazón. Como si no le
bastara con los padecimientos propios, cargaba sobre sí las
penas y necesidades de los demás. Siguió, en fin, el
ejemplo de Jesús: dar la vida por los demás, ser otro
Cristo, que se deja clavar en la cruz por amor. Desde sus primeros
años de ministerio sacerdotal en los barrios y hospitales más
abandonados de Madrid, puso remedio a muchas miserias humanas, sobre
todo morales. Sembró paz y alegría en millares de
corazones, derrochando su cariño con tantos y recuperándoles
los bienes más preciosos: la amistad con Dios y la esperanza
en su misericordia. Así continúa haciendo ahora.
GENTE CON PROBLEMAS
Con una angustia que no me dejaba vivir (España)
Llevaba
dos años de tratamiento psiquiátrico, con una angustia
que no me dejaba vivir. Un día de gran desesperación,
vi un crucifijo y una estampa de Mons. Escrivá de Balaguer en
la casa donde hago faenas. Los cogí y, llorando, le pedí
a Mons. Escrivá que me concediera vivir una vida tranquila y
que, si no era posible, me sacara de este mundo, pues hacía
tiempo que quería suicidarme por varios sucesos duros de mi
vida.
Se
me unieron varias cosas. Al poco tiempo de casarme, al mes, mi marido
cayó enfermo del pulmón y tuvo que ingresar seis meses
en un Sanatorio de Tuberculosos. Tuve un hijo que nació a los
ocho meses de embarazo y, después de la incubadora, salió
autista. En el colegio, otra hija se accidentó y quedó
colgada por la mandíbula de un gancho. Por todos estos sucesos
dejé de practicar, pensando que Dios no sólo no me
escuchaba, sino que, además, me enviaba más problemas.
Entonces
le pedí a Dios, a través de Mons. Escrivá de
Balaguer, que me liberara de todo o que me encontrara bien. Le ofrecí
a Dios el sacrificio de tener un hijo subnormal, pero que a mí
me diera paz para llevar la casa sin amargarme, ni amargar a los de
mi alrededor. Mirando la estampa me puse a hablar con Mons. Escrivá.
Yo había oído hablar de sus milagros por mi cuñada,
pues tuvo a su marido a punto de morir en un Hospital, en cuidados
intensivos, se acordó de Mons. Escrivá de Balaguer, le
pidió que se curara, y ahora está bien.
Lo
que no había conseguido en dos años de tratamiento, al
día siguiente de mi petición ocurrió: la
angustia me desapareció. No he querido contarlo antes de
cerciorarme de que realmente había sido un milagro. Ahora, al
cabo de un año, tengo necesidad de manifestar que continúo
perfectamente y de agradecer el bien que ha hecho a mi alma. Al verme
sosegada de mis males, le ofrecí a Monseñor algo a
cambio: comencé a ir a Misa cada domingo y a confesarme, pues
hacía cinco años que no practicaba.
Tengo
ganas de vivir, me arreglo, me pinto, etc. Antes, tenía
amargado a mi marido. Los dos llevamos varios años pidiendo a
Mons. Escrivá de Balaguer la curación de mi hijo.
El
niño está empezando a hablar.
Una cadena de favores (España)
Hace
bastante tiempo —para ser exacta, un año— que
sentía deseos de escribirles, dada la cantidad de gracias
obtenidas por intercesión del Siervo de Dios Monseñor
Josemaría Escrivá de Balaguer, pero no me decidía.
Ahora lo he visto necesario y por eso me atrevo.
1ª
gracia.— Yo era una mujer que padecía esa enfermedad
llamada alcoholismo, tan terrible y destructora. Transcurrieron
veinte años de mi vida sin enterarme de nada de lo que ocurría
a mi alrededor. He estado internada varias veces. Me desintoxicaban y
hacían toda clase de tratamientos para que odiase el alcohol,
pero no me servía de nada. En cuanto salía de la
Clínica, volvía a las mismas.
He
hecho cosas desastrosas, las cuales no creo sea necesario detallar,
puesto que todos sabemos de lo que es capaz de hacer un alcohólico
en activo. Desde inspirar desprecio hacia ti en las personas más
queridas —y no digamos en las que no lo son—, hasta
encontrarte completamente sola, con deseos de morirte y odiándote
a ti misma.
A
principios de enero del año pasado tuve la suerte de conocer
"Alcohólicos Anónimos", los cuales —no
puedo negarlo— me ayudaron mucho... Pero yo no era feliz.
Sufría muchísimo. Había dejado de beber, sí,
pero era tremendo, ya que durante tres meses aproximadamente no hice
nada más que pensar en el alcohol, hasta tal punto que poco
faltó para que volviese otra vez a caer.
Casualidad:
durante estos días de lucha conmigo misma, fue cuando comencé
a conocer a Monseñor Josemaría Escrivá. Fue a
través de una amiga, la cual precisamente se había
trasladado, en compañía de su marido y de sus hijos, de
Bilbao —donde vivían— aquí. Nos conocíamos
desde muy jóvenes, puesto que yo nací allí.
Como
es natural, cuando vino a casa a verme, sentí una gran alegría
y a ella me atreví a contarle cosas que a nadie se las había
dicho. Le dije los problemas que tenía con el alcohol, al
igual que con mi fe. Todos sabemos que el alcoholismo no solamente
destroza los cuerpos, sino que lo hace igualmente con las almas.
Yo
durante mi adolescencia, al igual que en mi juventud, siempre fui una
buena cristiana. Tanto fue así, que a los veinte o veintiún
años, más de una vez pensé en ingresar en un
convento. Pero a los veinticuatro años todo cambió. Me
enamoré y me casé con un hombre que era completamente
distinto de mí: era agnóstico, a pesar de que sus
padres eran unos fervorosos cristianos.
Bueno,
después de explicarle todas mis inquietudes a esta amiga, no
hizo ningún comentario, pero quedamos para salir una tarde
juntas a dar un paseo. No sé cómo se las arregló,
pero de pronto me hallaba en una iglesia confesándome.
Esto
me tranquilizó por completo, recomendándome que dejase
de torturarme por lo que había hecho mientras bebía.
Enseguida asistí a Misa y comulgué. Cuando salimos,
casi no veía, pues tenía los ojos llenos de lágrimas.
No pude retener mi emoción: después de muchos años
había vuelto a encontrar a Dios.
Mi
amiga también estaba emocionada. Abrió su bolso y me
dio la estampa del Fundador del Opus Dei, diciéndome que
rezase durante nueve días consecutivos y que le pidiera lo que
yo creyese conveniente, y que más tarde ya vería los
resultados.
Así
lo hice, siendo mi petición que desapareciesen mis deseos de
ingerir alcohol: antes de transcurridos los nueve días había
desaparecido mi ansiedad y dentro de poco tiempo hará un año
que no tomo ni una gota. A excepción de una prueba que hice
las pasadas Fiestas de Navidad, como luego explicaré.
2ª
gracia.— Mi marido —el segundo, puesto que el primero
murió a los siete años de casados a consecuencia de una
cirrosis hepática, del cual me quedaron dos hijos—
sufrió un accidente de coche, tres años antes de
encontrarme con esta buena amiga.
Fueron
tres años de penuria y tragedias. Perdió su empleo y no
había forma de encontrar otro por ningún medio. Y yo ya
he explicado en qué estado me encontraba, por lo tanto, en
lugar de ayudarle, lo que hacía era desesperarle todavía
más.
Llegamos
a tener que vivir de la caridad de familiares y amigos. A mi hija, la
cual vivía con nosotros desde que me había vuelto a
casar, tuvimos que llevarla a Bilbao y dejarla al cuidado de una
hermana mía. Esto para mí fue tan horrible, que estuve
a punto de suicidarme.
Y
por fin llegó otra tragedia, aunque yo me sentía tan
mal, tan desesperada, que ni siquiera recuerdo el efecto que me
causó. Gracias a Dios, esto fue hace pocos meses y para
entonces yo ya había cambiado y tomaba las cosas con más
resignación. Ya no bebía; ya estaba siempre en contacto
con la Iglesia y ya Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer
había entrado en mi vida. Sucedió que recibimos una
orden de desahucio y teníamos que desalojar el piso en pocos
días si no pagábamos un año de rentas que
debíamos al dueño de la casa.
Volví
a rogarle con fervor a Monseñor Escrivá que
intercediese por nosotros ante Dios para que no tuviésemos que
abandonar la casa: a los pocos días, mi marido se encontró
con un alma maravillosa, una persona con la cual no le unía
ningún lazo, ni de sangre, ni de nada; solamente una amistad.
Y esta gran persona no solamente se conformó con prestarle el
dinero para pagar lo que debíamos, sino que, además, le
dio un empleo en sus oficinas.
3ª
gracia.— Se acercaban las fiestas de Navidad y hacía dos
años que no había visto a mis hijos. Durante los siete
años que llevo casada, siempre habían pasado con
nosotros todas las vacaciones, menos estos dos años
mencionados. Mi marido también les quiere mucho y, tanto él
como yo, dudábamos de poder tenerlos. A pesar de que
continuaba trabajando y yo le ayudaba todo lo que podía,
teníamos bastantes cosas pendientes de pago, por lo que, como
acabo de decir, veíamos muy difícil el poder tenerlos
con nosotros.
¡Otra
vez a pedirle a Monseñor Escrivá su ayuda! ¡Cuánto
me gustaría poder ofrecerle yo algo! Y también se
arregló todo. He pasado con mis hijos las Navidades más
felices de mi vida, puesto que en las anteriores casi no me enteraba
de que estaban conmigo. Para ellos también lo han sido, al ver
a su madre tal y como es en realidad. Esto me lo dijeron ellos
mismos, lo que me hizo llorar de emoción.
4ª
gracia.— El alcoholismo es la tercera enfermedad que produce
más muertes en los países desarrollados, según
el Congreso de Médicos de la OMS en Ginebra. Además yo
he podido observar desde que asisto a los grupos de "Alcohólicos
Anónimos" lo espantosa que es esta enfermedad. He
conocido personas maravillosas que, después de llevar cinco
años o más sin probar el alcohol, han vuelto a caer en
el pozo del que ya habían salido. Yo hace tiempo que sabía
que podía tomarme una copa y que no me iba a suceder nada.
Sabía que Monseñor Josemaría Escrivá de
Balaguer no solamente me había ayudado a no beber, sino que me
había curado. Y efectivamente así ha sido.
El
día 24 de diciembre pasado, fiesta de Navidad y también
mi cumpleaños, brindé en compañía de mi
marido y de mis hijos con una copa de sidra. También lo hice
el día de Nochevieja y el de Reyes. Pues bien, ¡aquí
no ha ocurrido nada! Lo hice por ser tradicional. Otras bebidas más
fuertes me producen repugnancia solamente con su olor.
Las
Fiestas han quedado atrás, pero yo no he vuelto a tomar nada
que tenga una gota de alcohol. No me apetece. Me gusta más el
agua tónica.
Ya
sé que ustedes mismos se habrán dado cuenta de dónde
está el milagro, pero de todos modos voy a decirlo: "He
dejado de ser una alcohólica". Y digo que he dejado,
porque yo sé positivamente que lo era. No estoy enferma, no
padezco del hígado ni de ningún otro órgano de
mi cuerpo. No soy ninguna anciana: tengo cuarenta y seis años
recién cumplidos. Simplemente: no me gusta el alcohol.
¿No
es esto un milagro? Yo, señores, opino que sí, y más
conociéndome como me conozco.
Deseo
de todo corazón que estas gracias que me han sido concedidas
por la intercesión del Fundador del Opus Dei, mi muy querido y
admirado Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer,
les parezcan tan maravillosas y elocuentes como lo son para mí.
Cargó la pistola (México)
Hacía
poco tiempo que vivía separado de su mujer. Aunque no se había
firmado todavía la sentencia de divorcio, habían
llegado a un acuerdo por el cual él podría gozar de la
compañía de sus hijos durante todos los fines de
semana.
Aquel
domingo por la tarde, después de haber regresado a los hijos
con su madre, fue a Misa y rogó al Señor que hiciera
que aquella separación fuera solo temporal; salió de la
iglesia confortado. Pero era aún temprano para volver a casa;
así que, contrariamente a sus costumbres, entró en un
cine y allí, por casualidad, vio a su mujer con otro.
Le
invadieron sentimientos de tristeza, ira, celos. Volvió a su
apartamento, vació mecánicamente los bolsillos y puso
los objetos, uno tras otro, sobre la mesilla. Después abrió
el armario para cambiarse: su mirada se posó sobre una bolsa
que contenía una pistola. Sin pensar en lo que hacía,
la cargó y la apoyó sobre la mesita de noche.
Se
sentó en la cama y lloró amargamente. Mil pensamientos
le pasaron por la cabeza, después se hizo cada vez más
insistente la idea de tener que hacer cualquier cosa para resolver
aquella situación: hacer justicia por su cuenta o, mejor,
poner fin a la propia vida...
Al
hacer un movimiento brusco, los objetos apoyados sobre la mesilla se
tambalearon y cayeron al suelo dos estampas de Mons. Escrivá,
que guardaba en el portafolios. Sin embargo, notó que las
demás cosas habían permanecido en sus puestos: era
verdaderamente extraño que sólo se hubieran caído
aquellas dos estampas, que por añadidura estaban bien sujetas
en el portafolios.
Las
recogió. Una estaba desgastada, la otra era nueva: se la había
dado un amigo suyo, que es del Opus Dei, al que había
encontrado por casualidad una semana antes, y desde entonces se había
puesto a encomendar al Padre la resolución de su problema
matrimonial.
Teniendo
en la mano las estampas, se detuvo a mirar la fotografía del
Padre: vio sus ojos, su sonrisa... e inmediatamente se sintió
confortado y comprendido; al mismo tiempo tuvo vergüenza.
Descargó la pistola y la desmontó pieza por pieza;
metió en la funda las distintas partes del arma y salió
a la calle para arrojarla por una alcantarilla.
Al
día siguiente fue a ver a un sacerdote del Opus Dei, con el
cual había fijado una cita cuando se había encontrado
con aquel amigo que le había dado la estampa de Mons. Escrivá;
después escribió el relato de este favor que él
atribuye a la intercesión del Padre.
Ahora soy otro (Colombia)
Quiero
dar testimonio por intermedio de ustedes de los numerosos favores
recibidos por intercesión de Monseñor Josemaría
Escrivá de Balaguer y Albás ante Dios nuestro Señor.
Primero,
me condujo a la conversión y creencia en Nuestro Señor,
ya que hasta hace cinco años, era no sólo apático
a lo referente a la gracia de Dios, sino que no me cansaba de
profesar de ser ateo y de sentir menosprecio por aquellas personas
que sí eran creyentes.
Ese
primer encuentro fue un acto que marcó mi vida para siempre,
les cuento: luego de intentar suicidarme, salí de la casa de
mis padres para vivir solo. Pasé muchas penurias y amarguras,
y un día, cuando no tenía qué comer ni dónde
dormir, reflexioné a qué grado de abandono había
llegado. Entonces lloré, sí, lloré mucho y en
medio de las lágrimas, empecé a pronunciar un
Padrenuestro, que por cierto no lo recordaba bien. Recordé a
Mons. Josemaría y a ustedes que me hacían llegar la
Hoja informativa desde varios años atrás, no sé
cómo ni por qué. A instante seguido noté que la
vida tenía otro semblante y desde ahí siento en cada
acto de mi vida la presencia de Dios Nuestro Señor.
Ahora
soy otro. Tengo un hogar con una linda niña: hace poco
encontré un trabajo estable que no hubiese sido posible sin la
intervención de Mons. Josemaría, en solicitada oración
para la devoción privada.
ATRAPADOS POR LA DROGA O EL ALCOHOL
La heroína me dominó (España)
Conocí
el Opus Dei en 1983, en una etapa de mi vida importante, porque me
marcó bastante. Estudié tres años, y por causas
que luego comentaré, no pude acabar 3º de BUP porque,
acabando este curso, conocí la maldita droga, y ahí
acabó mi vida de persona como Dios manda. La heroína me
dominó. Tuve dos hijos, que, por causa de la droga, me han
sido arrebatados por el Juez. En estos momentos están con una
familia de las denominadas cuidadoras, y los veo una vez al mes,
cuando lo autoriza el Juez.
Bien,
pues ésta es un poco mi historia, bastante reducida, pero es
que no sé muy bien si me tenía que dirigir de esta
manera y si procede contar mi vida.
En
estos momentos me encuentro en una granja de desintoxicación.
Llevo dos meses, y cada día voy viendo las cosas más
claras y necesito ayuda.
Ustedes
se preguntarán que por qué escribo a esta dirección;
pues les voy a contar. Estaba tan descentrada que, aunque tenía
plaza en el centro y tenía las cosas muy mal en la calle, me
resistía a ingresar. Le pedí ayuda al Fundador del Opus
Dei, y sin darme cuenta estaba desintoxicada. Llevaba desde agosto
sin ver a mis hijos y, estando en la granja, me concedieron un
desplazamiento para visitarles. Todo ha sido gracias a Monseñor
Escrivá y es un favor que tengo que agradecer.
Lo
importante es que quiero cambiar. Necesito casarme y recuperar a mis
hijos. Ser un ser humano y borrar lo que me atormenta. Recuperar del
todo la fe, porque la verdad es que me he descuidado mucho y, por lo
tanto, he perdido mucho.
Bueno,
lo que agradecería es volver a tener contacto con gente que
tiene mis inquietudes, pues durante tres años fui feliz, y no
me importa trabajar, ser amable y luchar por algo.
Me destrozaba a mí mismo y a lo que me
rodeaba (España)
Yo
era un muchacho normal hasta los veinte años. Sano, alegre,
deportista, no muy estudioso, etc., pero, al acabar el Bachillerato,
me marché al Servicio Militar y allí comenzaron mis
problemas.
Comencé
con la bebida y acabé metido en el mundo de la droga. Era
joven y no me daba cuenta del peligro real de las drogas, y a los dos
años estaba metido en la heroína. En este mundo tan
irreal y peligroso estuve cuatro años, hasta que llegó
un momento en que no podía seguir más. Ya no sólo
me destrozaba a mí mismo, sino que lo hacía con todo lo
que me rodeaba, como familia, amigos, etc. Entonces decidí
dejarlo, pero una y otra vez volvía a caer en la tentación,
y me era imposible dejarlo por mis propios medios. Lo intentaba todo
pero no podía ser.
Mi
familia siempre ha sido religiosa y como tal, mi educación ha
sido cristiana. Siempre he estado unido con la Iglesia y, de hecho,
mi mejor amigo es sacerdote y, por tanto, nunca perdí mi fe en
Dios. Todas las noches le pedía que me ayudara y me diera
fuerza para superarlo.
Un
día, entre mis papeles, encontré la estampa con la
oración del Siervo de Dios Josemaría Escrivá de
Balaguer. Yo tenía esta estampa porque, a los dieciséis
o diecisiete años, estuve un año acudiendo a clases de
formación con unos muchachos del Opus Dei.
Entonces
comencé a pedir a Dios que, por intercesión de Mons.
Escrivá de Balaguer, me ayudara a salir de la heroína.
Tal era mi desesperación que pedí incluso sacrificar
todo lo que poseía por librarme de ese mal.
A
los pocos días de comenzar mis oraciones sucedió algo
inesperado. Estaba en Madrid, en una reunión de trabajo,
cuando vinieron al hotel a buscarme dos policías y me
detuvieron. Al parecer había una orden de busca y captura
contra mí y me metieron en la cárcel.
A
mí me parecía estar soñando, aquello era
increíble.
A
los treinta días vinieron a buscarme y fue entonces cuando el
Juez me comunicó de qué se me acusaba. Al parecer le
habían robado a una señora un collar.
Yo
no salía de mi asombro porque era cierto que andaba entre
drogas, pero no hasta el punto de tener que robar para conseguirlas.
Yo no podía creer que se pudiera meter a alguien en la cárcel
por algo que no había cometido y, mucho menos, que me pudiera
suceder precisamente a mí. Pero así fue y, como
consecuencia, perdí mi trabajo, mi coche y, lo más
importante: la persona que más quería, mi novia. Sin
contar, por supuesto, el disgusto de mi familia y la experiencia que
supone para un chico como yo que le metan en la cárcel y más
aún siendo inocente (como se demostró).
Aquello
me hizo reflexionar y llegué a la conclusión de que
todo parecía obra de alguien sobrenatural. Alguien superior a
nosotros debía haber organizado aquel lío tan extraño
e increíble, incluso sacrificando mis cosas y seres más
queridos, para poder librarme de la droga.
Ya
llevo casi un año fuera de la droga y sigo dando gracias a
Dios y a Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer porque
estoy convencido de que fue su intercesión la que me ayudó.
Sé
que para mucha gente no tiene importancia pero para mí, y para
cualquiera que lea las estadísticas sobre heroinómanos,
el haberme librado de la heroína es lo más
extraordinario que me ha sucedido en mi vida. Ahora soy una persona
otra vez, pero con mucha más fe en Dios.
Nos dejaba "al garete" (España)
Hace
años estuve destinado en un buque. Teníamos un Cabo
Primera de Máquinas, casado y sin hijos, profesional de la
Armada. Debido a sus frecuentes borracheras, se puede decir que
estaba alcoholizado y que era un problema grave para la seguridad del
buque, ya que a menudo se dormía en las guardias,
desatendiendo el generador eléctrico que tenía a su
cargo, por lo que, con cierta frecuencia, nos dejaba "al
garete".
Al
ser continuas las quejas del Jefe de Máquinas, le reprendí
y castigué, e incluso decidí en mi fuero interno
promover su expulsión de la Marina. Con ese motivo le llamé
al camarote y se lo expuse, diciéndole que, si volvía a
dormirse en la guardia, le abriría un expediente para que
dejase la Armada. Cuando ya iba a salir del camarote, le di una
estampa de Mons. Escrivá de Balaguer para que le rezara y le
ayudase a dejar la bebida.
No
volví a tener quejas de su comportamiento, y al cabo de un año
dejé ese barco para pasar a mandar otro.
Un
día me vino a ver, para decirme que estaba esperando un niño
y que rezaba a Mons. Escrivá de Balaguer para que naciera sin
dificultades, ya que los dos embarazos anteriores habían
terminado en abortos espontáneos.
En
enero de 1983 pasé destinado a otra ciudad, y como el buque en
el que aquel hombre estaba destinado va con frecuencia a reparar a
ese puerto, un día tuve la grata sorpresa de encontrarme con
él. Me dijo que se había confesado ese día y me
enseñó la foto de su hija, cuyo feliz nacimiento
atribuía al Siervo de Dios. Me pidió una foto suya para
ampliarla y ponerla en el comedor (...).
Por
lo que me cuentan en su barco, ya no bebe, y su comportamiento es
ejemplar: se preocupa de sus compañeros, se dirige
espiritualmente con un sacerdote y lleva una vida de piedad intensa.
Todos, empezando por él mismo, estamos de acuerdo en que ha
sido un favor de Mons. Escrivá de Balaguer, que también
se ha prodigado con otros tripulantes, especialmente en la solución
de problemas con los hijos.
Sólo deseaba beber hasta morir (Ecuador)
En
febrero del año pasado llevé nuevamente a mi esposo a
un hospital de reposo para una rehabilitación psicológica.
Desde hace muchos años es alcohólico y había
tenido una recaída. En ocasiones anteriores, dado que se
negaba a reconocer su enfermedad, le había internado en
clínicas especializadas contra su voluntad. Él, en
cuanto podía, se escapaba.
Fueron
años muy difíciles para mi familia. En el momento más
crítico, perdió su trabajo, llevándonos a una
difícil situación, no sólo en el aspecto
económico, sino también en el plano afectivo y
emocional. Mis hijos y yo estábamos anímicamente
destrozados. Mi esposo pasaba mucho tiempo en la cama y sólo
deseaba beber hasta morir. No podía dejarle en ningún
momento; era como un niño enfermo que absorbía toda mi
atención, debiendo atenderle incluso en sus necesidades
básicas.
Yo
rezaba y me confiaba en Dios y en su Santísima Madre, pero ni
siquiera podía asistir a la Santa Misa, por no dejar solos a
mi marido y a mis hijos. Vivía confiada en Dios, pero con gran
tensión y sufrimiento.
Al
terminar la última terapia, un día viernes que recuerdo
perfectamente, encontré en mi cartera una estampa del Beato
Josemaría. Recé la oración y pedí con
todas mis fuerzas y con gran fe, a Dios y al Beato, que fuera ésta
la última vez que tuviese que llevar a mi esposo a una clínica
por su enfermedad. Después de rezar, me fui a buscarle.
Desde
ese momento, con mucha confianza en Dios y en el Beato Josemaría,
seguí rezando a diario, mientras ayudaba a mi esposo a
mantenerse firme en su decisión de cambiar de vida. Poco a
poco, él ha ido experimentando una profunda transformación
espiritual. Hace oración todos los días; hemos empezado
a asistir a la Santa Misa todos los domingos; se confiesa y comulga
todas las semanas; tiene nuevamente deseos de vivir, de ser un padre
y esposo ejemplar; quiere recuperar el tiempo perdido y trabaja con
mucho empeño y sacrificio, con la ayuda de Dios.
Pienso
que después de haber pasado diecisiete meses de su salida del
hospital, y haber empezado una nueva vida toda la familia, llena de
paz y felicidad, tengo que reconocer que la intercesión del
Beato Josemaría ante Dios ha sido muy eficaz, realmente pienso
que es un milagro. Por esta razón, le agradezco todo lo que ha
hecho por nosotros y continuaré, como hasta ahora, pidiéndole
diariamente por mi marido, ya que ésta es una enfermedad de
difícil curación, y también por mis hijos para
estar más cerca de Dios.
PROBLEMAS CON LA JUSTICIA
Acusado de asesinato (Filipinas)
He
vivido durante más de un año con una gran pena en el
corazón: mi hijo estaba en la cárcel, acusado de haber
matado a un hombre delante de un bar de Cebú City. Desde aquel
momento, recé insistentemente al Padre.
Pasaron
los meses y finalmente fue instruido el proceso en la decimotercera
comisión del tribunal militar, tristemente famosa con el
apelativo de "comisión de la horca" por la severidad
de sus veredictos.
El
paso del tribunal civil al militar había sido querido por el
Secretario para la Defensa Nacional, amigo del padre de la víctima;
no conseguimos hacerle cambiar de idea. Además, el Fiscal
había encontrado más de diez testigos de acusación,
mientras que no había ninguno que pudiera testimoniar en
defensa de mi hijo, que había puesto un pie en Cebú por
primera vez la misma mañana del incidente.
Antes
del proceso tuve la oportunidad de viajar a Roma con mi marido, para
rezar junto a la tumba del Padre. Mientras estaba allí
arrodillada sentí su mano consoladora sobre mí,
mientras me desahogaba con él, y cuando besé la losa de
mármol que cubre sus restos, tuve la certeza de que todo se
resolvería bien.
Durante
el proceso, ninguno de los testigos pudo afirmar que había
visto a mi hijo matar a aquel hombre, no obstante la insistencia de
la acusación. Presencié todos los interrogatorios
desgranando con calma mi rosario.
Cuando
llamaron a declarar al último testigo, apareció claro
que el culpable era precisamente él.
Aprovechando
la suspensión de la audiencia, pude acercarme a mi hijo, que
recitó conmigo la oración de la estampa de Mons.
Escrivá y se sintió inmediatamente tranquilizado.
El
veredicto fue de absolución con fórmula plena y la
multitud que llenaba el aula aclamó a mi hijo. Corrí a
abrazarlo llena de alegría, mientras en silencio agradecía
al Señor y al Padre la gracia recibida.
Debería pagar cuantiosos daños
(Austria)
Al
llegar a casa de mis padres, para pasar un poco de tiempo con ellos,
supe que algunos días antes, un incendio había
destruido completamente la serrería donde trabaja mi padre.
Según las primeras investigaciones de la compañía
aseguradora, el fuego había sido provocado por el
sobrecalentamiento de algunos engranajes, que no habían sido
engrasados adecuadamente.
Desde
hacía tiempo mi padre se ocupaba de esta operación. Él
sostenía que la había efectuado apenas algunos días
antes del incendio, pero el propietario de la fábrica presentó
una denuncia contra él.
Toda
la familia fue invadida por graves temores: si mi padre era declarado
culpable, tendría que pagar los daños, y con ello
perdería la casa y cualquier otra propiedad.
Recurrí
inmediatamente a la intercesión del Beato Josemaría,
suplicándole que diera pronto luz acerca de este caso, hecho
aún más complicado por la ausencia de pruebas a favor
de mi padre y por la dificultad para encontrar un buen abogado.
De
vuelta a Viena envié a mis padres una estampa del Beato
Josemaría para que también ellos invocasen su ayuda. La
audiencia se desarrolló el 12 de noviembre; días antes,
papá había encontrado por fin el abogado adecuado.
Sabiendo que se iniciaría hacia las nueve de la mañana,
intensifiqué mis oraciones al Señor por intercesión
del Beato Josemaría. Hacia las 10.30 de la mañana,
mientras realizaba algunas tareas en la cocina, sentí de
improviso una gran tranquilidad, como si el Beato Josemaría me
asegurase que todo estaba ya resuelto.
Ese
mismo día llamé a casa y me dijeron que se había
reconocido la inocencia de papá. A una pregunta mía
precisa, respondieron además que el proceso había
terminado hacia las 10.30 de la mañana.
Prepárate para lo peor (España)
Mi
marido había sido injustamente acusado en un proceso judicial,
junto con otros dos, también inocentes. Según se
desarrollaba el juicio, íbamos perdiendo las esperanzas, pues
todo parecía indicar que serían condenados.
A
pesar de ello, todos los días nos encomendábamos a
Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer.
Un
día antes de salir la sentencia, una amiga mía me dijo
que ya se conocía extraoficialmente y que me preparase para lo
peor. Aunque esto nos desmoralizó, nos encomendamos con fe a
Monseñor y los tres salieron absueltos.
PONIENDO PAZ ENTRE LA GENTE
Se transformó en una batalla encarnizada
(Uruguay)
Soy
de profesión abogado. Hace dos años iniciamos un juicio
contra una persona, por el cobro de una deuda. Dicho juicio se
transformó en una batalla encarnizada, en la cual intervinimos
varios profesionales y donde se llegó a perder la objetividad
en la defensa de cada una de las partes.
Se
buscaron soluciones para llegar a un acuerdo aunque, por el encono
existente entre los involucrados, una transacción parecía
humanamente imposible.
Durante los dos
años que llevaba el proceso recé muchas estampas al
Beato Josemaría, pidiendo por un final pronto y bueno para el
juicio, y siempre encomendé a mis contrarios. Hace poco tiempo
me puse a rezar más intensamente a través de la oración
de la estampa y finalmente, se dio lo que a nosotros nos parecía
imposible. Se llegó a un acuerdo y pagaron un cifra menor a la
deuda, pero muy cercana.
No
me cabe la menor duda de que el juicio se arregló gracias a la
intervención del Beato Josemaría Escrivá de
Balaguer.
Mis hijos no me hablaban (Australia)
Después
de 18 años de casados, el 3 de mayo de 1983 mi esposa me dejó.
Se fue con nuestros tres hijos, dos niños y una niña.
Sufrí mucho desde entonces: mis hijos nunca hablaban conmigo.
Cuando me los encontraba en la calle, se daban media vuelta.
En
el mes de mayo del año pasado (1992), mi hermana mayor, que
había estado en contacto con mi esposa e hijos, me dijo que no
había ninguna esperanza de que mis hijos volvieran a dirigirme
la palabra.
En
octubre, una familia amiga me dio una estampa y me recomendaron que
le rezase al Beato Josemaría para que intercediera. Un día,
tal vez en noviembre, cuando acababa de leer el periódico,
tomé la estampa y la recé hasta el final. Cuando
terminé, miré los ojos del Beato Josemaría y
añadí: "lo único que quiero es que mis
hijos vuelvan a hablarme", después recé el Padre
Nuestro, el Ave María y el Gloria, y luego se me olvidó
todo.
En
Nochebuena, mi hija me llamó y me preguntó si podría
visitarme, junto con su esposo, y mi nieta de un año de edad.
¡Qué regalo de Navidad!
El
sábado pasado, mi hijo mayor vino a verme, acompañado
de su esposa; estuvimos juntos por tres horas. Además me dijo
que mi hijo menor vendría a visitarme pronto.
Hoy
he ido a visitar a mi hija y todo va bien. Por lo tanto he decidido
escribir esta carta, explicando lo que sucedió a través
de la intercesión del Beato Josemaría.
Un fuerte enfrentamiento familiar (España)
A
principios de 1992 surgió un problema en mi familia que me
ocasionó enormes sufrimientos. Mi marido tuvo un fuerte
enfrentamiento con uno de mis hijos de diecisiete años, a
consecuencia del cual el chico abandonó nuestro hogar y
comenzó a vivir con independencia, sustentándose con
trabajos ocasionales y tratando de seguir a la vez sus estudios.
Transcurrieron
los meses y la cosa empeoró. Durante meses no tuve noticias de
mi hijo, y mi marido se cerraba más y más y no admitía
ni de lejos la posibilidad de admitir de nuevo en casa a nuestro
hijo. Mi salud empeoró a causa de la preocupación. Tuve
que acudir a un psiquiatra que me recetó un tratamiento muy
fuerte que me impedía hacer vida normal.
A
finales de 1992 un amigo de la familia me proporcionó una
estampa con la oración al Beato Josemaría y un libro
sobre su vida. Desde entonces no he dejado de rezarle para solucionar
el problema. En realidad mi único consuelo lo hallaba en
acudir a la oración del Beato Josemaría que me llenaba
de paz. En varias ocasiones su intercesión me ayudó a
localizar a mi hijo ante la necesidad de comunicarme con él y
sin tener la más mínima pista para localizarle,
produciéndose encuentros que para mí son absolutamente
milagrosos.
También
poco a poco se fue solucionando la desavenencia entre mi marido y
nuestro hijo, hasta que finalmente han hecho las paces y mi hijo ha
vuelto a casa. Ahora pasan muchas horas trabajando juntos. Mi mayor
alegría ha sido comprobar que durante todo este tiempo mi hijo
ha conservado las buenas costumbres que le hemos enseñado
desde pequeño y ha seguido frecuentando los sacramentos. Todo
ello se lo atribuyo a la intercesión del Beato Josemaría.
Discutían constantemente (China)
Mi
abuelo y mi tío viven juntos en China. No se llevaban bien
entre ellos. En los dos últimos años, mi abuelo había
envejecido bastante, y su carácter iba empeorando. Mi tío
no tenía trabajo y discutía frecuentemente con su
padre. Cuando mi madre y yo fuimos a visitarles, a pesar de que mi
madre es la hija que mejor se lleva con mi abuelo, en tres ocasiones
discutieron sobre mi tío (...).
Estaba
apenada porque no se le ocurría qué solución dar
al problema. Mi abuelo reñía continuamente a mi tío,
e incluso a mi tía, casi sin motivo. Veían que su salud
estaba empeorando, y que la situación era cada vez más
penosa.
Conocer
todos los detalles también me hizo sufrir a mí. No
soportaba la idea de que mi abuelo fuese tan infeliz. Pero vivía
lejos de él, y no podía hacer nada. Empecé a
rezar por intercesión del Beato Josemaría, pidiendo que
mi abuelo olvidase todo lo que hubiera podido suceder entre él
y mi tío. Esto ocurrió a mediados de marzo.
Dos
semanas más tarde, mi abuelo no aguantó más y se
marchó a vivir a otro pueblo. Yo seguía rezando al
Beato Josemaría. A finales de abril recibimos buenas noticias.
El gobernador había nombrado a mi tío responsable de un
restaurante, y como no tenía ninguna experiencia, había
invitado a mi abuelo a volver para echarle una mano, porque es muy
buen cocinero. Asombrosamente, mi abuelo aceptó.
Desde
su regreso, estuvieron muy ocupados trabajando juntos, y la relación
entre ellos mejoró mucho. Ahora viven juntos y contentos. Lo
agradezco al Beato Josemaría. Dios nos ha bendecido a mí
y a mi familia.
Que me quitara el deseo de venganza (Venezuela)
Yo,
venezolano, hago constar que estuve hospitalizado en el hospital
central de Valencia por herida abdominal ocasionada en la cárcel
de Tocujito, donde cumplía una condena por robo simple, con
una sentencia de seis años. Llevaba 7 años de prisión
y quizá por envidia me atacaron. Una vez apresado, el Doctor
me aconsejó y me regaló una estampa del Beato Escrivá.
Desde
entonces le pedí por mi curación, por la salud de mi
madre que sufrió un accidente y por mi libertad.
Gracias
a su intercesión, hoy 28-X-92 tengo nueve días en
libertad, mi salud está bien y mi madre se encuentra
restablecida y contenta porque estoy fuera de la prisión. Pido
a Dios me ayude a conseguir un trabajo bueno y estoy dispuesto a
rehacer mi vida.
Debo
decir que al salir del hospital y reingresar a la cárcel le
pedía todos los días antes de acostarme, y los sábados
en la capilla del penal al Beato Josemaría Escrivá por
mis intenciones y porque me quitara el deseo de venganza que era
intenso. Ya he perdonado a mi agresor y me encuentro en paz.
Nota:
Toda mi vida he sido un delincuente y desde el momento que el Doctor
intervino en mi vida por medio del Beato Escrivá he cambiado
tanto que yo mismo no me lo creo. Lo primero que hice fue tirar 3
armas de fuego al mar, en presencia de mi madre e hija.
APUROS VARIOS
Los
relatos reunidos en este apartado hablan de problemas menos graves,
pero que entran en el género de "vidas difíciles".
Se trata de problemas económicos, de salud, familiares... o de
todos ellos a la vez.
Sin dinero para los libros y con otros problemas
(Costa Rica)
Dos
favores concedidos por el Beato Josemaría Escrivá de
Balaguer:
1º)
el 2 de marzo de 1992 entraron a clases mis hijos, 2 en el colegio y
1 en primaria tercer grado de escuela. A la semana de estudios les
dieron las listas de útiles. Fue asombroso en cuanto las
leímos, mi esposo y yo, ya que pedían muchos libros y
son muy caros.
Pues
como somos una familia de pocos recursos, nos desesperamos por el
valor de los libros: al estudiante de quinto año del colegio
le pidieron 16 libros, y a la otra niña 46 libros.
Me
fui a buscarlos donde amistades, pero resulta que nadie tenía
ningún libro de los que les pedían en el colegio,
porque son libros que salían publicados este año.
Resulta que me fui donde una conocida para ver si ella me podía
ayudar y me dijo que de la lista que yo llevaba tenía sólo
uno que tal vez le servía a alguno. Luego me dijo la señora:
"te voy a regalar una oración muy linda, pídale a
él con mucha fe, él ha hecho muchos milagros".
Pues
en la noche, antes de acostarme, me puse a orar y rezar esta oración
tan bella. Esto fue el jueves 19 de marzo del 92.
Luego,
al otro día viernes 20 mi esposo se fue al trabajo. Al llegar
del trabajo a mi hogar a las 6 y media de la tarde me dice: "negra,
estoy feliz". Le pregunté por qué, entonces me
dice: "es que mi hermano Carlos me regaló diez mil
colones para que les compre los libros a los muchachos". Yo
lloré mucho, pero fue de alegría, porque fue que el
Beato Josemaría me escuchó mi petición. Le doy
gracias infinitas a este gran santo, bendito sea. Fue de un día
a otro el favor concedido.
