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XXIII ANIVERSARIO DEL PONTIFICADO DEL PAPA JUAN PABLO II

El 16 de octubre de 1978 comienza el pontificado de Juan Pablo II. Fue elegido Papa por el colegio de Cardenales el 16 de octubre de 1978. Seis días después, asume el gobierno pastoral de 900 millones de católicos de todo el mundo, convirtiéndose en el primer Papa Polaco de la historia, después de 455 años de Papas Italianos. Es también el Papa que mas viajes evangelizadores realizo.

 

 

 

 

Datos Biográficos:

Su nombre es Karol Wojtyla. Nació el 18 de Mayo en Wadonice, Polonia, cerca de Cracovia. Hijo de una familia obrera. En 1942 ingresa en el departamento Teológico de la universidad de Jaguellonia.

El 1º de noviembre de 1946 es ordenado sacerdote y celebra su primer misa en la Catedral de Wavel.

Durante la 2da guerra Mundial estuvo en la resistencia contra la ocupación de su país.

Es consagrado obispo auxiliar de Cracovia en 1958. dos años después la diócesis es elevada al rango de arquidiócesis por Paulo VI y lo nombra arzobispo de la misma.

En mayo de 1967 es nombrado cardenal. Se convierte junto con el cardenal Wyszynski en jefe espiritual de Polonia. En 1978 es elegido Juan Pablo I, tras la muerte de Paulo VI, quien muere 33 días después.

El 16 de octubre de 1978 Wojtyla es elegido sucesor de Pedro luego de 456 años de Papas Italianos.

 

 

 

Su Apostolado, los hechos mas destacados.

1979: Acepta mediar el conflicto de frontera entre Argentina y Chile.

1981: El 13 de mayo Ali Agca intenta asesinarlo

1982: Recibe las credenciales del 1er embajador Británico desde el reinado de Enrique VIII

1983: Luego de 456 años se establecen relaciones diplomáticas con Suecia.

1984: Se establecen relaciones diplomáticas con Estados Unidos.

1987: El 19 de enero tiene un encuentro privado con el Rey Hussein, de Jordania. El tema es Medio Oriente.

El 6 de junio visita oficial de R. Regan presidente de Estados Unidos.

1991: El 15 de enero envía una carta a Bush y a Hussein intentando evitar la guerra.

1992: El 1 de enero la Santa Sede reconoce la nueva federación Rusa.

El 13 de enero la Santa Sede reconoce la soberanía de Croacia y Eslovenia.

1993: El 30 de diciembre se regulan las relaciones diplomáticas con Israel

1994: El 2 de junio recibe a Bill Clinton.

1996: El 19 de Noviembre recibe a Fidel Castro. El 3 de diciembre recibe a Leonard Carey, primado de la comunión Anglicana.

1999- 2000: Abre las puertas de San Pedro e inaugura el jubileo

2000: Juan Pablo II pide perdón por las culpas de 2000 años de la Iglesia

2001: el 5 de mayo el papa pidió perdón a la iglesia ortodoxa, en la primera visita de un pontífice a Grecia desde 1054.Fue por los pecados de los católicos como el saqueo de Constantinopla en 1204 · Lo hizo ante el líder de los ortodoxos, monseñor Christodulos · Juan Pablo II viaja ahora a Siria y Malta

 

Viajes de Juan Pablo II.

Juan Pablo II fue el Papa que mas viajes realizó. Ya suman casi una centena sus visitas evangelizadoras. Juan Pablo II acostumbraba a besar el suelo de cada de cada país que visitaba por primera vez. Los años y su estado físico, han hecho que la ceremonia se realice de otra manera, sin necesidad de arrodillarse.

Realizo 5 viajes anuales en promedio, visitando todos los rincones del mundo. Uno de los viajes mas importantes fue por Tierra Santa, marcando un punto culminante en su papado, que de alguna manera ha sido un largo viaje en busca de la unidad espiritual del mundo. Juan Pablo II rezó en el muro de los lamentos, lugar sagrado de los Judíos, para demostrar su intención de avanzar en el dialogo interreligioso.

“ Jerusalén ha sido siempre parte del patrimonio común de nuestras religiones y de toda la humanidad. Jerusalén es la ciudad Santa por excelencia” (palabras de Juan Pablo II al despedirse de Tierra Santa)

 

Encíclicas de Juan Pablo II.

