Lecturas de calidad
Las personas que han leído autores importantes, con cierto orden y tiempo para reflexionar, tienen una visión más penetrante de la realidad. Leer autores valiosos alza el nivel del pensamiento. Los libros de ensayo o de historia facilitan la comprensión de las ideas dominantes; ayudan a formar el lenguaje adecuado, a descubrir argumentos en sintonía con el ambiente de actuación, a exponer ideas de modo convincente. Convencer no es vencer, es más bien implicar a otros en un esfuerzo común por conocer la verdad, atraer con la fuerza del pensamiento y la afabilidad en el trato. Leer ayuda a matizar, a razonar y participar en el debate cultural que se refleja en los medios de comunicación y en la vida diaria, ya sea en familia o en el lugar de trabajo. Además, la buena literatura, clásica y contemporánea -narrativa, dramática, poética- ha contribuido siempre a la formación ética y a la educación de los sentimientos, aspectos esenciales de la madurez personal.
Los grandes libros permiten compartir experiencias de gran valor humano: conocer personalidades como la de Hamlet o la de don Quijote; descubrir a través de las mitologías antiguas, tentativas de respuesta a interrogantes radicales de la existencia; disfrutar con el amor a la naturaleza que late en las novelas fantásticas de Tolkien, de profunda raíz cristiana; asomarse a la poesía de Luís Vaz de Camões; presenciar el drama humano de Raskolnikov en Crimen v Castigo; acercarse a la Roma de Nerón con Henryk Sienkiewicz; o a las grandes síntesis culturales del medioevo, como la que nos ofrecen Dante en la Divina Comedia y Santo Tomás en sus escritos filosóficos y teológicos; penetrar con Platón o con Aristóteles en el origen de nuestro modo de pensar; compartir las confidencias del santo obispo africano Agustín, los pensamientos de Pascal, la búsqueda de sentido de Viktor Frankl en un campo de concentración, o las reflexiones de Lewis sobre la experiencia del sufrimiento...; la lista es interminable, y no deja de acrecentarse con grandes autores en África, América, Asia, Europa y Oceanía.
La cultura y el arte auténticos conducen a la unidad, no a la dispersión; son riqueza, búsqueda de los valores supremos de la existencia, también a través de los contrastes; se ordenan al conocimiento profundo del hombre, a su mejora y no a su degradación.
Un obstáculo que dificulta la lectura es la falta de tiempo. Sin embargo, cuando se despiertan en el espíritu intereses altos, y se comprende la importancia de la lectura, hasta las personas más ocupadas encuentran el modo. San Juan Crisóstomo comenta cómo el eunuco citado en el capítulo octavo de los Hechos de los Apóstoles, siendo ministro de la reina de los etíopes y por tanto un hombre importante, «no descuidaba la lectura de la Escritura ni siquiera cuando estaba de viaje». Ese hombre terminará bautizándose al encontrar en Felipe las respuestas a los interrogantes que había suscitado en él la lectura del profeta Isaías. Por otra parte, sorprende comprobar cómo unos pocos minutos de lectura al día dan acceso, con los años, a auténticas bibliotecas. Es cuestión sobre todo de despertar intereses, de aprovechar los momentos de descanso, las esperas o los viajes, reservando quizá para periodos de más cansancio aquellos libros que no van más allá del entretenimiento. Las obras de altura pueden abrir grandes perspectivas personales.
Hacer partícipes a otros de nuestras lecturas
En este ámbito, como en tantos otros, la familia y la primera enseñanza son decisivas. Si se adquiere el hábito de leer a una edad temprana, es más fácil que arraigue. Si los padres son buenos lectores, y los profesores saben despertar el gusto por los libros, habitualmente los más jóvenes se aficionan a leer. Esto acelera el crecimiento personal. La lectura eleva el nivel de intereses y facilita la conversación, enriqueciendo la amistad y la vida familiar.
Hacer partícipes a otros de las propias lecturas resulta también un modo de influir positivamente en el ambiente profesional. La difusión entre nuestros colegas de las obras que nos han resultado más sugerentes puede dar ocasión para pensar y hablar sobre las cuestiones fundamentales que atañen al propio quehacer, sobre el sentido del trabajo que se desempeña y su posible incidencia social y cultural.
Para fomentar la lectura de obras de calidad importa mucho que se tengan en cuenta las distintas preferencias, circunstancias o capacidades. Hay mucho que leer, y poco tiempo; conviene elegir bien, también para poder recomendar lecturas que ayuden. Es necesario discernir, porque algunas obras desorientan y confunden; y también porque, ante libros que superan la propia preparación, puede llegar el aburrimiento, o el desinterés hacia argumentos cuya importancia no se ha captado. Por el contrario, si se lee con orden y con un buen asesoramiento, empezando por obras asequibles, capaces de abrir perspectivas, se termina por buscar y difundir la compañía de los grandes autores.
* * *
Las lecturas enriquecen de muchos modos: no sólo aportan argumentos de reflexión y mejoran la capacidad de expresión; también ayudan a descubrir los propios límites intelectuales, y esto facilita razonar y debatir con humildad, con un espíritu informado por la caridad, que prefiere unir a enfrentar, para mostrar con los recursos de la inteligencia la fuerza atractiva de la verdad. Este modo de actuar constituye un paso para cambiar la cultura, imprimiendo en ella una impronta cristiana: veritatem facientes in caritate. Leer más y difundir el interés por la lectura lo facilitan.
VOLVER
Si desea colaborar haga clic aquí
|
|
|
|
Copyright © 1996-2007 Iglesia.org Todos los derechos reservados www.iglesia.org
|
Programación: |
|
| Diseño Gráfico: | Gonzalo Quesada |