2º)
Fue que el día 23 de marzo volví a pedir al Beato
Josemaría por mi hijo que tiene 21 años. Él cayó
en el vicio del licor, empezó a los 17 años. Sufrimos
mucho porque todos los fines de semana se iba al bar a continuar a
ingerir licor. Yo, como madre, sufría cuando él salía,
porque sabíamos que cuando se iba no regresaba hasta el día
siguiente y venía mal, mal, porque luego pasaba mucho dolor en
la boca del estómago, no comía nada, se le veía
pálido, etc.
Entonces
le pedí con mucha fe al Beato Josemaría que me ayudara
con mi hijo a romper esa cadena, que lo alejara de ese vicio. Pues el
13 de mayo del 92 llegó mi hijo del trabajo, no salió
de la casa, sino que se acostó en la cama a leer un periódico,
y cuando mi esposo llegó del trabajo él lo llamó
al cuarto y le dijo: "Papi, ¿me acompaña al grupo
de alcohólicos?", y él le dijo "¿no
vacilas?" y entonces mi hijo le dijo: "de verdad no
vacilo".
Entonces
mi esposo se fue al baño, se mudó, comió su
comida y me dijo: "negra, voy para el grupo de alcohólicos
con él". Yo, sorprendida, le dije: "hijo, ¿es
cierto esto?", y me dijo: "claro que sí mamá".
Las lágrimas me corrían con él en brazos, y
luego le di gracias infinitas al Beato Josemaría, porque él
hizo que mi hijo tuviera esta reacción tan bella, porque sé
que nunca más va a tomar licor. Bendito seas, Beato Josemaría,
que el Señor Todopoderoso le siga dando dones.
Mi
hijo y mi esposo van al grupo de Alcohólicos tres veces por
semana, ya tienen 17 días de no tomar. Nuevamente feliz y
contenta, esto se lo debo al Beato Josemaría. Que Dios
Todopoderoso me lo bendiga siempre.
Sin coste alguno (México)
El
15 de febrero de 1995 nació mi hijo Pablo con el cráneo
cerrado. Le hicieron algunos estudios y nos dijeron a mi esposa y a
mí que tenían que operarlo para poder liberar el
cerebro de una posible presión del cráneo. Al
enterarnos de esto, lo primero que pensamos fue bautizarlo, y después
aconsejados por la familia buscamos otra opinión. Así
que me fui a los Estados Unidos a pedir la opinión de un
doctor que ya conocía mi hermano, porque había hecho
una intervención parecida a una hija de un amigo suyo.
El
doctor nos dijo que efectivamente habría que operarlo, pero
más adelante, entre los tres y los seis meses de edad. Al
saber esto comenzamos a rezar una novena diaria al Beato Josemaría
Escrivá de Balaguer, para que si fuera posible no se llevara a
cabo la operación o, si no se curaba, que pudiera pagar la
operación; ya que costaba entre 35.000.00 y 40.000.00 dólares,
y al devaluarse nuestra moneda en México resultaba el doble de
caro; pedimos también que por supuesto saliera bien librado de
la operación.
Toda
la familia y amigos estuvieron pidiendo, nosotros seguíamos
rezando la novena. El 10 de mayo de 1995 se llevó a cabo la
operación, antes de que cumpliera tres meses, debido a que
había peligro de que el cráneo presionara el cerebro.
Duró ocho horas. Fue una espera muy larga. Cuando salió
el doctor nos dijo que había sido un éxito.
Antes
de la operación, el doctor dijo que teníamos que
quedarnos en Lubbock, por lo menos tres semanas, hasta que se
recuperara, pero cuál fue nuestra sorpresa que tres días
después salimos del hospital, y sólo tuvimos que
quedarnos diez días más hasta que le quitaran los
puntos de sutura. El doctor estaba muy impresionado de la
recuperación que tuvo mi hijo.
Además,
el Hospital y el doctor no me cobraron nada, y no sólo eso,
pudimos conseguir por medio del Hospital una casa llamada "Ronald
Mc Donald House" donde nos quedamos esos diez días. En
esta casa cobran 10 dólares diarios, los cuales incluían
habitación, comida y llamadas de larga distancia por quince
minutos, sin costo alguno.
Quiero
dar las gracias a Dios que por la intercesión del Beato
Josemaría Escrivá de Balaguer nos concedió: la
buena recuperación de mi hijo, el no pagar la operación
y el haber conseguido esta casa con la cual nos ahorramos muchos
dólares en hospedaje.
Cómo ha cambiado mi situación
(República Dominicana)
Cuando
comencé a leer las Hojas informativas del Beato Escrivá
de Balaguer, presté mucha atención. El siguiente día
me emocioné aún más. Luego, comencé a
pedirle con la fuerza que tenía al leer su oración. Me
sentía enfermo, siendo una de las enfermedades la diabetes.
Además, mis riñones no me dejaban trabajar y estaba a
punto de no poder manejar un vehículo.
Cuando
leía la estampa del Fundador del Opus Dei, sentía
escalofríos en el cuerpo. Luego, pedí al Beato
Josemaría Escrivá que, ya que estaba casi ciego y no
podía leer la estampa, me diera vista, aunque sólo
fuera para leer la estampa. Le pedí con fe que me quitara la
diabetes. Luego, me di cuenta de que todo había desaparecido,
incluido el dolor de riñones.
No
tenía casa, no tenía carro, y era esclavo de varias
compañías. Pedí al Beato Escrivá que me
buscara la forma de vivir un poco más cómodo, y que él
podía hacerlo. De un momento a otro pude construir una casa.
Además, en ese mismo instante un amigo me propuso fiarme un
carro, y así ha sido mi vida desde que comencé a tener
devoción al Beato Josemaría.
También
tenía problemas con mi familia. Después de leer la
estampa y haber puesto fe, mi familia es una familia maravillosa. Mi
situación familiar llegó a ser tan grave, que mi mujer
intentó coger un vuelo hacia Puerto Rico, y gracias al
Fundador del Opus Dei, pidiéndole con fe para que mi esposa
regresara y que no se diera el viaje, el viaje fracasó en dos
ocasiones.
Después
de todo eso, el Beato Josemaría unió mi familia de
nuevo: mi esposa y mis hijos están trabajando, y yo lo hago
como taxista independiente.
También,
dos de mis hijos, que eran de una secta, han vuelto a la fe católica,
gracias a la intercesión del Beato Escrivá.
Estoy
tan agradecido al Fundador del Opus Dei que, a la mayoría de
mis clientes, les doy la Hoja informativa y les explico los milagros
que he recibido. Varios de mis amigos, a los que entregué la
Hoja informativa, dicen que es increíble pero cierto, en la
forma en que ellos me veían y cómo ha cambiado ahora mi
situación, tanto económica como familiar, a través
de la intercesión del Beato Josemaría.
Que nos envíe trabajo (Argentina)
No
sé cómo comenzar, ni cómo expresarme, pero lo
prometí al Beato Josemaría Escrivá de Balaguer y
Albás si cumplía con lo que le pedía, y así
fue. Paso a contarles.
La
estampa con la oración llegó a mí en un momento
en que mi ánimo y situación económica andaban
muy mal. Le pedía todas las noches que me diera resignación
y tranquilidad por la muerte de mi Pepa; y así fue, le pedí
por mi madre para que cobrara su pensión y así fue, le
pedí por la salud de mi hijo, ya que había comenzado a
tener mucha fiebre, y a partir de la 2ª noche de rezar y pedir,
al día siguiente la fiebre había desaparecido.
Inclusive cuando mi esposo no tiene trabajo (él es mecánico)
pido al Beato que nos envíe trabajo, y aunque para muchos sea
imposible, él nos manda trabajo.
Bueno,
estas son las gracias que se me han cumplido y pido disculpas si no
he sabido expresarme.
Las ratas, el loco, mis hijos enfermos (Kenia)
A
través de la intercesión del Beato Josemaría he
obtenido muchos favores. Me ayuda todos los días:
"Ratas
hambrientas". Muchas ratas empezaron a destrozar mis nuevas
plantas de maíz. Utilicé varios venenos, pero no
funcionó, porque no se comían el veneno. Entonces, recé
la oración de la estampa, y las ratas abandonaron la granja.
Desde entonces no las he vuelto a ver.
"El
loco". Un loco feroz se presentó en mi granja, cuando me
encontraba cavando la tierra con mi familia. Nos amenazó con
destruir las plantas. Le supliqué que abandonara la granja,
pero se negó. Cuando se disponía a poner por obra sus
planes, entré en casa y pedí ayuda al Beato Josemaría.
Cuando volví a la granja, el loco se había marchado sin
destruir ninguna de las plantas.
"Mis
hijos enfermos". Mis tres hijos cayeron enfermos con una fiebre
muy severa y mucha tos. Les dieron varios comprimidos y jarabes pero
no se curaron. Acudí a la intercesión del Beato
Josemaría y, a los dos días, los niños estaban
bien de salud.
A ver si eres tan milagroso (Perú)
Deseo
dejar constancia de que, pese a mi incredulidad, he recibido favores
de Monseñor Escrivá a quien, debo confesarlo con
vergüenza, no le brindaba ningún crédito, pues
pensaba que se hacía propaganda sobre su santidad, a fin de
atraer simpatizantes al Opus Dei.
Varias
personas no nos habían cancelado unas deudas y estábamos
un poco agobiados. Una noche, viendo la televisión, pasaron un
especial sobre el Opus Dei y su Fundador, y, a modo de desafío
lo emplacé con el pensamiento:
—A
ver, Monseñor Escrivá, si eres tan milagroso, que
alguien nos pague.
No
había pasado ni un cuarto de hora (más o menos a las
10.00 de la noche), cuando tocaron la puerta de casa y con sorpresa
recibimos la visita de un señor que venía a cancelar
una letra que tenía pendiente y nos dijo que no podía
esperar el día siguiente para cancelarla:
—Me
he despertado, no puedo dormir y aquí vengo a pagarle.
cap. 4
EN EL TRABAJO PROFESIONAL
«El
trabajo digno, noble y honesto, en lo humano, puede —¡y
debe!— elevarse al orden sobrenatural, pasando a ser un
quehacer divino»[13]. Estas palabras de San Josemaría,
resumen un aspecto fundamental de sus enseñanzas: que el
trabajo puede y debe ser un medio de santificación. Pero, como
escribe en otro punto del mismo libro, «si queremos de veras
santificar el trabajo, hay que cumplir ineludiblemente la primera
condición: trabajar, ¡y trabajar bien!»[14]. Y
esta primera condición, por desgracia, no es posible para
mucha gente que se encuentra sin trabajo.
Nada
más lógico, por tanto, que encomendar este problema a
San Josemaría, que animó a tantos miles de personas a
hacer del trabajo profesional el quicio de su santificación.
Así lo entienden bastantes de los que acuden a su intercesión
para encontrar empleo o resolver dificultades ligadas a la ocupación
laboral. En este capítulo se recogen algunos de estos favores:
se han añadido también los relacionados con el estudio,
porque el Fundador del Opus Dei lo consideraba verdadero trabajo.
SIN TRABAJO
Siempre le pedía de comer (Brasil)
Un
sacerdote amigo dio una estampa del Beato Josemaría a un joven
mal vestido, que siempre le pedía de comer porque estaba sin
empleo. "Pida y arreglará lo del empleo".
Un
mes —o más— después un chico bien
presentado le visitó para darle un donativo. No lo identificó
inmediatamente: luego advirtió que era el pobre que le pedía
comida. Le dijo que había rezado, había conseguido un
buen empleo y quería ayudar a la parroquia.
Adivina cuál fue la ciudad elegida
(México)
Desde
hace unos años vivimos en esta ciudad del centro de México;
aquí se han educado mis hijos que estudian en la universidad.
Mi marido fue despedido de su trabajo, en el que había puesto
tantas ilusiones. Todavía recuerdo el dolor que sentí
al ver la angustia que denotaba su rostro. Los meses que siguieron
fueron muy dolorosos. Cada mañana yo encomendaba al Beato
Josemaría que mi esposo encontrara el trabajo oportuno, pero
el mundo se había cerrado.
Después
de verlo agotar, por sus propios medios, todas las posibilidades de
encontrar trabajo, platiqué con el Beato Josemaría y le
conté lo que él seguramente ya sabía. Y le dije:
"Padre, tú bien conoces el corazón de mi esposo,
te pido que intercedas por él y por nosotros, para que Dios
guíe nuestros pensamientos y decisiones y nos dé su
bendición para emprender el camino que nos sea señalado,
y para que de antemano aceptemos su Santa Voluntad".
Mi
esposo y yo nos conocimos en Londres donde él tenía
trabajo, así que en vista de que no se veía solución
inmediata aquí en Aguascalientes, al terminar mi oración
al Beato Josemaría, le dije: "Tienes que irte a Londres a
buscar trabajo". Al principio no aceptó la idea, porque
esto significaba que la familia se dividiera, ya que mis hijos debían
terminar sus estudios en Aguascalientes, y yo me debía quedar
para cuidarlos y seguir trabajando para sostenerlos.
Después
de vencer todos sus argumentos en contra de su viaje, emprendió
la marcha. Yo sabía que no iba solo; el Beato iba con él.
Al
llegar a Londres, mi esposo fue a visitar a un amigo llamado Rocky,
dueño de un restaurante, y le contó lo que había
sucedido. Rocky le pidió que le dejara su curriculum, por si
llegaba alguien que le pudiera ayudar.
Al
día siguiente, Rocky le llamó emocionado porque el
gerente de una empresa de Gran Bretaña casualmente había
ido a su restaurante y le había expuesto su caso. El gerente
se interesó y le hizo una entrevista. Casualmente también,
el ingeniero en jefe de la empresa llegaría a su visita anual
a la planta y deseaba conocerlo.
El
ingeniero en jefe, al saber de la experiencia de mi esposo en
arranques de nuevas empresas, pensó en contratarlo,
casualmente para iniciar una empresa en el norte de México. Le
pidió que en una semana más se trasladara a México
para comenzar los trámites de la nueva empresa. ¡La
ciudad elegida fue Aguascalientes!
Todos
estos sentimientos no caben en palabras y no encontraba manera de
escribir lo que mis hijos y yo sentimos cuando mi esposo me llamó
para darnos la increíble noticia.
Había
llanto en la risa y alegría en las lágrimas. Después
de dar gracias a Dios y al Beato Josemaría, corrimos a
contarlo a nuestros amigos y en sus rostros estupefactos se podía
corroborar que lo que nos había sucedido tenía un solo
nombre... milagro.
Fracasado profesionalmente (España)
Todo
había terminado para mí. Había quedado lleno de
desolación y desconsuelo y, ¿por qué no
decirlo?, con el descrédito, la desconfianza y todo lo que
conlleva el haber fracasado profesionalmente.
Se
habían acabado los tiempos buenos y alegres; ahora todo eran
críticas, reproches y la desazón de soportar el peso
del fracaso. Mis ilusiones de tiempos pasados quedaron truncadas: de
nada me había servido tener un próspero negocio, 87
empleados, etc. Y también había perdido toda esperanza.
Tampoco acudí a Dios. Esporádicamente lo hice a la
Virgen. A todo mi descontento tenía que añadir los
reproches de mi propia familia, y los comentarios en la calle. Todo
me hundía más y más.
Meditando
la situación —que ahora veo más clara, con el
paso del tiempo—, cuando todo iba bien, me había
olvidado de Dios, me sentía sobre todo y sobre todos, muy
seguro de mí mismo... pero olvidaba que estamos en la tierra
"de paso", y me olvidé de la misericordia de Dios.
Un
día, mi hermana pequeña me entregó una estampa
para la devoción privada de Mons. Escrivá de Balaguer.
Yo sabía que mi madre, mi hermana, mi mujer e hijos rezaban
por mí, pero no quería ni reconocerlo. En un momento de
claridad, tomé la estampa de don Josemaría y, como un
resorte, sintiéndome indigno de dirigirme a él, recé
la oración de la estampa. Sentí, a continuación,
un leve bienestar que me invadió por completo.
Olvidé
el caso y, ayudado económicamente por mi madre —yo lo
había perdido absolutamente todo—, marché a
Madrid. Nada más llegar, encontré a una persona que no
conocía de nada. Le conté mi situación y me
propuso un negocio que, más adelante, sería mi
salvación.
Puse
manos a la obra y todo empezó a salir muy bien: los
proveedores me servían sin garantías, fabricamos el
producto y se comenzó a vender muy bien. Por falta de medios
no podía extender las ventas lo que hubiera sido deseable.
Un
buen día, comiendo en un restaurante de carretera durante un
viaje, un señor al que no conocía, después de
mostrarle el producto, me comentó que estaba dispuesto a
quedarse con toda la producción. Así fue, pues resultó
ser un importante almacenista.
En
todo se ve la mano del Siervo de Dios. Viajé de nuevo a
Madrid, prácticamente a la aventura, y Mons. Escrivá
puso en mi camino a dos personas que sirvieron para que comenzara de
nuevo a rendir profesionalmente.
A
pesar de todo, no estaba contento. Seguía angustiado,
insatisfecho. Sentía un lastre interior, imposible de superar.
Le comenté a mi hermana que necesitaba confesarme y vino el
sacerdote de la Parroquia. Hablamos, pero no me confesé. Me
costaba reconocer mis equivocaciones, mis pecados.
Otro
día mi hermana me contó sucesos de la vida del Fundador
del Opus Dei, de la visita con su madre a Torreciudad cuando era
pequeño y estaba enfermo. De nuevo sentí
arrepentimiento y prometí a la Santísima Virgen visitar
Torreciudad el 5 de septiembre de 1984, como así fue.
Pasamos
un día completo mi hermana y yo; me arrodillé ante la
Santísima Virgen y me quedé observando el retablo. Sin
dudarlo más, y tras dar gracias, acudí a la cripta de
confesionarios. Allí abrí mi alma. Fue la sensación
final más bonita que una persona haya podido conocer. Tras
este viaje comencé a frecuentar los Sacramentos y cambió
radicalmente mi vida espiritual. Agradezco a Dios todos los favores
que, palpablemente, he recibido a través de la intercesión
del Siervo de Dios.
Yo no había solicitado ese empleo (Perú)
Fui
cesada de mi trabajo de profesora en una academia sin motivo, sin
previo aviso y sin que se respetaran ninguno de mis derechos. Esto
ocurrió en momentos en que mi esposo se hallaba delicado de
salud y mi hija seguía sus estudios universitarios.
Pasó
mucho tiempo sin que lograra conseguir otro empleo, a pesar de mi
preparación y experiencia. Me vi en el caso de tener que
rematar mis joyas y objetos de valor y trabajar en sub-empleos, mal
pagados. Mi hija tuvo que regresar y dejar a medias su carrera, para
comenzar a trabajar muy fuerte para ayudarnos. Pero aun así
nuestra situación económica empeoraba, debido a las
muchas deudas que se venían acumulando.
En
medio de mi desesperación, recordé que en una ocasión
tuve un accidente y una amiga me recomendó acudir a la
intercesión del Beato Josemaría Escrivá de
Balaguer. En aquella ocasión, la recuperación fue
rápida y milagrosa.
Animada
por aquel recuerdo, comencé a rezarle con mucha fe y a pedirle
que me ayudara a conseguir un trabajo profesional, recordándole
que es éste mi camino de santificación.
Poco
tiempo después de comenzar a rezar, me llamaron de una
acreditada academia donde yo no había solicitado empleo, pues
me parecía imposible conseguirlo allí. Me explicaron
que todo se debía a una recomendación anónima
que habían recibido y que, hasta ahora, no he podido averiguar
quién pudo hacer.
Sé
que es un favor del Beato Josemaría Escrivá.
Después de dos años sin trabajo
(Italia)
Soy
un fiel de la Prelatura del Opus Dei, tengo 29 años, y les
escribo para dar testimonio de la incesante solicitud que nuestro
Padre, el Beato Josemaría Escrivá, tiene por sus hijos.
Entre los muchos favores que he recibido y que sigo recibiendo, por
intercesión del Beato Josemaría, hay uno que me parece
digno de ser contado. (...)
Hace
dos semanas, mientras todavía me encontraba en la triste
situación del desempleado, por desgracia común a muchas
personas de mi edad, estaba en mi casa, en Roma, haciendo la oración
de la tarde. Estaba acabando, cuando sentí la necesidad
imperiosa de rezar la oración de la estampa de nuestro Padre,
pidiéndole con fe un trabajo que me permitiese santificarme
como un hijo de Dios en el Opus Dei. Apenas había terminado el
Gloria, sonó el teléfono. Me llamaban para ofrecerme un
trabajo fijo, pero no un trabajo cualquiera sino aquel que me doy
cuenta ahora que era mi verdadera vocación profesional, mucho
más de lo que me hubiese podido imaginar.
No
quiero contar aquí el sufrimiento que he tenido durante dos
años en los cuales, probando de todo, no he conseguido un
empleo, sabiendo que tengo una vocación específica a la
santificación del trabajo.
Durante
el resto de ese día, tuve la certeza interior de que el Beato
Josemaría había intervenido directamente para
conseguirme este favor.
Un despido... fructífero (El Salvador)
Con
mi oración diaria, la ayuda de Nuestro Señor Jesucristo
y por intercesión del Beato Escrivá de Balaguer, he
recibido grandes milagros, los cuales le pedí en mi gran
angustia y desesperación, en momentos que necesitaba de mucha
fe y paciencia.
Resulta
que mi esposo tenía un buen empleo, en el cual ganaba muy
bien, le gustaba mucho su trabajo, tenía una buena posición
dentro del gobierno, gozamos de mucho bienestar en esos días
debido a su posición, tanto que nos permitía ayudar a
mis padres.
Pero
un día, él comenzó con tantos compromisos
sociales, fiestas, reuniones, invitaciones de sus amigos, lo cual
hizo que bebiera mucho. Llegaba más tarde de lo acostumbrado,
y bien tomado, tanto que se quedaba dormido donde estuviera, se caía,
en fin se ponía muy mal. Pero nunca dejó de asistir a
su trabajo al día siguiente, pues amanecía bien. Hasta
que un mal día, supongo que debido a tanto alcohol en su
cuerpo, se puso violento, explosivo, hasta que tuvo problemas con el
ministro y lo despidieron de su trabajo.
Pasamos
un largo año, en la angustia de querer día a día
conseguir un trabajo. Mandaba su curriculum a todos sus amigos que le
pudieran ayudar, a los anuncios que salían en el periódico,
y nada. Esto lo angustiaba mucho. Los problemas económicos lo
ahogaban y siguió tomando casi a diario. Ya no le importaba
nada: yo gracias a Dios sí tenía mi trabajo, pero
sentía que no nos alcanzaba sólo con lo que yo ganaba.
Esto nos hacía discutir mucho. A veces se ponía de muy
mal humor debido a tanto licor y perdía los estribos. Me
desesperaba verlo tan tomado y no poder ayudarlo, y me enojaba tanto
que terminábamos discutiendo y a veces hasta maltratándonos.
Fue
entonces que mi mamy me dio la tarjetita del Beato y comencé a
pedirle que ayudara a mi esposo a dejar el alcohol, que le diera
fuerza de voluntad, y a la vez que le abriera una puerta donde él
encontrara trabajo, y a mí la paciencia que necesitaba para
esperar que se hiciera su voluntad.
Y
antes de finalizar el año, para un año de estar sin
empleo mi esposo, le sale un trabajo, no tan bueno como el que tenía,
pero se le abrió una puerta, una nueva oportunidad. Y a la vez
él ha dejado de tomar, pues pasa el tiempo ocupado; ya asistió
a reuniones y no ha llegado tomado. Y como si esto fuera poco, me
sale un mejor trabajo a mí también.
BUSCANDO UN EMPLEO MEJOR
Vendedor de helados (España)
Desde
hace dos meses tenía un trabajo provisional de vendedor de
helados. Es una tarea muy sacrificada: todos los días,
incluidos domingos y festivos, paso doce horas ininterrumpidas en el
puesto, situado en un lugar muy caluroso. Además, está
muy mal remunerado. Con todo esto es fácil suponer que no es
la situación ideal para mí, ya que tengo que sacar
adelante a mi familia: mujer y tres hijos.
Pocos
días después de comenzar este trabajo me percaté
de que solía pasar cerca de mi puesto un sacerdote. Comencé
a saludarle y él me correspondía al saludo. Un día
que me dirigía a abrir el puesto de los helados lo encontré
por la calle y fuimos hablando el trayecto que hicimos juntos.
Otro de los días
que pasó junto al puesto, aproveché para preguntarle si
conocía de algún trabajo, a lo que me respondió
que no, pero que intentaría enterarse. Me dijo que se lo
pidiera al Beato Josemaría, que él había hecho
muchos favores y que seguro que me conseguiría el puesto de
trabajo que yo deseaba.
Aquel
mismo día comencé a rezar la estampa del Beato
Josemaría. Le pedía al Señor, por intercesión
del Beato, que me diera salud y trabajo; y al noveno día de
rezarla me ha salido un trabajo de guarda jurado nocturno, mucho
mejor remunerado, con un horario más llevadero y en unas
condiciones más idóneas para mi edad.
Yo
sigo rezándole mis oraciones al Beato Josemaría y digo
a mi mujer y a todos que ha sido él quien me ha conseguido el
trabajo y que ellos también le pidan lo que necesitan.
Al convertirme me quedé sin trabajo
(Estados Unidos)
Yo
era pastor anglicano. Fui recibido en la Iglesia Católica en
la Solemnidad de la Asunción, el 15 de agosto de 1995. También
soy Cooperador del Opus Dei.
Tengo
37 años y fui pastor anglicano durante 7 años.
Anteriormente, había trabajado en el mundo de los negocios.
Después de ser ordenado tuve un empleo secular varios años,
mientras servía en una de las misiones de la localidad.
Después dejé ese empleo para ser el pastor de una
parroquia.
Al
dejar el anglicanismo y mis labores pastorales la Navidad pasada, me
quedé sin medios para sostener a mi familia. Por un amigo
encontré un trabajo en una empresa de manufactura local. Con
esposa y seis hijos, el sueldo no era suficiente para vivir, aun
contando con que llevábamos una vida sencilla y austera.
La
realidad era que necesitaba encontrar otro trabajo con un sueldo
mayor y también con espacio para crecer y desarrollarme
profesionalmente. Mi primer problema era que estaba atemorizado. Toda
mi vida había sabido lo que iba a ser y hacer: ser pastor.
Ahora había cambiado mi perspectiva entera, y francamente,
tenía miedo.
Como
el Opus Dei era el instrumento del que Dios se había servido
para que mi familia llegara a la plenitud de la fe, busqué la
ayuda del Beato Josemaría. Tengo la costumbre de rezar la
estampa del Fundador inmediatamente después de terminar el
rezo del Santo Rosario y las letanías cada mañana.
Durante un período de seis meses, estuve pidiendo con
constancia al Beato Josemaría que intercediera para que
encontrara un nuevo empleo, con un sueldo determinado y con
oportunidades de crecimiento y desarrollo.
Hace
60 días aproximadamente me abordó el dueño de
una compañía local de sistemas de computación.
Se había enterado de mi trabajo y me dijo que si hubiera
sabido que iba a regresar al mundo de los negocios, me habría
buscado antes. Para abreviar: después de varias reuniones me
ofreció trabajo con las condiciones salariales específicas
que le había pedido al Beato Josemaría.
Estaba
impactado. No solamente era el trabajo exacto que le había
pedido al Beato Josemaría sino que era aún más.
El lunes pasado comencé a trabajar como vice-presidente y jefe
de operaciones de una compañía de sistemas de
computación. No cabe duda de que esto es un favor del Beato
Josemaría.
Para atender mejor a mi familia (Portugal)
Al
terminar la carrera de Ingeniería Electrotécnica, me
encontré con un problema que afecta a la mayoría de los
recién titulados: obtener el primer empleo.
Humanamente
hice todo lo que pude: busqué información en los
periódicos, asistí a entrevistas, hablé con
gente conocida... ¡pero nada! En total fueron 5 meses de
angustiosa búsqueda, con el agravante de estar casado y tener
una hija de un año que sustentar. El sueldo de mi mujer era
muy bajo y necesitábamos otro más para hacernos cargo
de los gastos de la casa.
En
la época en que yo pasaba por todo esto, conocí por un
amigo cuántos favores son atribuidos al Beato Josemaría.
Decidí entonces, junto con mi esposa, comenzar una novena
pidiendo su ayuda. La respuesta no se demoró. Tres días
después de la conclusión de la novena, recibí
una llamada para realizar una entrevista en una empresa especializada
en el área de mi titulación. Para ese puesto fueron
llamadas tres personas más, todos ellos con calificaciones
académicas superiores a las mías. A pesar de todo, al
día siguiente, recibí una llamada en la que me
comunicaban que había sido escogido para el puesto "en
disputa" y que el primer día de trabajo sería a
principios del mes siguiente.
El
trabajo era bueno y atractivo, pero tenía un pequeño
inconveniente: entre ida y vuelta tenía que hacer un trayecto
de dos horas, por lo que empecé a pensar en un nuevo trabajo
más cerca de casa.
Ocho
meses después recibí otra llamada en la que me
requerían para una entrevista para otra empresa que está
a 10 minutos de mi casa. También aquí había otro
candidato, y cuando abandoné el anterior empleo para hacer 6
meses de prueba en esta nueva empresa, no tenía la garantía
de que me iban a coger.
Nuevamente
acudí a la intercesión del Beato Josemaría, que
no me dejó de ayudar. Me admitieron en la empresa y ahora
puedo hasta volver a comer a casa y tengo más tiempo para
dedicar a mi familia. Tanto mi esposa como yo agradecemos también
al Beato Josemaría los medios de formación espiritual
del Opus Dei que hemos comenzado a frecuentar.
Mi "dream country" (Emiratos Árabes
Unidos)
En
los últimos ocho años he recibido muchos favores,
espirituales y materiales, por la intercesión del Beato
Josemaría Escrivá, Fundador del Opus Dei. Llegué
a tenerle tanta devoción al Fundador, que en todas mis
necesidades y peticiones recurría a su intercesión. La
última, que es la primera en ser publicada, nos ha dejado a mí
y a mis amigos (cristianos y no-cristianos) llenos de asombro ante la
grandeza, bondad y poder de Dios, quien puede hacer cualquier cosa
que desee en cualquier momento.
Perdí
mi trabajo de una manera injusta, pero no totalmente sin culpa por mi
parte. En ese momento recurrí a la intercesión del
Fundador e hice numerosas romerías a Nuestra Señora
(una devoción que aprendí en el Opus Dei). También
pedí a otros (religiosas, sacerdotes, laicos, quien fuera que
me escuchara) que rezaran.
Durante
el tiempo que estuve suspendido, recibí una invitación
del país desde donde escribo y en el cual siempre había
soñado trabajar. Desde ese momento hasta que finalmente me
dieron el trabajo, puse bajo la intercesión del Beato
Josemaría y de Nuestra Señora todos los obstáculos
que encontraba. Eran, humanamente hablando, infranqueables; pero Dios
pudo más. Dos meses y medio después de perder mi
empleo, conseguí un trabajo en mi "dream country",
con un sueldo que superaba dos veces y medio el de mi empleo
anterior. ¡Gracias a Dios!
Estoy
seguro de que Dios me ha puesto aquí por alguna razón,
y le pido por la intercesión del Beato Josemaría la
santidad en la vida ordinaria y muchos frutos apostólicos.
Desaparecieron las preocupaciones (Tanzania)
Me
jubilé en junio de 1991. Como cualquier otro funcionario
jubilado cuyos ahorros se tambalean, empecé mi nueva vida con
mucha preocupación.
Me
preocupaba mi familia y otros parientes cuyas vidas habían
estado dependiendo de mí por años. No sabía en
qué trabajar para ganarme la vida por mí mismo. Me
encontraba muy ansioso. Sin embargo, continué rezando la
estampa que se había convertido en una rutina.
Para
mi sorpresa y la de todos desapareció la preocupación
que tenía. Dentro de este período de dos años, y
de modo bastante inesperado, he recibido dinero y otro tipo de ayuda
por parte de mis amigos. He construido una casa de mucho valor. He
iniciado un proyecto cuyos detalles pueden ser leídos en el
archivo anexo, que incluyen aparatos muy costosos. Además, se
me ha prometido asistencia adicional. Mi familia y yo vivimos muy
contentos. Una vez más atribuyo todo esto a la intercesión
del Beato Josemaría.
No sé por qué me encontraba
rezando (Italia)
Desde
hace casi dos años estaba insatisfecho con mi trabajo, lo que
había repercutido en mi estado de ánimo. Se une a todo
esto que mi trabajo me había llevado lejos de mi familia. Me
doy cuenta de que quizás estas cosas pueden parecer problemas
menores respecto a los de tantas personas, pero les aseguro que
estaba viviendo en un estado de profunda desesperación.
Hace
seis meses me encontraba en Roma para una entrevista profesional y,
como tenía tiempo antes de la cita, decidí dar una
vuelta por la ciudad. Casualmente me encontré de frente a una
iglesia donde está enterrado el Beato Josemaría y
decidí entrar. Después de haber leído la Hoja
Informativa, pedí al Beato que me ayudase a resolver mis
problemas y me diese una muestra de su intercesión.
Debo
decir que no soy creyente ni sé por qué me encontraba
rezando. Como consecuencia de esa entrevista profesional, mi vida ha
cambiado completamente. Hoy puedo afirmar que estoy plenamente
satisfecho con mi trabajo y con las perspectivas que se me abren en
el futuro. Deseo agradecer al Beato Josemaría por lo que me ha
sucedido, que posiblemente yo no merecía y le ruego que, si lo
consideran oportuno, difundan este pequeño suceso.
APUROS Y EMERGENCIAS EN EL TRABAJO
Adiós al miedo (España)
A
mi hermana la contrataron como cartero motorista. La verdad es que
ella, aunque tenía el carnet, no había conducido motos
nunca. Por otra parte, con 24 años era una persona con miedo a
todo, y más en este trabajo que hay que estar toda la jornada
en la calle, enfrentándose a los peligros de ésta,
subir a casas y llevar dinero encima.
Pasó
una semana fatal, haciendo el recorrido a pie y con un miedo infernal
a todo y a todos. Un día llegó a casa llorando, que no
podía más. Todos le dijimos que lo dejara, aunque nos
hacía falta el dinero. Todos, menos mi madre, que es una mujer
de gran fe: le hizo volver al día siguiente, con la estampa
del Beato Josemaría en el bolsillo y la recomendación
de que ya no iba a ir nunca sola, que le acompañaban el Ángel
Custodio, el Beato Josemaría y también ella. Por otra
parte, mi madre iba a estar rezando al Beato Josemaría para
que todo fuera bien.
Cuál no
sería nuestra sorpresa, cuando a las dos horas de estar
trabajando nos llamó diciendo que todo fenomenal, tanto la
moto como el miedo: y que cada vez que sentía miedo se sacaba
la estampa y recordaba que no estaba sola y que su madre estaba
rezando por ella, y el miedo desaparecía.
Recolectando piñas piñoneras
(España)
A
primeros del mes de marzo llegaron a mi casa, procedentes de un
pueblo de Cádiz, un matrimonio con un hijo de doce años
para que les alquilase un piso amueblado que tenía al lado del
mío, vacío y a disposición de ser alquilado en
ese momento.
Eran
personas amables y simpáticas con las que fue fácil
entablar amistad. Me contaron que venían con un contrato de
trabajo, en temas de construcción, gestionado a través
de un primo hermano suyo. A los tres días, la mujer me contó
llorando que todo había fracasado y que la empresa no se hacía
cargo del contrato, y que no tenían nada de dinero, por lo que
no me podrían pagar de momento.
Pasados
unos pocos días, el marido entró en contacto con una
empresa de Valladolid que compraba piñas piñoneras, con
una buena oferta económica —vinculada a una cantidad
grande en poco tiempo—, a lo que ellos se comprometieron. Para
recoger las piñas pidieron permiso en algún
Ayuntamiento, pero se les dijo que no les era necesario, por no
comercializarse ese producto en Aragón.
Una
mañana en que los tres (matrimonio con el hijo) se encontraban
en plena acción de recogida en un pinar, fueron detenidos por
la Guardia Civil y trasladados a Comisaría para ingresarlos en
la cárcel —sin darles más explicaciones—.
Una vez en la Comisaría llamaron por teléfono a mi
casa.
Me
personé rápidamente en el lugar para aclarar que eran
buena gente y que estaban actuando, según lo que se les había
indicado, para ganarse un dinero. El guardia dijo que habían
recibido una denuncia de un empresario que tenía arrendado el
campo y que él estaba explotando el pinar, y que estos señores
le estaban robando (ellos ya tenían almacenados varios miles
de kilos de piñas recogidos de diferentes términos
municipales). Ante mis ruegos y esperando un juicio les dejaron en
libertad provisional.
Ya
en mi casa todos juntos —la mujer llorando muy desconsolada—,
miré a una estampa del Beato Josemaría y le dije
—interiormente— "si puedes hazles algo a esta
familia, ¡arréglales esta situación!, que son
buenos", y a ellos les di otra estampa para que lo encomendaran.
La mujer le daba besos y empezó a rezar.
Esa
misma noche de la detención se presentó en su casa
alquilada el señor que había puesto la denuncia,
hablaron y todo terminó muy bien: retiró la denuncia y
al darse cuenta de que entendían de piñas piñoneras
les contrató en su empresa y así, en menos de un mes,
ganaron una considerable cantidad de dinero —que se les abonó
en metálico— hicieron sus maletas, me abonaron el
alquiler y volvieron a su tierra, donde ahora ya están
trabajando, ¡y cerca del resto de la familia!
Como
el Beato Josemaría me escuchó y actuó tan
rápidamente, le prometí que escribiría este
favor, porque tengo certeza de que él fue el intermediario
directo.
En un laboratorio de biología molecular
(Finlandia)
Hace
un año comencé a trabajar en un proyecto de
investigación en el laboratorio de biología molecular
de mi departamento. Trabajaba con cultivos celulares y los
experimentos duraban tres o cuatro días. Un pequeño
error en las decenas de procedimientos que había que realizar,
era suficiente para que el experimento fuera un fracaso, y lo malo es
que el resultado sólo se sabía al terminar las pruebas:
en ese momento, al teñir las células, se ponía
de manifiesto si el trabajo de cuatro días había
servido para algo.
Como
el reactivo que tiñe las células tarda 8 minutos en
actuar, desde la primera vez aproveché ese "tiempo
muerto" para encomendarle al Beato Josemaría el éxito
de las pruebas, repitiendo la oración de la estampa las veces
que me daba tiempo.
El
Beato se lució: desde el primer experimento, todos han sido
exitosos, cosa poco habitual en este tipo de labores. Gracias a esto,
el proyecto se ha realizado en un tiempo récord y se han
abierto múltiples posibilidades para futuros trabajos de
investigación en el departamento, y esto me ayuda a tener una
posición profesional estable en el país.
A punto de perder la cosecha (España)
Estamos
en época de recolección y el tiempo se presenta
inestable. En la era están amontonados el trigo y la cebada.