  • Laborem Exercens, Carta encíclica sobre el trabajo humano en el XC aniversario de la Rerum Novarum, 14/09/1981.
  • Slavorum Apostoli, Carta encíclica sobre los apóstoles de los eslavos, 2/06/1985.
  • Dominum et vivificantem, Carta encíclica sobre el Espíritu Santo en la vida de la Iglesia y del mundo, 18/05/1986.
  • Centessimus annus, Carta encíclica conmemorando los cien años de la Rerum Novarum, 1/05/1991.
  • Ut unum sint, Carta encíclica sobre el empeño ecuménico, 25/05/1995.
  • Fides et ratio, Carta encíclica sobre las relaciones entre fe y razón, 14/09/1998.

 

La elección del Papa, el Cónclave.

El derecho de elegir al Pontífice romano compete únicamente al Sacro Colegio de Cardenales. El Papa Pío X suprimió el último obstáculo que podía entorpecer la libertad de los cardenales en la elección pontifica; es decir, el veto que algunas potencias católicas, como vestigio de sus intromisiones en la vida de la Iglesia, pretendían oponer al cardenal que, en el cónclave aparecía como el más favorecido. Cuando se trató de designar al sucesor de León XIII, la persona con mayores posibilidades era el cardenal Rampolla del Tíndaro, que no gozaba de las simpatías del gobierno italiano. Como no había relaciones entre la Santa Sede e Italia, y no podía este último país ejercer directamente la exclusiva, recurrió al gobierno austrohúngaro para que se opusiera a la candidatura del cardenal Rampolis y así lo hizo, por medio del cardenal Puzyna, príncipe arzobispo de Cracovia. A causa de ese veto, salió elegido precisamente Pío X, cuyo primer gesto, por cierto de gran elegancia moral, fue suprimir el pretendido derecho de veto o exclusiva.

Hasta 1922, el plazo entre la muerte de un Papa y el comienzo de la elección del nuevo, era de diez días. Plazo más que suficiente en una época en que apenas había cardenales fuera de Europa. La situación cambió con el nombramiento del Sacro Colegio en el Nuevo Mundo, cuando todavía los medios de locomoción no contaban con la rapidez ni la eficiencia de nuestros días. Así, los cardenales americanos, por la fuerza de las circunstancias, se vieron privados en 1914 y 1922, de su derecho de votar en la elección del Papa. Por eso, poco tiempo después de subir al trono pontificio, Su Santidad Pío XI extendió a quince días el periodo, dejando a discreción del Sacro Colegio el prolongar dos o tres días la espera de los cardenales ausentes, con tal de que la elección comenzara, a más tardar, dieciocho días después de muerto el Papa.

La asamblea para elegir al Papa lleva el nombre tradicional de cónclave. La palabra (del latín "cum", con, y "clavis", llave), designa la asamblea misma y, especialmente, la parte del Vaticano reservada a ese fin y que se aísla de todo contacto exterior.

Después de los nueve días de funerales en sufragio del Pontífice difunto y antes de los dieciocho días de espera de los cardenales ausentes, se reúne el Sacro Colegio en la basílica de San Pedro, y el decano o su representante celebra la misa solemne del Espíritu Santo. Un prelado o algún eclesiástico instruido exhorta a los electores a que, haciendo a un lado simpatías y antipatías personales, y los ojos únicamente puestos en Dios, escojan con diligencia y prontitud un digno pastor de la Iglesia Universal. Aquella misma tarde, los cardenales entran procesionalmente en cónclave, mientras se canta el himno al Espíritu Santo, "Veni, Creator". Al llegar a la Capilla Sixtina y terminada la oración que reza el decano, se da lectura a los textos constitucionales que rigen la elección del Papa, renovando los cardenales el juramento. Cada uno de ellos va inmediatamente a ocupar la celda que le tocó en suerte. Después de haberse hecho tres veces la señal conveniente por medio de una campanilla y de haber expulsado a todos aquellos que son ajenos al cónclave, se cerrará éste por dentro y por fuera. Los cardenales pueden proceder ya a elegir al Soberano Pontífice.

La constitución del Pío XII recomienda tres modos de elección. El primero se llama por "cuasi-inspiración" y tiene lugar cuando los cardenales, sin previo acuerdo, eligen unánimemente y de viva voz, al Sumo Pontífice. El segundo es por "compromiso", cuando, en circunstancias especiales, los cardenales confieren a tres, cinco o siete de los padres conclavistas, la potestad de elegir. El tercer modo, que es el ordinario, se llama por "escrutinio" o votación secreta. La elección del Papa deberá hacerse por mayoría de dos tercios de votos, pero si, el número de los cardenales presentes no pudiera ser dividido por tres, se requerirá una voz adicional para la validez de la elección.

