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Estar juntos o estar pegados



Me pregunto, y no he encontrado una respuesta etimológica, si la palabra desapego alude a la posibilidad de separarse del ego, entendido éste como nuestra personalidad aparente, aquella que mostramos al mundo. El ego se construye dejando afuera todo lo que no «queremos» o no «debemos» ser si aspiramos a que se nos quiera y reconozca. Así, el ego da una imagen parcial y pobre de nosotros mismos. Apegarse sería, entonces, aferrarse a esa imagen para ser registrado y valorado sólo por ella. Amar con apego es amar para que nos amen. «Mirá cómo te amo, lo que hago por vos, espero que, a cambio, me quieras, no me olvides, estés conmigo, no me dejes solo. Espero que, a cambio, me digas que existo y que soy valioso.» Las relaciones que se establecen sobre la base de este tipo de intercambio son vínculos de dependencia, de apego. No hay en ellas libertad.

El profundo y trascendente pensador y orador indio Jiddu Krishnamurti (que vivió entre 1895 y 1986 y se negaba a ser considerado maestro espiritual) decía que «el miedo a la incertidumbre y al no ser es el que contribuye al apego y a la posesión». Esto puede leerse en El libro de la vida y, con variaciones, también en la vasta obra que recoge sus valiosos diálogos, charlas y conferencias. Mientras no investiguemos y exploremos nuestra soledad (es decir, nuestra singularidad, nuestra individualidad intransferible), para conocernos y aceptarnos en todos los aspectos que nos integran, tanto deseables como no, «la dependencia es inevitable y uno no puede ser libre y conocer lo verdadero», señala Krishnamurti.

El desapego, desde esta perspectiva, no debe ser confundido con indiferencia, desinterés o abandono, sino con una concepción liberadora del amor. En su hermoso libro Amame para que me pueda ir, Jaume Soler y Mercé Conangla, padres de la ecología emocional, recuerdan que «vivir es vincularnos, pero vincularnos no significa mantener relaciones de poder, sumisión o dependencia». Afirman que los vínculos emocionalmente ecológicos se basan en el respeto, en la libertad responsable; «no hieren, no atan, no necesitan ser cortados». Uno puede construir su vida en libertad y estar vinculado, subrayan. ¿Se puede estar desapegado y comprometido al mismo tiempo? (…) «Suéltame para que sepa adónde regresar/ Impúlsate para que me enseñes el gozo de explorar/ Suéltate para que encuentres en la libertad tus raíces/ ¡Amate para que me pueda ir!» Con estas estrofas termina el libro de Soler y Conangla. Es la mejor respuesta.

Cuando no ocurre así, construimos lazos de dependencia, tejidos con sufrimiento, vigilancia, reproche, demanda. Compromiso no es encadenamiento. «Los lazos que más nos unen son los que no se ven», decía Federico Nietzsche. Y los lazos del apego se ven mucho, demasiado. Es cierto que el desapego nos permite levantar la vista y mirar al futuro. Y es cierto que el compromiso nos enraíza en el presente. Sin embargo, no se excluyen el uno al otro, sino que se complementan. Para no ser indiferencia o desinterés (por una persona, por una causa, por una idea, por un proyecto), el desapego necesita del compromiso con ciertos valores, necesita de la responsabilidad por los efectos de los propios actos. En los vínculos, el desapego permite que las personas puedan elevarse como tales. El verdadero desapego aparece cuando entendemos que el otro no es un medio, sino un fin. «Cuando usted usa a otro para sus propias necesidades físicas o psicológicas, no hay relación en absoluto -dice Krishnamurti-. Usted no tiene verdadero contacto, una comunión verdadera con la otra persona.» Las relaciones de apego son de mutuo uso. Y aunque se invoque el amor, éste está ausente. Hay dos egos pegados.

Al despegarse, le hacen un espacio al amor.

(Publicado el 25.09.2009 en la Revista La Nación – Diálogos del alma)

 

Por Sergio Sinay
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