Son
los frutos de todo un año de trabajos y esfuerzos para sacar
adelante a la familia. Sobre las cinco de la tarde del día
dieciséis comenzó una fuerte tormenta, que podía
echar a perder todo en cinco minutos. Encendí deprisa una vela
a una imagen de la Virgen y comencé a rezar una novena a Mons.
Josemaría Escrivá de Balaguer.
Cuando
iba por la segunda oración para la devoción privada,
dejó de tronar y, después, de llover.
Al
terminar la novena salí a la era y el cerco que ocupa la finca
estaba con sol y sin una nube. En cambio, alrededor continuaba la
tormenta con gran oscuridad y grandes rayos. Esto se ha vuelto a
repetir, en dos ocasiones más, durante el mes de junio. No
puedo dejar de contarlo, llena de emoción y agradecimiento a
Mons. Escrivá de Balaguer.
Que llueva en mi finca (España)
Como
encargado de un cortijo, llevo la siembra del mismo a medias con el
dueño. Como el año se ha dado tan mal en cuanto a la
lluvia, me temía perder la cosecha, que en un principio, iba
muy bien.
Una
mañana, muy temprano, me situé en medio del sembrado y
de rodillas, con los brazos en cruz, supliqué a Dios y a la
Virgen Santísima, por mediación del Beato Josemaría,
rezando la estampa con mucha devoción y confianza, que
lloviera y se salvara la cosecha. Poco después llovió
un poquito, lo suficiente para salvar los gastos y trabajo, con un
trigo de buena calidad.
Lo
sorprendente es que los sembrados de los cortijos colindantes se han
perdido en su totalidad. Creo con toda seguridad que se trata de la
intervención del Beato Josemaría.
Olvidé la clave (Honduras)
En
mi centro de trabajo existe la responsabilidad de reportar anualmente
informes salariales a diferentes oficinas gubernamentales. En enero
de 1997, me tomó aproximadamente 5 días o más,
el ingresar todos los formularios necesarios en un programa de
computación que serviría de base para, de ahí en
adelante, tener la información casi en una forma automática.
Terminé esa tarea y quedé muy satisfecha.
Por
tratarse de información restringida y siguiendo lineamientos
de seguridad, a los disquetes de trabajo les puse una clave de
seguridad que en ese momento me pareció lo más fácil
de recordar y procedí a guardar los mismos.
Para
el siguiente periodo, enero de 1998, muy tranquila recopilé la
información necesaria, saqué mis disquetes de trabajo
y, según yo, comenzaría a cumplir con un nuevo ciclo de
reportes. No se imaginan la preocupación que representó
para mí el percatarme que los mismos estaban protegidos y
durante 2 días estuve tratando de adivinar cuál era la
clave que yo había utilizado.
Al
tercer día, por la noche, y a punto de darme por vencida, tuve
una de mis frecuentes pláticas con Monseñor y le pedí
que me ayudara a recordar la información, y demás está
decir la de lloriqueos que le hice al pobre. Esa noche me costó
mucho dormirme pues la idea de volver a hacer tal cantidad de trabajo
no me dejaba tranquila y de lo que no estoy segura es que si lo soñé
o realmente me pasó pero ¡Monseñor habló
conmigo! Después de 12 meses en los que ni en broma necesité
los famosos disquetes, mi gran amigo me ayudó a recordar. Se
me hizo eterna la hora de llegar a la oficina para probar esa clave.
¿Adivinan cuál era? Era JOSEMARIA.
EMPRESAS CON DIFICULTADES
El interés más bajo (México)
Habiéndome
lanzado en una empresa que requería de una fuerte inversión
económica, solicité un crédito bancario que,
pese a lo esperado, resultó muy costoso en cuanto a los
intereses.
En
estas condiciones, intenté obtener un financiamiento a través
de otra institución crediticia que otorgaba préstamos a
interés más bajo. Me encomendé al Beato
Josemaría; (...) mi esposa y yo le hicimos una novena.
Para
nuestra sorpresa, pasaban los meses y la situación no se
resolvía, peor aún, era cada vez más angustiosa.
Lo verdaderamente
inesperado fue que el mismo banco otorgó el interés más
bajo, refinanció la deuda y esto implicó un enorme
ahorro en lo que a trámites notariales se refería.
Además, durante el período de angustia se descubrió
que personas que trabajaban en la misma empresa e, incluso,
asesoraban en el aspecto económico, eran desleales, de forma
tal que si hubiese llegado el crédito que tanto pedíamos,
es seguro que se habría hecho mal uso del dinero.
En
conclusión, la época difícil sirvió para
consolidar la empresa, sanear el personal y, Dios mediante, con las
mejoras que en la organización se han efectuado, saldremos
adelante en condiciones mucho mejores que las previas.
Verdaderamente, Dios sabe lo que da y el momento
conveniente de hacerlo.
Un nuevo socio (México)
Hacía
más de un año que el negocio del que vivimos mis hijos
y yo, se encontraba en muy bajo rendimiento; había pocas
ventas a pesar de que poníamos diversos medios para
incrementarlas. Además había el agravante de que la
Compañía de Teléfonos hizo cambio del número
telefónico, sin previo aviso, y el número que aparecía
en el directorio a través del cual conseguíamos la
mayoría de nuestros clientes, resultaba obsoleto.
Una
amiga me facilitó la adquisición de una medalla
conmemorativa de la beatificación del Beato Josemaría
Escrivá, a quien desde años tengo devoción.
A
la vista de nuestra situación económica, un día
me dirigí al Beato Josemaría a través de la
imagen que aparece en esa medalla, y le dije que, a partir de ese
momento, quedaba constituido socio del negocio y que, por tanto,
tendría una participación en todos los beneficios que
se fueran obteniendo.
De
inmediato, empezaron a visitarnos antiguos clientes para solicitar
diversos servicios y así, cumpliendo con lo que prometí
a nuestro Socio, estamos contribuyendo a la construcción de la
iglesia del Beato Josemaría Escrivá que se está
haciendo en Roma.
AGOBIOS DE ESTUDIANTES
Los estudios de madre e hijo (Venezuela)
Tengo
un hijo adolescente que desde primaria demostró poca vocación
por los estudios. Estando ya en bachillerato, desde el primer año
comenzó a tener problemas con sus materias. En tercer año
creíamos que no terminaría sus estudios y fue entonces
cuando decidimos, él, su abuela y yo, pedirle ayuda al Beato
Josemaría, para que lo ayudara y guiara en sus estudios. Ya en
quinto año, tenía tres materias con problemas y
dudábamos si podría graduarse con su grupo.
Para
nuestra sorpresa, no sólo culminó con éxito sus
estudios de bachillerato, sino que entró a una de las mejores
universidades de Venezuela, cosa por la cual todos nos sentimos muy
orgullosos y muy agradecidos ya que vemos en este caso la
intervención del Beato Josemaría Escrivá de
Balaguer.
Ya
en anteriores oportunidades, por conversaciones que habíamos
tenido con otras personas que habían tenido experiencias
similares, nos hablaron de la ayuda que él prestaba a los
estudiantes.
Ya adulta quise
completar mis estudios de secundaria para entrar a la universidad y
la ayuda espiritual prestada por el Beato, me ayudó a culminar
los mismos con éxito. Por todo ello, queremos hacer público
reconocimiento de nuestro agradecimiento al Beato Josemaría
Escrivá de Balaguer por la ayuda recibida.
Una "excepción" inexplicable
(Suiza)
Por
diversos motivos, con frecuencia ajenos a mi voluntad, me encontraba
en un país o en otro, sin conseguir acabar los estudios que
había empezado.
Después
terminó este vaivén y regresé a mi país,
decidida a reiniciar los estudios con el firme propósito de
terminarlos. Decidí inscribirme en la escuela hotelera de mi
ciudad. Era un "caso difícil" para el Fundador del
Opus Dei, a quien me dirigí para pedirle ayuda, dado que no
sólo es una de las escuelas más difíciles del
país, sino también una de las más caras.
El
primer milagro me lo concedió ya el primer día de
clase. Me presenté de hecho en la escuela para hablar con el
director; sólo pretendía pedir información pero,
con gran sorpresa por mi parte, nada más terminar esta
conversación fui admitida en la escuela y empecé aquel
mismo día a asistir a clase. Todos mis compañeros de
clase habían presentado la solicitud de admisión al
menos un año antes, excepto uno que se había
"retrasado", porque había aparecido sólo seis
meses atrás.
El
segundo milagro consistió en poder ir a la escuela sin pagar
ni siquiera un céntimo. El reglamento escolar exige el pago
del 80% de la cuota anual el primer día de clase. Yo, que
había ido a la escuela sólo para ver al director, no
llevaba la cantidad de dinero requerida; solamente tenía una
carta de mi ciudad donde se me comunicaba la posibilidad de recibir
una beca, que de todas formas no habría cubierto ni siquiera
la mitad de la suma en cuestión. El director, aunque conocía
mi situación, no puso ningún problema, confiado en que
encontraría la cantidad necesaria.
A
lo largo de todo el ciclo de estudios, consciente de la ayuda que el
Beato Josemaría me había dado, ofrecí por el
Opus Dei todas mis horas de estudio, y siempre aprobé, aunque
a veces temí no conseguirlo.
Pero
aprobar no era la única dificultad que debía superar:
también tenía que obtener el dinero para pagarme la
escuela. Tuve la oportunidad de hacer pequeños trabajos, que
me permitieron ganar una parte de la cantidad que necesitaba, pero la
mayor parte me la pagó el Beato Josemaría Escrivá:
en realidad recibí cuatro becas, de tal forma que pude cubrir
los gastos de inscripción en la escuela y los de mis
necesidades personales.
Hace
pocos días tuvo lugar la entrega de los diplomas de la escuela
a mi promoción; no todos los que habían empezado
conmigo el primer año habían logrado terminar los
estudios... y una vez más agradecí al Fundador del Opus
Dei el gran milagro que me había concedido. Recibí el
diploma de manos del director, que me felicitó por el "doble"
esfuerzo; me confesó que yo había sido, en todos los
años que llevaba al frente de la escuela, la única
excepción a la regla, y no sabía explicarse el porqué.
Sonreí,
ya que conocía la respuesta, pero como estaba rodeada de mucha
gente e interrumpían continuamente la conversación, le
prometí que me pasaría por allí en los próximos
días para explicárselo. Sé muy bien que
simplemente bastará llevarle la estampa del Fundador del Opus
Dei, tantas veces usada por mí.
Dos complicados casos de negocios (Australia)
Era
la noche del domingo 28 de julio de 1996, cuando estaba preparando un
análisis escrito de dos casos de negocios que debía
entregar al siguiente día en clase. Ya había dedicado
una buena parte de la semana anterior a buscar información y
analizar los casos, pero el progreso del trabajo era limitado. A las
9:30 p.m., estaba cansado y frustrado con la falta de contenido
sustancial en lo que había escrito hasta ese momento, por lo
que decidí tomar un breve receso.
Al
regresar a mi computadora, recogí la estampa colocada junto a
la pantalla y la recé fervientemente en petición de
ayuda. Cuando la terminé, recordé una breve
conversación que había tenido el día anterior,
que me dio una idea para enfocar el primer caso. Durante las dos
horas siguientes estuve trabajando en él. A las 11:30 p.m.
estaba contento con lo que había escrito.
Analizando
el segundo caso, me encontré otra vez frustrado con el
tratamiento que inicialmente le había dado, pero esta vez miré
más rápido al Beato Josemaría y recé la
estampa con el mismo fervor que la primera vez.
No
mucho tiempo después, vi cómo aplicar la misma idea del
primer caso al segundo. A las 3 a.m. tenía listo mi trabajo.
El argumento parecía razonablemente digno, aunque pensaba con
cautela que cualquier cosa puede parecer plausible a esas horas de la
mañana. No obstante, me acosté feliz pensando que el
análisis estaba listo para ser revisado.
Al
día siguiente, después de entregar mi trabajo en clase,
procedí a escuchar el análisis de los casos, dado por
mi profesor. ¡Sorpresa! Ni siquiera los puntos centrales que yo
había señalado en los casos fueron discutidos. Después
de aquella clase, esperaba lo peor. Decidí ya no preocuparme
sobre el tema y encomendarlo al Beato Josemaría.
Pocos
días después, me devolvieron el trabajo calificado.
Antes de verlo ofrecí a Nuestro Señor la nota,
cualquiera que hubiera recibido. Pero he aquí que tenía
¡una nota de Alta Distinción! Gracias a la intercesión
del Fundador del Opus Dei.
Se me pasaron los nervios (China)
Soy
estudiante de Medicina y me graduaré en el mes de junio. Antes
de defender mi tesis, recibí una estampa del Fundador del Opus
Dei en la entrada de la iglesia. Después de leerla en casa, me
conmovió mucho y empecé a rezarla.
Por
lo general soy introvertido, y no me atrevo a hablar en frente de un
grupo grande de personas. Sin embargo, el día de mi defensa no
tuve nada de nervios. Creo que esto se debió a un favor que se
me concedió a través de la intercesión del Beato
Josemaría.
Sin dinero para matricularme (Kenia)
Mi
madre siempre me enseñó que el que Dios tarde en
contestar no significa que no lo hará. Yo pensaba que esto era
una frase bonita que las madres dicen a sus hijas cuando las ven
impacientes, hasta que me tocó vivirlo en primera persona
cuando por más de una año recé por una intención
a través de la intercesión del Beato Josemaría.
Estaba
muy contenta de que me hubiesen admitido en una universidad del
Estado para hacer estudios de posgrado. El mayor problema es que no
tenía dinero para pagar la matrícula. Pedí una
beca a la universidad o por lo menos que me permitieran comenzar los
estudios mientras buscaba fondos.
La
verdad es que pedía un milagro pues la universidad ofrece sólo
un número reducido de becas y éstas ya habían
sido colocadas y yo necesitaba varios miles de chelines para
matricularme por los dos años que dura el curso. No tenía
sentido mencionar este asunto pues hubieran pensado o que estaba
soñando o que me había vuelto loca. Mi familia tiene
muchos problemas económicos por lo que he tenido que luchar
por hacer la carrera. Sin embargo, como somos una familia muy unida,
les informé de mi intención de cursar estudios de
posgrado. No hicieron ningún comentario. Mis amigas me
animaron a organizar una recolección de fondos, pero esto
requiere tener amigos generosos y con medios para contribuir.
Continué
asistiendo a clases con el permiso del Decano mientras buscaba los
fondos. Se lo encomendé al Beato Josemaría.
Intensifiqué mis oraciones cuando se aproximaban los exámenes
de fin del primer año.
Me
presenté a los exámenes sin haber recibido contestación
a mis oraciones. El primer milagro fue que me permitieran hacer los
exámenes sin haberme matriculado oficialmente. El 26 de junio
de 1997, sucedió el segundo milagro: me informaron de la
universidad que tenían una beca más y me la iban a
conceder. A la semana siguiente efectivamente me la adjudicaron con
carácter retroactivo: me pagaron la cantidad correspondiente a
todo el año.
Dos
meses más tarde recibí los resultados de los exámenes
y con gran alegría supe que los había superado gracias
a la intercesión del Beato Josemaría. Verdaderamente
que Dios tarde en contestar no significa que no lo hará. Nunca
cierra una puerta sin abrir otra mejor.
Con la verdad por delante (Colombia)
Un
amigo mío comenzaba sus estudios de carrera universitaria, y
se le había programado un examen a primera hora de la mañana
de un determinado día. Él no se logró despertar
a la hora que debía hacerlo para llegar y presentar el examen.
Se levantó de la cama cuando ya no había posibilidad de
trasladarse a la universidad y presentar la prueba académica.
La sanción prevista para quien no se presenta es una
calificación de 0.0, a menos que suceda un imprevisto de
fuerza mayor, caso en el cual debía presentarse una excusa que
acreditara de alguna manera el hecho imprevisto, lograr la
autorización y pagar un dinero por concepto de derechos
extraordinarios.
Mi
amigo, por sugerencia de algún compañero de clase,
consiguió de un médico un escrito que le servía
de excusa para que le permitieran presentar el examen y así
evadir las consecuencias de su error. Al confiarme el asunto, le
sugerí que no lo hiciera y que, en cambio, le dijera la verdad
al profesor solicitándole que le permitiera hacer el examen.
El profesor ya había advertido, con insistencia, de las
consecuencias que traía el no presentar el examen en el día
y a la hora programada. Mi amigo temía por esto, pues en la
asignatura él tenía dificultades y, aunque no la
llevaba perdida, lograr obtener una nota que supere el promedio
producto de un 0.0 era prácticamente imposible.
Habiéndole
pedido al Beato Josemaría que fortaleciera a mi amigo en esta
situación, le dije que se deshiciera del escrito del médico
y que, con franqueza, le pidiera al profesor que le dejara presentar
el examen, diciendo la verdad.
Efectivamente,
mi amigo rompió en pedazos el mencionado escrito y le pidió
al profesor lo que acordamos. El profesor pudo negárselo, sin
embargo le dijo que la decisión no le correspondía a
él, que tenía que hablar con el Decano. Sin vacilar, mi
amigo habló con el Decano y le permitió presentar el
examen, inclusive sin pagar dinero por concepto de derechos
extraordinarios que deben darse en razón de la extemporaneidad
de la prueba. Gracias a Dios y por intercesión del Beato
Josemaría Escrivá de Balaguer, mi amigo descubrió
en su vida que, con la misericordia de Dios, hay que ser veraz aun en
los momentos más difíciles.
cap. 5
LO MÁS IMPORTANTE
«Todo
eso, que te preocupa de momento importa más o menos. —Lo
que importa absolutamente es que seas feliz, que te salves»[15].
A
lo largo de estas páginas hemos visto cómo se
encomiendan a San Josemaría distintos problemas humanos,
preocupaciones de mayor o menor relieve. Pero muchas personas acuden
también a la intercesión de San Josemaría para
pedirle por eso que «importa absolutamente»: la felicidad
actual y eterna de los demás.
Es,
quizá, la petición más lógica que se
puede dirigir a un santo. Pero es también el milagro de mayor
categoría, el más "difícil", si se
permite hablar así. Dios omnipotente, que ha hecho los cielos
y la tierra, no quiere imponer su amor por la fuerza: es un misterio
tremendo, pero si el ser humano decide rechazarle, Dios respeta esa
voluntad. Claro que no dejará de intentar nada, y ahí
es donde nuestra oración juega un importante papel: se puede
decir que Dios, desde toda la eternidad, en el misterio de infinita
providencia, cuenta con nuestras mortificaciones y súplicas,
unidas al sacrificio redentor de Cristo; por eso, podemos pedir que
dé más luz y más fuerza a una persona, para que
se abra al amor divino. Y con esa ayuda, muchas veces una mujer o un
hombre puede recapacitar y volver a la casa de Dios Padre, como el
hijo pródigo.
Así
lo muestran los siguientes relatos. Tratan de conversiones a la fe
católica; de la vuelta a la Iglesia de personas bautizadas,
pero alejadas de la práctica religiosa; de la ayuda que San
Josemaría presta en la tarea de acercar a Dios a otros, en
medio de la vida corriente.
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Mi vida era un infierno (España)
Soy
sordo desde los dos años. Mi vida era un infierno, hasta que
el día 13 de noviembre de 1988, a través de una estampa
del Fundador del Opus Dei (todavía no había sido
beatificado) me convertí y cambié mi vida.
Dos
años antes, un amigo del Opus Dei, sordo como yo, me dio esa
estampa; yo la guardé sin hacerle caso en un armario debajo de
muchos libros y papeles.
Yo
hablaba mal de la Obra porque no conocía casi nada, sólo
lo que me contaban (...).
Yo
estaba casado y tenía tres hijos, llevaba una vida desordenada
y muy alejada de Dios.
El trece de
noviembre de 1988 mi mujer me dijo que quería separarse de mí
ya, porque estaba enamorada de otro hombre. Me quedé atónito,
empecé a sentirme raro, como que algo me empujaba hacia el
armario, no sabía por qué. Por la noche no podía
dormir, no sabía lo que me pasaba, me levanté hacia el
armario y empecé a mirar lo que había allí:
libros, papeles, actas de una asociación de sordos a la que
pertenecía, etc... hasta que encontré la estampa.
Entonces
entendí todo: me sentí muy mal porque me di cuenta de
las cosas que había hecho mal. Vi que lo primero que tenía
que hacer era confesarme y por la mañana temprano fui a buscar
corriendo a mi amigo de la Obra que me había dado la estampa.
Quería
confesarme con un sacerdote como el de la estampa. Mi amigo me llevó
a un centro de la Obra y allí me confesé. Desde unos 20
años no lo hacía.
Después
de confesarme fui a Misa y comulgué, me sentía como si
hubiera nacido de nuevo. Apenas me acordaba de ninguna oración.
Lógicamente, mi mujer se extrañó del cambio tan
rápido que se había producido en mí, pensaba que
había perdido la cabeza.
Empecé
a rezar, a leer el Evangelio, a llevar un pequeño plan de
vida, pero sin llevar dirección espiritual: yo mismo, sin
darme cuenta, empecé a ver la necesidad de realizar una serie
de normas de piedad durante el día.
El
sacerdote de la Obra que me confesó me sugirió la idea
de ver una vez a la semana a mi amigo de la Obra para recibir
formación y hablar con él. Sorprendentemente, lo que mi
amigo me decía y lo que leía en los libros que me
recomendaba coincidía con cosas que, aún no sé
bien por qué, me parecían naturales.
En
junio de 1989 fui nombrado Cooperador del Opus Dei. En febrero de
1991 fui a un curso de retiro que supuso otro paso importante para mi
vida espiritual.
El
mes de abril de 1994, ingresaron a mi padre en el hospital militar de
urgencias, diagnosticaron un cáncer en el estómago, me
dijeron que tenían que pasar al quirófano.
Durante
este proceso, yo encomendé al Beato que se acercara a Dios. Al
cabo de cuatro meses se confesó; desde hacía mucho
tiempo no lo hacía.
Después
repetía: "me voy al cielo". Se quedaron atónitos
todos los de mi familia. Lleno de paz, alegría y tranquilidad,
recibió la unción de enfermos y una semana más
tarde, murió. Estoy seguro que fue la intercesión del
Beato.
Violencia y odio contra todo y hacia todos
(Italia)
Desde
hace diez años vivo con serenidad: trabajo, tengo una casa
acogedora, relaciones sociales y ayudo en una parroquia en los cursos
de catequesis para la Primera Comunión y para la Confirmación.
Antes
de este período esto no era así: un activismo político
frenético me había introducido en medio de la violencia
y del odio contra todo y hacia todos. El trabajo, igual que todos mis
intereses, lo supeditaba a las luchas y revanchas sectarias. Era
víctima de sentimientos contradictorios, continuamente inmerso
entre momentos de euforia y crisis de angustia.
Al
recibir la noticia de la muerte del Siervo de Dios Josemaría
Escrivá, al que había conocido hacía muchos
años, obedecí al fuerte impulso de acercarme a la Santa
Misa que iba a celebrarse en sufragio por su alma.
En
las dos horas que duró la solemne ceremonia he llorado, es más
he sollozado ininterrumpidamente, notando, igual que otros, la
sensación cierta de la presencia viva y sonriente del Padre. A
partir de ese instante, ha comenzado mi conversión que,
gracias a la práctica regular de la Confesión, me ha
devuelto la paz y, con ella, la alegría del alma.
Una novena de cuatro días (Australia)
Hace
catorce meses que estuve en el hospital para dar a luz. Allí
conocí a otra madre que tuvo un hijo al mismo tiempo que yo.
No era católica y me dijo que le gustaría que yo le
explicase la fe, ya que siempre había sentido interés
por mi religión. Decidimos vernos cada semana, para alimentar
a nuestros hijos juntas y hablar sobre la fe católica.
Durante
todo ese tiempo yo rezaba a Mons. Escrivá de Balaguer por
ella. Nueve meses después del nacimiento de nuestros hijos,
fue recibida en la Iglesia. Sus dos hijas de 10 y 11 años de
edad también pidieron ser instruidas en la fe e iban a ser
recibidas en la Iglesia dos meses más tarde que ella.
Mi
amiga me había dicho que su marido nunca estaría
interesado en la fe católica. Yo le di la Hoja informativa y
la estampa para hacer la novena. Me llamó cuatro días
más tarde y me preguntó si estaba segura de que una
novena eran nueve días de oración. Cuando le pregunté
por qué quería saber esto, dijo que hacía
exactamente cuatro días que había empezado la novena al
Padre y que al cuarto día de la novena su marido
repentinamente le había pedido el número de teléfono
del párroco. Fue recibido en la Iglesia al mismo tiempo que
sus hijas.
Puso punto final (Italia)
Desde
hace muchos años tengo la costumbre de rezar diariamente una
estampa al Beato Josemaría, pidiéndole por las
necesidades de mi familia. Lógicamente cada día hay
matices nuevos en mi petición, pero algunas intenciones las
mantengo por meses e incluso años.
Un
ejemplo concreto fue el de una de mis hermanas. Durante los años
setenta pasó por una crisis espiritual que la llevó a
alejarse de Dios y de los sacramentos y mantener una actitud de
cierta frialdad con la familia. Alrededor de 1985 su matrimonio entró
en crisis y poco tiempo después se separó de su marido.
Unos años más tarde comenzó a vivir en situación
irregular con una persona a la que había conocido en el
trabajo: una persona buena, pero con escasa formación
cristiana.
Fue
pasando el tiempo y poco a poco comenzó a cambiar de actitud.
Empezó a rezar de nuevo, a ir a Misa de vez en cuando y
también tuvo muchos detalles de generosidad como el cuidar y
acompañar con gran cariño a mi madre en sus últimos
años de vida, y luego a mi abuelo que actualmente tiene 92
años.
Su
situación irregular continuaba, pero ella seguía
rezando, yendo a la iglesia, y con deseos de comulgar, aunque sabía
que no podía hacerlo en ese estado. Por entonces leyó
una biografía del Beato Josemaría Escrivá y
empezó a tenerle devoción. Yo por mi parte seguía
pidiéndole a diario al Fundador del Opus Dei por mi familia, y
especialmente por mi hermana.
A
comienzos de este año, el día de Viernes Santo, mi
hermana puso punto final a su situación irregular. Pocos meses
después, con ocasión de un momento muy difícil
para ella, acudió a la confesión y comulgó
después de muchos años. Desde entonces, asiste todos
los domingos a la Santa Misa y recibe los sacramentos. Yo no dejo de
dar gracias a Dios por este cambio que atribuyo a la intercesión
del Beato Josemaría.
Un cambio repentino (Camerún)
Hacía
veinte años que mi padre, católico, no practicaba.
Desde que me incorporé al Opus Dei, hace diez años, no
dejé de rezar por esta intención, pidiendo al Beato
Josemaría que hiciera "una de las suyas" y ayudara a
mi padre a volver a practicar. Varias veces intenté hablarle
de este tema, pero mi padre siempre lo evitaba. Mi madre —que
tiene también una gran devoción al Beato Josemaría—
rezaba por la misma intención.
Un
día recibí una carta de mi madre, contándome un
suceso muy curioso: al levantarse de la siesta, mi padre se cambió
como para salir de casa; tenía prisa y preguntó a mi
madre si ella le quería acompañar. En el coche, mi
madre le preguntó a dónde iban y mi padre dijo con gran
naturalidad: "a la iglesia, para asistir a Misa". Mi madre
todavía no había salido de su asombro cuando, nada más
llegar a la iglesia, se dirigió al confesonario. Volvieron a
casa y mi padre estaba muy contento.
A
partir de este momento, mis padres van todos los domingos a Misa. Mi
madre y yo estamos convencidas de que este cambio fue verdaderamente
un favor del Beato Josemaría.
Cuando mi padre dice que no, es que no (Kenia)
Hacía
dos años que quería ser católica. Cuando me iba
a bautizar, mi padre se opuso diciendo que ningún miembro de
su familia sería católico, y cuando mi padre dice que
no, es que no. No hubo manera de que aceptara. Al mismo tiempo él
lo estaba pasando mal, ya que tenía un asunto en el juzgado.
Una
amiga me dijo que pusiera la estampa de Monseñor Escrivá
debajo de la almohada de su cama. También recé la
oración de la estampa para que mi padre cambiara de opinión.
Dos
meses más tarde mi padre me llamó para decirme que no
tenía ningún obstáculo para que yo fuera
católica. Recibí el Bautismo en la Iglesia Católica
y mi padre, que siempre había estado en contra de la Iglesia
Católica, asistió a la ceremonia y a la Misa.
El
asunto del juzgado que llevaba entre manos hizo que empezara a beber.
Recé mucho a Monseñor Escrivá y ofrecí
sacrificios. Mi padre estaba estudiando por entonces y tuvo que
examinarse. Aprobó muy bien todo y desde entonces dejó
de beber y puso mucho más empeño todavía en sus
estudios.
AL FINAL DE LA VIDA
Su religión era la Ciencia (España)
Le
conocía desde hace diecisiete años (...). Su religión
era la Ciencia y, más concretamente, las Ciencias Exactas
(...). Como máximo, quizá admitía la existencia
de una "Entelequia-Cósmica-Científica", que
un día el "hombre supersapiens" llegaría a
controlar y dirigir. Estaba por encima de la Iglesia Católica;
más bien se apiadaba de ella, la criticaba especialmente en
sus "ceremonias litúrgico-teatrales". Menospreciaba
sus "supuestos Sacramentos", y no digamos nada la
Confesión. En resumen, era una ateo agnóstico
ilustrado, y se sentía en posesión de la "verdad
científica".
Por
lo demás, era un hombre muy íntegro: un buen
profesional que ocupó altos cargos en su empresa, conseguidos
por su propio esfuerzo, sin apoyaturas. Hijo de maestro rural, muy
amante de su familia. Pienso que su único "vicio",
además de ese desordenado interés por la ciencia, era
precisamente su entrega a la familia y a su trabajo.
Hace
aproximadamente cinco meses, con una salud hasta entonces "de
roble", Dios le vino a visitar con un carcinoma pulmonar. Fue
operado de inmediato: extirpación parcial del pulmón.
Él quedó muy satisfecho y "sabía que la
ciencia había vencido al mal".
Las
cosas se fueron complicando paulatinamente: su restablecimiento no se
producía tal como la ciencia había pronosticado. Pero,
no obstante, me decía: "yo sé que en cuanto me
recupere de esta ciática —¡que mira por dónde
me ha tocado a mí y que no me deja andar!—, en cuanto
esto me pase, yo empiezo a hacer ejercicios y en un mes estoy como
antes". Así me hablaba hace un mes y medio, cuando empecé
a visitarle como amigo —su tratamiento médico estaba
siendo llevado desde un Centro Hospitalario—, preocupado por la
salud de su alma, previendo un desenlace fatal no muy lejano.
Realmente,
las visitas que le hice en este período fueron cuatro
solamente. Pero desde ese día empecé a rezar
diariamente por su salud y por su Confesión Sacramental,
encomendándoselo muy especialmente a Mons. Josemaría
Escrivá de Balaguer, mediante la oración para la
devoción privada: la rezaba a diario y de rodillas. En esas
cuatro visitas yo procuré hablar de Dios y, en la primera, le
di "Camino" con una estampa del Siervo de Dios.
Sin
embargo, el tema religioso era difícil de abordar, porque él
lo soslayaba. Y le dije a su mujer: "Reza por él, léele
algún punto de 'Camino', pues en mi segunda visita me ha
confiado que no lo había leído porque realmente le
fatiga físicamente la lectura". Además, ya lo
conocía desde los 18 años. "Yo he estudiado mucho
a Nietzsche y me parece mucho más profundo que esto", me
dijo refiriéndose a "Camino". Su mujer se
consideraba la menos indicada para hablar de Dios a su marido, pues
tampoco ella era creyente y, a pesar de mi insistencia, aseguró
que ella no le propondría confesarse.
El
horizonte se cerraba por los cuatro puntos cardinales, con nubarrones
cada vez más negros y espesos. La muerte se veía llegar
de una semana a otra. Pero... también mi oración —y
la de otros amigos a quienes se lo pedía— arreciaba.
Mi
última visita fue un viernes. Al anunciarle a su mujer mi
deseo de volverle a visitar, me dijo: "Ven cuando quieras, él
lo agradece mucho, pero me ha dicho que te diga que no le hables de
Dios. Ha añadido: La poca paz y los pocos ratos de descanso
que me dejan libres mis dolores me los quita con sus temas
religiosos".
Aquello
me derrumbó. Me pareció que estaban siendo inútiles
nuestros esfuerzos y desoídas nuestras plegarias. Me pregunté
si sería prudente volver a visitarle. Decidí hacerlo:
estaba muy mal, en cama y con bastante fatiga; casi no podía
hablar. No me atreví a sacar ninguna conversación de
tipo religioso. Cuando me despedí, me agarró de la mano
y, lentamente —por la fatiga—, pero muy profundamente, me
dijo: "Que... Dios... te lo pague"; con un "Dios"
muy sostenido, cuyo matiz capté.
Aquella
despedida me dio alguna esperanza. A solas con su mujer, le insistí
en que rezara por él y le animara a recibir la Confesión
Sacramental. Se negó rotundamente.
Ya
no le volvería a ver. El lunes al mediodía me
comunicaron que había muerto.
Por
la noche, fui con mi mujer al velatorio. Al darle el pésame a
su mujer, me dijo: "para tu tranquilidad, tengo que decirte que
se ha confesado. Él mismo, el domingo por la tarde, me dijo:
'estoy muy mal; llama a un sacerdote, que quiero confesarme'. Se
confesó y recibió la Unción de los Enfermos".
En
ese momento yo hice dos cosas: pedir perdón a Dios por haber
desconfiado y darle muchas gracias a Mons. Escrivá de
Balaguer, porque a través de su intercesión, estoy
convencido, se había confesado.
Nunca aceptaba que se le hablara de Dios
(Estados Unidos)
Mi
suegra nos llamó para que fuéramos al hospital
inmediatamente, pues mi suegro estaba grave: le habían fallado
el corazón y los riñones, y tenía pulmonía.
Fuimos a verlo en seguida y lo único que pude hacer fue
decirle que rezaríamos por él y pedirle que rezara
también.
Hay
que conocer a mi suegro para darse cuenta de la magnitud del favor.
Era un hombre bueno, con una voluntad de hierro y muy testarudo;
nunca aceptaba que se le hablara de Dios, ni de oración, ni de
la vida después de la muerte. De hecho cuando le pedí
que rezara, su reacción fue completamente negativa, así
que tuve que desistir por temor a que se agitara más y
empeorara su condición. Mi suegro no estaba bautizado, ni por
supuesto quería oír nada acerca de este tema.
Mi
marido y yo estábamos muy preocupados pues sabíamos que
su situación era grave y que, a menos que ocurriera un
milagro, le quedaba poco tiempo de vida. Pedí a algunas amigas
que me ayudaran a rezar, y acudí intensamente a la intercesión
de la Santísima Virgen y de Mons. Escrivá.
La
situación comenzó a empeorar: mi marido y yo fuimos al
hospital y, antes de entrar en el cuarto de mi suegro, rezamos juntos
la oración para la devoción privada con mucha fe.
Me
acerqué a su lado y cuando le pregunté cómo
estaba, me dijo inesperadamente: "he estado rezando toda la
noche"; ante esto le dije: "¿te quieres bautizar?",
pues era mi gran preocupación, y ante la sorpresa de todos
respondió: "sí, bautízame". No me lo
podía creer. Salí inmediatamente a buscar un sacerdote;
cuando lo encontré le expliqué la situación y me
dijo que el paciente tenía que querer bautizarse libremente;
al llegar le volvió a preguntar y la respuesta fue nuevamente
afirmativa; tomó agua y lo bautizó.
No
podíamos contener la alegría y el agradecimiento a
Mons. Escrivá por este favor que nos ha afectado
profundamente. Rezo para que la gracia de su conversión siga
afectando a muchas otras personas.
Se bautizaron papá y mamá
(Filipinas)
En
1987 ocurrió un "pequeño problema" en nuestra
familia. En mi modo positivo de ver las cosas prefiero llamarlo un
"pequeño problema", aunque otros hablan de ello como
de una tragedia. Tal vez es así, pero también es verdad
que Dios nos visita y a menudo se nos hace presente en cada momento
de la vida, pero no le hacemos caso. Probablemente lo que nos ha
pasado también le ha pasado a otras personas. No obstante,
para mí, éste ha sido un milagro que Dios nos ha
concedido a través del Beato Josemaría.
Cuando
tenía doce años, puedo decir que físicamente
todavía era una niña, pero empecé a madurar.
Estaba en el sexto año de primaria y tenía la gran
ambición de sacar las mejores notas y de ser la mejor
estudiante en Paete Elementary School en Laguna, Manila.
Antes
de que las clases comenzaran, tuvieron que hospitalizar a mi padre
porque se quejaba de unos dolores en la pierna. Mi madre lo acompañó
al Chinese General Hospital en Manila. Me dejaron cuidando la casa y
a mi hermano menor. De repente, me di cuenta de que me había
convertido en madre, hermana mayor y compañera. La mayor en mi
familia estaba estudiando en Manila, por lo que me dejaron de
responsable sobre todas las cosas, como si yo fuera la mayor.
En
el mes de julio recibí una carta de mi madre. La carta
contenía el diagnóstico que los médicos le
habían dado de la enfermedad de mi padre: cáncer en los
huesos.
Eran
noticias muy tristes para todos nosotros. El tratamiento del cáncer
suponía un gasto muy grande. Mi madre no tenía otra
alternativa que vender la casa y el terreno, así como otras
propiedades que había heredado de nuestros abuelos.
Nos
mudamos a una casa pequeña de alquiler, y mis hermanos y
hermanas hicieron todo lo posible para continuar con sus estudios.
Mientras tanto, nuestro padre se sometió a la radioterapia. Mi
madre lo acompañaba pacientemente. Ambos adelgazaron mucho: mi
padre debido a la radiación, y mi madre debido al continuo
cuidado que le daba.
Hacia
finales de julio, los doctores dijeron que mi padre tenía sólo
cinco meses de vida: ¡todos estábamos muy sorprendidos!
No estaba preparada para vivir sin un padre, y me preguntaba qué
pasaría con el más pequeño. Con sus diez años
de edad, no le podíamos decir que nuestro padre nos dejaría
pronto. Por esto me rebelé contra Dios. No le hablaba más.
Mi hermano pequeño hizo lo mismo. Mi madre, budista,
permaneció firme y fuerte. Ella continuó confiando en
Dios, pero al final se cansó de esperar un milagro y poco a
poco perdió toda esperanza.
Un
día, mi madre pasó por la National Bookstore y vio un
libro titulado "Amigos de Dios" del Padre Josemaría
Escrivá. En cuanto lo vio, algo le movió a comprarlo.
No se equivocó. Primero pensó que era un libro de
entretenimiento, pero cuando empezó a leer página por
página detenidamente, descubrió el sentido de su vida.
Con esto, empezó una nueva relación con Dios. Ya no
tenía miedo a afrontar ningún problema para mantener la
vida de la familia. Había veces que leía parte del
libro a mi padre, reflexionaban sobre los puntos, y después
rezaban el Rosario.
En
el mes de octubre los dos decidieron bautizarse y pertenecer a la
Iglesia Católica, pues mi padre pertenecía a la Iglesia
de Aglipayan. Fueron bautizados en el hospital porque mi padre estaba
confinado a la cama. Después recibieron el Sacramento del
Matrimonio, ya que sólo se habían casado por lo civil.