Cada cardenal escribe en su boletín de voto el nombre por el que se ha decidido, esmerándose en disimular la letra para que, al contar los sufragios no se pueda descubrir su procedencia. Se levanta de su lugar, toma el boletín entre el pulgar y el índice y, con la mano levantada, lo lleva al altar donde lo deposita sobre una patena para deslizarlo en un cáliz. Comienza entonces el recuento de los votos. Se retira del cáliz el boletín y se cuenta mientras se deposita en otro cáliz. Si el número de los sufragios no corresponde al número de electores, se procede a una nueva votación. Si corresponden los números, se abren los boletines y cuentan los sufragios. El primer escrutador toma un boletín y, después de haber leído el nombre escrito en él, lo pasa al segundo escrutador el cual, a su vez, mira el nombre y entrega el boletín al tercero. Este último lee el nombre de modo que se oiga por la asamblea para que los cardenales lo inscriban en su hoja. Terminado el recuento, un escrutador anuncia el número de votos que han sido otorgados a cada cardenal. Si no se logra la mayoría requerida, en anteriores elecciones, vuelve a empezar el escrutinio.

Después que los escrutadores habían verificado la exactitud del reparto de votos, se quemaban los boletines. Siguiendo una antigua tradición, se mezclaba al boletín un poco de paja húmeda, si es que la elección no había terminado. Se desprendía entonces un humo negro, que pasaba por la chimenea instalada en un rincón de la Capilla Sixtina, y se anunciaba al pueblo reunido en la Plaza de San Pedro que aún no había Papa. Cuando se hacía la elección, no se añadía nada a los boletines y el papel, al quemarse, producía un humo blanco, que era el primer anuncio de la elección. Todo esto pertenece ya al folclor antiguo. Ahora no habrá ya más "fumata". Por disposición de Juan XXIII, publicada el 19 de octubre último, los boletines de los diferentes escrutinios no se quemarán, sino que serán conservados, como documentos históricos. Aunque por costumbre y para avisar

a la gente que está en la Plaza de San Pedro, seguirá saliendo humo blanco de la chimenea, cuando se halla elegido al Papa.

Cuando un candidato ha obtenido la mayoría necesaria y se ha establecido con certeza el hecho de la elección canónica, el decano del Sacro Colegio pregunta al recién elegido si quiere aceptar la pesada carga del Sumo Pontífice. Si el electo manifiesta su conformidad, adquiere instantáneamente la jurisdicción sobre la Iglesia Universal. Entonces se le pregunta el nombre de gobierno que desea llevar. Al momento mismo se bajan todos los baldaquinos que dominan los asientos de los cardenales y sólo permanece en su posición el que se encuentra sobre el nuevo Papa. Los cardenales han dejado de ocupar todos el mismo plano, tienen ya un jefe supremo.

 

La coronación del nuevo Papa

Tan pronto como el cardenal elegido ha aceptado la carga del supremo pontificado, sus dos vecinos de la Capilla Sixtina se separan de él en una actitud de respeto y bajan todos por medio de un cordón, los doseles morados que simbolizaban su soberanía colegial. Para adoptar el nombre con que va a reinar, el nuevo pontífice procede con toda independencia: toma, por ejemplo, el del pontífice que lo creó cardenal, o el de un santo por el que siente una devoción particular, o también el de un predecesor de cuya familia espiritual se reconoce a sí mismo.

Mientras se levanta el acta de la elección, el nuevo Papa, después de orar ante el altar, se dirige a la sacristía donde se pone una de las tres sotanas blancas, que están ya preparadas, añadiendo a ella la faja y el solideo de moaré blanco, el roquete de encaje y la muceta de moaré rojo.

El Papa vuelve a la Capilla Sixtina para la primera "obediencia" de los cardenales que se hace ante el trono mismo que ocupaba como elector. Este acto se llama "adoración", porque los cardenales se llevan a la boca el pie y la mano del Sumo Pontífice, en señal de homenaje, antes de que reciban de su parte el beso de paz.

Finalmente se acerca el cardenal Camarlengo y pone en el dedo del Papa el "anillo del Pescador", distintivo del ejercicio de autoridad y que se romperá a su muerte. Por otro lado, el gobernador y el mariscal del cónclave abren la puerta del patio de San Dámaso; los guardias palatinos, los suizos y los gendarmes pontificios se reintegran a sus funciones dentro del palacio. A las pocas horas podrán salir del cónclave, que no está aún abierto, los cardenales y sus acompañantes.

