El Papa y su sufrimiento
Otra semana de agonía
PILAR URBANO desvela que el Papa ya tiene que dormir sentado y predice: seguirá en la cruz
Hace tiempo que el Papa duerme sentado, con el respaldo de la cama casi vertical, para asegurar su respiración durante el sueño. El Parkinson le está afectando a los reflejos musculares más básicos y un golpe de tos, un atragantamiento durante la comida o incluso al tomar una pastilla pueden provocarle una grave crisis de ahogo. Los que viven cerca de él están sobre aviso. Para una persona parkinsoniana una gripe, un catarro o un enfriamiento como el que Juan Pablo II contrajo el domingo pasado pueden convertirse en una situación clínicamente seria. Ésa fue la razón de que le internasen con urgencia en el Gemelli. El Papa estaba sufriendo una serie de espasmos de laringe. No podía respirar. Debió de pasar unos momentos muy angustiosos. Sin embargo, se resistía a ser ingresado. Pero obedeció al doctor Buzzoni y fue hospitalizado, por si se repetía el ataque de tos.
El Papa es un hombre enfermo, con mentalidad de sano. Vigoroso y recio, ni se queja ni le gustan las medicinas. Tienen que forzarle a que se cuide.
«Tengo mucha confianza con él, y me siento su hijo espiritual», decía el cardenal Stafford esta semana, «pero no puedo decirle más que: "Santo Padre, tiene usted que cuidarse". Pasando de ahí, el Papa está decidido a entregarse del todo, a gastarse sin reserva».
Y así lo hace. Exprime sus fuerzas al máximo. Recientemente, al recibir a los obispos españoles en la tradicional visita ad limina, no se limitó a la audiencia colectiva, sino que estuvo con cada uno hablando a solas y haciéndoles preguntas concretas e incisivas: «¿Cuántos seminaristas tienes en tu diócesis?, ¿cuántos bautizos, cuántas bodas, cuántas horas pasan los sacerdotes en el confesionario..?». Preguntas claves para tomar el pulso a la salud de la Iglesia. El Papa ha manifestado muchas veces que piensa mantenerse al frente del timón hasta el final. «El problema de mi duración no es mío, sino de Dios, que me ha llamado y, a pesar de mi indignidad, me ha puesto aquí. El que me ha hecho venir tendrá que decir cuando me debo ir». Y en otros momentos: «Recen por mí para que sepa servir fielmente a la Iglesia hasta que el Señor quiera».
En cierta ocasión, Juan Pablo II estaba en su despacho preparando el programa de un viaje. Uno de sus colaboradores más cercanos, al ver la intensa sucesión de actos sin apenas pausas para el descanso, le dijo como en protesta de cariño:
-Santo Padre, no puede seguir haciendo viajes con estos horarios, con estos ritmos, con estos programas tan agotadores. Es preciso que piense un poco en usted, en su salud, en su necesidad de reposo... No queremos que el Papa se nos muera extenuado en un avión o en un altar...
El Pontífice le interrumpió y, mirándole muy serio, le dijo:
-Nunca vuelva a decirme eso. Nunca más me aconseje así. La Iglesia no necesita un Papa que se reserve y dure. La Iglesia necesita un Papa que se gaste y se consuma en su misión. Sépalo: yo no tengo derecho a cansarme.
No tiene el Papa sentido alguno de la vanidad. Si cuando hace años, y estando en muy buena forma, no le importó que una periodista le robara una foto en traje de baño, mientras nadaba en la piscina de Castelgandolfo, tampoco ahora le importa que se le vea en público con la cabeza ladeada y babeando por una comisura de los labios, y casi sin aliento durante un discurso. Ha estudiado y enseñado con profundidad la teología del cuerpo, la teología de la belleza, la teología del dolor... la ciencia de la cruz.
Desde el primer momento de su Pontificado dijo al portavoz, Joaquín Navarro Valls, que quería una oficina de prensa muy transparente: «Transparente, incluso con las enfermedades del Papa».
-¿Qué quiere, Santidad, que enseñe sus radiografías?, le dijo Navarro Valls provocándole.
-Eso es más o menos lo que pienso, respondió el Papa.
Navarro Valls, sin pensárselo dos veces, compareció ante los periodistas y les mostró las radiografías del colon de Juan Pablo II.
Se niega el Papa a tomar ciertos medicamentos que, aunque mitiguen el temblor de sus manos o alivien sus dolores, le provoquen somnolencia. No quiere narcóticos. Quiere sufrir con entereza y hasta el final. Frente a quienes buscan el alivio rápido y la muerte dulce, Juan Pablo II está viviendo, desde hace años una agonía larga, costosa, heroica. La realidad que es bastante dura y no se debe embellecer ni maquillar: la imagen del Papa, desde hace unos años, es la de un hombre deforme, un muñón doliente, una figura contrahecha que a ojos vista se rompe, se cuartea, se derruye.
Pero él tiene bien interiorizada la decisión de seguir en la cruz, como Jesús siguió en la cruz. Él no se bajó, tampoco yo. Literalmente: morir en pie, en activo, mientras su cuerpo aguante.
"Me olvidé de mí misma y fuí feliz" (Sta Teresita)