A
partir de ese momento, la familia estaba más unida y cada uno
de nosotros regresamos a Dios. Cada vez que visitaba el hospital,
rezábamos el Rosario junto a la cama de mi padre, mientras él
pedía intensamente por su alma. Era sorprendente ver cómo
aceptaba la muerte. Esto es algo muy raro de ver en otras personas.
Todavía recuerdo lo que una vez nos dijo a mi madre, a mis
hermanos y a mí: "Cuando se está preparado, uno no
tiene que tenerle miedo a la muerte". Esto se me quedó
grabado en la memoria. Admiraba mucho más a mi madre y a mi
padre porque ambos estaban preparados. Sé que todo esto se
debió a "Amigos de Dios".
El
9 de diciembre de 1987 mi padre murió. Mi madre nos mandó
un telegrama y me preguntaba por qué yo no había
derramado ni una lágrima. ¿Significaría que yo
también estaba preparada?
Cuando
llegamos a Manila, inmediatamente le pregunté a mi madre cómo
había muerto mi padre. Estaba segura de que ella lloraría,
pero para mi sorpresa sonrió y dijo: "Tu padre murió
con mucha paz y preparado". Éste es el milagro que ha
tenido lugar. Es muy raro que alguien muera con mucha paz y
preparado.
Sé
que, gracias a la ayuda del Beato Josemaría Escrivá,
todos nosotros descubrimos al Padre de los Cielos. Mi madre, hasta
ahora, sigue leyendo todas las noches antes de dormir el libro del
Fundador. Y todavía ahora el Beato Josemaría continúa
dándole fuerza e iluminación.
La historia de Christopher (Canadá)
Soy
oncólogo y trabajo en un pequeño hospital de la
Columbia Británica. Entre otras tareas, tengo la de
administrar la quimioterapia a los enfermos.
Conocí
a Christopher, un estudiante chino de veinte años, en junio de
1996, cuando vino a visitarme, ya enfermo. Llevaba dos meses
perdiendo peso, sudando mucho por las noches, y fatigado en general.
Con el análisis radioscópico se descubrió un
gran tumor en el pecho. Los análisis de sangre y la biopsia
mostraron que se trataba de un tipo de cáncer poco frecuente
(...).
Christopher
empezó a recibir la quimioterapia. Tras una fase inicial en la
que el tumor se redujo de tamaño, se produjo una acumulación
de líquidos en la cavidad torácica. A comienzos de
agosto, el tumor volvió a crecer; tanto, que dificultaba cada
vez más la llegada de la sangre al corazón. Esto, a su
vez, le impedía respirar bien. Tenía la cara hinchada.
La única opción era operar. Hablé con un
compañero con gran experiencia en tumores de aquel tipo. Había
intervenido en dos casos similares: uno había sobrevivido y el
otro no.
Cuando
entré en la habitación de Christopher para proponerle
la operación, encontré a su hermana rezando el Rosario.
Le pregunté si era católica y me dijo que no. Él
tampoco. Me explicaron que su madre había sido bautizada, pero
que no había educado a sus hijos en la fe; su padre tampoco
era católico.
Dada
la gravedad de su situación, ofrecí a Christopher
organizar las cosas para su Bautismo. Su respuesta fue afirmativa. Le
bautizó un sacerdote diocesano, también de origen
chino, después de explicarle resumidamente las verdades
básicas de la fe católica. Yo fui el padrino. Faltaban
dos días para la operación.
Gracias
a Dios, la operación tuvo éxito, pero la enfermedad
seguía siendo grave, pues el tumor se había
transformado en un sarcoma, no tratable con quimioterapia. A pesar de
haberle extirpado todo el pulmón izquierdo y parte del
pericardio, algo del tumor había quedado dentro.
Se
le comenzó a aplicar radioterapia, y la situación se
estabilizó. Pasó un año en esas condiciones.
Mientras tanto, estudió el catecismo, frecuentó los
sacramentos y aprendió a rezar, especialmente, mirando al
Crucifijo.
Como
se preveía, el cáncer se reactivó. En agosto de
1997 fue internado de nuevo. El "scanner" mostró
alteraciones que indicaban una repetición del tumor. Le
faltaba la respiración y volvió a hinchársele la
cara. Retomó la quimioterapia hasta diciembre, pero a pesar de
todos los esfuerzos, por Navidad estaba ya permanentemente en cama,
con oxígeno suplementario.
Christopher,
su familia, mi mujer y yo rezábamos al Beato Josemaría
por su curación, muchas veces al día, pero sus
condiciones físicas siguieron empeorando y el 13 de febrero
falleció. A pesar de los dolores, mantuvo hasta el final la
alegría, la valentía y la fe.
El
día 12 no podía decir más de dos o tres palabras
seguidas, por la falta de respiración. Al percatarse de que yo
estaba preocupado, me dijo:
—Estoy
bien. Siento no poder sonreír porque no puedo mover los
músculos faciales, pero estoy bien.
Seguí
animándole a perseverar en la fe, a pensar en la gloria que
encontraría después de la cruz. Viendo que yo
continuaba ansioso, añadió:
—No
te preocupes. Tengo toda la confianza puesta en el Amor de Dios.
Fueron
sus últimas palabras antes de perder definitivamente el
conocimiento. Antes de esto, se había confesado y había
recibido el Viático.
Después
de fallecer Christopher, su madre regresó a los sacramentos.
Su hermana y su anciana abuela fueron bautizadas en Pascua. Su padre
también podría convertirse.
Al
principio, me apenaba que Christopher no se hubiese curado, pero
ahora, mirando hacia atrás y pensando en él, en su
familia, en mí mismo y en otras personas que siguieron su
enfermedad, sus sufrimientos, su valentía y su perseverancia
en la fe, me doy cuenta de que hemos recibido muchos favores (...).
Atribuyo todas estas gracias a la intercesión del Beato
Josemaría: nosotros pedíamos la curación física,
y en cambio recibimos otros dones sobrenaturales.
Habían abandonado la Iglesia (Austria)
Mis
padres se casaron sólo por lo civil hace más de
cuarenta años. Mi padre no quería saber nada de la
Iglesia, y tanto él como mi madre la habían abandonado
hacía once años.
Mi
mujer y yo comenzamos a pedir muchas veces la ayuda e intercesión
de Mons. Escrivá de Balaguer. Hace un año mi padre y mi
madre enfermaron gravemente. De nuevo pedimos con insistencia la
ayuda de Mons. Escrivá.
Diez
días antes de su fallecimiento, mi padre solicitó la
readmisión en la Iglesia, se confesó, recibió la
Unción de los enfermos y comulgó. Simultáneamente,
mi madre solicitó también la readmisión en la
Iglesia, se confesó y expresó su deseo de contraer
matrimonio. Fallecieron poco después, mi padre al cabo de tres
días, mi madre a las tres semanas.
Damos
gracias a Dios por estos dones y estamos firmemente convencidos de
que estas conversiones se deben a la ayuda e intercesión de
Mons. Escrivá.
EN LA VIDA CORRIENTE
«Que
tu vida no sea una vida estéril. —Sé útil.
—Deja poso. —Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu
amor (...), enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de
Cristo que llevas en el corazón»[16]. Este primer punto
de Camino recuerda que todos los cristianos, por el hecho de ser
bautizados, han recibido de Dios una misión: «Id al
mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura»[17]. Para
cumplir esa misión, en medio de la vida corriente, muchas
personas recurren a San Josemaría como poderoso intercesor.
Aquí se recogen algunos relatos que muestran cómo San
Josemaría es un poderoso aliado en el apostolado.
No me atrevía (España)
Llevaba
yo un tiempo detrás de un amigo, intentando decirle que se
confesara e iniciara una vida de piedad. Ese día, hacia
finales de enero de 1988, estábamos al lado en un banco del
oratorio. Vi que era una ocasión inmejorable para decirle a mi
amigo que se confesara. Pero mis respetos humanos me lo impedían.
Entonces
acudí a la intercesión del Beato Josemaría,
encomendando a mi amigo, pero sin mucho ánimo todavía
de decirle nada. De pronto, mi amigo se vuelve y me dice: "oye,
¿para confesarse qué hay que decir?" Me quedé
patidifuso y le contesté: "Ave María purísima,
sin pecado concebida". Cuando mi amigo se levantó y se
fue a confesar di gracias a Dios y al Beato Josemaría por la
lección que me había dado.
Sólo un alumno quería ir al retiro
(Kenia)
En
la escuela secundaria donde trabajo, me encargo del departamento de
tutoría. Una de mis funciones es organizar los retiros anuales
que hacemos para los alumnos de segundo a cuarto año. Esta vez
les tocaba ir al retiro a los estudiantes de tercer año. Una
de las posibles fechas ya había pasado y ésta era la
segunda oportunidad. Aún había una tercera posibilidad:
un retiro para estudiantes de los tres años.
Había
sido difícil que algunos estudiantes fueran al primer retiro.
Los profesores solían comentar que los estudiantes de tercer
año "no eran muy religiosos". Una semana antes del
inicio del retiro tuve que informar en la reunión de la "Junta
de los Jefes de Sección" que sólo había un
estudiante que había mostrado interés en asistir.
También comentamos la posibilidad de cancelar el retiro.
Al
hacer las últimas gestiones relacionadas con el retiro, le
pedí otra vez al Beato Josemaría que intercediera ante
Dios para que más estudiantes cambiaran su forma de pensar y
fueran. Media hora más tarde, uno de los profesores vino a
verme con una lista de once estudiantes que estaban interesados en el
retiro y me pidió que "les diera un empujoncito".
Con
gran asombro, lo comenté a otro profesor, quien un poco más
tarde vino con diez u once nombres más. Nuestro asombro creció
aún más. Inmediatamente preparamos las cartas para los
padres de los estudiantes y las enviamos mientras continuábamos
rezando al Beato Josemaría, implorando su intercesión.
La
siguiente semana, esperábamos la respuesta ansiosamente. Para
nuestra sorpresa, 18 chicos confirmaron su asistencia y finalmente
todos fueron. La noche anterior al retiro un chico más me
llamó diciéndome que quería unirse al retiro.
Dados los antecedentes de esta promoción y su inicial falta de
interés, y el hecho de que uno de los días del retiro
coincidía con el campeonato mundial de fútbol, yo
atribuyo el éxito de este retiro al Beato Josemaría.
No la aguantaba (España)
En
mi lugar de trabajo, hace cuatro años, una de mis compañeras
me agobiaba, me daba estampas de Josemaría Escrivá de
Balaguer, me dejaba libros, etc. Yo todo lo rechazaba, pero no lo
tiraba, lo guardaba. A veces, por mi temperamento, me excitaba en el
trabajo y ella ni se inmutaba, siempre me sonreía y me daba
algún consejo. Hubo momentos en que pasé por
situaciones difíciles en mi vida familiar y ella se brindaba a
pedir por mis problemas; llegué a no poderla ni ver. No la
aguantaba.
Hace
un mes, mi padre se puso muy grave: hacía un año que lo
habían operado de un cáncer, ahora el médico nos
advirtió que era su fase terminal y que moriría, ya no
le iban ni a intervenir. Esa noche, le pusieron sangre, yo sólo
me senté, miraba para él y no quería que se
muriese, ya que soy viuda desde hace un año, con dos hijos y
él es el abuelo y padre a la vez.
Llegué
a casa a las 8 de la mañana, muy cansada y triste, me
encontraba mal, abrí el cajón de la mesilla para
ponerme el termómetro y salió una estampa de Monseñor
Escrivá de Balaguer, con esa sonrisa que le caracteriza;
entonces sin rezar y sin pensar en nada más, metí la
estampa debajo de mi almohada y me quedé dormida. Al día
siguiente, mi padre se levantaba y se fue para casa haciendo su vida
normal.
Yo
reconocí públicamente en mi lugar de trabajo lo
ocurrido, pidiéndole disculpas a mi compañera y
prometiéndole publicarlo.
La
cosa no quedó ahí; a raíz de esto, ocurrieron
muchas cosas: una compañera enfermó, ya tenía
cáncer, se le descubrió ahora un tumor en el pulmón,
le dieron días, pedí por ella, le envié una
estampa y se encuentra bien. Los médicos no se lo explican,
como no se lo explicaron con mi padre.
Desde
ese día, le rezo todas las noches, le pido cosas y todas me
las concede. Acudo a él para tomar decisiones en momentos de
ira, etc. Es como si me iluminase y todo lo veo claro; sé
decidir y sé contenerme a tiempo; soy capaz además de
alentar y animar a otras personas y antes no era capaz, era rencorosa
y vengativa, rebelde. Esto se lo agradezco a mi compañera que
fue tenaz y paciente conmigo. Ella tardó cuatro años,
pero ahora el resultado de su misión fue triplicado.
BUSCANDO LOS MEDIOS PARA AYUDAR A OTROS
Para
sacar adelante diversas iniciativas benéficas, con repercusión
espiritual sobre gran número de gente, muchas personas se
dirigen a posibles donantes, quizá desconocidos hasta ese
momento, para pedir su contribución económica. Los dos
siguientes favores están relacionados con este tipo de
gestiones.
Una deuda bancaria (Argentina)
Hace
tres años contrajimos una deuda bancaria para cancelar el
saldo de la compra de una casa, que se utilizaba como Residencia
universitaria.
El
banco nos otorgó el crédito por seis meses. Al
vencimiento del mismo, pedimos renovarlo, porque aún no
habíamos conseguido dinero para atender ese compromiso. Lo
grave fue que en vencimientos posteriores el resultado fue similar,
cancelábamos los intereses y renovábamos el capital.
En
la última renovación nos dijeron que debíamos
cancelar antes de fin de año una parte, y el resto al
vencimiento.
Como
ya se había pedido dinero a otra gente para cubrir las
necesidades económicas de la labor, me encontraba en la
situación de no saber a quién acudir. Empecé a
encomendarme al Beato Josemaría, para que me indicara nombres
de personas a visitar. Conforme transcurría el tiempo y se
acercaba el pago de la primera parte, rezaba con más
insistencia. Se me ocurrieron algunos nombres, pero no conseguí
las entrevistas. Creía que debía seguir buscando por
otro lado.
Conversando
con un amigo, le comenté mi preocupación, y le pregunté
si a él se le ocurría alguien a quien pudiera pedirle
un importante donativo. No supo darme nombres, pero en el transcurso
de la conversación salió el nombre de un empresario
para quien trabajé algunos años. Por antecedentes de
otras gestiones, la idea parecía absurda, pero como surgió
de modo tan inesperado, pensé que el Beato Josemaría me
estaría dando una pista para conseguir el donativo. Por eso,
encomendé mucho, llamé a este empresario y le comenté
que necesitaba verle.
Me
preguntó, como es habitual en este tipo de casos, el motivo de
la entrevista. Le dije que ya se lo contaría personalmente,
pero que se trataba de un tema muy importante. Como él tenía
un viaje de por medio, me citó para una semana después.
Durante ese tiempo, estuve encomendando, pero sin saber cómo
plantearle el tema.
El
día anterior a la entrevista llamé, por una confusión,
a un gerente de la empresa que es amigo mío, y le comenté
que al día siguiente lo vería porque a las 11 hs. debía
reunirme con uno de los dueños de la empresa. Al comentarle
esto me dijo que sería imposible que esta persona me recibiera
porque tenía una reunión armada con un grupo de
asesores, y que posiblemente él no le habría informado
de nuestra reunión a su secretaria. Gracias a esta
providencial llamada a mi amigo, me sugirió ir una hora antes.
Al
día siguiente, yendo en dirección a la empresa donde
tendría la entrevista, le dije al Beato Josemaría que
no sabía cómo encarar el pedido de dinero. Una vez que
llegué a la empresa, seguía en la misma situación,
por lo que le pedí que él me hiciera decir lo que
conviniera, pero que consiguiera mi objetivo.
Luego
de una pequeña introducción, me encontré
pidiéndole no sólo el importe que debía pagar en
pocos días, sino la totalidad de la deuda, y, para mi gran
asombro, me respondió afirmativamente. Luego de agradecerle
con entusiasmo, continuamos conversando de otros temas. Me retiré
dando gracias a Dios por el inmenso favor que me concedió a
través del Beato Josemaría.
Una ayuda inesperada (España)
Entre
los muchos favores que tengo que agradecer al Beato Josemaría,
refiero uno muy significativo.
Me
encontraba bastante preocupada, pensando cómo podía
resolver un asunto económico para una labor apostólica.
Sabía de alguien que podía solucionarlo, pero no
conocía personalmente a ese señor, ni veía el
modo de, a través de otra persona, llegar a ponerme en
contacto con él.
Comencé
con toda confianza a invocar al Beato Josemaría, pidiéndole
su ayuda con urgencia. Cuando menos lo esperaba, y sin que nadie le
hubiera dicho a esa persona el deseo que yo tenía, llamó
él mismo por teléfono, para ofrecer la ayuda económica
por la cual estaba pidiendo. No podía creerlo. Solamente
reaccioné agradeciendo al Beato Josemaría este
incomprensible favor.
DEFENDIENDO VALORES
Que desaparecieran aquellos cuadros (España)
Escribo
cumpliendo la promesa que hice al que considero gran intercesor ante
Dios, Mons. Escrivá de Balaguer, por haberme conseguido del
Señor un favor que le pedí y que comunico para que lo
publiquen para la Causa de su Beatificación.
Junto
con otra amiga, conocí a una familia a la que fuimos a visitar
a su casa. Nada más entrar, nos llamó la atención
una colección de cuadros pornográficos, groseros y
descarados, de los que hacía jocoso alarde el hombre de la
casa.
Mi
amiga y yo pensábamos cómo podríamos conseguir
que aquellos cuadros desaparecieran, ya que eran una continua
provocación y motivo de escándalo.
Por aquellos días,
me había llegado por correo la Hoja Informativa del Siervo de
Dios Josemaría Escrivá de Balaguer, que leí con
toda atención, impresionándome sobremanera la
fotografía de la portada, su cara, especialmente sus ojos. Me
puse a pedir al santo sacerdote, a través de la oración
para la devoción privada, que me consiguiera de la Madre
Purísima y Castísima, la Virgen, a la que tanto amo,
que aquellos cuadros desaparecieran.
Lo
estuve pidiendo durante varios días, y cuál no sería
mi sorpresa cuando, al volver otro día con mi amiga a la casa,
aquellos cuadros —unos 10 ó 12— habían sido
sustituidos por otros. Nos miramos y dimos gloria a Dios,
manifestando nuestra alegría porque los cuadros no estaban.
Comuniqué a la señora que lo había conseguido de
este santo sacerdote, y prometí llevarle una estampa.
Les
ruego lo publiquen en pro de la Causa de Beatificación.
Vencer las dificultades (España)
En
el pueblo por donde pasamos para ir a una finca en la sierra, hay una
tienda donde venden golosinas para los niños y prensa. En la
puerta del establecimiento se exhibían revistas de todo tipo,
bastante frívolas e incluso pornográficas. Entré
a hablar con el dueño para decirle que no estaba permitido
tener expuesta semejante basura, con el agravante de que la mayoría
de los clientes eran niños que iban a comprar sus chucherías.
Me
recibió muy mal, alegándome que tenía todo el
derecho a tener esas publicaciones, me enseñó una nota
que —según él— era de un kiosco de prensa
que había ganado un pleito por ese motivo, y que además
los niños estaban de vuelta de todo porque en sus casas veían
en la TV cosas peores. No hubo manera de convencerlo y me fui muy
desanimada.
Le
pedí a una amiga abogado que por favor me buscara toda la
legislación y casos fallados por este motivo. Me facilitó
un dossier completo y, efectivamente, estaba prohibido tener a la
vista en establecimientos ese tipo de revistas.
Estuvimos
un tiempo sin ir a la finca y el asunto se me olvidó. A la
siguiente vez que pasamos por allí, no me había llevado
el dossier y comprobé que continuaba la misma situación.
Me hice el propósito firmísimo de que no se me olvidara
la siguiente vez y, efectivamente, metí todos los papeles en
el coche para hacerlo.
Y
aquí vienen los tres favores de nuestro Padre: eran las siete
de la tarde de un día de invierno, ya de noche, la finca está
a dos horas de camino de mi casa y viajaba con mis dos hijos
pequeños, uno de doce y otro de cuatro años, que iban
cansados porque los acababa de recoger del colegio.
Además
llevaba la cena, porque allí me esperaba mi marido, otros dos
hijos y unos invitados para pasar el fin de semana. Durante ese
trayecto el demonio me iba poniendo excusas para no pasarme y dejar
el asunto para otro día: era muy tarde y me estaban esperando,
el dueño me iba a recibir mal, yo estaba cansada y no sabría
como defenderme... Después, si no me hacía caso tendría
que ir al Ayuntamiento a presentar la denuncia y además,
podría tomar represalias y como era un año muy seco,
prender fuego a toda la finca, etc. Todo eran inconvenientes. Le
conté todo lo que estaba pensando y lo que tenía que
hacer a mi hijo de doce años y decidimos rezarle al Ángel
Custodio del señor de la tienda y al Beato Josemaría.
Primer
favor: me paré en la tienda a hablar con el dueño.
Segundo
favor: no vi ninguna revista en el escaparate, me recibió
estupendamente, me dijo que se acordaba de mí, que como veía
había quitado toda la basura porque efectivamente se daba
cuenta de que la juventud estaba mal y no quería contribuir a
empeorarla. Me contó su vida, me dio las gracias por toda la
información que le llevaba y me invitó a golosinas para
los niños.
Tercer
favor: mi hijo, cuando se lo conté, quedó impresionado
del poder de la oración. Fue una lección que no
olvidará.
Rectificó su postura (España)
Hace
unas semanas asistí a la Segunda Reunión Anual de la
Sección de Pediatría Extrahospitalaria de la Asociación
Española de Pediatría, en Barcelona. Se hallaban
inscritos más de mil médicos de todo el país.
El
acto de clausura consistió en una conferencia a cargo de un
conocido especialista, que trabaja habitualmente en Estados Unidos y
que había sido invitado para esta ocasión. El tema de
la conferencia era: "El pediatra, especialista idóneo
para el adolescente".
Durante
la charla insistió en la conveniencia de difundir los medios
anticonceptivos entre los adolescentes. Dándome cuenta del
daño que sus palabras iban a hacer entre la nutrida
concurrencia, pedí al Siervo de Dios Josemaría Escrivá
de Balaguer que dicho especialista rectificara las ideas erróneas
que acaba de exponer. Aunque el objetivo no era fácil, yo
estaba convencido de que el Siervo de Dios iba a poner remedio.
Terminada
la conferencia, se abrió el turno de preguntas de los
asistentes. Inmediatamente hice la mía, intentando dar pie a
la rectificación del tema moral antes mencionado.
Pregunté
si no puede parecer derrotista una actitud que basa la educación
sexual en orientaciones tan poco exigentes para los muchachos. "¿No
reconoce usted —añadí— la existencia en
nuestra época de una enfermedad social que se ceba en los más
débiles (los adolescentes), cuya terapéutica es la
recuperación de los valores?".
De
forma inmediata, el conferenciante conectó con la nueva
perspectiva, y lo replanteó hablando en términos muy
distintos a los que usara anteriormente, ya aceptables moralmente. Se
extendió largo rato en la respuesta, tomándola como
punto de referencia para otras preguntas que más tarde
siguieron.
Resulta
evidente para mí la intervención del Siervo de Dios en
una ocasión con tan pocas probabilidades de éxito, pero
de gran trascendencia para muchas personas.
Ha sido todo muy fácil (España)
Hace
dos años me llamó una amiga mía, pidiéndome
que nos viéramos con urgencia. Estaba muy disgustada, pues ese
día, como solía hacer, ayudaba a su marido en el
quirófano, instrumentando las operaciones quirúrgicas
que él hacía, y se dio cuenta de que iban a practicar
una vasectomía.
Al
darse cuenta, se negó a seguir instrumentando la intervención.
Habló con su marido, pero no consiguió nada; pensaba
seguir haciendo operaciones de este tipo mientras tuvieran una
situación económica algo apurada.
Mi
amiga me pidió que rezase, y quedamos en acudir las dos a la
intercesión del Siervo de Dios Mons. Josemaría Escrivá
de Balaguer.
Cada
cierto tiempo hablaba con su marido, pero no lograba que dejase de
hacer ese tipo de operaciones, aunque ella procuraba, cuando él
no estaba en casa, hablar con los pacientes y convencerles para que
no lo hicieran.
Este
verano, ella estaba muy desanimada, pues veía que su marido no
cambiaba, y la situación familiar era cada vez más
inestable. Nos propusimos encomendar con más fuerza e
intensidad al Siervo de Dios este problema hasta el mes de octubre y,
si no salía, seguiríamos hasta Navidad.
Hace
dos semanas me llamó, nos vimos y, con gran alegría, me
pidió rezar esa semana con más fuerza, pues su marido
había decidido dejar de hacer esas intervenciones y quería
confesarse. Se confesó y recuperó la paz y la alegría
que le faltaban.
En
otra ocasión, ésta en agosto de 1986, fui a visitar a
otra amiga a la Clínica donde trabaja como Jefa de enfermeras.
Quiso
enseñarme la Clínica; me mostró unos locales
vacíos donde iban a empezar las obras para un laboratorio
destinado a la fecundación "in vitro". Estaba
contenta, pues pensaba que podía colaborar en un proyecto a
favor de la vida. El año anterior, gracias a su actuación,
evitó que pudieran aprobar en esta Clínica las
prácticas e intervenciones abortivas.
Le
expliqué que había leído en esos días
diferentes informes sobre la fecundación "in vitro"
y le pude aclarar lo que había detrás de todo eso. Me
pidió bibliografía, pues se iba de vacaciones a los
pocos días y quería informarse más. Al día
siguiente volví a la Clínica y le dejé en
recepción un libro recientemente publicado sobre ética
en temas sanitarios. Le dejé dentro una carta con una estampa
de Mons. Escrivá de Balaguer. Empecé a pedir al Siervo
de Dios por el resultado de esta gestión.
El
día 2 de septiembre la llamé por teléfono y, al
preguntar si le había servido el libro, me dijo que el
problema estaba resuelto. Antes de irse de vacaciones, había
llevado el libro a una reunión del Consejo directivo de la
Clínica, y habían comentado su contenido en relación
con la fecundación "in vitro".
Decidieron
comunicar al médico que iba a trabajar en la fecundación
"in vitro", que no se llevaría a acabo ese proyecto:
las obras se harían para un laboratorio de anatomía
patológica.
Al
preguntarle cómo lo había conseguido, me dijo: "Yo
no he hecho nada, ha sido todo muy fácil, no me lo explico,
pero lo han entendido y no ha habido dificultad para que cambiaran de
proyecto".
Le
conté que había rezado mucho al Siervo de Dios, Mons.
Josemaría Escrivá de Balaguer, y se explicó lo
que consideraba un milagro.
cap. 6
ACCIDENTES Y PELIGROS
A
lo largo de su vida, San Josemaría sufrió varias veces
graves peligros: siendo muy niño, fue desahuciado por los
médicos, pero se recuperó gracias a la intercesión
de la Virgen. Durante la guerra civil española, como sucedió
a tantos sacerdotes, su vida corrió serios riesgos. También
padeció graves enfermedades. En todos esos momentos, recurría
confiadamente a Dios, por intercesión de la Virgen o de los
Ángeles Custodios —que le prestaban servicios muy
notables— sin perder la calma y abandonándose en la
Providencia.
Ahora,
muchas personas acuden a él para salir de situaciones
comprometidas, de accidentes y peligros variados, como los que se
recogen en este capítulo: desde una colisión en
automóvil, hasta la picadura de un insecto venenoso; desde
presentimientos ante amenazas desconocidas, hasta los accidentes que
tienen por protagonistas a los niños.
VIVOS DE MILAGRO
Habla
este apartado de personas que volvieron a la vida, cuando casi se
habían perdido todas las esperanzas, a causa de un accidente,
de una enfermedad mortal, de un disparo fortuito...
Con una lesión muy grave en la cabeza
(Islas Salomón)
Soy
policía y trabajo en un puesto remoto en las Islas Salomón.
La esposa de un oficial sufrió una lesión muy grave en
la región occipital de la cabeza, a consecuencia de un
accidente. Aunque la llevaron al hospital rápidamente, llegó
medio muerta.
En
ese momento de vital importancia, le colocamos sobre la zona afectada
una estampa del Beato Josemaría, al tiempo que rezábamos
la oración, pidiéndole que intercediera por su
curación.
De
modo casi instantáneo, recuperó el conocimiento.
Después de tres días, había mejorado
considerablemente y, al cabo de tres semanas, se recuperó del
todo.
Agradezco
a Dios este favor, concedido por intercesión del Beato
Josemaría.
En coma profundo (España)
Nuestro
hijo de 18 años fue atropellado por un coche, dejándolo
descerebrado en la carretera y dándose el conductor a la fuga.
Lo
llevamos al Sanatorio y nos dijeron que no tenía salvación.
Sin embargo, iban a intervenirle sólo para cerrarle el cráneo.
Después nos dijeron que no habían podido sacarle todas
las esquirlas que tenía (que eran muchas) y que también
tenía un edema pulmonar, pero que eso ya lo dejaban porque al
fin se iba a morir. Lo ingresaron en la UCI, en coma profundo, sin
apenas constantes vitales, esperando su muerte de un momento a otro.
Yo nunca creí que nuestro hijo se fuese a morir.
Hablamos
con un sacerdote para que le administrase la Extremaunción.
Así lo hizo. En la cama puse una estampa de Mons. Escrivá
de Balaguer. Entre el quinto y el décimo día era cuando
esperaban que se muriese, pero cuando el médico hizo su
visita, vio que sus constantes vitales empezaban a responder. Uno de
los médicos del equipo, que no era creyente, dijo cuando lo
vio: "Díganme dónde vive este Monseñor, que
quiero escribirle diciendo que hizo un milagro".
Pero
no quedó aquí todo. Nuestro hijo siguió en coma
veintiséis días. Cuando fue despertando, lo bajaron a
la habitación, pero ya no alimentado por sueros, sino que nada
más llegar le dieron un desayuno y lo tomó. También
me dijeron que necesitaría un logopeda para enseñarle a
hablar porque no sabría decir nada, pero en cuanto me vio, me
llamó: "¡Mamá!". Me dijo cómo se
llamaba, los años que tenía, dónde vivía
y hasta el número de teléfono.
A
los dos años lo ingresaron de nuevo para practicarle la
craneoplastia. Al cabo de ocho días ya estaba en casa, y al
mes empezaba sus estudios de Magisterio, sacando el curso con buenas
notas.
Este
es un milagro múltiple que Mons. Escrivá de Balaguer
hizo con nuestro hijo, que estaba muerto y volvió a la vida.
Escribo
este testimonio como muestra de agradecimiento al Fundador del Opus
Dei y para que sirva para su Causa de Beatificación.
Un disparo accidental (Bolivia)
Mi
hijo P., de 16 años, un muchacho sumamente activo, buen
deportista, (...) le faltaban sólo dos años para salir
bachiller; también hablaba muy bien el inglés.
Un
miércoles 8 de agosto de 1984, después de salir del
colegio, por la tarde fue a casa de un compañero de curso. En
ausencia de sus padres se puso a jugar con un revólver calibre
38, sin saber que había un proyectil. Se le disparó,
haciendo impacto en Pacho, entrándole por la ceja izquierda
con orificio de salida en el mismo lado izquierdo de la nuca,
habiendo perdido la mitad de la masa encefálica.
Fue
atendido de emergencia y cuando salió del quirófano, un
amigo de Pacho le puso una estampa de Mons. Escrivá de
Balaguer debajo de la almohada.
Yo
tenía una estampa de Monseñor y desde el primer momento
le pedí que Pacho salga adelante. Todas las noches y muchas
veces recé e hice rezar la oración de la estampa por la
vida de Pacho. Los médicos no me daban ninguna esperanza de
vida.
Pacho
estuvo inconsciente dos meses pero cada día había
alguna mejoría que sorprendía a los médicos.
Después
de dos meses, ya consciente, siguió recuperando movimientos
pero los médicos dijeron que nunca hablaría, caminaría
o podría leer.
Pacho
se comunicaba con nosotros por los ojos, pero el día de mi
cumpleaños comenzó a hablar de nuevo. Los médicos
no podían creerlo.
Cuando
Pacho empezó a caminar y tener rehabilitación yo le
pedí a Mons. Josemaría que volviera al colegio para que
pudiera sentirse útil. Volvió al colegio y salió
Bachiller con su promoción.
Continuó
con la rehabilitación. Los médicos se sorprendían
de la recuperación —día a día— de
Pacho. Entonces le pedí a Monseñor que pudiera llevarlo
a los Estados Unidos, ya que no contaba con los medios necesarios
para todas las operaciones que mi hijo necesitaba. Confiando en
tantas cosas como el Padre me había conseguido por su
intercesión, le pedí estos medios económicos.
En
1989 pudimos viajar y permanecer en los Estados Unidos durante diez
meses, sostenidos por nuestra fe y el cuidado de Mons. Josemaría
Escrivá. Pacho tuvo cinco operaciones: cuatro en la cabeza y
una en las costillas que utilizaron para cubrir el cráneo.
Durante
los diez meses, sola, en un país donde no conocía el
idioma, ayudada por la intercesión del Padre —no me
separaba de la estampa y Pacho siempre la tuvo junto a su cabecera—,
conseguimos todos los medios económicos necesarios para
enfrentar la situación.
Actualmente,
Pacho está fuerte, sano, leyendo y hablando inglés. Le
pido a Mons. Josemaría E. que pueda estudiar y ser un hombre
de bien y propagar la devoción a Mons. Josemaría
Escrivá de Balaguer.
Se le escapó un tiro de la escopeta
(Paraguay)
Un
22 de enero de 1996, alrededor de las 21:30, uno de mis hijos salió
a dar un paseo por el antiguo barrio donde residíamos. Era uno
de esos días de mucho calor en Asunción. Al aproximarse
a una residencia cuyo guardia de seguridad era su amigo,
sorpresivamente a éste (el guardia) se le escapó un
tiro de una escopeta de 12 mm de balas expansivas que hizo un impacto
en mi hijo, que se acercaba a saludarle.
El
guardia, del susto, se dio a la fuga. Unos vecinos acudieron en su
ayuda y —después de mucho dilucidar— lo llevaron a
un hospital muy cercano llamado Universitario, donde fue atendido en
sala de emergencia. Mi hijo estuvo consciente todo el tiempo.
Yo
acostumbro darle la bendición a mis hijos cuando salen y
pedirle a su Ángel de la Guarda que los acompañe y que
regresen sanos. Ese día lo hice con este hijo y cuando ya me
disponía a ver una película, llamaron a mi puerta los
vecinos dándome la noticia. Nos dirigimos al hospital mi
marido y yo, sin atinar a hacer nada, preguntándome: "¿qué
habría pasado?".
Fui
a la sala de urgencias, hablé con mi hijo, le pregunté
cómo había ocurrido todo, pero él mismo no se lo
explicaba. El diagnóstico médico era que los balines
habían perforado el bazo, el colon, intestino grueso y delgado
y, según los doctores, gracias a Dios no habían dañado
los órganos vitales. Empecé a rezar al Beato Josemaría.
Mientras
tanto, el chófer de la casa donde custodiaba el guardia habló
con el dueño, que resultó ser un médico muy
renombrado y en ese momento se hallaba de vacaciones en Punta del
Este, Uruguay.
El
doctor contactó con los médicos de su confianza y dio
órdenes para que mi hijo fuera trasladado a un sanatorio
privado (Sanatorio Italiano), donde lo intervinieron quirúrgicamente.
Pude
ver cuando mi hijo era llevado a la sala de operaciones, volví
a darle la bendición y él me tiró un beso.
Durante la operación, continuamos rezando la oración de
la estampa con mi marido. Concretamente, yo tenía la estampa
muy apretada junto a mi pecho y pedía que si mi hijo no se
salvaba, que me preparara a mí muy bien, por si lo perdía.
La
operación duró desde la 1:00 AM hasta las 5:30 AM, del
23 de enero. A esa hora salió una persona buscando al familiar
del chico accidentado. Respondí: "¡Soy la madre!".
Me invitó a sentarme para explicarme todo lo de mi hijo. Mis
hermanos me acompañaban porque mi marido se hallaba haciendo
gestiones.
El
doctor dijo: "Quiero hablar claro: su hijo está muy
delicado. Gracias a Dios, pudo salvarse, pero hay que estar pendiente
que no tenga hemorragias. Si sucede, volverá al quirófano,
y quizás su hijo no resista".
Sólo
estaba en las manos de Dios y de la Santísima Virgen María.
Se lo llevaron a terapia intensiva. Una enfermera me llevó a
terapia: pude ver a mi hijo, que estaba volviendo de la anestesia. Me
quedé más tranquila, porque lo vi bien. Rezaba
muchísimo para que no tuviera hemorragias. Estuvo cuatro días
en terapia. Luego lo pasaron a la sala (él fue caminando),
donde estuvo trece días más.
Por
el accidente sufrido, mi hijo no podía continuar en el trabajo
que tenía. Nosotros somos una familia de escasos recursos y
acudimos una vez más al Beato Josemaría pidiendo que mi
hijo consiguiera un trabajo de acuerdo con sus posibilidades. Al
sexto día de la novena, consiguió un trabajo buenísimo
como promotor de ventas. Un día descubrí
accidentalmente una anotación que tenía en su agenda.
Dibujado dentro de un corazón, estaba escrito: "el día
más triste de mi vida fue la noche que me accidenté,
que gracias a Dios y al Beato Josemaría estoy vivo y con ganas
de progresar en la vida".
Para
mí, todo fue una sucesión de milagros. También
fue un milagro el hecho de que el dueño de la casa —donde
trabajaba el guardia de seguridad— corriera con todos los
gastos, que fueron muchos. Nuestros amigos nos decían: "Tu
hijo no va a morir porque todos tus amigos están rezando y
pidiéndole al Beato Josemaría por él".
El
guardia regresó y fue a la cárcel, pero nosotros no
quisimos presentar denuncia, ya que había sido un accidente.
Todos en mi familia estamos muy agradecidos y seguimos acudiendo al
Beato Josemaría hasta en las cosas más pequeñas.
Ojalá que esto sirva para su pronta Canonización.
Al volver de una fiesta (Francia)
En
el mes de junio, D., una hija de mis vecinos, de 15 años,
sufrió un grave accidente mientras volvía con seis
amigos de una fiesta.
El
vehículo en el que venía se salió de la
carretera, dando varias vueltas de campana y al final chocó
contra un gran plátano. Todos quedaron heridos de diferente
grado. D. fue encontrada debajo del vehículo después de
varios minutos de búsqueda.
El
médico del Socorro de Carretera dijo que estaba muerta. Otro
médico que pasaba por allí sugirió intentar
algo, llevándola urgentemente a un hospital. Allí
permaneció siete semanas; al principio en coma profundo y
desesperado. Fue en este momento cuando yo recé por
intercesión de Josemaría Escrivá, prometiendo
hacer un donativo a la Obra si atendía mis oraciones.
