Juan Pablo II: Lección de autenticidad
En Juan Pablo II coexisten rasgos de una personalidad aparentemente contradictoria: ha dicho que en el socialismo hay semillas de verdad, y, a la vez, ha señalado muchas bondades del liberalismo; se ha ocupado como pocos de los pobres y necesitados, y no ha dejado por ello de atender a los poderosos y a los sabios; personas muy diferentes entre sí lloran hoy su muerte, como el presidente Bush y Fidel Castro; fue un hombre que no dudó en tener palabras y gestos inéditos y progresistas, y junto a ello, mantuvo su magisterio en otros temas.
Podríamos seguir. Desde luego a nadie se le ocurre entender a Juan Pablo II desde una sospecha de incoherencia y, mucho menos, de actitud oportunista.
En la cultura en la que estamos sumergidos se da valor a una vida –y no sin razón- resaltando alguna cualidad sobresaliente de esa persona. Con Juan Pablo II, a mi juicio, hemos de aprovechar para aprender en qué consiste la autenticidad, como identidad muy trabajada en las que parecen –sólo apariencia- múltiples facetas de una vida.
Durante muchos años la opinión pública ha señalado al Papa Juan Pablo II como el personaje del año. Quizás el motivo para tal elección haya sido muy distinto en cada encuestado.
Hemos de agradecer a Dios el habernos concedido un Sumo Pontífice como quien ha dirigido la Iglesia estos últimos veintiséis años. No es fácil encontrar en este momento de la historia personas que hayan integrado en su persona la inteligencia, el corazón y el coraje del modo en que lo ha hecho quien hoy velamos. “Integrar” es una palabra que parece difícil y, hasta cierto punto, oscura, pero no es más que la acción necesaria a llevar a cabo para llegar a la verdadera autenticidad personal.
Muere con una sonrisa y sereno , casi a la vista de todo el mundo, desafiando a la cultura de la imagen –no por el desafío en sí mismo, sino porque con una autenticidad muy difícil de abarcar, no acepta otra voluntad que la divina que él percibe en su conciencia y elige convencido de su valor- .
Un hombre que desde su primer mensaje fue afectuoso, coherente, nos indicó que la razón de tal coherencia provenía de “abrir de par en par las puertas del corazón a Cristo”. El resultado de esa apertura del corazón era “no tener miedo”. Vemos su figura pendiente de una sola voluntad: la de Dios. Entendiendo que la inteligencia de lo histórico no siempre es posible, pero la confianza en la misericordia de Dios puede hacer que recorramos la historia dejando huella propia, riqueza para los demás.
Insistió en la necesidad de fundar la civilización del amor, una civilización para la que son necesarios mujeres y hombres íntegros. No se puede amar sin la libertad –ganada para nosotros por Cristo- desplegada en cada uno de nuestros actos, tengan manifestación externa o no. No se puede amar sin dotar a todas nuestras potencias de una fortaleza y entrenamiento que nos haga capaces de elecciones auténticamente personales. Esa gimnasia que brinda a la persona la posibilidad de ampliar casi hasta el infinito su capacidad de elección.
Nos mostró la fe como un dinamismo personal posible y deseable. La fe que no se transforma en cultura y en vida nuestra no es una fe auténtica. Sin una profundización inteligente –y auténticamente personal- en la fe, el hombre queda despojado de lucidez, porque no entiende qué sucede en su vida y a su alrededor.
Con una visión de su producción intelectual nos queda muy clara la necesidad del estudio de la doctrina de fe para la misma vida. La aplicación de la inteligencia a la fe –que comienza por el conocimiento de las propias limitaciones y el convencimiento de nuestra necesidad de Dios- no es algo que nos limita como una camisa de fuerza, sino una potencia que nos eleva a la posibilidad de ser instrumentos en las manos de Dios.
La fe no constriñe, la virtud –que es el resultado de la gimnasia para enriquecer nuestras potencias- no quita libertad.
Podemos ahora comprender que un instrumento –si es verdaderamente persona- no puede limitarse a trabajar, a amar, a pensar, sin la condición humana indispensable de su libertad. Y esa libertad se conquista como una “disciplina interior de la entrega”, como nos explicó este último Papa. No hay amor sin entrega, y no hay entrega sin esa disciplina interior.
Se entregó totalmente hasta el fin, con paz y serenidad. Su amor a Dios y los hombres queda manifiesto. Su libertad de pensamiento no resiste encasillamientos, porque, simplemente, consiguió con la fe, la esperanza y el resto de las virtudes, superar cualquier molde, condicionamiento ideológico, prejuicios, discriminaciones, presiones de todo tipo y recorrer el tiempo de la historia que Dios le entregó atendiendo únicamente a desplegar su capacidad de amor.
“El hombre es irrepetible”, nos enseñó. No nos queda ninguna duda que él lo fue. Ahora nos queda, mirando atentamente el ejemplo de su vida, animarnos, con la seguridad que da el sabernos comprendidos y amados por Dios, hacer que nuestra propia vida pueda convertirse en el instrumento humano dócil en manos del artista divino.