La plaza de San Pedro, entretanto, está ocupada por innumerables personas que esperan impacientemente el resultado de las deliberaciones cardenalicias. De pronto, se abren de par en par las ventanas que dan sobre la puerta principal de la basílica. Colocan en el balcón de piedra un tapiz enorme. Aparece una gran cruz de oro que se detiene a la derecha del balcón. La sigue el decano de los cardenales diáconos. Al levantar éste sus manos, se apodera de la plaza un silencio henchido de expectación. Separando las palabras y las frases, proclama el cardenal: "Un gozo grande os anuncio, tenemos Papa, el eminentísimo y reverendísimo señor...". Tras una pausa, da a conocer el nombre que la muchedumbre acoge con aplausos. Se restablece el silencio para oír el nombre oficial que ha escogido el nuevo Papa: "...que se ha dado el nombre de...". Es un momento de emoción intensa.

El espectáculo es grandioso. Los soldados italianos se ponen en guardia. La caballería montada va a ocupar el mismo lugar en que en otros tiempos se encontraban las tropas pontificias. En la terraza de la parte baja de Bernini están los guardias nobles con su uniforme vistoso. Detrás de ellos aparece la bandera, gualda y blanca, de la Santa Sede. Todo está preparado. El Papa puede llegar. Se acercan unas manchas rojas: son los birretes de los cardenales los cuales preceden al Santo Padre y se estacionan a ambos lados del balcón. Llegan la cruz de oro, el evangeliario de marroquín rojo, el candelero. Por último, el Hombre Blanco en Blanco, el Papa.

Cardenal hace un momento, igual entre iguales, se presenta ante la muchedumbre con la soberana majestad del pontífice supremo, llevando la nueva catedral, imparte lentamente la bendición apostólica. Apenas el pueblo ha contestado "amén", estallan nuevamente fervorosos aclamaciones. Se agitan los pañuelos, como si fuera un inmenso vuelo de gaviotas. El Papa, antes de retirarse, bendice al cuerpo diplomático, como padre de todos los pueblos.

La multitud se dispersa jubilosa por la ancha Vía de la Conciliazione y entre las vecinas callejuelas del Borgo. Las campanas de San Pedro tocan a fiesta y encuentran resonancia fiel en las campanas de todas las iglesias de Roma. Un poco más tarde, si no al mismo tiempo, repican las del mundo entero. Y, en la misma Iglesia del silencio, responde el emocionante eco clandestino de las almas libres.

La ceremonia de la coronación es gozo y triunfo. Mientras la muchedumbre llena la plaza de San Pedro, comienza dentro de la basílica el reinado de la majestad. La pompa de la Santa Sede, cristalizada en la época de apogeo de su poderío temporal, no ha variado desde hace cuatro siglos y constituye un espectáculo inolvidable de grandeza. Los accesorios de la ceremonia están cerca del Altar de la Confesión: el palio, una especie de estola cerrada que revestirá el Padre Santo; tres enormes alfileres de brillantes, de diez centímetros cada uno, que sirven para sujetar el palio; el canuto de oro que, como en tiempos de la Iglesia primitiva, es para sorber el vino en el cáliz; un caso de cristal para probar el vino; tres ositas blancas; dos hermosos cálices. Sobre el altar mismo, se encuentran dos mitras; del lado de la Epístola, dos tiaras.

Entre los "flambelli" de espesas plumas blancas, abanicados de la antigua liturgia, herencia indirecta de los faraones, se adelanta el Papa en la lenta ondulación de la "sedia gestatoria", coronado con mitra de oro muy alta, entre miles de espectadores. Mientras recorre la espaciosa nave de la basílica, llega a sus oídos la insistente advertencia de la condición humana, hecha de polvo y de ceniza: "Padre Santo, así pasa la gloria de este mundo".

Durante la misa el Papa reúne en torno de su cátedra a la asamblea de los fieles. Se entona la larga salmodia de la Epístola y del Evangelio en latín y en griego, como manifestación de la universalidad de la Iglesia. Después del sacrificio eucarístico se procede a la coronación del soberano Pontífice, colocándole en su cabeza la tiara el decano de los cardenales diáconos. El nuevo Papa bendice por segunda vez al pueblo, como el día de su elección, desde el balcón de la basílica vaticana.

 

 

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Documentación: Juan Pablo II, Encíclicas

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