Después
de momentos difíciles, D. salió del coma y hoy, después
de que se pensara que ya no podría volver a escribir, está
bien y se está examinando de Bachiller. Gracias a Josemaría
Escrivá.
PRÁCTICAMENTE ILESOS
Si
quedar con vida después de un grave accidente es ya un gran
favor, más lo es salir prácticamente ilesos. Esto le
ocurrió a una señora que cuenta esta larga y
sorprendente historia:
Le llamé, y él me salvó (El
Salvador)
Soy
muy devota de Mons. Escrivá de Balaguer desde el día en
que asistí a la Misa por su alma en la iglesia de San José
de la Montaña. Desde entonces le he pedido muchos favores y me
los ha concedido todos. Recito la oración de la estampa muchas
veces al día y ya la he aprendido de memoria: cada vez que se
me presenta un problema recurro a él y me lo resuelve.
Hace
dos años comencé a pedirle que me ayudase a tener una
casita en propiedad: la necesito porque tengo que mantener
económicamente a mi madre, a mi abuela y a mi hijo de 11 años.
Con lo que gano, me parecía imposible llegar a ser propietaria
de una casa, aunque fuera pequeña. Sin embargo, pedía
este favor a Mons. Escrivá con mucha insistencia, sobre todo
desde que obligué a mi madre a abandonar la casa en la que
habitaba, porque estaba en pésimas condiciones y tendrían
que demolerla. Si bien parecía un sueño irrealizable,
conseguí superar todas las dificultades y el 14 de febrero
tendría que ir a tomar posesión de la casa, ya
terminada, y a liquidar las cuentas con el albañil.
El
13 de febrero al mediodía la señora para la que trabajo
me invitó a hacer una romería a la Virgen en la iglesia
de Guadalupe. Yo no sabía qué era una romería,
pero ella me explicó que se trataba de ir a recitar el Rosario
en una iglesia dedicada a la Virgen; añadió que don
Álvaro nos estaba pidiendo frecuentemente rezar el Rosario e
ir a visitar santuarios marianos, porque este año se celebra
el quincuagésimo aniversario de la fundación del Opus
Dei.
Además,
me dijo que a Mons. Escrivá de Balaguer le gustaba mucho que
se rezase el Rosario. Fuimos a esta iglesia de Guadalupe y yo estaba
particularmente contenta, porque de aquel modo podía agradecer
a Mons. Escrivá el haberme ayudado a tener una casita de mi
propiedad. Mientras íbamos en coche hacia la iglesia, la
señora me explicó que el siguiente sería un día
de gran fiesta para el Opus Dei, porque era un aniversario del Opus
Dei, y me contó algunos episodios de la vida de Mons. Escrivá.
Llegadas a la iglesia, después de haber rezado el Rosario,
oímos la Santa Misa. En el camino de vuelta recitamos la
última parte del Rosario.
Al
día siguiente, 14 de febrero, me levanté muy contenta y
terminé mis tareas lo antes posible, para poder ir a Santa Ana
a tomar posesión de la casa. Salí alrededor de las
nueve y media de la mañana, y la única cosa que
recuerdo de este día es que tomé el autobús para
llegar a la Terminal de Occidente.
No
recuerdo lo que sucedió después. Solo al día
siguiente, me di cuenta de encontrarme de nuevo en San Salvador y de
sentir un fuerte dolor en la cabeza, en la nuca y en un brazo;
además, si intentaba sentarme o ponerme en pie, me giraba la
cabeza. Estuve en reposo durante una semana y mejoré poco a
poco hasta restablecerme del todo.
Lo
que me ocurrió el día 14 me lo han contado después.
Los hechos se sucedieron de este modo:
En
Santa Ana vive una hija de mi señora, a la que yo había
visitado muchas otras veces. El día 14, hacia las doce menos
cuarto, una de las empleadas domésticas, habiendo oído
un timbre en la puerta, fue a abrir y me encontró en el
umbral. Ella dice que yo no la reconocí, y que tampoco
reconocía la casa, sino que sólo decía:
—Me
ha traído aquí Monseñor. Estaba tendida en el
suelo, lo llamé y él me levantó, me tomó
de la mano y me trajo aquí. Le he visto bien, con su sotana y
sus gafas: ha sido él quien me ha salvado.
Al
darse cuenta de que no la reconocía, la empleada llamó
a su señora, describiéndole el estado en que me
encontraba.
La
señora dice que miró el reloj para ver cuánto
tiempo faltaba para la hora de cierre de su oficina: cierra siempre a
mediodía y eran las doce menos cuarto. Volvió a casa,
pero yo no la reconocí, aunque ella me hablase y me explicase
quién era. Cuenta que yo repetía solamente:
—Monseñor
me ha salvado. Me ha tomado de la mano y me ha traído a esta
casa.
Cuando
me preguntaban qué había pasado, yo respondía:
—No
lo sé. Yo sólo he visto sangre y después a
Monseñor, que me ha tomado de la mano, me ha levantado y me ha
traído aquí. Yo estaba rezando el Rosario y pensando en
él. Por esto me ha salvado.
Tenía
todo el vestido sucio de sangre y hierba seca. También mi
bolso estaba manchado de sangre. La señora me preguntó
si me habían asaltado, pero yo sólo respondía:
—No
lo sé. Yo sólo he visto sangre y a Monseñor, que
me ha tomado la mano y me ha traído aquí.
Pedía
que me dieran la estampa de Monseñor y el rosario que tenía
en el bolso. En efecto, llevo siempre conmigo la estampa y nunca
salgo de casa sin haberle pedido antes que me acompañe y me
libre de todo peligro. Y cuando voy en autobús recito siempre
el Rosario y la oración de la estampa.
Entonces
la señora llamó por teléfono a su madre, mi
patrona, para contarle lo sucedido. Mis señores partieron
inmediatamente para Santa Ana; llegaron hacia las dos del mediodía.
En un primer momento, yo no les reconocí. Después
reconocí a la señora, ella dice que le repetía
una y otra vez la misma cosa:
—Me
ha traído aquí Monseñor. Me ha tomado de la mano
y me ha traído a esta casa.
Cuando
me hablaba, trataba de tranquilizarme y de hacerme dormir, pero yo le
respondía:
—Estoy
segura de haberlo visto. Yo le he llamado y él me ha salvado.
Yo estaba recitando el Rosario: por esto él me ha puesto a
salvo. Usted estaba en Guatemala y no consiguió verlo[18], en
cambio yo lo he visto. Entre toda esa sangre, él estaba junto
a mí.
El
marido de mi señora, que es médico, me examinó,
pero no encontró ninguna herida.
El
doctor averiguó que esa mañana había ocurrido un
gravísimo accidente automovilístico en el km. 59 de la
carretera que lleva a Santa Ana, siete kilómetros antes de
llegar a la ciudad: habían chocado tres vehículos,
habían muerto cuatro personas y eran muchos los heridos
graves.
Mis
señores hicieron todo lo posible para cerciorarse si alguien
me había acompañado a casa; pero nadie sabía
nada. La empleada doméstica que me abrió la puerta
asegura que yo estaba sola. Afirma que, como me vio tan pálida,
salió a la calle para ver si alguien estaba conmigo, pero no
había nadie.
Yo
estoy segura de que fue un milagro de Mons. Josemaría Escrivá
de Balaguer, porque es imposible que haya llegado a encontrar por mí
misma aquella casa, sin ayuda de nadie: en efecto, ni siquiera era
capaz de reconocer a las personas con quienes he hablado.
Por
otra parte, en el bolso no llevaba ninguna nota con la dirección
de aquella casa, a donde no había pensado ir en absoluto aquel
día.
Además
de haberme librado de la muerte, creo que Mons. Escrivá me ha
hecho otro milagro en aquella ocasión. En efecto, en la
confusión del accidente no perdí ni me robaron el
bolso, en el que llevaba el dinero para pagar mi casa: había
logrado reunirlo sólo después de muchos años de
trabajo.
Como
signo de reconocimiento por esta gracia tan grande, he hecho decir
una Misa y he enviado una pequeña contribución
económica para la publicación de la Hoja Informativa;
también he distribuido muchas estampas. Recomiendo siempre a
todas mis amigas que recen a Monseñor, porque él
escucha todas las súplicas de quien recurre a su intercesión.
El vehículo se abalanzaba sobre mí
(Argentina)
El
10 de junio por la mañana fui a los Tribunales, pues soy
abogado; desde allí y caminando me dirigí a hacer unos
trámites en una oficina pública. Había recorrido
unas seis manzanas cuando entré a hacer una visita en la
iglesia de El Salvador, salí de allí repitiendo
mentalmente la oración a Monseñor Escrivá.
Como
el semáforo me indicaba paso, comencé a cruzar en calle
Tucumán y en cuestión de segundos vi cómo un
Fiat 600 se abalanzaba sobre mí; traté de alcanzar la
acera, cosa que logré, pero el automóvil siguió
el mismo recorrido: caí al suelo y al instante el vehículo
con una de sus ruedas delanteras pasó sobre mi cintura para
luego estrellarse contra la pared de un negocio situado allí.
El
conductor bajó rápidamente, gritando que me había
matado; pero su desconcierto fue mayor al ver que me levantaba, sin
ninguna ayuda, de debajo del auto. Mi reacción fue rápida,
ya que en unos segundos estuve en pie y tratando de limpiarme la
chaqueta. Comencé a dar gracias, pues lo que había
ocurrido era un milagro. Las únicas huellas dejadas por el
accidente fueron unas manchas de grasa sobre el pantalón y el
color turquesa del vehículo al pasar sobre el cinturón
de cuero que llevaba puesto.
Al
llegar a casa de mis padres y relatarles lo ocurrido, dijeron que eso
fue un milagro de don Josemaría.
INSECTOS TEMIBLES
Una de las arañas más peligrosas
del mundo (Australia)
Mi
hijo mayor fue picado en la mano por una araña de la variedad
"funnel-web", mientras estaba acostado en la cama. Esta
araña es una de las más mortíferas del mundo y
poco antes varias personas, tanto adultas como niños, habían
muerto por sus picaduras.
El
efecto inmediato de la picadura fue un dolor muy intenso. Mi hijo
comenzó a chillar muy fuerte. La mano y el antebrazo se le
hincharon rápidamente. Cacé a la araña, la puse
en un frasco de cristal y llevamos a toda prisa a mi hijo al hospital
del distrito, con la araña en el frasco. Durante este tiempo
estuvimos rezando continuamente a Monseñor Escrivá,
esperando que todo fuera bien.
En
el hospital nos dijeron que la araña era un "funnel-web"
macho. Me dijeron que su veneno era seis veces más mortífero
que el de la hembra y que es el más tóxico del mundo.
En el hospital no tenían experiencia de nadie que hubiera
sobrevivido.
Mientras
tanto, mi hijo fue ingresado en el hospital y, poco después,
el dolor y los síntomas empezaron a desaparecer. Después
de tres horas de observación y sin ningún tratamiento
médico, fue dado de alta en el hospital.
Los
médicos no dieron ninguna explicación satisfactoria del
hecho. Nosotros atribuimos este resultado a la intercesión de
Monseñor Escrivá.
La "hormiga brasileña" (Puerto
Rico)
Mi
madre sufrió en las piernas múltiples picaduras de un
tipo de hormiga muy peligrosa, conocida en Puerto Rico como "la
hormiga brasileña". Aunque normalmente este tipo de
picaduras no es mortal, en su caso, debido a su diabetes y su pobre
circulación podría costarle perder sus dos pies.
En
mi penúltima visita a su casa, cuando apenas había sido
picada, le llevé unas cuantas de las nuevas estampas del Beato
Josemaría Escrivá —las cuales me había
pedido para repartir en su iglesia—.
Ayer,
un mes más tarde de lo ocurrido, salió a recibirme
contentísima y a contarme la noticia: se había curado
de las picaduras, gracias a la intercesión del Fundador del
Opus Dei.
Me
contó que luego de llevarle las estampas ella se puso una
sobre las piernas enfermas y al próximo día amaneció
curada de las mismas. Atribuyo muchos más favores recibidos al
Beato, pero este último ha sido confirmado por mis familiares.
NIÑOS EN PELIGRO
Se llevaron a Estuardo (Guatemala)
Tengo
una hermosa familia de 11 hijos. Todos en casa tienen mucha devoción
al Beato Josemaría Escrivá de Balaguer y cuando hemos
tenido problemas de familia, siempre hemos recurrido a rezar la
estampa del Beato Josemaría. Recientemente pasamos el peor
momento que hemos sufrido en nuestra vida familiar.
Una
mañana de lunes, salieron mis 5 hijos varones que van al
colegio, juntos, hacia la parada del bus. Caminan apenas 2 cuadras y
es un barrio bastante tranquilo. Yo les dejé en la puerta y
regresé a la cocina a preparar las "loncheras" de
las niñas chiquitas que se van más tarde al colegio.
Cuando venía
de la cocina me encontré al mayor de los muchachos (16 años)
sentado en la salita con una cara fatal. Le pregunté: "¿Los
dejó el bus?" Y él respondió: "Se
llevaron a Estuardo". Yo no me di entera cuenta de qué
pasaba y pregunté por sus hermanos. Él no sabía
qué les había pasado porque regresó corriendo a
avisar y estaba nerviosísimo. Salí corriendo a la
parada y encontré a otro que venía de regreso con una
carta en la mano y seguí corriendo hasta encontrar a los dos
más pequeños. Así me di cuenta de que sólo
faltaba Estuardo (13 años). Me los llevé a casa y leía
la carta en el camino. El título era algo como: "Pasos
para rescatar a su hijo" y habían varios puntos con unas
condiciones y una suma enorme en dólares que había que
pagar.
Cuando
regresé a casa encontré a mi marido con el rostro
alterado, pero bastante tranquilo. Me calmó diciéndome:
"Lo mejor es estar serenos" y luego "todo el mundo a
rezar". Nos reunimos todos en la sala y rezamos juntos el
Rosario de rodillas. Al terminar, mi esposo nos puso a todos unas
tareas para realizar y aclaró que teníamos que
ocuparnos en vez de preocuparnos y seguir rezando mucho.
La
ausencia del muchacho duró dos semanas. La primera fue de
frecuente comunicación telefónica con los
secuestradores y la segunda de un silencio espantoso. Todo el tiempo
recibimos muestras de cariño y solidaridad de la gente, pero
especialmente mucho apoyo y oración de las personas de la
Obra, que rezaban sin parar al Beato Josemaría Escrivá
para que el muchacho volviera pronto. Podría yo decir que
físicamente sentíamos esas oraciones que nos sostenían.
Así
llegamos al día 15 del secuestro, después de 6 días
de no tener ninguna noticia. Mi marido ese día decidió:
buscar a la persona que entregaría el rescate, cómo se
llevaría y otro montón de cosas que había que
tener listas; y yo estaba ese día con una ilusión
grande en mi corazón de que esa semana nos devolverían
a nuestro hijo.
A
las 10:00 de la mañana se comunicaron nuevamente y después
otras tres veces ese día. Pero hubo algunos contratiempos y a
las 5:30 de la tarde no se llegó a nada y quedaron de llamar
al día siguiente. Ese lunes rezamos muchísimo.
Yo
perdí la cuenta de los Rosarios y oraciones de la estampa del
Beato Josemaría que recé. El Prelado del Opus Dei nos
escribió una carta ese día alentándonos y
asegurándonos que el Fundador de la Obra se iba a lucir.
Nos
acostamos a las 10:00 de la noche agotados por la tensión,
pero todavía con esperanza. Ya estaba yo acostada leyendo,
cuando oí que golpeaban la puerta de la calle con gran fuerza.
Pensé que era en la vecindad. Pero volvieron a tocar igual y
entonces yo salí corriendo de la cama para la puerta, mientras
iba corriendo grité: "¿Quién es?" y
Estuardo contestó desde la calle: "Soy yo, mami". No
pude abrir la puerta chiquita que estaba con llave, pero brincando el
carro salí al garage y allí estaba él
"paradito".
Lo
abracé y le pregunté que si se había escapado.
"No", me dijo. "Me vinieron a dejar y me dijeron que
le dijera a papi que era un regalo del día del padre, (que se
celebraba ese día) y que no tenía que pagar nada".
Este
milagro tan fabuloso sólo lo podemos atribuir a la intercesión
del Beato Josemaría Escrivá que rogó a Dios
Misericordioso, que se luciera con nosotros en el día del
padre.
Álvaro se ha caído... (España)
A
las 13,45 horas del día primero de mayo, a través del
interfono de la casa recibí una llamada de mi hijo Pablo de 12
años, que con voz entrecortada y nerviosa me dijo: "Baja
papá, que Álvaro se ha caído".
Álvaro
es el séptimo hijo, de 4 años, de los ocho que tenemos.
Naturalmente pensé que se trataría de la clásica
brecha en la cabeza o, como mucho, de una pierna o un brazo, pero
cuando vi dónde se había caído y que el niño
había desaparecido, no tengo palabras para describir la
situación.
Mi
primer pensamiento fue: "He perdido un hijo, Jesús mío
ayúdame". Y enseguida comencé a encomendarlo a la
intercesión del Beato Josemaría.
Se
trataba de un registro mal protegido con una lámina de
aluminio, situado en un parterre elevado en un extremo del jardín
del edificio donde vivimos, y por donde los niños corretean
frecuentemente. Álvaro pisó en un extremo de la débil
protección, la lámina se volteó y se coló
en un aljibe o depósito de aguas subterráneo, siendo
impulsado por la fuerte corriente de entrada general de agua hacia un
cuello de botella que va a parar al depósito.
Las
singulares características del lugar imposibilitaban el acceso
de una persona normal. Tuvo que ser un bombero especialmente delgado
y pequeño el que rescatara del fondo del depósito el
cuerpo ya sin vida de nuestro pequeño Álvaro, dándose
la bendita casualidad de que el bombero era submarinista, y otra no
menos bendita casualidad lo constituye el hecho de que nada más
sacar el cuerpo del niño a la superficie, estuviera allí
una pediatra amiga y vecina de la familia, que tras cuatro o cinco
minutos de practicarle los primeros auxilios, consiguió que
aquel corazón latiera de nuevo.
Se
calcula que estuvo sumergido entre doce y quince minutos.
A
partir de aquí, tres días de angustias en la U.C.I.,
sedado y con respiración asistida. Sólo a las 48 horas
nos dijeron que posibilidades de vivir existían muchas, pero
que hasta que no se le retirara el respirador mecánico y demás
y viéramos la reacción no sabríamos en qué
condiciones.
El
día 13 Álvaro comenzó de nuevo a ir al colegio
con toda normalidad, ante el asombro de familiares, vecinos y amigos.
Algunos
facultativos nos han comentado lo extraño del suceso, por
cuanto en el hospital no recuerdan ningún caso de personas
recuperadas en circunstancias similares que no hayan padecido alguna
secuela.
No
es fácil resumir la cantidad de llamadas telefónicas y
reacciones habidas en torno al caso. Nos consta que mucha gente, a
partir de este hecho, ha entendido el sentido del dolor, del
sufrimiento, de la filiación divina. El Señor a través
de Álvaro ha hecho reflexionar y rezar a personas que no lo
habían hecho nunca. Uno me decía por teléfono:
"Mira, tú sabes cómo soy yo, que no rezo nunca,
pero por tu hijo (no se lo digas a nadie) he rezado a la Virgen".
Otro
me dijo en confidencia: "Yo había prometido al Señor
que si se recuperaba tu hijo, dejaba de fumar un mes y lo estoy
cumpliendo".
En
fin, que una vez más se comprueba que Dios sigue escribiendo
derecho con renglones torcidos.
Una niña secuestrada (Guatemala)
En
la plaza o "mercadito" de la colonia donde vivo corría
el rumor que a una señora que vende tomates, cuatro hombres le
habían arrebatado de sus brazos, su hijita de apenas año
y medio.
Estuve
pensando mucho si le daba la estampa del Beato Josemaría
Escrivá de Balaguer, pero al fin me decidí. Ella creyó
que se la llevaba a vender pero le expliqué qué debía
hacer. Son personas bastante sencillas y humildes (...). Me lo
agradeció y recibió la Hoja informativa y la estampa.
Yo
empecé a decirle por mi parte al Beato Josemaría que
ellos eran personas a las que nadie podía ayudar, sólo
él.
Así
que a los diez días me llegó la novedad que había
aparecido la niña. Fui a verlos para constatar el hecho y le
dije que yo era la que le había llevado la Hoja informativa y
la estampa y me dijo que justamente estaba pensando quién se
la había dado, pues hoy sí creía verdaderamente.
Había encendido una vela y había rezado por la mañana
y por la noche pidiendo por su niña y a los nueve días
había aparecido. Lo cierto es que en este país es
difícil que aparezcan los niños que secuestran, por lo
tanto, lo atribuyo a la intercesión del Beato Josemaría
Escrivá este gran milagro.
PRESENTIMIENTOS
Los
siguientes relatos de favores tienen en común ese misterioso
fenómeno de los presentimientos. Como se verá, Dios se
sirve de ellos para mover a rezar por las personas queridas que
podrían encontrarse más necesitadas en esos momentos.
Un deseo fuerte de rezar (Italia)
El
pasado 9 de enero, mientras volvía a la oficina, después
de la pausa del almuerzo, sentí un deseo fuerte de rezar, y
por tanto empecé a repetir la oración de la estampa del
Beato Escrivá, sin saber qué gracia solicitar y
limitándome a pedir: "Padre, ayúdanos tú,
tú que sabes de qué tenemos necesidad".
Continué
así unos veinte minutos, el tiempo necesario para llegar a la
empresa, donde comencé a trabajar como todas las tardes.
Al
volver por la noche a casa, mi mujer me dijo que esa tarde mi padre,
cuando se dirigía al trabajo en bicicleta, había sido
atropellado por un coche y había salido milagrosamente ileso,
a excepción de algunos raspones en una mano y en un tobillo.
Le
pregunté a qué hora había sucedido, y constaté
que coincidía con el momento en que me había venido a
la mente aquel impulso interior.
Deseo
agradecer públicamente al Beato Escrivá, ya que he
recibido otros favores en el pasado y nunca los he comunicado.
Que no vaya él (España)
Mi
marido y yo somos fieles de la Prelatura del Opus Dei. Tenemos siete
hijos. Mi marido y un hijo son pilotos de fumigación e
incendios.
Estando
en la base, les anunciaron que tenían que ir uno de los dos a
apagar un incendio cerca de la frontera de Portugal. Me dirigí
a mi marido y le comenté que lo apagara él —yo
tuve un presentimiento nada bueno de que le podía pasar algo a
mi hijo—. Mi marido, con más experiencia y horas de
vuelo, me daba más tranquilidad. Mi hijo prefirió ir
él.
Ya
de madrugada vino el mecánico a buscarlo, y yo me quedé
muy intranquila, sin saber por qué, ya que situaciones como
éstas son frecuentes. Comencé a rezarle a su Ángel
Custodio y a repetir Acordaos continuamente.
Pasadas
unas horas vino mi marido y le pregunté si pasaba algo; él
dijo que no, que sólo venía por dinero para gasolina,
que no me preocupara, y esto me tranquilizó, pero en realidad
el accidente ya había ocurrido. El avión se descompensó
y se estrelló. Mi marido se enteró enseguida por la
emisora del avión de reconocimiento; el piloto de este avión,
al comunicárselo por radio, lloraba al dar la noticia, porque
el avión estaba partido en dos y no había señales
de vida.
Mi
marido, angustiado, intentó llegar a él por tierra,
pero fue imposible el acceso, y por aire, en la avioneta que tenían,
tampoco era posible. Fue entonces cuando se encomendó al Beato
Josemaría diciéndole con fuerza: "ahora te puedes
lucir". Enseguida avisaron a un helicóptero ruso de una
base cercana y éste sí lo pudo rescatar, con mi hijo
vivo. Dentro del avión que pilota, mi hijo lleva siempre una
estampa de nuestro Padre.
Contando
él después cómo fue el accidente, comentó
que cuando no se pudo hacer con el aparato dijo un ¡¡Dios!!
desgarrado y notó como si alguien le cogiera por el hombro,
entrándole una gran paz y tranquilidad para desconectar el
mando de la gasolina y apagar el motor.
Quiero
dejar constancia que mi hijo no es especialmente piadoso y esto le
removió. Ahora difunde la estampa y la devoción,
convencido de que lo que le ocurrió fue un milagro gordo. Él
está estupendamente. No le quedó ninguna secuela, ya
que si le hubiera quedado algo, por insignificante que fuera, no le
darían la licencia para volar, y en este momento está
volando.
Debo
reseñar que este año un compañero de él
ha tenido el mismo accidente y ha perdido la vida.
Estoy
segura de que lo de mi hijo ha sido un gran favor que le debemos al
Beato Josemaría.
SALVADOS DE UN GRAVE RIESGO
Un viaje providencial (Canadá)
Tengo
38 años, soy polaca y vivo en Canadá. Hace años
recibí la oración al Beato Josemaría Escrivá
de mi abuela, que vive en Polonia.
Estando
mi marido en Estados Unidos, tuvo un accidente automovilístico.
En ese tiempo yo estaba con nuestros hijos en Polonia. A causa del
accidente de mi marido, que tenía brazo, pierna y clavícula
rotos, necesitaba a alguien que le cuidara.
Un
amigo de mi marido, que trabajaba como pescador, tuvo la idea de
invitarme, junto con mis niñitas, a Estados Unidos, para que
cuidara a mi esposo. Recibí la invitación, fui al
consulado americano y me dieron el visado para mí y para mis
hijos. No era nada fácil en Polonia obtener el visado para
Estados Unidos. Nadie creía que el Cónsul me lo diera.
La gente decía: "quizás recibirás el
visado, pero no podrás ir a Estados Unidos con los hijos".
Cuando estaba en
el Consulado, todos me miraban como si estuviera loca. El empleado me
preguntó si me daba cuenta de lo que pedía. Yo rezaba
al Beato Josemaría Escrivá y creía firmemente
que se haría el milagro: Dios oiría mis súplicas.
Tenía mucho interés en estar con mi marido.
Y
se cumplió. Recibí el visado para Estados Unidos, para
mí y para mis hijos. Cuidé a mi marido, que después
de una larga recuperación, está completamente bien.
Mientras tanto, he podido criar a mis hijos.
Meses
después, he entendido que este viaje mío desde Polonia
ha salvado mi vida. En efecto, en Polonia me sentía enferma,
adelgazaba, pero los análisis médicos no descubrían
nada anómalo. En Estados Unidos descubrieron un cáncer,
y me aconsejaron que debía operarme. Si no hubiese hecho esta
operación, probablemente no viviría, y mis hijos no me
habrían tenido.
Así
que estoy doblemente agradecida al Beato Josemaría: porque me
ha ayudado en mis oraciones y Dios ha escuchado mis súplicas y
me ha permitido estar con mi marido en los momentos difíciles,
y porque ha salvado mi vida.
Arrastrado por el mar (El Salvador)
A
finales del año pasado habíamos ido a la playa con
algunos amigos. Después de correr un rato por la playa
prácticamente desierta, me metí al mar quedándome
cerca de la orilla. Como de costumbre, nadaba un poco y descansaba
poniéndome de pie. En un momento dado, posiblemente estuve un
rato distraído, ya que intentaba nadar paralelamente a la
orilla y, al tratar de pararme, me di cuenta de que no tocaba fondo.
Empecé
a nadar hacia la playa, pero no lograba acercarme porque la corriente
me alejaba. No soy un buen nadador pero sí sé flotar,
así que descansé un rato y volví a intentar
acercarme a la orilla, pero no tuve éxito. Esta operación
la repetí varias veces, pero cada vez me encontraba más
adentro del mar. Entonces empecé a pensar seriamente que ya no
conseguiría salir. Miré alrededor para ver si había
alguna embarcación a la que pedir ayuda o algún
nadador, pero no había nadie y en la lejana playa no se veía
gente.
Me
enfrenté con la posibilidad de la muerte a corto plazo y
pasaron por mi mente los hechos de mi vida. Pedí perdón
al Señor rezando actos de contrición y me asaltó
el pensamiento de si no me desesperaría cuando me estuviera
ahogando. Entonces clamé al Señor pidiéndole su
ayuda, acudí con intensidad al Beato Josemaría para que
intercediera y así estuve un rato que me pareció
larguísimo.
En
eso estaba cuando vino una ola propicia, nadé delante de ella
y me arrastró un poco, inmediatamente me cogió otra ola
y así seguí hasta que en un determinado momento toqué
fondo, me volvió el alma al cuerpo, pero estaba tan débil
que temí que el agua me jalara hacia dentro. Con ayuda de
otras olas llegué a la orilla completamente extenuado.
Me
dio la impresión de haber nacido de nuevo con una visión
más clara de la muerte y de la eternidad. Supe que el Señor,
por intercesión del Beato Josemaría, había
querido que pasara esta prueba para que me acercara más a Él.
Pude también contemplar la manifestación del dominio
absoluto de Dios sobre las criaturas materiales y lo poco que somos.
Un hombre iba a suicidarse (Estados Unidos)
El
29 de mayo de 1976 me dirigía a la Southeast Expressway. Tras
haber desembocado en Washington Street, el tráfico se hizo
particularmente intenso; varios coches estaban aparcados al borde de
la carretera y sobre el puente se había reunido una numerosa
multitud de personas. Estaban también los bomberos y la
policía.
Alguien
me informó de que un hombre quería suicidarse,
tirándose del puente; hasta ese momento, cualquier intento de
disuadirlo había resultado vano. Finalmente llegué a
verlo, estaba trepado sobre las estructuras del puente; parecía
furioso.
Exclamé,
en voz alta, desde el interior del auto: "¡Padre, no
permitas que esta alma se pierda! ¡Sálvalo, por favor!"
El
hombre se calmó inmediatamente: volvió a la carretera y
se dejó ayudar por la policía a pasar de nuevo la red
de seguridad.
Cayó una especie de bomba (Perú)
El
estallido fue muy violento: una explosión de proporciones
increíbles nos despertó bruscamente aquella mañana
del 12 de marzo de 1977.
Mi
casa es pequeña y el dormitorio... no digamos. En nueve metros
cuadrados, divididos por un ropero y una librería, tienen
lugar el lecho matrimonial y, al otro lado, las camas de mis hijas
(Laura, de cuatro años; y Rosa Elena, de tres) y la cuna de
José Manuel, de un año y medio. El único espacio
libre es de medio metro cuadrado.
Algunos
segundos después del espantoso ruido comenzaron a caernos
encima cascotes, ladrillos y una gran cantidad de polvo. Entré
inmediatamente en la habitación de los niños mientras
Marta, mi esposa, corría al comedor. Saqué a Laura de
los escombros. En aquel momento una especie de bomba rompió el
techo. Pero yo estaba sereno y me movía con agilidad en aquel
espacio tan limitado: ya me había encomendado al Beato
Josemaría y sentía su presencia junto a mí.
Conseguí
pasarle a Marta nuestra hija Laura a través de un hueco de la
pared (la puerta y la ventana estaban obstruidas). Tomé
después a José Manuel y Rosa Elena: si bien estaban
cubiertos de escombros, estaban sin embargo ilesos. En la calle se
oían los gritos y el llanto de los vecinos.
Supe
que había explotado un gasómetro de hidrógeno de
25 metros de altura y con un diámetro de 2.5 metros; que
contenía 120 metros cúbicos de hidrógeno puro a
una presión de 150 libras, y se encontraba a trescientos
metros de mi casa. La pared de acero del gasómetro, rota en
mil pedazos, había sido proyectada en todas las direcciones;
afortunadamente no hubo que lamentar víctimas.
El
proyectil que me había tocado pesaba no menos de una tonelada
y había caído precisamente en el único espacio
libre de nuestro dormitorio, a menos de 10 centímetros de
donde me encontraba en el momento en que se había derrumbado
nuestro techo.
Sobre
un montón de libros en desorden vi, a las primeras luces del
alba, dos fotografías del Beato Josemaría y me pareció
que me sonreía de un modo especial.
Más
tarde, un dirigente de la fábrica que vino a evaluar la
entidad de los daños y que conoce la Obra, viendo aquellas
fotos me dijo: "No hay ninguna duda. Ustedes le deben la vida a
Mons. Escrivá, que ha hecho posible lo imposible".
Que el chico se libere solo e inmediatamente
(Italia)
Estaba
con algunos amigos charlando un poco después de comer, cuando
nos llegó una llamada telefónica inesperada que nos
dejó consternados: el hijo de un amigo común acababa de
ser secuestrado. Los secuestradores aspiraban a un alto rescate,
porque el padre del chico es industrial.
A
todos nos vino inmediatamente a la mente recurrir a la intercesión
de Mons. Escrivá; alguien dijo también en alta voz: "si
no interviene el Padre para liberarlo puede comenzar una tragedia".
Llamamos inmediatamente a la familia para animarles, advirtiéndoles
que todos nos habíamos puesto a rezar enseguida, y después
volvimos al trabajo.
Durante
aquella tarde cada uno de nosotros se dirigió al Padre a su
manera: alguno le pedía que hiciera intervenir a la policía
y obtener la liberación cuanto antes; otro, más audaz,
rogó que el joven fuera liberado antes del fin de la tarde;
otro concretó todavía más su oración:
quería que Mons. Escrivá ayudara al chico a liberarse
solo e inmediatamente...
Nos
vimos al final de la tarde y, mientras estábamos todavía
juntos, llegó otra llamada telefónica. Esta vez se
trataba de una buena noticia: ¡el hijo de nuestro amigo había
logrado, efectivamente, liberarse por sí mismo, desatándose
y huyendo del maletero del coche donde había sido encerrado y
transportado a ochocientos kilómetros del lugar del secuestro!
Al
día siguiente, todos los periódicos hablaban de este
secuestro y de la increíble aventura del joven: todos decían
que era inexplicable cómo había conseguido desatarse
solo, abrir el maletero desde dentro y escapar sin que los
secuestradores se dieran cuenta. Todos, excepto nosotros que habíamos
rezado tanto a Mons. Escrivá de Balaguer.
Incendio en un petrolero (España)
El
día 18 de enero de 1984 me encontraba trabajando a bordo de un
buque-tanque (...) destinado entonces en la factoría de
Algeciras. Durante toda la tarde habíamos estado repostando a
un super-petrolero (...) y aún quedaba bastante tiempo,
aproximadamente hasta la medianoche, para terminar. Por esa razón
la mayoría de la tripulación estaba viendo un encuentro
de fútbol por la televisión.
Aprovechando
que no había nadie en el camarote, me dispuse a hacer un rato
de lectura espiritual con "Camino". Al cabo de cinco o diez
minutos, alguien entró en el camarote muy asustado. Me dijo
que avisara a todos los que estuvieran en los camarotes y que
subiéramos al puente, pues se había declarado un
incendio y la situación parecía muy grave.
Al
subir, me di cuenta de que por la puerta del camarote del Capitán
salía mucho humo negro y espeso, que hacía imposible
que se viera nada y que nadie pudiera entrar sin riesgo de
asfixiarse.
La
confusión era total: todos iban de un lado a otro; en el barco
había mujeres y niños que habían estado pasando
con sus maridos y padres las fiestas de Navidad: eran los más
asustados y molestaban mucho. Como pudimos, los encerramos en el
comedor.
En
la confusión del primer momento, el libro "Camino"
se había caído al suelo, en el camarote, y la estampa
con la oración para la devoción privada al Siervo de
Dios Josemaría Escrivá de Balaguer se había
salido de entre sus páginas. La recogí y la guardé
en mi bolsillo.
Mientras
iba subiendo a cubierta, repetía mentalmente esta oración,
con mucha fe, para que nos salvara a todos, para que nos
tranquilizara y pudiéramos actuar en el menor tiempo posible:
el tiempo era un factor muy importante, pues el incendio estaba
localizado en el camarote del Capitán y justo debajo, sólo
separado por el suelo de madera, se encontraba el pañol, lleno
de pintura, líquidos inflamables y mucha estopa y, debajo del
pañol, dos tanques de gas-oil llenos, aunque los tanques
vacíos eran aún mucho más peligrosos, debido a
los gases muy explosivos.
El
otro barco había largado amarras y se retiraba a una distancia
prudencial, en vez de ayudarnos. Los dos extintores que había
a mano no habían hecho nada. El humo eran tan espeso que había
que trabajar a ciegas. Con un camarero subimos todos los extintores
que pudimos encontrar: siete en total. Al Contramaestre se le ocurrió
romper un portillo de la parte de proa y, protegiéndose con
una mascarilla anti-gas que alguien de la máquina le había
proporcionado, pudo localizar el fuego y, finalmente, apagarlo.
Al
día siguiente, cuando llegaron los inspectores de Cádiz
a comprobar los daños, todos coincidieron en que solamente un
milagro nos había salvado de una catástrofe, ya que el
suelo del camarote había estado a punto de ceder. Todo habría
sido cuestión de segundos.
El
incendio se había originado por un cortocircuito que prendió
la ropa de aguas del Capitán. Éstas, al caer al suelo,
habían prendido asimismo la moqueta y parte de las mamparas de
madera. El camarote estaba totalmente destruido. Se perdieron unas
cien mil pesetas en dinero en efectivo y toda la documentación
y credenciales del Capitán.
Todos
recordaban que, meses antes, otro barco había quedado muy
dañado por un incendio localizado en un lugar menos importante
(la sala de máquinas) y estaba vacío de combustible y
gases, porque estaba en reparación.
Se
comprobó también que los botes salvavidas no se
hubieran podido arriar porque estaban inutilizados los pescantes,
debido a una colisión contra el muelle de Vigo, al atracar. La
única salvación habría sido lanzarnos al agua
con los chalecos salvavidas, pero esto habría sido muy dudoso,
debido a las corrientes del Estrecho.
La
opinión de que fue un milagro cada vez tomó más
cuerpo entre todos nosotros, porque intentar la salvación
hubiera sido imposible: la explosión se hubiera producido
antes.
Entre las llamas (Colombia)
Mis
padres tienen una pequeña propiedad, con sembrados de caña
y café.
Debido
al fenómeno del "Niño", el verano se
intensificó en esta zona, causando escasez de agua e incendios
que se extendían por el viento causando grandes pérdidas.
El
trapiche donde se procesa la caña tiene un horno que requiere
la limpieza periódica. En una de estas ocasiones, un sobrino
no se dio cuenta que habían quedado encendidos algunos
carbones. Mi papá los vio y los apagó.
A
la media noche, sintieron los ruidos de un incendio. Salieron a mirar
y se dieron cuenta de que los sembrados estaban ardiendo. Las llamas
eran muy altas y con el viento crecían más. Corrían
peligro la casa y el trapiche. Vinieron vecinos para ayudar a
apagarlo, pero el agua no era suficiente y no lograron nada.
Empezaron
a rezar y cogieron estampas del Beato Josemaría y las regaron
alrededor de la casa. Enseguida se empezó a apagar el
incendio, que llegó hasta donde estaban las estampas. Una de
ellas se doró pero no se consumió y la tienen guardada
como testimonio del favor del Beato Josemaría.
Los
vecinos miraban las estampas y decían que era un milagro de
ese Padre, ya que en otras ocasiones ha pasado esto con graves
consecuencias.
Gracias
a este favor, todos estamos vivos y en este momento tenemos trabajo,
ya que no teníamos dinero para conseguir otro motor para el
trapiche y reparar los daños causados por el incendio.
Josemaría, tenéis que hacer algo
(Venezuela)
El
pasado mes de agosto viajé a Maracaibo, Estado Zulia. Llegué
al terminal como a las 6.30 a.m. y tomé un taxi para ir a un
Centro del Opus Dei. Al subir en el carro, me di cuenta que el
taxista tenía una estampa de nuestro Padre colocada sobre el
tablero, pero de forma que era visible para todos los pasajeros.
Luego de darle la dirección del sitio a donde me dirigía,
como muy buen conversador, comenzó a hablar de lo que estaba
haciendo, de los problemas que tenía con el carro, etc. Cuando
ya estábamos llegando, preguntó si el lugar a donde nos
dirigíamos tenía algo que ver con la estampa; le
contesté que sí y me dijo que le tenía mucha
devoción a Mons. Escrivá. Pasó enseguida a
contarme un favor que le hizo nuestro Padre.
Comenzó
diciendo que el lugar donde vive es una zona popular de la ciudad y
nunca pasan los camiones del aseo urbano. Un día, por la
noche, él y unos amigos estaban arreglando el carro y hubo un
cortocircuito en el motor que produjo un incendio. Intentaron
apagarlo, pero no dio resultado. Él, un poco resignado, se
metió dentro del vehículo para sacar las cosas de valor
y, fijándose en la estampa de nuestro Padre, le dijo en tono
de preocupación y con la manera de hablar propia de los
maracuchos: "Josemaría, tenéis que hacer algo,
porque vos sois de papel y te vais a quemar". En ese momento,
pasó un camión del aseo urbano; se bajó un señor
al que por primera vez veía, sacó un extintor y apagó
el fuego. Todos quedaron tan impresionados que reaccionaron tarde, y
cuando fueron a darle las gracias ya se había ido. Después
intentaron conseguirlo por algunos departamentos del aseo urbano y
nunca más lo volvieron a ver.
Una
vez llegamos al Centro, le invité a pasar y aproveché
para regalarle unas Hojas Informativas y estampas para sus amigos.
Realmente el taxista quedó muy emocionado al ver que estábamos
en un sitio que tiene que ver con nuestro Padre. Se propuso difundir
más la devoción al Beato Josemaría y pasar las
veces que hiciera falta para recoger material para repartir a sus
pasajeros.
Un camión sin control (Colombia)
Mi
esposo se encontraba lavando un camión de 9 toneladas, cargado
con manteca de cerdo, al lado de nuestra casa, ubicada en el barrio
Buenos Aires, al oriente de Medellín, en una pendiente
bastante empinada.
Cuando
mi esposo se disponía a llevar el camión hacia el
garaje, y después de haberlo encendido, el carro comenzó
a rodar sin control por la pendiente. Debido al peso (9 toneladas en
vacío y 16 de carga; en total, 25), era imposible detenerlo en
ese momento, por medios mecánicos o de otra índole. Mi
esposo trataba de controlarlo, utilizando la caja de cambios, pero
era inútil.
Al
observar todo esto, mi preocupación fue inmensa; pero, en vez
de salir a la calle, entré en mi habitación con mucha
prisa, en busca de la estampa del Padre y le dije: "Padre,
salvadlo, que es tu hijo; y vos mismo, hace poco, le diste ese
trabajo, después de oír nuestras súplicas de un
empleo para él". Yo le recé, como siempre lo hago,
con una fe y un fervor muy grandes.
Luego
de pasados treinta segundos, se aglomeraron todos los vecinos en la
puerta de mi casa para contarme, llenos de una emoción y un
pasmo inmensos, que a mi esposo no le había sucedido nada y
que tampoco había causado daño alguno a personas,
carros o casas. Repetían que no se explicaban cómo en
un determinado momento el camión frenó su rodada por la
pendiente, en forma instantánea. Me preguntaron por qué
yo no había salido para ver lo que le iba a suceder, al final
del percance; pero les respondí que primero fui a pedirle al
Padre, que fuera él quien en ese momento condujera el camión,
para que no sucediera nada.
Esa
noche tuve que repartir varias estampas del Padre, ya que mis vecinos
sostenían que eso fue un milagro, pues un carro tan pesado,
podía haber causado una catástrofe.
Después
de ocurrido todo, un mecánico revisó el carro y
comprobó que se le había reventado el cardán; al
estropearse esa pieza, dejan de funcionarle los frenos de aire y aun
el freno de motor, que poseen dichos vehículos.
cap. 7
DOS POR UNO
Como
se habrá podido comprobar, bastantes de los favores atribuidos
a la intercesión de San Josemaría tienen un efecto
"doble": quizá se le pide que solucione un problema
material y él obtiene además un favor de tipo
espiritual: una conversión, un acercamiento a Dios, un cambio
de comportamiento... dos favores por uno.
En
el fondo, Dios siempre concede lo que le pedimos si es para nuestro
bien espiritual. Jesús realizaba milagros para que la gente se
convirtiera, no simplemente para resolver un problema humano. Por
medio de esos signos, quiere que aumente nuestra fe, nuestro amor y
abandono en Él.
Ya
han salido en estas páginas favores de este tipo, pero en el
presente capítulo se han querido incluir algunos relatos que
demuestran más claramente este "doble efecto" de la
intercesión de San Josemaría.
Una fuerza interior (España)
A
finales de octubre de 1987, sin ninguna causa aparente que lo
justificara, enfermé con una depresión mental
importante, deseando incluso la muerte.
Al
mes y medio, en diciembre de 1987, vino mi tía y me dio una
estampa del Fundador del Opus Dei quien, según me dijo, le
había hecho otros favores, sugiriéndome que pidiera por
su intercesión mi curación.
Cuando
llevaba rezando 10 ó 15 días la oración para la
devoción privada del Siervo de Dios, acudí al médico,
que me indicó un tratamiento con el que fui mejorando hasta
hace un año. Ahora estoy completamente bien.
Durante
aquellos días, al rezar la oración para la devoción
privada del Siervo de Dios, empecé a notar una fuerza interior
que me llevaba a rezar. Yo, aunque tenía fe, llevaba mucho
tiempo —25 ó 30 años— sin practicar. A
partir de empezar a rezar aquella oración a Mons. Josemaría
Escrivá de Balaguer, experimenté deseos de ir a la
iglesia, donde me sentía fuerte, segura y animada. Mis hijos y
mi marido empezaron a acompañarme, y así comenzamos
todos a ir juntos a Misa. Me confesé en la Catedral y,
después, he seguido haciéndolo en la Parroquia.
Desde
entonces —hace más de un año— seguimos
asistiendo a Misa todos los domingos. Mis hijos mayores, después
de prepararse en la Parroquia, recibieron la primera Comunión
el pasado junio. Ahora comulgan todos los domingos y continúan
asistiendo a la catequesis.
Yo
quiero manifestar mi agradecimiento por recuperar la salud pero,
sobre todo, por la fe que he recobrado por intercesión del
Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer, a quien
sigo pidiéndole cosas y cuya devoción procuro difundir.
Nunca había podido ejercer como ingeniero
(Argentina)
Mi
esposo se recibió de ingeniero civil en la Universidad de
Buenos Aires con un promedio de ocho, lo cual es muy importante,
dadas las características de la carrera y de la facultad donde
cursó sus estudios.
Además
de contar con una gran capacidad intelectual, es una persona que ama
mucho a Dios y tiene una gran sensibilidad humana y capacidad de
diálogo con la gente, de lo cual estoy muy orgullosa. A pesar
de tener condiciones para el ejercicio profesional, nunca nadie le
dio una oportunidad laboral y eso que se cansó de enviar
"curricula vitae" y de entrevistarse con gente, por lo que
tuvo que trabajar en tareas que distaban mucho de su carrera de
Ingeniería.
El
hecho de que siempre se haya destacado en sus diversos trabajos,
tanto por sus capacidades intelectuales como por las espirituales y
humanas, mereció las alabanzas de sus superiores y compañeros;
sin embargo, este reconocimiento hacia su persona le hacía
sentir cada vez más su fracaso profesional, porque todas las
personas, al verlo, le repetían: "no deberías
estar en este puesto de trabajo, con tu capacidad deberías
estar en una empresa, desempeñando tareas para las cuales
estás capacitado, es un desperdicio que estés aquí".
Esta
angustia la llevó siempre en su corazón, hasta que hizo
crisis cuando quedó sin trabajo y lo único que podía
ofrecer era su título universitario, aunque sin una
experiencia profesional, porque nunca había podido ejercer
como ingeniero. Ya se le habían agotado los caminos y las
personas a quienes les podía pedir un empleo, no sólo
de ingeniero sino de lo que fuere; entonces cayó en una
depresión profunda y me dio mucho miedo cuando veía que
no quería levantarse de la cama, ni tampoco recurrir a un
médico: no sabía cómo lo podía ayudar.
Hasta
que, a través de un amigo, llegó a él la estampa
con la oración del Beato Josemaría. A partir de
entonces empezamos a rezarle con mucha fe, para que por su
intercesión pudiera conseguir trabajo. Nos causó mucha
impresión el milagro de la curación repentina de Sor
Concepción Boullón Rubio, que viene publicado en la
Hoja informativa nº 9 del año 1991.
El
milagro que nos hizo es que hoy mi marido está trabajando en
una empresa, en un puesto importante con posibilidades de progreso y
desempeñando tareas para las cuales está capacitado.
No
sólo eso, sino que también participamos de la Misa del
domingo y comulgamos; habiendo descubierto la importancia del
Sacramento de la Eucaristía y la presencia de Jesús en
nuestras vidas. Tenemos un bebé de un año y medio y
nuestro deseo es poder tener más hijos, porque somos un
matrimonio cristiano.
Si
bien, antes, también participábamos de la Misa, ahora
lo hacemos de una manera distinta, compartiendo a Jesús y
sabiendo cuán grande es su amor misericordioso. Yo también
soy profesional y con la ayuda del Beato deseamos con mi esposo
alcanzar la santificación en el trabajo profesional y servir a
Dios con alegría.
Un constante clima de tensión (México)
Los
treinta años de vida conyugal de mis padres se han
caracterizado por graves y continuos conflictos, motivados sobre todo
por la intransigencia y por los celos de mi padre; más de una
vez estuvieron a punto de pedir la separación legal.
Naturalmente, este clima de tensión constante, acentuado en
ocasiones —más frecuente cuando mi padre levantaba la
mano— ha dejado una dolorosa huella en nosotros, los hijos,
sobre todo en mis hermanas.
La
situación se agravó cuando, hace unos diez años,
los negocios de mi padre quebraron y las restricciones económicas
hicieron aún más críticas las relaciones
familiares: mis hermanas terminaron enfermas.
Intenté
hablar con mi padre, hacerle más comprensivo y afectuoso, pero
no estaba dispuesto a dejarse convencer; es más, mis palabras
provocaban el efecto contrario: se volvía más duro y
grosero.
Después
del tránsito al Cielo de Mons. Escrivá comencé a
encomendarle mi familia, apoyado por mi director espiritual y por
algunas de mis hermanas. Recitábamos a menudo la oración
para la devoción privada, esperando con fe una solución.
Poco
tiempo después, papá encontró un empleo, por el
que debía hacer largos y frecuentes viajes. Fue para nosotros
otro motivo de preocupación. Dado que continuaba bebiendo,
tuvo muchos accidentes automovilísticos, con fracturas en
brazos y piernas, conmociones cerebrales, pérdidas de sentido,
etc.
En
septiembre de 1977, en uno de estos viajes, nos dejó sin
noticias suyas durante diecinueve días. Al final, lo
encontramos en un pequeño hotel, en una ciudad que dista mil
kilómetros de la nuestra.
El
dueño del hotel nos informó de que llevaba dos semanas
allí, en estado de embriaguez y de gran debilidad, por no
haber probado alimento; añadió además que la
policía le había embargado el coche, con el que había
tenido el enésimo accidente, y que al final le habían
robado el dinero que había ido a cobrar a nombre de la empresa
donde trabajaba.
Rápidamente,
mi madre y yo redoblamos las oraciones al Padre y fui a llevármelo.
Se encontraba en un estado lamentable; pasó aún una
noche en el hotel, víctima de una borrachera. Al día
siguiente lo llevé a casa. Durante todo el viaje rezaba a
Mons. Escrivá para que arreglase todo lo mejor que pudiera.
Efectivamente,
desde entonces mi padre ha cambiado de un modo sorprendente. Pidió
perdón por aquel incidente y por todo lo que había
hecho en el pasado. No ha vuelto a beber más, se esfuerza por
ser afectuoso con mi madre y con nosotros, trabaja con mayor
responsabilidad. Mis tías y mi abuela paterna, que durante
tantos años había intentado convencer a mi padre para
que cambiara, están ahora asombradas.
Papá
ha comenzado también a rezar a Mons. Escrivá, me ha
pedido un rosario, se ha confesado por segunda vez en treinta y nueve
años, y ha asistido a un triduo de preparación a la
Navidad.
Se
nota que se esfuerza por comportarse bien, aunque le cuesta
muchísimo. En mi familia estamos todos convencidos de haber
recibido un milagro de Mons. Escrivá y por eso estamos
infinitamente agradecidos a Dios.
El peor momento de mi vida (Estados Unidos)
Asistí
a un curso de retiro en Arnold Hall durante la semana del 17 de mayo
(aniversario de la beatificación del Fundador). En esa época
me sentía angustiada porque tenía dificultades en el
trabajo. La relación con mi jefe fue empeorando hasta tal
punto que pasé por el peor momento de mi vida, enfrentándome
con una situación que probaba mi fe en Dios.
Me
despidieron del trabajo y mi jefe me pidió que tomara un
examen en enfermería para evaluar mi capacidad como enfermera
certificada. Yo recé la estampa todos los días,
pidiendo que se hiciera la voluntad de Dios. También iba a
Misa casi todos los días y diariamente rezaba el Santo
Rosario.
A
pesar de todo esto, los resultados del examen no fueron favorables.
Mi jefe no estaba contento con este resultado y me dio la opción
de tomar un puesto con menos responsabilidades y de menor posición.
Había también una amenaza de reportarme a la Junta de
Evaluación, lo cual tendría consecuencias severas.
Durante
las últimas dos semanas sufrí una angustia mental sobre
las posibles dificultades que esto implicaría, incluyendo los
procedimientos legales que tendría que enfrentar con este
Comité.
Pero
a través de todo esto, me di cuenta de una cosa que no hubiera
pasado si los sucesos no hubieran ocurrido de esa manera. Yo persistí
rezando todos los días, recé la estampa una vez al día,
y a veces dos. Mi relación con Dios mejoró notablemente
y mi fe se fortaleció. También sabía que como
Cooperadora del Opus Dei yo estaba incluida en la oración
diaria de la gente de la Obra.
Para
no alargarme más, termino diciendo que ayer me reuní
con mi jefe y después de consultar con un abogado de
enfermeras y con los representantes sindicales, obtuvimos a través
de ellos un buen arreglo que fue aceptado por el Director de
Enfermeras. Mis oraciones fueron respondidas. No ocurrió nada
terrible gracias a la intercesión del Beato Josemaría
Escrivá.
Ya
estoy más tranquila y feliz. He sacado experiencia de esta
situación para evitarla en el futuro. Ahora mi relación
con Dios es la mejor que he tenido en toda mi vida. Tengo fe en que
el Beato Josemaría Escrivá será canonizado, mi
historia es sólo uno de entre muchos acontecimientos de la
vida diaria.
Descubrí que tenía que rezar
(Bélgica)
Hace
ahora unos diez años entré en la Peterskirche de Viena.
Ahí encontré una Hoja informativa sobre Mons. Escrivá,
el Fundador del Opus Dei, con una estampa. Para ser sincero, la
primera lectura no me hizo mucha mella. Guardé la Hoja y la
estampa en mi biblioteca y las perdí de vista.
Algunos
años más tarde, estaba yo muy tenso a causa de unos
exámenes que una hija mía debía realizar. La
situación no era fácil. A pesar de mi convicción
de que había trabajado con fuerza y preparado bien las
pruebas, nos preocupaba el resultado.
En
esos días precisamente, volví a encontrar de nuevo otra
Hoja informativa en una antigua iglesia de Bruselas. Recé
varias veces la oración para la devoción privada. En
esos momentos de preocupación, mi orgullo intelectual se
derretía como nieve al sol. Rogué humildemente por el
éxito de sus exámenes. Y en efecto, los sacó
adelante. Tanto ella como nosotros, sus padres, estábamos
felices. Recé dando gracias, deposité algunas monedas
en el cepillo, y luego fui olvidando poco a poco el favor recibido.
La vida es tan densa y complicada, y hay tantas cosas que hacer...
Por
entonces tenía otros problemas. Quería vender mi casa.
Confié —imprudentemente— el asunto a un agente
inmobiliario sin saber si era honrado. Pronto vino la angustia, que
afectó también a mi estado de salud. Estaba sin saber
qué hacer, preocupado por nuestro futuro.
De
nuevo entré en una iglesia de Bruselas. Ahí encontré
el número 7 de la Hoja sobre el Siervo de Dios. Tuve el
presentimiento de que en ese instante mismo él me ofrecía
su intercesión. Me puse una vez más a rezar con esa
oración privada, que nos hace conscientes, a pesar de los
pesares, de nuestra pertenencia a la Iglesia. Empecé a leerla
y a reflexionar sobre mi vida y sobre mi trabajo. Me iba dando
cuenta, como nunca, de cuántas faltas cometo como hombre y
como cristiano. El estado de ansiedad no desapareció
totalmente, pero recuperé un poco de esperanza.
Me
fui a recibir —después de muchos años sin
hacerlo— el Sacramento de la Confesión. Descubrí
que tenía que rezar como me pedía Josemaría
Escrivá no sólo para obtener favores para mí,
sino también para que los demás consigan la gracia,
incluido el agente inmobiliario y el que comprara la casa... Mi
oración fue escuchada. Mi problema de salud resultó
menos serio de lo que parecía, la venta de mi propiedad se
hizo correctamente. Estoy muy agradecido. No quiero ya olvidar este
nuevo favor. Quiero pues contribuir espiritual y materialmente a dar
a conocer al Siervo de Dios.
Cuando todavía no era cristiana (Japón)
Mi
primer encuentro con la estampa del Beato Josemaría fue hace
16 años. En aquel entonces no era todavía cristiana y
no tenía ningún conocimiento del cristianismo. Un día
en la parroquia me presentaron a una persona del Opus Dei, que me dio
una estampa del Beato Josemaría. Desde ese momento, mi vida ha
cambiado radicalmente.
Poco
a poco comencé a estudiar el catecismo, aprendí a rezar
y a pedirle cosas al Beato Josemaría. En ese período me
robaron la bicicleta. Me di cuenta de que mi reacción frente a
este suceso era diferente de la de siempre. No pensé mal de la
persona que se la había llevado. Pedí a Dios un favor a
través de la intercesión del Beato Josemaría:
"Regalo mi bicicleta, a cambio del hecho de que no vuelva a
apropiarse de objetos ajenos sin permiso".
Pasado
un mes, encontré la bicicleta delante de mi casa. El asiento
estaba un poco alzado, con el seguro insertado, y no había
daños. Comprendí que me la restituían.
Recibiendo este primer favor del Beato Josemaría de modo
palpable, sentí que mi corazón se expandía de
comprensión y de afecto hacia todas las personas. Era una
sensación inusual. Desde entonces recurro a la intercesión
del Beato para cualquier necesidad.
Un
año después, cuando estudiaba el catecismo, mi madre
tuvo que ser ingresada de improviso. Le diagnosticaron un cáncer.
Este hecho me impresionó mucho. Comencé a rezar con
mucha intensidad. Pedí a Dios, mediante el Beato Josemaría,
que no se llevase a mi madre. Si se la quería llevar con Él,
que por lo menos recibiera antes el Bautismo. Le di una estampa a mi
madre, que la tenía y conservaba con mucho afecto, y empecé
a enseñarle el catecismo. Mi madre comenzó a
encontrarse con Dios.
Tras
haber sido ingresada varias veces, murió el año pasado.
Recibió gracias a Dios el Bautismo. Mi madre, en el momento de
dejar este mundo, se fue mirando la imagen de la Virgen María
que tenía delante.
También
yo recibí la gracia del Bautismo y estoy caminando como hija
de Dios. Estoy muy agradecida al Beato Josemaría. Mi vida
cambió por un encuentro con su estampa.
Quiere cambiar de vida (Venezuela)
Hace
aproximadamente seis meses me ocupé de la defensa de una
muchacha joven, acusada de "tenencia de estupefacientes"
(uso y consumo de drogas). A medida que iba conociendo el expediente,
me extrañaba cada vez más su situación. No
coincidía en nada lo que estaba escrito con lo que ella me
decía. Antes de terminar la entrevista, le di la estampa de
Mons. Escrivá y le dije que la rezara con mucha fe, que él
se encargaría de aclarar la situación.
Dos
meses después, antes de comenzar el acto de cargos, me dijo:
"Doctora, sabe que después de leer varias veces la
oración del sacerdote que usted me dio, sentí unas
ganas muy grandes de acercarme a Dios. Le pedí a una de las
religiosas del penal que me ayudara a prepararme para poder hacer la
Primera Comunión; a los quince días he comulgado.
Quiero cambiar de vida, deseo dedicarme a un trabajo y a sostener a
mi familia".
Hace
dos meses salió del penal porque la sentencia fue absolutoria
por falta de pruebas en su contra.
No tenía la fe suficiente para rezar
(Costa de Marfil)
Desde
hace diez años, mi hermano mayor no se acercaba a los
Sacramentos. Intenté a menudo ayudarle a cambiar sus
disposiciones en lo que se refiere a su vida espiritual, pero siempre
nuestras conversaciones acababan en disputas...
Después
de haber terminado un máster en ciencias económicas,
decidió —mientras esperaba encontrar un trabajo—
inscribirse en la Facultad de Derecho. Sin embargo, la administración
de la Universidad le rechazó categóricamente por exceso
de alumnos. Hizo algunas gestiones sin éxito.
Desanimado,
vino a pedirme ayuda. Juntos, recomenzamos las gestiones. La
respuesta completamente negativa de uno de mis compañeros, a
quien encontramos en la oficina de inscripción, bastó
para desmoralizarle. Según él, no había nada que
hacer.
Entonces,
le dejé una estampa del Beato Josemaría, pidiéndole
que recitara diariamente la oración. La tomó y,
sonriendo, me confió que había olvidado el Padrenuestro
y el Avemaría y que además no tenía la fe
suficiente para rezar. Tuve que explicarle que el Beato Josemaría
sabía todo eso y que se podía contentar simplemente con
recitar "con su fe insuficiente" la oración de la
estampa.
A
la mañana siguiente, después de haber recitado una
novena al Beato Josemaría, seguí yo sola las gestiones.
A mi llegada a la Universidad, encontré a una amiga que,
después de haberme escuchado, acudió a un miembro del
personal administrativo, que hizo rápidamente la inscripción.
Al
final de la jornada, recibí una llamada de mi hermano, que me
dijo que había rezado de rodillas al Beato Josemaría y
que estaba seguro de que todo iría bien. ¡Qué
alegría la suya cuando le comuniqué las novedades!
Al
día siguiente, cuando le encontré, me comentó:
"este sacerdote Josemaría es muy fuerte; desde ahora no
haré nada sin haberle rezado. ¿Puedes darme más
noticias sobre él? Y además, querida hermana, bien
sabes que yo solo no llegaré nunca a ser constante en la
oración. Es preciso que alguien me siga: me gustaría
encontrarme con aquel sacerdote del que me has hablado hace algunos
meses, para que me ayude en esta tarea de reconversión".
¡Dios
mío!, ¡no podía creerlo! Aproveché la
ocasión para animarle a estudiar el catecismo. Hoy, cuando
escribo este favor del Beato Josemaría, mi hermano tiene una
cita con un sacerdote.
Al borde de la desesperación (Canadá)
Desde
hace un año, he estado en tratamiento para recuperación
del alcoholismo. Estaba al borde de la desesperación, cuando
un sábado por la tarde fui a mi Parroquia y allí tomé
una Hoja Informativa y una estampa con una pequeña oración
a Josemaría; así comencé, a través de
esta oración, a recibir muchos favores. Él me ayudó
a dejar de beber. Me ayudó a unirme a mi familia. En octubre
tuve una hemiplegia y con la ayuda de Josemaría me estoy
recobrando.
Mi
hijo estaba buscando trabajo y no encontraba un puesto donde
trabajar: invoqué a Josemaría de nuevo y mi hijo
consiguió trabajo.
Soy
una persona de 59 años, ahora jubilado, muy feliz en mi vida
desde que tengo a Josemaría, al que le encomiendo mis
necesidades. Estos son unos pocos favores, pero he recibido
muchísimos más.
Josemaría, necesito un sacerdote (Kenia)
Mi
madre está enferma desde hace tres años y, aunque la
han visto varios médicos, últimamente estaba
empeorando.
Recientemente
fue a otra ciudad a que le hiciesen una radiografía y
descubrieron que tenía cáncer y que debían
operarla inmediatamente. Como fue tan repentino, quiso prepararse
bien espiritualmente. Se dijo a sí misma: "necesito un
sacerdote". Pero al mismo tiempo no conocía a ningún
sacerdote allí ni a nadie que pudiera conseguirle uno, pues
era forastera en la ciudad.
Mientras
esperaba al médico, sintió un poco de frío y
decidió salir fuera a tomar un poco de sol. Se sentó en
un banco y de repente alguien vino y se sentó a su lado. Miró
el periódico que estaba leyendo y descubrió que también
tenía una Hoja Informativa del Beato Josemaría. Le
pidió que se la dejase, la abrió y encontró una
estampa. Miró al Beato Josemaría y le dijo: "Josemaría,
necesito un sacerdote".
Devolvió
la Hoja Informativa a su dueño y le preguntó si era de
ese lugar, pero él contestó que estaba de paso. Comenzó
a refrescar, con lo que mi madre decidió entrar al hospital.
A
los pocos minutos se le acercó un sacerdote y le preguntó
si necesitaba algo. Se confesó, recibió la Comunión
y la Unción de los enfermos. Se quedó muy contenta,
serena y dispuesta a todo.
Cuando
la operaron, descubrieron que no tenía suficiente sangre y no
tenían de su grupo sanguíneo en ese hospital, con lo
que tuvieron que traer sangre de otro hospital, pero la operación
salió bien.
Durante
su enfermedad la encomendamos a la intercesión del Beato
Josemaría. Está recuperándose bien, ante el
asombro de los médicos y enfermeras que habían pensado
que no era necesario operarla pues el cáncer estaba muy
avanzado.
Siete meses horribles (España)
Mi
novio Diego sufrió un grave accidente de tráfico el 9
de junio de 1996, por el que quedó en estado de coma con
lesiones cerebrales muy graves. Al principio, los médicos
dudaban si viviría, y de vivir, no se planteaban que saliese
del coma. Nunca imaginé que nada tan horrible nos podría
pasar, pero pasó. Nos dieron una estampa de Mons. Escrivá
para que rezásemos la oración por Diego. Yo tenía
mucho miedo, pero sabía que Dios me quiere mucho y que Diego
se iba a poner bien.
Tras
siete horribles meses, los peores de mi vida, Diego se despertó
del coma ante la sorpresa de los médicos, que no lo esperaban.
Nos dijeron que no se acordaría de nadie, que no sabría
leer, ni escribir, ni hablar... pero se despertó conociendo a
todo el mundo, sabiendo leer, hablar y con una memoria estupenda,
olvidando el día del accidente y algunas cositas sin
importancia.
Han
pasado ya nueve meses y está muy bien; lo que necesita ahora
es una rehabilitación para poder estar como antes. Yo tengo fe
y sé que se va a quedar igual que antes, aún queda
camino, pero Mons. Escrivá lo va a hacer más fácil.
Todos los días rezaba la oración a Mons. Escrivá,
pidiéndole que Diego se despertara del coma y lo ha hecho.
Ahora le pido que Diego se recupere del todo.
También
Mons. Escrivá me ha acercado mucho a la Iglesia, y a Diego
también, porque al poco de despertarse le pregunté si
sabía quién le había curado y dijo que Dios y
las estampas que tenía en la cabecera de su cama.
Quiero
que todo el mundo sepa que Josemaría Escrivá es un
amigo maravilloso y que por medio de su intercesión se
alcanzan las gracias de Dios.
Esta
experiencia me ha ayudado a acercarme a Dios y a desear con todas mis
fuerzas hacerme miembro del Opus Dei. Me gustaría que me
informasen cómo hacerlo. (...)
Compré
el libro "Camino" y me sorprendió. Ahora rezo el
rosario, que es un arma poderosa, como dice Escrivá y me ayuda
mucho, voy a Misa y veo la vida de otra manera. Mis sueños
ahora no son los de antes, ahora quiero que Diego se ponga bien y
poder casarnos, quiero ser miembro del Opus Dei, para ayudar a la
Iglesia y servir a Dios, que tanto me ha ayudado y tanto me quiere.
Un diagnóstico preocupante (Portugal)
Mi
mujer fue operada hace un año de un tumor maligno en la
tiroides, y de inmediato debió someterse a un tratamiento
periódico de yodo radiactivo.
Hace
un mes, durante un control médico, el cirujano (un médico
de gran prestigio profesional) parecía muy preocupado. Anotó
en la ficha clínica la presencia de un "cordón
ganglionar" pero, dada la gravedad del diagnóstico, quiso
que la viese también su ayudante.
En
efecto, cuando éste visitó a mi mujer, noté en
su rostro una repentina y creciente aprensión. Nos explicó
claramente el contenido del diagnóstico hecho por el cirujano
y la urgente necesidad de una operación.
Traté
de ocultar a mi mujer mi estado de ánimo: estaba
desmoralizado. No podía concebir mi vida y la de mis cuatro
hijos, tan pequeños, sin ella. Pedí ayuda a la Virgen.
En las oraciones que rezo habitualmente en el coche con mis hijos,
cuando los llevo a la escuela, comenzamos a pedir por la salud de
mamá.
Me
acordé de la Hoja Informativa de Mons. Escrivá de
Balaguer que tenía en el cajón del escritorio. Recorté
la oración que se encontraba en la última página
y, aunque nunca la había rezado antes, supliqué muchas
veces al día a Mons. Escrivá, con gran devoción,
para que en la próxima visita médica, los ganglios
hubieran desaparecido.
Una
semana después, antes de fijar el día de la operación,
el cirujano quiso volver a ver a mi mujer. Mientras la visitaba no
pudo esconder su sorpresa: "¡Cambio mi diagnóstico
en un 99%! ¡No sabe lo aliviado que estoy! La semana pasada
tenía indudablemente unos ganglios grandísimos, y ahora
han desaparecido".
Salí
del consultorio profundamente emocionado y fui de inmediato a llevar
la buena noticia a mi hermana. Fue entonces cuando supe que todos en
mi familia (mis padres, hermanos y sobrinos) estaban rezando al
Fundador del Opus Dei por la curación de mi mujer. Aunque el
cordón ganglionar hubiese sido provocado por otra causa, sin
embargo es cierto que, exactamente como había pedido y sin
recurrir a ningún tratamiento, desapareció por completo
una semana después.
La
salud de mi mujer está mucho mejor, nuestra vida de oración
ha crecido en devoción e intensidad, y toda nuestra vida en
familia ha resultado favorecida. No sé cómo expresar
nuestra alegría por haber constatado de modo tan patente la
presencia de Dios a nuestro lado.
He
dejado pasar algunos días antes de redactar este relato para
hacerlo con más calma y después de una ulterior visita
médica que ha confirmado el último diagnóstico.
Atribuyo este favor a Mons. Escrivá de Balaguer, a quien
recurro constantemente, con la certeza de tener un gran Amigo en el
Cielo, siempre dispuesto a ayudarme.
Afectó a toda la familia (Uruguay)
El
año pasado, mi madre sufrió súbitamente un
derrame cerebral muy importante. Quedó paralizada, sin habla,
perdió el conocimiento, etc. No habiendo podido ser reanimada
por la Unidad Coronaria, luego de una hora de trabajos médicos
fue internada en el Sanatorio del Círculo Católico.
La
placa acusó un importantísimo derrame en medio del
cráneo, que era imposible operar y que tampoco se podía
tratar con medicación. La única solución era
esperar, aunque conscientes de que las posibilidades de superarlo
eran prácticamente inexistentes. Su edad (74 años), su
estado físico decaído, su presión muy alta y
continuamente medicada, hacían más difícil su
recuperación.
Fue
internada inmediatamente en el CTI, donde permaneció cerca de
un mes; con oxígeno permanente y sondada. (...).
Veía
yo que culminaba su vida en esta tierra, habiéndose dedicado
enteramente a su familia, en la que tuvo 8 hijos. Una mujer
sacrificada, abnegada y cristiana; qué más podíamos
pedir. Por ello, mis rezos eran para pedir lo que Dios quisiera, y
sobre todo, que nos preparara a sus hijos y esposo, a saber aceptar
el dolor y luego la muerte; y también por ella, para que no
sufriera y, si estaba consciente, que ofreciera todos sus
sufrimientos.
Siempre
acudí al Beato Josemaría, y también a don Álvaro
del Portillo para que supiera aprovechar todos esos momentos, en un
apostolado eficaz.
Los
frutos no se hicieron esperar. El primer fin de semana fuimos a la
Gruta de Lourdes, todos mis hermanos, con los respectivos hijos y mi
padre, a quien nunca había visto rezar. Milagrosamente, y bajo
una leve lluvia, rezamos un Rosario, con los puntos de meditación
del Beato Josemaría. Al día de hoy me emociona ver la
fe de todos los que allí estábamos rezando. Incluso
varias personas se plegaron a nuestro Rosario y un sacerdote que
cuidaba el lugar no podía salir de su asombro.
Todos
los días, mientras venían los amigos a acompañarnos
al Sanatorio, surgían conversaciones que avivaban nuestra fe.
Recuerdo, por ejemplo, de una tía, con quien prácticamente
nunca hablábamos de estos temas porque era marxista, que
admitió creer ahora en Dios. Una hermana que estaba
distanciada, se acercó a la familia. Otra hermana ha tenido
notables avances en su vida de piedad, y asiste a medios de formación
espiritual con más intensidad.
La
estampa del Beato Josemaría era dejada por mí, ex
profeso, en lugares estratégicos, para que sobre todo mi
padre, y mi madre, a medida que se recuperaba, pudieran rezarle. Mi
madre recibió la Comunión estando incluso en el CTI, y
siempre acudía el P. Libio (Capuchino), a confesarla y, cuando
estaba semi inconsciente, a asistirla.
Además
de todos los "progresos espirituales", para mí
altamente satisfactorios, la recuperación de mi madre es
realmente milagrosa. Luego de varios meses de alimentarse por sonda,
fue tolerando alimentos sólidos, y hoy come "de todo".
La traqueotomía está completamente cerrada. Habla y
piensa correctamente, etc. El único problema que aún
padece es el movimiento de sus extremidades inferiores. Pero con
fisioterapeuta y la continua ayuda del Beato Josemaría, yo
creo firmemente que se recuperará por completo.
cap. 8
EN MANOS DE LADRONES Y OTROS DELINCUENTES
Trata
este capítulo de otro tipo de peligros en los que se suele
acudir a San Josemaría: los atracos, violencias, amenazas y
situaciones de inseguridad, que, por desgracia, son bastante
frecuentes en algunos lugares. Varios de ellos hablan de delincuentes
que se arrepienten de su mala acción cuando ven algo que les
recuerda a Dios. Como, por ejemplo, una estampa de San Josemaría.
NUNCA ES TARDE PARA ARREPENTIRSE
Ha sido ese cura de la foto (España)
El
domingo 21 de abril de 1985, cuando salía a la calle, mientras
bajaba las escaleras, tuve el presentimiento de que era mejor que
guardara en el bolsillo de la falda el anillo que habitualmente
llevo, ya que han proliferado mucho los robos de joyas en esta zona.
Al
cruzar una avenida, me fijé en una persona que resultó
algo sospechosa. Me encomendé a mi Ángel Custodio y
seguí para adelante. De pronto, me di cuenta de que me seguía,
hasta que se puso a mi altura. Cogiéndome por un brazo, me
pidió todo lo que llevaba y me dijo que no me pasaría
nada si se lo daba.
La
primera exclamación fue decir "¡Padre!",
invocando al Siervo de Dios Josemaría Escrivá de
Balaguer. "¿Qué dices?", preguntó el
chico. Le di los pendientes, la pulsera, un anillo... todo. Él,
queriendo buscar más cosas, investigó en un bolsillo de
mi falda y, contrariado por no encontrar nada, buscó en el
otro y localizó el anillo que yo había guardado.
"¡Ahora los billetes", añadió.
Como
llevaba las manos ocupadas con un ejemplar del "Via Crucis"
de Monseñor Escrivá de Balaguer, le dije que lo cogiese
mientras yo abría el bolso para enseñarle que no
llevaba ni una peseta: sólo escritos de Monseñor
Escrivá y el rosario.
Mientras
yo rebuscaba, él se quedó mirando fijamente una estampa
del Fundador del Opus Dei, que sobresalía por el "Via
Crucis". Acabado su cometido, salió corriendo después
de darme un empujón y tirarme al suelo.
Pensé
que lo mejor sería rezar a Monseñor Escrivá y
ponerme en camino, abandonándolo todo en sus manos. Así
lo hice, mientras rezaba la oración para la devoción
privada. Especialmente le pedía recuperar el anillo.
Crucé
la siguiente calle, cuando de repente noté que alguien venía
jadeante detrás de mí. Comprobé con pavor que se
trataba de mi asaltante. "¡Toma!", me dijo. Extendí
la mano y me dio todo lo que antes me habla sustraído. "Ha
sido ese cura de la foto", exclamó. Antes de que se
fuera, pude darle la estampa del Siervo de Dios.
No permitas que me hagan daño (Honduras)
Yo
caminaba por la Séptima calle de (...), cuando de repente me
salieron tres delincuentes. Me asaltaron llevándome todo lo
que "andaba" en los bolsillos del pantalón y de la
camisa. En el bolsillo de la camisa "andaba" una carterita
con mis documentos personales, una hojita con la foto y la oración
del Beato Josemaría y dinero.
Cuando
yo estaba despojado de todo invoqué al Beato Josemaría
diciendo: "Tú también te fuiste en la cartera, no
permitas que me hagan daño, ni me roben nada". Entonces,
uno de los ladrones me siguió y me dijo: "Toma, te
devuelvo los papeles". Yo no me detuve, por miedo a que me fuera
a hacer algo malo.
Cuando
ellos se fueron, yo regresé hasta donde el ladrón me
siguió, y mi sorpresa fue que allí me dejó la
cartera con todos los documentos y todo el dinero, sin tocar nada, y
la hojita con la oración del Beato Josemaría Escrivá.
Un eficaz antirrobo (España)
Hasta
hace medio año, he sufrido una media de dos atracos por mes en
la floristería de la que soy propietaria: amenazándome
con una pistola en el pecho o con una navaja en el costado, se
llevaban la recaudación del día. Llegó a ser
tanta la tensión, que me afectó psíquicamente y
tuve que estar en tratamiento durante tres meses.
Un
día que estaba muy preocupada, le conté a una de mis
clientes habituales mi situación y me dijo: "Mira, te voy
a traer una estampa de Mons. Escrivá de Balaguer y verás
cómo no te van a robar más". Poco después
me trajo una Hoja Informativa y la estampa. Metí la estampa en
la caja del dinero y todos los días, al llegar por la mañana,
le digo: "Mira Josemaría, ya sabes que estoy sola: que no
me atraquen, que pierdo los nervios". Luego rezo un
Padrenuestro.
Desde
ese día no he sufrido ningún atraco. Sólo una
vez lo intentó un chico joven que acababa de salir de la
cárcel pero, con gran facilidad y un aplomo poco normal en mí,
le convencí de que no estaba bien lo que pretendía. Me
contó lo dramático de su situación y acabé
dándole una limosna que aceptó después de
dudarlo y se marchó.
Estoy
agradecidísima a Mons. Josemaría Escrivá de
Balaguer por la ayuda que me presta. Todo el mundo lo sabe, pues,
como tenía tantos atracos, se interesan por mí cuando
vienen a comprarme flores. A todos se lo cuento, sacando la estampa
de la caja para enseñársela.
EN PELIGRO DE PERDER LA VIDA
El jefe ordenó que me fueran a matar
(Guatemala)
Quiero
dejar constancia de un favor, obtenido por la intercesión del
Beato Josemaría Escrivá de Balaguer.
Un
día nos despertaron violentamente a la una de la mañana,
cuando estábamos en nuestra granja de pollos. Llegó un
grupo de hombres bien armados, haciendo disparos. Desde ese momento,
nos encomendamos al Beato Josemaría.
Los
asaltantes se identificaron como guerrilleros, me sacaron de la casa
manos arriba y el jefe ordenó que me fueran a matar. Mientras
caminaba al paredón donde me fusilarían, rezaba con más
insistencia a nuestro Beato.
Les
di las gracias, pues me mandarían cuanto antes al Cielo. Lo
único que me preocupaba eran mis once hijos, que quedarían
sin respaldo.
Mientras
tanto, mi esposa rezaba una y otra vez la oración de la
estampa. De repente, dijo el jefe de ellos: "vos, regresálo
y ya no lo matés".
Se
pusieron muy nerviosos, me amarraron junto a mi esposa y se llevaron
todo lo que pudieron de pollos. Uno de ellos nos dijo: "se ve
que ustedes son muy piadosos". Al final, se fueron.
Unos peligrosos bandidos (Honduras)
Era
el tres de octubre de 1996, yo como de costumbre no más
levantarme, me encomendé al Beato Josemaría y me dirigí
a realizar mis diligencias con vistas a ir a pagar a mi propiedad
(...).
Se
me había olvidado que era feriado nacional y que el banco
estaba cerrado por lo cual no podía retirar el dinero del pago
de la plantilla de varias decenas de empleados, encargados de mis
cultivos de arveja china para exportación. Decidí ir
para supervisar los trabajos pero sin el dinero.
Supuestamente
una banda de delincuentes, que se había enterado del traslado
de ese dinero, me estaban esperando en el camino hacia mi finca.
Cuando yo pasé por ahí me detuvieron, me bajaron del
vehículo y me encañonaron poniéndome una
escopeta en un costado y un revolver en el otro. Yo estaba tan
nervioso que me temblaban las piernas y me encomendaba una y otra vez
al Beato Josemaría.
Los
delincuentes, molestos por la ausencia de dinero, se miraban unos a
otros y yo pensando que me iban a matar supliqué al Beato que
me protegiera y les hablé diciéndoles que tenía
hijas que mantener que se llevaran todo pero no me mataran, a lo que
extrañamente uno de los delincuentes dijo: "no se
preocupe señor, que nosotros tenemos buen corazón"
y luego me dijeron: "váyase". "¿Qué?",
pregunté yo sin creer aquello. Me volvieron a repetir:
"váyase" a lo cual subí a mi vehículo
y me alejé lo más rápido posible.
Le
agradecí todo al Beato y lo hice más una semana
después, cuando esa misma banda asaltó a otra persona
en el mismo camino; sólo que a esta persona luego de robarle
le asesinaron de un balazo en la frente.
Amenazaron con matar a mi tío (Uganda)
Me
alegra mucho informarles que mis oraciones a Mons. Josemaría
no han sido vanas. Supe de él por primera vez a través
de una antigua alumna de Kianda College, pero entonces no despertó
mucho interés en mí.
El
mes pasado, fue secuestrado mi tío. Nos dijeron que le iban a
matar si no pagábamos una cierta cantidad de dinero. Estábamos
profundamente preocupados, cuando recordé haber leído
varios favores recibidos por la intercesión de Mons.
Josemaría. Empezamos una novena. Antes de terminarla, mi tío
fue liberado.
Fue
un milagro. Nunca nos había ocurrido nada parecido, y nos
sorprendió. Después de esto, mi familia y yo decidimos
rezar a Mons. Josemaría durante toda nuestra vida, por esta
gran cosa que nos ha hecho.
Muchas
gracias al bueno y santo Mons. Josemaría por habernos ayudado
tan maravillosamente. Sabemos que cualquier cosa que le encomendemos
a su intercesión, con esperanza, la conseguiremos.
COSAS ROBADAS
El coche reapareció (Trinidad-Tobago)
Querido
Josemaría Escrivá, ésta es mi forma de darle las
gracias. El miércoles 21 de la semana pasada el coche de mi
hermano fue robado. No fue encontrado sino hasta la noche del domingo
25. Durante el tiempo que estuvo perdido, mi familia y yo rezamos
muchas oraciones y yo pedí especialmente a usted, Beato
Josemaría Escrivá, para que él encontrara el
coche y para que no estuviera dañado.
El
carro fue encontrado milagrosamente la noche del domingo. La policía
llamó y dijo que habían recuperado el vehículo y
que estaba intacto. Era el primer carro robado aquel fin de semana
que habían encontrado, y que no había sufrido
desperfectos. Mi hermano dijo que alguien debía haber estado
rezando por él.
Cuando
robaron el vehículo aparentemente tiraron sus documentos fuera
del carro (su permiso de conducir y su tarjeta de identidad). Mi
hermano estaba muy preocupado por tener que intentar sacar de nuevo
esos documentos. El lunes siguiente alguien vino a nuestra puerta y
entregó los documentos diciendo que los habían
encontrado en la calle. En otras palabras recuperó todo.
Todos
han agradecido a Dios y yo también, pero a la vez me gustaría
manifestar un especial agradecimiento a usted, Beato Josemaría
Escrivá, por interceder por mí ante Dios para hacer
posible este milagro.
Dame razón de mi camioneta (México)
Al
hijo de una de mis amigas le robaron una camioneta que pertenecía
a su esposo, la cual le era de mucha utilidad.
Nadie
supo ni quién ni dónde podía estar. Le di a mi
amiga la estampa del Beato Josemaría, para que se lo
encomendara. Ella no le hizo mucho caso, y la dejó por ahí.
Su
esposo, que era quien de verdad necesitaba la camioneta, encontró
la estampa del Beato y mirándolo fijamente le dijo: "Padre,
si de verdad eres tan milagroso, dame razón de mi camioneta, y
que la recupere".
Al
día siguiente mi amiga se levantó muy temprano para
trabajar, al salir a la puerta encontró a un señor que
le dijo: "dile a tu esposo que vaya hoy mismo al pueblo vecino a
recoger su camioneta" —le dijo exactamente dónde la
encontraría—, pero le advirtió: "que vaya
hoy mismo, porque la piensan vender".
Mi
amiga le preguntó de parte de quién le daba ese recado,
el señor contestó que no importaba, que sólo le
dijera eso. Su esposo fue al lugar que le dijeron y ahí estaba
su camioneta. Pudo recuperarla sin ninguna dificultad.
cap. 9
DE ANDAR POR CASA
No
todos los relatos —gracias a Dios— hablan de situaciones
angustiosas o de problemas graves. Muchos cuentan cómo se
solucionan pequeñas incidencias domésticas: desde un
pavo que no quería cocinarse bien, hasta los contratiempos que
ocasionan nuestros propios despistes.
Estos
favores, un poco "de andar por casa", podrían
parecer puramente anecdóticos si no fuera porque San Josemaría
enseñó a dar mucha importancia a las cosas corrientes
de la vida: cuando se ofrecen al Señor, adquieren valor
sobrenatural. Además, los pequeños agobios nos llevan
muchas veces a rezar y esto ya es un gran bien.
Al
Fundador del Opus Dei le gustaba ver a Dios como «un Padre
amoroso» que está junto a nosotros de continuo,
«ayudándonos, inspirándonos, bendiciendo... y
perdonando»[19], e interesándose también por
nuestros pequeños sucesos cotidianos. Lo mismo hacen los
santos, que participan de esa solicitud paternal de Dios.
APARATOS ESTROPEADOS
La impresora tozuda (Venezuela)
Era
final de semestre. Dos compañeras y yo nos encontrábamos
desesperadas por un trabajo de computación que teníamos
que entregar y sobre el cual veníamos trabajando por mucho
tiempo.
Teníamos
todo el contenido tipeado, listo para imprimir desde hacía
varias semanas, pero no podíamos imprimirlo. Modificábamos
comandos, revisábamos una y otra vez y no nos imprimía.
Hablamos con el profesor para que hiciera una revisión para
ver dónde estaba el error, buscando la falla de impresión,
pero él tampoco lo consiguió.
Estuvimos
por lo menos dos semanas desesperadas, hasta que decidimos con mucha
fe y confianza, rezarle una estampa al Beato Josemaría Escrivá
de Balaguer y la colocamos junto a la impresora, pocos días
antes de la entrega final del trabajo, cuando habíamos agotado
todos los recursos y lo único que nos quedaba era la esperanza
de que el Beato Josemaría nos iba a ayudar.
Intentamos la
última impresión, la cual salió en excelentes
condiciones sin ningún tipo de problemas ni errores,
obteniendo con esto una excelente calificación en la materia.
Por eso, por su compañía y por estar siempre tan cerca
de nosotras, es que hoy escribo esto, para agradecerle todas esas
cosas que el Padre hace por nosotros y para agradecerle también
porque siempre con su intercesión nos mantiene cerca de Dios.
Me bastan veinte fotos (México)
A
fines de enero, mientras me encontraba en la ciudad de Caborca
(Sonora) para hacer un trabajo fotográfico, una de mis
máquinas se arruinó y dejó de funcionar. Tuve la
intención de mandarla a arreglar apenas tuviera la oportunidad
de llevarla a Guadalajara, en un laboratorio de confianza. Sin
embargo, pasaron las semanas y no tuve la posibilidad de cumplir mi
propósito.
Hacia
mediados de marzo tuve que ir a Obregón para hacer otro
trabajo fotográfico. Naturalmente, antes de partir tomé
la bolsa con el material necesario, convencido de que todo estaba en
su lugar. ¡Pero cuál fue mi sorpresa, al llegar a mi
lugar de destino, al constatar que, por error, había puesto en
la bolsa precisamente la máquina fotográfica
estropeada! Era un problema, porque aquel trabajo era muy importante
para mí: traté de hacerla funcionar... pero no se podía
hacer nada.
Entonces
tuve una reacción inmediata. Pedí ayuda al Padre,
dirigiéndome a él con estas palabras, que después
me parecieron quizás un poco irreverentes: "Don
Josemaría, ve tú lo que haces, pero me tienes que
ayudar. Arréglame la máquina: me bastan sólo
veinte fotos, hazme funcionar la máquina para veinte fotos,
así puedo mantener mi trabajo".
Acompañé
esta invocación con el rezo de un Avemaría, sabiendo
cuánta devoción y fe tenía el Fundador de la
Obra a la Virgen.
Pues
bien, inmediatamente la máquina comenzó a funcionar.
¡Un verdadero milagro! Me arrodillé en medio de la calle
y agradecí este inmenso favor. Digo inmenso porque me
encontraba verdaderamente desmoralizado, estaba de por medio mi
prestigio profesional: ¿cómo había podido
cometer semejante error de no llevar conmigo el equipo necesario?
Feliz,
metí en la máquina un rollo de 36 y me puse a trabajar.
Grande fue mi estupor cuando, después de haber hecho la
vigésima foto, la máquina se estropeó de nuevo:
¡justo el número que había pedido!
Pocos
días después, pude ir a Guadalajara y mandé a
arreglar la máquina.
Buscando un alambre (Argentina)
He
decidido conectarme con ustedes al fin de hacerles llegar mi gran
experiencia vivida algunos meses atrás; y por obra y gracia
del Señor, poder encontrar y conocer un poco sobre la vida del
Beato Josemaría Escrivá de Balaguer.
En
circunstancias de un viaje que hacía junto a mi familia
(esposo y 5 hijos) a la provincia de Río Negro a visitar a mis
padres (yo resido en Mendoza), se nos rompe la camioneta en medio del
campo, exactamente en la provincia de La Pampa. Era un problema muy
complicado, asuntos del motor, y no podíamos continuar el
viaje.
Mi
esposo puso toda su voluntad en arreglar, pero no teníamos
alternativas. Hacía un calor impresionante, eran las doce del
día 31 de diciembre. Yo trataba de ayudarle.
En
un momento, mi marido me pide un alambre y salgo a buscarlo por la
orilla de la ruta. Y , ¡oh!, sorpresa. En medio de ese desierto
lo encontré, allí estaba, no un alambre, sino una
estampita (amarilla por el tiempo) del Beato Josemaría.
Fue
en ese instante que me di cuenta que lo que tenía que buscar
no era un alambre, sino una oración, y tener presente en todo
momento a Nuestro Señor.
Recé
mucho y el Beato Josemaría intercedió ante Dios por
nosotros. Al cabo de un rato apareció un matrimonio y nos dio
su ayuda. Mi esposo encontró parte de la solución y
pudimos seguir camino, con algunas dificultades, pero llegamos a
destino.
AMAS DE CASA EN APUROS
El pavo seguía duro... (España)
En
las Navidades de 1980 una amiga me comentó que, en la feria de
Valença (Portugal) se compraban los pavos muy baratos y, sin
pensarlo más, fui a la feria y me compré uno para el
día de Año Nuevo. Yo no entendía nada de esto,
pero como era barato...
Lo
preparé relleno al horno y, de vez en cuando, lo pinchaba para
ver cómo iba. Estaba durísimo. Llegaba la hora de comer
y el pavo seguía duro. Empecé a ponerme nerviosa,
pensando que ya no se podía cocer más. Era la hora de
comer y la gente estaba esperando. Me marché a mi habitación
y de rodillas recé la oración de la estampa, con
lágrimas en los ojos, a Monseñor Escrivá de
Balaguer, pidiéndole que se ablandase el pavo.
Volví
a la cocina y pinché de nuevo el pavo: mi mayor sorpresa fue
que ya estaba bueno. Lo serví y gustó muchísimo
a toda la familia.
Agradecí
a Monseñor Escrivá de Balaguer este favor.
La televisión nos dominaba (Estados
Unidos)
Día
a día el televisor se prendía desde las cuatro de la
tarde hasta que se iban a dormir mis hijos, que eran las diez de la
noche. Me costaba mucho trabajo pedirles que la apagaran pues yo
misma me veía atraída por ciertos programas y cuando
decidía apagarla, mis hijos la prendían enseguida. En
una palabra, yo como madre no sabía poner disciplina,
obediencia ni respeto.
Empecé
a pedir a Monseñor Josemaría Escrivá de
Balaguer, para que por su intercesión mis hijos comprendieran
que hay que saber emplear el tiempo. Comuniqué esto a unas
personas del Opus Dei y la oración, de ser individual fue
comunitaria en los hogares y así fue vislumbrándose
lentamente el milagro.
Ahora
se sienten los momentos tranquilos llenos de trabajo, de un poco de
diálogo y paz. Sé que debo seguir mi oración no
sólo por mi hogar, sino por otros tantos hogares similares al
mío.
Con un sonido seco (España)
Como
testimonio de mi agradecimiento al Beato Josemaría, deseo
dejar constancia de una de las muchas atenciones que viene teniendo
conmigo. Unas más espectaculares que otras, pero ayudas y
apoyos que, cariñosamente, nunca me faltan. Y he pensado que
debo dar fe de su intercesión y de mi veneración por
él.
Soy
ama de casa y, trabajando un día en la cocina, en compañía
de mi hija de 30 años, repentinamente, se desencajó la
puerta del horno, de tal forma que bloqueaba a su vez las de dos
armarios, en los que guardaba utensilios de uso frecuente. Era
viernes y, pensando en mi necesidad y que sería imposible
encontrar quien lo arreglara, me sentí muy agobiada. Intenté
arreglarla y me quedé con la puerta en las manos.
En
ese momento, pedí en voz alta a nuestro Padre y, sin solución
de continuidad, mecánicamente, coloqué la puerta
enfrente del hueco del horno y la aproximé en posición
de encajarla. La puerta se colocó sola. Mi hija, de natural
escéptica, se quedó estupefacta y durante muchos días
inquieta, y aún se estremece cuando recuerda el sonido seco y
preciso de la puerta al centrarse por sí misma en su sitio.
Yo, por el contrario, di un grito de alegría y rompí a
aplaudir.
De
esto hace un año y la puerta funciona perfectamente sin que
nadie la haya revisado en este tiempo.
A VUELTAS CON LA CASA
Que se arregle el 26 de junio (España)
Como
consecuencia de mi cambio de empresa, me vi obligado a buscar un piso
y de forma urgente, pues teníamos que dejar el que
habitábamos. Después de mucho buscar, decidimos
meternos en una cooperativa que unos profesionales habían
formado. La construcción se retrasó muchísimo,
lo que causó graves problemas a más de medio centenar
de familias.
Una
vez terminada empezaron los trámites burocráticos para
obtener la Cédula de Habitabilidad, documento final para poder
vivir en una vivienda. El proceso fue aún más lento,
con muchos problemas y continuas devoluciones de expedientes por el
Ministerio correspondiente, pues siempre había algún
inconveniente más. Así pasaron varios meses y nuestra
preocupación, y la de todos, iba en aumento pues los problemas
de varias familias eran bastante graves.
Unas
amigas de mi mujer, que son de la Obra, le dijeron que encomendase el
tema al Beato Escrivá de Balaguer para ver si se resolvía
el día del aniversario de su fallecimiento, el 26 de junio.
Esto se lo comentaron el 20 ó 21 de junio.
La
verdad es que me faltó fe y pensé que las mujeres se
atreven a decir estas locuras porque no suelen conocer el problema
burocrático del papeleo oficial. Dos días después,
me dijo un amigo que pasara por cierto organismo y que puede que allí
hiciesen algo. En efecto, el día 25 de junio fui y me dijeron
que no había ningún problema y me las hicieron sobre la
marcha.
Sin
embargo, surgieron problemas nimios, como que no tenían
pólizas, que ya era algo tarde y tenían que irse, que
al día siguiente seguro que estarían, etc., ante lo
cual yo puse continuas soluciones y gran empeño para obtener
los papeles de inmediato. No pudo ser así y tuve que volver al
día siguiente. Todos los papeles estaban firmados, con las
pólizas, etc. y con un sello en cada una de las 54 cédulas:
26 de junio.
Estoy
absolutamente seguro de que este milagro se ha realizado por
intercesión del Beato Escrivá de Balaguer.
Tirada en el suelo (Argentina)
Yo
trabajo de taxista en la parada de la plaza 1º de Mayo de la
ciudad de Paraná, Entre Ríos. En la misma plaza
encuentro en el suelo una tarjeta con la estampa del Beato Josemaría,
la cual levanto, empiezo a leer su historia y comienzo a rezar la
oración todos los días para que intercediera en un
problema bastante importante que tenía.
No
podía pagar cuotas atrasadas de una vivienda que me había
entregado el banco, y entonces, el mismo hacía caso omiso a mi
pedido para que me solucionaran dicha situación.
Estábamos
pasando momentos de incertidumbre, depresión, angustia, etc.,
hasta que un buen día llega una carta del banco, donde me
comunicaban que hacían lugar a mi pedido y así, gracias
a la intercesión del Beato Josemaría, pude salvar mi
vivienda de un seguro remate.
Sin
más, agradeciéndoles a ustedes por haberme encontrado
con el Beato Josemaría Escrivá de Balaguer.
OBJETOS PERDIDOS
Las aventuras de mi dentadura postiza
(Filipinas)
Mons.
Escrivá de Balaguer manifestó una vez más su
sentido del humor cuando me concedió el primer favor que le
pedí.
La
primera vez que oí mencionar al Padre fue en el comedor de mi
oficina; algunas colegas hablaban de los favores obtenidos por su
intercesión. Puesto que había sido contratada hacía
poco, mi timidez me impidió intervenir en aquella conversación
y preguntar quién era la persona de la que estaban hablando.
Tiempo
después, el domingo 17 de abril de 1977, un hecho
desconcertante, aunque divertido, me dio la ocasión de conocer
a Mons. Escrivá. Había ido de excursión al mar
en Batangas (una de las playas de Bauan) con mis colegas. Apenas
llegadas, todas se zambulleron en el agua fresca, mientras yo, que no
sé nadar, me bañé en la orilla junto a una
amiga, agarrándome a un flotador.
Repentinamente
nos arrolló una ola que nos tomó de sorpresa, yo
comencé a reírme tanto, que se cayó de mi boca
la prótesis dental. De inmediato traté de agarrarla,
pero otra ola se la llevó. Mi amiga no pudo hacer nada para
ayudarme, porque tampoco ella sabía nadar. En espera de poder
localizar mis dientes sola, preferí no llamar la atención
de mis otras colegas: por otra parte, sin la dentadura postiza, no
estaba en condiciones de llamarlas.
Sin
embargo, poco tiempo después, todas se dieron cuenta de lo que
había ocurrido y comenzaron a hacerme bromas, aunque hicieron
lo posible por encontrar mi prótesis dental. Una colega llamó
a un hombre del lugar, experto en pesca submarina, que si bien estaba
provisto de todo el equipo necesario para rastrear el fondo, no tuvo
suerte.
Resignada
a comprar otra prótesis, me acordé del Monseñor
que hacía milagros de quien había oído hablar
aquel día en el comedor. Aunque no recordaba su nombre,
recurrí a él diciéndole: "¡Monseñor,
confío en tu ayuda para encontrar mis dientes; hazme este
favor!"
Ya
serena, me reuní con el grupo como si nada hubiera pasado.
Al
día siguiente, en la oficina se burlaron de mí. Hacia
las nueve, una colega corrió a decirme que había venido
aquel pescador di Bauan: me traía la prótesis. Cuando
me la entregó me sonrojé de vergüenza; al mismo
tiempo pensé que había recibido una gracia de Monseñor,
y pregunté a aquel hombre dónde la había
encontrado.
Tampoco
él lograba creerlo. En efecto, me explicó que después
de nuestra partida había continuado la búsqueda, pero
en vano. Más tarde, mientras estaba jugando con unas caracolas
esperando poder encontrar mis dientes en la playa, una ola había
depositado en la orilla una cosa blanquecina. Al acercarse comprobó
que se trataba precisamente de mi... tesoro perdido. Habría
querido entregármelo ese mismo día, pero se había
hecho tarde; de manera que al día siguiente partió
desde Bauan a las cinco y media de la mañana para llegar a mi
oficina a las nueve en punto.
Después
de esta aventura, he profundizado en el conocimiento de Mons. Escrivá
de Balaguer y he aprendido a tratarlo como a un amigo.
Mira en medio de la calle (Canadá)
Estando
de viaje fuera de mi ciudad, a 100 km., vivía sola, en la casa
de una pariente, ausente por algunos días. Me había
pedido que cuidara la casa y que recogiera el correo.
Un
día, llegó una carta que mi pariente estaba esperando.
Yo tenía que ir a un centro comercial en coche y llevé
el correo conmigo. Al volver a casa, me di cuenta de que la carta en
cuestión no estaba con las demás. Busqué por
todas partes y no encontré nada.
Antes
de volver al centro comercial a buscarla allí, acudí a
la intercesión del Fundador del Opus Dei para poder encontrar
esta importante carta. Inmediatamente, oí interiormente la voz
del Beato Josemaría que me decía: "mira en medio
de la calle". Efectivamente, la carta estaba en medio de la
calzada, a 20 metros, enfrente de una casa vecina.
Perdí los papeles (España)
Este
suceso que relato sucedió a finales de abril o principios de
mayo de 1992, no lo recuerdo bien. Yo trabajo en un despacho que
tiene como objeto asesorar sobre las condiciones de los diferentes
contratos que se suelen formalizar entre entidades de crédito
y aquellas personas físicas o jurídicas que tienen
necesidad de financiación.
Llevaba
dos años trabajando en este cometido para un pequeño
despacho, pero, a finales de abril, mi jefe decidió asociarse
con una empresa mayor. Entre las condiciones que se gestionaban para
la fusión, una de ellas era la de que yo me integrara en la
nueva empresa. En un principio, los nuevos socios no estaban
interesados en mi contratación, pues desconfiaban de mi poca
experiencia, así que decidieron ponerme durante un par de
semanas a prueba y, una vez concluido ese espacio de tiempo y, a la
vista de mi eficacia, formar una decisión sobre mi
continuidad, en un sentido o en otro.
Yo
era consciente de mi situación y durante aquellos primeros
días procuraba, como es fácil suponer, cuidar
especialmente los asuntos del despacho.
Pasados
quince días, aproximadamente, ocurrió lo siguiente: un
día, por la mañana, se habían recogido dos de
las firmas de un contrato en el que figuraban cuatro intervinientes.
Había quedado que a las dos restantes se les recogería
la firma en su empresa, a primera hora de la tarde. Así que,
al acabar la jornada por la mañana, cogí el contrato,
lo guardé en un portafolios y me fui a casa a comer, con la
intención de recoger por la tarde el resto de las firmas.
Después de comer, cogí el portafolios y me monté
en el ascensor. Mientras bajaba, jugueteaba con el portafolios de tal
manera que en un momento se entreabrió y me di cuenta de que
faltaba el contrato. Al principio no me alarmé, pues imaginé
que al dejar la carpeta en mi habitación posiblemente la
póliza se habría deslizado y caído al suelo.
Volví a subir, miré por la habitación y allí
no estaba.
Mi
siguiente pensamiento fue imaginar que lo habría dejado en el
coche, ya que tenía el pleno convencimiento de que la póliza
la había cogido. Bajé al coche, miré debajo de
los asientos y tampoco la encontré. El corazón se me
empezó a acelerar; traté de mantener la calma, y me
autoconvencí de que estaba equivocado, de que seguramente, al
coger el portafolios, por despiste, había dejado el contrato
encima de la mesa de mi despacho. Cogí el coche y me dirigí
rápidamente allí; nada más entrar me di cuenta
de que tampoco estaba. El siguiente paso, como ya era la hora en la
que había quedado para recoger las firmas, fue llamar a las
personas interesadas y les dije que aquella tarde me era imposible
atenderles, que lo haría a primera hora del día
siguiente: les pareció bien.
Como
es de suponer, mi nerviosismo había aumentado
considerablemente. Revolví el despacho de arriba a abajo y
después de veinte minutos, seguí sin encontrarlo. Mi
estado ya no era de nerviosismo: estaba desolado. Decidí
entonces llamar al despacho central y contarles lo que había
pasado con el total convencimiento de que, una vez realizada la
llamada, el periodo de prueba habría finalizado...
De
todas formas, antes de llamar al despacho, telefoneé a un
amigo, no sé muy bien por qué; imagino que buscando
consuelo y le conté lo que me pasaba. A mi amigo no se le
ocurrió otra cosa que aconsejarme que me encomendara al que
por entonces era Siervo de Dios y hoy es el Beato Josemaría.
Mi reacción fue fulminante: le contesté groseramente.
Le dije que lo que menos necesitaba en ese momento es que alguien me
tomara el pelo, proponiéndome remedios absurdos. Él,
pese a mi contestación, me dijo que no perdía nada
acudiendo al Siervo de Dios, sin embargo, inmediatamente, me despedí
fríamente y colgué el teléfono.
Después
de hablar con él, me sentí mal, porque yo sé que
este amigo es miembro del Opus Dei y tiene mucha confianza en el
fundador de la Obra y que su consejo no provenía de haberse
tomado con poca seriedad mi problema, sino que él creía
que me podía ayudar de este modo. Así que, después
de serenarme, pedí a don Josemaría el favor. Bajé
nuevamente al coche para volver a mirar, aunque ya lo tenía
completamente registrado, y, como la vez anterior, el contrato no
apareció, a pesar de que también lo estaba buscando el
fundador del Opus Dei.
Me
dirigí al despacho decidido plenamente a llamar a mis jefes;
iba andando por la acera mirando al suelo, cuando veo que debajo de
un bordillo hay uno de los tres ejemplares del contrato. He de decir
que este contrato constaba de tres ejemplares unidos por una pequeña
capa con pegamento. Me quedé impresionado, pero el problema no
estaba resuelto porque faltaban los otros ejemplares. Seguí
buscando por el mismo lugar y vi que uno de ellos estaba pegado a una
farola —tremolaba como una bandera, pues había un
verdadero vendaval— y el tercero, finalmente, estaba debajo de
un coche.
En
aquel momento era plenamente consciente de que si volvía a
tirar al suelo las tres hojas del contrato posiblemente antes de
agacharme estarían a varios metros de distancia —el
viento era muy fuerte—, mientras que tal y como yo las encontré
no se habían esparcido en más de diez metros cuadrados,
en frente de un colegio y soportando durante más de cuatro
horas la entrada y salida de los chicos. Sólo tenían
dos pequeños desperfectos: dos pisadas encima de uno de los
ejemplares, que lo subsané con una goma normal y corriente, y
una pequeña rasgadura en otro de los ejemplares.
Inmediatamente
llamé a mi amigo para relatarle lo sucedido y darle las
gracias. Él me dijo que las gracias se las diera al hoy Beato
Josemaría y que lo escribiera. Yo no sé si fue un
milagro, un favor o una extraordinaria casualidad. Sólo sé
que pasó lo que escribo.
En el deshielo (Canadá)
Acostumbro
a pedir al Beato Josemaría favores espirituales y materiales.
Por ejemplo, cuando no encuentro algo acudo a él y la cosa
aparece (...).
Una
mañana de invierno recibí una llamada. La noche
anterior una persona había asistido a un retiro en la
Residencia donde vivo y, al terminar, había tenido problemas
para sacar el coche de la nieve. Al llegar a casa notó que
había perdido su anillo de oro, de gran valor sentimental para
él. Me pedía que echara una ojeada en la zona donde
había tenido su coche aparcado. La zona no estaba muy
claramente definida, había nevado durante la noche y había
pasado la máquina que empuja la nieve a los dos lados de la
calzada en un montón de más de un metro de alto. No vi
el anillo.
Dos
meses más tarde, ya en pleno periodo de deshielo, con muy poca
nieve en las calles, al volver del trabajo y entrar en mi calle, me
acordé del anillo. Decidí bajar de la acera y andar por
el borde de la calzada por si lo veía, aunque no pensaba
detenerme a buscarlo. Dije por dentro: "Padre, sólo lo
veré si tú me lo enseñas". Di dos o tres
pasos y... allí estaba, delante de mí, entre un poco de
nieve sucia y barro, a medio metro de una alcantarilla, un poco
deformado, pero entero.
No encontraban el libro (Australia)
Había
sacado en préstamo un pequeño folleto de la biblioteca
de la universidad y lo devolví dos días después.
Cuando fui a sacar otro libro, la computadora reportaba que el
folleto anterior no había sido devuelto. Busqué, sin
suerte, el folleto en las estanterías. Me suspendieron el
derecho de retirar libros y además tenía que pagar un
multa muy alta para reponer el folleto. Protesté, pero el
personal de la biblioteca dijo que no podía hacer nada ya que
no había ninguna prueba de que lo hubiera regresado.
Le
recé al Beato Josemaría y busqué durante varios
días en mi casa y en la biblioteca. Finalmente me resigné
a pagar la multa enorme e informé a la bibliotecaria. Mientras
dejaba la biblioteca, me quejé al Beato Josemaría
diciéndole que todo eso era injusto, humillante y una pérdida
de dinero. A los dos días me llamó la bibliotecaria. El
folleto era tan pequeño que se había caído en
una rendija del mueble en donde se guardaban. Lo habían
encontrado. Le di muchas gracias al Beato Josemaría.
SERVICIOS PÚBLICOS
En un hospital del Estado (Suiza)
Hace
más de un año, tuve que operarme de un ojo. La
intervención fue muy bien, con un único inconveniente
marginal, pero molesto: me hospitalizaron en una habitación de
ocho camas, en un hospital del Estado porque mi seguro no cubría
más. Mi estancia fue molestísima: las radios
funcionaban día y noche, era imposible recogerse, etc.
Recientemente
tuve que operarme del otro ojo. Con la experiencia de la primera
operación, pedí al Beato Josemaría que se
encargara de ahorrarme las molestias de una habitación de ocho
personas, o, por lo menos, que arreglara las cosas para que las demás
señoras fueran "tranquilas"...
El
día que llegué al hospital, tuve la sorpresa de ver
que, después de los habituales registros burocráticos,
me condujeron a una habitación individual. Pregunté si
no había un error, pero me dijeron que no, que había
sido previsto así en la oficina.
Bajé a la
oficina, expliqué que mi seguro no cubriría los gastos
de una habitación individual y que yo no podía pagar el
resto; esto no sirvió de nada: me mandaron a mi habitación,
asegurándome que no había un error y que ésta
era la habitación prevista.
Me
operaron y me quedé siete días en esta situación
"de lujo" (...). La fe en los milagros y en los favores de
los santos no es para nada característica de la sociedad en la
que vivo. En todo caso salí de esta aventura muy contenta y
agradecida al Beato Josemaría.
Un nuevo servicio de autobús (Gran
Bretaña)
Hace
más de 12 meses perdí mi coche en un accidente. Mi
único medio de transporte era el tren. La estación del
ferrocarril está lejos: vivo en el campo, y llegar al tren me
supone una larga caminata.
Decidí
hacer una novena al Beato Josemaría Escrivá pidiendo su
intercesión para que hubiera servicio de autobús y así
poder asistir a Misa todos los días, cosa que me era
imposible.
Pueden
imaginarse mi sorpresa cuando en el noveno día oí en
las noticias que nos llegaría un autobús especial
(Hoppa) que pararía en frente de la puerta de mi casa; la
primera vez que esto sucedía en toda mi vida.
La
línea sigue funcionando desde hace más de 12 meses; yo
no puedo dejar de agradecer al Beato Josemaría este favor.
MENUDO DESPISTE
La funda equivocada (España)
Realizo,
desde hace poco, un programa de radio sobre música clásica.
En el último de esos programas necesitaba un disco, la 3ª
Sinfonía de Brahms, para ilustrar una información.
Llegué a la emisora con el tiempo justo para buscar ese disco,
pero me equivoqué y comencé a buscar otra Sinfonía
en lugar de la 3ª, que era la que necesitaba.
Como
llegaba el momento de iniciar mi intervención y no daba con el
disco, acudí a Mons. Escrivá de Balaguer, pidiéndole
que me lo encontrara. Casi inmediatamente saqué la Sinfonía
nº 1, sin darme cuenta todavía de mi error, y dejé
el disco en el control para dar comienzo al programa.
Una
vez en el locutorio, al leer el guión, me di cuenta de mi
equivocación, pero mi sorpresa
fue mayúscula cuando oí sonar a
través de mis auriculares la 3ª Sinfonía. Al
terminar el programa, fui a ver qué había pasado.
Incomprensiblemente, el disco estaba en una funda equivocada y mi
despiste había servido para dar con la música que
necesitaba.
Atribuyo
este favor a la intercesión de Mons. Escrivá de
Balaguer; sobre todo, si se tiene en cuenta que nadie había
utilizado esos discos antes de ese día, puesto que la emisora
es nueva y sólo en mi programa se emite música clásica.
La llave de la gasolina (Venezuela)
Como
es mi costumbre casi semanal, me trasladaba de Caracas a los llanos
de Cojedes para atender la empresa ganadera que allí
desarrollamos. Ocurrió que transcurrida una hora de viaje, me
detuve para reponer gasolina encontrándome con la desagradable
sorpresa de que había olvidado la llave del tanque de gasolina
del vehículo que llevaba.
Ante
tal hecho, no me quedaban sino dos alternativas: una era regresar a
Caracas, y no era muy segura pues me quedaba poco combustible, aparte
de las molestias y pérdida de tiempo que suponía. La
otra era romper la tapa del tanque. Decidí romper dicha tapa a
como diera lugar.
Sin
embargo, y esto a pesar de toda clase de herramientas y
manipulaciones, fue imposible. Ante esto, y con la frustración
del caso, resolví regresar a Caracas tomando el riesgo de
quedarme sin gasolina por el camino de vuelta.
En
aquellos momentos me sentía indispuesto y descorazonado por
aquel descuido tonto que me ocasionaba tanta incomodidad y pérdida
de tiempo. Entonces me acordé del Beato Josemaría
Escrivá de Balaguer. Me aparté del carro y de la gente
que había llegado para ayudarme en la tarea de forzar la
dichosa tapa y, tratando de serenarme, le rogué al Beato que
me resolviera aquella dificultad.
Transcurridos
unos minutos regresé al carro y me encontré, entre la
gente que allí había, con un muchacho que me dijo
mostrándome en su mano la maltrecha tapa: "Yo le di una
vueltecita y salió la tapa sin ningún esfuerzo".
Me
quedé profundamente impresionado pues no habían sido
pocos los esfuerzos y manipulaciones efectuados por varios de los que
allí estábamos y que resultaron infructuosos. Yo, en
particular, que tengo alguna experiencia en cosas de mecánica,
había llegado a la conclusión de que resultaría
imposible sacar aquella tapa.
El dinero de las comidas (Guatemala)
Este
favor me lo hizo nuestro Padre durante un viaje que realicé
con motivo de la celebración de la Jornada Mundial de la
Juventud. Yo iba a cargo de un grupo de 24 personas y me correspondía
pagar las comidas que hiciéramos durante esa semana.
El
día 22 de agosto salimos a cenar. Pasamos a un restaurante y
yo acababa de cambiar unos dólares a francos (porque todo esto
fue en Niza, Francia). Había cambiado una alta cantidad de
dinero pues como ya expliqué, debía pagar las comidas
de todas. Mientras cenábamos, dejé el dinero sobre la
mesa, envuelto en un papel que lo cubría simulando un sobre.
Las
personas con las que iba decidieron tomarse unas fotografías,
y entonces me levanté para tomárselas yo. Todas
comenzaron a pararse o a cambiarse de puesto y durante ese
movimiento, unas de ellas comenzaron a quitar la basura de las mesas,
para que ésta no saliera retratada... pero nadie se percató
de que en medio de esa "basura" iba mi dinero.
Tomamos
las fotos, con muchas de las cámaras (lo aclaro para que se
vea que pasó bastante tiempo), y luego volvimos a nuestros
lugares para seguir platicando y esperar a que las últimas
terminaran de comer. Como a los quince minutos, cuando ya nos íbamos,
revisé lo que había en la mesa para tomar mi dinero,
fue entonces cuando me percaté de que no estaba y de que todo
había sido tirado. Cuando pregunté si alguien lo había
visto, una de las que estaban ahí me dijo que ella había
tirado todo en varios de los botes de basura. Inmediatamente comencé
a rezarle a nuestro Padre, diciéndole que si me concedía
el favor de encontrarme el dinero yo escribiría el milagro lo
antes posible.
Me
preocupé más cuando, al preguntar a uno de los meseros
del restaurante, me dijo que habían vaciado los botes y sacado
la basura a la calle en grandes bolsas que contenían toneladas
de desperdicios. Fue entonces cuando pedí a las personas que
iban conmigo que comenzaran a rezarle, cada una, una estampa a
nuestro Padre. Yo, por supuesto, estaba dispuesta a "familiarizarme"
en ese momento, con las toneladas de desperdicios con tal de
encontrar ese dinero... Existían dos opciones: o nuestro Padre
hacía el "milagrazo" o... veinticuatro personas
padecerían hambre durante varios días. Por supuesto,
nuestro Padre no iba a permitir semejante cosa, y efectivamente a los
5 minutos llegó uno de los meseros con el dinero, diciendo:
"usted es una de esas personas que tienen mucha suerte: aquí
tiene, lo encontré encima de uno de los botes de basura...
Seguramente se quedó allí mientras vaciaban todo en las
bolsas que se sacan a la calle". ¿Suerte?... No. Fe en
que nuestro Padre me iba a hacer el favor. Gracias al Beato Josemaría
pudimos comer durante esos días y yo formulé el
propósito de jamás volver a cometer un descuido tan
grande como el de dejar tanto dinero por ahí.
Un hombre misterioso (México)
En
nuestra familia tenemos gran devoción al Beato Josemaría,
a quien nos referimos confiadamente llamándole el Padre.
Cuando alguien se encuentra en aprietos, no falta quien le sugiera:
"¡pídeselo al Padre!" Y lo mejor es que ¡todo
lo consigue! Creo que el favor más llamativo ha sido el
siguiente: un sobre con dinero exacto en un viaje familiar. Imagínese
el lector que en plena carretera México-Guadalajara se suscita
el siguiente diálogo entre mis papás:
Papá:
¿Me darías el dinero para pagar la siguiente caseta?
Mamá:
¿Dinero?, ¿no lo traes tú?
Papá:
¡Pensé que tú lo traerías!
Mamá:
¡¿Qué hacemos?!
Momento
de expectación: la gasolina no alcanzaría para
regresarnos a la ciudad y no podemos dejar de pagar las siguientes
casetas para concluir el trayecto. Estamos atrapados en un problema
que parece insoluble... Tras unos momentos de perplejidad, todos
empezamos a rezar la estampa. Como a mi mamá le encanta,
rezamos muchísimas.
Afortunadamente,
mi papá traía un poco de dinero que alcanzó para
pagar esa caseta. Pero era lo último que quedaba. A unos pasos
después de la caseta, el automóvil de enfrente se
detiene, obstaculizándonos el paso. El hombre que lo conducía
sale y se dirige a la ventanilla de papá.
Papá:
Sí, ¿qué sucede?
Señor:
Tome, es para usted.
Le
da un sobre, ni más ni menos que... ¡con la cantidad
exacta de dinero, necesario para terminar el viaje!
Papá:
¿Cómo sabía?
Señor:
Oí que preguntó por la carretera libre (que carece de
casetas).
Papá:
Déme su dirección para pagarle a mi llegada a México.
Señor:
No, hoy por ti, mañana por mí.
Todos
nos pusimos a rezar más intensamente para agradecer el favor.
Como estábamos tan alegres y un poco asustados por lo
sucedido, papá nos invitó a comer. Y el dinero alcanzó
exacto para la gasolina, para las casetas, para la comida de mis
papás y de cinco hijos que somos.
cap. 10
GENTE QUE REZA
A
lo largo de estas páginas, hemos visto cómo Dios ha
concedido a San Josemaría un gran poder intercesor para
sembrar el bien en todas partes, ayudando a muchísimas
personas en cualquier género de apuros. Pero hay algo que
también enseñan estos relatos y que el lector habrá
notado ya. Es, en cierta manera, un favor que San Josemaría
nos hace a todos nosotros: darnos a conocer que en el mundo hay mucha
gente que reza.
Gente
que es un ejemplo de fe y esperanza en Dios, de serenidad en los
contratiempos, de preocupación por el prójimo. Lo hemos
visto, entre líneas, en muchos de los favores que se han
recogido en estas páginas.
El
hilo conductor de este último capítulo es precisamente
la gente que reza o se beneficia de la intercesión de San
Josemaría. Gente con necesidades muy variadas, como se habrá
visto ya, de condición social muy distinta, en países
muy diferentes. Otras veces, son personas que San Josemaría
pone en nuestro camino para ayudarnos.
La
gran mayoría no pertenecen al Opus Dei: a veces no son ni
siquiera cristianos. Acuden a San Josemaría niños y
adultos; religiosas y sacerdotes; mujeres y hombres; personas que,
por vivir alejadas de la Iglesia, quizá se consideran indignas
de ser escuchadas. Para todos es un amigo en el Cielo, que no hace
acepción de personas.
AYUDANDO A LOS SACERDOTES Y RELIGIOSOS
Muchas
veces habló San Josemaría de su amor a los sacerdotes y
religiosos. Ya en la tierra les ayudó de mil maneras, y es
comprensible que esta "debilidad" por ellos se demuestre
también ahora, en los favores que les obtiene del Señor.
Una
de las gracias más características que San Josemaría
obtiene a las religiosas y religiosos es la de conseguir vocaciones.
Los relatos que aquí se incluyen son unos pocos ejemplos entre
muchos.
En una situación dramática
(España)
Iba
en el tren a Palencia y al estar los asientos ocupados, me quedé
en una de las plataformas. Al poco oí voces en un vagón
cercano. Me disgustó una escena indignante: en un lado de los
asientos, una religiosa, de unos cincuenta años, tenía
sentado a su lado a un joven subnormal profundo, al que acompañaba.
Al otro lado del pasillo, tres chicos jóvenes, con aspecto
desagradable, decían groserías y empujaban al enfermo,
que miraba a la monja con cara de asombro, mientras ésta
lloraba, con las manos cerradas sobre el pecho, impotente para
enfrentarse con los tres jóvenes, sin que nadie hiciera nada,
por miedo a la reacción violenta de los chicos, aunque se veía
a la gente disgustada.
Me
encomendé a Mons. Escrivá de Balaguer y, sin pensármelo
dos veces, me enfrenté con el que parecía llevar la voz
cantante del grupo, empleando su mismo lenguaje, pues pensé
que sería el único que entenderían.
Su
sorpresa inicial fue grande, pero pronto se envalentonaron y llegaron
a sacar una navaja: me defendí como pude, dando una patada a
uno, un empujón a otro y un puñetazo a un tercero. Me
asusté al ver el cariz que tomaban las cosas, pero los que
estaban en el vagón se pusieron de mi parte y acorralaron a
los tres jóvenes, que tuvieron que tirar la navaja. Llegó
el revisor, que les hizo bajar en la parada siguiente.
La
monja, ya tranquila, me dio las gracias. Yo le respondí que
favor con favor se paga: saqué una estampa para la devoción
privada del Siervo de Dios y se la di, rogándole que la rezara
todos los días, pidiendo por el Santo Padre y por unas
intenciones particulares.
Ante
mi asombro, la monja volvió a llorar copiosamente y abriendo
las manos, que aún conservaba cerradas sobre el pecho, me
enseñó una estampa de Mons. Josemaría Escrivá
de Balaguer, arrugada y desgastada por el uso, diciéndome que,
desde que comenzaron a meterse con el enfermo, había pedido
ayuda al Siervo de Dios.
Terminó
diciéndome que, como la estampa ya la rezaba todos los días,
rezaría una parte del Rosario por el Papa y otra por mis
intenciones.
En mi parroquia (Ecuador)
Soy
sacerdote que pertenezco a la Diócesis de Ibarra. Llevo cuatro
años desde mi ordenación. He sido párroco en
tres parroquias. Actualmente estoy trabajando en una zona misional,
llamada Intag, el clima es subtropical y es extensa en territorio.
Al
recibir la parroquia el 19 de enero de 1997, estuve un tanto
decepcionado por no ver frutos inmediatos; la gente no se confesaba,
poca asistencia a la Misa dominical —¡peor diaria!—...
Tengo mucha devoción al Beato Josemaría y todo este
tiempo he estado encomendando su intercesión. Me da mucha
alegría porque ahora la gente se confiesa con frecuencia,
comulga y asiste a la Santa Misa.
Faltaba la Bula del convento (España)
Hace
tiempo que estamos en deuda de gratitud con el Beato Josemaría
Escrivá de Balaguer, por lo siguiente:
No
sabemos cuándo ni cómo, nos llevaron del archivo de
nuestro convento un documento muy importante, nada menos que la Bula
de la Fundación.
Nos
dimos cuenta cuando un día que se necesitó el libro
donde estaba, para buscar unos datos que se necesitaban, ya no
estaba, pues sobresalía un poco, ¡faltaba la Bula! ...
No
sabíamos qué pensar, pues algunas veces entran algunas
personas en el archivo de nuestro convento, porque precisan algunos
datos, para sus estudios o lo que sea. Ya se puede imaginar, ¡qué
disgusto teníamos!
Nos
decidimos a hacerle una novena, dos y hasta tres seguidas,
pidiéndoselo con mucha fe.
Por
fin un día vino el señor que se lo había
llevado; confesó que había sufrido mucho y que no sabía
qué hacer, si mandarlo por correo, o traerlo él
personalmente.
Creemos
que ha sido un milagro del Beato Josemaría Escrivá de
Balaguer. Nos ha hecho muchos favores; pero ya nos daba vergüenza
y no queríamos pedirle nada, hasta hacer público este
milagro.
Crisis de fe (Italia)
Gravemente
enfermo desde comienzos del año 1974, mi hermano fue ingresado
en el mes de julio en un hospital, donde el 7 de agosto sufrió
una difícil intervención quirúrgica. Desde
entonces, no se recuperó ya y transcurrió el resto de
sus días, salvo algún breve paréntesis, entre
hospitales, clínicas y casas de curación.
Fui
a verle varias veces y me di cuenta, con gran disgusto, de que, aun
siendo sacerdote, no alcanzaba a descubrir la Voluntad de Dios en su
enfermedad incurable.
Cuando
me hizo referencia a sus crisis de fe, hice de todo para animarle y
recé intensamente por él. Después de la muerte
de Mons. Escrivá le pedí, con mucha frecuencia, que lo
ayudara en la enfermedad y en la muerte.
En
el mes de noviembre de 1975 volví a verle, con ocasión
de la muerte de otro hermano nuestro, y me contó que había
hecho una novena a Mons. Escrivá; sin embargo, estaba abatido
por el reciente luto y me confió que le resultaba difícil
confesarse y recibir la Comunión.
De
regreso a Roma, continué rezando por él, visitando
frecuentemente la tumba del Fundador del Opus Dei. Pocos días
después supe que había recuperado la serenidad y había
aceptado plenamente la Voluntad de Dios. En los últimos días,
antes de morir, recibió cotidianamente el Santo Sacramento, se
confesó y le fue administrada la Unción de los
Enfermos.
Expiró
el 16 de enero de 1976 con gran serenidad, asistido por nosotros, sus
hermanos, y por el capellán de la clínica, que rezó
junto a él y con él hasta el último momento.
No tenían postulantes (Chile)
Existe
gran devoción al Venerable Josemaría Escrivá en
el convento de monjas Trinitarias, en Concepción (Chile). Todo
empezó cuando un historiador amigo mío realizó
un trabajo de la historia de la llegada a Chile de esa congregación.
Finalizada una entrevista con la superiora del convento, le regaló
una estampa con la oración para la devoción privada a
Mons. Escrivá.
Al
poco tiempo, mi amigo acudió nuevamente al convento y la
superiora le contó lo milagroso que era el Venerable Josemaría
Escrivá, ya que había acudido a su intercesión
para pedir vocaciones —no tenían postulantes desde hacía
bastantes años— y para sorpresa de ella, en pocos días
llegaron cuatro. Desde ese momento, a hora fija, todas las monjas del
convento le rezan la estampa.
Otra vocación más (Bélgica)
Tengo
la alegría de comunicar que la postulante que habíamos
pedido por intercesión del Beato Josemaría Escrivá
ha hecho su profesión el pasado mes de diciembre. Se había
presentado justo antes de la beatificación del 17 de mayo.
Una
atención más de nuestro bienamado Beato, a quien
tenemos una gran devoción y a través del cual nos
atrevemos a pedir una segunda postulante, con la promesa de
comunicarlo y de ofrecer nuestra oración encendida para que se
acelere su canonización.
También
tenemos presente a diario en nuestra oración agradecida y en
nuestra penitencia la magnífica y fecunda obra de toda su
vida, el Opus Dei.
Un sacerdote enfermo (Uganda)
En
1995 visité a un sacerdote que sufría una enfermedad
muy dolorosa desde hacía unos diez años. El médico
dijo que era imposible curarla. Cuando estuve con ese sacerdote, sus
dolores eran tales que se le saltaban las lágrimas. Decidí
rezar con él la oración de la estampa del Beato
Josemaría Escrivá.
Ese
sacerdote me dijo que había sufrido tanto que estaba cansado
de rezar y que ya sólo esperaba descansar después de la
muerte. Insistí algo más y me marché. Pero
cuando ya estaba en la puerta me dijo: vamos a rezar a este sacerdote
tuyo.
Empezamos
a rezar y justo después de acabar la oración el dolor
desapareció. Desde entonces no ha vuelto a tener problemas. El
médico estaba asombrado de que la enfermedad hubiera
desaparecido.
Este
sacerdote vive ahora en Roma y, gracias a este favor, tiene mucha
devoción al Beato Josemaría y trata de difundirla.
A punto de irme de este mundo (Perú)
¡Gracias
una vez más, Padre amado!
Soy
una carmelita descalza. El día 14 de junio de 1993 tuve un
accidente cardiovascular que me hubiera dejado inválida para
el resto de mi vida. Eran las 3.30 de la mañana, y había
perdido el conocimiento más o menos durante 20 minutos.
Cuando
lo recobré, me di cuenta de que las hermanas rezaban a mi lado
oraciones y jaculatorias como para partir a la eternidad. Yo las
repetía interiormente.
Hubo
un momento en que me quedé completamente sola y entró
alarmada una hermana y no sabiendo qué hacer, vio en mi mesa
de noche la estampa de Monseñor Josemaría Escrivá,
cogió la estampa y me empezó a frotar los labios y el
cerebro, dejándome la estampa amarrada en el cerebro, pues yo
tenía la lengua totalmente trabada y no podía
pronunciar palabra. Desde ese momento, noté que, poco a poco,
se me desataba la lengua y de rígido que tenía el
cuerpo se me ablandaban los miembros y me podía mover, de
manera que el médico que se presentó ya a las 6.30 a.m.
me encontró ya hablando, aunque aún defectuosamente. La
presión arterial, que la tenía bajísima, se fue
normalizando.
Tuve
que guardar reposo por prescripción médica y tomar las
medicinas correspondientes, pero mi Padre me hizo sentir muy bien y
le doy infinitas gracias, lo mismo a las oraciones de sus hijos que
apenas supieron que me encontraba mal, me encomendaron a su
intercesión, y mis hermanas que elevaron también sus
oraciones por mí. Ahora me encuentro muy bien.
¡Gracias
mil, Padre amado! Pido una vez más que subas pronto al honor
de los altares, en categoría de santo. Te debo mi vida.
LA ORACIÓN DE LOS NIÑOS
El
Fundador del Opus Dei escribió en Camino que «después
de la oración del Sacerdote y de las vírgenes
consagradas, la oración más grata a Dios es la de los
niños y la de los enfermos»[20]. De la eficacia de esa
oración de los más pequeños dan testimonio los
siguientes favores.
Que se confesara mi amiga (España)
Tengo
una amiga de mi edad (10 años) que no se confesaba muy
frecuentemente, y eso me daba pena. Entonces pensé en rezarle
la estampa a Monseñor Josemaría.
Antes
de ello, le informé a mi hermana de mi propósito y me
dijo que se cumpliría, porque Monseñor Josemaría
quería que la gente se confesara: que sí, que le
rezara.
Le
recé la estampa dos veces, con mucha atención. Al
domingo siguiente fui a llamar a mi amiga para ir a Misa como siempre
hacemos, y entonces le pregunté que si a la hora de siempre, y
me dijo que, como quería confesarse, tenía que salir de
casa antes, para así darle tiempo.
La
verdad es que Monseñor Escrivá se portó muy bien
conmigo.
Imposible, Padre, que no me haga el favor
(Colombia)
Estoy
en el Gimnasio Moderno un colegio muy grande. Mis papás me dan
plata para comprar dulces en la tienda del colegio.
El
viernes le pedí a mi papá más plata de lo de
costumbre. Me la dio y fuera de lo que me dio, teníamos un
paseo y había que pagar el transporte.
Cuando
fui a pagar no había plata en mi chaqueta. Me salí de
la clase, hice el recorrido por donde había entrado; nada, no
estaba caída.
Entonces
le dije al Padre que por favor me ayudara a encontrarla, porque ya
sabía yo que alguien la había recogido sin saber de
quién era. Le pedía con mucha fe, no porque mis papás
me regañaran, sino porque tenía que pagar ese
transporte, y le dije al Padre: "Padre, usted tiene que hacerme
aparecer esa plata". Ya estaba yo triste de pensar que se había
perdido, pero le seguí pidiendo al Padre, y le repetía:
"Imposible, Padre, que no me haga el favor".
De
pronto vi que uno de once años me dijo: "Oiga, ¿esa
plata que está caída no es suya?" Volteé a
mirar: era mi plata; era imposible que apareciera.
Le
di las gracias al Padre y mi abuelita me dijo que escribiera el
favor, pero mi letra no es muy buena, y le dije a ella que lo
hiciera. Cuando le conté a mi abuelita se puso feliz. Todos
mis hermanos lo queremos mucho. Yo a donde voy llevo la estampa, y en
la noche la pongo en mi mesa de noche.
En el parvulario (El Salvador)
En
una pre-primaria de San Salvador, nos contaron que en una clase, la
maestra con los niñitos empezaron a rezar una novena al Beato
Josemaría para que apareciera un niño que habían
secuestrado hacía un año. Al octavo día, uno de
los pequeños comentó: "Hoy la mamá de
fulanito está todavía llorando, pero mañana ya
no, porque terminamos la novena y va a aparecer".
La
maestra comenzó a sufrir y a pensar qué explicación
les iba a dar a los niños pues era muy poco probable que el
niño apareciera.
Y,
efectivamente, al niño lo soltaron el día que
terminaron la novena. La maestra estaba de lo más conmovida.
Que mi papá se acerque más a Dios
(México)
Hace
un mes y medio conocí al Beato Josemaría, a raíz
de que ingresé al Centro escolar Cedros a 2º de
secundaria. Desde entonces le encomiendo todos los días con la
oración de la estampa que mi papá se acerque más
a Dios, haciendo una buena confesión y rezando más.
Poco
a poco he ido planteando a mi papá temas de vida espiritual
que vamos tratando en el Colegio. Al principio se resistía un
poco, dándome argumentos como "que Dios ya lo había
perdonado sin confesarse", etc.
Yo
seguía rezando la estampa del Beato Josemaría todos los
días por esta intención, hasta que accedió a que
rezáramos diariamente en familia el Santo Rosario. Semanas más
tarde aceptó confesarse y salió muy contento y
removido, asistimos a Misa, comulgamos juntos todos los días y
en mi casa estamos todos muy contentos y agradecidos con el Beato
Josemaría por este favor tan grande.
Además,
le sigo pidiendo que en mi familia seamos constantes en la vida de
piedad, y no sea una simple llamarada de petate.
¿Vos querés un hermanito?
(Argentina)
Uno
de mis hermanos llevaba ocho años de casado. A pesar de muchas
consultas a distintos profesionales, mi cuñada no quedaba
embarazada.
En
unas vacaciones otro hermano mío que es sacerdote, al pasar
por Rosario, que es donde ellos viven, les dio una estampa del Beato
Josemaría, con reliquia, diciéndoles que le pidieran
ese hijo que tanto querían. Justo ellos viajaban a pasar sus
vacaciones en Mendoza, una de las ciudades turísticas más
lindas de la Argentina. Mi hermano rezó una novena al Beato
Josemaría. Y mientras estaban en Mendoza, mi cuñada
confirmó su embarazo. Fueron a festejar a un restaurant muy
lindo, brindaron, estaban tan contentos que el mozo que los atendía
terminó por enterarse del motivo. Y el Beato Josemaría
tuvo un detalle más: cuando pidieron la cuenta para pagar, les
contestaron que los invitaba la casa. A los nueve meses nació
Matías, un bebé amoroso.
Cuando
Matías casi iba a cumplir tres años comenzó,
primero a pedir y luego a suplicar insistentemente hasta con llanto,
que quería hermanitos. Acudía a decírselo a su
padre y a su madre una y otra vez.
Al
fin su padre, un poco impaciente, le puso en las manos una estampa
del Beato Josemaría, diciéndole: "¿Vos
querés un hermanito? Pedíselo vos". Y ahí
lo dejó. No sé cómo Matías se lo habrá
pedido a nuestro Padre. Pero quedó convencido que los tendría.
Después
de once años de casados mi cuñada está
embarazada por segunda vez. Le dieron la noticia a Matías y mi
hermano, bromeando, le preguntó: "¿Ahora qué
querés, definite (bromeando), hermanito o una hermanita?".
Y el chico contestó: "hermanito y hermanita".
El
24 de diciembre mi cuñada me llamó a Buenos Aires,
donde vivo, para darme la primicia, de la noticia que comunicarían
esa Nochebuena al resto de mi familia. Me contaron que el día
anterior, en la ecografía, se veía que no esperaban un
hijo, sino que eran dos.
MADRES CON FE
La increíble historia de mi madre
(Estados Unidos)
La
historia comienza hace como tres años (verano de 1990) cuando
mi madre tuvo una caída muy peligrosa. Se había caído
por la escalera, todo un piso, y se había herido seriamente.
Pasó mucho tiempo en cuidados intensivos. Más tarde,
parecía que había tenido el tipo de caída de la
que uno no se recupera del todo.
Tengo
que decir que mi madre es una persona un poco diferente y única.
Madre de nueve hijos, además de haber cuidado siempre de la
familia y especialmente de habernos transmitido una fe muy sólida
(con la ayuda de mi padre), toda su vida la ha dedicado a hacer obras
de caridad. Es famosa en Filadelfia por su estupenda capacidad de
organizar eventos de caridad con mucho éxito para muchas
causas muy buenas. Sabe que Dios le ha dado este talento y lo
utiliza. Además, es muy activa en el movimiento Pro-Vida.
También trabaja a tiempo completo como agente de Bienes
Raíces.
La historia se
traslada ahora al verano de 1992. Por algún tiempo, uno de los
tobillos de mi madre (creo que el izquierdo) se le había
estado hinchando. Estaba mucho más grande que el otro. Mi
padre, que es médico, le recomendó que fuera a ver a un
cirujano ortopédico amigo suyo. El doctor no pudo diagnosticar
nada concreto. Mi madre fue a ver a otro experto, y a otro, y a otro,
etc., no sé con seguridad el número exacto de médicos
que mi madre visitó. Nadie podía explicar por qué
su tobillo estaba hinchado. Ellos suponían que, de alguna
forma, el accidente de mi madre estaba conectado a la hinchazón
del tobillo, pero no estaban seguros y no podían verificarlo.
En
medio de todo esto, mi madre notó que tenía un bulto en
la espinilla de su pierna hinchada. Fue a un dermatólogo
quien, con seguridad, diagnosticó el bulto como un tumor
canceroso. No era algo peligroso. El procedimiento para quitarlo era
lo de menos; el problema, dijo el dermatólogo, era que no
podría remover el tumor mientras tuviese la pierna tan
hinchada.
Soy
miembro del Serra Club en Filadelfia. En el verano de 1992 un
profesor de Teología Moral del Seminario de San Carlos, en
Filadelfia, miembro del Opus Dei, dio una charla en uno de los
eventos que organiza el Club. Nos habló acerca del Opus Dei y
del Beato Josemaría Escrivá. Yo había oído
hablar del Opus Dei antes, y también había ido a unos
retiros, una o dos veces en esos últimos años.
Al
final de la charla dijo que tenía unas estampas del Beato
Josemaría Escrivá y nos animó a que rezáramos
la oración si algún día teníamos alguna
petición importante que hacer. Él dijo que la oración
de la estampa era muy poderosa. Yo pensé en mi madre y tomé
la estampa. Mi madre había sido siempre muy fuerte. Ella ha
sido siempre un ejemplo profesional para mí. Me costaba mucho
verla sentada con la pierna levantada sin poder caminar y con un
cáncer, también en la pierna, que no se podía
quitar.
Un
viernes por la tarde hice ocho fotocopias de la estampa. Sabía
que ese fin de semana vería a todos mis hermanos en la casa de
mis padres en Avalon, New Jersey. Discretamente hablé con cada
uno de ellos y les di la fotocopia de la estampa. Nunca le dije a mi
madre lo que estaba haciendo. A ellos les dije que no quería
alarmar a nadie, pero que estaba preocupado por la condición
de mi madre y la dirección en la que iba. Todos estaban de
acuerdo conmigo. Somos una familia creyente. Le pedí a cada
uno que dijese la oración una vez al día para pedirle a
Josemaría que intercediera por mi madre y se recuperara.
Durante
siete meses traté con mucho ahínco de rezar la estampa
todos los días. Creo que me olvidé de decirla una o dos
veces durante este período. Me enojaba y trataba de reponer la
oración. Tengo un hermano menor que está estudiando
para ser sacerdote en el seminario de San Carlos en Filadelfia. Me
parece que él también hizo lo mismo que yo. De los
demás no sé con exactitud si rezaban la estampa todos
los días. De cualquier forma, sé que ellos la decían
por lo menos espiritualmente de una forma u otra. Ahora mi narración
se hará un poco técnica.
Le
rezaba a Josemaría todos los días y le pedía que
disminuyese la hinchazón del tobillo de mi madre para que
pudieran quitarle el tumor canceroso. Nunca recé para que el
cáncer desapareciera. Yo le rezaba al Fundador y también
a Nuestro Señor y a su Santísima Madre, y les pedía
que escucharan a Josemaría. También les pedía
que ayudaran a mi madre. Empecé a hacer estas peticiones desde
agosto de 1992 hasta marzo de 1993, junto con mis hermanos y
hermanas, y sus esposos.
En
marzo de 1993 estaba en la cocina con mi madre cuando me dijo, como
de pasada: "Por cierto, ¿supiste que me han quitado el
cáncer?" (Ella es así, nunca habla de sí
misma). En ese momento sentí escalofríos y le dije que
no. Entonces le comenté: "Pensaba que la hinchazón
tenía que desparecer primero". Me contestó: "Es
que hace unos meses, por una razón inexplicable, también
la hinchazón desapareció. Era muy extraño, pues
al dermatólogo también le costó mucho trabajo
encontrar el tumor canceroso para cortarlo. Pero de todos modos cortó
una pulgada, para asegurarse".
Yo
estaba profundamente feliz, y supe en ese momento que el Beato
Josemaría había respondido a mis oraciones. Al mismo
tiempo, permanecí con mucha calma. Todavía no le había
dicho nada a mi madre. Un día en el trabajo decidí que
realmente le debía a Josemaría explicarle a mi madre lo
que había sucedido. Esa misma noche fui a la casa de mis
padres y le dije a mi madre todo lo que había hecho. Se
conmovió y lo apreció mucho. Ella creía en su
corazón que realmente se había curado gracias a alguna
intercesión.
Después
le pregunté algo muy específico: "Mamá,
necesito saber. ¿El cáncer, realmente estaba todavía
ahí o había desaparecido?" Ella me dijo que no lo
sabía, que tendría que verlo con el médico. Al
día siguiente, le llamó y el doctor le dijo que no
estaba seguro, pero que los resultados del laboratorio les darían
la respuesta. Días después, mi madre volvió al
médico para que le removiera las puntadas de la herida. Su
cita fue inolvidable.
Primero
el doctor le explicó lo que tuvo que hacer para removerle el
cáncer, y que fue tal el trabajo que le había costado
encontrar el lugar preciso, que tuvo que ir a ver los resultados del
diagnóstico para encontrar el sitio. Los resultados del
laboratorio también salían negativos. El cáncer
había desaparecido y eso era extraordinario.
El
doctor le enseñó a mi madre los dos resultados del
laboratorio: el primero donde decía que tenía cáncer,
y el segundo donde decía que no lo había. No había
explicación científica para el suceso.
Esto
ocurrió hace aproximadamente dos meses. He sabido en mi
corazón desde ese momento que tenía que escribir este
testimonio. Ahora rezo todos los días en agradecimiento al
Beato Josemaría por haber intercedido por mi madre, y también
agradezco a Nuestro Señor y a Nuestra Santa Madre María
por escuchar las peticiones del Beato Josemaría.
Toda una vida rezando (Guatemala)
En
el mes de octubre de 1980, supe del Beato Josemaría. Una vez
le pregunté a un sacerdote amigo mío por el Beato
Josemaría y él me explicó bien quién era,
y me dijo: "Si a ti te gusta, rézale". En ese tiempo
ya llevaba tres años asistiendo al grupo de jóvenes de
la Divina Providencia y, cuando el sacerdote me platicó, yo ya
había optado por llevar siempre la estampa.
En
1986 me casé: un matrimonio sencillo, pero con amor; teníamos
tanta ilusión por ser papás que se nos hacía
larga la espera.
En
1987 nació nuestro hijo, un varón de cinco libras,
prematuro, pero sano. A los cinco días, me di cuenta de que
estaba amarillo y regresé al hospital; me dijeron que con el
sol se le pasaría, pero a los once días cayó en
coma y lo llevamos de nuevo al hospital. Casi muere.
Allí
recé por primera vez la estampa y le pedí al Beato
Josemaría que me dejara a mi hijo como fuera, y así lo
hizo: al mes, salió del hospital, con la flora intestinal
lavada y tomando leche de soja, pero se repuso con muchos cuidados.
Sin
embargo, el niño lloraba mucho y acudimos al pediatra; nos
dijo que tenía parálisis cerebral, a consecuencia de la
enfermedad que lo había puesto amarillo. Esto fue un golpe
durísimo, pero el doctor nos dijo que, aparte de la parálisis,
estaba sano y que el llanto se debía al mismo descontrol que
la parálisis le provocaba.
Lo
llevamos a casa y, conforme se iba desarrollando se veía
lindo, pero cuando salía el sol no cerraba los ojos; otro día,
lo llevé a una fiesta y él se durmió, aunque
tenía el amplificador del sonido cerca. Esto me llamó
la atención y consulté al pediatra; él me
refirió a un neurólogo y éste me envió a
hacer pruebas visuales y auditivas. Estas pruebas eran carísimas;
mi esposo estaba sin trabajo, pero se las hicimos y dimos cheques
prefechados como pago.
El
resultado de los exámenes fue que tenía ceguera total a
causa de una rotura en el nervio óptico; el nervio auditivo se
encontraba en las mismas condiciones, de modo que ni con operación
tenía solución. El neurólogo, una gran persona,
nos dijo que le pidiéramos con fe a Dios y que él haría
la obra.
Cuando
yo me fui de la clínica, toda desconsolada y triste, en la
camioneta, leí la estampa y le pedí con gran fuerza al
Beato Josemaría que nos ayudara, que le diera vista y oído
al bebé. Al llegar a casa, conté lo que el médico
me había dicho; mi esposo estaba partido y, encima, no
teníamos para pagar los exámenes médicos.
Nosotros
teníamos una pequeña tienda, el único ingreso en
ese momento; por la tarde, al contar la venta, alcanzaba la mitad de
los gastos y una tía llegó y nos dio lo que faltaba
para completar la suma. Mi esposo me dijo: "Ya tenemos el
dinero" y yo le dije que rezáramos la estampa. La rezamos
al día siguiente, y, cuando me acerqué a ver al bebé,
me sonrió; yo no lo podía creer, se lo dije a mi esposo
y le sonrió también. Cuando llamamos al doctor, nos
dijo: "¡Tráiganlo!", y lo examinó y
dijo: "En realidad, es un milagro". Y así fue como
el Padre me ayudó.
En
1989, yo ya había conseguido plaza como maestra en el Estado y
estaba trabajando. Me llamó mi mamá y me dijo que el
niño estaba como muerto. Yo, desde donde estaba, le di
indicaciones a mi mamá para el médico y me puse a rezar
la estampa pidiendo que no fuera grave; gracias a Dios, fue una
convulsión que pasó sin más y, desde entonces,
el niño toma una medicina.
En
agosto de 1989 me enfermé con bronquitis y tuve problemas de
oxigenación, de modo que me tuvieron que internar. Mi médico
sólo atiende en el Centro Médico y ya temíamos
poder pagarlo, pero recé la estampa y salí muy bien,
tanto que ya nunca más me molestó.
En
ese mismo año, me inscribí a un curso de Administración
del Hogar I en Junkabal, una escuela para obreras, y conocí a
dos señoras del Opus Dei que me dieron a conocer mejor al
Beato Josemaría. También asistí a una
convivencia.
En
abril de 1990, hacia Semana Santa, el niño se me enfermó
de úlcera sangrante y tuvo que ser internado; no paraba de
sangrar hasta que le cauterizaron la úlcera. Recé mucho
la estampa y el Beato Josemaría me ayudó a pagar el
Hospital, pues me salieron nuevos contratos en un pequeño
negocio que tenía.
En
febrero de 1991 me di cuenta de que estaba esperando un bebé.
Fue un embarazo con problemas de pérdidas y dolores, y no
crecía el bebé del modo adecuado; al sexto mes, el
doctor se dio cuenta de que tenía un tumor en el útero.
A los ocho meses, nació una niña de tres libras y yo
tenía cáncer en tercer grado, pero seguí rezando
mi estampa y todo salió bien.
En
febrero de 1993, mi hijo mayor volvió a enfermar: se le
gangrenó el intestino delgado y tuvo peritonitis. Por su
parálisis, lo tenía que atender un especialista; no me
lo recibían en ningún hospital público y lo
llevamos al Bella Aurora.
Cuando
lo ingresamos, sabíamos que era carísimo y no teníamos
nada más que mi sueldo y el de mi esposo, pero el niño
estaba grave, lo operaron y quedó paralizado. Pasaron 48 horas
y dijeron que tendrían que operar de nuevo; no salía de
la parálisis, y los médicos perdieron las esperanzas
cuando pasaron 72 horas de la segunda operación.
La
cuenta del Hospital iba subiendo y el niño seguía
igual; esa tarde, pedimos el saldo y la cuenta estaba en cero: no
sabemos quién pagó los 100.000 quetzales al contado,
con recibo a nombre del nene.
Esto
era un alivio, pero el niño seguía igual; los médicos
y, hasta el sacerdote, aconsejaron quitar los aparatos a los que
estaba conectado, y entonces rezamos la estampa y le pedimos a Dios
que se hiciera su voluntad, que se lo entregábamos, que era
suyo, que lo aliviara. Eso fue el sábado, al mediodía;
por la noche, él volvió en sí: ¡un
milagro!
Una
persona siguió llevando sus donativos, y la descripción
que la cajera daba de esa persona coincidía con la del Beato
Josemaría. Nuestra situación económica, a pesar
de la gran ayuda, fue crítica, pero gracias a Dios y al Beato
Josemaría, salimos de la deuda del Hospital; tan sólo
nos queda la hipoteca de la casa.
Yo
estaba esperando mi tercer bebé. Algo que nadie cree es que
yo, con cáncer, haya tenido otro embarazo, pero éste
fue el mejor: a pesar de tanto nervio y penas, desvelos y llanto, fue
lindo, hasta el séptimo mes, en que, de un momento a otro, el
bebé dejó de moverse.
El
médico me dijo que me aplicara hielo en el vientre, pero no
surtió efecto; entonces me dijo: "La opero a las 7:00
a.m.", y cuando le pregunté por qué, me dijo que
era probable que el bebé ya hubiera muerto.
Me
ingresaron y desde las 9.00 p.m. no noté ni un solo
movimiento. Antes de ser operada recé la estampa; en el
quirófano, cuando el doctor me dijo que no podía sacar
al bebé porque había mucha hemorragia, le pedí
al Padre que intercediera para que el bebé naciera, y, al
ratito, el doctor me dijo: "Es un varoncito y está vivo".
Yo salí "rebién" de la operación.
Algo
que había olvidado decir es que mi esposo, después de
dos años de casados, se había puesto haragán, y
sucio en su aspecto; se quedó sin trabajo cuando nació
la nena y no buscaba otro, era yo quien lo mantenía. Así
pasó un año, y hasta había pensado en dejarlo,
pero una amiga me dijo: "De cinco esposas con problemas, cuatro
no logran salvar su matrimonio; tú no vas a ser de ésas,
encomienda a tu esposo y reza". Y, en realidad, él cambió
por completo: ahora es responsable, trabaja mucho y es cariñoso...
Hace
poco volví a Junkabal a recibir unos cursos para distraerme,
porque me atormenta la deuda de la casa, y una de mis amigas me pidió
que escribiera todos estos favores, pero algo raro pasó:
estaba a punto de terminar el escrito, cuando me quedé dormida
y soñé que el Beato Josemaría me decía
que aún no era la hora y entonces me desperté y me
levanté, como si alguien me lo hubiera dicho.
Salí
y me dirigí al cuarto del nene y él se estaba ahogando,
no sé en realidad por qué motivo, y quedó
inconsciente. Pasó 48 horas así, pero volvió a
estar bien, mejor que antes, por eso lo escribo.
Dicen
que el Beato Josemaría me consiente, yo creo que lo que pasa
es que le doy mucho la lata al pedir y, para que no moleste, me hace
caso.
No sé qué te pasa, pero rézale
a este santo (España)
Por
el presente escrito, quiero dar cuenta, aunque un poco tarde, de un
milagro que hizo el Beato Josemaría Escrivá de
Balaguer, al cual desde lo más profundo de mi corazón,
le pido que me perdone, por no haberlo hecho antes.
Paso
a contar los hechos: en septiembre de 1992, operaron a mi esposo a
corazón abierto. La operación duró 9 horas
y según el dictamen de los médicos, no duraría
mucho tiempo con vida. La operación había sido muy
difícil, ya que le operaron de las tres coronarias.
Durante
un mes se debatió entre la vida y la muerte. Yo estaba
desesperada porque no sabía a quién rezar y pedir por
su salud. Había hecho toda clase de promesas por él, y
cuando el cirujano dijo que no había salvación, yo creí
morir.
Una
mañana, la herida del pecho no dejaba de supurar, así
estuvo durante 25 días, hasta que el médico me dijo que
había que volver a operar si esa herida no dejaba de sangrar,
pero que sería bastante delicada otra vez la operación
y no sabría decir el resultado.
Bajé
a la capilla y estaba vacía. Delante del Cristo que hay allí,
me puse a llorar desesperadamente. Empecé a hablar con Dios, y
le dije: "Señor, no sé a quién pedir por mi
marido; él tiene que vivir, su hijo y yo lo necesitamos.
Necesito que me ayudes; dime a qué santo podría hacerle
una novena o pedirle que me ayude y que a mi marido no lo tengan que
operar otra vez, por favor, dime a quién le rezo por &eacu